Esquirlas
(… conforme al código…)
El abuelo de Mustafá nació en un cobertizo. El cobertizo estaba justo al lado de
una casucha en ruinas, donde permanecía el resto de la familia en triste silencio.
Esperaban con pavor esta nueva incorporación a la ya hacinada familia Nalić. En
la habitación se respiraba el olor acre del humo procedente de una chimenea en
mal estado, y a todos les hacían ruido las tripas a causa de la necesidad. La
primera leche del pecho de su madre fue exigua. Cuando lo llevó a la casa, la
familia lo miró y no vio a un hijo o un hermano sino a un enemigo.
Una de las dos habitaciones era más amplia que la otra; se usaba como cocina,
sala de estar y comedor, cuarto de los niños y, por la noche, dormitorio. Sus
padres dormían en la otra habitación a no ser que tuvieran invitados, en cuyo caso
renunciaban a su intimidad y se apiñaban con los niños. Había un único excusado
exterior en el jardín trasero, a poca distancia del cobertizo. Otros dos hermanos
acampaban en el cobertizo a no ser que fuera invierno, en cuyo caso también ellos
se apiñaban con los niños. Uno de los hermanos mayores se había casado
recientemente y había encontrado su propia casita en ruinas.
Su padre era un albañil devoto, y horticultor en su tiempo libre, que exigía
silencio en todo momento. Dirigía a su familia con arreglo al código tácito de la
jerarquía de la edad en la que se había criado, el código que prohibía hablar a
menos que te dirigiesen la palabra, de la buena educación hasta el punto de
arrastrarse sumisamente, de decir siempre la verdad aunque te costara la vida, de
no sonreír nunca porque otros podían estar sufriendo, de no llorar nunca porque
otros podían estar alegres, de salvaguardar tu honor en la comunidad por todos los
medios, de reservar los mejores alimentos para los invitados aun cuando tuvieras
que poner un trozo de cristal sobre un puñado de queso rallado para que tus hijos
más pequeños pensaran que se lo comían cuando tocaban el cristal con un trozo
de pan seco. Las más insignificantes transgresiones eran atajadas con una paliza.
Su madre apenas hablaba. Caminaba a diez pasos por detrás de su marido y
volvía la cabeza para llorar a pesar del velo.
El abuelo de Mustafá, a diferencia de sus hermanos, era un buen estudiante.
Pero su padre, que no soportaba que nadie se abstrajera en otro mundo mientras él
sufría en la realidad brutal, había destrozado los lomos de incontables libros
contra las paredes de la habitación. Con frecuencia arrancaba los manuscritos
amarillentos de las manos de su hijo y los arrojaba a la boca de la estufa.
Así fueron las cosas hasta que el imán de la mezquita del pueblo, el anciano
más respetado que tenían, le dio la enhorabuena por tener un hijo tan listo y le
dijo que sería una lástima que el niño no siguiera con sus estudios. «La tinta de un
estudioso es más valiosa que la sangre de un mártir», declaró a los fieles. Esto no
habría alterado la voluntad del bisabuelo de Mustafá, resuelto a hacer de su hijo
un albañil como él, a no ser porque esas palabras se pronunciaron en presencia de
influyentes vecinos del pueblo después de las oraciones del viernes. Siendo así, se
convirtió en una obligación social. Por consiguiente, con gran reticencia y una
asignación mínima, el abuelo de Mustafá, a los dieciocho años, fue enviado a la
madraza de Tuzla para que algún día llegara a ser imán.
Comenzó otra guerra mundial, y unos hombres barbudos de la fe cristiana
ortodoxa, aprovechándose de la anarquía de la época, tendieron una emboscada a
los musulmanes de Medas un día al amanecer. Violaron y asesinaron a los lentos
y dispersaron a los rápidos. Las casas fueron saqueadas. El hermano casado del
abuelo de Mustafá, viendo a diez hombres con altos gorros de lana negros y
cartucheras en bandolera ascender por el monte, le partió la cabeza a su mujer con
un hacha. No podía arriesgarse a que la violaran. Cuando aquellos hombres
echaron la puerta abajo, él asestó otro golpe de hacha, con lo que le rebanó la
oreja izquierda al primer saqueador, le quebró la clavícula como si fuera un lápiz
y siguió hacia abajo a través de la agitada caja torácica. Los otros le dispararon a
las piernas y, sin ninguna prisa, le grabaron cruces en la carne. Lo destriparon y
luego lo quemaron vivo junto a una antigua otomana de madera, el único mueble
que tenía.
