Esquirlas
(… allison…)
Nuestro local, el Local 25, estaba en Albany Street, un viejo edificio gris con la instalación de agua por fuera, tuberías negras que dividían la fachada en aleatorias formas geométricas de lados rectos. De las tuberías colgaban letreros de vivos colores con publicidad del festival, las obras concretas. En el umbral de la entrada las paredes eran un collage de pósteres y recortes de prensa. Al entrar, el aire olía tenuemente a sótano y cola vieja. Había una planta baja y un primer piso, comunicados por una escalera estrecha. Nos acompañó a la cafetería una chica adusta y con acné que llevaba una holgada camiseta del festival. Su placa la identificaba como LUCY. Serraba el aire con los brazos y arrastraba las erres como los bosnios, y yo me sentía un poco como en casa. Con esa pechera, con esa sonrisa, solo deseé abrazarla.
—Tenemos una sorpresa para vosotros —dijo.
La puerta de la cafetería era estrecha y tuvimos que entrar de uno en uno, maniobrando con las maletas para que no se atascaran. Yo entré detrás de Omar, y allí estaba Asmir con unos vaqueros negros y una americana negra que había comprado en el mercado negro de Tuzla. Estaba subido a una silla, sonriente, con los brazos extendidos como las alas de una gaviota: su pose patentada. Los miembros más jóvenes de la compañía, entre alaridos, corrieron hacia él. Él se bajó y los abrazó y les alborotó el pelo, y en todo ello había algo de inquietantemente escenificado, como en las imágenes de un documental sobre dictadores comunistas recibiendo a colegiales el día de la fiesta nacional.
—¿Cómo has llegado aquí antes que nosotros? —pregunté mientras nos abrazábamos.
—¿Qué hacen las gaviotas?
—¿Volar?
—Pues ahí tienes.
—¿Dónde está Bokal? —preguntó Boro, y me sentí muy estúpido al ver que un niño de diez años percibía la esencia de las cosas antes que yo. La sonrisa de Asmir vaciló, y alzó las cejas a la par que los hombros.
—Cogió un autobús con destino a Split al día siguiente de marcharos vosotros. Le dije que viniera conmigo, pero él insistió en que algo en cierto sueño le decía que cogiera el autobús a Split. Confío en que esté de camino, a no ser que… ya sabéis.
En cuanto al alojamiento, Asmir y Branka coincidieron. Asmir propuso que los mayores de dieciocho años se instalaran en una de las casas que nos habían proporcionado y que los pequeños se instalaran con Branka en la otra. Tenía razón, y saltó a la vista que a Branka le dio rabia que así fuera. Removió unos papeles ostensiblemente y, a continuación, dejó caer la bomba de que a la mañana siguiente «nosotros» debíamos reunirnos con el club de teatro de un instituto local y ensayar una obra escrita por los alumnos que sería representada durante la última semana del festival. Asmir se echó a reír, adujo que no estábamos allí para representar obras ajenas, sino las nuestras, que él no sabía nada de eso, que no estaba dispuesto a hacerlo. Branka declaró que había sido una de las condiciones para obtener los visados. Asmir preguntó por qué no se le había informado en su momento, y repitió que no estaba dispuesto a hacerlo. Ella dijo que «nosotros» podíamos hacerlo sin él, que, de hecho, le traía sin cuidado qué hiciera él. ¿Quién va a dirigirla? ¿Tú?, preguntó Asmir, y se rio. Será una empresa conjunta, dijo ella. Será una mierda, dijo él. ¿Y a ti qué te importa?, dijo ella. ¿Cómo no va a importarme lo que represente mi compañía? ¿Estás mal de la cabeza?, dijo él. Que lo decidan ellos, pues, que sea un acto voluntario, dijo ella. Entonces Asmir se volvió hacia nosotros y anunció que no estábamos obligados a presentarnos a esa reunión ni a hacer la obra con los chicos escoceses. Branka dijo que debíamos hacerlo porque lo habíamos prometido. Lo prometiste tú por nosotros sin preguntárnoslo, dijo él. Hice lo que tenía que hacer para poder venir aquí, dijo ella. Yo también, dijo él.
Lucy se ofreció a llevar a Branka y los más jóvenes a su alojamiento y Boro la armó. Dijo que no quería alojarse con su madre y los pequeños, y Branka, como madre ilustrada y moderna, enseguida cedió y lo dejó al cuidado de su hermano, Omar, y le permitió quedarse con los mayores.
Asmir nos acompañó a nosotros los «gatos viejos» y los músicos.
—Por aquí —dijo.
La noche cayó sobre Edimburgo como una manta sobre la jaula de un pájaro, e invadió el aire una neblina que confería nitidez a las luces en su fuente pero las desdibujaba en la periferia. El frío ponía carne de gallina. Los fantasmas se arremolinaban en torno a las farolas y se enredaban en el pelo. Los edificios respiraban afanosamente. Las calles gemían bajo los pies. Se notaba lo viejo que era todo a pesar del neón, los coches y la música tecno que manaba de los bares en los sótanos.
Había muchedumbres por todas partes, paseando y riendo, aturdiéndome. Pasamos junto a un grupo de turistas y tuve la certeza de haber visto a Asja. Me pareció reconocer su mejilla al otro lado de la calle, pero no era ella. La experiencia me generó angustia, pánico. Me obligué a bajar la mirada al suelo, me asigné la absurda misión de intentar pisar todos los chicles sucios y viejos pegados a la acera. Al cabo de un rato, la monotonía de esa tarea me tranquilizó. Cuando alcé la vista, vi que me había rezagado del grupo.
Alzando la voz, pedí a Asmir que me esperara, y todos se detuvieron junto a unos artistas callejeros hasta que los alcancé. Un individuo de bigote rojo con leotardos hacía juegos malabares con motosierras. Me apoyé en el
¡BUM!
—¡Ahí viene uno! —exclamó Omar.
De pronto me hallaba bajo un autobús aparcado, tapándome la cabeza con las manos, y en mi mente cobró forma la descarga del obús que asustó a Archibald, y conté hasta tres porque ese es el número de segundos que tarda en llegar un obús.
Uno:
Cobró forma en mi mente un pie seccionado en la calzada, las palomitas de maíz en la
Dos:
calle, las gotas de sangre en mis Reebok, un coche sobre otro coche como tortugas, un calor
Tres:
abrasador, la mente preparándose para el silbido o el BUM, el corazón como un busca en modo vibración.
Tres:
Esperando a que caiga.
Tres:
Preparándose para el BUM.
Pero no cayó nada. Solo otra explosión lejana. Luego otra. «Estos obuses son defectuosos.» Luego una serie de explosiones metálicas menores, pero no como el fuego de un kalashnikov, sino más musicales, un sonido en cascada. «¿Qué clase de armas son estas? ¿Armas cantoras?»
Abrí los ojos y advertí que me encontraba cara a cara ante una mancha de chicle perfectamente redonda en el bordillo. «Ah, sí, estamos en Edimburgo.» Alcé la mirada. El del bigote rojo hacía girar pequeñas motosierras en el aire como si nada hubiera pasado. Sin embargo, parte del público me miraba a mí, miraba a Ramona hecha un ovillo en la acera, a Omar y Boro agazapados junto a un edificio. Leí el pensamiento a los espectadores en la expresión de sus rostros: ¿estábamos locos, o es que estaban presenciando una performance callejera improvisada?
De pronto vi que Asmir y los músicos se reían de nosotros.
—¿Qué pasa, pueblerinos? ¿Es que nunca habéis visto fuegos artificiales?
Salí de debajo del autobús. Una pareja abrazada trazó un amplio semicírculo para eludirme. Me sacudí el polvo y busqué mi bolsa.
No, hasta ese día nunca había visto fuegos artificiales. Tampoco Ramona, ni Omar, ni Boro. Asmir y los músicos eran mayores. Con sus cuerpos y mentes adultos plenamente formados, recordaban la vida anterior a la guerra. Antes del caos, habían conocido el orden, antes del sinsentido, el sentido. Ellos sí habían salido realmente de Bosnia, porque para ellos abandonar el caos equivalía a volver a la normalidad. Pero si te habías forjado en el caos, no había retorno. No había escapatoria. Para ti el caos era la normalidad. Y como se estaba viendo, la normalidad era un estado antinatural, precario.
