Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 1 de 38

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Esquirlas

Primer cuaderno. La escapada

Primer cuaderno

La escapada[1]

(… queso…)

 

Cuando el avión de la KLM por fin tocó suelo estadounidense, los bosnios (personas para quienes hacía solo unos meses los aviones no eran más que finos trazos de humo en el cielo, zigzagueando silenciosamente por encima de sus miserables aldeas), sentados en la cola del aparato, tensos y nerviosos, prorrumpieron en espontáneos aplausos. Me sumé a ellos, pese al malestar en el estómago que me habían causado el queso y la fruta servidos en algún lugar sobre Inglaterra. El queso estaba amarillo y tal vez rancio, y me había pasado el vuelo corriendo por los pasillos en busca de un lavabo libre, donde, arrodillado incómodamente frente a alguno de los pequeños inodoros, descubrí que era incapaz de vomitar.

Esa gente, mi gente, los refugiados, se hallaba en un estado de fugaz felicidad y obstinada perplejidad. Sonreían pero a la vez fruncían el entrecejo ante el ininteligible parloteo procedente del sistema de megafonía. El avión se detuvo ante su puerta en el JFK, pero sobre nuestras cabezas la pequeña hebilla de cinturón, junto al cigarrillo tachado con un aspa, permaneció encendida. Nos quedamos allí sentados. El hombre que viajaba delante de mí, un individuo más bien joven con esposa e hija y una boca de dientes cataclísmicos, asomó la cabeza por encima de su respaldo y me miró a través de las lentes de sus gafas.

—¿Ya hemos llegado o solo estamos repostando? —me susurró en bosnio, con los ojos como platos, medio temeroso, medio abochornado. Pese a su pretendida discreción, todos lo oyeron y se volvieron hacia mí, el único bosnio a bordo que sabía un poco de inglés, en busca de información.

—Hemos llegado —mascullé con un gesto de asentimiento.

Un murmullo de aprobación corrió de asiento en asiento. El hombre se volvió de nuevo al frente.

—Eso me parecía —oí que decía a su mujer.

—Ahora no me vengas con que ya lo sabías —dijo ella.

—Siempre hay que apagar el motor de la cosechadora antes de cargar combustible; si no, hay peligro de incendio —explicó él en tono cortante—. Lo mismo pasa con los aviones. Una máquina es una máquina.

—Ya, ya, tú lo sabes todo.

—Calla, mujer.

 

La cosa había empezado con políticos que discutían en televisión, que hablaban de sus nacionalidades y sus derechos constitucionales, que sostenían que sus respectivos pueblos estaban en peligro.

«Pensaba que éramos todos yugoslavos», le dije a mi madre, aunque yo, a mis quince años, ya sabía de qué iba aquello. Había que vivir debajo de una piedra para no darse cuenta de que la mierda estaba a punto de salpicarnos a todos. No sé por qué dije eso. Quizá me habían inculcado tan a machamartillo el mensaje comunista de Confraternidad y Unidad que este afloraba en mí robóticamente y se imponía a mi experiencia real. Mi madre me mandó callar y subió el volumen del televisor.

A continuación empezaron a llegar las noticias: poblaciones sitiadas, víctimas civiles, campos de concentración, refugiados. Croatas y musulmanes masacrados a diestra y siniestra por grupos paramilitares serbios y por el Ejército Popular Yugoslavo, que, como demostró con sus actos, ciertamente no parecía pertenecer a todos los pueblos de Yugoslavia.

«¿Nosotros en qué bando estamos?», le pregunté a mi madre, todavía haciéndome el tonto, con la esperanza de que mi obstinada negación de la realidad pudiera borrar las imágenes de la pantalla, borrar mi miedo, devolverlo todo a la normalidad. Ella me mandó callar otra vez y subió el volumen aún más, hasta que el vecino de abajo comenzó a golpear en nuestro suelo con el mango de una escoba y mi madre tuvo que bajar el televisor.

