Esquirlas
Segundo cuaderno. Fragmentos
Segundo cuaderno
Fragmentos[5]
(… porcus omnivorus…)
Sabes que estás soñando, porque ya has visto antes esa zapatilla moverse así. El
movimiento que ves no es voluntario. Hay una fuerza exterior. Algo más mueve
el pie y con él la zapatilla. Un cerdo.
La zapatilla es una Reebok, blanca y celeste, razonablemente limpia, los
cordones bien atados. Después de varias sacudidas arriba y abajo, se detiene con
un rebote gradual y por unos momentos queda en un estado de tensa inmovilidad;
luego inicia unos cuantos balanceos laterales y una de las lazadas del cordón
oscila como una soga, tras lo cual se produce otro periodo siniestro en el que la
zapatilla no se mueve porque el cerdo está masticando. No ves al cerdo pero sabes
que está masticando, porque ya has visto antes la zapatilla moverse y después no
moverse así. Lo has visto tantas veces que es aburrido, como el dorso de tu propia
mano, como tu propia polla. Los musulmanes bosnios no comen cerdo pero los
cerdos no tienen inconveniente en comer musulmanes bosnios. Ni a nadie. No
tienen ningún inconveniente en comer carne muerta. Es todo muy aburrido. Y
antes de ampliarse el primer plano de la zapatilla en movimiento lo suficiente
para mostrar una pierna humana entera y al cerdo hincar los dientes en el muslo,
detenerse para masticar y luego dar otra dentellada, causando una nueva
oscilación en la lazada, despiertas en un sofá en casa de alguien en el Valley.
Ayer, después del trabajo, tus compañeros dijeron que había una fiesta, que
debías ir. Te llevaron en coche porque no querías conducir, porque Jason te dio
anfetas y hierba y te sentías sobreexcitado y grogui al mismo tiempo. Te
prometieron que te llevarían de vuelta a donde tenías el coche pero aquí sigues, en
el Valley, un sábado, sudando a mares en el sofá de alguien.
El sofá se hunde como unas tetas viejas y pegajosas. El techo tiene un
problema de celulitis y desde un póster en la pared un hombre blanco y un
hombre negro te apuntan con sus pistolas, dispuestos a liquidarte. En la mesita de
centro hay todo un despliegue de mandos a distancia, revistas guarras, montículos
de cáscaras de pistacho y un casco de soldado medio lleno de M&M’s. Bajas los
pies a la alfombra y te incorporas. El aire que te rodea huele a levadura por las
cervezas abandonadas, a medio beber. Intentas recordar de quién es la casa pero
no visualizas ninguna cara. Te asusta, esa incapacidad. ¿Y si tampoco ellos se
acuerdan de ti? ¿Y si al encontrarte tumbado en su sofá, así de reluciente, deciden
llamar a la policía y denunciarte? Te pones en pie, procurando no hacer ruido.
Además de toda esta paranoia, te sientes de puta pena. Te sientes como si
alguien te traspasara el conducto intestinal con un soldador. Zumbas por ese dolor
inasequible, intratable. Vibras por él. Coges de debajo de la mesita una cerveza
muerta hace tiempo y la apuras de un trago.
Se produce un sonido breve, oclusivo, una puerta que se cierra o una colisión
entre dos cosas, luego un chirrido de metal contra metal al abrirse una cortina de
ducha, y un chorro de agua contra el esmalte de una bañera. En silencio dejas la
botella en la mesa y localizas la puerta de la calle. Al cabo de un momento estás
fuera, corres por la hierba dejando atrás todoterrenos aparcados y buzones y
caminos de acceso circulares, todo bajo el abrasador sol californiano que se
encuentra justo en medio del implacable vacío azul.
El Valley es un infierno con palmeras, una zona semirresidencial perpetua.
Caminas con paso enérgico durante unos quince minutos, y ya no eres capaz de
encontrar el camino de regreso aunque quieras. Los avisos de vigilancia en el
barrio te inquietan. Te parece ver cortinas moverse en las ventanas. Un hombre
calvo y fornido trajina en el interior de la boca de cocodrilo abierta de un
Chevrolet El Camino ante una casa, y cruzas la calle a toda prisa para eludirlo.
Necesitas que alguien te lleve en coche. Necesitas que alguien te lleve o un
medio para llamar y pedir que alguien te lleve, probablemente un teléfono. De allí
a Thousand Oaks hay un largo trecho.
