Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 20 de 38

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Esquirlas

(… escalando la serpiente…)

 

Donju Tuzlu, Donju Tuzlu

Opasala guja.

La baja Tuzla, la baja Tuzla,

rodeada por una serpiente está.

Canción sevdalinka bosnia

 

Finales de marzo

Cumplí los dieciocho en 1995, y se suponía que ya debía ser un hombre pero aún no me gustaba serlo.

Cierto era que tenía nuez y un pene en medio de una nube de vello púbico y que podía partir grandes pedazos de carbón con un hacha, meter los fragmentos en sacos enormes y pesados, cargar tres de esos hijos de puta en una carretilla, llevarlos por la ciudad acallada por la guerra y echármelos al hombro uno tras otro para subir sesenta y ocho peldaños hasta nuestro balcón de la cuarta planta. Cierto era que podía hundir un clavo de dos o tres golpes y que podía despachar cualquier cantidad de alcohol que me pusieran por delante y, aun así, tener la tenacidad y la audacia de parlotear sobre David Hume. Cierto era que también daba la talla en las conversaciones de hombres, cuando me sentaba con los chicos y hablábamos de armas y coños, aunque aún no había visto de cerca y con mis propios ojos ni lo uno ni lo otro. Cierto era que podía hacer todo eso, pero solo porque había sido actor desde los seis años, porque sabía interpretar papeles y mantener viva la ilusión, entrar en distintos personajes. Me constaba que la gente siempre te creía si tu interpretación era buena, y yo lo hacía bien. No me importaba actuar en la vida real siempre y cuando pudiera entrar en mi cabeza después de la representación y, ahí arriba, volver a ser niño.

Había desarrollado muchos papeles para apaciguar a la gente que me rodeaba. En casa actuaba como un capullo, un adolescente colérico con quien el mundo estaba en deuda, lo que, naturalmente, implicaba gimoteos, y portazos, y encerrarme en distintas habitaciones, y poner música a niveles de decibelios ensordecedores, y atormentar a mi hermano. En el instituto actuaba en plan buen rollo, exhibía mi sentido del humor y mi moderno pelo largo, estaba muy solicitado, era el mejor amigo de todo el mundo. En los ensayos era callado y trabajador, un artista tenaz con los huevos bien puestos, un hombre que vivía para su arte. Con mi mejor amigo, Omar, y el resto de los punks de la ciudad, era una criatura misteriosa y atormentada, enigmática y dispuesta a probar antes que nadie cualquier droga, un monstruo del moshing.

Con mi novia, al principio me esforcé en actuar como un hombre, pero me costó lo mío ofrecer una buena interpretación. Era más fácil engañar a una multitud que a una sola persona. Los brochazos que triunfaban en los espacios grandes no se sostenían en el escenario sumamente íntimo de una relación entre dos. Yo era un actor de teatro con dificultades en la transición al primer plano propia de la pantalla de cine, y se notaba. Metía la pata continuamente, pero por suerte a Asja la divertían mis intentos de mostrarme hombre ante ella y se quedó conmigo a pesar de todo. Con el tiempo, advertí que yo le gustaba más cuando, sin darme cuenta, revertía a mi identidad infantil, y cuanto más tiempo pasábamos juntos, más cómodo me sentía siendo así ante ella. De este modo, nuestra relación era inocente pero profunda, en nuestras citas en el parque Banja abundaban los besos y las caricias, todo en medio de un amor tan ensoñador que podía llevar al coma, tan empalagoso que podía provocar el vómito.

Pero un mes antes me habían llamado a filas, y todo fue como cabía esperar: intimidación, humillación, obediencia. Un capullo con uniforme de camuflaje llegó al punto de frotarse las manos y decirme que estaba impaciente por dar unos tijeretazos a mi melena y mandarme de cabeza a las trincheras. Durante la evaluación psicológica me hice el duro, pero mentí: dije que era bueno en matemáticas con la esperanza de recibir instrucción de artillero para poner la mayor distancia entre el enemigo y yo cuando me enviaran al vórtice de la guerra. Sin embargo el coronel, un hombre prematuramente canoso, contestó que no disponíamos de mucha artillería y la que teníamos la manejaban ya personas que sabían manejarla, y qué me parecería, en lugar de eso, un brillante futuro en la trituradora de carne: la infantería. Era una pregunta retórica. Me ordenó que me presentara en la base el 15 de septiembre para cumplir mi periodo de servicio y estampó en mi carpeta un sello rojo. APTO, rezaba. Actué con desenfado. Actué.

Empecé a sentir que tenía fecha de caducidad, como si mi vida fuera a terminar el 15 de septiembre de 1995, y tuviera que exprimir goce de todos y cada uno de los momentos que me quedaban. Me concentré en pasar el mayor tiempo posible con Asja, o solo, dentro de mi cabeza. Dejé de esnifar disolvente de pintura con Omar porque quería «estar presente en mi vida». Llegado un momento, me entró el delirio de que moriría sin conocer todo lo que había por conocer, y a raíz de eso me quedaba despierto toda la noche leyendo con linternas o velas la biblioteca de clásicos de mi madre. Me atraqué de Pushkin y Pasternak, de Dostoievski. Cada cuatro o cinco días, cuando daban tres horas de suministro eléctrico a nuestro barrio durante la noche, ponía películas de Bergman y Tarkovsky que me prestaba Asmir mientras mi madre cocía una hogaza de pan tras otra en nuestro horno eléctrico. Me abandoné a ciertas formas de sentimentalismo como repasar mis viejos diarios personales y llorar por la persona que había sido en otro tiempo.

Un día de finales de marzo, después de revolverme en la cama toda la noche, mirando a mi hermano dormir con la boca abierta, y víctima de millones de pensamientos que se entregaban a orgías dentro de mi cabeza, se me ocurrió un plan que involucraba a Asja y dependía de ella. La vida era breve; nos quedaba muy poco tiempo. Me levanté al alba, me obligué a comer un poco de pan de maíz y sebo, acompañado de una infusión de manzanilla fría de la noche anterior, y salí del apartamento antes de que se levantara nadie. Aunque tampoco podía decirse que me importara mucho despertarlos: había trajinado ruidosamente en la cocina como si fuera pleno día y dado portazos con fruición. En lugar de llevarme la mochila con los libros del instituto, la escondí detrás de la cama.

Fuera, Tuzla estaba imperturbable y fría y había que abrirse paso a través de la neblina húmeda. Apenas había nadie en las calles, salvo unas cuantas sombras de personas entrando furtivamente en lúgubres vestíbulos, sin mover nada, sin dejar marca alguna en el mundo. Coches muertos poblaban los aparcamientos, privados de combustible desde hacía años, salpicados sus flancos de orificios de metralla corroídos. Las ventanillas, si las tenían, estaban empañadas y ciegas. No se movía el aire, y los árboles verdeantes guardaban silencio como todo lo demás. Era agradable estar solo de esa manera.

Crucé la calle a la altura del hotel Tuzla, ante cuya puerta un hombre rubio de rostro rojizo bebía café y leía el periódico como si estuviera en París o algo por el estilo. Los extranjeros eran así. No se sentían parte del entorno, porque esa no era su guerra y por alguna razón se sentían inmunes a sus peligros. Trotaban en situaciones en que los bosnios corrían, como si la metralla de los chetniks distinguiera la carne estadounidense de la bosnia. Admito que los morteros llevaban un par de meses inquietantemente callados, pero antes las mañanas eran su hora punta, porque los chetniks pretendían disuadir a la población de ir a trabajar o pretendían matarla en el camino.

El Jala bajaba crecido por el deshielo, sus aguas arcillosas apenas un metro por debajo de los bordes de los altos diques de hormigón, alejándose impetuosamente de aquí. Su zumbido transmitía una extraña potencia, y yo, en lugar de bordearlo hasta mi instituto, me dirigí hacia el puente, atraído por él sin saber la razón. Al acercarme a la barandilla sentí esa potencia en las entrañas, en el debilitamiento inmediato de mis músculos, como si de algún modo el río absorbiera mi fuerza vital, me dispersara. Me aseguré de que tenía las manos bien sujetas a la barandilla antes de mirar abajo. De pronto apareció la pata de una silla en la corriente, meciéndose en el agua marrón y exhibiendo con toda nitidez su nudosa talla; al cabo de un momento era un palo negro a lo lejos río abajo, luego no era nada. Había desaparecido.

Imaginé que se alejaba de aquí, de esta ciudad sitiada, que llegaba hasta el Spreča, y que sus aguas la pasarían de contrabando a través del territorio ocupado por el enemigo en dirección este hacia el Drina. El Drina la mandaría al norte entre Bosnia y Serbia, escondiéndola en la sangre de la gente de las dos dentadas fronteras, y la entregaría al Sava. El Sava, grande como es, no tendría mayor problema en trasladarla hasta el Danubio, y el Danubio, ese coloso, le proporcionaría un paso seguro por el centro de Belgrado y luego la alejaría de esta península dejada de la mano de Dios para arrastrarla hasta el mar Negro. Pero una vez que la pata de la silla estuviera en sus oscuras aguas, ¿qué haría, bellamente tallada pero desprendida, sin el resto de la silla, sin que nadie se sentara en ella? ¿Sin que nadie se encaramara a ella para enroscar una bombilla? ¿Acabaría en una playa cualquiera y se convertiría en madera a la deriva, terminaría en una magnífica hoguera mientras unos jóvenes celebraban su juventud junto a ella y brincaban ebrios por encima de ella? ¿La rescataría alguna atormentada alma búlgara en los muelles de Varna, la transformaría en una pequeña escultura de una madre con un niño y la haría inmortal? ¿O la cogería un vulgar delincuente, que aplastaría el cráneo de su víctima con ella en los callejones de Estambul?

Al mirar esas aguas turbulentas que fluían por debajo de mí y se alejaban impetuosamente, me sentí como si estuviera en la popa de un barco que me llevaba lejos, lejos del 15 de septiembre, pero de pronto un jeep de la ONU empezó a cruzar el puente con un chirrido, rugiendo su motor, luciendo el conductor unas gafas de sol rojas pese a que el sol seguía escondido, y yo, asustado, di un respingo y me eché a correr hacia la orilla, y cuando por fin caí en la cuenta de que en realidad no iba a atropellarme, cogí una piedra del suelo y la lancé hacia él. Rebotó tres o cuatro veces en el asfalto y acabó deteniéndose entre los arbustos frente al hotel. Vi que las luces de frenado se encendían cuando aminoraba la velocidad para doblar la esquina; luego desapareció por detrás del hotel en dirección a mi barrio. El hombre de la cara rojiza alzó un momento la mirada para ver qué ocurría y enseguida volvió a enfrascarse en su periódico. Excepto el río, todo se sumió de nuevo en el silencio. Bajé los dedos medios, que aún mantenía apuntados hacia arriba, y me encaminé hacia el instituto.

Asja era madrugadora, y yo sabía que sería una de las primeras en llegar a clase. Hacía lo que fuera para alejarse de sus padres, que eran estrictos, anticuados y sobreprotectores, en realidad, asfixiantes. Solo podíamos vernos los viernes y sábados por la noche y durante nuestros breves encuentros en el instituto. Últimamente había empezado también a acompañarla a casa, y eso representaba una hora más de cogerle la mano y besarla antes de tener que despegarme de ella (frente al estadio de fútbol, cerca de su edificio) para verla menguar y desaparecer, con un parco gesto de despedida, detrás del quiosco.

