La comerciante de libros
Capítulo XI
El hombre sabio y resuelto de veras a
proteger su salvación siempre vela con tal
solicitud por reprimir sus vicios que se
ciñe el cinturón de la perfecta mortificación.
De El ideal monástico (siglo XI)
—Pero si ya estoy bautizada, esposo mío... —dijo a su marido lady Joan Cobham —. Como es debido, por un sacerdote.
Era septiembre en el castillo de Cooling y hacía calor. Sir John llevaba a su esposa de la mano por el patio. Dejaron atrás el cuerpo de guardia y las caballerizas. Después cruzaron el seto que delimitaba el jardín y se adentraron en el bosque, pisando bellotas y hojas secas de roble del año anterior, siempre cuesta abajo hasta que las hojas dejaron su sitio a una mullida alfombra de musgo.
—No me refería al bautismo, esposa mía, sino a otro de los santos sacramentos.
La estrechó en el cerco de sus brazos, justo cuando salían a un pequeño claro donde el sol clavaba una saeta de luz en las oscuras y verdes paredes del bosque.
—Quiero enseñarte qué otra utilidad podemos darle a este sagrado estanque.
Jadeaba por lo empinado de la cuesta.
Lady Cobham miró hacia abajo desde las rocas donde estaban. Bajo el haz luminoso brillaba un estanque de agua clara, de color zafiro. El aliento, esta vez, lo perdió ella.
Durante todo el verano había observado con curiosidad cómo sir John excavaba el suelo, contenía las aguas del río con un dique, movía tierras y plantaba rocas y árboles hasta convertir la única hondonada que había entre Gravesend y el castillo de Coolham en una nemorosa cañada. "Una piscina bautismal secreta", había dicho él, como donde le habían bautizado a él, sólo hacía seis años, en el valle de Olchon, en lo más profundo de las Montañas Negras galesas. Ahora la prueba de su diligencia se extendía a los pies de lady Cobham.
De la roca de arriba caía, tentador, un chorro de agua. John, jadeante, movió unas cuantas piedras y cambió un tronco de lugar para convertir el chorro en una cascada que se lanzaba ruidosamente en el estanque desde las rocas.
—¡Oh, John!
Joan no pudo decir más.
—Venga, a refrescarnos.
—¿Podemos? Lo pregunto porque siendo un lugar sagrado...
—También lo era el Edén. Ven conmigo.
John la cogió de la mano para bajar por un camino sinuoso, a la vez que se quitaba el jubón.
También Joan se desató la camisa, consciente de que su marido la miraba. ¡Ella, una viuda que ya había enterrado a dos maridos, y se sentía como una virgen cuando la miraba así! Se aguantó el impulso de taparse los pechos con los brazos.
—Tú primero —dijo él.
El agua fría rodeó tan bruscamente los tobillos de Joan que agradeció el poco calor que infundía en su cuello y sus hombros la cabellera desatada.
—Sigue, que ya te acostumbrarás. Ponte debajo del chorro —le dijo él.
Primero sintió el agua en la coronilla y en la curva de la espalda. Después se giró y, levantando la cabeza, contempló el baile de las gotas de agua en un solo rayo de sol, como una lluvia rosada, verde y amarilla que acababa posándose en su piel. Estoy jugando en un arco iris, pensó. Oyó que John se zambullía, y no de puntillas, como ella. Después se sintió rodeada por sus brazos.
Por encima de ella pasó una sombra, algo que se movía entre los árboles. Un susurro en el sotobosque. Después volvió el silencio.
—He traído jabón —le susurró John al oído—. Del que te gusta.
Empezó a lavarla, mezclando el dulce aroma del espliego con la fragancia del musgo, de la tierra húmeda y de las rocas al sol. Sus manos se deslizaban por su piel, entre espuma de burbujas.
—Me toca —dijo ella, riéndose.
Cogió el jabón para empezar a lavar sus anchos hombros y la gran superficie de su pecho y su barriga.
—Ya basta. —John se rió—. No está bien que un hombre huela demasiado a flores.