Asmir se acercó y me abrazó.
—No te cagues encima —bromeó, pero el abrazo me resultó reconfortante, auténtico.
Eludí su mirada porque tenía los ojos al borde del llanto. Volví la cabeza en dirección a las explosiones, que esparcían fuego festivo por el cielo encapotado encima del castillo de Edimburgo.
A pesar del cansancio, no dormimos en toda la noche. Dejamos las bolsas en la casa y luego correteamos por toda la ciudad bajo la llovizna, empapándonos de lo nuevo y lo desconocido. Asmir iba en cabeza, y lo seguimos a cada tienda, a cada taberna, solo para ver cómo eran por dentro. Saltamos altas tapias y entramos en elegantes parques prohibidos y dimos puntapiés a los árboles para mojarnos mutuamente aún más. Bebimos una jarra de cerveza cada uno en un sótano ruidoso llamado Basement, donde todos los empleados llevaban camisetas fosforescentes en las que se leía MOLA ESTAR ABAJO. Zumbábamos. Vibrábamos. Estábamos en las nubes.
Por la mañana, a través de la espesura de una jaqueca resacosa, en una habitación pequeña y desconocida que olía a pintura, oí sonar un timbre.
Una puerta se abrió en algún lugar de la casa y al cabo de un momento alguien soltó un chillido. ¿De dolor? ¿De terror? ¿De alegría? Yo había dormido vestido, así que abandoné la cama de un salto, me precipité hacia la puerta de la habitación y, al abrirla, vi al pequeño Boro venir hacia mí por el pasillo a todo correr.
—¡Ha llegado Bokal! ¡Ha llegado Bokal! —anunció a gritos mientras, descalzo como iba, intentaba mantener el equilibrio en aquel suelo de madera. Frenó al estilo motorista, volviendo la parte de atrás hacia delante, permaneció inmóvil apenas una décima de segundo, y corría ya en sentido contrario antes de que yo saliese siquiera de mi habitación.
Bokal, con su cazadora forrada de piel, sin afeitar y el pelo grasiento y apelmazado y erizado indiscriminadamente, parecía un pastor. Fue Lucy quien lo recogió en la estación de tren y le pidió un taxi, que lo dejó delante de la casa. En la sala de estar, con la bolsa en el suelo pero la mochila aún al hombro, recibía abrazos y palmadas. Se lo veía feliz y cansado.
—Siéntate —dijo Ramona, acompañándolo hacia un sillón. Él dio dos pasos y cambió de idea.
—Si nunca vuelvo a sentarme, será demasiado pronto —declaró.
Ramona y yo decidimos que iríamos a la reunión con los chicos escoceses. Asmir se burló de nosotros, pero le dijimos que si su compañía iba a tener que verse representada de un modo u otro (y sabíamos que Branka obligaría a todos los menores a acudir, porque tenía sus pasaportes y el consentimiento de los padres y era prácticamente su dueña fuera de Bosnia), nos convenía que asistieran al menos dos miembros mayores para proteger la integridad del grupo. Se burló de nosotros otra vez pero nos mantuvimos firmes. A medio camino del local, nos alcanzó a pie, con Boro a rastras. Insistió en que Branka había puesto a la compañía en esa situación y pidió disculpas a Boro una y otra vez por echar pestes de su madre en su presencia. No había necesidad de eso. Boro lo entendía. Boro era más listo que cualquiera de nosotros.
En la sala de ensayo había dos camarillas, con una barrera lingüística por medio. Los chicos escoceses tenían algo así como guiones en las manos; los bosnios no.
Eludiendo las miradas de los demás, procedimos de inmediato a descalzarnos y sentarnos en el suelo, práctica habitual antes de los ensayos dirigidos por Asmir. Los miembros más jóvenes de la compañía respondieron a la familiaridad del gesto e hicieron lo mismo, ante lo cual los chicos escoceses cruzaron miradas intentando deducir si debían imitarnos. Su débil líder, una profesora de teatro de instituto con los ojos desorbitados, los animó a hacerlo.
Pronto se había formado un círculo de chicos descalzos sentados como indios en el parquet y nadie sabía aún qué hacer. Branka pidió a Ramona que la ayudara a hablar con la profesora escocesa. Ramona se levantó, y ambas atravesaron la barrera lingüística. Al mismo tiempo otra persona abandonó el círculo, se acercó a Boro y a mí, se arrodilló y nos saludó. No me quedó más remedio que alzar la vista y conocer a Allison.
Allison tenía las manos de una mujer adulta, y algo fluyó entre nosotros a través del apretón de manos. Allison tenía la piel fría y suave al tacto. Allison llevaba reloj. Los pantalones de Allison eran negros, y no recuerdo su blusa. No podía apartar la mirada de sus ojos, un poco castaños y un poco verdes, y un poco tristes pese a la sonrisa. Un poco preocupados.
—Perdona, pero ¿me podrías repetir tu nombre, por favor? —preguntó.
—Ismet.
—Iz-matt —dijo ella.
Boro dejó escapar una risa burlona.
—Con ese —corregí—. En mi país, «Izmet», con zeta, significa, mmm… mierda de vaca.
Todos los escoceses se echaron a reír.
—¿Por qué te hicieron eso tus padres? —preguntó ella.
Otros dos escoceses se acercaron a gatas y también ellos se presentaron. Les estreché la mano pero apenas interrumpí el contacto visual con Allison. Dejaron escapar risitas y alguna que otra exclamación al percibir la conexión entre Allison y yo, mencionando una y otra vez a un tal William.
Y entonces Asmir se apoderó de la vida de todos durante dos horas. La débil profesora de teatro escocesa no tuvo ni la más mínima oportunidad. Asmir se limitó a coger todos los guiones y los tiró a una silla en un rincón. Luego se quitó la camisa y se tumbó en el centro del círculo. Fue como si hubiera sacado una pistola: todo el mundo se quedó paralizado, a la espera.
—Hacer relajación primer lugar —dijo—, segundo lugar hacer juego de teatro, DESPUÉS hacer teatro.
Branka y la profesora retrocedieron cada una a un rincón, se sentaron y observaron con los labios muy apretados. Asmir nos guio a todos a lo largo del ejercicio de meditación. Me sorprendió la armonía con que Allison y sus amigos se fundieron con nuestra compañía bajo la dirección de Asmir. Al principio se mofaron cuando, en un inglés de Tarzán, Asmir ordenó «cerrar ojos y pensar en interior barriga de madre» e «imaginar energía de la vida salir de vuestros ojos como balones», pero no tardaron en sentirse a gusto.
Hicimos un poco de calentamiento, unos ejercicios de voz y confianza. Hicimos aquel en que una persona permanece inmóvil y rígida con los brazos cruzados ante el pecho y otras dos lo empujan hacia delante y hacia atrás como un metrónomo. Un chico rubio con una camiseta de Riddler y yo empujamos a Allison. Cada vez que sus hombros topaban con mis manos, ella sonreía. Tenía los ojos cerrados, y yo le miraba el pecho. Percibía en los pulgares los tirantes de su sujetador a través de la blusa y deseaba no parar nunca de hacer aquello.
Después del ensayo, Asmir se acercó a la profesora de teatro para explicarle cómo veía él la intervención de nuestra compañía en la representación de ella.
—Los actores escoceses hacer texto. Nosotros hacer danza. ¿Sí? Nosotros hacer como si ser la guerra. Nosotros venir y ponernos muy juntos como una bomba y después cantar como una bomba e ir de una punta del escenario a otra, bailando como una bomba, y cuando la bomba caer alrededor de vosotros, las personas, nosotros convertirnos… geler, kako se kaže geler, jebem mu mater… convertirnos en trozo, trozo pequeño de bomba, todos nosotros, y bailar como trozo pequeño distinto de bomba, matando. ¿Sí?
La profesora de teatro se quedó allí inmóvil, atónita.