Te palpas los bolsillos y encuentras una púa de guitarra, unas uñas mordidas,
un comprobante de una farmacia enrollado y ninguna moneda. En la cartera llevas
el carnet de conducir, una tarjeta de débito para el cajero automático, el carnet de
identidad bosnio, unas cuantas tarjetas de visita con garabatos al dorso, nombres y
números, ideas idiotas, mapas improvisados, títulos de libros, nombres de grupos
musicales, tonterías. No hay dinero, lo que significa que tendrás que encontrar un
cajero automático, sacar un billete de veinte, ir a una tienda a cambiarlo y luego
buscar un teléfono público. Piensas que, si sigues por una calle importante, al
final darás con un pequeño centro comercial.
En general no hay aceras. En el Valley no se fomenta el paseo a pie. En los
semáforos en rojo los conductores te observan con cara de tontos o te evitan la
mirada y echan el seguro a las puertas.
Has visto cerdos comerse a aldeanos muertos: puercos grandes, rosados y
carnosos cebándose de personas muertas, húmedas, grises. Has visto también
otras cosas: cabezas cortadas junto a postes de portería improvisados, collares de
orejas humanas, cuerpos de hombres y mujeres a quienes conocías sin polla, sin
dientes, sin pechos, sin escroto, sin nariz, sin ojos, sin dedos, sin brazos, sin
cabeza, sin piernas, en quienes se han meado, se han cagado, se han corrido, a
quienes han marcado, apuñalado, quemado, aporreado, follado. Has visto todo eso
y sin embargo las imágenes que vuelven a ti ahora, noche tras noche, siesta tras
siesta, son del noticiario de televisión que viste hacia el principio de la guerra: un
primer plano de una zapatilla que se mueve, luego se detiene, luego se mueve otra
vez, hasta que un lento traveling lateral muestra al cerdo.
La memoria no vale una mierda.
«Basta.»
Te obligas a mirar alrededor. Esquina de tal calle con tal otra. El semáforo
peatonal está en rojo. Los coches pasan zumbando: una mujer asiática vestida de
blanco, una pelirroja fumando un cigarrillo, un hombre de bigote fino, un
estereotipo de hippy en una camioneta Volkswagen pintada de colorines, un coche
patrulla. No soportas quedarte ahí parado.
Una canción suena en tu cabeza, una música de acordeón de tu tierra. Piensas
en disparar balas contra cuerpos desprevenidos, en cajas torácicas abriéndose,
cabezas aplastándose, rezumando líquidos. En tu cabeza la melodía suena cada
vez más fuerte y te das cuenta de que no está exclusivamente en tu cabeza.
Un hombre con pantalón negro y camiseta de tirantes blanca sale a
trompicones de una casa beige y abre una puerta alta que da acceso al jardín
trasero, donde aparentemente alguien toca una canción que conoces con un
acordeón. Vocifera a través de su teléfono móvil, y al cabo de un momento
surrealista caes en la cuenta de que habla en bosnio.
—… pues, qué se yo, aparca en la hierba… ¡joder! —dice, y hace una seña
con la mano a alguien a tus espaldas.
Al volverte descubres un monovolumen de color burdeos; el conductor, con el
volante en una mano y un móvil al oído en la otra, espera a que le dejes paso. En
cuanto te apartas de un salto, deja el monovolumen ladeado en la suave pendiente
del terraplén cubierto de césped, rozando un rosal con el guardabarros. Miras a
uno y otro lado de la calle. No hay sitio para aparcar en kilómetros a la redonda.
Es otra fiesta. Esta vez con bosnios.
Una pandilla de chicos y chicas se apea del monovolumen, hablando todos
estridentemente en inglés. El hombre de la camiseta de tirantes los obliga a
chocar los cinco con él uno por uno antes de dejarles hueco para pasar y
desaparecer en el jardín trasero.
—Domaćine —dice el conductor, cerrando el monovolumen mediante una de
esas llaves con mando a distancia. ¡Bi, biiip! Los dos hombres levantan los brazos
como si hiciera años que no se ven, se estrechan en un sincero abrazo y luego se
besan en las mejillas, tres veces.
—¡Pasa, pasa!
—¿Habéis empezado sin mí?
—Y tanto, joder, empezamos anoche.
—¡Ya me he enterado, ya me he enterado!