Tiró el jabón a la cascada. El agua se llenó de burbujitas que reventaban alrededor de los pies de Joan, formando pequeñas explosiones de color y luz. Él la atrajo hacia sí, calentándola con su cuerpo, y Joan sintió sus labios en la nuca.
—Oh, John...
No tuvo aliento para decir nada más.
* * * * *
La mañana siguiente, al cruzar el patio de armas, sir John reconoció los símbolos de la Iglesia romana en el caballo montado por un jinete de hábito negro. Desde su asignación a la abadía como confesor de las monjas, el fraile siempre encontraba algún pretexto para merodear por el castillo.
Sir John se aguantó un suspiro. No era tonto. El hermano Gabriel estaba espiando para el arzobispo. ¿Qué otra razón podía tener para venir tan a menudo sin ser invitado? Le tenían encima a todas horas: en la cocina, charlando con el cocinero siempre que sir John iba en busca de su cuota de cerveza (nada ya de barreños de jerez, sino cerveza floja racionada por su mujer, la justa para que no se le secara la garganta), o en la solana, riéndose con Joan mientras simulaba un interés devoto por el texto de Wycliffe y se esforzaba por exprimir información a su taimada esposa.
Por eso, aquella mañana, ni le sorprendió ni le gustó oírse llamar en su propio patio. Tuvo curiosidad por el pretexto que usaría el hermano Gabriel para su visita. ¡Qué día tan inoportuno! Esperaba a dos curas lolardos, y dentro de unos días celebrarían una reunión con todos los sacerdotes laicos de los condados de Kent y Suffolk. Los planes de sir John eran distribuir los nuevos tratados de Wycliffe que la abadesa le había prometido tener acabados.
—¡Hermano Gabriel! ¿A qué se debe el honor de esta visita?
Disimuló su mal humor.
El fraile se apeó del caballo sin dar ninguna muestra de su habitual desenvoltura. Apartaba la vista, como un hombre cuando sorprende desnudo a otro hombre.
Sir John se palpó la barba, pequeña y en punta, para comprobar que no se la hubiera manchado de grasa durante la refacción matinal, y una vez satisfecho, bajó la mirada para cerciorarse de que sus pantalones tuvieran los cordones bien atados. No, parecía que todo estaba en orden. Lo más curioso era que el malestar del fraile se le estaba contagiando. Era la primera vez que le veía así. Normalmente, era una persona afable y campechana.
Sus miradas acabaron coincidiendo.
—Me voy al sur, a los puertos, para llevar la gracia de nuestro Señor a los pecadores. Quería despedirme de vos y de lady Cobham.
¡Vaya, qué buena noticia! Por fin se librarían del espía dominico. Debería haberlo deducido de su indumentaria, una suntuosa túnica negra, y de la gran bolsa de terciopelo donde llevaba la «gracia» a la que acababa de referirse: las bulas e indulgencias papales que se intercambiarían por monedas. Sir John tuvo ganas de preguntar: «¿Qué, ya toca rellenar las arcas de Arundel?».
Lo que dijo, sin embargo, fue:
—¿Y las hermanas de la abadía? ¿Quién administrará el sacramento en vuestra ausencia?
Y ello, a pesar de que sabía muy bien que la abadía ya contaba con un sacerdote residente y que la presencia del buldero en ella era un simple pretexto, y a pesar, también, de que sir John no sentía ningún temor por las hermanas. La abadesa era una mujer inteligente y devota, que no se dejaría sonsacar más de lo necesario. A decir verdad, por quienes menos temía era por los simpatizantes de la causa lolarda, ya que él mismo había contribuido a que el Parlamento aprobase una ley según la cual cualquier persona acusada de herejía pasaba a ser prisionera de la Corona, no de la Iglesia; una medida de gran importancia personal para sir John, que tenía amigos de alta, muy alta posición en la corte. Claro que últimamente decían que el príncipe Hal se interesaba por la religión...