De repente la nacionalidad cobró suma importancia. Se supo que los paramilitares serbios daban el alto a todos los hombres que intentaban huir de Bosnia, les ordenaban que se bajaran los pantalones y los calzoncillos para demostrar que eran serbios. El que estaba circuncidado lo tenía crudo.

De pronto todas las ciudades y los pueblos bosnios se hallaban sitiados, cuando no invadidos. Esa situación se prolongó durante años. La población civil talaba los árboles de los parques, era enterrada en campos de fútbol, quemaba libros y muebles, tenía gallinas en los balcones, remendaba el calzado con cinta adhesiva, capturaba y comía palomas, construía estufas improvisadas a partir de lavadoras, cultivaba champiñones en los sótanos, sustituía los cristales rotos de las ventanas por plástico opaco, enloquecía y se tiraba de lo alto de edificios, bebía alcohol de botiquín diluido en infusión de manzanilla hasta que ya no era inflamable, liaba cigarrillos de hierbas con papel higiénico, sufría, concebía esperanzas, aguardaba, follaba. Las autoridades vaciaron las cárceles y las instituciones psiquiátricas porque no podían mantener a los reclusos y los pacientes. Los ladrones y los asesinos regresaron junto a sus familias. Los dementes se paseaban por las ciudades haciendo cosas graciosas como comparar a personas con sandías y cosas tristes como morir congelados detrás de las iglesias. Los soldados combatían por todos ellos y por sí mismos. Mi padre, ingeniero químico, tuvo suerte e inventó un artefacto que convertía la grasa industrial en grasa comestible; en pago, recibió diez mil marcos alemanes de un pequeño empresario y especulador, y esa fue nuestra salvación. Mi madre comía lo justo para sobrevivir, por la culpabilidad que le generaba no poder dejar el tabaco. Se racionaba los cigarrillos tanto como podía, paseándose por el apartamento como un fantasma inquieto, jugando al solitario, contando los segundos antes del siguiente cigarrillo. A veces mi hermano y yo le robábamos uno cuando el paquete estaba casi lleno y lo escondíamos en algún lugar del apartamento para sacarlo, inesperadamente, cuando a ella ya no le quedaban más, solo para ver cómo se le iluminaban los ojos por un momento. Después nos partía el corazón verla palpar la lana del enorme tapiz del pasillo, buscando nuestro alijo, con el índice en los labios y fuego en la mirada.

 

Los pasillos del aeropuerto resplandecían majestuosamente. La riada de pasajeros nos arrastró hacia delante. Saltaba a la vista quién era refugiado y quién no: las expresiones faciales, las posturas, el aplomo en el andar. Los autóctonos y los turistas caminaban con paso enérgico, procurando salvar el trámite lo antes posible, coger su siguiente vuelo y estar en otra parte. Tenían cuerpos aerodinámicos. Nosotros, los refugiados, avanzábamos como sonámbulos, aferrados a nuestro equipaje de mano, colocándolo entre nuestro cuerpo y el nuevo mundo como para protegernos. Con avidez en la mirada, captábamos los anuncios de bebidas alcohólicas y de Disneylandia, los suelos embaldosados, nuestros zapatos impasibles, nuestras rodillas huesudas, nuestras manos contra ese ambiente tan ajeno. Lo sorbíamos todo, vertiginosa y cautamente a la vez.

Pero lo que pensé que sería un eructo inadvertido, silencioso y breve acabó siendo una bocanada de vómito de queso. Me detuve, dejé la bolsa junto a la pared y obligué a bajar aquel líquido candente y repulsivo. Se me saltaron las lágrimas. Seguí tragando, haciendo un esfuerzo por revestir de saliva el interior de mi garganta. Caí entonces en la cuenta de que nadie me adelantaba. Cuando me volví, con el gesto torcido y cara de asco, vi a los bosnios en fila detrás de mí, esperando, todo ojos. Venían siguiéndome. Incluso los pocos que me precedían se habían detenido allí donde estaban y miraban por encima del hombro.