El conductor se dirige hacia la puerta, pero se da cuenta de que el hombre de
la camiseta de tirantes no se ha movido.
—¿Vienes?
—Sí, solo quiero fumar un cigarrillo en paz. Ve a por una cerveza. —No tardes.
Ves todo eso como si fuera una obra de teatro; solo cuando el hombre de la
camiseta de tirantes te mira, caes en la cuenta de que tú estás ahí plantado,
observándolo mientras enciende el cigarrillo. Es un individuo grueso y robusto,
mayor que tú, y tiene el pelo negro, ya algo ralo, chafado hacia atrás, contra el
cráneo, y mantenido así seguramente por medio de toneladas de gomina, peinado
a conciencia para dar a toda la cabeza una textura nervada, como en las películas
de mañosos.
—¿Quieres uno? —te dice en inglés.
En general no te gusta hablar con bosnios en Estados Unidos. Tienes la
sensación de que son un obstáculo en tu plena integración. No te gusta que las
palabras se dupliquen en tu cabeza, que las frases salgan en bonglish. Pero de
pronto te acuerdas de que aún tienes que hacer una llamada.
—Vale, dame uno —contestas al hombre en bosnio, y ves como se le abren
los ojos azules, inyectados en sangre, casi llorosos.
—¿Has venido por la fiesta? —pregunta a la vez que enciende tu cigarrillo, un
mentolado, y señala la casa con el mentón. Percibes el tufo de su aliento y por un
segundo vuelves a estar con tu padre y sus amigos bebedores de slivovitz,
gritando durante el partido de fútbol retransmitido por televisión, dándote una
palmada en la frente cuando fallan por un centímetro, viéndolos jurar y decir
cosas como «Esa la mete hasta mi tía Devleta» o «Tiene dos piernas izquierdas,
me cago en su madre».
—No, tío, solo pasaba por aquí y he oído la música. —¿De dónde eres?
—De Tuzla. ¿Y tú?
—Toda Tuzla una sola cabra ordeñó, y ahora aún alardea de que se alimenta
de queso. —Es una vieja canción sobre tu ciudad, y él sonríe como si se
enorgulleciera de acordarse después de tantos años—. He estado en Tuzla un
millón de veces. Mi exnovia estudió allí. Jasna Babić. ¿La conocías?
—Creo que no.
—¿Una rubia, tirando a baja?
—No, creo que no.
—¿Con unas tetas hasta aquí?
—No, tío, creo que no.
—Tío, follaba como una pantera.
Aspira el humo, una triste calada de nicotina y nostalgia, con la mirada
vidriosa y perdida. Intentas imitarlo.
—La hizo pedazos uno de nuestros propios obuses —dice, y fuma. No sabes qué responder, así que te limitas a reproducir sus gestos. En Cómo
hacer amigos leíste que así los desconocidos se relajan.
—Le dije un millón de veces que se largara —continúa, pero se interrumpe.
Algo parecido a la ira asoma a su rostro. Cambia la expresión de su mirada—.
Bah, que se joda. Al fin y al cabo, lo eligió ella, joder. —Fuma un poco más y
luego añade, en inglés—: Hay mucho coño en el mar —y se echa a reír, dándote
tal palmada en la espalda que te desclava del suelo. Ya casi ha apurado el
cigarrillo hasta el filtro, y aún tienes que pedirle que te deje usar el teléfono.
—Oye… —empiezas.
—¿Cuándo llegaste aquí? A Estados Unidos.
—Pues… a finales del noventa y cinco.
—¿Cómo saliste?
—Fui herido en combate. Me dejaron marchar. —Un momento, ¿fuiste soldado?
De pronto está muy cerca de ti, mirándote a los ojos como un amante o un
enemigo. Asientes con la cabeza al mismo tiempo que te inclinas hacia atrás.
Juras por Dios que se echa a llorar un poco, te abraza como ha abrazado antes al
conductor y te besa en las dos mejillas.
—Tienes que entrar y unirte a la fiesta —consigue decir a través de una
garganta sinceramente contraída; luego te abraza un poco más. Agarrándote por el
cuello, te conduce hacia su casa—. No aceptaré un no por respuesta. Ni siquiera
en teoría.
—Debería…
—A mi padre le encantará conocerte —dice, mientras pasáis por delante de
una hilera de cubos de basura codificados por colores—. Aún no se perdona no
haber vuelto a luchar cuando más lo necesitabais.