No sería sir John quien se lo reprochase. También él había recibido una buena inyección devota. Aunque él y el futuro rey se hallaran en bandos opuestos, ¿podían estar muy lejos con Cristo en medio? Cristo y los buenos tiempos compartidos por el príncipe Hal y Merry Jack... ¡Que maquinasen, que tramasen lo peor Arundel y su espía! Porque o mucho mentían las apariencias, o faltaba muy poco para que el anciano arzobispo tuviera que dar cuentas a Dios. ¡Cómo le gustaría presenciarlo a sir John! De todos modos, se alegró de la marcha del cura. Tanto en el castillo de Cooling como en la abadía de Rochester serían más fáciles las cosas sin el lacayo del arzobispo metiendo la nariz en todos los rincones.
—Durante mi ausencia se encargará de ello el viejo cura de la abadía. Sus achaques no le impiden oficiar una sencilla misa, aunque digan que duerme en el confesionario.
«Seguro que tú no —pensó sir John—. Tú tienes los oídos más abiertos que un sabueso tras el rastro de un zorro.»
—Os echarán de menos las hermanas. ¿Cuánto tiempo estaréis fuera?
—Volveré antes de que las lluvias de invierno estropeen los caminos. Tengo la intención de pasar unos días con mi padre confesor, que es muy anciano y está casi ciego. Temo que no dure un año más.
—¿Está en Canterbury?
—No, en South Downs, en la abadía de Battle.
—Pues voy a avisar a lady Cobham —dijo sir John, que de repente se sentía tan generoso y contento como un colegial de vacaciones—. Seguro que quiere desearos bien viaje.
Era verdad. Joan le había tomado cariño, a pesar de su vocación y de su profesión.
Curiosamente, el hermano Gabriel se opuso.
—No, por favor. —Se le subieron los colores hasta la raíz del pelo—. No quiero molestarla.
¿A que venía aquella repentina timidez? Sir John nunca había visto que el cura fuera reacio a hablar con su señora. De hecho, solían entablar conversaciones muy animadas, en las que ella le hacía bromas sobre su ortodoxia y jugueteaba con él, lanzando el anzuelo de alguna información, pero sin acabar de revelar nada importante.
—Por favor, despedidme de ella.
El caballo del buldero sacudió la cabeza como si asintiera, haciendo sonar los cascabeles de oro de su arnés rojo.
—Decidle a vuestra esposa que vendré a verla cuando vuelva. Debo partir cuanto antes.
Parecía nervioso como un colegial.
Sir John le vio poner al trote su caballo, de elegantes arreos, y cruzar el patio, el rastrillo y la barbacana. El sol hacía brillar el borde rubio de su tonsura. Por dentro la piel tenía el color rosado de una baya de primavera. ¿Y si...? Fue sir John esta vez quien se ruborizó, porque él también había oído susurrar la maleza en el momento en que su esposa se desvestía para penetrar en la cascada. Entonces lo había atribuido al correteo de alguna liebre curiosa y no lo había investigado para no interrumpir el momento ni alarmar a su mujer. ¿Era posible, se preguntó, que la serpiente se estuviera yendo voluntariamente del edén?
¡Qué diantre iba a serlo!, se dijo.
Bueno, al menos tendrían un respiro y podría reunirse tranquilamente con los curas lolardos.
* * * * *
En el jardín del priorato, la abadesa sudaba bajo su velo y su griñón. Empezaba la tarde. Era justo después de la hora sexta, y el sol llenaba el aire de fragancias de salvia y de romero. La gasa suelta del velo retenía su aliento. Se le estaban formando gotitas de humedad en las arrugas de las mejillas, pero no se le ocurrió quitarse el velo, ni siquiera en la intimidad del claustro. Aquel velo semitransparente era como una piel sobre su rostro. Sin él se sentía vulnerable, en carne viva, aunque a veces (siempre en privado) lo levantase por el lado derecho a fin de ver sin el obstáculo de la fina gasa negra. Fue lo que hizo.
Justo cuando se inclinaba para coger bayas del arbusto de Vitex agnuscastus que crecía en el cuadrante derecho del jardín, oyó sobreponerse unos pasos al goteo del agua en la fuente central. Eran más pesados que los de las hermanas e iban acompañados de una voz masculina.
—Me ha dicho la hermana Agatha que os encontraría aquí.
Una voz sonora, conocida y jovial. La abadesa se irguió y bajó el velo por completo antes de girarse para saludar a su visitante.
