Esquirlas
(… amor, interrumpido…)
Enero | marzo, 1995
En algún lugar, por alguna razón, me convencí de que una cazadora Levi’s rosa era una buena decisión. Por entonces llevaba el pelo largo y había perdido todo aquel peso de más y estaba preparado, en realidad más que preparado, para todo. Enterré mi antigua identidad y lancé la nueva, sin pedir disculpas, a la ciudad sitiada, cerrando los ojos, luciendo una sonrisa afectada, colocándome delante de una fuente de luz una y otra vez para que las chicas vieran mi interior. Soltaba ocurrencias ordinarias pero ingeniosas que desarmaban incluso a las más mojigatas. Exhibía talento hasta que se fijaban en él, luego recurría a la modestia. Hacía todo eso, mi papel, y esperaba a que ella saliera de entre la muchedumbre y me amara eternamente.
Tal como surge el amor en el instituto, una amiga de un amigo se emborracha delante del teatro una noche, se acerca a mi colega Omar y a mí y suelta que Asja está enamorada de mí, y yo hago ciertas indagaciones para averiguar quién es Asja, y casi me cago encima cuando la veo en el pasillo delante de los lavabos, prendada de mí, y cruzo una mirada con ella. A la mañana siguiente la observo cuando llega al colegio y me las arreglo para pasar ante ella y hacer el número del pavoneo, pero justo cuando estoy a punto de desplegar mi irresistible sonrisa, un insecto, nada menos que una abeja, se me mete directamente en el orificio de la nariz. Empiezo a dar brincos con mi cazadora rosa, y a gritar y a abofetearme la cara, y a sonarme la nariz, y en suma a actuar como una jovencita ridícula en presencia de alimañas desconocidas.
La suya era una belleza de zapatitos de cuento de hadas con hebillas, jerséis negros de cuello de cisne y ojos que pueden acogerte tal como el cielo acoge a un pájaro al saltar del nido por primera vez, salvo que eran ojos castaños. La suya era una belleza de labios tan exuberantes que se replegaban sobre sí mismos cada vez que hablaba; lo que pasara con ellos en el momento de besar apenas podía imaginarlo. La suya era una belleza de manos pequeñas, avergonzadas, enterradas bajo los brazos o hundidas en los bolsillos o asomando apenas de unas mangas extralargas. La suya era la belleza.
Lo mío era el sufrimiento de saber que le gustaba (¿o no?) y no saber qué hacer al respecto. Ni se me pasaba por la cabeza acercarme a ella sin más y musitar un saludo. Durante un mes cuidé meticulosamente mi aspecto mientras esperaba que las cosas se pusieran en marcha por la intercesión de la amiga del amigo, a la que con el tiempo, naturalmente, se le pasó la borrachera, y se comportó como si no me hubiese dicho nada. Me bañaba día sí, día no, lo que era una hazaña extraordinaria si uno piensa el trabajo que representa bañarse en tiempos de guerra: las plantas depuradoras de agua destruidas por las bombas, la escasez, las restricciones, el hecho de que cuando nuestra parte de la ciudad recibía agua, no había presión suficiente para hacerla llegar hasta la cuarta planta. Era necesario coger cubos y latas, barreños y palanganas, jarras y botellas de refrescos de plástico, ir al sótano y ponerse en la cola detrás de los vecinos del bloque, sucios y malhumorados, hasta que te llegara el turno de llenar tus receptáculos, luego llevarlos a tu apartamento en tres o cuatro viajes (adivínalo, no hay electricidad), coger leña del balcón, encender fuego, esperar hasta que la estufa estuviera bien caliente, calentar una enorme olla de agua en ella, llevarla a la bañera, mezclarla con agua fría hasta que fuera soportable, y finalmente verterla por las distintas partes de tu cuerpo con un tazón.