Sabía asimismo que, para ir al instituto, le gustaba tomar el atajo por la orilla del río en lugar de seguir el camino más largo por Južna Magistrala, así que enfilé el camino de grava y, al llegar más o menos a la mitad, encontré un banco de madera donde sentarme y esperar. El banco tenía un reborde que se me clavaba, así que me veía obligado a levantarme de vez en cuando para dar un descanso al culo. Cuando la vi aparecer con su jersey negro, me escondí entre los arbustos en lo alto del dique, y cuando pasó a mi lado, salí de un salto emitiendo sonidos inarticulados, para asustarla, pero ella se limitó a darse media vuelta y asestarme un puñetazo en el pecho.

—Tonto del bote —dijo—. Te he visto la cabeza desde el puente de la Gente Zapato.

—¿Quieres decir que tengo la cabeza grande?

—Quiero decir que eres un tonto del bote.

Me preparé para un largo beso (lo necesitaba), pero ella solo me rozó los labios con los suyos y se apartó, me cogió la mano y se echó a caminar. Por lo general, no parábamos de lengüetearnos hasta quedarnos sin aliento, como percebes. Sin duda esa reticencia por parte de ella era mala señal, pero como yo no quería que lo fuera, la pasé por alto y lo aposté todo a mi pequeño plan.

—¿Qué clases tienes hoy?

Ella fijó en mí sus ojos entornados. Advertí frialdad en su mirada.

—¿Qué te propones ahora?

—Pensaba que quizá podíamos saltarnos las clases todo el día, ir al parque, besarnos.

Ella dejó escapar un gruñido. Jugando, le hinqué el dedo en las costillas. Se revolvió y escondió las manos en las mangas. Lo intenté de nuevo, pero me lo impidió de un manotazo.

—¡No hagas eso!

—¿Qué? —Me dispuse a abrazarla por detrás, pero ella se zafó.

—¡Para! —ordenó, y reanudó la marcha. La seguí.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Nada, y un huevo.

Levantó los brazos. La grava húmeda crujía bajo sus pies. El río zumbaba. La grava también crujía bajo mis pies, pero no al mismo ritmo que bajo los de ella, de forma que el ruido que producíamos los tres en el mundo era continuo y sonaba como un chirrido.

—¿Por qué te comportas así?

Seguimos con nuestro chirrido.

—Háblame, por favor.

Chirrido. Y de pronto no pude soportar ya más esa monótona percusión y me detuve. Tuve la sensación de que era lo único que podía hacer, lo último que podía hacer: detenerme. El río zumbaba y ahora sonaba ya como un río. Sin mis pasos, los de Asja sonaban como los pasos de alguien que se aleja.

Llegó a un recodo en el sendero y paró como si un mando a distancia interrumpiera sus movimientos. El corazón me dio un vuelco. Ella no podía alejarse. Pensé que iba a dar media vuelta y regresar, pero se quedó allí. No parecía natural, aquella rigidez, aquella inmovilidad. Además, se prolongó durante largo rato, tanto que por un segundo pensé que era una alucinación mía, que ella ya se había ido pero mi cerebro, incapaz de afrontar su marcha, había tomado una instantánea y me había enterrado para siempre en ese momento de aflicción. De pronto ella echó la mano un poco atrás. Flexionó el brazo por el codo y desplazó la mano lentamente hasta el centro de la zona lumbar, y una vez ahí la hizo girar desesperadamente.

«¿Qué demonios pasa?», pensé.

Perplejo pero reanimado, me encaminé hacia ella. Dio un paso atrás insoportablemente lento, en dirección a mí, ejecutando aún volteretas y ruedas con la mano ante la lana negra del jersey, y volvió a detenerse. Me acerqué y le besé la nuca. Olía a ropa apolillada y jabón. Le cogí la mano posesa con la derecha y la estreché contra mí con el brazo izquierdo. De repente sentí que me apretaba los dedos con más fuerza que nunca. Pensé que lo hacía movida por un impenitente amor, pero entonces vi el perro.

A cinco metros de distancia, nos observaba, amartillado y al acecho, con la boca abierta y babeando bilis, un gran danés descomunal. Me flojearon las rodillas. Tenía la mirada salvaje y furiosa. Las costillas asomaban bajo el pelaje sarnoso. Gruñó una vez y sentí que mi cuerpo se paralizaba y mi mente retrocedía en el tiempo, alejándose de los dos adolescentes que, petrificados, se abrazaban en el camino del río. A los seis años, el pastor alemán de mi primo Garo me hinca los dientes en el muslo cuando intento acariciarlo. Un hombre grita y lo golpea con la mano abierta, pero el animal no me suelta. El hombre empieza a darle con los puños. Los golpes suenan a hueco y a macizo al mismo tiempo. A los once años voy en bicicleta por debajo de una hilera de sauces junto al río y una mierdecilla de terrier negro llamado Johnny me persigue, y yo, horrorizado, me agarro a la primera rama que veo al alcance de mis manos y trepo como un mono gordo hasta la copa del árbol mientras mi querida «Pony» verde rueda dique abajo y cae al agua.

Por un momento veo a los dos adolescentes dar un trémulo paso atrás y, ante ellos, el animal se alza repentinamente, recupera la distancia y se pone otra vez al acecho. Durante el instante en que se yergue parece realmente mastodóntico. Pero yo lo veo (¿lo recuerdo?) cuando todavía es un cachorro de una camada de seis. Recuerdo que una mujer delgada con ojeras lo coge en brazos. Es poeta y trabaja para el Teatro Nacional de Tuzla en tareas dramatúrgicas. No puede tener hijos, y su marido accede a conseguir un cachorro para que su casa del monte no esté siempre tan silenciosa. Él es profesor de música y concertista de violín (ha tocado una vez ante Tito) y el silencio no es lo suyo. Le gustan los perros de verdad, se crió con ellos. Veo al cachorro crecer deprisa, veo a la mujer darle a escondidas trozos de hígado de ternera y filete Chateaubriand, y veo al hombre lanzar repetidamente al jardín desde la terraza un grueso trozo de cuerda con un nudo en cada extremo y al perro ir a buscarlo una y otra vez. Veo al animal ocupar su lado de la cama y al hombre cogerlo del collar y llevarlo a rastras con grandes dificultades por el parquet abrillantado para sacarlo de la casa. Más tarde, cuando el hombre duerme, veo que la mujer lo deja entrar de nuevo pero mantiene la puerta del dormitorio cerrada. Un día lo veo saltar por encima de la cerca persiguiendo a un gato y recibir un ligero topetazo de un Renault azul. Veo llegar la guerra, y cada vez cuesta más conseguir comida para perros, así que la mujer tiene que comprar despojos y restos de carnicería y preparar sopas de olor penetrante, con miga de pan incluida, y darle de comer eso al perro, que pierde peso rápidamente. En los ojos de ella reaparecen las ojeras. Durante los bombardeos el perro gime y se esconde. La mujer, al verlo, se desespera y abraza al animal gemebundo en el sótano y duerme a su lado en un camastro. El hombre duerme en una mecedora. Es el primer invierno y salta a la vista que el perro sufre y que no pueden hacer nada al respecto. Ahora su propia ropa cuelga de ellos como un poncho, y el hombre tiene que perforar nuevos agujeros en los cinturones de ambos. Intentan entregar el perro a un refugio pero el empleado se ríe de ellos. Intentan dárselo a cualquiera que lo acepte, incluso van a pie hasta la base de las Naciones Unidas en Šićki Brod e intentan darlo allí. Nadie lo quiere. Él dice que tienen que dejarlo suelto o sacrificarlo. Ella dice no, no, una y otra vez. ¿Qué podemos hacer si no?, pregunta él. No, no, se niega ella. Con la poca gasolina que le queda, el hombre lo lleva hasta las afueras de la ciudad, le da de comer pulmones de vaca cocidos y pan, le lanza un grueso trozo de cuerda con todas sus fuerzas hacia el bosque, y cuando el perro corre como una flecha hacia la cuerda, el hombre sube al coche (sin molestarse en recoger el plato del perro) y se marcha. Inclina hacia arriba el espejo retrovisor y mantiene la mirada en la línea blanca ante él. Ya no veo al perro, pero todavía veo a la pareja. No, no, le grita ella cuando él vuelve, y se escurre entre sus brazos y sus dedos hasta caer al suelo. No, no, se encierra en el sótano y rechaza la comida. Él entra por la fuerza después de dos días y el vecino de al lado los lleva al hospital en coche. El hospital está lleno de médicos enloquecidos y soldados sin piernas. La sedan y la mandan a casa. El hombre guisa para ella, le da la sopa a cucharadas cada día. Le cambia la ropa, se la lava a mano en la bañera. Ella se niega a moverse y a hablar. La guerra sigue. Sus existencias de comida empiezan a menguar, y también su dinero. No hay conciertos ni obras de teatro en la ciudad sitiada, no de esos por los que la gente pagaría, y no tienen ingresos. Lo que él recibe de la escuela de música, paquetes mensuales de harina y aceite, no basta. Se ve obligado a vender objetos de la casa. Antes vivían bien, así que tienen muchas cosas bonitas, que él lleva al mercado y vende por calderilla: un abrigo de visón a cambio de una pequeña bolsa de patatas, un reloj de pared antiguo a cambio de un saco de harina de maíz. Un día vuelve a casa y la encuentra muerta, suicidada quizá, pero nadie tiene tiempo para autopsias. Cada mañana él va a su tumba y retira las hojas muertas o aparta la nieve o arranca las malas hierbas. Está cada vez más delgado, empieza a tocar el violín en público, a hacerlo sonar lastimeramente a cambio de un cigarrillo por aquí, una moneda sin apenas valor por allá. Se niega a venderlo. Al revisar las pertenencias de su mujer, encuentra una lata de comida para perros alemana que pasaron por alto, duerme con ella durante un par de días y luego, después de vender las obras completas de William Faulkner por dos paquetes de pasta, la calienta y la mezcla con media cebolla rancia y blanda y un poco de ketchup del fondo de un frasco de plástico (corta la parte superior del frasco con un cuchillo de sierra, vierte agua caliente en él y se asegura de extraer hasta la última pizca de sustancia roja), lo añade todo al abundante plato de rigatoni y lo devora. Y antes de verlo vender su violín a un conductor de autobús, me entero de que el perro se llama Archibald.

Me veo apartar la mano derecha de la de Asja, darle la izquierda y situarme entre ella y el perro. Me oigo.

—¡Archibald! —grité, y de pronto el perro levantó las orejas y metió el rabo entre las patas. Cerró sus fauces cavernosas con un gimoteo, saltó de lado hacia el río, se dio cuenta de que no podía irse en esa dirección, trazó un cerrado semicírculo en torno a sí mismo, saltó como por efecto de un resorte la cerca que separaba el camino y un huerto de subsistencia y desapareció.

Por un momento llegué a sentirme como un verdadero héroe. Cuando me volví y vi a Asja intentar explicarse qué acababa de ocurrir, rompiéndome aún los dedos con la mano, un obús silbó por encima de nosotros y estalló violentamente en algún sitio no muy lejano, y ante ello todo se echó a correr, todo excepto nosotros.

No teníamos piernas para correr, ni pulmones para respirar. Sencillamente nos dejamos caer al suelo y nos quedamos allí, cogidos de la mano, mientras una, dos, tres sirenas empezaban a ulular en diferentes tonos y llenaban el inmenso cielo por encima de nosotros con su morbosa sinfonía.

