Esquirlas
(… mustafá nalić se va a la guerra…)
Sus sueños eran aburridos, como la vida. Estaban saturados de unos cuantos
humanos con quienes en realidad él nunca había tenido contacto, humanos que
llevaban a cabo tareas cotidianas en una casa en la que en realidad él nunca había
estado pero que con el tiempo acabó conociendo muy bien. Las rutinas de esa
gente le eran totalmente ajenas mientras se hallaba sumido en los sueños y le
resultaban totalmente familiares cuando despertaba. Los detalles eran de un
aburrimiento aplastante. Soñaba que veía la televisión y por la mañana recordaba
lo que había visto.
La mayoría de las veces Mustafá sobrellevaba estas no-aventuras virtuales tal
como uno sobrelleva una tediosa película seudoartística cuando no dan nada más
en la televisión. La única diferencia era que él estaba allí metido, consciente de
que aquel no era su lugar, como un actor suplente que ni siquiera ha leído la obra.
Consciente en un sueño. De vez en cuando se sentía desbordado por el tonillo de
serie B de todo aquello, se salía de su personaje y profería una exclamación
dramática como «¿Quiénes sois vosotros?» o «¿Dónde estoy?» o «¡No existís!».
Lanzaba puñetazos a sus compañeros de reparto, y sus puños traspasaban el tejido
del sueño, haciéndolo jirones, despertando bruscamente sensaciones no deseadas
de temor injustificado.
Así, cuando despertó a los diecisiete años, temblando y aturullado, con gafas,
en un pasillo que olía a enfermedad y a potentes productos de limpieza, entre
unos treinta muchachos nerviosos de su misma edad, todos con carpetas
aparentemente idénticas en las manos, como si esperaran su ejecución, no tardó
en decidir que debía compensar la monotonía de sus sueños y conseguir que su
vida valiera la pena. Las gafas debían desaparecer. No tenía ningún problema en
la vista. Cuando su nueva actitud se activó con una sucesión de escalofríos que le
recorrieron la columna vertebral, entornó los ojos y esbozó una sonrisa siniestra,
enviando pasillo arriba y pasillo abajo ondas invisibles de energía que influían en
todo.
—¿Sabes si van a sacarnos sangre? —preguntó junto a él un gigante de
anchos hombros con voz chillona y atronadora, que subía y bajaba de volumen
como el ciclo de centrifugado de una lavadora averiada. Mustafá se encogió ante
la incongruencia entre su aspecto púber de torpeza grasienta y desgarbada, que
irradiaba nubes casi palpables de penetrante miedo, y su imponente tamaño,
coronado por una poblada barba.
—Uy, sí —contestó.
La carpeta emitió leves crujidos cuando las manos gigantescas que la
sujetaban empezaron a temblar visiblemente. Al cabo de un momento estas se
refrenaron y, con una tenacidad febril y propia de un insecto, alisaron la capeta y
la dejaron sobre el regazo gigantesco. Una vez liberadas de la importante
documentación, ya no responsables de la seguridad de esos papeles, guiaron
trémulamente los codos gigantescos hacia las rodillas gigantescas y se abrieron
hacia arriba para recibir una cabeza gigantesca petrificada.
A Mustafá se le antojó asombroso, el terror de aquel individuo. Obviamente
era un chico de campo, en pleno desarrollo, agigantado por las tareas de labranza
y la comida casera hipercalórica, el polo opuesto del cuerpo pálido y tísico de
Mustafá. Con toda seguridad no le habían puesto una inyección en la vida, y su
temor a todo aquello relacionado con un hospital era teatralmente manifiesto. Con
toda seguridad era la primera vez que pisaba una ciudad, un lugar al que nunca
iría a menos que tuvieran que operarlo de urgencia o, como en este caso, que lo
llamaran a filas para combatir en la guerra.
—Procura seguir respirando mientras te la saquen —le dijo Mustafá. Algo en
su interior lo indujo a decirlo, cierta envidia. No podía soportar semejante miedo
en un cuerpo tan fuerte y tan superior al suyo.
—¿Por qué? —preguntó el gigante, y alzó la vista con los ojos muy abiertos. —No te conviene tener un ataque al corazón. Te meten una aguja así de gorda
en la vena. Si dejas de respirar por un segundo… —hizo una pausa para mayor
efecto dramático, la alargó y alargó, y por fin dejó caer la bomba—, te mueres.