—¿Estás bien, amigo? —preguntó el operario de cosechadora, que llevaba a cuestas a su angelical hija rubia como si fuera un saco de grano. Su mujer, con un pañuelo blanco poco ceñido en torno a la cabeza, cargaba dos bolsas con expresión ceñuda.

—Žgaravica —conseguí decir, y todos me miraron con semblante comprensivo. Indigestión. Recogí la bolsa y, tragando, reanudé la marcha. Tenía urticaria en la boca, la garganta, el centro del pecho.

Una parte de mí se enorgulleció de que cincuenta personas se detuvieran cuando yo me detenía, se pusieran en marcha cuando yo me ponía en marcha. La otra parte se avergonzó de ellos, de su bucólica inopia, de la expresión confusa y necesitada de sus ojos. Luché contra el impulso de echar a correr y fundirme con los autóctonos y los turistas, imitar sus movimientos corporales, poner cara de desesperación por la lentitud de la cola, fingir que me importaba la hora que era y convertirme en uno de ellos.

Los pasillos nos arrojaron a una enorme sala. Una mujer negra, uniformada, señalaba con las manos, primero a la derecha y luego, con la misma convicción, a la izquierda. Llevaba los labios pintados de rojo vivo y no hacía falta acercarse para advertir que tenía manchas de carmín en los dientes.

—Ciudadanos estadounidenses y residentes extranjeros, en la cola de la derecha. Todos los demás, a la izquierda, por favor —indicó, lanzando una ojeada de impaciencia a una familia bosnia de seis miembros que, ostensiblemente desorientada, se plantó y la miró con aire de desconcierto, sus sobres amarillos de refugiados en alto como pancartas en una manifestación, obstruyendo el tráfico.

—Vayan a la izquierda —dije en bosnio desde atrás, alzando la voz, y la familia, vacilante, se volvió hacia mí. Cuando asentí, bajaron los sobres, se pusieron en la cola de la izquierda y comprobaron si yo realmente hacía lo mismo.

La cola de la derecha avanzaba deprisa. Los agentes de inmigración llamaban con gestos a los estadounidenses a sus ventanillas, abrían sus pasaportes, cruzaban con ellos las cuatro palabras de rigor, les estampaban el sello, cerraban los pasaportes y, sonriendo, les daban la bienvenida a su país. Pronto el lado derecho de la sala quedó totalmente vacío, hasta que volvió a llenarlo otra tanda de estadounidenses, procedentes de algún otro vuelo.

El lado izquierdo, donde los extranjeros avanzaban centímetro a centímetro por un monótono laberinto, presentaba una densidad uniforme. Al frente de la cola, la tendencia a cruzar la línea amarilla se convirtió en motivo de conflicto. Los agentes, irritados, repetían una y otra vez sus advertencias, y los refugiados, una y otra vez, miraban el suelo y se palpaban los bolsillos para comprobar si se les había caído algo importante, encogiéndose de hombros y preguntándose por qué demonios aquellos estadounidenses levantaban la voz y señalaban las baldosas.

Cuando me tocó a mí esperar tras la línea amarilla, me acerqué a ella lo máximo posible sin traspasarla, como si estuviera a punto de lanzar un tiro libre. El cuerpo entero se me sacudía a cada latido del corazón; lo sentía palpitar detrás de los ojos, a los lados del cuello, en las yemas de los dedos, en las puntas de los pies. Por un momento olvidé la quemazón en la garganta, el peso pútrido en el estómago, el mal sabor de boca. Fijé la mirada al frente en la pantalla con el rótulo POR FAVOR, ESPEREN A QUE QUEDE LIBRE LA SIGUIENTE VENTANILLA, rezando en silencio, enviando buenas vibraciones e imaginando el desenlace perfecto.