Sus padres y hermanos se contaban entre los rápidos. Regresaron a su
propiedad dos días más tarde y la encontraron todavía humeante bajo la lluvia
matutina, con algunos cuervos brincando de lado entre las cenizas húmedas.
Sin un techo bajo el que vivir, el abuelo de Mustafá se unió por vía
matrimonial a una familia de agricultores de Gornja Tuzla y dejó atrás su pueblo.
Como se demostraría, fue una decisión muy afortunada. En 1945, justo cuando
estaba a punto de titularse, los mismos hombres barbudos de cuatro años antes
comprendieron que los comunistas ganarían la guerra. Se afeitaron las barbas,
sustituyeron sus emblemas nacionalistas por estrellas rojas y se aliaron a los
partisanos de Tito para después saquear Medas una vez más, ahora en nombre de
otros pero en esencia por las mismas razones. En esta ocasión los Nalić no fueron
tan rápidos.
Después de la guerra nació un nuevo país, ensangrentado por todas partes y
envuelto en una nueva placenta ideológica. Su pueblo, antes dividido por la fe, se
vio ahora obligado a unirse en la irreligión. Mediante palizas, amenazas,
chantajes, engaños y señuelos, el nuevo régimen despojó a la población famélica
de su Dios. No podía haber peor momento para ser imán.
Las instituciones religiosas fueron clausuradas o sometidas a estrecha
vigilancia, y el abuelo de Mustafá se quedó sin trabajo. Vivía con su esposa y tres
hijos muy despiertos en una casa que parecía una caja de cartón húmeda.
Sobrevivían gracias a los esporádicos donativos de vecinos del pueblo
secretamente devotos y al asombroso ingenio de su mujer. En cierto momento le
ofrecieron el puesto de secretario en una escuela primaria, y aceptó de buen
grado. Pero cuando un colega lo invitó a compartir un poco de slivovitz a modo de
celebración, él lo rehusó, aduciendo que su religión no se lo permitía. Lo
despidieron en el acto acusándolo de ser enemigo del partido. A partir de
entonces, cada tanto, en plena noche, unos hombres robustos se presentaban ante
su puerta, lo llevaban en pijama a una oscura celda de hormigón, donde vertían
agua gota a gota sobre su cabeza durante horas, y a la mañana siguiente lo
soltaban sin más explicaciones.
Pero a todo el mundo le llega un respiro en un momento u otro. En 1951 el
abuelo de Mustafá fue contratado como guardia de seguridad en una nueva
fábrica de detergentes de Tuzla por uno de sus vecinos, que trabajaba allí como
supervisor. Este no mencionó a sus jefes y camaradas que el hombre flaco y
espectral que haría de vigilante no era un orgulloso miembro del proletariado
yugoslavo, ni que era un hombre temeroso de Dios. Fue un acto de valor que
arrancó lágrimas al abuelo de Mustafá. El vecino se llamaba Salko, y a partir de
entonces ese nombre siempre se pronunció con la máxima veneración en la casa
de los Nalić. Alcanzó el rango de salvador de la familia.
El empleo consistía en sentarse en una garita frente al edificio y anotar en un
cuaderno el nombre y el número del carnet de identidad de todos aquellos que
entraban y salían de la fábrica y la hora a la que pasaban ante él. Eso, en el turno
de día. De noche, cada media hora, hacía la ronda por el recinto, armado de una
pistola, para asegurarse de que nadie robaba el detergente. Se tomaba el trabajo en
serio y cumplía sus obligaciones con dedicación metódica pese a lo tediosas que
eran.