Me entró la paranoia de que pudieran quedarme residuos adheridos entre los dientes, así que me los lavaba obsesivamente cada vez que tenía a mano un cepillo de dientes. En el colegio daba tirones a las costuras de la ropa, intentando desprender hilos de longitud suficiente para enrollármelos en torno a dos dedos y pasármelos por el intersticio de los molares para eliminar un trozo de comida del almuerzo especialmente pertinaz. Me peinaba como una colegiala emocionada (al menos treinta pasadas a cada lado) y dejaba caer el pelo alrededor de mi rostro en ondas brillantes y voluptuosas. Me negaba a ir al instituto con gafas por miedo a tener pinta de empollón, con lo que debía sentarme en primera fila y no veía tres en un burro. Me olía las axilas continuamente. Una parte de mí añoraba aquellas épocas en que estaba gordo y nada me importaba. Una pequeña parte de mí. Aquel niño gordo que llevaba dentro.
La amiga del amigo tenía uno de esos nombres bosnios corrientes imposibles de recordar, como Jenny en California. Era una persona maliciosa, de rasgos angulosos, baja estatura y aspecto anodino, como una gaviota hembra. La aceché durante semanas, caminando detrás de ella, transmitiéndole vibraciones telepáticas en ondas dirigidas a su nuca y su peinado hippy. Cuando eso no surtía efecto, me colocaba delante, frente a ella, y establecía un febril contacto visual.
«¡Vamos!», la instaba con el pensamiento.
Ella, alarmada, contraía las cejas, bajaba la mirada, se cogía del codo de alguna amiga y se alejaba rápidamente, susurrando, cabeceando y lanzando miradas atrás como si pensara que tenían que encerrarme en un manicomio.
Por la noche, desmadejado en la cama, me atormentaba con la duda de si su indiscreción en estado de ebriedad de aquella noche había sido una alucinación mía o había ocurrido de verdad. Reproducía ese momento una y otra vez en mi imaginación: yo de pie ante el teatro con Omar, pelándome de frío pese a las dos cazadoras, ella avanza a trompicones por la calle, cruza una mirada conmigo y se vuelve hacia su amigo para decirle: «¿Es ese?», después sube un par de escalones, me baja la cremallera de la cazadora externa, apoya sus manos masculinas en mi pecho, dice: «¡Cazadora rosa, es él!», se inclina hacia mí con un potente aliento a alcohol y susurra: «Tengo una amiga a la que le gustas mucho, mucho; es una chica muy, muy guapa», y mi corazón se agranda, se agranda.
Acabo de caer en la cuenta de una cosa. Llevaba dos cazadoras porque era
invierno. Enero, creo. El 28 de febrero fue el primer día que Asja y yo salimos.
¿Cómo es posible, pues, que dos mañanas después de enterarme de que yo le
gustaba una abeja se me metiera por la nariz? ¿Las abejas no hibernan en esta
parte del mundo? Creo que sí. Pero recuerdo que sucedió, lo de la abeja, quiero
decir. Me pasó de verdad. Estoy seguro. Recuerdo la humillación. Recuerdo la
lección aprendida. Recuerdo la clara conciencia de que el universo me había
puesto en mi sitio por querer aparentar que era más guapo de lo que en realidad
era. Tenía que haber sucedido en otro momento, pues, delante de otra chica. Pero
¿por qué agrupé esos dos recuerdos? ¿Por qué no recuerdo a la otra chica?
Alguien, creo que fue Omar, me dijo una vez que los recuerdos son como
cintas de vídeo y que es importante guardar todas las que puedas para ponerlas
más adelante y ser capaz de rememorar entonces quién eras en otro tiempo. A mí
eso siempre me pareció una chorrada. Todavía me lo parece. Los recuerdos no
tienen nada que ver con las cintas de vídeo. Las cintas graban la realidad. La
mente graba ficción. Mi mente nunca ha sido muy apta para recordar bien las
cosas. Demasiadas fantasías. Demasiado pasado opresivo. Demasiadas
ensoñaciones. Además, la realidad presente, con sus tediosos detalles, es
demasiado complicada; allí donde miras hay algo que existe en sí mismo: un
archivador lleno de palabras, mi madre fumando, un alargador en el suelo, un
calcetín sucio, la sombra de mi pie palpitando contra las sábanas blancas debajo
de mí y eso solo es el resultado de una mirada con el rabillo del ojo durante una
milésima de segundo. ¿Cómo podemos tener bajo control todo eso cuando
nuestros ojos están abiertos como platos y cuando los segundos son tan cortos y
valen tan poco y cuando los derrochamos con tanta facilidad?