No cayeron más obuses. Los buscamos en el cielo gris y blanco, pero la grava empezó a ser incómoda y nos deslizamos rápidamente hacia la hierba húmeda de rocío junto al río. Cuando intenté soltarle la mano, contrajo los dedos en la mía.

—Ni se te ocurra —susurró.

—Claro que no.

Permaneció callada por un momento. Me sentía muy cerca de ella, más cerca que nunca.

—Me he enterado —dijo, también en un susurro.

—¿De qué te has enterado?

—De que os vais a Escocia.

Asmir había conocido a una cooperante inglesa y la había llevado a ver algunas de nuestras representaciones. Le encantaron y preguntó si queríamos que nos recomendara en el Reino Unido, que conocía a gente del teatro. Asmir dijo que sí, pero luego se olvidó por completo del asunto. Más tarde, hacía un par de semanas, recibimos una invitación de Edimburgo para participar en cierto festival. Teníamos que ir en agosto, pero era imposible que las autoridades nos dieran permiso. Bokal estaba en el ejército; Asmir lo había eludido a pesar de sus veinticinco años, y a Omar y a mí acababan de llamarnos a filas. No dejaban salir a nadie, y menos aún a soldados potenciales.

—Nadie irá a ninguna parte. Solo nos han invitado, nada más.

—No me lo has contado.

—No era nada. Recibimos una carta. Que tú sepas, ¿cuánto hace que no le dan un pasaporte a alguien? Es imposible.

—No me lo has contado.

Me incorporé e intenté soltarle la mano pero no me dejó.

—No me sueltes.

Me aparté un poco a un lado, pero tiró de mí hasta tenerme encima de ella y me besó febrilmente. Fue demencial y descabellado, como si mi conciencia se propagara por todas las células de mi cuerpo y yo estuviera en la curva de mis labios, en la punta de mi lengua, en mi espalda mojada de rocío, donde notaba la presión fría de sus manos, y allí abajo, donde mi erección ejercía presión en ella. Fue extraordinario.

Hasta que el sol no asomó entre las nubes y unos niños pasaron en antiguas bicicletas BMX y se rieron de nosotros, no nos levantamos y decidimos que bien podíamos seguir adelante con mi plan para ese día. Cruzamos el puente de la Gente Zapato y vi el humo detrás del edificio de la Gente Zapato. Gente Zapato es esa espantosa serie de dibujos animados para niños pequeños: todo color, nada de corazón. Justo antes de empezar la guerra, esa monstruosidad de edificio surgió en medio de la ciudad, y algún genio lo hizo pintar de una combinación de amarillo pastel, azul pastel, rosa intenso y marrón, razón por la cual los ciudadanos de Tuzla comenzaron a llamarlo edificio de la Gente Zapato.

El anterior obús había alcanzado el aparcamiento que se extendía ante dicho edificio, había hecho volar por el aire un escarabajo Volkswagen, lo había vuelto del revés y lo había dejado caer encima de un pequeño Citroën. Cuando nos acercamos, no se veía de qué colores eran, ya que habían ardido hasta quedar extracrujientes y seguían ardiendo. El escarabajo recordaba un poco a una tortuga patas arriba. Unos cuantos tenderos cabreados barrían la acera para retirar los cristales rotos de sus escaparates. Se veían agujeros de metralla por todas partes. Nos enteramos de que habían muerto dos mujeres, pero nosotros pasamos por delante de la cárcel y seguimos hasta el parque Banja para besarnos.

Sentados en nuestro banco preferido con vistas a la ciudad, habrían podido fotografiarnos para uno de esos calendarios de amor empalagosos que las niñas de once años de todo el mundo cuelgan en sus paredes, todo naturaleza sobrecogedora y amor edulcorado. En cierto momento algo corrió entre los arbustos detrás de nosotros y nos sobresaltamos, pero era un viejo con una chaqueta de traje que le quedaba pequeña; un loco, imaginamos.

—Pensaba que era Archibald —comentó ella, y no pude parar de reír—. ¿De dónde demonios has sacado eso de Archibald?

Lo único que pude hacer fue señalarme la cabeza. Me dio un puñetazo en el brazo y me besó.

—Tonto del bote, no me dejes nunca.

 

Abril

Asmir, Bokal y yo decidimos salir después del ensayo. El Galerija parecía más un retrete que un café: dos salas de techo bajo, con olor a mampostería podrida, donde unas cuantas sillas de mimbre muy voluminosas ocupaban todo el espacio.

El camarero de la barra no nos hacía caso. Bokal tuvo que acercarse a él para pedir nuestros cafés largos mientras Asmir y yo nos acomodábamos en las sillas traqueteantes.

—¿Es que aquí los camareros hacen un curso para aprender a mostrarse así de desafectos? —pregunté.

—Cuanto menos se acerque por aquí, mejor —respondió Asmir.

La noche anterior le había soplado cuarenta marcos a una holandesa a la que se tiraba, miembro de una organización humanitaria, y había afanado una botella de Johnnie Walker de su despensa mientras ella iba al cuarto de baño a lavarse. Quería hacer algo que pusiera fin al apaño, porque empezaba a hartarse de ella. Según él, hacía buenas mamadas. En la oscuridad. Era su chiste. Ella era quince años mayor que Asmir, o más, y él sostenía que solo podía hacérselo en la oscuridad. Asmir era un tanto cabrón en lo que se refería a las mujeres.

Cuando Bokal volvió, venía fumándose un cigarrillo que, como sabíamos, no tenía al entrar.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Asmir.

—Mira quién fue a preguntar.

Bokal se llamaba a sí mismo el rey de las mentiras, el gorroneo, los sablazos y el buitreo, y se enorgullecía de ello. Una vez lo vi sacarle un marco a un niño gitano, un mendigo, lo juro por Dios. Estábamos sentados en una cafetería y se acercó un niño a pedirnos limosna, y Bokal le explicó que tenía un problema, que había pedido un café y que no le llegaba el dinero, y que el dueño de la cafetería le daría una patada en el culo cuando se enterara. El chaval se compadeció, extrajo un pequeño fajo de billetes del calcetín y le dio un marco para que pagara el café.

El camarero, con una mella en los dientes por la que pasaría la chapa de una botella de cerveza, trajo tres cafés largos y dejó la cuenta bajo el cenicero. Yo no soportaba el sabor del café, así que le eché tres sobres de azúcar.

—¿Tú qué crees, Asmir? ¿Que Dios no te ve fornicar con todas esas extranjeras? —preguntó Bokal a bote pronto—. Vienen aquí de quién sabe dónde para ayudar a los bosnios y tú las tratas como la mierda.

—Eh, corta el rollo, que yo soy bosnio. También me ayudan a mí.

Asmir rio por la nariz su propio chiste, y los otros hicimos lo mismo. Había en él algo encantadoramente infantil que era imposible odiar, al margen de lo que dijera o hiciera. Tenía el don de quitar importancia a sus defectos, un carisma especial por el que uno le consentía un asesinato como si fuera una simple travesura.

—Pasadme vuestras tazas y haced ver que estáis charlando —dijo Asmir.

Bokal y yo fingimos conversar mientras Asmir, al amparo del mantel, echaba un poco de Johnnie Walker en nuestras tazas de café desde su macuto.

—Bebamos por que el viaje a Edimburgo sea posible —propuso Asmir, y advertí que el buen humor de Bokal se esfumaba. Se le agrió la expresión. Entrechocamos nuestras tazas y bebimos. Era horrendo pero abrasaba de una manera agradable. Bokal se recostó y el mimbre de su silla despertó y gimió bajo su peso. Lanzó una ojeada a los restos del cigarrillo en el cenicero.

—Putas paredes —dijo.

—¿Qué pasa, Bokal? ¿No quieres ir a Edimburgo? —pregunté, adoptando un tono jovial. Me miró como diciéndome «Afortunado tú», y me acordé de que él estaba alistado, de que incluso si los demás, por un Milagro, obteníamos el pasaporte, probablemente a él no se lo darían.

—Mirad ese cuadro —dijo, señalando con el mentón la pared contigua a mí. Venía a ser una caricatura del centro de Tuzla, con sus característicos edificios, todos estrujados en la base por una enorme serpiente blanca—. ¿Qué significa?

—Tiene que ver con aquella canción, ¿no? —Yo me enorgullecía de ser un roquero punk incorregible, y admitir que conocía bien la música folclórica sevdalinka sería un borrón en mi reputación. Eché un gran trago de mi taza para reforzar mi incorregibilidad.

—¿Sabes qué representa la serpiente?

—¿La muralla?

—Respuesta equivocada —contestó Bokal.

—Pero ¿qué dices? —intervino Asmir—. Es verdad que antes había una auténtica muralla en torno al centro de la ciudad. Aún quedan trozos en el parque Banja, por ejemplo el viejo arsenal.

—Sí, pero ¿tú crees que alguien compondría una canción sobre una puta muralla? No. La serpiente es el ejército invasor de Omar Paša Latas, que fue enviado desde Estambul para aplastar una rebelión en estas tierras. Cuando lo consiguió, rodeó toda la ciudad con sus tropas y se quedó un tiempo para demostrar el poder del ejército otomano y asegurarse de que nadie más tenía ocurrencias raras.

Tal discurso nos sorprendió viniendo de Bokal, a quien conocíamos más por su astucia callejera.

—¿Y eso a qué viene? —pregunté.

—Viene a que pensar que podemos escapar del cerco de la serpiente es una ocurrencia muy rara.

Apuró la taza y la deslizó hacia Asmir.

—Branka ha dicho que es posible —declaró Asmir y, atento al camarero, sirvió otro Johnnie Walker a Bokal, esta vez sin mezclar. Yo también me apresuré a terminar mi bebida, y presenté a Asmir la taza vacía.

—Posible, y un cojón. Si dejan salir a alguien, será a los jóvenes de la compañía. Yo, tú, él, cualquiera capaz de empuñar un arma… eso sencillamente es soñar.

—Si alguien puede hacerlo, es Branka. Luchará para que Omar pueda ir, y él tiene la edad de Ismet.

Branka era la encargada de la Casa de la Juventud, donde ensayábamos; era la madre de Omar, y cuando tenía una tarea entre manos no se andaba con chiquitas. Omar también formaba parte de la compañía, porque componía e interpretaba la música de una de las obras de nuestro repertorio, una recreación de El Principito de Saint-Exupéry. Yo hacía el papel del Principito. El hermano menor de Omar, Boro, hacía el papel del Principito en la infancia.

—¿Y qué hará? ¿Firmar ella los pasaportes en lugar del general Lendo?

—Richard Bach dice que cuando deseas algo con la debida intensidad, el universo actúa para que eso ocurra. —Era muy propio de Asmir descolgarse con irritantes citas new age como esa. Bokal se puso en pie, apretó los puños y cerró los ojos.

—Mira, voy a desear con intensidad recuperar el riñón —dijo Bokal. Abrió los ojos y los puños y se sacó el faldón del polo de los vaqueros. Se volvió y nos mostró la cicatriz de su operación—. Vaya, perra suerte. Sigo sin tenerlo.

Se recompuso y se dirigió hacia la barra.

Fuera, el día empezaba a declinar, y la gente, delgada, exhausta y hambrienta de diversión, empezó a llenar la terraza del jardín para pasar la velada.

—Ya ves cómo es Bokal —dijo Asmir—. No tiene fe. —Me cogió del antebrazo para obligarme a mirarlo—. Vamos a ir a Edimburgo, tú acuérdate de lo que te digo.