Al gigante, angustiado, le temblaron los labios. La nuez se deslizó en su
garganta arriba y abajo como si tuviera bajo la piel un ente alienígena.
—Madre mía —dijo, y volvió a hundir la cabeza entre las manos. Mustafá
sonrió, animado y a la vez asqueado por su acción. Los demás reclutas sonrieron
con sorna, procurando contener la risa.
De pronto se abrió la puerta más cercana y batió contra la pared. Al oírse el
golpetazo, los murmullos se interrumpieron en el acto y las cabezas se volvieron.
Había entrado una enfermera rolliza con los dedos enjoyados, anillos que jamás
podría quitarse sin vaselina o aceite.
—Los siguientes cinco —bramó, y aguardó hasta que Mustafá, el gigante y
otros tres chicos se levantaron y formaron una fila. El gigante, con las rodillas
temblorosas, avanzó muy despacio, encorvado como si llevara una bala de cañón
atada al cuello.
—¡Venga, grandullón, acelera! Parece que te hayas cagado en los pantalones.
—La enfermera se rio sin la menor compasión. En el pasillo se oyeron las risitas
de rigor. Mustafá tuvo la impresión de que la enfermera le quitaba el
protagonismo como animador de aquellos chicos.
—Camisas…
Mustafá se tiró un pedo.
—… fuera y… —Ahogaron sus instrucciones las sonoras carcajadas de unas
cuantas laringes que acababan de alcanzar la madurez, cosa que no podía decirse
de sus dueños. La enfermera recorrió la fila con la mirada en busca del
responsable y encontró la expresión serena y maliciosa de Mustafá. Allí estaba él,
conocedor de su público, mirándola a los ojos, sin dejarse intimidar. Las risas
empezaron a desvanecerse.
—¿Cómo puedes ser tan cerdo? —La enfermera intentó adoptar el tono de
una madre defraudada.
—Inspiración.
Antes de desvanecerse del todo, las risas se reactivaron con saña, y como no
tenía sentido levantar la voz por encima de ellas, la enfermera, enarcando las
cejas, señaló severamente en dirección a la puerta. Mustafá dio un suave empujón
al gigante en la espalda y la fila de cinco entró en la sala blanca como si pasara a
la otra vida. La enfermera los siguió y cerró de un portazo.
—¡La documentación en la mesa!
Obedecieron, algunos esforzándose aún en reprimir la hilaridad residual. La
documentación de Mustafá quedó enterrada bajo la de los demás, pero la
enfermera la rescató y la colocó en lo alto de la pila, ladeando la cabeza para leer
su nombre.
—¡Tú primero, bromista! ¡Quítate la camisa y siéntate aquí! Mustafá puso todo su empeño en no inmutarse por tener que desnudarse en
público, y se le notó. Se entretuvo como si buscara el borde inferior de su
sudadera y vaciló un poco antes de sacársela por encima de la cabeza, dejando a
la vista una ceñida camiseta de tirantes, de su hermano. El rostro de la enfermera
destilaba burla.
—La camiseta también.
No había necesidad de eso. Él posó los ojos en ella, luego en sus propias
venas al descubierto, ahora ya no ocultas bajo prenda alguna, luego otra vez en
ella. La enfermera le sostuvo la mirada. Él esperó. Al cabo de un segundo se quitó
la camiseta y dejó a la vista el acordeón que tenía por caja torácica. Ella lo miró y
soltó una risita.
—Sin comentarios —dijo, y se volvió para preparar la aguja. Mustafá recorrió
la habitación con la mirada, advirtió la sonrisa del gigante y, en algún lugar dentro
de él, entró en ebullición una repentina furia. El gigante, esa penosa masa de
carne densa acobardada ante la sola idea de recibir el pinchazo de una aguja, se
reía de él, de su escualidez, de la patética pelusa que asomaba como vello púbico
a medio camino entre los pezones, de la ausencia de toda musculatura perceptible,
del jodido trance en que se hallaba. Cuando la enfermera introdujo la aguja en la
vena de Mustafá, ajena a toda noción de delicadeza, él cerró los ojos, lanzó un
breve alarido, se cayó del taburete, de espaldas, y empezó a retorcerse y agitarse
espasmódicamente, a contraerse y temblar. La enfermera tuvo un instante de
pánico; acto seguido corrió a un armario a la vez que intentaba recordar qué debía
hacerse cuando alguien sufría un ataque. Desde el rincón llegó el ruido sordo de
un cuerpo gigantesco desplomándose en una abundante porción de suelo. Cuanto
más grandes… La enfermera se volvió, con los ojos desorbitados y una jeringuilla
en la mano, y descubrió a Mustafá otra vez en el taburete como si nada hubiera
pasado.
