Esquirlas
Fragmentos del diario de Ismet Prcić de enero de 1999
Fragmentos del diario de Ismet Prcić
de enero de 1999
Más cosas que no puedo contarte, mati:
Le pedí a Melissa que se casara conmigo. No ahora, obviamente. En algún momento del futuro. Sus amigas me odian por eso. Creen que es demasiado joven, que está en la edad de las locuras y el descontrol de hartarse de cerveza, de experimentar. Que soy demasiado mayor y serio, que bebo demasiado, que como demasiada mayonesa. Si supieran…
Me estoy volviendo americano, mati. Ya no me hago llamar Ismet. Eric me puso un nombre nuevo, un nombre del rock and roll. Izzy. Me ha estado aleccionando sobre las pautas de la cultura estadounidense, ayudándome a asimilarla. Es una enciclopedia viviente, y sabe qué libros necesito leer; qué programas de televisión tengo que ver; qué álbumes necesito aprenderme de memoria. La noche que cumplí veintiún años, a las doce, saltamos la tapia del bloque de apartamentos y nos abrimos paso por solares abandonados hasta llegar a un 7-Eleven en Thousand Oaks Boulevard. Puse un pack de seis cervezas Beck en el mostrador y el dependiente ni se dio cuenta de que era mi cumpleaños, no dijo nada. Simplemente pasó mi carnet de conducir por una máquina y me indicó el precio total. Eric y yo volvimos a casa, encendimos unas velas gruesas y me puso Tom Waits, me hizo leer las letras en la funda interior del disco al son de las canciones. Fue entonces, mati, cuando nació el amor de Izzy por Estados Unidos, por su tristeza y su locura, por su ingenuidad y su sabiduría, por su inmensidad, por el sinfín de huecos donde puede desaparecer una persona.
Miro a Eric. Quiere a su novia, su colección de discos, nuestro sofá gigantesco. Detesta su trabajo —llevar en coche a un veterinario por el Valley para que vea radiografías—, pero lo soporta, lo sobrelleva. Mientras espera a su jefe en aparcamientos de clínicas, escucha rock o escribe o lee, fuma como un carretero (alternando entre tabaco normal y mentolado), y se calienta el bocadillo del almuerzo en el capó de la camioneta. Le encantan sus proyectos, preparar mixes en cedés, juntar a artistas aparentemente discordantes en un todo único y unificado. Está obsesionado con Faulkner, y ha creado un mapa del condado imaginario de Faulkner y árboles genealógicos de algunos de sus personajes, en un intento de contemplar toda esa ficción y volver a hacerla lo más real posible. Le encanta su televisor y lo graba casi todo en cintas de vídeo, que tiene amontonadas en el trastero, un altillo encima de nuestra plaza de aparcamiento. Quiere a su familia y hablan por teléfono a diario; se deja caer por su casa a cualquier hora. Por las noches nos quedamos viendo tetas en la televisión por cable, y cada vez que él sale al balcón para fumar o se va al cuarto de baño para echar una meada, grito: «¡BREVE DESNUDO!», y él vuelve a toda prisa a la sala de estar para verlo.
Esta es la clase de vida que llevo, esta cotidianidad, pero tú me obsesionas, mati. Tengo una doble mentalidad para todo: la cara A(mericana) y la cara B(osnia). Ojalá encontrara la manera de salirme de la faz del planeta y dejar atrás mi doble mentalidad, conseguir una nueva. Sueño con desaparecer, cortar todos los lazos, convertirme en un marginado, libre para delirar. Estaría más tranquilo, más contento, más a gusto. O mejor aún, sueño con volver a Bosnia sin decírselo a nadie, ni siquiera a ti; con vivir allí en la misma ciudad sin más, dejarme barba y verte ir al mercado desde un café en la acera de enfrente a través de unas gafas de sol, sin que te enteres de quién soy.