La comerciante de libros
Capítulo VII
No temáis a quienes matan el cuerpo [...], todo
aquel que conoce la verdad, sea sacerdote o
lego, debería defenderla hasta la muerte; de lo
contrario, es un traidor a la verdad y también
a Cristo.
Jan Hus, en una carta a los habitantes de
Pilsen, octubre de 1411
Anna cruzó deprisa la plaza de la Ciudad Vieja, cuyo empedrado hacía rebotar la luz en trémulas olas de calor. La iglesia de Tyn, con sus campanarios gemelos e irregulares erizados de agujas y pináculos, brillaba temblorosa bajo el sol veraniego de Praga.
Todo estaba más quieto de lo normal. Ni siquiera había palomas en la escalinata.
Subió hasta la gran puerta. No había ningún aviso de castigos públicos o censuras eclesiásticas. Tampoco en la puerta del ayuntamiento.
Sus malos presagios eran absurdos. La iglesia estaba silenciosa a causa del calor. Se estaba dejando llevar por la imaginación. Lo más probable era que Martin y los otros hubieran sido liberados con una simple amenaza. Decidió volver a casa y decirle a su abuelo que sus temores eran injustificados, que aquel recado era tiempo malgastado y que habría sido mucho más provechoso emplearlo en lavar la ropa sucia, pero justo entonces oyó gritos que venían del río Vltava, más concretamente del puente de piedra. Gritos de ira. Abucheos.
Al acercarse, se puso más nerviosa. ¿Azotes públicos? No quería ver al pobre desgraciado. Ya había visto una vez azotes públicos. Sería mejor ir a la universidad para informarse de si habían puesto en libertad a los estudiantes.
El clamor aumentaba.
Los azotes que había presenciado Anna los había recibido un cazador furtivo, sorprendido matando ciervos del rey en Hradcany. Le habían llevado a la plaza de la Ciudad Vieja para dar ejemplo. Todos los burgueses estaban de acuerdo en que azotar al villano en vez de ahorcarle, tal como decretaba la ley, era un gesto de clemencia, un favor otorgado por el rey Wenceslao.
A Anna no le había parecido nada clemente. A aquel hombre, cuyo delito era buscar carne para su familia en lo más crudo del invierno, le habían desnudado de cintura para arriba y la guardia del rey le había atado a un poste mientras su mujer los veía dejar su espalda en carne viva. La pobre forcejeaba y gritaba el nombre de su esposo mientras la sujetaban los soldados. Karl, se llamaba Karl, y tenía más o menos la misma edad que Martin.
¡Martin! Pero no, los azotes los administraban hombres del rey, y el rey apoyaba a los husitas. ¿O no?
Además, razonó Anna, no habrían dado azotes en el puente.
¡Pues entonces una inmersión! Una advertencia a todos por parte del obispo. Para eso no necesitaba el permiso del rey. Martin odiaba el agua. Hasta evitaba coger peces con la mano en los bajíos.
Se recogió la falda y echó a correr.
Al acercarse a la torre almenada de acceso al puente, se cruzó con estudiantes que corrían en sentido contrario. Uno de ellos la apartó sin contemplaciones.
—¡Mira por dónde...!
—¡Anna!
Le cogieron el brazo. Era un hombre de edad avanzada. Jerome.
—No, Anna, no vayas. Es mejor que no veas...
—Tengo que ir con él. Sea cual sea el castigo, debe saber que estoy cerca para darle valor.
Se soltó y empezó a avanzar entre la muchedumbre con el pulso desbocado.
Dejando atrás la torre.
—Anna, te verán y...
Y el gran crucifijo de bronce que la decoraba.
Casi no se dio cuenta de que Jerome le estiraba la falda, hasta que la soltó.
—Anna, por favor... Piensa en tu abuelo, por favor. ¡Vas a ponernos a todos en peligro!
Siguió adelante sin saber si Jerome aún la seguía. Le daba igual. Llegó al frente de la muchedumbre, donde de pronto todo era silencio.
Todos los ojos miraban hacia arriba. Hizo lo mismo.
Junto al gran crucifijo de bronce de Jesús había tres postes; como las tres cruces del Gólgota, pensaría después, cuando en lo más profundo de la noche reprodujese mentalmente una y otra vez las truculentas imágenes.
En lo más alto de cada poste había una cabeza humana.
A la izquierda Jan, el del trívium. A la derecha, Stasik.
Y empalada en el poste de en medio, la cabeza de Martin, del antaño guapo Martin, con sangre goteando de sus rizos negros sobre las piedras del puente.