Al día siguiente Allison me guiñó el ojo dos veces durante el calentamiento. Después del ensayo dijo que su padre la dejaba organizar esa noche una fiesta para todos nosotros y que yo tenía que ir. Me dio indicaciones y me besó en la mejilla. Fue como si el sol me hubiese quemado la piel. En mi cabeza, fue como un trago de aguardiente. Se alejó, y cuando finalmente desapareció por la puerta, me di cuenta de que todas las miradas estaban puestas en mí, allí de pie como un tonto.
—¡No está mal, Ismet! —dijo Bokal, y me dio una palmada en la espalda—. No pierdes el tiempo, ¿eh?
—Tiene novio, ¿sabes? —dijo el chico de la camiseta de Riddler, que había interpretado bien la palmada.
—Yo tengo la novia —dije.
—Ya —respondió él.
Durante el resto del día, las amigas de Allison (la «policía de la moralidad», las llamó después Allison) me recordarían repetidas veces que ella tenía novio, pese a que no habíamos hecho nada más que sonrojarnos el uno en presencia del otro y sonreír mucho. Y abrazarnos aquella única vez. Y aquel beso en la mejilla, que yo no le devolví. Incluso Ramona y Asmir empezaron a dejar caer a Asja en la conversación sin razón alguna, con el propósito de que me sintiera culpable.
Yo procuraba obligarme en todo momento a actuar como es debido y pensar en Asja. Empezaba a recordarla, a quererla y durante un rato lo conseguía, y sentía que era un hombre de principios, pero en medio de esas ensoñaciones mi mente introducía el rostro de Allison en mis recuerdos de Asja. Era Allison quien me cogía de la mano en el parque Banja, Allison quien me besaba en «nuestro» banco. Me sentí asustado, trastornado, sin control sobre mi mente. Así que en lugar de ir a la fiesta de Allison como todos los demás, me pasé la noche escribiendo una carta de amor a Asja, recreándome en la autocompasión, buscando palabras bonitas para expresar lo mal que me sentía.
Al día siguiente desperté con una jaqueca atroz —tenía un chichón que no podía explicar— y el cuerpo dolorido. Todo el mundo me miraba con semblante admonitorio. Allison parecía recelar de mí y sufrí durante todo el ensayo. Ella se marchó nada más acabar, sin despedirse. Yo me sentí surcado por el amor y la rabia. Así, cuando llegó la primera función, me dejé la piel en el escenario por puro despecho, adueñándome de la representación, eclipsando a los demás, conjurando mis frustraciones. La función fue bien. Me dolían los pies de pisar con tanta fuerza.
La compañía se dispersó y me dejó solo en la cafetería, cosa que me alegró. Me puse en la cola y pedí un sándwich de cruasán y un tazón de fruta, me senté, abrí el sándwich, retiré el embutido de cerdo, volví a juntar las dos mitades y di un bocado. Por su sabor, se diría que lo había preparado un robot, pero di cuenta de él con los bocados uniformes de una persona que conocía sobradamente el hambre. Las uvas sabían a uva. El melón, a melón.
De pronto apareció Allison y se sentó a mi mesa. Allí sentada, me miró un rato, y así, sin más, me enamoré. O tomé conciencia de que me había enamorado. Estaba mojada a causa de la lluvia y tenía cúmulos de vaporosa espuma blanca en el pelo allí donde el producto que usaba, cualquiera que fuese, había entrado en contacto con el agua. La lluvia resbalaba de su cuero cabelludo y descendía por sus mejillas. Se la enjugó lentamente, como una estrella de cine. Era preciosa.
Yo empecé a llorar un poco y me cogió la mano. Dijo que había visto la función y que yo había estado magnífico, y que al día siguiente llevaría a su madre a verla y después quería presentármela. Dijo que yo era su amigo, que se repetiría la fiesta y que confiaba en que no se produjeran más incidentes. «¿Qué incidentes?», pensé, pero callé. Solo deseaba que siguiera tocándome la mano, que siguiera hablando. Me preguntó si quería ir a un museo con ella. Yo aborrecía los museos, pero accedí. Una vez allí, hizo volteretas laterales cuando los vigilantes no miraban y nos reímos, y aquellas personas tan serias de los cuadros no se inmutaron.
Una semana después, pocas horas antes de la segunda fiesta de Allison, volví a la casa y encontré a Ramona, Asmir, Bokal y los músicos reunidos en torno a la chimenea. Una botella verde de algo circulaba de mano en mano.
—Ahí está —dijo Asmir mientras yo me descalzaba—, el Casanova bosnio.
Bokal se acercó con una sonrisa, me agarró la mano y me olisqueó los dedos.
—Sigue rigiéndote la conciencia, veo. ¿Qué clase de bosnio eres tú? Echarás a perder la reputación de todos nosotros.
Los músicos se rieron. Vi que Ramona arrugaba la frente y aparté la mano de un tirón.
—Te quedan dos días —dijo Bokal—. Esto es como los Juegos Olímpicos, tío. No solo puntúas por ti, sino también por tu país.
Más risas.
—Ya, ya, sois muy graciosos —dijo Ramona, y a continuación me obligó a retroceder hasta un rincón, lejos de los demás. Me habló en susurros y tuve que inclinarme hacia ella para oírla. Le olía el aliento a alcohol—. Dime que no has hecho nada.
—No he hecho nada. —Era la verdad.
—¿Podéis dejar el culebrón para más tarde? —preguntó Asmir con desdén—. No he enviado a los chicos de Branka a hacer un recado para nada. Debemos planear esto bien, y no tardarán en volver. Así que esto es lo que hay: quedan dos días para nuestro supuesto regreso y tenemos funciones a primera hora de la tarde los dos días.
—Y la obra con los chicos escoceses a las cinco, Asmir —añadió Ramona.
—Que se jodan los chicos escoceses.
—En fin, en ese apartado Ismet nos está fallando —comentó Bokal.
—¡Basta ya! —exclamó Asmir, casi gritando—. ¿Queréis quedaros aquí o volver a la guerra?
Las risas se apagaron. Alguien pasó una botella a alguien. Ruido de líquido. Otro tomó un trago.
—Estamos en un puto país extranjero, y si no hacemos las cosas bien, si encuentran a algunos de nosotros antes de que el autobús cruce la frontera, se acabó. Sé que Ismet y Ramona tienen acuerdos con Branka, pero los demás no. Es mi vida la que está en juego, tíos.
—Muy bien, ¿y qué hacemos?
—Esta noche en la fiesta procurad difundir rumores sobre el lugar adonde vais. Quiero que cada uno de los más jóvenes de la compañía tenga una versión distinta del sitio al que se dirigirá cada uno de nosotros. Decidles que tenéis un primo en Glasgow, o en Irlanda. O un amigo. Da igual lo que les contéis, solo haced ver que lo decís en confianza, como si fuera una información especial solo para ellos.
Los músicos movieron la cabeza con gestos de aprobación, aparentemente sorprendidos de no haberlo pensado ellos antes. Lancé una mirada a Ramona, que tenía el rostro inexpresivo.
—Pero, a ver, un momento —dijo ella—. ¿Vamos a hacer todas las funciones o vais a escaquearos de esa mierda que nos traemos entre manos con los escoceses?
Asmir la miró casi confuso, y vi que su mente saltaba de un pensamiento inescrutable a otro.
—¿Y bien?
—Mañana haremos las dos cosas —contestó él—. Yo me marcho el último día justo después de la función. No sé qué harás tú.
—Yo también —intervino Bokal—. Nos conviene salir con ventaja para escapar de Branka.
Justo en ese momento se abrió la puerta de la casa y entraron Omar y Boro con cervezas en bolsas de plástico. Una ráfaga de viento penetró con ellos y se notó en la sala algo así como una pequeña implosión. Dio la impresión de que todos estaban rígidos, en otro mundo. Nadie dijo nada. Ramona arrancó la botella verde de manos del batería, cruzó airada la sala de estar en dirección al cuarto de baño y cerró de un portazo.