La pantalla cambió y apareció el número once, parpadeante. Tragué saliva y crucé la línea amarilla en dirección a la ventanilla, donde un joven sij me observó educadamente pero sin emoción. Me acerqué con una sonrisa, proyectando versos del Corán por telepatía en lugar de pronunciarlos, y le entregué mi todo.

 

—Bienvenido a Estados Unidos. Suerte.

Salí del laberinto de inmigración caminando con un par de piernas que no me pertenecían.

 

Un hombre, más pollo que hombre, sostenía un cartel en la mano con el rótulo BOSNIA. Vestía pantalón de lana gris, americana grisácea y abrigo largo azul marino. Tenía una de esas frentes amplias que con el paso de los años se ensanchan poco a poco hacia lo alto de una cabeza ovalada y lucía unas gafas de aviador, estilo años ochenta, con los cristales ahumados en la parte superior y la montura, por arriba, a ras de cejas; el borde inferior le llegaba a media mejilla. Detrás de él, al final del pasillo, vigilaba un policía de uniforme —la última línea de la defensa— que parecía tener los antebrazos acoplados a un cinturón multiuso como el de Batman. Era un pelirrojo enorme con voz de gárgola y unas manos capaces de arrancar una confesión a una estatua.

—¿Qué nación abusa de nuestra hospitalidad esta vez? —le preguntó con voz atronadora al hombre del cartel, que me observaba acercarme por el pasillo. Pero este, al verme aflojar el paso, hizo oídos sordos y avanzó hacia mí.

—¿Bosnio? —dijo en bosnio, y yo, sorprendido, contesté afirmativamente en inglés.

El operario de cosechadora y su mujer asaltaron al hombre con una andanada de preguntas superpuestas. Mis compañeros refugiados, en cuanto oyeron a alguien que hablaba en un idioma que entendían, me volvieron la espalda. Me vi degradado de general a simple recluta en esa ridícula comedia: ya nadie me prestaba la menor atención, y algunos incluso me apartaron a empujones para acercarse más a aquel hombre diminuto. Recordé que seis meses antes, de camino a Escocia, a bordo de un transbordador que iba desde un pueblo francés hasta Dover, mi amigo Omar y yo nos separamos del resto de la compañía de teatro y estuvimos paseando por el barco, insultando groseramente en nuestra lengua materna a todos aquellos con quienes nos cruzábamos, sintiendo terror y vértigo ante la posibilidad de toparnos con un pasajero, aunque fuera solo uno, que, al comprender que acababan de decirle que lo había engendrado un búfalo de agua violador de asnos tonto del culo, nos rompiese la crisma a patadas.

—Si son ustedes bosnios, reúnanse aquí —anunció a gritos el hombre del cartel —. Me llamo Enes, y soy del consulado bosnio. Bienvenidos a Nueva York. La mayoría de ustedes debe tomar vuelos de enlace, y yo estoy aquí para ayudarlos…

Desmandándose por completo, los bosnios empezaron a hablar todos a la vez, blandieron sus billetes y sus sobres amarillos de inmigrantes, y se abrieron paso a empujones hacia el frente. Enes, para apaciguarlos, movió la cabeza en un gesto de negación y, a voz en cuello, dijo que no ayudaría a nadie si no se ponían en fila.

Presenciar eso me entristeció un poco, así que me aparté. Como mi vuelo no salía hasta el día siguiente, sabía que tendría que pernoctar en Nueva York. Sin dirigirme a ningún sitio en particular, me alejé del grupo, aparentando que era autóctono. Me asaltó otro retortijón de estómago y nuevamente tuve la sensación de que iba a eructar. Tras haberme dejado engañar ya una vez, en esta ocasión opté por tragar saliva.

—Llegan las ratas —dijo el policía pelirrojo a un estadounidense que, al pasar por allí, había reparado en el alboroto. Con rabia, clavé la mirada en sus ojos de color azul verdoso. Él no desvió la vista.

—¿Habla usted inglés? —me preguntó con voz estentórea, articulando exageradamente.