* * * * *
Finn esperaba el regreso de Anna. La había visto cruzar la plaza y perderse de vista en dirección al río. Los nervios y la intensidad de la luz que entraba por la puerta abierta le daban dolor de cabeza. Sólo conseguía aspirar pequeñas cantidades de aire. Sabía que tenía fiebre. Lo notaba en la piel reseca de los labios y en que se le pegaba la lengua al paladar. También tenía frío. A pesar de las olas de calor que temblaban al sol, él tiritaba debajo de una manta, anhelando cerrar los ojos para protegerse del resplandor, pero sin cerrarlos por si volvía Anna.
Finalmente apareció en la puerta.
Se apoyó en el marco sin cruzarlo. Tenía la cara lívida y la piel tensa por encima de los huesos.
Finn se llevó una mano al corazón. Finalmente sucedía, y a pesar de las amenazas del arzobispo y de las advertencias de Hus, le pillaba desprevenido.
Se levantó y fue hacia la puerta lo más deprisa que pudo, para coger a Anna antes de que se cayera.
Ella tenía los ojos muy abiertos, fijos.
—Dĕdeček, han matado a Martin. Le han... cortado la cabeza.
Se le quebró la voz en la última palabra, llena de incredulidad. Hablaba tan bajo que Finn sólo la oyó porque la tenía en brazos.
—Se la han cortado a todos.
¿Decapitados? ¿Había oído bien? Debía guardar la calma por el bien de Anna.
—Tranquila, no pasa nada.
Nada más pronunciar esas palabras, las mismas que siempre había usado para calmar el llanto de su nieta, pensó en lo absurdas que sonaban. No tenía en sus brazos a una niña que se hubiera arañado la rodilla o a la que se le hubiera roto su juguete favorito. Habían matado, prácticamente en sus narices, a quien debía ser su futuro marido. Había sido mala idea hacerla salir de casa. Debería haber ido él, pero no se imaginaba que la situación llegase a esos extremos. Dios, por favor, que no hubiera tenido que presenciar la ejecución...
—Cuéntamelo, pequeña.
—En el puente. Las cabezas están clavadas en picas... en el puente.
La llevó al banco de madera que había junto a la ventana, sintiendo su peso en los brazos y en el corazón.
—Cuéntamelo todo —dijo, acariciándole la cabeza—. Estoy aquí.
—Están muertos —susurró Anna con voz ronca—. Sus cabezas en picas, en el puente. Los tres. Jan, Stasik... y Martin. Martin está en el centro. Como Cristo.
Finn cerró los ojos y respiró dolorosamente ante la visión que despertaban las palabras de Anna. Sabía que la persecución era inminente, pero no se había imaginado que pudiera estallar como una tormenta sobre sus cabezas. Creía que habría más avisos, y hasta entonces sólo se oían truenos lejanos, rumores en el horizonte. Esperaba tener tiempo, si no para protegerse a sí mismo, sí para protegerla a ella. ¡Qué egoísta había sido, qué tonto y ciego!
—Martin quería pedirte mi mano, pero le hice esperar. Mal hecho. Entonces habría sido menos imprudente. Es culpa mía..., culpa mía... por hacerle esperar.
Anna empezó a sollozar a grandes bocanadas que le henchían temblorosamente el pecho, robándole el aliento, como se lo robaban a Finn.
—Cállate, niña. ¡Qué va a ser culpa tuya! Si hay algún culpable, aparte del arzobispo, soy yo, no tú. Debería haberlo previsto.
Anna empezó a levantarse, pero se derrumbó en el suelo y abrazó los pies de Finn, escondiendo la cara en sus rodillas. Él luchó por recuperar el dominio de sí mismo, sintiendo el temblor de los hombros de su nieta a través de la tela de sus pantalones.
Durante la infancia de Anna, él nunca la había llevado a ver las cabezas sobre picas de los delincuentes, como era costumbre entre los padres (la lección perfecta: o te portas bien o algún día tu cabeza podría acabar allá arriba, y si no puedes portarte bien, al menos sé listo). Se arrepintió. Entonces aquel trance no habría sido tan duro para Anna, sino algo normal. Porque era algo normal. «Y sin embargo esta vez son chicos que conoces, que quieres, a quienes ayudaste a llevar hacia el peligro», insistía una voz en su cabeza.
Stasik y Jan. Y Martin. Sus cortas vidas apagadas como velas. ¿Qué sería de Anna?
Su viejo corazón latía erráticamente. Respiró para llenarse los pulmones, porque tenía la sensación de que se les escapaba el aire. ¡Tiempo! ¡No había bastante tiempo!
