Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 6 de 38

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Esquirlas

Fragmentos del diario de Ismet Prcić de octubre | noviembre de 1998

Fragmentos del diario de Ismet Prcić

de octubre | noviembre de 1998

 

El otro día estaba en el comedor de la universidad y, sin venir a cuento, pensé que había un bombardeo. Bombardeaban el Moorpark College. Me eché cuerpo a tierra sin motivo alguno.

¿Cómo es posible que un obús que estalló hace mucho en Tuzla se reconstruya, regrese volando a la boca del mortero que lo lanzó, sea lanzado de nuevo y me alcance a mí aquí, en el comedor del Moorpark College? ¿Cómo es posible que yo exista en el pasado y en el presente simultáneamente, que sea cuerpo y alma simultáneamente, que viva en la realidad y en la fantasía simultáneamente? ¿Cómo es posible que las unidades menores de luz sean ondas y partículas simultáneamente, según cómo se miren? ¿Dónde está la lógica? ¿Dónde está la sensatez? ¿Cómo tengo que interpretarlo?

Mati, me matarías, pero bebo. ¡No te imaginas cuánto!

Tengo un arma, mati, una pistola de mujer de cromo y acero. La robé el año pasado en una fiesta de Halloween, en el dormitorio de alguien, de debajo de un cojín con estampado de leopardo y cubierto de caspa. Yo iba de Pinhead, el de la canción de los Ramones. He escondido el arma en mi estantería, justo detrás de las obras completas de Maiakovski, envuelta en un trapo. Eric no lo sabe. Está cargada, con seis balas, pero la primera es la que cuenta, ¿no? Siento parecerme tanto a ti en eso.

¿En qué me parezco a mi padre? ¿En el sentido del humor? ¿En la capacidad de desconectar del mundo exterior? ¿En qué, mati?

Quiero a una chica. Melissa. Su pelo rezuma como la miel. A la luz del sol es anaranjado. Me quiere, mati. Es americana. Va a misa. Lleva una cruz justo allí donde las pecas desaparecen en su escote. Trabaja de voluntaria. Tarda cuarenta minutos en preparar unos huevos revueltos con el fuego muy, muy bajo, pero cuando están hechos, te estallan en la boca como fuegos artificiales, explosiones de yema grasienta y sal gruesa y pimienta molida y un penetrante cheddar derretido y una hierba que se llama tomillo. Es lista. Conduce como una loca. Unas veces es cálida y otras fría, y vale la pena estar con ella solo por ver cómo se mostrará ese día.

No añoro nuestra tierra, mati. Estoy allí a todas horas. En el pasado. En la ficción.