En bosnio existe la palabra zaprŝka, que es un término culinario utilizado para describir el toque final de muchos platos bosnios. Consiste en mantequilla dorada derretida en una sartén con páprika roja, una salsa de un violento color naranja (idéntico al tono de pelo del policía) que se echa a los guisos y sobre los pimientos rellenos.

—Zaprŝka —le dije, dedicándole mi mejor sonrisa de recién desembarcado—, jebem li ja tebi mater hrđavu, jesi’l čuo!

Un par de bosnios me oyeron y se rieron con sorna del insulto.

—Sé que me entiende —vociferó el policía, pero yo saqué mi billete del bolsillo, me abrí camino a empujones entre dos mujeres bosnias y agité el brazo para captar la atención de Enes.

—Hej care, kadje avion za Los Anđeles? —pregunté.

 

Me quedé allí sentado observando a la gente, con la correa de mi bolsa alrededor del tobillo por si alguien intentaba robarme la ropa arrugada y la carne ahumada y el slivovitz que entraba de contrabando para regalárselos a mi tío, cosas a las que él no tenía acceso en California. Después de decirme que esperara, Enes había guiado a los demás bosnios hacia sus vuelos a ciudades como Nashville, Fargo, St. Louis. Allí sentado, pensé que tenía frío. Me temblaba la mandíbula. Pero cuanto más apretaba los brazos contra el cuerpo, mayor conciencia tomaba de que los dientes no me castañeteaban a causa del frío. Miré alrededor. Gente: formas, razas, actitudes que nunca había visto. Caminaban en grupo o de dos en dos, o se los veía a gusto en su soledad, con un objetivo, mientras yo, allí quieto, procuraba no echar las tripas.

Otros hombres con carteles donde se leían los nombres de otros tristes países desfilaban con bandadas de inmigrantes confusos, vociferando en lenguas exóticas, dejando atrás a uno o dos infelices aterrorizados que, como yo, intentaban ocupar el menor espacio posible. Había un negro alto y flaco con un traje negro, sentado en compañía de cuatro mujeres con velo (parecían babushkas), cada una de un tamaño distinto, que aparentaba tener la situación bajo control, pero estaba a todas luces asustado. Tan solo una joven africana con vaqueros oscuros y blusa blanca, pelo a cepillo y ojos resplandecientes, se comportaba con cierto aplomo. Ocupó un asiento, sacó de su bolsa un libro y un tentempié, algo ruidoso y, en apariencia, cubierto de sal, y procedió a leer y masticar como si estuviera en el banco de un parque. Deseé apoyar la cabeza en su regazo, que me tocara y me dijera que todo iba bien.

Al final, una lanzadera del aeropuerto, una de esas camionetas malolientes con portón trasero, nos llevó a través de Nueva York hasta el lugar donde debíamos pasar la noche. Solo alcancé a ver de pasada los edificios, los paisajes urbanos y los coches; la mujer africana iba a mi lado y nuestros muslos permanecían en cálido contacto. Enfebrecido, imaginé que me cogía la mano entre las suyas, fijaba en mis ojos una profunda mirada y me amaba silenciosamente. Me imaginé que nos abrazábamos, nos tocábamos y nos estrujábamos, paseando por la playa, acurrucándonos en un canapé, yendo a comprobar cómo estaban nuestros bebés dormidos, niños de piel oscura, frente eslava y labios africanos.

—Ya hemos llegado —anunció el conductor.

La camioneta se detuvo en el aparcamiento de un motel de mala muerte y nos excretó por la parte de atrás. El conductor nos indicó que preparáramos nuestra documentación y lo siguiéramos al interior. Vi que aquel hombre hacía eso a menudo, que su cuerpo estaba familiarizado con el asfalto bajo sus pies. Sabía que había que tirar de la puerta de entrada en lugar de empujarla, pese a que ningún letrero lo anunciaba. Se notaba que detestaba, pero toleraba, al encargado, un hombre greñudo de origen árabe, que me preguntó:

—¿Cuántos en la habitación?