La fiesta se prolongó hasta bien entrada la noche. Los menores bebieron cerveza en latas alargadas, derramándola por todas partes. Asmir, Bokal y los músicos los arrinconaron uno por uno y les dijeron en qué lugares del Reino Unido vivían sus parientes ficticios. Allison, con una camiseta azul, tocó el piano y su padre se pasó la velada instando a la gente a no pisar su cara alfombra china. Los miembros más jóvenes de la compañía estaban tristes porque nuestra excursión a Escocia tocaba a su fin, como también lo estaban sus iguales escoceses. Todo el mundo tomó fotos de todo el mundo, llorando, intercambiando direcciones.
Yo deseaba pasar un rato a solas con Allison, pero de pronto daba la sensación de que la avergonzaba que yo estuviera allí, casi la asustaba. No era la misma Allison de días atrás, la que había hecho volteretas laterales entre las estatuas y una gansada tras otra, sin perder ocasión de tocarme. Quizá fuera porque su padre estaba presente e intentaba ganarse su aprobación. Quizá se lo había pensado mejor y se había dado cuenta de que en realidad quería a su novio y temía acercarse a mí. Quizá solo había jugueteado conmigo a sus espaldas, la muy zorra. En todo caso, ¿dónde estaba él esa noche? Al final llegué a la conclusión de que ya de buen principio no debería haberme hecho ilusiones. Mal karma. Al final me culpé a mí mismo.
En un momento dado Asmir me sacó al balcón y cerró la puerta. La noche era fría pero no llovía. Abajo la calle estaba vacía.
—No dejes que esa chica te parta el corazón —aconsejó—. No la conoces.
—No te preocupes —dije, inclinándome sobre la barandilla. Me pregunté qué se sentiría al volar por encima de la calle.
—Las gaviotas auténticas vuelan solas.
Me obligó a darme media vuelta y me abrazó. Su aura general apestaba a cerveza.
—Mañana, después de la obra, Bokal y yo nos esfumaremos.
—¿Pasado mañana, quieres decir?
Me soltó para que viera su gesto de negación.
—Mañana.
En sus ojos se traslucía sincera aflicción.
—¿Y nuestra última representación? —conseguí decir.
—Ismet, lo que debe continuar no es el espectáculo, sino la vida.
Advertí que se quedaba muy orgulloso de su frase.
Nos apoyamos los dos en la barandilla, mirando hacia fuera. Me escocían los ojos. Contemplé mi aliento blanco dibujarse contra el edificio gris de la acera de enfrente y pensé en el género humano, en lo calientes que debíamos de estar por dentro para sobrevivir en entornos tan fríos.
—¿Adónde tienes previsto ir?
No dijo nada. Miré su perfil recortado contra las luces de la ciudad y la oscuridad de la ciudad. Tenía los hombros encorvados. Parecía más pequeño, desdentado. Parecía un niño, o un padre que hubiera perdido a un hijo.
—Entremos —propuso.
Encontramos a Bokal, y Asmir pasó inmediatamente de vulnerable a voluble. Tomamos otra ronda de cervezas alargadas y vimos a una frágil escocesa de quince años vomitar líquido ámbar en una maceta. El padre de Allison se hartó. Sonó un gong. Lo hizo sonar él, y empezamos a buscar nuestros abrigos.
Cuando los últimos salíamos en grupo, Allison se puso una chaqueta y dijo que nos acompañaría parte del camino, para despedirse debidamente.
—No lo hagas —me susurró Asmir al oído—. Tú no sabes cómo son estas chicas occidentales.
—Nos gustamos.
—Les gusta la polla, eso es lo que les gusta. Ya lo verás. Te lo demostraré.
Bokal y él se rezagaron mientras los demás ocupábamos la calle como un ejército invasor. El oxígeno frío nos había despejado. Las chicas de instituto escocesas se colgaron de los brazos de los músicos, cotorreando. Allison volvió a ser la coqueta de antes y trató de hacerme cosquillas, me alborotó el pelo e intentó sacarme de la acera a golpes de cadera.
Y justo cuando mi corazón se agrandaba de nuevo para acomodarse a mis renacidos sentimientos por ella, Asmir salió de la nada, se abatió en picado como una gaviota gorda para demostrar su teoría, cogió del brazo a Allison, confusa, y los dos se adelantaron a todos los demás, como amantes. Mi corazón se encogió como una pasa. Todo el amor que había en su interior escapó en una nube de vapor, intercambiando electrones con el aire brumoso, mezclándose con él, y confiriéndole importancia. Otra chica escocesa (con demasiadas horquillas en el pelo) deslizó la mano entre mi codo y mi cuerpo, se arrimó y pronunció una palabra tras otra en inglés mientras yo intentaba respirar para no morir.
Ignoro cuánto tiempo caminé, pero de pronto apareció Allison en la acera, más adelante, desorientada, rígida. Vi a Asmir cruzar la calle y se perdió de vista tras la primera esquina. La chica de las horquillas cogida de mi brazo siguió hablando hasta que llegamos a la altura de Allison, que permanecía allí inmóvil, y sin proponérmelo, aminoré el paso como si ella ejerciera algún tipo de fuerza gravitacional solo sobre mí. Me detuve y, alzando y apartando el brazo, me desprendí de la otra chica y le dije que lo sentía con semblante exageradamente afligido.
—Abrázame, por favor —susurró Allison, y permanecimos trabados uno en los brazos del otro. Nuestras pupilas se propagaron por nuestros iris, abrieron en nuestros ojos orificios tan grandes que el mundo, absorbido por ellos, penetró en nosotros. Allí quietos, nos estrechamos.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Tras oír lo que me contó, podría haber matado a Asmir.
A continuación paseamos, cogidos de la mano, subiendo por la cuesta desde la iglesia de San Esteban hasta Princes Street, procurando no pisar ninguna línea o grieta en la acera: un juego. En el monte, ante nosotros, se alzaba el castillo de Edimburgo, bien iluminado e inalcanzable, como el paraíso. Taxis negros pasaban junto a nosotros, deslizándose lúgubremente arriba y abajo, como coches fúnebres. Las criaturas de la noche se atracaban de pescado y patatas fritas envueltos en papel aceitoso. Los turistas se comportaban como si fueran los dueños del lugar, vociferando en lenguas exóticas y riendo a carcajadas sin razón aparente. Por todas partes había pósteres donde se leía: «Una interpretación asombrosa, todo un tour de force…» y «Si te pierdes esta, eres tonto…». Algunos solo mostraban una foto de Salvador Dalí, su bigote en forma de signos de dólar.
Por la otra acera nos adelantó un grupo de adolescentes. Se produjo una especie de revuelo y alguien gritó unas palabras con marcado acento escocés. Allison me soltó la mano como si fuera una babosa.
—¡Mierda!
—¿Qué pasa?
—Ese es William.
Miré hacia donde me señalaba. Un chico alto y rubio se separó de su grupo de amigos y cruzó la calle corriendo hacia nosotros. Me imaginé a mí mismo aporreado, acuchillado. Apuntalé los pies y recé.
Pero él me sonrió y dijo:
—Perdona que te moleste, pero ¿te importa que hable un momento con Allison? —o algo así. En Bosnia yo ya estaría recogiendo el bazo de la acera.
—Cómo no —dije con excesivo entusiasmo.
—Lo siento —me dijo ella, y marchándose detrás de él, se alejó un poco.
La pandilla de William se quedó rondando por allí, mirándome con inquina. Tragué saliva una y otra vez y conté los pasos desde una parada de autobús hasta un edificio, procurando dar la impresión de que no era un comportamiento compulsivo, como si solo estuviera paseándome. Algo dentro de mí me decía repetidamente que huyera, pero no podía. No quería marcharme sin Allison: otra vez esa fuerza gravitacional. William y ella estaban ante una joyería, dos sombras discutiendo ante una luz intensa y el oro bruñido.
—Eh, capullo —gritó alguien a mis espaldas, y por poco me plegué como un mueble de jardín. De pronto caí en la cuenta de que lo habían dicho en bosnio. Me volví y vi a Bokal caminar hacia mí con un cuadro bajo el brazo.
—¿Qué haces aquí? —pregunté.
—Cagarme. —Moví apenas el mentón, como si señalara la joyería. Él miró hacia allí, reconoció a Allison y se rio.