—No hables, Anna. Haz de tripas corazón. —Lo dijo casi sin resuello—. Tienes que ser fuerte. A Martin y a los otros ya les lloraremos. Ahora mismo tenemos que salvarnos. Levántate y ve a buscar a Jerome.
—Ya le he visto, Dĕdeček; estaba en el puente, donde han..., donde he visto...
—Ya lo sé, pequeña, ya sé qué has visto, pero no tenemos mucho tiempo. —Finn hizo acopio de aire, mientras sentía un silbido en sus pulmones—. Jerome volverá a la universidad para avisar a los demás. Dile que tengo que verle ahora mismo. Tengo que darle instrucciones.
Al tocar la mejilla de su nieta, la sintió fría en la palma de su mano.
Anna apartó la cabeza de sus rodillas y le miró, secándose el llanto con la manga. Esta vez fue ella quien aplicó el dorso de la mano a la frente de su abuelo. El frío de la mano en la cara de Finn fue igual que el de la cara de Anna en su palma.
—¡Dĕdeček, estás ardiendo! Tengo que meterte en la cama y buscar a un médico. —Sin embargo, Anna no se movió—. Tengo que... buscar a un médico...
—Anna...
Con movimientos de sonámbula, puso un brazo en torno al cuello de Finn y se puso de pie para levantarle de la silla y llevárselo a rastras. Subieron juntos con dificultad, mientras él veía que todo daba vueltas.
—Buscar a un médico. Es lo primero...
Anna ya no lloraba, pero su tono de voz se había vuelto extraño, muy distante.
—No, Anna... Jerome...
—Por Martin no te preocupes. —Se pasó el dorso de la mano por la cara—. Ahora ya no necesita a Jerome. Los ángeles se llevarán su alma al cielo. En cambio, tú y yo seguimos aquí, y tenemos que valemos por nosotros mismos. Ahora tengo que cuidarte. Debería haber cuidado a Martin. A ti todavía te tengo, y te cuidaré.
Finn abrió la boca para contestar, pero le faltaba el aliento. Sintió que la cama subía rápidamente a su encuentro.
* * * * *
Horas después, al despertar, vio a Anna lavándole la frente.
—¡Dĕdeček, estás despierto! Gracias a Dios.
La joven sonrió valientemente, como si el horror que había presenciado fuera una simple pesadilla.
Se parecía a su esposa, a la hermosa Rebekka, el día en que Finn había dado su palabra de protegerla (pero no de la muerte; de eso no había sabido protegerla); también se parecía a Rose, la hija de ambos, muerta al dar a luz a Anna. Al recibir la dulce caricia de sus manos en la cara, Finn vio a Kathryn; la vio el día de su visita a la cárcel de Norwich, con su pequeña nieta en brazos, ofreciéndosela a él como si fuera un sacrificio.
—Mientras dormías, ha venido Jerome, Dĕdeček, y te ha traído esto. —Anna metió en su boca una cucharada de un líquido repugnante, con color de tinta de calamar. Finn casi se atragantó—. Según él no corremos un peligro inminente. Las autoridades esperarán a ver en qué para todo y si consiguen silenciar a Hus. No se arriesgarán a despertar de nuevo las iras de la gente en tan poco tiempo.
Finn trató de incorporarse, pero como sus fuerzas sólo le permitían susurrar, hizo señas a su nieta de que se inclinara.
—Tienes que irte, Anna. Tienes que ir a Inglaterra. Ve a buscar papel y pluma, y apunta el nombre que te voy a decir.
—Silencio, Dĕdeček —le rogó ella—. «Tenemos» que ir. No pienso separarme de ti.
Finn vio miedo, pena e incredulidad en los ojos de Anna, pero no tenía tiempo de aliviarlos.
—Hazme caso, Anna. Papel.
Tenía la voz ronca. Cerró los ojos para recuperarse un poco mientras oía un susurro de papeles y el ruido de un tintero. Al abrir los ojos, Anna estaba agachada, con la pluma en la mano. «Me está siguiendo la corriente», pensó. Qué más daba. Al menos haría lo que le pedía y recordaría sus indicaciones.
—Sir John Oldcastle. Lord Cobham.
—No, Dĕdeček, es una tontería. No pienso...
—Anótalo, Anna. Castillo de Cooling, Kent, Inglaterra. —Cada sílaba era como un graznido sobrepuesto a los rasguños del plumín—. Es donde tienes que ir si me pasa algo.
—No te va a...
Ignoró el tono suplicante de Anna.