Y de algún modo una parte de mí supo que iríamos. Ese era el poder de Asmir. Pese a su hipocresía, no dudabas de su convicción.

—De tu boca directamente a los oídos de Dios —afirmé.

—¿Qué vas a hacer con Dunda? —quiso saber a continuación. Dunda era como llamaban todos a Asja. La pregunta me cogió desprevenido. Cierta sensación de pánico resonó en mi cráneo y recorrió mis extremidades en forma de vibración. Allí estaba yo deseando alejarme de esa ciudad, rezando para conseguirlo, tramando cómo hacerlo, creyendo que ya estaba fuera, y ella no asomó ni por un instante a mis pensamientos.

—Nada —me oí decir—. Iré a Edimburgo y volveré.

—No seas idiota —respondió Asmir—. Para ti, ella es la primera. Ya sé que te parece un sentimiento muy fuerte, pero es la primera. No puedes echar a perder tu vida solo porque crees que sabes lo que es el amor a los diecisiete años.

—Dieciocho.

—Peor aún. —Tomó un sorbo—. De ahí no saldrá nada.

Bokal volvió pesadamente hacia nosotros y blandió otro cigarrillo que había conseguido.

—Ismet dice que volverá si conseguimos ir a Edimburgo.

—¿Volver aquí? ¿Por qué? —preguntó Bokal con cara de estupefacción.

—Ama a su novia.

—Escúchame bien. Si sales de aquí y luego vuelves, más te vale esconderte de mí. Si te veo por la calle, te desgracio.

—¿Y a ti qué más te da? —Me eché a reír, aunque sabía que hablaba en serio.

Bokal no me hizo caso. Él y Asmir hablaron de arte y de las chicas que entraban y salían de los lavabos. Yo no pronuncié una sola palabra. Una parte de mí deseaba irse hasta Batva sin parar de correr, llamar a la puerta de Asja, hablar con su padre de hombre a hombre y ganarme su voluntad, casarme con ella, ir a la guerra, liberar pueblos y volver a casa del frente cada semana para reunirme con mi amor. La otra parte de mí se veía en un barco, solo, escapando de septiembre. Me imaginaba a mí mismo en Escocia, cómo sería aquello. Imaginaba prados verdes y campechanos escoceses de barba roja, yaks de pelo largo y castillos antiguos, adoquines húmedos y monstruos míticos ocultos en lagos, cosas sobre las que había leído.

En un momento dado oímos dos detonaciones fuera. En el café todos nos levantamos de un salto y, saliendo a la noche, nos acercamos a los lindes del parque, donde ocurría algo emocionante. Achispados, seguimos a la oscura muchedumbre, y allí vimos a una montaña de hombre, de pie bajo el claro de luna, casi dos palmos más alto que cualquiera de los presentes; llevaba colgado al hombro lo que parecía una escopeta antigua de dos cañones y señalaba el suelo allí donde todo el mundo miraba. Algunos fumadores encendieron los mecheros para ver mejor a quienquiera que aquel individuo hubiese abatido, y vi que el grandullón vestía la parte superior de un uniforme de policía o guardia de seguridad. Por un momento se puso en cuclillas y lo perdí de vista, y tuve que seguir a ciegas a Bokal, que se abría paso entre el gentío con facilidad. Cuando el grandullón reapareció, le vi la cara y lo recordé.

Formaba parte de mi grupo cuando me presenté en la caja de reclutas para el reconocimiento físico y psíquico, o sea que era de mi edad, pero ese día, a diferencia de mí, tenía aspecto de soldado. Sin la camisa, parecía cincelado en roca, tenía la barba poblada y el olor corporal de un hombre. Lo querían para la policía militar, pero él rogaba una y otra vez que lo mandaran a las fuerzas especiales. Se negaron, pero él siguió burlándose de ellos, tentándoles la paciencia, echándose pedos, y al final sacó de sus casillas a un alto mando, que lo asignó a una unidad con una esperanza de vida media de una semana más o menos.

La multitud se abrió un poco y lo que vi allí tendido era flaco y peludo.

Era Archibald.

Me arrodillé junto a él y le toqué los cuartos traseros. Me entraron ganas de llorar. Tenía la caja torácica destrozada por un agujero. Asomaban huesos, blancos a la luz de la luna.

—¿Era tuyo? —preguntó el hombre montaña.

—Es Archibald —dije, y volví al café. Asmir se rio, pensando que yo le tomaba el pelo a ese individuo. Aquello era un augurio, y yo estaba borracho y listo para volver a casa.

 

Mayo

El 25 de mayo, después del ensayo, fui a casa de Omar sin previo aviso. Era última hora de la tarde. Ante su casa, lo llamé a gritos desde la calle, y él asomó la cabeza por la ventana del segundo piso. Yo quería salir, pero a él le apetecía quedarse en casa, y me pidió que entrara. Cedí, como siempre, y él envió a su hermano de diez años a abrir la puerta de la calle. En broma le dije a Boro que tenía novia, y él me mandó a la mierda, así que lo perseguí escalera arriba: una rutina.

Omar, sentado al lado de la ventana, fumaba intentando lanzar el humo fuera.

—Cierra la puerta —dijo, y echó varias ráfagas de ambientador en espray con aroma a jazmín.

Yo me instalé en mi lugar de costumbre en el sofá, de espaldas al equipo de música, y cogí una guitarra que había conocido tiempos mejores hacía diez o quince años. Por el sonido que emitía daba la impresión de que hubiera tomado alucinógenos.

No recuerdo de qué hablamos ni qué hicimos. Ni siquiera recuerdo si fuera aún era de día. Solo recuerdo interrumpirme en mitad de una frase cuando oí a lo lejos la descarga amortiguada de un cañón; a esas alturas todo el mundo distinguía entre el ruido de un cañón y el de un mortero. No había habido ningún otro bombardeo desde aquella mañana de marzo.

El tiempo hizo implosión. Mi reloj interno, preparado para activarse en cuanto se oía una descarga, empezó a contar los segundos hasta que el proyectil llegó a la ciudad, tres segundos en total; también eso lo sabía todo el mundo. Tres segundos para ponerse a cubierto, o echarse a correr, o rezar, o retener un pensamiento, o recordar. Tres segundos.

Uno, mil.

Dos, mil.

Tres, mil.

Las películas no le hacen justicia: solo diré eso acerca de ese sonido que pulveriza el pensamiento y corta la respiración, el sonido que produce un obús en rotación al traspasar el aire de camino al centro de tu ciudad, pasando entre tres de los cafés más concurridos y un poco a la derecha del vendedor de palomitas de maíz, en medio de centenares de ciudadanos que hacen como si no ocurriera nada, como si la guerra estuviera a punto de acabarse. Pero yo eso aún no lo sabía.

Transcurrieron tres segundos en silencio, y luego ¡BUM! Ese cayó cerca. Sonaron las sirenas. Corrimos a la sala de estar porque daba al centro, y Branka se había asomado ya a la ventana abierta.

—Alejaos de las ventanas —ordenó.

—Vamos, mamá —respondió Omar, y miró a la calle.

—¿Queréis ir al sótano?

—Tampoco es que sea la primera vez.

Aguzamos el oído, atentos a más descargas. Todo permanecía en silencio.

—Hueles a tabaco —le dijo a Omar su madre, y él protestó blandamente con un gruñido. Seguimos mirando por la ventana.

Un coche, un Fiat Zastava 101, recorrió a toda velocidad Južna Magistrala, petardeando y dejando a su paso nubes de humo gris. Luego llegaron otros coches. Luego bicicletas. Luego gente que corría. Todo el mundo se dirigía apresuradamente hacia el centro.

Decidí marcharme a casa, consciente de que esa noche la policía adelantaría el toque de queda. Me despedí y salí. La noche estaba tranquila y tomé por el camino de la orilla del río. Al pasar por delante del gimnasio, vi a alguien que hacía una pintada en una de las paredes y me quedé deambulando por la hierba hasta que deduje el texto. Decía: SANTIFICADO SEA TU NOMBRE, y a juzgar por la cara de un zombi ciborg, de nombre Eddie, dibujado al lado, sospeché que no se trataba de un mensaje religioso.

Cuando llegué a casa, mis padres estaban fuera de sí. Mi madre, furiosa, no podía articular palabra. Mi padre quería saber dónde me había metido, por qué no había llamado. Pasé por su lado para entrar en la cocina y me serví un vaso de agua.

—Abrid la boca para que pueda explicarlo —les dije. La expresión no es fácil de traducir, pero viene a significar: «No es asunto vuestro».

—Pero ¿a ti qué te pasa? ¿No sabes lo que ha ocurrido?

—Sí. Ha caído una bomba en el centro. Muy emocionante.

Él se quedó allí inmóvil, y yo fui a mi habitación, donde mi hermano, pálido, veía la televisión.

Por la televisión lo vi todo: el pie seccionado de un niño junto al bordillo, los supervivientes colocando a los heridos en la parte de atrás de los coches y dando palmadas en el techo cuando ya no cabía ninguno más para indicar a los conductores que pisaran el acelerador, un riachuelo de sangre, salpicado de palomitas de maíz, yéndose por una boca de alcantarilla, docenas de seres humanos en el suelo adoquinado, muchos de ellos sin moverse en absoluto, y un cuerpo decapitado con una sudadera verde erguido en su asiento dentro del café Gate, un cigarrillo todavía encendido en un cenicero delante de él.

 

Ese fue el último obús que cayó en mi ciudad. Recuento de cadáveres: 71.

Edad media de las víctimas: 23.

Heridos: unos 124.

 

En esa explosión murió el primo Garo, así como varios chicos con quienes yo había tratado en uno u otro momento.

A mi hermano y a mí no nos dejaron asistir al funeral. La ciudad estaba aterrorizada ante la posibilidad de otro ataque intencionado contra una concentración masiva de civiles, así que la hora y el lugar del funeral no se anunciaron a través de los medios de comunicación.

Acabaron enterrándolos al amanecer pocos días después en un claro del parque Banja. Mis padres estuvieron presentes. Después mi madre me contó que, durante la celebración, bandadas de pájaros alzaron el vuelo desde el bosque, sobrevolaron la zona de la concurrencia y se alejaron. Dijo que nunca había visto tantos pájaros juntos.

 

Cuando fui a aquel cementerio especial por primera vez para presentar mis respetos a Garo, todas las tumbas mostraban una fotografía de su ocupante. Me paseé alrededor de los túmulos de tierra todavía húmeda, escrutando ojos desconocidos, reconociendo alguna que otra cara aquí y allá, buscando a mi primo. Su tumba se hallaba en perfecto estado. Olía a campo labrado. 1964-1995, rezaba.

Me alejé de allí; de pronto me detuve y regresé. Fue un molesto asomo de pensamiento lo que me indujo a ello, lo que me creó la sensación de que había pasado algo por alto. Volví sobre mis pasos y observé de nuevo las fotografías, y cuando la vi fue un mazazo. Garo era mi primo, y ver su tumba no me afectó tanto como ver la de aquel desconocido. Era una foto borrosa, no el más fiel de los retratos, pero reconocí aquellos ojos, aquella barba poblada, aquellos hombros anchos, y algo me oprimió el pecho. Me dio vueltas la cabeza. Tuve que sentarme en la tierra húmeda.

MUSTAFÁ NALIĆ —se leía en esa tumba—, 1977-1995.

El hombre que había matado a Archibald de un tiro.