—¡Sir John! Os esperaba más temprano. ¿Cómo está lady Joan?
—Mi señora está bien. Os manda recuerdos afectuosos. Si no ha venido es porque está haciendo los preparativos para la oración comunitaria de esta noche. Esperamos a más de cien personas, y después de rezar y de leer la Biblia, lady Joan quiere darles de comer a todos.
—¿Se quedarán a dormir?
—Algunos. Repartiremos las esteras por la sala principal y el patio.
—Suena como un gran campamento.
—Ése es el plan: que se vayan bien alimentados, con fuerzas para predicar la Palabra.
La abadesa sonrió, animada por el entusiasmo de sir John. Un hombre como él hacía honor a la causa lolarda (la misma a la que ella estaba adscrita desde hacía veintisiete años).
Tomó asiento en uno de los bancos de piedra protegidos por la columnata que rodeaba el jardín, a la vez que invitaba por señas a sir John a sentarse en el banco de enfrente, al otro lado del pasillo interior. Era como solían sentarse las hermanas al final del día, entre la cena y las vísperas, el único momento de la jornada en que podían conversar como les gusta a las mujeres. Al ser mediodía no había nadie en el claustro; todas las monjas trabajaban con ahínco en el scriptorium, y el único ocupante (aparte de la abadesa y sir John) era una mariposa que no se decidía a irse. Finalmente desapareció tras agitar un poco sus alas de color crema, desdeñando la compañía de los intrusos humanos. La abadesa echó un rápido vistazo al jardín para comprobar que estuvieran solos y que los únicos testigos de su conversación fueran los santos de piedra que adornaban los capiteles de las columnas.
—Quería venir antes, pero me ha entretenido vuestro monje —dijo sir John, acomodando su voluminoso cuerpo en el asiento—. Parece que tendréis que prescindir durante un tiempo de su compañía.
La abadesa se rió.
—Y vos de su camaradería, pero creo que ambos sobreviviremos. De todas formas, debo decir que el hermano Gabriel goza de popularidad en nuestro pequeño claustro de mujeres.
—Como un zorro en un gallinero, ¿eh?
Esta vez la risa de la abadesa fue una verdadera carcajada, que resonó por todo el jardín.
—Mis monjas son todas muy devotas; no les perjudica mirar un rostro bien parecido, pero el hermano Gabriel siempre tiene la precaución de no quedarse a solas con ninguna. Sólo las oye en confesión atrincherado en el confesionario. Sospecho que el celibato es su cruz. Se ha llevado todo el agnocasto que había en la enfermería para el viaje.
Tendió una mano, enfundada en un guante, para mostrar un puñado de pequeñas bayas, cogidas del sauzgatillo.
—Por eso me habéis encontrado en el jardín, reponiendo reservas.
—Si no es demasiado atrevimiento, abadesa, ¿para qué necesita agnocasto un grupo de mujeres?
La pregunta de sir John fue acompañada por una exhibición de dientes blancos y fuertes sobre su barbita puntiaguda. Si lo que pretendía con tan obvia insinuación sexual era divertirse un poco a costa de ella..., pues era un juego al que podían jugar dos.
—Las bayas de sauzgatillo también sirven para los trastornos femeninos. En determinados momentos del ciclo lunar, algunas mujeres de nuestra comunidad se vuelven irascibles y coléricas. Un hombre de mundo, como vos, debe de haberse fijado en el fenómeno.
La rotunda panza de su huésped se hinchó de risa, haciendo temblar el banco de madera. Durante unos instantes la abadesa temió por su estabilidad, pero era de buen roble inglés y seguro que aguantaría el peso de un fornido caballero.
Sir John se inclinó para coger una rama de menta.
—Bueno para el estómago —dijo, empezando a masticar—. En tal caso haréis bien en dar un poco de este sauzgatillo a la hermana Agatha, que estaba más enfadada que una vieja clueca. Me ha apuntado con un nabo como si fuera una daga.
La abadesa suspiró.
