Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 33 de 38

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Esquirlas

Fragmentos del diario de Ismet Prcić de mayo de 2004

Fragmentos del diario de Ismet Prcić

de mayo de 2004

 

Desisto, mati. He desistido.

Este libro sobre mi vida no puede escribirse. Al menos yo no puedo. Sigo escribiendo pero ya no es un libro. Ahora lo escribo todo.

Escribo «mati» y no tengo ni idea de qué quiero decir con eso. Hace mucho tiempo que no te cuento la verdad. Todo lo que debería haber ido dirigido a ti lo consigné en estas páginas. No imaginas siquiera quién soy en realidad.

Leo todo lo que escribo. ¿Por qué escribo sobre Mustafá? ¿Por qué Mustafá tiene mis recuerdos? ¿Por qué liquidé a Ana? ¿Por qué presenté a Asmir como semejante capullo? ¿Por qué puso Mustafá su propio retrato en la tumba de su hermano? Creo que yo quería que él siguiera vivo. El retrato fue la estratagema de Mustafá para no tener que seguir combatiendo, para escaparse, para esfumarse por arte de magia, para empezar de nuevo, para vivir parte de mi vida.

Eso mismo desearía yo. Un nuevo comienzo. Todo lo viejo olvidado y zanjado, este cuerpo viejo, esta mente vieja. Todo nuevo, un cuerpo nuevo, una mente nueva. Un gran sueño.

Ben y Jen están preocupados por mí. Desde que Melissa se fue de casa se sienten obligados a ayudarme a superarlo. Llaman a mi puerta y bromean. Traen a gente y organizan barbacoas. Me invitan a jugar a las cartas o al Trivial Pursuit, o al disc golf en el parque. Pero estos días veo miedo en los ojos de Jen. Debe de ser por la pistola. Cometí el error de enseñársela. Cuando llega antes que su novio, se queda en su zona de la casa —«estoy poniendo orden», pretende hacerme creer— y no sale hasta que él regresa.

He dejado de ir a clase, mati. No he pagado mi parte del alquiler. Creo que van a echarme.

Lamento que tuvieras que traerme al mundo, que quererme.

No sentiste contracciones. Fue un parto inducido. Cuando me sacaron de dentro de ti, estaba azul y muerto. Desenredaron el cordón umbilical de mi cuello y presionaron mi pequeño pecho y me insuflaron aire helado por la garganta. Cobré vida. Me obligaron a vivir.

Cuentas historias entrañables. Dices que todo el mundo te dio la enhorabuena por mi tamaño. Tú eres una mujer menuda. Yo pesaba más de cuatro kilos y medio. Cabeza grande. Llena de pelo. Con retraso, además. Absorbí todo el calcio de tu cuerpo. Tuvieron que arrancarte un montón de dientes. Ahora, a los cincuenta y cuatro, haces frente a la osteoporosis. Huesos que se desintegran. Y esta cabeza mía. Nunca has vuelto a mear con normalidad. Has llevado compresas toda tu vida. ¿Verdad? Y no hablemos ya de las estrías. Riachuelos. Como la superficie de Marte.

Lamento todo eso.

Pero tú te tomabas esas cosas a risa y contabas que entraron dos enfermeras en tu sala del hospital para llevar a los recién nacidos junto a las madres recientes y que la primera llevaba seis bebés, tres en cada brazo, todos de blanco, envueltos como minimomias, y la segunda la seguía llevando un único niño colosal, dotado de una enorme cabeza que caía a uno y otro lado: yo. Mis músculos eran incapaces de sostener algo así de grande. Decías que fue el mejor día de tu vida. Pero eso es solo lo que tú cuentas, tu historia, y las historias no son reales.

Pensé en seguir escribiendo el libro, relatar todo lo sucedido a partir de mi llegada a California, cómo conocí a Melissa, nuestro amor. Pero lo que pasa cuando cuentas una vida y la encajas por la fuerza en una historia es que te conviertes en personaje, y cuando la historia se acaba, tú también te acabas. Yo di por acabada la historia de mi huida y ella me dio por acabado a mí. No hay más narración que evocar, más narración a la que dar sentido y tras la que esconderse. Ahora solo queda el caos de la vida.

Mehmed me dice que me calle de una puta vez cuando le digo que no me van bien las cosas. Opina que salir de Bosnia es la única parte difícil, que soy un blandengue, que si él estuviera aquí en San Diego sería feliz y daría gracias. Puede que sí. Puede que si yo me hubiera quedado en Bosnia también habría sido más feliz. Sueño con Mustafá. Creo que lo vi el otro día en el supermercado cambiando un billete de veinte. Temo lo que soy capaz de hacer.

Hace un tiempo, antes de que Melissa rompiera para siempre conmigo y se trasladara a Los Ángeles con otro hombre, a un edificio de apartamentos verde de Micheltorena Street (sí, lo comprobé y aparqué en la acera de enfrente, ante el colegio de primaria, un viernes, y pasé toda la noche allí despierto pero ellos no salieron, y por la mañana una ardilla cruzó la calle por el cable telefónico y yo observé como su cola en perfecto equilibrio mantenía la forma de un signo de interrogación invertido a lo largo de todo el camino y me pareció haber entendido algo sobre la pérdida y el amor, pero al día siguiente, ya de vuelta en San Diego, no era más que una ardilla correteando cautamente por un cable telefónico y yo no entendía nada), ella y yo hablábamos sobre nosotros y me decía que yo quería abarcar demasiado, que vivía demasiadas vidas.

¿Universos paralelos, quizá? ¿La teoría de cuerdas?

No volveré a escribirte nunca más, mati, ni la verdad ni mentiras. Perdóname. Olvídame.