Esquirlas

Ismet Prcić · Capítulo 11 de 38

Páginas del PDF

Esquirlas

(… conforme al código…)

 

El abuelo de Mustafá nació en un cobertizo. El cobertizo estaba justo al lado de

una casucha en ruinas, donde permanecía el resto de la familia en triste silencio.

Esperaban con pavor esta nueva incorporación a la ya hacinada familia Nalić. En

la habitación se respiraba el olor acre del humo procedente de una chimenea en

mal estado, y a todos les hacían ruido las tripas a causa de la necesidad. La

primera leche del pecho de su madre fue exigua. Cuando lo llevó a la casa, la

familia lo miró y no vio a un hijo o un hermano sino a un enemigo.

Una de las dos habitaciones era más amplia que la otra; se usaba como cocina,

sala de estar y comedor, cuarto de los niños y, por la noche, dormitorio. Sus

padres dormían en la otra habitación a no ser que tuvieran invitados, en cuyo caso

renunciaban a su intimidad y se apiñaban con los niños. Había un único excusado

exterior en el jardín trasero, a poca distancia del cobertizo. Otros dos hermanos

acampaban en el cobertizo a no ser que fuera invierno, en cuyo caso también ellos

se apiñaban con los niños. Uno de los hermanos mayores se había casado

recientemente y había encontrado su propia casita en ruinas.

Su padre era un albañil devoto, y horticultor en su tiempo libre, que exigía

silencio en todo momento. Dirigía a su familia con arreglo al código tácito de la

jerarquía de la edad en la que se había criado, el código que prohibía hablar a

menos que te dirigiesen la palabra, de la buena educación hasta el punto de

arrastrarse sumisamente, de decir siempre la verdad aunque te costara la vida, de

no sonreír nunca porque otros podían estar sufriendo, de no llorar nunca porque

otros podían estar alegres, de salvaguardar tu honor en la comunidad por todos los

medios, de reservar los mejores alimentos para los invitados aun cuando tuvieras

que poner un trozo de cristal sobre un puñado de queso rallado para que tus hijos

más pequeños pensaran que se lo comían cuando tocaban el cristal con un trozo

de pan seco. Las más insignificantes transgresiones eran atajadas con una paliza.

Su madre apenas hablaba. Caminaba a diez pasos por detrás de su marido y

volvía la cabeza para llorar a pesar del velo.

El abuelo de Mustafá, a diferencia de sus hermanos, era un buen estudiante.

Pero su padre, que no soportaba que nadie se abstrajera en otro mundo mientras él

sufría en la realidad brutal, había destrozado los lomos de incontables libros

contra las paredes de la habitación. Con frecuencia arrancaba los manuscritos

amarillentos de las manos de su hijo y los arrojaba a la boca de la estufa.

Así fueron las cosas hasta que el imán de la mezquita del pueblo, el anciano

más respetado que tenían, le dio la enhorabuena por tener un hijo tan listo y le

dijo que sería una lástima que el niño no siguiera con sus estudios. «La tinta de un

estudioso es más valiosa que la sangre de un mártir», declaró a los fieles. Esto no

habría alterado la voluntad del bisabuelo de Mustafá, resuelto a hacer de su hijo

un albañil como él, a no ser porque esas palabras se pronunciaron en presencia de

influyentes vecinos del pueblo después de las oraciones del viernes. Siendo así, se

convirtió en una obligación social. Por consiguiente, con gran reticencia y una

asignación mínima, el abuelo de Mustafá, a los dieciocho años, fue enviado a la

madraza de Tuzla para que algún día llegara a ser imán.

 

Comenzó otra guerra mundial, y unos hombres barbudos de la fe cristiana

ortodoxa, aprovechándose de la anarquía de la época, tendieron una emboscada a

los musulmanes de Medas un día al amanecer. Violaron y asesinaron a los lentos

y dispersaron a los rápidos. Las casas fueron saqueadas. El hermano casado del

abuelo de Mustafá, viendo a diez hombres con altos gorros de lana negros y

cartucheras en bandolera ascender por el monte, le partió la cabeza a su mujer con

un hacha. No podía arriesgarse a que la violaran. Cuando aquellos hombres

echaron la puerta abajo, él asestó otro golpe de hacha, con lo que le rebanó la

oreja izquierda al primer saqueador, le quebró la clavícula como si fuera un lápiz

y siguió hacia abajo a través de la agitada caja torácica. Los otros le dispararon a

las piernas y, sin ninguna prisa, le grabaron cruces en la carne. Lo destriparon y

luego lo quemaron vivo junto a una antigua otomana de madera, el único mueble

que tenía.