Ves que, una larga carpa blanca ocupa la mayor parte del jardín trasero.
Debajo se apiñan cuarenta o cincuenta personas en torno a una mesa larga,
abanicándose con platos de papel, echando tragos de cerveza, vociferando,
riendo, levantándose para anunciar tal o cual cosa. Unos niños entran y salen
corriendo de la casa armados de palos con malvaviscos en la punta. Sus madres,
corriendo a su vez en pos de ellos, les ordenan a gritos que no corran. Gritan en
bosnio y los niños contestan en un inglés lastimero, quejándose de que la madre
de tal o cual permite a tal o cual hacer lo que le venga en gana, tú misma puedes
verlo. En el rincón opuesto del jardín hay un agujero en la hierba en forma de
riñón, los inicios de una piscina, en cuyo lado menos profundo un hombre peludo
con una camiseta atada a la cabeza asa un cerdo al espetón. Algo no acaba de
encajar.
—Toma —dice el hombre de la camiseta de tirantes, entregándote una Beck’s
—. Vamos a buscarte un sitio en la mesa.
Mientras lo sigues, caes en la cuenta. Al lado de la carpa hay una bandera
tricolor con un símbolo amarillo en medio, una cruz cristiana ortodoxa con una
ese cirílica en cada cuadrante, cuatro eses que ya conoces. Significan Samo sloga
Srbina spašava, el lema del enemigo en la guerra en la que combatiste y a la que
sobreviviste: «Solo la Unidad Salva a un Serbio».
Te planteas cuál será la manera más fácil de salir por piernas de allí. ¿A través
de la casa, quizá? ¿O cruzando la piscina, subiéndote a aquel banco y saltando la
tapia hacia el jardín de otra persona? Desde luego, no por el camino por el que
has llegado. Demasiados cuerpos entre los que abrirte paso. Te enfadas contigo
mismo. Deberías haberte dado cuenta antes: tres besos por la Santísima Trinidad,
además del cerdo en la piscina. Mierda. Caminando de lado, tímidamente, te
diriges hacia la casa.
El hombre de la camiseta de tirantes se ha acercado a la cabecera de la mesa,
donde se inclina y habla directamente a alguien sentado allí cuyo rostro no ves
porque se interpone en tu campo visual un enorme peinado rubio, como un afro
de payaso. No lo ves hasta que se pone en pie, tambaleante, ese fervoroso
patriarca vestido con los atributos bélicos de un chetnik, šajkača, kokarda, una
grasienta barba gris hasta el ombligo, la empuñadura de una pistola asomando del
pantalón.
—¿Dónde está ese soldado? —pregunta a grito limpio, mirando alrededor
mientras su hijo intenta sostenerlo en pie. Habla en un dialecto serbio
fragmentario con un dejo bosnio rural; es solo un serbobosnio, un simple émulo.
Estás a dos metros de la puerta cuando por fin su mirada ebria se posa en la tuya.
El hombre sonríe y te pide que te acerques con una seña.
Echar a correr ahora mismo no sería una buena idea. Una voz serena dentro de
ti te dice que obedezcas. Levantas la botella en dirección al hombre y das un
señor trago para ganar tiempo; luego te encaminas hacia allí parsimoniosamente.
Algunas de las personas sentadas en torno a la mesa te dan palmadas en la
espalda. Aquellos que no llegan hasta ti levantan sus vasos en tu honor y después
siguen con sus conversaciones.
—Deja sitio al héroe de guerra —gruñe el patriarca a la mujer con el afro de
payaso, que tiene la cara manchada de huevos rellenos.
—Da igual, ya he acabado —suelta ella, y se levanta escupiendo trozos de
huevo. El hombre de la camiseta de tirantes y su padre te indican el asiento de
ella. De cerca ves que el anciano luce un recargado tatuaje en el antebrazo
marchito, un escudo negro orlado de rojo y azul. En el centro flota un águila
bicéfala, por encima de dos espadas amarillas cruzadas bajo un cráneo humano.
En lo alto y al pie, un lema en cirílico reza POR EL REY Y LA PATRIA, LIBERTAD O
MUERTE.