 

A partir de entonces tuve problemas para dormir. La oscuridad de mi habitación se filtraba desde el techo y me cubría de taciturnas partículas. Yo me tapaba la cabeza con las mantas de la infancia, con su sucesión de Patos Donald sonámbulos, pero no podía mantener los ojos cerrados. La oscuridad se abría camino a través de la humedad de mis ojos, a través de mis poros y las raíces de mis pelos, hasta mis pensamientos, y las sombras de mi habitación brincaban como perros aulladores o amenazadoras cigüeñas, con carne muerta y vil en los picos, goteando.

Soñé con él. Me atormenté con mis dos recuerdos de él, intenté rememorarlos perfectamente. Imaginé su vida antes de la muerte. ¿Quién era? ¿Cómo era? Nunca abandonaba mi pensamiento.

Empecé a verlo. Lo veía en todas partes. Lo vi primero desde el balcón de casa. Estaba de pie delante del salón recreativo de la planta baja, observando a unos niños que jugaban a Double Dragon. Luego lo vi en el instituto, en la escalera. Era uno de los extras de las películas que veía cuando teníamos electricidad. Era un invitado en casa, sentado en la cama de mis padres, moviendo la cabeza calladamente en un gesto de aprobación. Encontré los dedos de sus pies entre los residuos de mugre en nuestra bañera.

¿Por qué?

No era más que un individuo como tantos, un simple desconocido. Un individuo cualquiera que rogó incorporarse a las fuerzas especiales.

Pero ahora era Mustafá Nalić. Ahora estaba muerto y recompuesto pieza a pieza como un puzle en un ataúd poco profundo, tras perderse probablemente algún trozo, barrido hasta el alcantarillado, y arrastrado por el vertido de aguas industriales de las cisternas de la planta química. Quizá habían desaparecido fragmentos de su cráneo que jamás volverían a reunirse con el resto de su cuerpo. O tal vez la punta de alguno de sus dedos aún se movía en algún lugar bajo el asfalto y nunca descansaría en paz.

Aceché el cementerio en busca de alguien que lo conociera. Nadie rezaba ante su tumba.

Pregunté por él aquí y allá, por su familia, sus amigos. Nadie los conocía pero la gente me dijo cosas igualmente.

—El nombre de ese chico es Mustafá, Muće, lo llamaban. Trabajaba en el pabellón alquilando equipo de caza. Uy, ese chico, vaya si estaba desquiciado.

—Además perdió a su padre.

—No sé de dónde era, de algún sitio del valle del Drina, supongo, pero la gente cuenta muchas cosas sobre él, dicen que no estaba bien de la cabeza. Dicen, y puedes creértelo o no, que ya antes no andaba muy fino, pero la guerra acabó de trastornarlo.

—Quería a su padre.

—¿Nalić? ¡Los Nalić están locos! Cuentan que un Nalić mató a un hombre por una calabaza. Le clavó un cuchillo en las tripas, y luego enloqueció y se mató de hambre en su desván.

—Mató a su propio padre. Eso lo sabe todo el mundo.

—Perdió a toda su familia, el pobre desgraciado.

—Mi vecino vivía al lado de su casa, es la pura verdad, como lo oyes. Refugiados. Cuando llegaron los chetniks al pueblo, él vio a su padre esconderse en la fosa séptica. Cuando llegaron a su casa, se llevaron a su madre y a su hermana para violarlas… ¿o quién sabe?… y a su hermano mayor le cortaron varios dedos, la nariz, las orejas, le vaciaron los ojos y le abrieron el escroto, y a él, a Mustafá, lo obligaron a masticar todo eso… a comérselo… cosas horrendas. Luego le dijeron que si quería seguir vivo tenía que degollar a su hermano, y él lo hizo. ¿Te imaginas? No puedo poner la mano en el fuego por eso último, pero lo otro es la pura verdad.

 

Junio

El despacho de Branka en la Casa de la Juventud olía a polvo burocrático y perfume conservador y sudor con tufo a cebolla. Como vestuario, no era nada del otro mundo. Había muebles por todas partes: escritorios en forma de caja, sillas huérfanas, armarios amarillos hasta el techo llenos de tomos que te aburrían y agotaban solo de mirarlos. Las cosas de las chicas estaban desperdigadas por todas partes. Las cajas con objetos de atrezzo y ropa de escena se amontonaban en el suelo y daba la impresión de que sus entrañas hubiesen estallado. Ahora nos tocaba a nosotros vestirnos —las chicas tenían preferencia en el uso del despacho y se lo habían tomado con mucha calma y solo nos quedaban quince minutos antes de la función.

Era como una maratón de ensayos generales, las tres obras una detrás de otra con quince minutos entre una y otra, empezando a las tres. Branka, decidida a hacer realidad el viaje a Edimburgo, había invitado a verlas a todos los gerifaltes y los altos mandos militares. En Bosnia, la maquinaria burocrática encargada de extender documentos a la ciudadanía era inmensa ya en tiempos de paz, pero ahora incluía además a los militares, quienes tenían la última palabra. Se mirara por donde se mirara, la salida del país de cualquier ciudadano en tiempos de guerra era una cuestión de seguridad nacional, y más cuando la población disminuía a diario rápidamente y no se veía el final de la guerra. Branka, diligente como era, acosó a oficiales de todos los niveles hasta que obtuvo la promesa de que el general Lendo, individuo cuya firma validaba los pasaportes, asistiría esa tarde.

—¿Y si salgo al escenario así?

Los tres nos volvimos y miramos a Bokal, que estaba junto a la puerta con calcetines negros, calzoncillos azul celeste, una camisa blanca con recargadas chorreras y una corona en la cabeza. Hacía el papel de Rey en Sueño sobre el Principito, la primera obra de nuestra lista de esa tarde. Todos nos reímos.

—Hablo en serio. Hace un calor del carajo, tío.

Hablaba en serio. Durante todo el día habíamos estado a cuarenta grados y la temperatura del aire era mayor cuando entraba en los pulmones que cuando salía. Notabas húmedas todas las partes del cuerpo que se tocaban entre sí. Incluso los párpados se adherían cuando pestañeabas y era necesaria cierta fuerza para abrirlos. Solo deseabas desnudarte y quedar suspendido en el aire con los brazos y las piernas extendidos.

—A mí me lo vas a contar —se quejó Asmir, ya empapado en sudor con el abrigo de invierno sucio y una gorrita. Hacía el papel de Borracho. El pequeño Boro y yo nos reímos. Nuestros trajes de escena eran idénticos, y bastante ligeros en comparación con los de ellos.

Llamaron levemente a la puerta y al instante la cabeza rubia de Branka apareció en la habitación.

—Está aquí —anunció.

—¡Mamá! —protestó Boro.

—Da igual quién esté aquí —dijo Asmir. Branka le dirigió una sonrisa de odio.

Tenían esa dinámica de aversión recíproca. Asmir la consideraba una burócrata desalmada, sin talento, dedicada a la autopromoción, y Branka lo consideraba a él un capullo egoísta, pretencioso y maleducado; ninguno de los dos ocultaba sus sentimientos al otro, ni ante nadie. Los dos eran obsesos del control que se necesitaban mutuamente y aborrecían la penosa situación en que se encontraban.

—No da igual, Asmir. Debemos demostrarle que nos tomamos esto en serio si queremos conseguir los documentos.

—Nosotros —dijo Asmir, abarcándonos a todos con un gesto que excluía descaradamente a Branka— nos tomamos esto en serio. Siempre ha sido así. No tenemos que hacer nada fuera de lo común para demostrar nada a nadie, y menos a un militar de carrera que en su vida ha leído un libro.

Los ojos de Branka se convirtieron en dos rendijas. Miré a Boro, y los dos cruzamos una mueca y alzamos la vista al techo. Bokal, por su parte, era muy leal a Asmir, y en cuanto vio avecinarse la pugna entre ellos, se apresuró a decantar la balanza a favor de él. Con la mayor naturalidad del mundo, se quitó los calzoncillos. Asmir dejó escapar una risa burlona, como un adolescente.

—Asmir, ¿puedo hablar contigo fuera? —preguntó Branka.

—No hay tiempo. Tengo que prepararme. ¿Podemos dejarlo para más tarde?

Bokal, con gran alarde, se agachó con el culo al aire ante una caja de objetos de atrezzo y revolvió el contenido.

—Tiene que ver con eso de lo que ya hemos hablado.

Asmir nos había contado antes que Branka quería eliminar ciertas partes de la representación para congraciarse con los altos mandos, escenas en las que se ridiculizaba a los militares. En El Principito de Saint-Exupéry, el personaje principal abandona su diminuto planeta para ver el mundo de los adultos y descubre que este es absurdo, que todos están solos en su propio mundo ficticio, y lo perpetúan hasta el infinito. En su adaptación, Asmir añadía el personaje de un militar arquetípico porque guardaba relación con nuestra experiencia cotidiana.

El segundo problema, y el mayor, que tenía Branka con esa parte de la obra era que aparecería un arma de verdad en el escenario. Ramona, que interpretaba el papel del Militar, llevaba de su casa a todos los ensayos el schmeiser de su abuelo, de la Segunda Guerra Mundial. Era una antigüedad y obviamente estaba descargada, pero en 1992, al inicio de la guerra, los militares habían ordenado a la ciudadanía entregar todas las armas debido a su considerable escasez. Si el general Lendo la veía en una obra seudoartística cuando debía estar en manos de uno de sus hombres en el frente, acaso se mostrara poco comprensivo con nuestra causa. En eso yo coincidía con Branka. El arma no era esencial. Además, tampoco habríamos podido llevárnosla a Escocia. Asmir solo pretendía ejercitar su ego, cabrear a Branka.

—No pienso cambiar un solo detalle —se limitó a decir Asmir. A Branka le tembló la barbilla.

—¿Te das cuenta de lo que estás haciendo?

—Estoy haciendo mi trabajo y preservando la integridad artística de la obra.

—Estás saboteando a todo el mundo, a ti incluido. Por no hablar de que posiblemente estás echando a perder todos mis esfuerzos para hacer esto realidad.

—¿Qué esfuerzos? ¿Y qué has hecho realidad? Nos han invitado al Fringe Festival a nosotros. A la compañía. Para representar la obra tal como representamos la obra. No a ti, no a la Casa de la Juventud.

—Solo podéis abandonar el país como institución.

—Podemos ser una institución.

—Pero no lo sois. Por lo que atañe al Gobierno, sois un puñado de individuos que pretenden abandonar el país en tiempo de guerra. No sois una compañía oficial, no tenéis documentación, ni tarjetas de visita, ni cuenta bancaria, ni domicilio fijo ni dirección de correo, ni teléfono, ni fax, y no pagáis impuestos por nada. A ojos del Estado, prácticamente no existís.

Llamaron a la puerta y Branka abrió sin mirar. Allí estaba Ramona, con un estilizado uniforme negro y una gorra que recordaban la indumentaria de los gendarmes parisinos. El subfusil pendía horizontalmente ante su cintura. Al verla, Bokal se volvió de espaldas a la puerta y se apresuró a ponerse su calzón de rey. Ramona apartó la mirada de su culo.

—Lo siento pero vamos a empezar —dijo.

Branka se volvió hacia Ramona.

—Para serte sincera, creo que no es muy inteligente enseñar eso a los militares.

Ramona miró a Asmir.

—El arma se queda. Sin ella, el traje no produce el mismo efecto. —Asmir apartó a Branka de un empujón al pasar, casi lanzándola contra el marco de la puerta—. Gracias a ti, ahora no tenemos tiempo para nuestra meditación.