Y llegaron tiempos mejores. La fábrica prosperó y en poco tiempo creció
hasta convertirse en un complejo industrial químico sin parangón en toda
Yugoslavia. A medida que el aire de la región se contaminaba, subían los salarios
de los obreros. En diez años el índice de cáncer en el condado alcanzó nuevas
cotas, y el abuelo de Mustafá amasó dinero suficiente para construir una casa que
a su padre le habría cortado la respiración. La llenó de libros y de niños. Cuando
nacía uno, se juraba a sí mismo que él no sería como su padre, que modernizaría
sus opiniones y mejoraría las cosas por el bien de sus hijos, pero tenía demasiado
arraigada en sus fibras la vieja tradición, el código, para erradicarla por medio de
un simple esfuerzo consciente. Era como intentar repeler la oscuridad tapiando las
ventanas con tablones.
Su progenie salió inteligente, honrada y bien educada, pero también sumisa y
sin voz ni voto, obsecuente en presencia de cualquier persona mayor incluso si
esta no tenía dos dedos de frente. Todos, sin excepción, sentían el burbujeo de la
rabia en el estómago, mantenían los labios inflexiblemente apretados y tenían los
ojos llorosos por la quemazón.
Su mujer, harta de esperar a que él hiciera llegar la electricidad al cobertizo,
que ella empleaba como cocina en verano, la instaló ella misma sin más
formación en ese terreno que recordar el trabajo de los electricistas en la casa. Y
cuando su primer hijo se marchó a cumplir el año de servicio militar obligatorio,
ella aprendió a leer y escribir por su cuenta para poder mandarle cartas. Las cartas
tenían las líneas torcidas y una gramática para morirse de risa.
En 1983 empezaron a desaparecer del almacén de la fábrica cajas de diversos
productos de limpieza. Eso se prolongó durante unas semanas, hasta que el abuelo
de Mustafá cayó en la cuenta de que con toda seguridad el culpable era uno de sus
compañeros de trabajo, alguien que sabía que él se atenía religiosamente a sus
rondas cada media hora. Muy decepcionado ante semejante vileza, se obligó a
alterar el orden en que inspeccionaba los edificios y una noche descubrió a un
trabajador llamado Sead cargando en una destartalada camioneta blanca una
fortuna en líquido abrillantador para muebles. Cuando intentó detenerlo, el joven
lo derribó de un golpe, lo llamó viejo carcamal y, mofándose, subió al vehículo y
arrancó el motor. El abuelo de Mustafá, al ver que la camioneta se ponía en
marcha, desenfundó su pistola por primera vez en la vida. Corriendo junto al
vehículo, apuntó de cerca, muy concentrado, disparó una sola vez a través de la
ventanilla e hirió a Sead en el cuello. La muerte fue casi instantánea.
Se celebró un juicio. Inocente.
Cuando volvió al trabajo, sus compañeros lo trataron con una mezcla de
respeto y miedo. Incluso los mandamases, que apenas lo miraban cuando él
anotaba sus nombres por la mañana, ahora le sonreían y saludaban. Preocupados,
se enjugaban la frente con un pañuelo. Lo felicitaron por su diligencia y le
concedieron una pequeña placa por proteger la Propiedad de los Trabajadores y
contribuir a la Confraternidad y Unidad de las naciones de la República Federal
Socialista de Yugoslavia. A sus espaldas la gente se reía de su rigidez. Solo a sus
espaldas.
En su vida privada, dejó de usar utensilios y se obsesionó con la muerte. Se
instaló en el desván y empezó a pasar noches enteras practicando la caligrafía
religiosa en árabe bajo una única bombilla desnuda. Conciliar el sueño y no
despertar gritando era un logro; con el paso del tiempo sus ojos se hundieron en
los cráteres sombríos de su cráneo, donde resplandecían con intensidad roja y
magmática. Sus venas parecían discurrir no bajo su piel, sino por encima. Los
dientes se le aflojaron y se le ladearon a la derecha. El cabello le raleó. Empezó a
dirigirse a personas que no estaban presentes, y a menudo era incapaz de
contestar a preguntas sencillas sin explayarse sobre el destino del género humano
y sobre cuántas veces al día debía recordar uno la muerte para ganarse el cielo.