Sus padres y hermanos se contaban entre los rápidos. Regresaron a su

propiedad dos días más tarde y la encontraron todavía humeante bajo la lluvia

matutina, con algunos cuervos brincando de lado entre las cenizas húmedas.

Sin un techo bajo el que vivir, el abuelo de Mustafá se unió por vía

matrimonial a una familia de agricultores de Gornja Tuzla y dejó atrás su pueblo.

Como se demostraría, fue una decisión muy afortunada. En 1945, justo cuando

estaba a punto de titularse, los mismos hombres barbudos de cuatro años antes

comprendieron que los comunistas ganarían la guerra. Se afeitaron las barbas,

sustituyeron sus emblemas nacionalistas por estrellas rojas y se aliaron a los

partisanos de Tito para después saquear Medas una vez más, ahora en nombre de

otros pero en esencia por las mismas razones. En esta ocasión los Nalić no fueron

tan rápidos.

 

Después de la guerra nació un nuevo país, ensangrentado por todas partes y

envuelto en una nueva placenta ideológica. Su pueblo, antes dividido por la fe, se

vio ahora obligado a unirse en la irreligión. Mediante palizas, amenazas,

chantajes, engaños y señuelos, el nuevo régimen despojó a la población famélica

de su Dios. No podía haber peor momento para ser imán.

Las instituciones religiosas fueron clausuradas o sometidas a estrecha

vigilancia, y el abuelo de Mustafá se quedó sin trabajo. Vivía con su esposa y tres

hijos muy despiertos en una casa que parecía una caja de cartón húmeda.

Sobrevivían gracias a los esporádicos donativos de vecinos del pueblo

secretamente devotos y al asombroso ingenio de su mujer. En cierto momento le

ofrecieron el puesto de secretario en una escuela primaria, y aceptó de buen

grado. Pero cuando un colega lo invitó a compartir un poco de slivovitz a modo de

celebración, él lo rehusó, aduciendo que su religión no se lo permitía. Lo

despidieron en el acto acusándolo de ser enemigo del partido. A partir de

entonces, cada tanto, en plena noche, unos hombres robustos se presentaban ante

su puerta, lo llevaban en pijama a una oscura celda de hormigón, donde vertían

agua gota a gota sobre su cabeza durante horas, y a la mañana siguiente lo

soltaban sin más explicaciones.

Pero a todo el mundo le llega un respiro en un momento u otro. En 1951 el

abuelo de Mustafá fue contratado como guardia de seguridad en una nueva

fábrica de detergentes de Tuzla por uno de sus vecinos, que trabajaba allí como

supervisor. Este no mencionó a sus jefes y camaradas que el hombre flaco y

espectral que haría de vigilante no era un orgulloso miembro del proletariado

yugoslavo, ni que era un hombre temeroso de Dios. Fue un acto de valor que

arrancó lágrimas al abuelo de Mustafá. El vecino se llamaba Salko, y a partir de

entonces ese nombre siempre se pronunció con la máxima veneración en la casa

de los Nalić. Alcanzó el rango de salvador de la familia.

El empleo consistía en sentarse en una garita frente al edificio y anotar en un

cuaderno el nombre y el número del carnet de identidad de todos aquellos que

entraban y salían de la fábrica y la hora a la que pasaban ante él. Eso, en el turno

de día. De noche, cada media hora, hacía la ronda por el recinto, armado de una

pistola, para asegurarse de que nadie robaba el detergente. Se tomaba el trabajo en

serio y cumplía sus obligaciones con dedicación metódica pese a lo tediosas que

eran.