—Ah, la hermana Agatha... Es que... Mucho me temo que su mal humor no sea de los que crecen y menguan con la luna. La hermana Agatha lleva varias semanas sembrando cizaña. No quiere que copiemos los textos de Wycliffe ni los evangelios ingleses. —Sopesó las bayas, cuyo zumo había manchado uno de los guantes que tapaban las cicatrices de sus brazos—. No sé qué hacer con ella. Es una de mis mejores copistas, pero la he desterrado al huerto. Me ha parecido que trabajar con lo que Dios hace crecer podría endulzar su carácter.
—Creo que vuestro plan no está surtiendo efecto.
Junto a las palabras brotó una risa gutural.
—Me alegro de que os parezca tan divertido —dijo ella maliciosamente—, pero la verdad es que la hermana Agatha no es motivo de risa para ninguno de los dos. Sospecho que ya se ha quejado al hermano Gabriel sobre los documentos heréticos que copiamos. Se le veía más atento de lo normal a su confesión... o queja.
El tono de sir John se volvió serio.
—Apostaría a que tenéis razón. Cuidado con él, que es muy posible que haya venido a oír algo más que confesiones. Podría ser un espía del arzobispo.
—Sí, ya se me había ocurrido la posibilidad. Le dije que ya no suministrábamos copias de la Biblia en inglés, mentira por la que ya he implorado perdón, alegando que fue al servicio de un bien mayor.
—Tenéis una naturaleza sorprendentemente práctica para una religiosa, madre.
La abadesa ignoró el comentario y el tono de admiración con que fue pronunciado.
—El hermano Gabriel es un hombre encantador, pero me alegro de no tenerle cerca durante una temporada, al menos hasta haber pensado en alguna solución para el problema de la hermana Agatha.
Se levantó.
—Venid, voy a daros las copias para la reunión de esta noche. Eso sí, os aconsejo que las escondáis muy bien, porque percibo un endurecimiento de la voluntad romana, y el arzobispo no piensa en otra cosa que en su legado.
—Daré los evangelios a los congregantes.
—Pues sed cauto a la hora de distribuirlos, amigo mío. El hermano Gabriel dice que pronto el mero hecho de tener una Biblia en inglés será bastante para ser acusado de herejía.
—Sí, yo también lo he oído. Es una ley con mucho apoyo dentro del Parlamento, aunque yo estoy luchando con el mismo denuedo en contra de ella. Por otro lado, tengo la corazonada de que el nuevo rey tenderá a la tolerancia. Le conozco; es un hombre razonable, y según los rumores el viejo Arundel está a las puertas de la muerte. Sin combustible, se apagará la llama.
Era una buena noticia. A la abadesa le sorprendió que el heredero de Enrique IV pudiera ser menos hostil a su causa, pero sabía que sir John, dada su pertenencia al Parlamento, era una fuente de información fidedigna.
—Aja... Conque pronto tendremos nuevo rey y nuevo arzobispo. ¿Y vos albergáis esperanzas para la tolerancia religiosa?
—Sí, abadesa, estoy esperanzado; esperanzado, pero cauto. En lo tocante a Roma, nunca se puede estar seguro de la tolerancia.
—No, seguro nunca —dijo ella—. Al menos si se es prudente.
Sonó tres veces una campana, llamando a las hermanas a la oración.
—Tenemos que darnos prisa, no sea que la hermana Agatha os sorprenda con los brazos cargados de libros.
Salió con sir John del jardín soleado y, cruzando la penumbra de la capilla, le acompañó al cuarto de las visitas.
—Esperadme aquí —le indicó.
Se fue a su habitación y entró en el ropero, de cuyo más profundo recoveco sacó un montón de manuscritos.
Cuando volvió con su carga al locutorio, sir John corrió en su ayuda.
—¡Menudo cargamento! ¿Cómo podéis copiar tantos? preguntó—. ¡Sobre todo con lo reticentes que son vuestras monjas!
—No todas lo son. Algunas están muy entregadas a la causa. Además, cada una cree que las demás trabajan en otros menesteres. Lo otro (poesía, textos latinos, cancioneros y opúsculos de agricultura) lo dosifico en la cantidad necesaria para que aparentemos legitimidad.