Otra guerra en 1992. Antiguos resabios, latentes durante un tiempo, despertaron
plenamente desarrollados y bien descansados, y nuevos saqueadores, a la vez que
se dejaban crecer la barba, desecharon sus estrellas rojas, se prendieron otra vez
en los abrigos los odiosos emblemas de sus padres y volvieron a la carga, con sus
juramentos y el crujido de sus botas.
Cerraron la fábrica y mandaron a los obreros al frente. A algunos, ya
demasiado viejos, se les permitió continuar cumpliendo con sus obligaciones
habituales casi sin compensación, solo para preservar la sensación de que la vida
cotidiana seguía adelante sin interrumpirse. Así, el abuelo de Mustafá hacía su
ronda por las instalaciones vacías, inspeccionaba un edificio tras otro en busca de
malhechores inexistentes, y abría y cerraba con llave las verjas oxidadas como si
fuera 1989.
En el invierno de 1994, el año de la mayor escasez, el abuelo de Mustafá advirtió,
una noche a las tres de la madrugada, la presencia de alguien en el departamento
de envasado, una figura que desmantelaba una de las cintas transportadoras para
extraer las piezas vendibles. Se aproximó sigilosamente a aquella figura desde
atrás, sacó la pistola y, alzando la voz, le ordenó que se detuviera y se diera media
vuelta.
Era Salko.
El abuelo de Mustafá palideció. Salió del edificio en silencio. Fue a su garita
y se quedó allí sentado, inmóvil, hasta que el salvador de su familia pasó por
delante con una carretilla llena de piezas. Observó su silueta mientras se alejaba,
oscura en contraste con la nieve, cada vez más y más pequeña.
Permaneció allí sentado durante un rato, con la mirada fija primero en los
fragmentos de pintura descascarillada que se desprendían como caspa del
radiador, luego en una telaraña polvorienta abandonada entre el escritorio y la
pared, y por último en su pie izquierdo, en una costura de la destrozada bota de
excursionismo que antes había sido de su hijo, todavía un poco húmeda por la
nieve. Buscaba cuál era el proceder correcto.
Cuando lo encontró, lo anotó bajo el título salida en su cuaderno, se quitó la
gruesa chaqueta, hizo un rebujo con ella y se pegó un tiro a través de la tela.
Como lo que escribió no tenía sentido para nadie (no era una nota de suicidio al
uso), la policía consideró que su muerte fue un asesinato. Su razonamiento se
basaba en que los suicidas no se disparan en el abdomen para morir tras una
prolongada agonía.
«Conforme al código», rezaba la nota.
Cuando iba a la escuela primaria, Mustafá llegó a conocer muy bien el código.
Por lo regular, su madre se lo inculcaba a machamartillo para ilustrar lo
afortunado que era.
Una vez él mintió sobre sus notas; cuando ella descubrió la verdad en una
reunión de padres y profesores, lo obligó a sentarse en la cocina y le habló de un
antepasado suyo que casualmente estaba en un mercado donde otro agricultor
tenía expuesta una calabaza gigantesca. Dicho agricultor afirmó que la suya era la
calabaza más grande de ese año, y cuando el antepasado de Mustafá afirmó que él
tenía una mayor en su cobertizo, el agricultor lo acusó de embustero. Así que él se
fue a casa, cargó su calabaza en una carreta y la llevó al mercado, donde exigió
que se midiera en presencia de testigos. Cuando se comprobó que su calabaza era
en efecto mayor que la del agricultor, mató al hombre a puñaladas por haberlo
llamado embustero.
La moraleja de la historia rebotó contra el mal humor de Mustafá, quien, no
obstante, se disculpó y dijo que no volvería a ocurrir. Su madre lo mandó a
estudiar a su habitación, y él escondió una de sus novelas de ninjas dentro del
libro de historia. Él prefería a los ninjas porque eran asesinos bien adiestrados
capaces de emplear cualquier medio para eliminar a sus enemigos y carecían de
código. A diferencia de los samuráis, no se sometían al bushido. No tenían que
luchar limpiamente.