—Mejor será que le ponga eso al grandullón.
Mustafá estaba en vena. Volvió a tirarse un pedo mientras soplaba en el
chisme ese que mide la capacidad pulmonar, y recibió una clamorosa ovación. A
la enfermera que le practicó la prueba de audición le dijo que convivía a todas
horas con unas voces, y le ordenaban que incendiara el Cine Center.
Durante el examen optométrico afirmó que veía gnomos por toda la ciudad,
trepando a los árboles, cogidos de la mano, montados en Vespas. Su público le
dio palmadas en la espalda y lo vitoreó. A las enfermeras, en cambio, no les hizo
tanta gracia. Después de lo que había hecho al principio, la primera lo siguió y
previno a sus colegas.
—¡Ojo con este! ¡Es todo un bufón! ¡Vaya si lo es! Es todo un cómico.
Lástima que no sepa que los bufones no deben dejar en ridículo al rey, o pueden
acabar decapitados.
Mustafá respondió con otro trompetazo inspirado.
Pero en el sótano los obligaron a desnudarse por completo ante el comité militar
sentado tras mesas de aspecto carcelario. Unas cuantas chicas civiles,
congregadas detrás de las ventanas situadas en lo alto de las paredes, miraban a
través de los barrotes metálicos, riéndose y tapándose la boca. Enseñaban hojas
de papel con números escritos como jueces de patinaje artístico. Mustafá obtuvo
un 4, un 5, dos 6 y un 7. Intentó tragar saliva, pero todo volvió a subirle a la boca,
ácido de batería. Ante eso habría bajado la mirada, solo que no podía hacer frente
a su propia desnudez.
Una enfermera militar les contó los huevos y anotó algo en sus expedientes.
Sonrió ante el paquete del gigante. Con aquello uno podía remar hasta lugar
seguro. El grandullón permaneció inmóvil, todavía muerto de miedo, con un
pómulo morado, llorando.
—¡A vestirse, señoritas! —ordenó la enfermera mientras tiraba los guantes de
látex con que los había tocado a todos—. Moveos.
Detrás de las mesas, los uniformes estaban desabrochados, los ojos inyectados
en sangre, el pelo prematuramente gris, las bocas con las comisuras hacia abajo, y
un bolígrafo tamborileaba en el borde de la mesa a un ritmo constante. Una mano
extendida recibió la carpeta de Mustafá, y unos ojos se vieron obligados a leer las
letras y los números impresos. Ya vestido, Mustafá volvió a sentir el aguijoneo de
su nueva actitud. Era una forma de locura en el fondo de su mente, desprovista de
instinto de supervivencia. Una puta en busca de risas baratas, eso era él.
—¿Dónde estudias?
—En el instituto.
—¿Se te dan bien las matemáticas?
—Uy, soy un as.
Unas cejas entrecanas se enarcaron ante el flagrante sarcasmo de la respuesta
de Mustafá. Su rostro fue sometido a una severa inspección. Siguió un silencio.
—¿Para qué rama de las fuerzas armadas te consideras más apto? —Tendría que decir la marina, ya que soy… un as de la natación. Y si bien es verdad que Bosnia y Herzegovina tiene un acceso al Adriático de
unos cinco centímetros de ancho, la referencia a la Marina bosnia era obviamente
una broma. En el sótano se apagaron todas las voces. El bolígrafo interrumpió su
agresiva percusión contra la mesa. Detrás, los labios se tensaron y los ojos se
entrecerraron en una expresión de ira. Sellaron su carpeta como si aplastaran una
cucaracha.
—Creo que te lo pasarás bien en las fuerzas especiales, graciosillo. Aunque
no por mucho tiempo. ¡El siguiente!
Tumbado boca arriba, contempla el cielo nocturno, buscando la cara de Dios.
Musita antiguas frases en árabe que para él carecen de significado, ya que las
aprendió fonéticamente cuando era niño. Se ha cagado encima. Se ha meado
encima. Tiene frío.
Unos proyectiles surcan el cielo. Explosiones. Fuego de artillería. Reza de la única manera que sabe y abraza su fusil vacío. Está a medio camino entre las trincheras.