Tras comprobar escrupulosamente que encima de todo hubiera algunas páginas de «lo otro», abrió un gran saco para meter el cargamento.
—El recibo está dentro del último ejemplar. Ya sabéis que lo copiaríamos gustosamente a cambio de nada, al menos algunas de nosotras, pero sin vuestro generoso tributo no podríamos continuar. Sólo somos un grupo de monjas pobres, sin una triste donación o dote digna de ese nombre. Os agradecemos muchísimo vuestra protección.
—Y yo vuestro esfuerzo. Si vos y las hermanas no tuvierais que dedicar tanto tiempo a cumplir mis encargos, produciríais bastante de «lo otro» para tener bien provisto el refectorio. Concentraos en que sigan saliendo y no os preocupéis por el coste.
La abadesa agradeció la naturalidad con que sir John restaba importancia al gasto, así como la profundidad de su bolsa.
—¿Cómo difundís tantos? —preguntó.
—Los sermones de Wycliffe los mando a la Universidad de Praga a través de los alumnos de intercambio de Oxford. Allá el movimiento está más que en sazón. Traducen los textos de Wycliffe al idioma de Bohemia con la misma velocidad a la que es capaz de quemarlos Roma. Los sacerdotes laicos pueden usar tantos evangelios como sean capaces de producir vuestras industriosas escribanas y más. La gente está hambrienta de la verdad de la Palabra.
—Es un gran riesgo, sir John. ¿Por qué lo hacéis?
La abadesa se frotó la parte del brazo izquierdo que se resentía del peso de los manuscritos.
—¿Por qué, me preguntáis? La respuesta es muy fácil, abadesa: cuando un hombre ha visto la luz de la verdad, ya no puede darle la espalda, al menos si quiere seguir llamándose hombre. Yo os pregunto lo mismo. Os sería muy fácil mantener este recinto sin copiar textos de contrabando. Es una empresa peligrosa para vos, sobre todo si el Parlamento prohíbe la posesión.
—¿Yo? Yo lo hago por él.
—Por nuestro Señor.
—Sí, también —dijo la abadesa, sorprendiéndose a sí misma; sorprendiéndose de haber dado voz a un secreto tan oculto en sus entrañas que en realidad nunca lo había reconocido ni para sus adentros.
Sir John sonrió.
—Ese conejo no lo cazaré —dijo—. Las damas tienen derecho a albergar secretos en su corazón.
La abadesa le vio salir por la puerta con el pesado saco en un brazo, como si se tratara de un simple saco de nabos, y temió por él; tembló por la confianza que tenía en su propio poder, en sus capacidades y en su causa. No sería el primer hombre fuerte a quien hubiera visto abatido por culpa de una excesiva confianza en el poder de la verdad.
«Secretos en su corazón», había dicho.
En el cuarto de la abadesa no hacía tanto calor. Al mirar por la ventana que daba al jardín del claustro, vio que había vuelto la mariposa amarilla y que estaba posada en una caléndula. Sus alas palpitaban en el silencio, moviéndose apenas, suspendidas en el calor. Todas las monjas estaban en la capilla. Su canto llano respondía a los murmullos del anciano sacerdote, que leía el oficio divino. Parecía el zumbido de las abejas en verano. La abadesa decidió concederse el más exquisito de todos los lujos: sentarse tranquilamente en la sombra de su habitación. Mientras el sol de la tarde maduraba el luminoso jardín que se abría a los pies de su ventana, y mientras los seres que vivían en aquella clausura, tanto humanos como no humanos, cumplían sus labores bien pautadas, ella se detendría en sus recuerdos como una avara feliz examinando una por una las joyas del arcón de su memoria.
Al apartar el velo, sintió una ráfaga de aire en su mejilla izquierda, y por primera vez en mucho, mucho tiempo, reconoció la humedad de una lágrima que resbalaba por su rostro destrozado. Por eso lo hago, sí, pensó. Lo cual no quería decir que no creyese de todo corazón en el derecho de la gente a hablar directamente con Dios y a leer la verdad esplendorosa de los Evangelios en un idioma que entendieran, de igual modo que reconocía lo cierto de las otras doctrinas que condenaba la Iglesia en la herejía lolarda. De modo que sir John no iba tan errado en su interpretación de la respuesta. En efecto, lo hacía por él, por Dios.
