Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 4 de 38

Páginas del PDF

Esquirlas

(… algunas aflicciones tempranas…)

 

Primerísimo recuerdo

Un día tórrido de verano. Mi abuela, sonriente, sacó un hacha del cobertizo y la colgó de la rama de un cerezo con escaso follaje en el jardín trasero. Sentado en una alfombra de piel de borrego a la sombra de un rosal, yo observaba una gallina que, con una garra amarilla atada por medio de una cuerda a una estaca clavada en el centro del jardín, batía las alas blancas en su afán por huir. Se elevaba un metro o algo así y entonces, anclada como estaba, caía con un aleteo. Durante un segundo permanecía allí en equilibrio sobre una sola pata, parpadeando, con la cabeza ladeada, y luego volvía a probarlo.

Cuando la abuela se acercó, la gallina enloqueció y empezó a revolotear de aquí para allá en un torbellino de plumas suspendidas en el aire. Las alas emitían un sonido grave y ahogado, como los aplausos de unas manos enguantadas. La abuela se reía con expresión burlona a la vez que pisaba la cuerda cada vez más cerca de la gallina, reduciendo poco a poco su espacio aéreo. Finalmente la atrapó, desató la cuerda y, con la gallina de ojos desorbitados bajo el brazo izquierdo, cogió el hacha de la rama del cerezo y se dirigió hacia la parte de atrás del cobertizo.

Me levanté y caminé con paso vacilante hacia ella, pero me oyó y, de un grito, me ordenó que no mirase. Me quedé un rato inmóvil, sin rebasar la esquina del cobertizo, y luego asomé la cabeza de todos modos. La vi apoyar una rodilla sobre el ave, intentando contener el movimiento de las alas, intentando sujetarla bien para colocarle la cabeza en un tocón de poca altura en el claro cubierto de serrín y astillas. Como estaba de espaldas a mí, no me veía.

El primer hachazo lo erró por completo. El segundo fue débil y alcanzó al ave demasiado cerca del grueso de la pechuga, con lo que poco daño le causó. El tercero hizo impacto en el cuello pero no cortó la cabeza. El cuarto la decapitó de pleno, pero la gallina, desprendiéndose de las manos de mi abuela, se alejó volando cuatro o cinco metros para aterrizar en la hierba justo delante de mí. Dio unos pasos y extendió las alas, en apariencia muy ufana de haber escapado. La sangre le manaba a borbotones del cuello y le teñía profusamente de rojo el plumaje blanco, pero eso no parecía representar el menor inconveniente. Ahuecó las plumas, salpicándome de sangre las piernas desnudas; luego escarbó entre la hierba con las garras, se inclinó y, obedeciendo a un atroz instinto grabado en algún lugar de los músculos, hizo ademán de comer, de picotear el suelo usando el pico que ahora se hallaba a unos metros de ella, en una pequeña duna de serrín ensangrentado, ya paralizado por la muerte.

Edad: tres años

 

 

En el momento en que murió el mariscal Tito[2], yo me cagué encima. Entre ambos incidentes no existió relación alguna.

Tuvo que ser un día de entre semana, porque yo estaba en la casa de mis abuelos, en Gornja Tuzla. Mis padres no debían de haber salido aún del trabajo (los días laborables venían de visita todas las tardes al final de la jornada y los fines de semana y los festivos me llevaban con ellos a nuestra casa de Tuzla), porque no recuerdo su presencia allí. Yo me encontraba fatal por haberme atiborrado de algo y estaba acostado en posición fetal en el sofá con rinconera.

Hacía frío. Mi abuelo fumaba, sentado en su butaca junto a la ventana. Sentado sobre el pie derecho, con la rodilla izquierda recogida contra el pecho, miraba atentamente su antiguo televisor en blanco y negro con una expresión pensativa, visible sobre todo en la frente. Sentí un retortijón en el estómago y de pronto se me inundaron los calzoncillos de algo húmedo y caliente. Tardé un segundo en darme cuenta de lo ocurrido, y al tomar conciencia de ello, rompí a llorar de inmediato. Mi abuela estaba en la cocina contigua, detrás de unas cortinas verdes, y cuando la llamé mi abuelo me mandó callar de un grito.