Mi madre está hecha añicos, rota. Mi padre se ha ido de viaje de negocios. Al
menos eso ha dicho. Ella cree, sabe, que él tiene a otra. Mi hermano se niega a
salir de su habitación, piensa que está mal de la cabeza. Las mujeres del barrio
tejen suéteres a base de chismorreos. Mi madre las ve darse codazos cuando pasa
ante ellas de camino a la tienda. Se queda en la cama durante días, no come
nada. Solo fuma y reza. Está esquelética, amarillenta, legañosa.
Al principio y cuando llegué, estaba estupenda. La energía de mi regreso la
arrancó de su rutina, y hablamos, paseamos, y ella me contó más anécdotas de su
infancia y yo las anoté. Luego empezó a repetir las mismas cosas una y otra vez,
regodeándose como hacen las personas deprimidas, y cada vez me costó más
estar allí a su disposición. No soy ni mucho menos la persona más cuerda del
mundo. ¿A quién voy a ayudar? Puedo engañarme y pronunciar convincentes
«todo saldrá bien», pero solo hasta cierto punto. Al cabo de unos meses, me
siento exhausto, deprimido.
Esta mañana he decidido ir a visitar mi antiguo territorio para comprobar si,
al ver el teatro o el instituto o el parque, la tarea de escribir sobre los amores de
adolescencia me resultaba más fácil, pero mi madre ha tenido un ataque. Ella ya
me había prevenido sobre esos ataques. Por lo visto, conserva plenamente la
conciencia cuando se producen, pero no puede hablar, ni ver bien, ni tragar.
Estaba en la cama hablando conmigo y de repente se ha callado y ha abierto
mucho los ojos y lentamente ha dejado el cigarrillo en el cenicero y se ha vuelto
de costado. Yo me he arrodillado junto a ella y he apoyado la mano en su frente.
Se le han hinchado las venas de las sienes, y la mandíbula ha empezado a
desplazársele a la derecha, desfigurándole la boca. La lengua le asomaba entre
los labios y respiraba con dificultad. Le he bajado la cabeza para que tomara
aire más fácilmente. Ha empezado a babear y la he secado con un pañuelo.
El episodio ha durado diez minutos. Después le dolían los músculos faciales y
se sentía muy mal; ha tomado un puñado de pastillas y se ha ido a dormir. Yo me
he paseado por la casa durante una hora, he intentado leer un relato de Nabokov,
me he peleado con mi padre y mi hermano en mi imaginación, les he dejado la
cara hecha picadillo. He intentado llorar, pero el llanto nunca te sale cuando
quieres. Deseaba matarme.
Luego he cogido unas cuantas hojas de papel, he ido a la tienda, he
comprado una Pepsi Light de dos litros y una botella de ron de tres cuartos, he
venido aquí al parque y me lo he bebido todo. He ido a ver el lugar donde Asja y
yo tallamos nuestros nombres en un pino delante de la iglesia ortodoxa, y seguía
allí. Me he sentado al pie del árbol y he intentado escribir sobre mi juventud,
pero he acabado escribiendo esto.
Resultó que al final yo no estaba loco.
Era miércoles, y yo, con los labios azules, daba botes en el pasillo delante de un aula, exhalando vaharadas, pero con las dos cazadoras desabrochadas para que todo el mundo viese mi moderna camiseta de Beavis y Butthead, que me había prestado Omar. Poco antes esa misma semana un obús había estallado contra la fachada lateral del edificio situado el otro lado del río y dos trozos de metralla habían reventado la ventana del pasillo de la segunda planta. Taparon el agujero con un plástico, pero alguien apodado Paša había grabado su nombre en el plástico rajándolo con una navaja y el viento producía ruidos extraños cuando soplaba a través de las hendiduras, algo así como detonaciones silenciadas. Se veían dos orificios de metralla en la pared, que algún otro, con rotulador negro, había rodeado con círculos y convertido en un enorme rostro risueño. Yo estaba admirando el grotesco aspecto de la imagen cuando sentí un ligero apretón en el codo y me volví.