—Conque esta es la noche, ¿eh? Vale, te dejo con lo tuyo.
Intentó pasar de largo pero lo agarré por la cazadora.
—¿Adónde vas? —pregunté entre dientes—. Ese es su novio, y aquellos son amigos de él. Nos ha visto cogidos de la mano.
Bokal les lanzó una mirada y se rascó la barba, evaluando las posibilidades de aquellos chicos si se producía una reyerta.
—Esos no van a hacer una mierda.
—Por si acaso, tú no te vayas.
—Oye, mira esto. —Me enseñó el cuadro—. ¿Qué te parece?
Era un desnudo en azules y amarillos, parte de una ventana y una luna llena al otro lado.
—Me la he ligado en una taberna. Le he dicho que necesitaba pintarla. Me ha llevado a una tienda, me ha comprado un lienzo y pintura y luego me ha llevado a su casa. Al acabar, me la he follado.
—¿Y no le has regalado el cuadro?
—Es mi cuadro. Lo he pintado yo.
Lancé un vistazo a la joyería y vi abrazarse a Allison y William. Fue una despedida rápida, como la de dos cónyuges que se separan por la mañana antes de ir al trabajo.
—Supongo que tiene su lógica —dije a Bokal.
Allison se acercó. Bokal y ella intercambiaron unos cuantos cumplidos; luego Bokal se marchó. Allison y yo doblamos por una de las calles que daban al Queen’s Park y me metí la mano en el bolsillo, pero ella tendió la suya y volvió a cogérmela.
Por segunda vez alguien la llamó a gritos desde atrás: William. Por segunda vez esa noche Allison dijo «mierda». Por segunda vez conté los pasos mientras discutían, en esta ocasión delante de una casa de empeños con guitarras eléctricas en el escaparate. Por segunda vez no pude marcharme sin ella, a pesar de mi situación ambigua, a pesar del miedo, a pesar de mí mismo.
Pero esta vez tardaron más, y cuando ella por fin volvió, dijo:
—Lo mío con William ya es historia.
Paseamos por la orilla de un estanque y entre los setos como muros de un parque. La niebla ondeaba en los rincones como telarañas al viento. Había una zona infantil, y un campo de fútbol. Ella se meció en el columpio y yo intenté bajar por el tobogán, pero solo conseguí mojarme los vaqueros.
—¿No parece un halo la luz de la farola?
—¿Qué es un halo? —pregunté.
—El signo de la iluminación, o algo así, ¿sabes?
—¿Qué iluminación?
—La gracia de Dios, digamos.
—Ah.
Iba a preguntar qué era «gracia», pero tenía una vaga idea del significado y no quería que pensara que era tonto.
—En el arte religioso, el halo es ese círculo que aparece alrededor de la cabeza de Jesús.
De pronto sentí el impulso de correr hacia el centro del campo de fútbol. Ella saltó a mis brazos y nos quedamos allí largo rato, simplemente abrazados. Tomé conciencia del calor en la piel de su cuello, del contacto de nuestras orejas frías.
—Bésame, soy escocesa —dijo ella: una camiseta que habíamos visto en el centro.
Respiramos el uno en el otro. Me tocó el culo y tuve una erección. Comprobó el césped pero estaba demasiado húmedo por el rocío para revolcarse en él. Nos besamos y nos restregamos y el tiempo pasó y un coche de policía blanco se deslizó ante nosotros, casi sin ruido, por la hierba, iluminándonos con su reflector, y luego cortésmente, a la manera británica, siguió adelante. Nos besamos un poco más hasta que un pequeño zorro se acercó a nosotros desde detrás de los setos, nos contempló con expresión pragmática y se alejó al trote, cabeceando, con la lengua fuera, burlándose.
Al día siguiente desperté tarde y no encontré a nadie en la casa. Faltaban diez minutos para la función y ninguno de los miembros de la compañía se había tomado la molestia de despertarme. Me puse la cazadora a toda prisa y me llegó cierto aroma a Allison y me acordé de lo que había hecho Asmir, el muy hijo de puta. Iba a matarlo. Fui a echar un vistazo, y aún había equipaje en todas las habitaciones y diversas prendas de ropa, restos de un desayuno apresurado por toda la cocina, migas de pan y copos de maíz y manchurrones de mermelada naranja. El radiocasete de Asmir estaba en el salón. Si seguía en Edimburgo, lo tenía en mis manos. Salí a toda prisa sin cerrar con llave la puerta de la calle.
Hacía un día húmedo, y corrí cuesta arriba como un poseso, mis músculos alimentados por la rabia. Había mucha gente en la calle y zigzagueé entre los transeúntes, topando con un hombro aquí y otro allá.
Cuando doblé hacia Albany, empecé a oír el chacoloteo de mi zapatilla derecha en la acera. Reacio a aminorar el paso, avancé a la pata coja con el pie izquierdo y torcí el derecho para ver qué pasaba. La suela barata se había despegado y llevaba el talón suelto.
—¡Joder! —dije, y desequilibrado como estaba, tropecé con un hombre robusto, reboté en su mole y me di un batacazo. En el nanosegundo en que estuvimos cara a cara, lo reconocí.
«¡Mustafá! ¿Es posible?», pensé.
—Perdón —me disculpé, intentando ponerme a cuatro patas, pero él siguió adelante. Para cuando me puse en pie, con la mano ahuecada en torno al hueso de la risa, él ya había doblado la esquina.
—¡Mustafá! —lo llamé, pero él no volvió.
Renqueando, entré en el Local 25 y, tras cruzar el patio, llegué a la sala verde situada detrás del escenario B, donde, supuse, la compañía retrasaba el inicio de la función hasta mi llegada. Pero en cuanto entré supe que no habría función.
Los miembros jóvenes de la compañía, sentados en sofás, ya vestidos para la obra, me miraron con horror en el semblante. Una exclamación ahogada recorrió la sala y captó la atención de Branka. Estaba de espaldas a mí cerca del acceso al escenario con Ramona y dos hombres a quienes yo no había visto antes. Cuando se volvió y vi su cara, temblé. Corrió hacia mí.
—¿Dónde estabas? —preguntó entre dientes, y pensé que iba a pegarme.
—En la casa —contesté, y miré a Ramona—. Nadie se ha molestado en despertarme.
Ramona me volvió la espalda.
—¿Dónde están Bokal y Asmir? ¿Dónde están los músicos?
Comprendí entonces que Asmir se había marchado hacía rato. Se habían marchado todos hacía rato.
Deseaba partirle la crisma por magrear a Allison cuando sabía que a mí me gustaba, por decir que lo hacía para ayudarme a entender cómo funciona el mundo, por mentirme descaradamente. Recordé lo vulnerable que me había parecido la noche anterior en aquel balcón, y eso me enfureció más. Dentro de mí algo llegó al punto de ebullición, y como no pude dejar escapar la presión ante aquella mujer angustiada, me salió por los ojos.
—No sé dónde están —dije con un nudo en la garganta.
—¡Y un huevo! Sois uña y carne.
Me enjugué los ojos, notando la tensión en las tripas.
—No. Lo. Sé.
Contrajo los labios en un asomo de gruñido. Me agarró de la manga izquierda y señaló hacia los sofás.
—Nadie sabe nada —dijo—. Ve a sentarte. Llegaremos al fondo de esto.
Mis amigos se apretujaron para dejarme hueco en la punta, al lado de Omar.
—Joder, menudo disparate —susurró, como si él tuviera la culpa de todo.
—¿Qué ha pasado? —pregunté también en un susurro.
Miró en dirección a su madre, que ahora se paseaba desde el acceso al escenario hasta el lugar donde Ramona hablaba con los dos hombres, que aparentemente esperaban algo. Uno de ellos, un rubio sin mentón, anotaba algo en una libreta.
—Cuando Boro y yo nos hemos despertado esta mañana, se había ido todo el mundo excepto Ramona. Hemos pensado que tú estabas con aquella chica, y ni siquiera hemos mirado en tu habitación —explicó Omar.
—Pero ellos han dejado todas sus cosas.