—Uno, uno —contesté, levantando el índice. Examinó mi pasaporte y me hizo firmar al lado de mi nombre en una lista recibida por fax. Luego me plantó una llave en la mano. En el rectángulo de plástico naranja del que iba prendida se leía 7. Señaló con el dedo; acto seguido, se volvió hacia la africana.

—¿Cuántos en la habitación?

Me entretuve, fingiendo ciertas dificultades para recoger la bolsa, con la esperanza de enterarme del número de su habitación, pero el conductor me hizo una seña para que me acercara.

—¿Indio o italiano?

—Bosnio —respondí.

Miró al techo con cara de exasperación.

—¡Me refiero al menú! Para cenar, ¿quiere menú indio o italiano?

De buena gana me habría pisoteado los huevos yo mismo.

—Indio —contesté, pensando que así era menos probable que acabase con un plato lleno de carne de cerdo.

—Saldremos a las seis en punto. Iré a llamar a su puerta. Usted debe estar ya en pie y listo —advirtió, anotando mi elección para la cena.

Las habitaciones de la 1 a la 14 se hallaban en el sótano, y seguí las flechas por los pasillos, iluminados aquí y allá con apliques desportillados que proyectaban hacia el techo formas de luz turbia repetitivas y palpitantes. Mi habitación estaba tras un recodo, al final de un pasillo en cuyo extremo opuesto se alzaba una descomunal y deslumbrante máquina de Pepsi. Abrí la puerta con mi llave y entré.

La habitación número 7 era de una amplitud sorprendente: una gran cama de matrimonio con sábanas de color magenta, un televisor en lugar preferente, dos mesillas de noche con lámparas y una mesa con dos sillas y un teléfono. Olía a polvo y a lejía con aroma a naranja, a actividades clandestinas y operaciones encubiertas del FBI, a sexo por dinero y crímenes pasionales, a autocompasión de alcohólicos y visiones de yonquis: todo lo que yo había visto en las películas americanas.

Intenté cerrar por dentro pero la llave no giraba. Probé en las dos direcciones, y no se movió. Abrí la puerta, la cerré y volví a intentarlo. Nada.

Miré por la mirilla y vi a dos chicas adolescentes reírse junto a la máquina de Pepsi. Una de ellas lucía un pañuelo en la cabeza y parecía europea; me pregunté si sería bosnia. Se tapaba la boca al reír. La otra tenía aspecto árabe, pero vestía unos vaqueros con rajas que dejaban a la vista sus rodillas con costras. Un resplandor rojo y azul teñía alternativamente sus rostros. Yo siempre había sido un solitario y me enorgullecía de ello —la gente era algo a lo que debía hacer frente o que debía eludir —, pero en ese momento, de pie en un trozo desgastado de moqueta beige, mi primera noche en Estados Unidos, anhelé la compañía de alguien, de cualquiera.

Sentí que se me revolvía el estómago. En medio de todo eso el vómito de queso contenido se había transformado de algún modo en mierda. Corrí al cuarto de baño, y salió de mí en tempestuosas ráfagas y rayos. Cuando acabé, me sentí rejuvenecido, en la gloria.

Aun así, no quería arriesgarme a que alguien se colara sigilosamente en la habitación mientras dormía y me degollara o, peor aún, me dejara sin conocimiento con un paño empapado en cloroformo y me convirtiera en chapero o me obligara a trabajar jornadas de veinticuatro horas en un laboratorio clandestino de metanfetamina. No quería despertar sin riñones, hígado, corazón o globos oculares. «Estoy en Estados Unidos», pensé, y eso significaba que todo aquello era una película; el hecho de no poder cerrar la puerta desde dentro era uno de esos pequeños detalles de los que dependían funestos giros en la trama.