En algún sitio Omar interpretó las primeras notas de su partitura original al piano. Cogí a Boro de la mano y, como locos, recorrimos dos pasillos hacia la puerta abierta de nuestra sala de ensayo, frente a la cual todas las chicas, ya vestidas para la obra, nos indicaban con movimientos de brazos casi sincronizados que nos diéramos prisa.

—¿Por qué habéis tardado tanto? —susurraron, y le arreglaron el traje a Boro. En el tercer compás de la melodía de piano, justo a tiempo, Boro encendió su linterna y entró en la sala.

—¿Quién es? —pregunté a las chicas, escrutando los rostros sudorosos e incómodos de los asistentes sentados al fondo, contra la pared, con los brazos inmóviles sobre el regazo o cruzados ante el pecho. Siete u ocho de ellos iban de uniforme. Las chicas señalaron a un hombre enorme de pelo blanco, con una calva en la coronilla, la gorra negra metida en la hombrera, la camisa de camuflaje húmeda en las axilas. Lo observé. Tenía una expresión ceñuda, pero en sus ojos se traslucía algo cercano al miedo. Escuchó el parlamento inicial de Boro como si se avergonzara de algo. Se notaba que habría preferido estar en cualquier sitio menos allí, donde ese niño de pelo largo y ojos grandes introducía en su cráneo palabras sencillas pero aplastantes. Se notaba que prefería el frente, donde el mundo se dividía en nosotros y ellos y uno vivía en sus músculos, y no en su cabeza, porque las cosas estaban claras como el agua y no había nada sujeto a interpretación ni necesidad de utilizar la cabeza más que para planear maniobras, soñar y recordar.

Podría decir que nos permitió ir a Escocia porque lo descolocamos, porque nuestro arte, su verdad, le llegó al alma, y entendió que merecíamos realmente enseñar al mundo que en Bosnia había belleza, y corazón, y amor, y que no solo éramos víctimas de unos locos, expertos en el sufrimiento, mendigos pidiendo ayuda a gritos, vegetando en nuestras ciudades y esperando a ser liquidados mientras el mundo lo veía por la CNN. Podría decir eso, pero no sería la verdad.

La verdad fue que solo se quedó a la primera obra para asegurarse de que no éramos una pandilla de timadores, y en ese sentido supongo que hicimos bien nuestro trabajo. De hecho, el único momento durante esa hora y media en que hicimos algo que realmente le llegó no tuvo nada que ver con nuestro arte. Todo lo contrario. Lo único que le llegó fue un error, la momentánea ausencia de arte en una escena en que Bokal se salió del papel y dejó que la realidad se introdujera en el mundo de la fantasía.

En la obra, el personaje del Rey gobierna un planeta en el que es el único habitante, y cuando el Principito aparece, el Rey intenta convencerlo de que se quede para poder por fin tener un auténtico súbdito. El Principito enseguida deduce que las órdenes de ese individuo no tienen sentido y se dispone a marcharse. En ese momento de la escena (justo cuando yo me volvía hacia el público y estaba a punto de pronunciar mi «las personas mayores son muy extrañas», frase con la que concluía cada escena), Bokal se aclaró la garganta y pronunció con voz atronadora las siguientes palabras:

—Vale. Podéis ir. Podéis ir si Lendo os deja.

El público ahogó una exclamación.

Algunos soltaron resoplidos en señal de mofa, que intentaron disimular en forma de toses, y luego callaron. Por un momento me sentí incorpóreo, sorprendiéndome de dónde estaba, de quién era, de qué quería, de por qué sudaba de esa manera. Miré a través de mi cabello largo y húmedo y vi la mandíbula tensa del general, a sus ayudantes vueltos hacia él, esperando su reacción. Él mantuvo la mandíbula tensa un segundo más y luego, relajando el rostro, se echó a reír. Se rio con abandono, como si estuviera solo o entre amigos. El resto del público no tardó en imitarlo. Yo recordé y luego pronuncié mi frase, y me encaminé a otro planeta mientras Omar tocaba el melodioso tema.

 

Al día siguiente nos dijeron que reuniéramos la documentación pertinente y nos hiciéramos fotografías.

Afortunada e inquietantemente, nadie se dio cuenta siquiera de que el schmeiser de Ramona era auténtico.

 

Finales de julio

Justo después de renunciar a encontrar a alguien que conociera a Mustafá, me cayó del cielo cierta información: la supuesta dirección de su familia era algún lugar de Mejdan. Fui a casa de Omar para pedirle que me acompañara, porque Mejdan era un barrio peligroso, pero él había encontrado una botella de disolvente en su sótano y quería esnifarlo.

—No puedo ir solo, tío.

—Yo sé de algo que te dará valor —dijo, sosteniendo ante mi cara una bolsa de plástico con un paño empapado.

 

Me vi a mí mismo: estoy llorando y besando a Asja en un puente y ella da media vuelta y se aleja e intento seguirla pero cuando doblo la esquina es de noche en una ciudad extranjera y el tumultuoso cielo descarga agua sobre mí y mojado me meto a toda prisa bajo el puente y resbalo en la hierba y caigo por el dique al río que está helado y pienso que soy un niño gordo hasta que bajo la mirada y veo mis pantalones de camuflaje y el cañón frío del kalashnikov en mis manos y las paredes de la casa sin tejado en la que me encuentro se erosionan por efecto de los proyectiles hasta que desaparecen por completo y muestran una vista pasmosa de un estrecho y lejano puente que se extiende sobre el mar desde una orilla poblada de palmeras hacia el rojo del sol poniente.

 

Cuando remitió el colocón, subí cuesta arriba hasta Mejdan y localicé la dirección como si estuviera en una nube. Una vez allí, no supe qué hacer. Apretaba el calor y tenía la boca seca y todo parecía lleno de significado, así que me senté enfrente, en un banco improvisado al otro lado del camino de tierra, y me quedé mirando la casita, el jardín.

«Aquí vivía.»

En lugar de arriates, había hortalizas plantadas sin orden aparente hasta en el último palmo disponible de jardín, excepto en el sendero. Parecía obra de un ciego. Había coles dispersas entre las cebolletas achatadas, matas de zanahorias asomando entre las lechugas, judías verdes emparradas en la cerca comprimiendo las tomateras. Tres tallos de maíz se ofrecían mutuo apoyo como amigotes borrachos. Un girasol, en actitud alerta, buscaba a su señor.

En algún lugar detrás de mí una radio murmuraba sobre las zonas de exclusión aérea, los acuerdos de alto el fuego, y lo que Richard Holbrooke había dicho en la rueda de prensa sobre la matanza de Srebrenica. Y como eso ha ocurrido una semana antes, mi madre me despierta y me dice que me vista. ¿Qué estamos haciendo?, pregunto. Pero ella solo dice: Ven conmigo. Salimos, y ella lleva una bolsa de plástico de color ocre. ¿Qué hay dentro?, pregunto. Comida, dice. Mira, dice. Miro y veo pasar un camión de la ONU por Južna Magistrala y, por un segundo, no distingo qué hay en él. Observándolo, nos acercamos. Desaparece pero aparece otro —es un convoy— y yo miro más detenidamente y sigo sin ver. Veo movimiento. Algo se mueve en los camiones. Aquí y allá. Nos acercamos más, y más. De cerca, vemos a las personas, todas mujeres, tan apretujadas en la caja de los camiones abiertos que parecen bloques de carne humana, sólidos y uniformes. Las del lado exterior están comprimidas contra la barandilla, inmóviles, con la espalda torcida, los brazos encajonados contra los de sus vecinas, rostros hechos de sufrimiento, ojos hechos de vacío. Oímos lamentos. Aquí y allá. Pero la mayor parte no se lamenta. Están tan apretadas que no hay aire suficiente para respirar y lamentarse. Solo para respirar. Apenas. ¿Esto qué es?, pregunto. Refugiadas de Srebrenica, dice mi madre. Caminamos y caminamos, junto a ellas. Incluso cuando el convoy entero nos ha adelantado y la calle queda vacía, caminamos. Caminamos hacia donde ellas van. Al pabellón deportivo, donde había visto no pocos partidos de baloncesto y torneos de balonmano, combates de boxeo y conciertos con fines benéficos. Ahora no veo el suelo de parquet bajo los miles de mujeres lastimeras que pululan por allí como insectos o permanecen sentadas en colchonetas de yoga y mantas, los rostros entre las manos. Bajamos desde el gallinero hasta la pista, y el lugar es ensordecedor: lamentos, sollozos, sorbetones, gritos, alaridos, crujidos de botellas de agua de plástico, menciones de los nombres de los vivos, menciones de los nombres de los muertos, menciones de los nombres de Dios, gañidos, gemidos, suspiros, golpes de puño contra el suelo, canciones tristes, canciones alegres, maldiciones de madres, juramentos a dioses, narices sonadas, roces de ropa, llantos de niños, nanas arrulladoras, y los sonidos de mi corazón, que atronan dentro de mi cráneo. Mi madre se arrodilla en una manta. La mujer a quien intenta ayudar está roja. Las venas le sobresalen en la frente y el cuello. No puedo mirar. Me vuelvo. Percibo un olor a mierda. Una vieja inválida se agita en una colchoneta, solo agita los brazos. Parapléjica. Incontinente. Pronuncia un nombre masculino. Nadie acude. Alzo la vista. Los apliques de luz del techo, las canastas del pabellón contra un intenso azul, las abrazaderas metálicas plegadas contra él. Nadie anotará una canasta aquí en mucho tiempo.

 

Al otro lado del camino salió de su casa un vejete, despacio, como si los zapatos le vinieran pequeños y fueran de madera. Llevaba la boina negra francesa que en esta zona llevan tradicionalmente los musulmanes desde hace generaciones. Era demasiado pequeña para su cabeza blanca y enorme, y le quedaba cómica. Rodeó la casa, reapareció con un hacha en la mano y, no sin esfuerzo, se encaminó hacia un ciruelo muerto en el rincón del jardín.

«¿Este es el abuelo?»

Alzó la vista hacia el árbol, cabeceó tristemente, apoyó la mano en el tronco blanqueado por el sol y lo empujó. La copa del árbol susurró y cayeron al jardín unas cuantas hojas marrones.

«¿Su padre?»

Descargó el hacha. El vejete se movía con un balanceo acompasado y lento, pero sabía lo que hacía. Las astillas de madera saltaban como chispas de su hacha.

—Merhaba, abuelo —me oí decir, y tomé conciencia de que cruzaba el camino hacia él. El hombre se volvió para ver quién era; bajó el hacha y se apoyó en ella como en un bastón.

—Merhaba, hijo, merhaba.

—¿Qué? ¿Trabajando un poco?

—Sí… nos alcanzaron esta primavera. Uno de sus… obuses. Cayó justo allí, al pie de la casa, como ves, y las balas hicieron un estropicio en el jardín.

—No son balas, abuelo. Se llama metralla.

—Son de metal y van deprisa y matan y rompen cosas. Son balas.

—Tiene sentido —dije.

—Claro que son balas… No me importaron las ventanas rotas ni la cabra, pero alcanzaron a este ciruelo. Hace treinta años planté en esta tierra un palo no más grueso que mi dedo meñique, y míralo. Todos los inviernos lo envolvía en plástico. Retiraba los insectos y gusanos con mis dedos, uno a uno. Rascaba las cagadas de paloma del tejado, las mezclaba con agua y las utilizaba para abonarlo. Era el mejor ciruelo de Mejdan. Pero esos animales… esos montañeses… y fíjate ahora.