—Eso ha sido para ganar tiempo, creo.
—Capullo de mierda.
—¿Quién?
—¿Y tú qué crees?
—A mi madre le traen sin cuidado él y Bokal. No vinieron en su autobús. Es por los músicos por quienes ella debe responder; llevarlos de vuelta es responsabilidad suya.
Algo en su manera de formular la frase activó una alarma silenciosa en mí.
—¿Y qué pasa con Ramona y conmigo?
—¿Qué pasa con Ramona y contigo?
—Bueno, a nosotros nos dejará ir, ¿no?
—Sé que a Ramona sí. Su padre y ella llegaron a un acuerdo o algo así.
Mi rabia se convirtió en pánico. Se dispararon todas las alarmas.
—Mi padre llegó a un acuerdo sobre mí —dije yo, casi llorando otra vez.
—No sé qué decirte, tío. Con Branka no, desde luego, o me habría enterado.
Empezaron a temblarme las manos y las escondí bajo las rodillas, fingiendo que tenía frío.
—¿Adónde pensabas ir? ¿A América con tu tío?
Conseguí mover la cabeza con un gesto de asentimiento.
—Tío, más vale que actúes deprisa. Esos de ahí son de inmigración. Los ha llamado mi madre para decirles que ciertas personas han abandonado la compañía con la intención de pedir asilo.
No podía mover un solo músculo, ni siquiera los ojos, que permanecían fijos en el otro extremo de la sala, concentrados en un saco de arena azul junto a la puerta del escenario: un tope. Cada tanto la silueta desdibujada de Branka pasaba por delante de él en sus idas y venidas.
De repente se abrió la puerta del escenario y entró una mujer con indumentaria formal. Branka pidió a Ramona que le dijera que me habían encontrado. Ramona tradujo, señalando en dirección a mí, y la mujer me miró. Llevaba unas grandes gafas fotosensibles y flequillo y se parecía un poco a Joey Ramone. Intenté moverme pero me sentía las piernas de madera, los pies atornillados al suelo.
Joey Ramone le comentó algo al rubio y oí la palabra «pasaporte». Omar la oyó también. Noté que se inclinaba un poco hacia mí.
—Si te desprendes del pasaporte ahora, da por hecho que acabas en Bosnia — susurró sin mover los labios.
—Aconsejan que te quedes con su pasaporte si quieres que vuelva con la compañía —le dijo Ramona a Branka, y esta, sin la menor vacilación, se encaminó hacia mí.
«Se acabó.»
Tenía el pasaporte en el bolsillo delantero izquierdo de la cazadora Levi’s. Tenía la petaca con el dinero en el bolsillo interior derecho. Me llamaba Ismet. El saco de arena era azul. Branka se acercaba. Yo tenía las manos bajo las rodillas. El corazón me latía en las yemas de los dedos. Mi cerebro se arremolinaba. Mis piernas eran de madera. La sala estaba en silencio. Tenía la garganta cerrada. Branka se acercaba. Yo tenía las axilas húmedas. La sala estaba en silencio. Branka estaba ya ante mí. Con la mano tendida. Movía los labios. Yo tenía la garganta cerrada. Mi cerebro se arremolinaba. Y yo volaba. Volaba por encima de aquello. Me llamaba Ismet. El corazón no me latía. Miraba hacia abajo. A otro Ismet. Cuyo corazón latía. Cuyos pies no eran de madera. Cuya garganta no estaba cerrada. Tenía mi pasaporte en el bolsillo delantero izquierdo de su cazadora Levi’s. Tenía la petaca con mi dinero en el bolsillo interior derecho. Él eso lo sabía. Branka estaba ya ante él. Pidiendo mi pasaporte. Con los labios en movimiento. Me llamaba Ismet. Él se llevó la mano al interior de la cazadora. Sacó el dinero. Contrajo el rostro. Hurgó más en el bolsillo. Buscando el pasaporte. Donde no estaba. Se levantó con expresión de pánico. Miró alrededor. «¿Dónde está tu pasaporte?», decía Branka. «Lo he dejado en la habitación», decía él. «Iremos contigo a buscarlo», decía Branka. El saco de arena era azul. Me llamaba Ismet. Tenía mi pasaporte en el bolsillo delantero izquierdo de su cazadora Levi’s y no lo entregó.
Estábamos en Dundas Street. Yo caminaba cuesta abajo, flanqueado por dos paraguas abiertos y sus dueños. El morado y blanco pertenecía a Branka. El negro convencional pertenecía al hombre sin mentón.
El talón de mi suela chacoloteaba mientras caminaba y me entraba el agua en la zapatilla. La lluvia estaba fría y yo andaba encorvado, sin cuello. Tres veces Branka se ofreció a compartir su paraguas conmigo y tres veces me negué.
—Me gusta la lluvia —dije—. Se me ha roto la zapatilla —expliqué en inglés.
El hombre sin mentón era severo.
—No me puedo creer que no lleves el pasaporte encima —dijo Branka.
Delante de la casa. Una escalera descendente hasta la puerta. La bajé de un salto, me quité las zapatillas y las dejé allí, en el felpudo. Ellos dos, con sus paraguas, se quedaron al nivel de la calle.
—Si queréis, podéis esperar aquí —dije—. Iré a buscarlo. —Pero Branka empezó a bajar con recelo en el semblante.
La puerta no estaba cerrada con llave, y entré a toda prisa. Corrí por el pasillo y casi perdí el equilibrio porque tenía el calcetín derecho empapado y en el parquet abrillantado resbalaba más peligrosamente. Pero había paredes donde apoyarse y llegué a mi habitación, entré atropelladamente y cerré la puerta. Eché el pestillo.
Por un momento me asaltó el pánico. Cogí mi bolsa, la dejé. Corrí a la ventana, me asomé, me di media vuelta, corrí a la puerta. Me tiré del pelo, dejé de tirármelo. Oí pasos. Siguió un momento de calma.
Llamaron a la puerta.
Me puse el anorak encima de la cazadora Levi’s y me encaramé al alféizar.
—¡Voy a cambiarme! —anuncié en voz alta—. ¡Estoy empapado!
Salté al patio en calcetines.
Me ensucié de barro las manos y las rodillas, me erguí y, agachándome para pasar por debajo de unas fundas de almohada, ahora empapadas en el tendedero, corrí hasta la puerta que daba al vestíbulo. Agarré el picaporte y tiré y tiré, y me asaltó de nuevo el pánico porque la puerta no se movía. Tiré y tiré y miré alrededor, calculando la altura de las tapias, pero de pronto empujé y la puerta se abrió; recorrí el edificio en toda su anchura hasta llegar a la parte delantera, asomé la cabeza y vi que no había nadie en la puerta, cogí mis zapatillas del felpudo con un movimiento fluido y subí por la escalera hasta la calle.
Seguí corriendo.
Y seguí.
Y avancé con brío y expresión de euforia, a pesar del aguacero, a pesar de los calcetines ya empapados por igual, a pesar de lo que había hecho Asmir, de lo que no había hecho mi padre, a pesar de todos los que se quedaban atrás en el infierno, a pesar de la incertidumbre sobre el futuro, de la atracción del pasado, de la desarticulación del presente. A pesar del miedo. A pesar del amor.
Seguí corriendo por la calle con una zapatilla en cada mano. Un autobús de dos pisos salido de una postal británica aflojó la marcha y se detuvo. Subí y entregué al conductor unos cuantos billetes arrugados. Trepé por la escalerilla al piso superior, que estaba vacío, fui hacia la parte de atrás y me tiré al suelo boca abajo.
El autobús arrancó. Me quedé allí tendido por un rato, luego me puse boca arriba. Dejé caer las zapatillas por encima de mi cabeza. Tenía el pecho agitado. Tenía una sonrisa en el rostro. Cerré la mano derecha en torno al bolsillo delantero izquierdo de la cazadora. Palpé el documento en su interior. Metí la mano izquierda en mi bolsillo interior derecho y estrujé la petaca con el dinero. Y a continuación perdí el conocimiento.
Me despertó el roce de las ramas contra el techo del autobús, y en cuanto tomé conciencia de dónde estaba, se me aceleró el corazón.