Sin embargo, podría haberle servido de muchas otras maneras, todas menos peligrosas. Si estaba dispuesta a Correr el riesgo y a trabajar cuando sus años ya hacía tiempo que no lo aconsejaban, era por otro «él»: porque con cada trazo de su pluma, con cada texto pasado de contrabando, sentía su recordada presencia. Y sabía que él habría estado satisfecho. Copiar la palabra de Dios era una ocupación que compartía con un viejo amor.
Intentó acordarse de la forma de su mano al sujetar la pluma, de su ceja arqueada y del contacto de su mano en la piel; de su cara, pero no podía. Todo eso se le había escapado hacía una eternidad. En cambio, durante todos esos años, cada vez que se le agarrotaban los dedos de cansancio y le dolían los ojos por el exceso de trabajo, tenía la sensación de compartir la habitación con él. Cerró los ojos e invocó una vez más su presencia.
Algo después oyó arrastrarse los pies de las hermanas, que regresaban silenciosamente de la capilla. Lo siguiente fue un murmullo de voces en el refectorio. Estaban poniendo la mesa para la cena. La abadesa se bajó el velo, encendió la lámpara y cogió la pluma en espera del golpe en la puerta que la convocaría a una cena sencilla en compañía de mujeres.
* * * * *
Will Jaggers odiaba robar a los curas; daba mala suerte, y aquél, a juzgar por lo gastado de su hábito, la llevaba consigo a todas partes. Por otra parte, probablemente en su bolsa hubiera pan y tal vez una corteza de queso, y Will Jaggers no comía desde el día anterior, desde el mísero mendrugo que le habían dado en la cocina del castillo de Rochester, más conocido por la dama blanca fantasma que erraba por sus almenas que por su caridad.
A pesar de la hora (ya avanzada la mañana), el cura aún dormía delante de la hoguera. Iba a ser un trabajito fácil, aunque Will tendría que moverle. Se acercó sigilosamente y estiró con cuidado la correa de la bolsa. El cura no se movió. Dentro de la bolsa había una botella (lo vio por el contorno), y no de agua, a juzgar por lo profundamente que dormía el cura. Will le hizo rodar con menos suavidad para dejar libre la bolsa, momento en que dijo una palabrota y se santiguó.
Will Jaggers ya había visto bastantes muertos a lo largo de su vida para saber reconocerlos. En caso contrario, lo habría deducido del cuchillo clavado hasta un puño de factura tosca en el pecho del cadáver. ¡Pobre desgraciado! Seguro que ni siquiera había tenido la oportunidad de defenderse. Lo raro era que no hubiese indicios de robo.
Probablemente se hubiera cruzado con una pandilla de fanáticos que estaban en desacuerdo con sus preferencias religiosas y que habían tenido la ocurrencia de librar al mundo de un hereje más. Era uno de aquellos curas pobres, los lolardos, que no tenían fama de vivir muy desahogadamente. Will pensó que había que tener muy mala suerte para toparse con un cura pobre y muerto, en vez de con un fraile rico, pero, bueno, no estaba todo perdido; ahora que se avecinaban noches frías, al menos la sotana le daría calor, y un cura pobre conseguía mejores limosnas que un vulgar mendigo.
Miró a su alrededor, y cuando estuvo seguro de que no le veía nadie, arrastró al cura detrás de los arbustos y le desvistió en un santiamén. Lo que le dejó fueron los calzoncillos. Hasta los muertos se merecían un mínimo de dignidad. Después se puso la sotana marrón y posó un momento con los brazos cruzados y las manos dentro de las anchas mangas. Se probó la capucha. Perfecto para una noche fría, sí, pero no para el sol de la tarde, que era lo que brillaba en el cielo. Se quitó la sotana, recogió la bolsa y la giró del revés. Lo único que flotó hasta el suelo fue un trocito de papel. De comida nada, ni un mendrugo enmohecido. La botella sólo contenía agua. La tiró al suelo, asqueado, y recogió el papel.