Alargó el brazo y dobló una de las pequeñas ramas, que se tronchó en su mano.

—Mira —dijo, y la partió sin esfuerzo por tres sitios y me enseñó los patéticos trozos—. Nada.

—No es que no sea nada —repliqué—. Es buena leña.

—Supongo —dijo el anciano—. Mis hijos dijeron lo mismo, pero a ellos no les dejé cortarlo. Les avisé, no os quiero ver cerca de él, les dije. Pensé que a lo mejor sobreviviría, ya sabes, que se rejuvenecería. Dios es capaz de esas cosas. Pero ya no puedo verlo. Cada vez que lo miro, algo se rompe en mi pecho. Qué lástima. Treinta y tantos años. Quemados en una estufa.

Moví la cabeza en un gesto de comprensión. Nos quedamos los dos allí inmóviles durante un rato, contemplando el árbol. Los ojos del vejete eran ranuras húmedas, trifurcándose en patas de gallo.

—¿No será usted por casualidad un Nalić? —le pregunté, para mi propia sorpresa.

Se aproximó más a su lado de la cerca, sujetándose la boina como si temiera que una ráfaga de viento se la arrancara de la cabeza, y me miró.

—No.

—¿Conoce a algún Nalić?

—Vivieron conmigo un par de refugiados, hermanos.

—¿Mustafá?

—Sí, ahora está en el ejército.

—Perdone, ¿cómo dice?

—En los comandos, según he oído.

—¿Un grandullón, con barba?

—¿Lo conoces?

—Nos reclutaron el mismo día.

—¿Tú en qué unidad estás?

—No lo sé. Me voy en septiembre.

—Mustafá lleva un año en el ejército, hijo.

Me miré el reloj de pulsera que no tenía, me froté allí donde debería haber estado si lo hubiera tenido.

—¿Cuándo ha sabido de él por última vez?

—Ayer. Me trajo pan de maíz.

—En ese caso, creo que me he equivocado de Mustafá —dije a la vez que retrocedía—. Buscaba a la familia del chico que murió en el último bombardeo, en el Gate.

—¿Te refieres a Bakir?

—¿Quién es Bakir?

—El hermano de Mustafá. Murió en el Gate.

—¿Por qué en la tumba pone el nombre de Mustafá?

—¿En la tumba pone Mustafá?

—Además hay una foto de Mustafá.

—¿Estás de broma, hijo?

—No, abuelo, se lo juro.

—No tengo ni idea —dijo—. Tendré que preguntárselo a Mustafá.

 

Se encendieron las luces de mi barrio justo cuando pasaba entre unos niños que jugaban al fútbol en el aparcamiento de enfrente de mi edificio. En cuanto vieron las luces, lanzaron gritos de alegría y volvieron a todo galope a sus televisores y pedales de Atari. En tres o cuatro segundos habían desaparecido todos. Solo el dueño de la pelota con la que estaban jugando se entretuvo un momento más para rescatar su propiedad de debajo de un Cinquecento destrozado por los obuses; luego también él se perdió de vista en uno de los vestíbulos.

Subí en ascensor por primera vez desde hacía no sé cuánto tiempo.

Cuando abrí la puerta de casa, oí de fondo el silbido de la olla a presión, una atroz música turbo-folk en un ala del apartamento y en la otra las divagaciones enloquecidas de Macho Man Randy Savage, de la Federación Internacional de Lucha Libre. Sabía dónde estaba exactamente cada miembro de la familia y qué hacía. También sabía que me sería imposible eludirlos. La única habitación no ocupada era el dormitorio de mis padres, y no me apetecía nada meterme allí.

Me detuve en el pasillo junto al perchero, intentando decidir adonde ir. Di dos pasos hacia la sala de estar, donde, como sabía, estaba mi padre, vestido con su pantalón de chándal, sentado en la mecedora, acaparando el mando a distancia; de pronto me detuve y fui en dirección contraria. La puerta de mi habitación estaba entreabierta y vi a mi hermano saltar, con el codo por delante, desde una silla hacia un cojín de sofá colocado en el suelo. El público prorrumpió en ruidosos vítores por los altavoces, como si lo ovacionara a él. Respiré hondo y me dispuse a entrar, pero me detuve y miré el adhesivo pegado en la puerta, un triángulo amarillo y rojo con la silueta de un hombre alcanzado por una lanza de electricidad en zigzag. ALTO VOLTAJE, rezaba. Exhalé un suspiro.

El parquet crujió bajo mi pie derecho. Lo levanté y me quedé allí inmóvil, sobre un solo pie, con la mirada fija en el adhesivo. Permanecí así largo rato. Respirando hondo hasta que se abrió a mis espaldas la puerta de la cocina y oí a mi madre quedar paralizada en el umbral de la puerta.

—Estás en casa.

Apoyé el pie derecho. El parquet crujió imperceptiblemente.

—¿Qué haces?

Me volví de cara a ella. Mi madre estaba hasta los codos de harina. Llevaba el pelo gris recogido en una coleta, tenía los brazos blancos como la tiza.

Me acerqué a ella y le di un beso en la mejilla. Me miró de soslayo.

—¿Qué bicho te ha picado?

—¿Cómo?

—Oye, creo que conseguiréis ir a Escocia.

Uno de los recuadros de parquet tenía un nudo oscuro, y lo hice aparecer y desaparecer bajo mi calcetín blanco. Una lágrima se abrió paso desde mi ojo y cayó dos centímetros al norte del nudo. La pisé con el pulgar. Cuando levanté el pie, la lágrima ya no estaba.

—La verdad es que no sé qué hacer —contesté con voz gemebunda, estúpida.

Mi madre se acercó y me medio estrechó entre sus brazos enharinados, manteniéndolos lejos de mi inútil camiseta.

—Hablemos de ello.

 

—Oye —dijo mi padre desde el otro lado de la mesita de centro—, hoy he hablado con Branka, y está convencida de que iréis.

En la televisión, una rubia abría y cerraba la boca ante un micrófono y se balanceaba como una idiota. No tenía sonido.

—A nosotros no nos ha dicho nada —respondí.

—Ya lo sé —dijo, moviendo la cabeza en un condescendiente gesto de asentimiento. No podía evitar el deseo de ser importante, de actuar como si lo fuera. Yo detestaba eso en él—. Nos gustaría saber qué planes tienes.

Observé a mi madre, que fumaba en el sillón. Me sostuvo la mirada, pero permaneció callada.

—¿Planes? Si Lendo firma el pasaporte, iré a Escocia con todos los demás.

—¿Y después?

—¿Cómo que «y después»?

—Tu padre ha hablado con el padre de Ramona —comentó mi madre a través de su bruma particular.

—Ramona se quedará en Londres después de las actuaciones —dijo mi padre.

Eso no me cogía de nuevas. Ramona tenía una hermana mayor en Londres, y toda la compañía sabía que se proponía quedarse en el Reino Unido. También habíamos jurado no contárselo a nadie.

—Espero que no se lo hayas dicho a Branka —dije. La cantante de la televisión terminó de balancearse y se despidió de nosotros con una reverencia.

—Yo no le he dicho nada. Se lo ha dicho el propio padre de Ramona.

Lo miré.

—Sí, ha hablado con Branka y lo ha organizado todo. Branka va a permitirle quedarse. Eso es mejor que huir.

—¿Ha pagado algo?

—Por eso no te preocupes.

—¿Qué tiene que ver eso conmigo?

—Yo podría organizar algo así para ti.

—Si tú quieres —añadió mi madre.

—¿Para quedarme con Ramona en Londres?

—Para quedarte en Zagreb en el viaje de regreso.

—¿Para qué?

—Para conseguir los papeles con los que viajar a Estados Unidos.

Surgió calor de la nada, y pensé que había entrado en combustión espontánea. Se propagó de dentro afuera, por todo mi cuerpo, saturando mi carne.

—Tu tío Irfan me ha telefoneado hace un rato —informó mi padre—. Dice que deberías ir a vivir con él a California, estudiar en la universidad.

No pensé nada.

—¿Y bien? ¿Qué piensas? ¡Ismet!

Miré a mi madre, la expresión de preocupación en sus ojos.

—¿Qué estás pensando?

—No lo sé.

Ahora en la pantalla un hombre canoso tañía una guitarra silenciosa y detrás de él un coro daba palmadas al unísono.

—Creo que quiero volver —dije.

Mi padre se reclinó en la mecedora y se volvió hacia la pantalla, frotándose distraídamente la cara, raspándose la mano con la débil sombra de barba. Mi madre dio profundas caladas a su cigarrillo. Oí el ronroneo del humo al pasar por el filtro y entrar en sus pulmones. Salió silenciado, como el televisor, y se elevó lentamente hacia el techo.

—No sé qué es lo más inteligente —dijo mi padre—. Quién sabe cuánto durará la guerra. Puede alargarse años o acabar mañana.

—No acabará mañana —aseguró mi madre con saña.

—¿Por qué no queréis que regrese?

—Sí queremos… —empezó a decir mi padre.

—Porque si tú mueres en el frente, me mataré. —Era mi madre.

La habitación daba vueltas, el hombre canoso tañía su guitarra, las tres mujeres daban palmadas detrás de él, y el humo se elevaba hacia el techo. Todo estaba en movimiento, sin el menor sonido.

 

2 de agosto

—¿A qué hora me llamarás mañana, tonto del bote? —preguntó Asja, y yo me enfadé. Eran las ocho de la mañana y estábamos en nuestro banco preferido del parque de la ciudad. Yo acababa de decirle que existían muchas probabilidades de que Lendo hubiera firmado nuestros papeles: lo averiguaríamos más tarde ese mismo día.

Su ceño era mayúsculo. Una suave brisa le levantaba mechones de pelo y los dejaba caer, los levantaba y los dejaba caer.

—¿Has oído lo que acabo de decir? —pregunté.

—Mi padre estará en casa todo el día, aunque normalmente coge el coche y se va a trabajar a eso de las diez —dijo.

—Mírame —la insté, pero ella se negó y decidió, en cambio, besarme en los labios, inesperadamente; yo, adivinando que iba a ser un beso breve, devastador, me incliné más hacia ella y sentí la pugna de mis labios apretados por aferrarse a los suyos, en un intento de prolongar ese contacto melifluo, y de pronto todo acabó. Ella se levantó, me dijo que la llamara al día siguiente y se alejó para siempre. La observé mientras se separaba de mí, de ese contacto piel con piel, y se convertía en un espectro en la calle, oscilando ligeramente, en silencio, su mochila de color melocotón, su mano en alto en un gesto de despedida, luego… follaje.

 

Estaba esperando a que abriera la Oficina de Documentos Personales del Condado. Supongo que tenía todo el aspecto de un joven virgen de maduración tardía, alicaído y con mal de amores, porque lo primero que dijo Asmir cuando se acercó con Bokal fue:

—¿Por qué estás tan triste? Ni siquiera te lo has hecho con ella. Yo a los dieciocho años ya había probado más coños que ensalada.

Me alborotó el pelo como si fuera su puto sobrino o algo así y le aparté la mano de un puñetazo.

—¡No me toques, joder!

—Eh —exclamó, intentando sacudirse el dolor como si fuera un cangrejo pinzado a su dedo.