En 1993, tu unidad atravesó a rastras un complicado campo de minas para
eliminar un nido de ametralladoras como preparativo para la ofensiva de primera
hora de la mañana. Garra, el jefe de la unidad, un individuo ciertamente chiflado,
se coló en el nido descalzo y acuchilló al último chetnik en la espalda. Salió de
allí con un recuerdo, un estandarte que exhibía ese mismo distintivo: un cráneo y
dos espadas. Una bandera pirata, lo llamó.
Dándote una palmada en la espalda y apretándote el brazo, el patriarca te
cuenta que su padre fue chetnik en la Segunda Guerra Mundial bajo el mando
directo del general Dragoljub Mihailović, alias Draža, y también sus dos
hermanos, y que él, el menor, por entonces no tenía edad para combatir; por eso
mismo era el hijo a quien su padre menos apreciaba de los tres, y lo mandó a
«Čemerika» sin un dinar para que se labrara un lugar en el mundo por sí solo.
Mientras habla, empiezas a buscar otra manera de salir de allí. El aguardiente de
ciruela.
—Deberíamos brindar por estar con vida a pesar de todo —dices, y echas otro
trago de cerveza.
—Espéranos —dice el hijo, buscando su bebida alrededor. —¿Vamos a brindar con cerveza? —Te vuelves hacia el viejo—. Para esto
necesitamos algo más fuerte, ¿o no?
—Tiene razón —dice el padre—. Miloš, ve a por el rakija. Un ventilador trémulo y lánguido orientado hacia la nuca del viejo renquea
hasta detenerse. Él suelta un juramento, se agacha en la hierba y toquetea el cable
hasta que el ventilador, resucitado, empieza a girar otra vez con poca convicción.
—La conexión —explica el viejo.
Chocas tu cerveza con la suya y los dos bebéis. El viejo empieza a hablar otra
vez.
—Verás, mis dos hermanos fueron asesinados brutalmente. Dragiša, que en
paz descanse, fue capturado y ejecutado por los partisanos en 1942 o 1943, no
sabemos exactamente cuándo. No se encontró su cadáver. Zdravko, que en paz
descanse, murió a golpes de hacha a manos de los Zeleni Kadar en el nordeste de
Bosnia. Esos putos turcos. Lo trocearon como un tronco de abedul. Volvió a
nosotros en cuatro sacos de arpillera.
Descarga un puñetazo en la mesa como un actor en una mala obra de teatro.
Los huevos rellenos bailan en su plato. Se le empañan los ojos. Sosteniéndole la
mirada, aprietas los labios y cabeceas con tu cara de conmiseración más
convincente.
—A partir de entonces mi padre me odió. Decía que si hubiese estado con mis
hermanos para guardarles las espaldas, no habrían muerto. Pero yo solo tenía
doce años.
Miloš regresa con una botella de Fanta de plástico llena de un líquido
amarillento y una bandeja con vasos pequeños entrechocándose. Cuando pasa
junto a una mujer vestida de negro, esta se levanta de la mesa.
—¿Para qué quieres eso? —pregunta ella con voz atronadora. Tiene una
deslumbrante dentadura de oro.
—Para beber.
—¿Quieres matar a tu padre?
—Me ha pedido que lo traiga para un brindis.
—Es mediodía y ya está borracho. Con este calor le provocarás un infarto.
—El raki aclara la sangre, madre —dice él, y coloca un vaso ante su padre y
otro ante ti. Los llena hasta el borde y luego se sirve uno también él.
—Por la supervivencia, pese a los esfuerzos del enemigo para conseguir lo
contrario —dices, y levantas tu vaso. Miloš y su padre hacen lo propio.
—¡Esos turcos lloricas, los muy mamones!
—¡Ojalá alguien joda a sus madres en sus alfombras de oración de mierda! Levantas tu vaso hasta que en torno a la mesa todos aquellos que quieren
sumarse tienen bebida en la mano; finalmente te echas la tuya al fondo de la
garganta, y tienes la sensación de haber rociado con napalm tu úlcera de
estómago. Necesitas un esfuerzo consciente para reprimir el impulso de vomitar.
No es el aguardiente lo que te provoca náuseas.
El cuerpo de tu madre surge de pronto en tu imaginación, una silueta
esquelética, tan frágil y medrosa después de su encierro en el campo de
concentración que ni siquiera es posible abrazarla. Sacudes la cabeza para apartar
esa imagen de tu mente. La sustituyen compañeros de trinchera caídos, sus rostros
rígidos y pálidos como máscaras de cartón piedra. Y antes de que se abran del
todo las compuertas, te abofeteas, con fuerza.