Estaba paranoico. Volví a echar un vistazo por la mirilla: solo luces rojas, blancas y azules diciéndome que tenía sed. Las chicas ya se habían ido. Abrí la puerta y examiné en vano la cerradura. Arrastré la mesa y la encajé bajo el picaporte. Para entrar, el drogata chiflado tendría que empujar con fuerza, y haría ruido, y me despertaría, y así tendría más posibilidades de sobrevivir. Ahora necesitaba un arma.

Alguien llamó a la puerta y el corazón me pateó la caja torácica como un bebé furioso. Eché una ojeada por la mirilla: el conductor. Aparté la mesa y abrí la puerta.

—¿Indio? —preguntó, consultando su papel.

—Indio, sí.

Me entregó un par de recipientes de poliestireno y trazó una señal junto a mi nombre.

—Mañana a las seis —dijo, e hizo ademán de marcharse.

—Esto… —empecé a decir, y él se detuvo.

—¿Qué?

—La… la… la llave —tartamudeé—. No… no puedo… esto… cerrar la puerta desde dentro.

Me miró con manifiesto desdén.

—Es un mecanismo automático. No hay que hacer nada. Se cierra la puerta y el pasador queda echado.

Antes de cenar, volví a encajar la mesa contra la puerta, junto con las sillas y todo mi equipaje. «A la mierda el conductor —pensé—; él mismo podría ser cómplice de algún plan.»

La ducha no tenía grifo, solo un mando en medio de la pared, y no supe cómo hacer para que el agua saliera caliente, si es que, para empezar, había agua caliente. Lo máximo que conseguí fue que no estuviera helada, y me metí debajo para enjabonarme y enjuagarme a toda prisa. Cuando acabé (dos minutos después como máximo), tenía los labios de color berenjena.

El Canal 4 era de noticias: un inglés rápido e indescifrable que me resultó reconfortante a falta de humanos de carne y hueso. Tirité bajo las mantas. Oí el taconeo de unos zapatos de mujer frente a mi ventana y lancé una mirada furtiva entre las cortinas de color magenta, a través de una reja por debajo del nivel de la calle. Vi las piernas de una mujer y su acompañante, un hombre corpulento con un abrigo de visón que la tenía sujeta por las muñecas y le gritaba. «No voy a pegar ojo en toda la puta noche», me dije, pero a las cinco y media el sonido del despertador me arrancó del sueño, y estaba vivo, indemne, con todos los órganos intactos.

 

El conductor nos llevó al aeropuerto. Esta vez la africana se sentó detrás de mí, así que pude ver algo de la ciudad. Había sobre todo automovilistas neoyorquinos de perfil que bebían de termos, gritaban por las ventanillas, daban manotazos contra el salpicadero, fumaban, se maquillaban, cantaban, se adormilaban y despertaban justo a tiempo de pisar el freno, tocaban guitarras imaginarias, me miraban como preguntándome: «¿Y tú qué coño miras?».

Enes me recibió en LaGuardia, me indicó dónde debía esperar mi vuelo a Los Ángeles, me dio un lánguido apretón de manos y se largó. Me senté en otra silla de plástico y esperé.

Incrédulo, me decía una y otra vez: «Lo has conseguido, tío». Me miré la mano, ese objeto con el que había vivido toda mi vida, y me pareció verla por primera vez. Apenas me resultaba familiar, y sin embargo, a saber cómo, la controlaba; era mi mano y podía usarla. Alcé la mirada para asegurarme de que lo que veía alrededor era Estados Unidos, confirmé que el asiento de mi lado formaba parte de ese país, luego apoyé mi extraña mano en su superficie de plástico fría y me repetí: «Lo has conseguido; has escapado».

