Esquirlas
Fragmentos del diario de Ismet Prcić de septiembre de 1998
Fragmentos del diario de Ismet Prcić
de septiembre de 1998
Ay, mamá, mati, lo siento; todo lo que te escribo es mentira.
No estoy bien.
No me alcanza el dinero. Thousand Oaks es caro. Como una vez al día. Hiervo un cuarto de paquete de espaguetis y les echo una crema de champiñones Campbell’s; uso la sal y la pimienta de mi compañero de piso Eric, los platos de Eric, los cubiertos de Eric. A veces, cuando no está en casa, bebo un sorbo del Mountain Dew que guarda en la nevera, me echo un puñado de sus cereales en la boca como un mono. Es buena persona, no me malinterpretes. Comparte cosas conmigo continuamente, pero cuando lo hace me siento mal, me siento como un tópico, como un pobre chico bosnio. Pero tengo que aceptarlo. Pero no puedo. Pero lo hago. Lo acepto siempre. Lamento no parecerme más a ti.
No estoy bien de salud. Estoy más delgado que en Bosnia durante la guerra. Hay veintiún peldaños desde el patio hasta nuestro apartamento en la primera planta, y para cuando llego a la puerta, estoy resollando y veo destellos de luz en la periferia de mi visión. La otra mañana me desmayé. Me levanté del colchón y fui al cuarto de baño. Me vi en el espejo, sosteniendo un cepillo de dientes, y de pronto dejé de verme. Desperté en el suelo con el abdomen rasguñado y en carne viva. Me había rasguñado con el lavabo al caer.
Nunca telefoneo ni voy a ver al tío Irfan, a pesar de que vive a cinco minutos de mi casa. Antes me tiraría de cara contra un cactus. Tal vez algún día te cuente cómo fue vivir con él durante dos años. Pero ya no lo soporto más. Me pone enfermo, literalmente. Daleko mu lijepa kuća.
No estoy estudiando contabilidad en la universidad, sino teatro y escritura creativa. Lo siento.
Empecé a escribir unas memorias sobre mi viaje aquí. Tú querías ser actriz y poeta pero acabaste siendo enfermera y desdichada. Yo no voy a hacer lo mismo. Ojalá pudieras leer el primer capítulo sobre mi llegada y decirme cómo continuar; decirme si tiene algún valor.
No duermo bien. Casi no duermo. Sueño que voy a la universidad y liquido a la gente con un kalashnikov. Sueño que lanzo granadas por la ventanilla de mi coche. Sueño que disparan contra mí.
No he podido ir a un médico de verdad, porque aquí tienes que estar asegurado o pagar a tocateja, así que fui a un tal doctor Cyrus, un médico voluntario del campus, y me recetó sedantes, que tomo como caramelos.
Dice que tengo un trastorno de estrés postraumático. Dice que las pastillas son solo una solución a corto plazo y que, para mejorar realmente, necesito situar mi experiencia en un marco más amplio, un marco que me ayude a darle sentido a todo.
Fue él quien me dio la idea de escribir unas memorias. Le pregunté qué debía escribir para que esa terapia diera resultado y dijo: «Escríbelo todo». Le pregunté por dónde debía empezar y dijo: «Empieza por el principio».
Inicialmente dio resultado. Escribí sobre mi huida, sobre mi infancia, procurando atenerme a los hechos. Pero conforme avanzaba, empezaron a filtrarse ciertas cosas, breves episodios ficticios. Le di muchas vueltas, intenté erradicarlos del manuscrito, pero entonces la narración por algún motivo era menos verídica. Cuando volví a introducirlos, pasó a ser más verídica pero no se ajustaba fielmente a mis recuerdos, no con todo detalle.
Cuando se lo confié al doctor Cyrus, se echó a reír. Dijo que lo que me ocurría era normal que nuestros cerebros son unos ordenadores muy particulares que, sin cesar; magnifican e incluso borran sucesos verdaderos de nuestra memoria cuando esos sucesos no encajan con la narración que nos contamos a nosotros mismos a diario, la narración de nuestra vida.
«Todos somos héroes de nuestros cuentos chinos —así lo expresó él—. No te preocupes de qué es verdad y qué no lo es, o te volverás loco. Tú solo escribe. Escríbelo todo.»