Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 17 de 38

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Esquirlas

Fragmentos del diario de Ismet Prcić de octubre de 1999

Fragmentos del diario de Ismet Prcić

de octubre de 1999

 

De vuelta en Estados Unidos, mati. Sale Ismet, entra Izzy. No tienes ni idea de lo bien que sienta ser otro.

… tomándose un descanso de unas memorias falsas.

(… la chica que escupía abejas…)

 

A pesar de la vergüenza y el bochorno del tropiezo de la abeja, dijo que sí.

Mustafá dijo que sí porque ella era mona y menuda y coqueta. Porque llevaba

unas Doc Martins y vaqueros rajados y él estaba medio enamorado de ella.

Porque creía que podían llegar a estar juntos mucho tiempo.

Y una mierda. Dijo que sí porque a esa edad nunca jamás dices que no a una

persona con quien algún día, potencialmente, podrías perder la virginidad.

Cuando ella le guiñó el ojo y dijo: «Vamos», él dijo que sí. Ella dijo: «Sí,

¿qué?», y él dijo: «Sí, vamos». Se besaron en la hierba húmeda por el rocío

delante del edificio de ella hasta diez minutos antes del toque de queda, y

entonces ella tuvo que apartarlo físicamente de un empujón. Le dio una pulsera

hecha a mano que siempre llevaba puesta y le preguntó: «¿Sabes qué es esto?». Él

en realidad no lo sabía, pero dijo que sí, y ella lo desarmó con un beso. Luego él

se fue a casa a todo correr.

La noche del día siguiente Mustafá cometió un error casi fatídico: se burló de

ella y la llamó «niña pequeña». Por entonces ella tenía quince años. Estaban

delante del Teatro Nacional Bosnio, el nuevo lugar de moda en su ciudad

asediada y plagada de diversiones. Ella le dio una bofetada y se marchó hecha una

furia, para volver al cabo de un minuto y lanzarle un tampón ensangrentado a la

cabeza, allí delante de todo el mundo. Él se quedó más confuso que una gota de

esperma humano en la tercera cámara del corazón de una rana.

Esa misma noche, cuando él volvía a casa solo, ella salió súbitamente de entre

los arbustos, junto al dique del río, y le asestó una patada en la entrepierna. La

pistola parecía enorme en sus manos pequeñas. Se puso en cuclillas sobre el

cuerpo convulso de él y le apuntó al ojo derecho. Escupía una y otra vez a la

hierba por encima de su cabeza. Permaneció allí en cuclillas mucho rato,

escupiendo, mirando.

Para él, no cabía duda de que el cerebro detrás de aquellos ojos feroces

transmitiría un estímulo motor a los músculos de su pequeña mano, apretaría el

gatillo y lo mandaría para siempre a la tierra de los postes de madera y las tazas

de váter. Y no se le ocurría absolutamente nada que decir o hacer. Su vida no

desfiló ante sus ojos. No pensó en sus seres queridos. Tampoco pensó en los

odiados. Simplemente se rodeó los huevos con las manos: un gesto risible cuando

uno se enfrenta al cañón de una zastava de 9 mm.

Después pensaría que ella vio algo en su mirada que la disuadió de matarlo.

Tal vez fuera la ausencia total de él dentro de sí mismo. Comoquiera que fuese, (… mustafá nalić se va a la guerra…)

ella le quitó la pulsera de la muñeca tranquilamente, se alejó y nunca más volvió a

mirarlo.

Después de este incidente las cosas cambiaron a fondo para él. Dejó de salir y

se pasó la mayor parte del tiempo con los ocupantes del sótano, que era como

llamaban a aquellas personas que nunca habían aceptado la guerra como

normalidad y vivían atemorizadas bajo tierra.

Al cabo de un año alguien encontró, en medio del parque Banja, el cadáver de

un tal Goran, quien, según había oído Mustafá, era el segundo novio de ella.

Había recibido un balazo y numerosas puñaladas. Según se contaba, él la presionó

para mantener relaciones sexuales y luego, durante una pelea, amenazó con

contárselo al padre de ella, un musulmán devoto. Por lo visto, ella convenció a su

hermano menor para que la ayudara a resolver el asunto y lo mataron juntos.

Como su madre era juez, acabó en el Hospital Psiquiátrico de Kreka.

Y a pesar de que Mustafá fue llamado a filas y obligado a combatir, y había

visto a personas volar en pedazos, cadáveres descomponiéndose en las trincheras,

cabezas de niños clavadas en estacas de madera, cruces grabadas en abdómenes y

frentes; y a pesar de que había estado a punto de no contarlo varias veces, como

aquella ocasión en que la metralla atravesó la camioneta y los pliegues de su

camisa en torno a la cintura mientras él, agachado, se ataba la bota; a pesar de

todo eso, nunca había estado tan cerca de la muerte como en el momento anterior

a que ella reclamara su pulsera. En todos los demás casos, su vida sí desfiló ante

sus ojos y sí pensó en sus seres queridos y en aquellos que no le inspiraban

simpatía.