La amiga del amigo parecía cabreada y, con gafas, estaba un tanto distinta. Tenía una expresión seca y el rostro contraído, y no pretendía siquiera disimular su aversión por tener que hablar conmigo.
—¿Te acuerdas de mí? ¿Jaca? ¿En la fiesta del pequeño Mario?
Claro que me acordaba de ella, pero no acudieron palabras a mi cabeza, y menos aún a mi garganta. No había nada ni remotamente organizado en forma de palabras en ninguna parte de mi cuerpo. Me quedé boquiabierto y percibí en mis oídos un chasquido y un silbido, como los que se producen al abrir una lata de refresco. De pronto no pude evitar sonreír. El poder de la sonrisa me superó. Fue como si tuviera dos anzuelos en las comisuras de los labios y tirasen de mi boca arriba y arriba y arriba, y por mucho que mi ego dijera a gritos que debía de ofrecer aspecto de idiota, como un castor impaciente, no tenía la fuerza de voluntad para reprimirla. Ella dio un paso atrás.
—¿Y bien? —Se advertía en su voz un dejo de alarma.
Aún incapaz de hablar, asentí con la cabeza en un gesto exagerado.
—Una amiga mía quiere conocerte —se obligó a decir. Saltaba a la vista cuál era su opinión al respecto.
—Asja —dije, consiguiendo por fin pronunciar una palabra. Ella torció los labios en un gesto de sorpresa. Tras desaparecer la alarma de su rostro, volvió a reducir la distancia entre nosotros.
—¿Sabes lo de Asja?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Me lo dijiste tú. Hace… ¿cuánto? ¿Un mes? Delante del teatro…
—¡Me tomas el pelo! —dijo. Me dio un fuerte puñetazo en el brazo y se echó a reír—. ¿Por eso te comportabas como un psicópata? Pensaba que estabas chalado.
—Yo también pensaba que estaba chalado.
—Joder, ¿y por qué no viniste a decírmelo, pedazo de idiota?
—Pensaba que todo eran imaginaciones mías.
—Eres un idiota. Vámonos antes de que suene el timbre. —Me agarró de la manga y tiró de mí. De repente tomé conciencia de lo que estaba a punto de ocurrir. Me noté los pies cada vez más pesados mientras bajaba por la escalera.
—¿Ahora?
—Sí, ahora mismo. ¿Tú cuándo lo harías?
—Tengo miedo.
—Eres un idiota —repitió ella, y sin darme tiempo a olerme las axilas, o ahuecar la mano ante la cara para comprobar si me apestaba el aliento, o deslizar la lengua por los dientes por si tenía algo en ellos, tiró de mí y me presentó a Asja, una persona menuda, de pelo castaño y lacio, ojos grandes y sonrisa más grande aún. Su mano minúscula asomó de la manga para un rápido apretón y volvió a esconderse como la cabeza de una tortuga.
—Asja. Encantada de conocerte.
Farfullé mi nombre. Jaca se apartó a un lado y un corrillo de adolescentes entrometidos se apiñó en torno a ella, sonriendo y mirando de soslayo. Con una seña, indiqué a Asja que me siguiera; me preguntó por qué, creo, pero vino conmigo igualmente. Alejándonos de sus compañeros de clase, recorrimos el pasillo en un silencio vertiginoso, nuestros sentimientos pequeñas explosiones casi visibles en el aire en torno a nosotros.
—¿Quieres salir esta noche? —oí decir a mi voz. Sonó igual que una bala de pequeño calibre rebotando de aquí para allá dentro de mi cráneo.
—No puedo.
Me sentí decaer, consumirme. Por suerte, mientras yo sufría, esa voz mía, ese otro yo, siguió hablando.
—¿Y mañana?
Ella adoptó una expresión apenada.