Proclaman brindis en todos los puntos de la mesa: brindis por parientes
muertos, por los santos de los parientes muertos, por los santos personales de los
miembros de la familia del anfitrión (él se llama Jovan Cvetković, oyes), por
consignas como «Serbia a Tokio», por el presidente Miloševic, etcétera. Cada vez
que Jovan se vacía un vaso en el gaznate, intenta ponerse en pie, sacar su arma y
disparar al aire, pero Miloš y unos primos más jóvenes intervienen y lo disuaden.
Le recuerdan que está en el Valley, en Estados Unidos. En respuesta, Jovan se
deja caer en su silla y se lamenta. Tú estás lívido, pero ver asomar esa zastava por
encima de la cinturilla del pantalón del viejo te disuade de hacer una tontería.
Mientras tanto se ha servido la comida, y ahora todos arremeten contra ella:
sopas, calabaza rellena, pimientos rellenos, sabrosos bollos en espiral salados.
Hay un acordeonista, un hombre gordo que luce un sombrero de fieltro verde con
una pluma de cuervo en la cinta y un bigote como los que dibujan los vándalos en
los carteles. Toca y canta con algunos momentos de éxito. De vez en cuando
consigue que un puñado de personas se levante y baile un kolo. Cada vez te
incitan a unirte a ellos con señas, y al final les dices que una herida de metralla en
la pierna te corta la circulación cuando pasas demasiado rato sentado y Jovan, a
gritos, les pide que no te molesten. En realidad no existe tal metralla, solo náuseas
y empalagosos recuerdos, confusión.
En algún momento descargan el cerdo, con cabeza y todo, y lo colocan en la
mesa de modo que queda de cara a ti con un ojo cerrado y el otro abierto y
melancólico. Retiran el espetón de su culo y le ponen medio limón en la boca.
Vierten cerveza por encima y ríen y se relamen y piden cubiertos. Están todos
francamente contentos.
Tú vas desmoronándote. Ves a tu madre encaramarse a una ventana abierta en
Tuzla y tiendes los brazos hacia ella en el Valley. Tus músculos recuerdan cómo
tuvieron que sujetarla aquel día cuando ella, oponiendo resistencia y chillando,
intentaba poner fin. «Suéltame», la oyes decir, y a tu alrededor la gente le hinca el
diente al cerdo. Tienes los brazos rígidos, aferrados a nada. Te sube el estómago a
la garganta. La zapatilla se mueve en tu cabeza, luego no se mueve. Quieres salir
corriendo o llorar o empezar a balancearte.
En el fondo no sabes qué quieres.
Cuando una mujer te sirve un trozo grande y reluciente de carne, vomitas
encima, por todo el plato, el lado de la mesa, tu regazo. Alguien inclina tu silla y
caes a la hierba, todavía vomitando.
—Poco aguante —oyes decir a Miloš. Te arrodillas. La mujer, la de la cabeza de payaso, te ayuda a ponerte en pie. Te conduce
hasta el interior de la casa por la puerta trasera, protegiendo tu cabeza con la
mano cuando pasas por debajo de una araña de luces, y te deja ante la puerta del
baño. Llama con los nudillos.
—Menos prisa —dice una voz femenina desde el interior. Ella te levanta la cabeza.
—¿Estás bien?
Dejas escapar un gruñido.
—¿Seguro?
Asientes.
—Vale. Espera hasta que ella acabe y luego entra en el baño. —Gracias —consigues decir, y te tapas la boca en atención a ella. —No vayas a echar las tripas en mi alfombra —dice, sonriendo. Acto
seguido, desaparece.
Echas un vistazo al pasillo. Fotos por todas partes, collages: Jovan con
uniforme chetnik, Jovan trajeado, Jovan de joven con patillas y bigote de los años
setenta, su mujer con un vestido de flores, estrechando a un bebé contra su pecho.