Nunca me había levantado la voz. Fijé los ojos, muy abiertos, en el televisor para ver qué justificaba un estallido así. En la pantalla se veía una plaza gris urbana, la gente detenida de pronto en su sitio, oscura en contraste con el asfalto, llorando. A través de los altavoces llegó un ulular de sirenas. A continuación un locutor pronunció comentarios rebosantes de emoción con voz llorosa y grandilocuente.

Asustado y manchado de mierda, me eché a llorar otra vez, y mi abuelo llamó a mi abuela para que me hiciera callar y subiera el volumen del televisor porque Tito acababa de morir. Ella irrumpió en la sala y me cogió en brazos, rezando mecánicamente en árabe por el alma del difunto líder comunista.

Tenía las manos húmedas y frías por lo que fuese que estaba haciendo en la cocina y le olían a manzana. Me dio unas palmadas en el pecho y susurró que debíamos guardar silencio porque era un día importante; acto seguido, subió el volumen hasta un nivel casi insoportable y, conmigo a cuestas, entró en la cocina a través de las cortinas verdes.

 

Edad: cuatro años

Vivíamos en la octava planta de un edificio gris y feo en Brčanska Malta. Las tres habitaciones de nuestro apartamento estaban orientadas al sur, lo que significaba que daban a dos rascacielos idénticos, los más nuevos y grandes de Tuzla. Yo me hallaba en la cocina-comedor dibujando un bulldozer naranja que descargaba una masa de arena amarilla en la caja de un camión rojo. Me inspiraba en un solar en construcción situado entre nuestro edificio y uno de los rascacielos.

Al mirar por la ventana, vi un gran abrigo gris hincharse con el viento, desprenderse del tendedero de un balcón de una de las plantas superiores del rascacielos y caer directamente al suelo. El abrigo debía de pesar mucho, por lo rápido que cayó. Pero entonces los transeúntes empezaron a congregarse alrededor, docenas de ellos, apiñándose, caminando con urgencia hacia él, señalándolo y llevándose las manos a la boca.

Se lo conté a mi madre. Ella se acercó, me abrazó desde atrás y se asomó también. Los transeúntes corrían y hacían señas a los coches que pasaban por la calle. Un Cinquecento blanco se subió a la acera, y de la acera pasó a la hierba, y avanzó a toda velocidad hacia la muchedumbre, tocando la bocina.

«¿Por qué mira esa gente el abrigo?», pregunté.

Mi madre me tapó los ojos con la mano y me preguntó si quería limonada. Bajó las persianas y encendió la radio.

 

Edad: seis años

Empecé a ir al colegio a los seis años, y como mis padres trabajaban (y ahora le tocaba a mi hermano estar con nuestros abuelos) disponía de mi propia llave y me quedaba solo en casa desde esa edad. Era algo que me encantaba y a la vez detestaba. Me encantaba dormir el mayor tiempo posible, tener la televisión encendida a todas horas y «leer» los libros de la biblioteca de mi madre: los de medicina con ilustraciones de personas desnudas eran para mí el pan de cada día. Pero detestaba ser niño y estar solo, ser vulnerable y tener miedo. Detestaba el pavor que sentía cuando alguien llamaba al timbre: vendedores a domicilio, mendigos, gitanos que se ofrecían a reparar los paraguas, niños mayores que recogían periódicos viejos y cascos de botella para ganarse un dinero mediante el reciclaje. Yo nunca abría la puerta, tal como me habían ordenado. Detestaba cuando oían que yo estaba dentro y llamaban al timbre dos o tres veces, esperando allí plantados mientras yo temblaba de terror e intentaba poner la cadena sin hacer ruido. Detestaba tener que ir a pie al colegio solo con una mochila enorme mientras los demás niños iban en grupo y hacían trastadas. Detestaba el silencio en que se sumía el apartamento cuando estaba solo, el silencio que me llevaba a dejar el televisor encendido incluso durante los noticiarios y los aburridos documentales de historia y los intermedios. Esos intermedios eran lo peor. Ponían una grabación de un pájaro en pleno vuelo y música clásica durante horas.