Otros dos Prcić habían hecho ese viaje antes que yo. Uno era mi tío abuelo Bego, que huyó de la invasión nazi vía París, se instaló en un apartamento de Flushing Meadows y allí murió, solo. Y el otro era mi tío Irfan, que huyó de los comunistas en 1969, acabó en California y veintiséis años después me invitó a irme a vivir con él. Éramos todos de la misma ciudad de Bosnia pero habíamos huido de tres países totalmente distintos. Bego escapó del Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Irfan, de la República Federal Socialista de Yugoslavia. Y yo, del estado independiente de Bosnia y Herzegovina, recién formado. Eso dice algo de los Balcanes: los regímenes autoritarios abundan, no duran mucho tiempo y despiertan en la gente el deseo de fugarse.

Lo que acudió a mi cabeza en ese momento fue la voz de mi abuela paterna. En una ocasión me contó que, siempre que Bego o Irfan regresaban a Bosnia de visita, le parecían personas distintas. Irreconocibles. Ella responsabilizaba de eso a Estados Unidos.

Volví a mirarme la mano.

Por el ventanal del aeropuerto, vi a un indigente con una mugrienta chaqueta de camuflaje sentado en el bordillo de la acera, de espaldas a mí, jugando con una perra. Sacaba a tirones una botella de Dr. Pepper de la boca de la alsaciana, la provocaba con ella y luego volvía a lanzar la botella por la acera. La perra iba en su busca, balanceando sus mamas hinchadas, la traía de vuelta, y la escena se repetía. Me quedé allí inmóvil, en la silla, como hipnotizado, diciéndome de nuevo que lo había conseguido, deseando tener un perro o algo caliente que tocar, algo a lo que mirar a los ojos. En ese momento el sol de la mañana hendió las nubes e iluminó el ventanal con su luz de tal modo que repentinamente vi mi reflejo. Vi a un joven sentado a solas en una silla de plástico, blanco como la cera, los ojos como platos y la cara llena de granos, feliz y perplejo, y supe por qué mi abuela era incapaz de reconocer a su propio hijo, por qué yo esgrimía la mano de un desconocido. Supe que una persona distinta abandonaría esa silla de plástico y subiría a bordo de un avión con destino a Los Ángeles y que al mismo tiempo un Ismet de dieciocho años se quedaría para siempre en la ciudad sitiada, en medio de una guerra que jamás terminaría.

El sol desapareció tal como había llegado. El indigente lanzó la botella. La perra corrió tras ella. Me miré la mano; luego miré todo lo demás. Yo era nuevo allí, y Estados Unidos se me antojaba un lugar demasiado grande para estar solo en él.

 

Desde el aire Los Ángeles era un espacio inmenso y gris, salpicado de piscinas de color azul claro. En el LAX hacía calor para ser una tarde de invierno; era divertido. Había palmeras al otro lado de los ventanales de la terminal y la gente calzaba sandalias con toda seriedad.

Cuando salía de un pasillo, vi a un hombre y una mujer de unos cincuenta años, blancos, vestidos con relucientes hábitos rojos, blancos y azules y chisteras estampadas de estrellas. Se movían entre la muchedumbre, repartiendo algo. La mujer se acercó a mí con una sonrisa de oreja a oreja.

—¡Hola, caballero!

—Hola.

—¿Me permite que le haga un par de preguntas?

Hablaba despacio y con claridad. Lo agradecí.

—Sí.

—¿De dónde es, caballero?

—De Bosnia.

—¿Es la primera vez que nos visita?

—Soy refugiado.

—Así que ha venido por el queso del Gobierno.

Lo dijo en voz muy alta, mirando alrededor e intentando captar la atención de todo el mundo.

—Bien, caballero, aquí tiene —dijo, y me entregó un trozo de queso cheddar amarillo, americano—. ¡Bienvenido a Estados Unidos!

Advertí que me grababa un hombre con una cámara. Sonreí y le hice una seña con el queso.

«Lo que son las cosas —pensé—. En Nueva York te insultan y en Los Ángeles una mujer vestida con la bandera estadounidense te da queso.»

Supe en ese momento que Los Ángeles iba a gustarme mucho más que Nueva York.