Y llegaron tiempos mejores. La fábrica prosperó y en poco tiempo creció

hasta convertirse en un complejo industrial químico sin parangón en toda

Yugoslavia. A medida que el aire de la región se contaminaba, subían los salarios

de los obreros. En diez años el índice de cáncer en el condado alcanzó nuevas

cotas, y el abuelo de Mustafá amasó dinero suficiente para construir una casa que

a su padre le habría cortado la respiración. La llenó de libros y de niños. Cuando

nacía uno, se juraba a sí mismo que él no sería como su padre, que modernizaría

sus opiniones y mejoraría las cosas por el bien de sus hijos, pero tenía demasiado

arraigada en sus fibras la vieja tradición, el código, para erradicarla por medio de

un simple esfuerzo consciente. Era como intentar repeler la oscuridad tapiando las

ventanas con tablones.

Su progenie salió inteligente, honrada y bien educada, pero también sumisa y

sin voz ni voto, obsecuente en presencia de cualquier persona mayor incluso si

esta no tenía dos dedos de frente. Todos, sin excepción, sentían el burbujeo de la

rabia en el estómago, mantenían los labios inflexiblemente apretados y tenían los

ojos llorosos por la quemazón.

Su mujer, harta de esperar a que él hiciera llegar la electricidad al cobertizo,

que ella empleaba como cocina en verano, la instaló ella misma sin más

formación en ese terreno que recordar el trabajo de los electricistas en la casa. Y

cuando su primer hijo se marchó a cumplir el año de servicio militar obligatorio,

ella aprendió a leer y escribir por su cuenta para poder mandarle cartas. Las cartas

tenían las líneas torcidas y una gramática para morirse de risa.

 

En 1983 empezaron a desaparecer del almacén de la fábrica cajas de diversos

productos de limpieza. Eso se prolongó durante unas semanas, hasta que el abuelo

de Mustafá cayó en la cuenta de que con toda seguridad el culpable era uno de sus

compañeros de trabajo, alguien que sabía que él se atenía religiosamente a sus

rondas cada media hora. Muy decepcionado ante semejante vileza, se obligó a

alterar el orden en que inspeccionaba los edificios y una noche descubrió a un

trabajador llamado Sead cargando en una destartalada camioneta blanca una

fortuna en líquido abrillantador para muebles. Cuando intentó detenerlo, el joven

lo derribó de un golpe, lo llamó viejo carcamal y, mofándose, subió al vehículo y

arrancó el motor. El abuelo de Mustafá, al ver que la camioneta se ponía en

marcha, desenfundó su pistola por primera vez en la vida. Corriendo junto al

vehículo, apuntó de cerca, muy concentrado, disparó una sola vez a través de la

ventanilla e hirió a Sead en el cuello. La muerte fue casi instantánea.

Se celebró un juicio. Inocente.

Cuando volvió al trabajo, sus compañeros lo trataron con una mezcla de

respeto y miedo. Incluso los mandamases, que apenas lo miraban cuando él

anotaba sus nombres por la mañana, ahora le sonreían y saludaban. Preocupados,

se enjugaban la frente con un pañuelo. Lo felicitaron por su diligencia y le

concedieron una pequeña placa por proteger la Propiedad de los Trabajadores y

contribuir a la Confraternidad y Unidad de las naciones de la República Federal

Socialista de Yugoslavia. A sus espaldas la gente se reía de su rigidez. Solo a sus

espaldas.

En su vida privada, dejó de usar utensilios y se obsesionó con la muerte. Se

instaló en el desván y empezó a pasar noches enteras practicando la caligrafía

religiosa en árabe bajo una única bombilla desnuda. Conciliar el sueño y no

despertar gritando era un logro; con el paso del tiempo sus ojos se hundieron en

los cráteres sombríos de su cráneo, donde resplandecían con intensidad roja y

magmática. Sus venas parecían discurrir no bajo su piel, sino por encima. Los

dientes se le aflojaron y se le ladearon a la derecha. El cabello le raleó. Empezó a

dirigirse a personas que no estaban presentes, y a menudo era incapaz de

contestar a preguntas sencillas sin explayarse sobre el destino del género humano

y sobre cuántas veces al día debía recordar uno la muerte para ganarse el cielo.