—Sir John es un hombre poderoso y bueno. Te protegerá por nuestra causa común. ¿Ya has escrito su nombre? Repítemelo.
—Sir John Oldcastle.
La voz de su nieta temblaba de emoción.
—Del pasaje se encargará Jerome. Vende lo que haya de valor en esta casa. Hay monedas en mi bolsa y otras en el arcón, debajo de la Biblia. El alquiler está pagado, pero la señora Kremensky es una mujer justa, que te devolverá cualquier remanente que no uses. La Biblia no la vendas. Llévatela para enseñársela a sir John. Será la prueba de que eres quien dices ser.
—Dĕdeček, por favor, que me estás asustando. No hables así. Jerome ha ido a buscar al médico.
Anna ya lloraba abiertamente, mojándose el pecho de lágrimas, pero Finn estaba demasiado cansado para reaccionar. Cerró los ojos y durmió a medias. Cada vez que los abría se encontraba a Anna, cogiéndole la mano y humedeciendo sus labios resecos con las yemas de los dedos mojadas en agua fresca. Olían a jazmín. Su florecita de jazmín. Una niña pequeñita jugando en el suelo con sus conchas vacías de pintura, «pintando» con una pluma rota con la luz de un rayo de sol errante.
—¿Y el papel? —intentó preguntarle.
¿Lo había anotado? Pero fue un farfulleo ininteligible, incluso para él.
—Está aquí, Dĕdeček. Lo tengo aquí. Sir John Oldcastle.
La última vez que Finn se despertó, tenía apoyada en el pecho la cabeza de su nieta, como si le auscultara el corazón. Sintió grabarse en su piel la huella de la cruz que Anna llevaba colgada en el cuello. La cruz que le había dado él. La que había hecho para su abuela Rebekka. Era lo único que Anna tenía de su madre, Rose. «Me gustaría que siempre la llevaras —le había dicho Finn al dársela—, en recuerdo de tu herencia.» Herencia de la que, por otro lado, Dios era testigo de que él le había contado muy poco; testigo, también, de que siempre había querido contárselo... algún día.
En la habitación había menos luz. Debía de estar atardeciendo. La luz se filtraba por el pelo rojo de Anna, tiñendo toda la sala de un color rosado como el que deja la puesta del sol.
Cerró los ojos, pero la luz no sólo no desapareció, sino que se hizo más intensa en el centro. Creyó ver a su abuela dentro de ella, tendiéndole la mano, y, junto a ella, a su joven esposa, Rebekka. También estaba Rose, la hija de ambos. Las tres le sonreían y le llamaban por señas. Eran mujeres hermosas, aún más hermosas de como las recordaba.
El aroma a jazmín llenó toda la sala. Finn respiró hondo, y su fragancia embriagadora le produjo un delicioso mareo. El dolor que desde hacía tanto tiempo era su compañero, hasta el punto de que ya no se acordaba de cómo era vivir sin él, había desaparecido. En su lugar surgió una sensación de sumo bienestar, tan intensa que casi le devolvió el aliento.
Entonces se dio cuenta de que faltaba una de las mujeres envueltas en el resplandor.
No estaba Kathryn. No estaba de pie en la luz.
Oyó de nuevo las palabras de la priora: que antes de cerrar los ojos, Kathryn había firmado una donación.
«Cerrar los ojos», había dicho, no «morirse», y había añadido: «Sus tierras son suficientes para satisfacer sus necesidades». En su dolor, Finn lo había interpretado como el dinero para rezar por su alma. «Hemos hecho todo lo posible», había dicho la priora. Sin llegar a mentir, le había dejado creer que Kathryn estaba muerta.
De repente, lo tuvo tan claro como la luz que le rodeaba y su anciano corazón se rió al comprenderlo. Kathryn no estaba entre las almas de los muertos porque le había engañado. ¡Tantos años viviendo separados cuando podrían haber estado juntos! Pero no, no era cierto. Había sido la única manera. En la pureza de la luz que le envolvía no había asideros para la ira. Tampoco para el arrepentimiento. Ya era suficiente que Kathryn estuviera viva.
Y Kathryn vivía en Inglaterra.
Anna no tendría que defenderse sola al quedarse sin su abuelo.
«Busca a Kathryn.» Trató de musitarlo al oído de Anna, pero en la sala no se oía nada más que los sollozos quedos de la joven, que a diferencia de otras ocasiones, cosa curiosa, no turbaron la paz de Finn.
Después se lo tragó la luz y ya no pudo oír los sollozos inquietos de Anna.