—No puedo.
—¿Por qué no? —preguntó mi voz con desenfado.
—Mis padres no me dejan salir entre semana.
Mi sufrimiento se desaceleró. Tontamente, pregunté lo más obvio:
—¿Y el viernes, pues?
—Vale —respondió, y dejé de sufrir.
El Puente de las Estatuas estaba donde ella dijo. Yo también sabía dónde estaba, pero cuando salí del apartamento, movido por una compulsión delirante, seguí literalmente el río, por si acaso. Sin darme cuenta, llegué al puente tres cuartos de hora antes de la cita, y empecé a pasearme de un lado a otro a brutales y atormentadas zancadas, contando los pasos.
El puente, un opresivo ataúd de sólido cemento y acero en forma de paralelogramo, cruzaba oblicuamente el río trémulo y escuálido. Sus guardianes de piedra, esos cuatrillizos idénticos, se alzaban perpetuamente en los extremos, dándose la espalda, encorvados bajo el peso de la luz que debían proyectar. Unas lámparas enormes lastraban sus hombros como orbes, como toscas bolas espejadas de cemento, y ellos sobrellevaban la carga como Atlas. Con una musculosa pierna apuntalada atrás contra la base y la otra ligeramente flexionada y al frente para mantener mejor el equilibrio, se sometían a su fútil destino, sosteniendo aquellas luces muertas, apagadas desde hacía tanto tiempo por la metralla, las explosiones o la falta de suministro eléctrico. Uno de los hermanos incluso había perdido el codo por el impacto de una esquirla metálica, quedando a la vista el esqueleto de alambre, y a pesar de ello seguía cumpliendo con su cometido, inmutable, sus ojos eternamente ciegos a lo absurda que era la existencia de la piedra o la carne en este mundo.
Pero una vez más la apariencia de las cosas bien podía ser efecto de mi proclividad a la autotortura, reducida en ese momento a un estado pensativo, que al mismo tiempo rayaba en demencia. La distancia entre los dos hermanos situados en el mismo lado del río era de doce pasos; entre los dos hermanos situados en el mismo lado del puente era de treinta; entre el primer par de hermanos situados en los ángulos opuestos del puente era de veintiséis, y entre los otros dos de treinta y cuatro. Seguí midiendo y remidiendo las distancias entre las cosas para aligerar la tensión de la espera, para anular el temor paralizador de que ella no se presentara, pero en cuanto tomé conciencia de que lo hacía, me pareció inútil y empecé a dudar incluso de que me hallara en el lugar correcto y escruté mi memoria en busca de otro puente con estatuas. Tras mucha obsesión resultó evidente que no lo había, y miré a cada uno de los hermanos de piedra para tranquilizarme.
El río tarareaba el blues del frío entre sus diques, y los edificios se encorvaban como campesinos bajo una granizada veraniega, atemorizados por esas precipitaciones de destrucción propulsada, tan impropias de la estación, que últimamente se daban muy a menudo. Sin que eso me afectara en lo más mínimo, mantenía la mirada fija en la dirección por la que ella debía llegar e intentaba reconocer cuál de aquellos puntos en movimiento a lo lejos se metamorfosearía en su figura. Mareado, observaba crecer como células cada uno de esos diminutos borrones de color: lentamente una célula azul se convertía en dos células azules, luego en cuatro, luego en ocho, y al cabo de un rato el azul se convertía en un anorak con pequeños brazos acolchados, dibujándose en la nieve todavía sin cabeza, y después la cabeza asomaba con un poco de negro encima del azul, y las pequeñas piernas conectaban la borrosa forma azul al suelo y el dibujo infantil caminaba hacia mí, desarrollándose hasta ser un retrato impresionista, luego uno realista, luego una escena de una película de la Europa del Este de un realismo social contundente ante el que sentía deseos de pegarme un tiro.
Los esperaba, tembloroso, y me desesperaba cuando los veía transformarse en otra persona, un hombre con barba, la abuela de alguien, un demente. Sus rostros me causaban un dolor físico real, porque sus facciones no eran las de ella. Me tragué el dolor y seguí caminando y contando los pasos. Elegí otro punto en el horizonte de la calle. Observé su evolución hasta convertirse en un desconocido y repetí el proceso entero una vez más.