 

Otra guerra en 1992. Antiguos resabios, latentes durante un tiempo, despertaron

plenamente desarrollados y bien descansados, y nuevos saqueadores, a la vez que

se dejaban crecer la barba, desecharon sus estrellas rojas, se prendieron otra vez

en los abrigos los odiosos emblemas de sus padres y volvieron a la carga, con sus

juramentos y el crujido de sus botas.

Cerraron la fábrica y mandaron a los obreros al frente. A algunos, ya

demasiado viejos, se les permitió continuar cumpliendo con sus obligaciones

habituales casi sin compensación, solo para preservar la sensación de que la vida

cotidiana seguía adelante sin interrumpirse. Así, el abuelo de Mustafá hacía su

ronda por las instalaciones vacías, inspeccionaba un edificio tras otro en busca de

malhechores inexistentes, y abría y cerraba con llave las verjas oxidadas como si

fuera 1989.

 

En el invierno de 1994, el año de la mayor escasez, el abuelo de Mustafá advirtió,

una noche a las tres de la madrugada, la presencia de alguien en el departamento

de envasado, una figura que desmantelaba una de las cintas transportadoras para

extraer las piezas vendibles. Se aproximó sigilosamente a aquella figura desde

atrás, sacó la pistola y, alzando la voz, le ordenó que se detuviera y se diera media

vuelta.

Era Salko.

El abuelo de Mustafá palideció. Salió del edificio en silencio. Fue a su garita

y se quedó allí sentado, inmóvil, hasta que el salvador de su familia pasó por

delante con una carretilla llena de piezas. Observó su silueta mientras se alejaba,

oscura en contraste con la nieve, cada vez más y más pequeña.

Permaneció allí sentado durante un rato, con la mirada fija primero en los

fragmentos de pintura descascarillada que se desprendían como caspa del

radiador, luego en una telaraña polvorienta abandonada entre el escritorio y la

pared, y por último en su pie izquierdo, en una costura de la destrozada bota de

excursionismo que antes había sido de su hijo, todavía un poco húmeda por la

nieve. Buscaba cuál era el proceder correcto.

Cuando lo encontró, lo anotó bajo el título salida en su cuaderno, se quitó la

gruesa chaqueta, hizo un rebujo con ella y se pegó un tiro a través de la tela.

Como lo que escribió no tenía sentido para nadie (no era una nota de suicidio al

uso), la policía consideró que su muerte fue un asesinato. Su razonamiento se

basaba en que los suicidas no se disparan en el abdomen para morir tras una

prolongada agonía.

«Conforme al código», rezaba la nota.

 

Cuando iba a la escuela primaria, Mustafá llegó a conocer muy bien el código.

Por lo regular, su madre se lo inculcaba a machamartillo para ilustrar lo

afortunado que era.

Una vez él mintió sobre sus notas; cuando ella descubrió la verdad en una

reunión de padres y profesores, lo obligó a sentarse en la cocina y le habló de un

antepasado suyo que casualmente estaba en un mercado donde otro agricultor

tenía expuesta una calabaza gigantesca. Dicho agricultor afirmó que la suya era la

calabaza más grande de ese año, y cuando el antepasado de Mustafá afirmó que él

tenía una mayor en su cobertizo, el agricultor lo acusó de embustero. Así que él se

fue a casa, cargó su calabaza en una carreta y la llevó al mercado, donde exigió

que se midiera en presencia de testigos. Cuando se comprobó que su calabaza era

en efecto mayor que la del agricultor, mató al hombre a puñaladas por haberlo

llamado embustero.

La moraleja de la historia rebotó contra el mal humor de Mustafá, quien, no

obstante, se disculpó y dijo que no volvería a ocurrir. Su madre lo mandó a

estudiar a su habitación, y él escondió una de sus novelas de ninjas dentro del

libro de historia. Él prefería a los ninjas porque eran asesinos bien adiestrados

capaces de emplear cualquier medio para eliminar a sus enemigos y carecían de

código. A diferencia de los samuráis, no se sometían al bushido. No tenían que

luchar limpiamente.