Sucedió de la manera más inesperada. Yo estaba viendo Una pandilla de pillos en la sala de estar y comiendo un bocadillo de mantequilla y miel cuando sonó el teléfono. Teníamos un teléfono rojo con disco provisto de una pequeña luz que se encendía cuando sonaba. Yo imaginaba que esa luz era una cámara a través de la cual la persona que llamaba podía observar el apartamento y verme a pesar de que mi madre me explicó que eso era para que los sordos se dieran cuenta de que sonaba el teléfono. Ese día yo no debía ver la televisión porque tenía muchos deberes pendientes, tampoco debía comer en la sala de estar, razón por la cual apagué el televisor antes de coger el teléfono y acabé de masticar el último bocado.

Poniendo cara de niño bueno ante la luz intermitente, levanté el auricular y contesté «Diga».

Al otro lado de la línea oí un silencio, pero no un silencio muerto. Era el silencio de una habitación vacía o una habitación en la que alguien evitaba todo ruido para que pareciera una habitación vacía. Era la clase de silencio que los especialistas en sonido del mundo del cine tienen que grabar con micrófono porque no les interesa la ausencia de sonido, porque suena muerto, poco natural, y porque necesitan silencios más matizados para conferir un sonido vivo a sus películas. El silencio que yo oía al otro lado de esa línea era sin lugar a dudas un silencio vivo.

Repetí «Diga» con voz más aguda mientras se me formaba un nudo en la garganta. En esta ocasión sí oí algo, un ruido, como si alguien se sorbiera la nariz o ahogara un gemido. Tragué saliva. Pensé, esperanzado, que era una mala conexión, que quien gemía sencillamente no oía mi voz. Y justo cuando estaba a punto de decir «Diga» por tercera vez y más alto, una voz femenina pronunció unas palabras que nunca olvidaré.

«Niño, tu padre es el doctor Stefan Tadić. ¿Me oyes? Tu padre no es tu padre. Tu padre es el doctor Stefan Tadić.»

Colgué, con fuerza. Me hice daño en los nudillos. Oí los latidos de mi corazón en el silencio del apartamento. No entendí qué quiso decir, pero sabía que lo que dijo era malo, muy malo.

Sonó otra vez el teléfono y tapé la luz con la mano.

Sonó otra vez.

Y otra vez.

Otra vez.

Otra vez.

Otra vez.

Otra vez.

Temblando, oyendo incluso el castañeteo de mis dientes, aguardé a que dejara de sonar, y cuando cesó, telefoneé a mi madre al trabajo. La telefonista me dijo que esperara. Esperé. El dedo me sangraba un poco. Esperé hasta que mi madre contestó y entonces no pude esperar más.

 

Edad: siete años

Yacía en mi cama con el brazo derecho estirado incómodamente sobre el plástico frío de la mesilla de noche para coger a mi hermanito de la mano mientras escuchábamos. Ella volvía a gritarle a él. Rompía cosas.

 

Él decía: «No lo hagas; ¿para qué quieres hacer una cosa así?».

Ella decía: «Basta. Basta. Basta. Ya no soporto más mentiras».

Se oyó ruido: golpetazos de cajones que se abrían y cerraban en la cocina, el tintineo de los utensilios, el sonido metálico de los cubiertos. Se oyeron pasos apresurados por el pasillo y a continuación se abrió la puerta de nuestra habitación e irrumpió nuestro padre. Mi hermano fue el primero en gritar. Gritó: «¿Qué hacéis?». Yo lo seguí poco después. Grité: «No os peleéis, por favor». Ya estábamos de pie y mi padre nos hizo salir de la habitación.

Decía: «No sé qué le pasa» y «Tal vez vosotros podáis ayudarla».

Incómodos, salimos en pijama al pasillo. Sentí en los pies descalzos el frío del linóleo junto a la puerta de la calle. La luz del contador eléctrico colgado de la pared emitía un resplandor rojo. Significaba que ya se había iniciado la tarifa nocturna, más barata.

Mi madre salió de la cocina con un cuchillo y, cuando nos vio, lo escondió detrás de la espalda.

Gritamos. Gemimos. Nuestro padre se hallaba detrás de nosotros y tenía a sus espaldas la puerta de la calle.

«Déjame marchar», le decía ella a él.

«Tranquilízate, Henrijeta —le decía él a ella—. Sé razonable.»