Cuando por fin ella en efecto dejó de ser una borrosa forma para convertirse en ella misma, y puntualmente, dicho sea de paso (las campanas de la iglesia católica de enfrente doblaban y doblaban), y yo sentía temblar mis entrañas por la mera locura de su vida interior, algo cambió de pronto y una calma milagrosa se apoderó de mí. Fue como si algo, algo masculino, incapacitara mi sentido autocrítico, me cruzara la boca de un bofetón para quitarme de encima el canguelo, me agarrase por la solapa de la camisa y me obligase a enderezar la postura, me susurrase una palabra de aliento masculino al oído y me enviase al campo de batalla con una palmada en el culo.
Una vez conseguida esta mejora, esperé mientras se acercaba con andar de niña pequeña, arrebujada en un chaquetón negro (que se hinchaba en torno a ella como su nube particular), volviéndose más compleja y hermosa a cada pequeño paso.
—Hola —saludó con una inmensa sonrisa, entornando los ojos por el viento. Un único mechón, desprendido de su coleta y adherido a la cara por la fuerza del viento, le dividía el rostro en dos partes desiguales. Ladeó la cabeza para ponerle remedio, pero su esfuerzo fue en vano. Asja tendió el brazo hacia el cielo para liberar la mano derecha de la manga demasiado larga, se llevó los dedos a la frente y, con delicadeza, se apartó el mechón renegado.
Le devolví el saludo y alargué el brazo para cogerle la mano, con la palma hacia fuera y el pulgar hacia abajo como si apuntara un arma, al estilo gángster. Fue el gesto más atrevido que he intentado al principio de una primera cita, y me salió bien; ella aceptó mi mano con una sonrisa de complicidad y empezamos a caminar.
—¿Has esperado mucho? —preguntó.
—Dos o tres minutos.
Los primeros pasos fueron mecánicos porque los dos nos sentíamos manifiestamente abrumados. Ella tenía la mano fría y de inmediato la cerró en un puño y la colocó dentro de la mía, como en un sobre acolchado. Sonreí. Estaba poniéndose cómoda. Cinco pasos más allá, la abrió brevemente y me hizo cosquillas en la palma con las puntas de las uñas, observándome para ver mi reacción. Estúpidamente jubiloso, le hice lo mismo. Sonreímos, creando así nuestro primer ritual.
—¿Quieres una goma de mascar? —pregunté, tocando con el dedo los chicles dentro de mi bolsillo derecho. Era un artículo escaso en esos tiempos, pero mi padre había recibido un paquete de ayuda de su exsocio, por entonces en Eslovenia, y lo cogí de ahí.
—No —contestó ella, abandonando la sonrisa, tensándose como si algo la hubiese golpeado, algo repugnante. Bajó la vista y luego la dirigió a lo lejos, eludiendo mi mirada.
—Vale.
Saqué el paquete, separé para mí uno de los chicles envueltos en papel de aluminio y lo cogí con los dientes. Al verlo, ella recuperó la sonrisa.
—Ah, te refieres a esa goma de mascar. De esas, sí quiero una.
La miré, perplejo. Conteniendo la risa, ella me quitó el chicle de entre los labios, lo desenvolvió y se lo llevó a la boca. El rubor avivó sus mejillas.
De pronto me di cuenta de lo que le había preguntado y se me escapó un espantoso «Aaaah» antes de poder tragármelo. Lo que le había preguntado equivalía a «¿Quieres que nos demos la lengua?». «Goma de mascar» era un coloquialismo local muy ordinario que significaba «beso en la boca». El más ordinario concebible.
—¿No habrás pensado…?
Pero ya habíamos prorrumpido en sanas carcajadas, como si nos conociéramos de toda la vida. No habían transcurrido ni quince segundos en nuestra primera cita y ya teníamos una anécdota que contar.