«QuéhacesQuéhacesQuéhacesQuéhacesQuéhac»
Levanté la cabeza, miré hacia el otro extremo del pasillo y enseguida sentí que me sobrevenía un desvanecimiento. Cerré los ojos y me apoyé en el costado del asiento a mi derecha. Encogí las piernas debajo del cuerpo y conseguí levantarme y sentarme en él.
«esQuéhacesQué»
Poco a poco mi oscuridad personal se batió en retirada ante la realidad y pude mirar alrededor. Retazos de Edimburgo, opacos a causa de la lluvia, aparecían uno tras otro en el marco de la ventanilla. No reconocí nada. Ese era el precio de la libertad.
«hacesQuéhaces»
En una alucinación, creí ser otra persona, alguien de mayor edad a quien el interior de ese autobús no le era ajeno, alguien que sabía dónde estaba, adónde iba y cuántas paradas faltaban para llegar allí. Me resultaba agradable e inquietante a la vez, agradable porque tenía un efecto tranquilizador en el cuerpo, inquietante porque en mi fuero interno sabía que en realidad no era yo. Sucumbí al pánico y saqué a tientas mi pasaporte. Lo abrí y miré mi fotografía. ¿Quién era ese chico pálido? ¿Por qué llevaba una camiseta con el cuello tan dado de sí?
Leí el nombre. Ismet Prcić. Leí el nombre, luego miré la foto, miré la foto, luego leí el nombre hasta que los reconocí los dos, las facciones de mi cara y las curvas y líneas ascendentes de mi firma. Sostuve el pasaporte con las dos manos, lo cerré y volví a guardármelo en el bolsillo; comprobé tres veces que el botón estaba bien cerrado, apoyé encima la palma de la mano y sentí el latido del corazón a través de él.
«Quéhaces»
Tenía los pies fríos. Sus calcetines antes blancos se veían ahora parduzcos y traslúcidos. Me los quité y los tiré. Parecían dos bolas de nieve mugrientas fundiéndose en el suelo del autobús. La piel de mis pies se me antojó extraña y arrugada. Busqué las zapatillas. La parte de atrás de la derecha me miraba con la boca abierta, pero estaban relativamente secas y me las calcé.
Vi edificios. Vi coches, cuyos limpiaparabrisas se erguían y se tumbaban. No tenía ni idea de lo que hacía.
Me apeé en una estación de autobuses. Soplaba tal viento que tomé conciencia de todos los huesos de mi cuerpo.
Dentro de la estación no hacía tanto frío, pero yo no dejaba de tiritar. Vagué por allí, buscando un hueco, un cubículo de intimidad, para esconderme, para recomponerme y pensar qué hacer. Me refugié en el retrete de un lavabo público.
Me senté en la tapa cerrada con la cabeza entre las manos mientras a mi alrededor otros hombres meaban y cagaban, se tiraban pedos y gemían, se lavaban y no se lavaban las manos. Me aseguré otra vez de que llevaba el pasaporte, conté el dinero (el alemán y el británico), saqué la agenda y leí los nombres y números de teléfono de todos mis amigos y familiares de Tuzla, que no podían ayudarme. Leí el número de mis padres, y pese a que me lo sabía de memoria, me resultó ajeno porque sabía que ya no era el mío. El número de mi tío de Estados Unidos me pareció demasiado largo y misterioso, como una línea de código informático. El número de Asja era triste, como una carta de amor no leída que alguien encuentra treinta años más tarde.
Una parte de mí se planteó si no debía volver al local, reunirme con el resto de la compañía y regresar a casa. «Esto no es para ti —me dije—. No puedes hacer esto solo.»
Otra parte de mí estaba eufórica, viva, y no pensaba más que en Allison. En el museo me dijo que no quería que volviese a Bosnia, y yo le contesté que no se preocupara y la informé de mis planes. Me dijo que si lo de Estados Unidos no salía, siempre podía quedarme con ella. En su momento me pareció sencillamente romántico y muy improbable, pero ahora era lo único que se me ocurría. Una y otra vez leí sus direcciones y números de teléfono (una de casa de su padre, la otra de casa de su madre) e intenté aprendérmelos de memoria.
Compré un sándwich triangular de queso y tomate envuelto en plástico, mi primera comida del día, y lo devoré de cuatro bocados. Me supo a gloria. Fui a comprar otro para más tarde.
Después de reunir un poco de valor y entrar en calor, telefoneé al padre de Allison desde una cabina, pero me dijo que la encontraría en casa de su madre. Telefoneé a su madre y, con el corazón sonándome atronadoramente en la cabina, pregunté si estaba Allison.
—¿De parte de quién?
—Soy Ismet. De Bosnia. Nos conocimos en la función.
—Ah, me alegro de oírte. Lo siento, pero Allison aún no ha vuelto del colegio.
—¿Cómo dice? —pregunté, sin acabar de entenderla debido a su cerrado dejo escocés.
—Aún no ha vuelto del colegio.
—Ah, el colegio —dije a través de un repentino nudo en la garganta.
—No la espero hasta las seis o las siete.
—Ah —fue lo único que conseguí decir mientras unas lágrimas calientes resbalaban desde mis ojos.
—Ismet, ¿estás bien? ¿Qué te pasa?
—Estoy bien —contesté con la voz una octava más grave.
—¿Seguro, cariño?
—Ya llamaré más tarde.
—Muy bien, pues. Le diré a Allison que has telefoneado.
—Gracias. Adiós.
—Hasta luego.
No pude volver a llamar. Me quedé en la cabina con el auricular en la mano derecha, el número en la cabeza, una mano izquierda perfectamente capaz de pulsar los botones en el orden correcto, una boca capaz de hablar con un marcado acento extranjero, suficiente aire en los pulmones para convertirlo en «Hola, ¿está Allison?», pero no pude volver a llamar.
Opté por comprar un billete de autobús a South Queensferry, donde vivía la madre de Allison… o más bien, me vi comprándolo. Me vi comprándolo y de pronto lo tenía en la mano, así que debí de comprarlo.
No sé cuánto duró el viaje.
Queensferry.
Me las arreglé para encontrar la calle, el edificio de apartamentos. No sé bien cómo. Me llevó mucho tiempo. Recuerdo el viento cortante, el parecido entre aquellos adoquines y los del centro de Tuzla, el vacío sobrenatural de las calles que despertaba en mí imágenes de los toques de queda. Caminé y caminé, mirando aquí y allá. Me comí el segundo sándwich. Seguí mirando. Entré en una taberna. Las estatuas de los taburetes giratorios volvieron los cuellos hasta que les crujieron en el esfuerzo por mirarme de arriba abajo, y luego volvieron a concentrarse en sus pintas de cerveza. Pedí leche. Les expliqué de dónde era, solicité indicaciones. Me entendieron mal. Uno de ellos dijo: «No sabía que hubiera guerra en Boston».
Al cabo de un rato encontré el bloque de apartamentos. Verifiqué el número de la calle tres veces. Era correcto. Fui a la puerta del vestíbulo e intenté entrar, pero era una de esas casas donde hay que hablar con alguien por un interfono para que te abra la puerta. En el tablero del portero automático los números de los apartamentos estaban desgastados. No me atreví a pulsar un botón cualquiera. No sabía qué hora era y no quería despertar a nadie. Decidí pasar la noche fuera e intentarlo por la mañana.
«Si supieras cuál es el botón, ¿lo pulsarías?»
La pregunta asomó a mi cabeza como si alguien la hubiese pronunciado realmente. ¿Lo haría? Recordé que antes tampoco había sido capaz de telefonear. ¿Por qué?
Se encendió la luz del vestíbulo y salió una pareja joven. No se fijaron en mí y alcancé la puerta antes de que se cerrara. Entré, notando el calor interior, y subí por la escalera hasta encontrar la puerta del apartamento de la madre de Allison. Me quedé inmóvil delante, escuchando. Por fin llamé.
La respuesta me llegó entonces. «Es más fácil que alguien te ayude si estás ante su puerta que si estás ante su verja, o en otra ciudad llamando por teléfono.» La fría astucia de este pensamiento me sorprendió.