«Apártate o…», empezó a decir ella, y se interrumpió. Se lo pensó mejor. Lanzó rápidas miradas alrededor. Luego concluyó la frase: «Haré algo desagradable».

Recuerdo que pensé que eso me pareció un comentario raro. En otras lenguas quizá se diga, pero en bosnio suena raro. Suena forzado. Nadie dice una cosa así. Suena postizo. Ella no decía lo que quería decir. Recuerdo que pensé: ¿qué ha querido decir?

«¿Por qué? —preguntaba él—. Tenemos un apartamento, los dos tenemos buenos trabajos, tenemos dos hijos. ¿Qué es lo que va tan mal?»

«Tú —dijo ella—. Yo. Esto es un desastre.»

Retrocedió hacia la cocina y nos miró a Mehmed y a mí. «No lo olvidéis nunca — dijo—. Nuestras vidas son una mentira.»

 

Edad: ocho años

Soñaba con ser ese vendedor de helados fibroso de Kosovo, propietario de la pequeña tienda junto a la parada de autobús de delante de mi edificio. A mi edad no podía imaginar un empleo mejor en el mundo, sentado en un cuarto no mayor que una caja de cerillas entre el banco y la parada de la calle Titova, vendiendo refrescos de elaboración barata a una amplia gama de ciudadanos, desde hombres de negocios mal vestidos con las axilas húmedas hasta campesinos de manos recias que iban y venían del Pequeño Mercado, no muy lejos de allí. Se me hacía la boca agua ante la sola idea de estar cerca de aquella gigantesca máquina de helados, con el zumbido de los dulces mecanismos internos de su vientre metálico, a un paso de aquellas tres palancas y las delirantes espirales de chocolate y vainilla que había detrás de ellas. Mmm, helado.

Mi madre me permitía una sola rebanada de pan por comida, una decisión dolorosa para ella que probablemente me libró de la obesidad infantil, teniendo en cuenta mi voraz apetito de entonces. Tampoco se me concedía paga. Cada vez que alguien me entregaba una moneda en una reunión familiar, mi madre sacaba mi hucha y me obligaba a echarla dentro. Quien bien te quiera te hará llorar, y todo eso, pero yo, en su día, solo pensaba que era mala. Se tomaba mi aumento de peso en serio, a diferencia de los demás miembros de mi familia amplia, que bromeaban al respecto y me echaban pilas de macarrones en el plato siempre que mi madre salía del comedor. Me llamaban poguzija: un apelativo familiar y afectuoso para referirse a alguien como culo gordo.

«Deja de comer —decía mi abuela paterna—, o el culo te subirá hasta el cogote.»

Mi madre me animaba a salir a jugar, me obligaba. Yo lo hacía a regañadientes, y en lugar de correr detrás de un balón de fútbol o trepar a un árbol, mantenía bajo vigilancia al vendedor de helados de nuestro edificio. Ver a la gente que compraba helados, deslizaba la lengua a su alrededor y por encima y saboreaba su fría suculencia siempre me provocaba una erección de golosinería. Pronto se encendía en mis ojos un resplandor voraz, y abandonaba mi puesto de vigilancia para circundar la tienda como un tiburón en torno a un submarinista en una jaula bajo el agua: un estado de trance.

De pronto un día el vendedor me sacó de mi embobamiento. No sé cuánto tiempo había merodeado ante la tienda, ahuyentando a los clientes con aquella conducta mía: la manera de arrastrar la lengua por el asfalto candente, los ojos enfebrecidos por esa necesidad insaciable, anómala. Fue como si de pronto el mundo cobrara forma nítidamente y vi al hombre asomar la cabeza por la puerta y, con una seña, pedirme que me acercara, moviendo el bigote arriba y abajo como Chaplin. Las piernas me llevaron hasta allí, acercándome a él, pese a que mi cabeza les ordenaba a gritos que pararan, que lo dejaran, que dieran media vuelta y echaran a correr.