Un retrato de familia donde se cuentan más de cien personas. Miloš de niño a
lomos de un burro en alguna playa, Miloš en un baile de fin de curso con una
acompañante rubia, Miloš al volante de un Camaro rojo. Un retrato enorme del
general Draža Mihailović con sus pequeñas gafas redondas y bolsas en los ojos,
con una barba comparable a la de Jovan, solo que más negra. A su lado, en un
fino marco de madera, hay una fotografía de una medalla violácea. Te acercas
para leer el pie. Dice así:
El general Dragoljub Mihailović se distinguió sobremanera como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Yugoslavas y después como ministro de la Guerra organizando y encabezando a importantes fuerzas de la resistencia contra el enemigo, que ocupó Yugoslavia desde diciembre de 1941 hasta diciembre de 1944. Gracias a los infatigables esfuerzos de sus tropas, muchos soldados de las Fuerzas Aéreas estadounidenses fueron rescatados y devueltos sanos y salvos a manos amigas. El general Mihailović y sus fuerzas, pese a carecer de provisiones suficientes y luchar en condiciones en
extremo difíciles, contribuyeron de manera significativa a la causa aliada y desempeñaron un papel significativo en la victoria aliada final.
Anuncio de notificación de la entrega de la Legión del Mérito concedida por Harry S. Truman,
presidente, Casa Blanca, 29 de marzo, 1948.
Debajo, y en cirílico, alguien había escrito: «La máxima condecoración que el
Gobierno de Estados Unidos otorga a un súbdito extranjero».
Toda tu vida, desde que tenías seis años, tus maestros te han dicho que Draža
Mihailović era un mal hombre, un colaboracionista, alguien que combatió del
lado de los nazis contra el Ejército Yugoslavo y ordenó la muerte de millares de
yugoslavos que no eran de su misma fe. Pero aquí está, un héroe estadounidense
por decreto. Te alejas tambaleante, encolerizado. Atemorizado.
Nadie sale del cuarto de baño todavía. Sigues avanzando por el pasillo, entras
en un dormitorio y encuentras un teléfono. Marcas el número de tu apartamento y
contesta tu compañero de piso después de sonar el timbre dos veces.
—Sí.
—Eric, colega, necesito que vengas a buscarme en coche. Estoy en un apuro. —¿Dónde estás?
—En el Valley.
—¿Sigues en esa fiesta?
—No, estoy en la casa de un psicópata y tengo que salir de aquí cagando
leches, ahora mismo.
—¿No puedes esperar? Estoy preparando unos ramen. —Tendrías que estar ya en el coche, colega.
Mientras dices «colega» se oyen cuatro disparos de pistola en rápida sucesión:
¡PUMPUMPUMPUM! Miras alrededor y ves en la mesilla de noche un sobre
dirigido a otra Cvetković. La madre.
—¿Eso son disparos?
Sin atender a la pregunta, lees la dirección por teléfono dos veces. Ahora estás
suplicando.
—Ven a buscarme, tío.
Oyes alboroto en el pasillo, y te vuelves a tiempo de alcanzar a ver a Miloš y
su madre avanzar apresuradamente por el pasillo, preguntándose dónde esconder
la pistola, alterados.
Recuerdas una noche cataclísmica en el frente, cuando la nieve era de color
hueso a la luz de una luna casi llena y las ramas se extendían por encima de ti
como vasos sanguíneos en el vientre anémico del cielo nocturno y las balas caían
de la nada, incrustándose en cosas blandas y rebotando en cosas duras, y los
morteros del enemigo lo reducían todo a polvo. Recuerdas la anécdota que te
contó Garra esa noche, aquella de que, tiempo atrás, había recibido orden de subir
sigilosamente a un monte y reunirse allí con otro pelotón que subía sigilosamente
por el otro lado. Tenía que llevar un brazalete blanco en el brazo izquierdo para
diferenciarse del enemigo, ya que por lo demás sus uniformes eran prácticamente
idénticos. Te contó que llegó a lo alto y, a rastras, entró en una trinchera llena de
hombres con brazaletes blancos en el brazo izquierdo, allí en cuclillas, disparando
como cabrones, hasta que finalmente cayó en la cuenta de que en realidad eran
chetniks, que por uno de esos extraños azares del destino habían decidido ponerse
el mismo brazalete blanco para distinguirse. Ves a Garra mantener la calma,
retroceder con cuidado, amartillar en silencio su kalashnikov y matarlos a todos
desde atrás.