Los momentos mueren al pasar, y cuando eso ocurre, sus cadáveres se echan en
tarros de especímenes llenos de formol donde flotan con los ojos cerrados y unos
diminutos dedos perfectamente curvos, como si estuvieran vivos, aferrados a
algo: un feto en vinagre que vi en mi clase de biología del instituto. Se convierten
en recuerdos, simples momentos fenecidos, marinados en sustancias químicas del
cerebro para preservar el hecho de que cobraron existencia en su día y estuvieron
vivos tal como están vivos estos momentos presentes, momentos que ahora yo
malgasto escribiendo estas palabras, apoyado en la pared de la sala de estar de
la casa de mis padres un día espantosamente caluroso de septiembre de 1999.
Mi madre ha dicho que hoy no quiere hablar; que está harta de hablar de mi
padre, de lo que hizo, que hablar no sirve de nada, y que ya lo ha dicho todo. Que
le den por culo a su madre, dijo, luego pidió perdón a Dios en árabe. Le
temblaba un labio. Dijo que quería rezar y que yo debía salir de su dormitorio y
cerrar la puerta, pasar un rato solo, que percibe mi fatiga, que tengo que escribir.
Se que todo es puro cuento. Sé que está muy depre pero cerré la puerta
igualmente.
¿Soy un gilipollas? ¿Qué clase de hijo soy?
Ayer compré una morterada de botellines de alcohol. Descorro la cremallera
de mi bolsa lo más despacio posible para que ella, en la habitación de al lado, no
me oiga cuando saco un par de botellines de vodka y un par de aguardiente.
Despacho una de cada y meto los envases vacíos en la mochila. Los otros dos me
los guardo en el bolsillo. Asja, Asja, Asja, pienso.
Morreo: la noche de la primera cita bajo una farola en Batva después de pifiarla, por inexperiencia, en un primer intento unos minutos antes, en la entrada del estadio de fútbol de Tušanj. Volví a casa eufórico, como si hubiese liberado un país sin ayuda de nadie.
Mi madre solloza en el dormitorio. Abro la puerta y me acerco a ella. Él nunca
salió en mi defensa, dice. Sus propios primos me tocaban las rodillas durante las
reuniones familiares. Yo se lo contaba en la cocina y él no decía nada. Se quedaba
con la mirada en el vacío. Esperando a que yo dejara de hablar. Le cojo la mano y
ella me la aprieta con fuerza. Llora en silencio durante unos segundos y se
serena. Descuida, dice, siempre estoy así. Tengo que sacudírmelo. Vuelve a tu
trabajo. Vuelvo y dejo la puerta abierta, me siento en el sofá. Solo veo su muñeca
delgada cuando cierra la puerta. Me llevo la mano al bolsillo. Alargo el brazo
para coger la mochila donde están los cascos vacíos.
Magreo: en realidad, nunca. Una vez rocé a Asja tímidamente el pecho derecho con la mano mientras nos besábamos en un banco del parque Banja. Otra vez la empujé, jugando, y me encontré con un pecho suyo en la mano. La retiré de inmediato, como Jackie Chan en una de sus películas.
Vuelvo a oírla, moviéndose de aquí para allá. Me levanto y abro la puerta, y justo
entonces suena la llamada a la oración del mediodía en la mezquita cercana. La
veo rezar: se yergue, se inclina hacia delante, se yergue otra vez, se arrodilla,
toca la serdžada con la frente, y murmura todo el rato. Cierro la puerta. Me llevo
la mano al bolsillo pero la voz del almuecín llega potente y rebosante de Dios y
no me atrevo.
Pajilleo: nunca. Una vez Asja se sentó a horcajadas sobre mí al lado de una fuente y estuvimos anormalmente espontáneos y muy cerca de todo, pero de pronto pasó por allí un viejo con un bastón y me reprendió como si yo fuera un pedófilo (Asja era muy baja), echándome a perder el juego. Me pasé el resto de la noche discutiendo en silencio con aquel carcamal en mi cabeza y perdí la espontaneidad.