Hasta ese momento no me di cuenta de que Asmir vestía ropa nueva. Lucía unos Levi’s, de imitación y probablemente confeccionados en Turquía, pero flamantes y muy negros y bonitos. Encima llevaba un polo a rayas y en la mano una bolsa de plástico con más cosas. Los dos calzaban unas Converse All Star recién estrenadas, también de imitación.

—¿Cómo habéis conseguido todo este equipo?

—Ah, hoy nuestra compañía ha recibido el patrocinio de una organización humanitaria alemana anónima —respondió Asmir.

—O al menos algunos miembros de la compañía, para ser más exactos —añadió Bokal, y los dos se echaron a reír como niños.

—¿Os dan un patrocinio para la compañía y os vais a comprar ropa?

—¿Sabes lo que he tenido que hacer para conseguir ese patrocinio?

—¿Qué?

—Seis veces… no, cinco y media… he tenido que complacer sexualmente a una cooperante de cuarenta y siete años con los labios del coño del tamaño de orejas de elefante. Creo que a cambio me merezco unas zapatillas.

—Pero ni una palabra de esto a Branka —advirtió Bokal.

—Ni a sus hijos.

A la izquierda de la Oficina del Condado había un hueco rectangular, cubierto antes con un cristal blindado y tapiado ahora con un simple tablero de madera contrachapada. Oímos un roce en el interior, y lo alto del tablero se inclinó hacia atrás. Cuatro dedos asomaron a cada lado entre la escayola y la madera y el tablero completo desapareció hacia dentro, dejando a la vista el rostro descontento de un funcionario del condado, un individuo más bien joven de pelo oscuro y barba de una semana.

—¿Está abierto? —preguntó Bokal.

—¿Tú qué crees?

Como yo era quien estaba más cerca, fui el primero en aproximarse y le entregué mi carnet de identidad.

—He venido a recoger el pasaporte y el permiso para salir del país.

Me arrancó el carnet de la mano y desapareció. Cuando regresó, sostenía el documento de color azul marino y una hoja.

—Son diez marcos —dijo.

Saqué el billete del bolsillo, lo alisé y se lo di. Él dobló dos veces la hoja, colocó el carnet de identidad encima, lo metió todo dentro del pasaporte y me lo tendió.

A continuación se acercó Asmir. Abrí el pasaporte y miré la foto. Estaba un poco torcida, pero la firma estampada a la derecha parecía oficial.

—Guau —dije—. Me cuesta creer que vayamos a ir realmente.

—Y a mí me cuesta creer que nos cobren —dijo Bokal—. ¿Puedes prestarme diez marcos?

—Lo siento, tío. Mi viejo habló con Branka y ella le dijo que debíamos traer diez marcos.

—¿No os dije que iríamos a Escocia? —preguntó Asmir, sosteniendo en alto su pasaporte; acto seguido, abrió los brazos e imitó el vuelo de un ave.

—Joder —dijo Bokal. Se acercó a la ventanilla y colocó su carnet de identidad ante el hombre, que se limitó a mirarlo sin tocarlo.

—Recoger el pasaporte cuesta diez marcos.

—Ya iré a buscarlos; solo quiero ver si han aprobado el mío.

Con una mueca, el hombre cogió su carnet y una vez más desapareció en la parte de atrás. Bokal se volvió hacia nosotros.

—La verdad es que tampoco tengo diez marcos en casa.

—Joder, Bokal, ¿por qué no me lo has dicho? Acabamos de gastar ciento cincuenta en el mercado negro.

—No sabía que iban a cobrarnos.

El hombre tosió para captar la atención de Bokal.

—Aquí está tu pasaporte, pero te han denegado el permiso para viajar por formar parte del ejército.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Quiere decir que puedes coger este pasaporte y limpiarte el culo con él, eso quiere decir.

—¿Qué sentido tiene dar a alguien un documento para viajar y prohibirle salir del país?

—¿Qué sentido tiene intentar entender las lagunas burocráticas de un estado naciente en el cuarto año de una guerra devastadora?

—¿Y ahora qué voy a hacer?

—Puedes irte a casa y traerme diez marcos, y te daré un documento inútil. O puedes irte a casa, coger esos diez marcos, comprar una botella de aguardiente de contrabando y beber hasta que se fundan los colores del mundo.

—No puedo beber —respondió Bokal, cambiando de táctica—. Perdí un riñón en las trincheras.

El hombre suspiró.

—Oye —insistió Bokal—, si de todos modos el pasaporte es nulo, ¿por qué no me lo das gratis?

—Porque imprimirlo le ha costado al país diez marcos.

—Pero si no lo recojo, perderéis el dinero igualmente.

—¿Qué quieres que te diga?

—No tienes que decir nada. Solo cierra los ojos y entrégame el pasaporte, y no me verás nunca más.

El hombre cabeceó y dejó el carnet de identidad de Bokal en el mostrador pero se quedó con el pasaporte. Bokal cogió el carnet y se volvió hacia nosotros. Por primera vez en la vida vi a Bokal asustado. Se arrancó un trozo de la uña del pulgar con los dientes y la escupió a la hierba.

—Tendrás que salir ilegalmente. Fuera de Bosnia el pasaporte te servirá.

—¿Tú crees?

—¿Y a ti qué te parece? ¿Que el empleado de una embajada va a telefonear a Lendo para preguntarle si un tal Bećo Bokal salió del país con permiso?

—Tienes razón.

—Ya sé que tengo razón. Vamos a buscar el dinero a mi casa.

—No me apetece ir hasta Ši Selo.

—¿Qué pretendes, Bokal? ¿Que vaya a buscarlo yo?

—Espera un segundo —dijo Bokal, y se acercó de nuevo a la ventanilla.

—Eh, soy yo otra vez.

—¿Qué pasa?

—¿No necesitarás por casualidad un par de Converse All Star rojas?

—Pues no.

Bokal flexionó la pierna derecha y se quitó la zapatilla sin tener que agacharse. Se la mostró al hombre como un vendedor de calzado experto.

—Acabo de comprarlas en el mercado por veinte marcos y estoy dispuesto a desprenderme de ellas a cambio de mi pasaporte.

—Eso no puedo hacerlo.

—Vamos. Son unas buenas zapatillas. Y modernas.

—Me quedarían grandes.

—No te quedarán grandes. Basta con que te pongas dos o tres pares de calcetines. Se acerca el invierno. Son perfectas y abrigan mucho.

El hombre se echó a reír.

—¿Qué te hace tanta gracia?

—Tú. Eres implacable.

—Necesito ese pasaporte.

El funcionario se rio otra vez, cabeceando.

—De acuerdo. Ponlas aquí.

Bokal se quitó la otra zapatilla y la reunió con su compañera. El hombre le entregó el pasaporte y Bokal se lo guardó con toda naturalidad en el bolsillo trasero.

Al cabo de unos minutos, Asmir y yo vimos a Bokal alejarse por la calle con sus calcetines negros de vestir. Asmir se quedó atrás para esperar al resto de la compañía y ayudar a los más jóvenes. Me recordó que el autobús salía a las diez de la noche de delante del Teatro Nacional. Fui a casa a preparar el equipaje.

 

De camino a casa, sentí mi propia presencia allí, mientras, poniendo primero un pie y luego el otro, recorría en esa dirección, por última vez a saber en cuánto tiempo, las calles de aquella localidad, tan conocida para mí. Sentí la dureza de la acera, en el talón, luego en los dedos de los pies, en el talón, luego en los dedos, y vi como mis pies la pisaban, el izquierdo luego el derecho luego el izquierdo, devorando la distancia, y lo que sentía y lo que veía estaban en perfecta armonía. Al menos así era al principio, porque en cuanto empecé a pensar, en cuanto me dije «está sucediendo, te marchas esta noche», las cosas empezaron a cambiar y a perder sentido. Noté una especie de opresión en el pecho y el cerebro, y al bajar la vista vi mis pies moverse en sus Reebok, pero lo único que sentía era el aplastante peso del «tonto del bote» de Asja, del «Me mataré» de mi madre, del «No sé qué es lo más inteligente» de mi padre, de los calcetines negros de Bokal y las alas extendidas de Asmir. Y de repente me topé con algo. No había nada delante de mí que yo pudiera ver —la arbolada calle de la Revolución de Octubre seguía igual que siempre—, pero me topé con algo. Sentí el impacto. Por un segundo me sentí muerto y vacío y tuve que dejar de moverme. Cuando miré, me vi a mí mismo desde atrás, alejándome, avanzando. Permanecí allí inmóvil, cerca de la entrada del banco principal, protegida con sacos de arena, y me vi a mí mismo alejarme con determinación. Desde luego parecía yo. Desde luego parecía saber dónde me metía.

De pronto volví a moverme, mis zapatillas devoraban metros de acera gris, pero algo no encajaba. Faltaba algo. Aflojé el paso y me di la vuelta, y me vi allí, inmóvil delante del banco, incapaz de moverme, incapaz de alcanzarme, como si una barrera invisible separara dos futuros posibles que solo un porcentaje de mí podía atravesar. Quise detenerme y volver, pero mis pies siguieron adelante por su cuenta.

 

En casa mi madre me hizo la maleta, me preparó bocadillos para el camino, apretó los tapones de las botellas de agua. Mi padre me dio mil marcos alemanes, y yo los guardé en una petaca, una especie de bolsa para el tabaco, que me escondí en los calzoncillos. Mehmed no paraba de tocarme, dándome palmadas en la espalda, en el antebrazo, mirándome con una expresión distinta de la habitual, con el miedo del amor. Nos sentamos todos bajo el débil resplandor de un pequeño fluorescente y actuamos como si nada fuera a cambiar. Mi padre dejó caer las mismas bromas de siempre, mi madre fumó, cabeceando, Mehmed y yo sonreímos. A las nueve salimos y cruzamos la ciudad hasta el Teatro Nacional. Había mucha gente, hijos y padres. Arremolinados en torno al autobús, iban cargándolo. Algunas familias eran más estridentes que otras: las madres gemían, los padres, a voz en cuello, daban instrucciones de última hora, saltaban y golpeaban las ventanillas del autobús.

En cuanto mi bolsa estuvo en la bodega del autobús, nosotros, mi familia, nos abrazamos y besamos deprisa y en silencio, y yo subí. Deprisa y en silencio era la única manera de despedirse.

En la parte de atrás del autobús viajaban los actores adultos del Teatro Nacional; en la parte delantera viajamos nosotros, la compañía de Asmir. Pero Asmir no estaba. Y Bokal no estaba. Branka dijo que le daba igual. Asmir se presentó un minuto antes de salir el autobús y vino a buscarme a mi asiento. Dijo que se quedaba para ayudar a Bokal a salir ilegalmente, que un amigo no podía dejar atrás a un amigo.

Me cogió la mano como me la cogía mi madre y dijo que, si por alguna razón no llegaba a Edimburgo, confiaba en que yo me pusiera al frente del grupo en su lugar. Dijo que yo era un artista, como él. Luego soltó un breve discurso a la mitad delantera del autobús, dijo «nos veremos en Edimburgo» y se apeó. Las puertas se cerraron a sus espaldas con un silbido. El autobús avanzó lentamente y una sacudida recorrió a la multitud de padres, que levantaron las manos para despedirse y enarcaron las cejas junto con los labios para ocultar con sonrisas el hecho de que sus corazones descendían a sus estómagos.

Pronto solo quedaban el zumbido del motor y la oscuridad de la guerra al otro lado de las ventanillas, y en mi caso una creciente sensación de que había dejado atrás algo importante.