La madre de Allison abrió con una bata encima del pijama.
—¡Ismet, cariño! —exclamó mientras Allison asomaba la cabeza desde atrás.
—Ismet —dijo Allison con voz aguda—, ¿qué pasa?
Todo se agitó en mi cabeza con un chapoteo.
—Me he escapado —contesté, y ellas me acogieron.
Me prepararon un baño. Me dieron ropa vieja del hermano de Allison. Me hicieron espaguetis para cenar y me sentaron en la mesa del comedor y me acribillaron a preguntas. Se lo expliqué todo: la razón de mi huida, lo de mi tío de Estados Unidos, mi familia, mi ciudad, mi país, la guerra, mis hobbies, mis libros preferidos, mis películas preferidas, mi color preferido. Les dije que nunca había hecho una cosa así, que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo, pero debía hacerlo.
—Ya pensaremos en algo mañana —dijo la madre de Allison—. No te preocupes.
Se parecía a mi madre en los viejos tiempos, una reproducción rubia y no fumadora, y la creí cuando aseguró que todo iría bien. Se acostó, y Allison y yo nos cogimos de la mano en la habitación de Allison y nos pasamos toda la noche hablando y volví a sentirme irreal, como si viera imágenes de mí mismo.
Llegada la mañana, durante los cereales, la madre de Allison lo tenía todo pensado.
—El billete de avión a Zagreb te espera en la oficina de Croatia Airlines en Heathrow. Asiento de ventanilla. El día once.
Allison batió palmas, se levantó de un salto y la abrazó.
Dentro de mí: música de mirlitón, confeti, puños en alto, una voz infantil gritando «¡Sí!».
Sonó el teléfono y la madre de Allison se volvió para contestar.
—¿Perdone? —oí decir a su madre. Y luego—: ¿Cómo dice?
La madre de Allison alzó el auricular en dirección a mí, con los ojos desorbitados.
—Tal vez sea para ti. No hablan en inglés.
«¿Mi madre?»
Me entregó el auricular, un artefacto conectado a la pared por medio de un cable en espiral, y sentí su peso y el peso de quienquiera que estuviese al otro lado de la línea. Acercármelo a la oreja representó un esfuerzo para mi bíceps.
—Sí —dije en bosnio.
—Qué pasa, tío. Soy Omar.
—¿Omar?
«¿De dónde ha sacado este número de teléfono?»
—Oye, todavía no nos hemos ido.
Se interrumpió y enseguida continuó como si yo le hubiese hecho una pregunta.
—Bueno, unos cuantos se escaparon del grupo y Branka está intentando reunirlos. Acaban de deducir dónde encontrar a Ismet.
Volvió a interrumpirse. Yo no pude siquiera emitir un gruñido. Prosiguió con su conversación unilateral.
—Una de las chicas de la compañía le ha contado a Branka que él se quedó colgado de cierta chica. Branka y los de inmigración telefonearon al colegio y hablaron con su profesora de teatro, que les facilitó sus direcciones. Acaban de ir a la casa del padre de la chica y no lo han encontrado allí. Así que ahora mismo van de camino a la casa de su madre.
Estaba avisándome. Éramos amigos desde hacía mucho tiempo y yo lo conocía bien; por eso no me esperaba tal grado de lealtad, y menos teniendo en cuenta lo unido que estaba a su madre.
—¿Estás seguro? —pregunté.
—Sí. Van a recogerlo y traerlo de vuelta, y luego nos marcharemos. Saben que los otros están en Londres.
—Gracias, tío.
—Bueno, pues ya volveré a llamarte cuando llegue a Londres.
Se oyó un chasquido en la línea. Me acerqué a la pared del comedor y colgué el auricular. Me enjugué las lágrimas y me volví. Allison y su madre parecían inmovilizadas por efecto de mi lenguaje corporal.
—Saben dónde estoy.
La madre de Allison apoyó las manos en mis hombros y dijo:
—Nadie se te va a llevar de aquí. No si puedo impedirlo.
Llamó a un amigo suyo abogado y le preguntó cuál era la mejor manera de proceder, y él le explicó que, como yo era musulmán, debía llevarme a una mezquita de Glasgow, porque allí había una comunidad musulmana muy poderosa y bien organizada, y ellos podían asesorarme en cuestiones jurídicas mejor que él por teléfono. Ella llamó al trabajo para decir que estaba enferma, metió en una bolsa ropa de su hijo para mí y nos obligó a salir del piso a toda prisa.
Ya en el coche, de camino a Glasgow, me sentí gratamente paralizado. Otra persona había asumido el control. La calefacción funcionaba. Las gotas de lluvia se deslizaban oblicuamente por las ventanillas y no podían mojarme. Allison bombeaba amor a través de mi mano. Desde el asiento delantero, su madre me aseguraba que todo saldría bien, que era mi destino llegar a Estados Unidos, que no debía permitir que el sueño muriese.
«A ver, ¿es el destino o es un sueño?»
Nos detuvimos en el aparcamiento de un centro islámico bastante grande, con una mezquita en la parte de atrás. Era un edificio de ladrillo, donde una columna achatada con un altavoz en lo alto hacía las veces de minarete. La madre de Allison se acercó sola al puesto de información, y Allison y yo nos abrazamos febrilmente en el asiento trasero y nos besamos hasta que ya no podíamos respirar. Con el tamborileo de la lluvia en el techo, aquello parecía el fin de todo.
Un tal Tariq, una especie de enlace del centro, nos recibió en su despacho, pequeño y sencillo. Llevaba uno de esos thaubs blancos y ondeantes y tenía una barba de Rasputín donde habría sido posible esconder un gato. Nos sirvió té negro con leche y escuchó la explicación de mis peripecias con sincero interés y comprensión.
Por lo visto el representante legal del centro tenía el día libre, y Tariq dijo que me convenía quedarme allí hasta el día siguiente. En la parte de atrás disponían de alojamiento para refugiados y personas que buscaban asilo, y él me proporcionaría alimento. La madre de Allison insistió mucho en las cuestiones de seguridad y él nos garantizó que cuidarían de mí. Allison deseaba quedarse conmigo, pero él dijo que eso no era posible.
Allison y su madre se marcharon, dijeron que volverían al día siguiente. Tariq me vio llorar y me preguntó si Allison era musulmana. Le contesté que no. Él cabeceó y, apoyando la mano en mi hombro, dijo:
—Quizá sea mejor que se hayan ido, ¿no te parece?
Me enseñó el edificio. Cuando llegó la oración de las doce del mediodía, me llevó a la mezquita. Durante la oración susurré suras que conocía, aprendidas de mi abuelo. Como no sabía cuándo arrodillarme ni cuándo ponerme en pie, ni cuándo tocar la serdžada con la frente, en esas partes aeróbicas de la oración imité al hombre que tenía enfrente. Tariq me llevó a continuación a su casa y, para almorzar, me dio un plato de huevos con especias, que comimos con los dedos, mojando pita en el revoltijo. Por la BBC daban La muerte de Yugoslavia, y la vi morir de nuevo.
Por la noche me llevó de vuelta al centro, me enseñó dónde dormiría, una pequeña habitación en la parte de atrás de la mezquita con colchonetas de gimnasia apiladas en un rincón y un armario lleno de mantas grises.
—Mañana el doctor Habib lo arreglará todo, Dios mediante —dijo.
El doctor Habib era un egipcio flaco con traje a medida, y efectivamente lo arregló todo. Examinó mi documentación y dictaminó que Branka carecía de base jurídica para obligarme a regresar a Bosnia si yo no quería ir. Telefoneó a inmigración y les comunicó mi paradero y mi intención de no volver con la compañía, y ellos me desearon una agradable estancia en Gran Bretaña hasta el momento de mi marcha. Mientras Allison y su madre aparcaban, Tariq me preguntó si no prefería quedarme en el centro, y dije que no. Sonrió tristemente y me estrechó la mano. Cuando salí de su despacho, alcancé a ver su expresión reflejada en el cristal de la puerta. El júbilo con el que yo me iba pareció causarle pesar.