La tele desde el dormitorio. Diálogos en inglés. No se oye a mi madre. Me siento
un poco mejor conmigo mismo. Bebo el aguardiente.
Folleteo: ni por asomo. Sin la más remota idea de cómo hablar siquiera del tema, y ya no digamos de cómo hacerlo, dejo la pelota en su tejado sin decírselo. Al principio quería amor y romanticismo (tenía intenciones honorables, aptas para menores acompañados). Creía que el sexo vendría más adelante (después del matrimonio, tal vez), a menos que ella lo mencionara antes. Pero era demasiado tímida para mencionarlo. Yo era demasiado correcto. Estábamos crónicamente calientes.
Sube el volumen del televisor. Recuerdo como…
Caminé desde Stupine hasta Irac bajo una mítica ventisca y me paseé durante dos horas y media desde un bordillo hasta un edificio contando los pasos, importunado por el viento, pelándome de frío con mis dos cazadoras. Ella no se presentó. Más tarde dijo que hacía demasiado frío.
Caigo en la cuenta de por qué está tan alta la tele. Abro la puerta, y tiene la cara
hundida en la almohada. Me acerco a ella y le cojo la mano, le doy unas
palmadas en la espalda. Se me saltan las lágrimas. Se me saltan, y en cuanto eso
ocurre, las suyas se detienen y me enjuga la mejilla con su pañuelo húmedo. Más
que nada estoy furiosa conmigo misma, dice. Yo ya sé cómo es; sé que no tiene
carácter… no tiene corazón, no tiene huevos… y yo sigo aquí como una
imbécil… Como una… Como… Desvía la mirada por un momento, enciende un
cigarrillo. Creo que me he quedado porque siempre he sabido que vosotros os
haríais mayores y os iríais, y no quería envejecer sola. Sonríe ante la ironía, y me
mira. Vete, cariño, dice. Ya estoy bien. Cierro la puerta y, deteniéndome, miro el
sofá, el armario, la caligrafía del abuelo en la pared, el radiador; las cortinas de
encaje, mis cosas en el suelo. Recuerdo haber estado tan enamorado de Asja, tan
enfermo, tan saturado, haber sido tan dichoso, y me siento bien al pensar que lo
que siento ahora algún día será, también, solo imágenes y palabras, nada que
pueda volver a romperme el corazón.
Arrastro mi bolsa junto al sofá para no tener que levantarme después. El
aguardiente en el bolsillo. Es la medicina. El bolígrafo también lo es.
Es de noche. Oigo el llanto de mi madre, apenas audible. Suena como un chillido
rítmico. Llora contra la almohada. Es una depresión particular, se complace en
bromear. Hace cosas como bajarse las mangas cuando estoy cerca para que no
vea las cicatrices en sus muñecas. Para que no me entristezca. Para que no me
preocupe. Normalmente cuando la oigo me levanto de un salto y voy a decirle
que todo irá bien. Normalmente soy afectuoso. Normalmente sé cómo distraerla,
cómo plantear las cosas, cómo sonreír.
Pero ahora estoy agotado.
Ahora me limito a quedarme aquí tendido y escucharla llorar.
Estoy sentado en nuestro banco del parque, el de Asja y mío, bebiendo Fanta con
vodka de una botella de Fanta. No dejo de preguntarme qué pasaría si me
tropezara con ella uno de estos días mientras estoy en la ciudad. Hay un viejo en
un banco, un poco más allá en el sendero; me sonríe y cabecea una y otra vez. Yo
le devuelvo la sonrisa cortésmente una y otra vez.
No he visto a Asja desde el día que me fui. Algunos decían que me esperó
durante un año, preguntando por ahí si alguien sabía cuándo regresaría. Pero
luego se casó con un primo lejano mío, tuvo un hijo.
—Te ha dejado plantado, ¿eh? —dice el viejo, de pronto junto a mi banco. —¿Cómo dice?
—Tienes suerte. Es mejor que te abandone ahora, y no más adelante, cuando
seas viejo y estés enfermo como yo.
Me da una palmada en el hombro y se aleja arrastrando los pies. No puedo
respirar.