Yo sabía que me ofrecía ese helado gratis para deshacerse de mí, por lástima. Para él, yo era un niño pobre que salivaba por algo que no podía permitirse. Y así era: yo no podía permitirme que el culo me trepara por la columna hasta aposentarse en lo alto de mi cogote, las crueles pullas y pellizcos, las burlas de las niñas durante los recreos. Sabía que no debía aceptar nada de desconocidos y, por supuesto, estaba también la cuestión de la dignidad. A pesar de todo eso mi brazo se alzó, y un helado de vainilla cambió de manos, y llegó a mi lengua y desapareció por mi garganta tan deprisa que me ruboricé. Me quedé allí mirando fijamente a aquel kosovar de brazos huesudos como patas de silla, le di las gracias entre dientes en un tono poco convincente y con sentimiento de culpabilidad (eso era más habitual en mí que expresar verdadero agradecimiento, y si alguna vez lo expresaba, era como mucho agridulce) y me alejé.

Por vergüenza, no me acerqué nunca más a la heladería. Si tenía que pasar por delante, me colocaba a la altura de un transeúnte adulto, manteniendo la mirada fija al frente y luchando con las más diversas formas de malestar.

Ese helado, recibido por caridad, no me sentó bien y acabé arrojando debajo de una escalera.

 

Edad: doce años

En primaria se me daban bien las matemáticas. Me gustaba que hubiera una única solución por problema, que no hubiera vaguedades y que no fuera necesario interpretar qué quería dar a entender el autor con tal o cual cosa. Durante los primeros cuatro años lo vi todo muy claro.

Fue más adelante, conforme las matemáticas pasaron a ser más abstractas y esquivas y hubo que recordar fórmulas y dibujar sistemas de coordenadas y demás, cuando desarrollé cierta aversión por la asignatura. De pronto había más de una solución para un solo problema, empecé a moverme con menos aplomo en la realidad tal como la conocía. Recuerdo mi obsesión con la idea de que una recta puede seguir hasta el infinito sin cruzarse jamás con otra recta paralela a ella, de que una recta, vista de lado, no es más que un punto, lo cual, pensaba yo, era indemostrable, ya que la línea te traspasaría el ojo y el cerebro, cegándote y matándote. Para desgracia mía, expresé esto en voz alta, y mi profesora y camarada pensó que pretendía hacerme el gracioso y me puso de plantón en un rincón, cara a la pared, y allí me dejó durante horas. Mis compañeros se burlaron del tamaño de mi culo, y yo imaginé que me convertía en una mota de polvo y salía flotando por la rendija de debajo de la puerta.

Pero mi cambio de disposición se produjo cuando ella, mi profesora y camarada Radmila, entró en mi vida. Era una morena regordeta, cuarentona, de facciones agradables y uñas bien cuidadas, pero como consecuencia de una especie de bulto en la mejilla solo podía sonreír con un lado de la boca, de modo que, cuando lo intentaba, resultaba frío y poco convincente. Adolecía de tal falta de compasión que un día, a los veinte minutos de empezar la clase, me meé encima porque ella no me permitió salir, pues «para eso tenemos los descansos entre clases». Me quedé allí sentado en la humedad tibia, dentro de una nube acre, pensando en héroes de cómic.

Dejé de hacer los deberes. Me convencí de que era incapaz de comprender la materia. Fingía enfermedades para no ir a clase. Rezaba para que no me llamaran a la pizarra. Copiaba las tareas de otros alumnos.

Allá por el tercer trimestre, tras acumular un sinfín de malas notas, me pillaron copiando en un examen (chuletas con fórmulas pegadas a la cara inferior de mi gruesa regla) y me mandaron al despacho del director. El director, a quien llamábamos Gallo porque un trozo de piel suelta y correosa le unía la punta del mentón con el hueco central entre las clavículas, me leyó la cartilla y luego me dio una segunda oportunidad. Si me iba bien en el examen final haría la vista gorda ante «mi conducta impropia de un estudiante».

Me era absolutamente imposible preparar todo un curso de matemáticas en dos semanas y media. Aun así, quise pensar que estaba intentándolo. Pero en realidad concentraba la mayor parte de mi energía en maquinar un elaborado plan que me librara del examen final. Fantaseé con la posibilidad de que me atropellara un coche y quedara entre la vida y la muerte. Recé por contraer una enfermedad contagiosa.

Resultó que mi madre tenía que ir con su asociación de enfermeras a un simposio sobre la lucha contra el alcoholismo en algún lugar de Macedonia en las mismas fechas en que yo debía presentarme al examen final. Enterado de esto con antelación y consciente de que me quedaría solo con el incauto de mi padre, concebí mi plan maestro.

