Esquirlas
Fragmentos del diario de Ismet Prcić de octubre de 1999
Fragmentos del diario de Ismet Prcić
de octubre de 1999
De vuelta en Estados Unidos, mati. Sale Ismet, entra Izzy. No tienes ni idea de lo bien que sienta ser otro.
… tomándose un descanso de unas memorias falsas.
(… la chica que escupía abejas…)
A pesar de la vergüenza y el bochorno del tropiezo de la abeja, dijo que sí.
Mustafá dijo que sí porque ella era mona y menuda y coqueta. Porque llevaba
unas Doc Martins y vaqueros rajados y él estaba medio enamorado de ella.
Porque creía que podían llegar a estar juntos mucho tiempo.
Y una mierda. Dijo que sí porque a esa edad nunca jamás dices que no a una
persona con quien algún día, potencialmente, podrías perder la virginidad.
Cuando ella le guiñó el ojo y dijo: «Vamos», él dijo que sí. Ella dijo: «Sí,
¿qué?», y él dijo: «Sí, vamos». Se besaron en la hierba húmeda por el rocío
delante del edificio de ella hasta diez minutos antes del toque de queda, y
entonces ella tuvo que apartarlo físicamente de un empujón. Le dio una pulsera
hecha a mano que siempre llevaba puesta y le preguntó: «¿Sabes qué es esto?». Él
en realidad no lo sabía, pero dijo que sí, y ella lo desarmó con un beso. Luego él
se fue a casa a todo correr.
La noche del día siguiente Mustafá cometió un error casi fatídico: se burló de
ella y la llamó «niña pequeña». Por entonces ella tenía quince años. Estaban
delante del Teatro Nacional Bosnio, el nuevo lugar de moda en su ciudad
asediada y plagada de diversiones. Ella le dio una bofetada y se marchó hecha una
furia, para volver al cabo de un minuto y lanzarle un tampón ensangrentado a la
cabeza, allí delante de todo el mundo. Él se quedó más confuso que una gota de
esperma humano en la tercera cámara del corazón de una rana.
Esa misma noche, cuando él volvía a casa solo, ella salió súbitamente de entre
los arbustos, junto al dique del río, y le asestó una patada en la entrepierna. La
pistola parecía enorme en sus manos pequeñas. Se puso en cuclillas sobre el
cuerpo convulso de él y le apuntó al ojo derecho. Escupía una y otra vez a la
hierba por encima de su cabeza. Permaneció allí en cuclillas mucho rato,
escupiendo, mirando.
Para él, no cabía duda de que el cerebro detrás de aquellos ojos feroces
transmitiría un estímulo motor a los músculos de su pequeña mano, apretaría el
gatillo y lo mandaría para siempre a la tierra de los postes de madera y las tazas
de váter. Y no se le ocurría absolutamente nada que decir o hacer. Su vida no
desfiló ante sus ojos. No pensó en sus seres queridos. Tampoco pensó en los
odiados. Simplemente se rodeó los huevos con las manos: un gesto risible cuando
uno se enfrenta al cañón de una zastava de 9 mm.
Después pensaría que ella vio algo en su mirada que la disuadió de matarlo.
Tal vez fuera la ausencia total de él dentro de sí mismo. Comoquiera que fuese, (… mustafá nalić se va a la guerra…)
ella le quitó la pulsera de la muñeca tranquilamente, se alejó y nunca más volvió a
mirarlo.
Después de este incidente las cosas cambiaron a fondo para él. Dejó de salir y
se pasó la mayor parte del tiempo con los ocupantes del sótano, que era como
llamaban a aquellas personas que nunca habían aceptado la guerra como
normalidad y vivían atemorizadas bajo tierra.
Al cabo de un año alguien encontró, en medio del parque Banja, el cadáver de
un tal Goran, quien, según había oído Mustafá, era el segundo novio de ella.
Había recibido un balazo y numerosas puñaladas. Según se contaba, él la presionó
para mantener relaciones sexuales y luego, durante una pelea, amenazó con
contárselo al padre de ella, un musulmán devoto. Por lo visto, ella convenció a su
hermano menor para que la ayudara a resolver el asunto y lo mataron juntos.
Como su madre era juez, acabó en el Hospital Psiquiátrico de Kreka.
Y a pesar de que Mustafá fue llamado a filas y obligado a combatir, y había
visto a personas volar en pedazos, cadáveres descomponiéndose en las trincheras,
cabezas de niños clavadas en estacas de madera, cruces grabadas en abdómenes y
frentes; y a pesar de que había estado a punto de no contarlo varias veces, como
aquella ocasión en que la metralla atravesó la camioneta y los pliegues de su
camisa en torno a la cintura mientras él, agachado, se ataba la bota; a pesar de
todo eso, nunca había estado tan cerca de la muerte como en el momento anterior
a que ella reclamara su pulsera. En todos los demás casos, su vida sí desfiló ante
sus ojos y sí pensó en sus seres queridos y en aquellos que no le inspiraban
simpatía.