El baño ya está abierto y te encierras dentro, decidido a esperar allí. El
pequeño cuarto está decorado con un derroche de beige: baldosas beige, cortina
de ducha beige, toallas rojas y beige, tu propia cara beige en el espejo. Te echas
agua, te enjuagas la boca, escupes, te enjuagas otra vez y escupes. Por la pequeña
ventana de cristal esmerilado, ves al acordeonista tocar una intrincada melodía
balcánica sobre dos teclados simultáneamente, actuando como si no hubiera
habido ningún disparo. Te sientas en la tapa beige del váter, apoyas la cabeza en
tus manos beige y fijas la mirada en la cuadrícula de baldosas del suelo, en una
papelera, en la cuadrícula otra vez. Piensas en la muerte y en tu madre. Intentas
deducir qué es lo que está bien.
La papelera es pequeña, de mimbre, forrada de plástico. La empujas por la
base con el borde del pie y los rebujos de papel higiénico arrugado se desplazan y
vuelven a reordenarse, dejando a la vista debajo un brillo mate. Alargas el brazo y
recuperas la pistola de Jovan.
Tu mano sabe qué hacer con ella; tu dedo índice se dobla. La empuñadura te
produce una sensación agradable. Olfateas el cañón, y huele a juventud, a Bosnia.
Quitas el seguro y te levantas. La amartillas. En el espejo te pareces a Garra, allí
de pie con el beige de fondo. Te inclinas para acercar la cara. Tus ojos son puro
dolor.
Unas sirenas de policía empiezan a oírse débilmente; el volumen aumenta
hasta que el ululato acalla la música del acordeonista y el clamor de los serbios.
Se mantienen conversaciones que en realidad no oyes. Se hacen preguntas. Se
echa la culpa a los niños, petardos. Se ofrecen disculpas y se formulan
advertencias. Te das cuenta de que estás ahí de pie con una pistola en la mano.
¿Dónde se ha metido Eric? ¿Cuánto se tarda en llegar allí desde Thousand Oaks
en un Oldsmobile?
Te paseas por el cuarto de baño. Escondes la pistola. La coges otra vez. La
escondes. La coges. Levantas la tapa de la cisterna, echas la pistola dentro.
Cierras la cisterna.
Al cabo de media hora suena una bocina y sabes que han venido a buscarte.
En el jardín trasero la fiesta está otra vez en marcha. Te concentras en lo que
debes hacer, respiras hondo, sales del cuarto de baño y recorres el pasillo. Hay
niños sentados a la mesa de la cocina, riendo. Cruzas el salón. Solo ves la puerta
blanca de la calle. Lo sientes, ese júbilo en el pecho, ese regocijo en los músculos
faciales. Arqueas los labios. Tiendes la mano hacia el picaporte y cierras el puño
en torno a él.
—¡Soldado! —exclama Jovan a tus espaldas—. ¿Adónde vas? A trompicones avanza hacia ti, despegándose de las paredes a empujones, casi
se cae pero no se cae. Consigue llegar al respaldo del gigantesco sillón y, viendo
ante sí unos cinco metros sin nada de lo que valerse para mantener el equilibrio,
se detiene y se apoya en él con las dos manos.
—Quédate un rato más.
—Tengo que irme. No era mi intención quedarme tanto tiempo. Tengo cosas
que hacer.
Suelta un gruñido.
—Ah, vale. Vale, pero vuelve aquí antes de marcharte para que pueda
agradecerte lo que has hecho por nosotros.
Levanta los brazos, se tambalea hacia delante y se sujeta justo antes de
golpearse la cara con el respaldo del sillón. La bocina vuelve a sonar. Se ve el
Delta 88 marrón justo delante de la casa.
—Han venido a buscarme —dices, y te dispones a salir por la puerta. —Dime una cosa.
Esperas. Te vuelves hacia él.
—¿A cuántos te cargaste… —se interrumpe, se desliza el índice de la mano
izquierda por la garganta— con tus propias manos?
Lo miras, al muy hijo de puta. A sus ojos asoma una sonrisa burlona. Deseas
decir «Soy Mustafá Nalić», pero no puedes. Quieres perdonarlo. En el fondo
quieres abrazarlo pero temes romperle el espinazo. Quieres estrecharle la mano
pero temes descoyuntarle el brazo. Quieres besarle la mejilla y escupirle en ella.
—Una noche me infiltré en una trinchera enemiga y maté a seis con un
cargador. Creyeron que era uno de ellos. Bromeaban entre ellos. Me los cepillé a
todos como si nada.
Él sonríe y asiente con la cabeza.
—Bien hecho —dice.