La cosa es que hacía un par de años mi primo Adi había tenido una apendicitis y hubo que operarlo. Debido a la intervención y a ciertas complicaciones posteriores, fue eximido de los exámenes finales, y aun así pasó de curso. Mi plan consistió en averiguar por mediación de él todos los síntomas de un ataque de apendicitis y representarlos ante mi padre con la esperanza de acabar bajo el bisturí del cirujano. Según leí en el diccionario, el apéndice es un tubo estrecho y cerrado que se conecta al intestino grueso cerca del punto de unión entre este y el intestino delgado. No tenía inconveniente en sacrificarlo.

No solo se tragó mi interpretación mi padre, sino también los médicos del servicio de urgencias. Puse especial empeño en no enumerar a bocajarro la lista de síntomas como un aficionado. Me limité a elegir unos cuantos, los más destacados, y los mencioné como de pasada. Prescindí de los vacuos gritos de dolor y las torsiones de cintura. Mantuve la calma.

Surtió efecto. Pero cuando me pusieron uno de esos camisones quirúrgicos y me llevaron por aquellos suelos embaldosados de relajante color verde menta y con olor a lejía, me achanté, aunque para entonces ya era tarde. El anestesista empezó a contarme un chiste y me quedé frito antes del desenlace. Cuando cuento esta anécdota, a menudo la exagero y añado que mi último pensamiento antes de desvanecerme fue: «¡El muy cabrón!». En fin, una exageración, como ya he dicho.

Soñé que mi balsa hinchable se pinchaba en unos abruptos escollos situados justo bajo la superficie y que estaba a punto de hundirme en las profundidades, por donde se deslizaban siluetas oscuras.

Desperté en un pasillo con un dolor espantoso, en medio de un caos de ruedas chirriantes y voces humanas y lejía y yodo. Me llevaron en camilla a una habitación, me pasaron a una cama. El niño de la cama contigua había tenido ciertas complicaciones, razón por la cual le habían dejado la herida abierta, con un tubo que drenaba pus amarillo en un recipiente de plástico. Daba pena verlo. La cama del otro lado la ocupaba una niña calva. Había tenido piojos, entre otras cosas.

Recuerdo los sonidos voraces de mi estómago cuando trajeron comida para todos menos para mí y el niño del pus. Recuerdo su peinado —un poco como el de Hitler— y el goteo de la glucosa líquida tubo abajo hasta mi vena a modo de almuerzo. Mi madre regresó de Macedonia antes de tiempo y movió algunos hilos entre las enfermeras para venir a verme fuera del horario de visitas. Por lo visto, también ella se había tragado mi interpretación.

Mi madre estaba presente cuando entró el médico en la habitación, un hombre de piel untuosa y brillante, cuello sin afeitar y bigote tan sólido como una barra de chocolate, que parecía más un carnicero que un médico. Nos dijo que yo había tenido mucha suerte, que si no hubiera ido al hospital cuando fui, habría muerto, que la apendicitis se hallaba en una fase tan avanzada que el apéndice estaba lleno de pus y a punto de reventar. Sacó entonces un tarro de líquido amarillento con lo que semejaba un grueso trozo de regaliz rojo en descomposición, trenzado y retorcido.

«El más grande que he visto —afirmó—, los de adultos incluidos.»

Hay una cosa que debo dejar clara: durante mi interpretación, en ningún momento sentí el menor dolor. Nada en absoluto. ¿Qué ocurrió, pues?

He aquí algunas posibilidades. Quizá el médico encontró un apéndice totalmente normal y comprendió que yo mentía y decidió gastarme una pequeña broma. O quizá me creí hasta tal punto el papel de niño con apendicitis que, psicosomáticamente, provoqué la inflamación del apéndice. O tal vez Dios, de esa manera tan retorcida, me reveló que necesitaba una operación al ver que mi cuerpo se negaba a prevenirme por el cauce habitual.

¿Qué ocurrió, pues?

Un hallazgo: «No existe una única solución. Todo está sujeto a interpretación. Todo depende de lo que el autor quería dar a entender con tal o cual cosa».

Mi madre me obligó a ir al colegio tras una ausencia de solo seis días. Me examiné. Saqué un aprobado justo.