Era un mapa.
Aunque no supiera leer, reconoció el dibujo muy rudimentario de un castillo, con una gran torre redonda que recordaba mucho la de Rochester. También había una línea que se curvaba hacia el nordeste hasta acabar en una equis, otro dibujo mal hecho de una torre más pequeña y las letras COOLING C. No había que ser muy listo para deducir que el cura había salido de Rochester en dirección a otro lugar. Will conocía otro castillo en la zona, justo al norte de Gravesend: el de lord Cobham. Había pasado una vez, y el cocinero le había dado una empanada, una jarra de cerveza y un poco de pan para el viaje. Quedaba un poco apartado del camino principal, sobre un despeñadero que dominaba las marismas. Había que andar bastante, pero quizá valiera la pena. Probablemente le dieran una buena comida.
Mientras tapaba el cadáver con maleza (al menos no se quedaría a la vista de todos), intentó acordarse del padrenuestro, pero sus esfuerzos fueron vanos y al final sólo se santiguó y masculló:
—Que tenga un buen día, padre.
Fue hacia el oeste, en dirección a Gravesend, con la sensación de no ser un mendigo. Caminaba despacio, con las manos en las mangas.
El hermano William. Sonaba bien.
—Dios te bendiga, hijo mío —le dijo a un arbusto esmirriado.
Sonrió al pensar en lo oportuno que era poder impartir la bendición en inglés. Ni siquiera tendría que preocuparse de farfullar falsas palabras en latín.
Alguien más sensato que Will habría tenido en cuenta que una bendición en inglés podía ser perfectamente lo que había llevado a la muerte al propietario original de la sotana robada.
* * * * *
Mientras cubría a caballo la legua y media de regreso desde el castillo de Cooling, el hermano Gabriel se regañó a sí mismo. Debería haberse despedido personalmente de lady Cobham. Seguro que a sir John le había extrañado su visita: un rodeo hacia el norte de una legua y media, cuando el rumbo del cura era hacia el sur, y todo con el simple pretexto de despedirse de dos personas a quienes acababa de conocer, argucia torpe entorpecida aún más por su sonrojo adolescente... Ya sabía que el señor y la señora de Cobham sospechaban que les estaba espiando. Una visita cuyo propósito era hacerles bajar la guardia había logrado lo contrario: atizar las sospechas a causa de su estúpido comportamiento.
Ya faltaba poco para Rochester. Esta vez no tomó el camino de la abadía. La abadía... He ahí un lugar donde sí le echarían de menos. Se había ganado el favor de todas las hermanas, sobre todo de una que se sentía halagada por su compañía. La hermana Agatha tenía la lengua muy suelta. Con lo que le había oído decir, el hermano Gabriel ya tenía la certeza de que la abadía estaba metida en la herejía hasta los codos. Por mucho que la abadesa pretendiera no aceptar más encargos de Escrituras en inglés, Gabriel sabía que, como mínimo, tenía un buen cliente, pero ¿cómo demostrarlo? La posesión de una sola copia, como la que Cobham tenía audazmente a la vista de todos en su solana, no bastaba para acusar de herejía a un noble; tal vez a un campesino o incluso a un mercader, pero no a un lord inglés con asiento en el Parlamento, ni a la abadesa a quien protegía dicho lord. De todos modos, a decir verdad, el hermano Gabriel dudaba de que una sola y pequeña abadía pudiera producir bastante para la exportación. Se lo diría al arzobispo en su último informe.
Arundel le había aconsejado ausentarse brevemente de la abadía y de los Cobham para aliviar las sospechas: un interludio de dos semanas dedicado a vender algunas indulgencias a los peregrinos antes del final de la temporada. Tal vez los señores del castillo de Cooling, e incluso la abadesa, se acostumbrasen a sus idas y venidas, y fueran perdiendo su reticencia a aceptarle como una figura semipermanente de su comunidad. Así serían menos cautos en su presencia.
A Gabriel, el respiro le iba de perlas. Aborrecía espiar a los Cobham. De hecho, le caían bastante bien y hasta envidiaba el evidente placer que les daba estar juntos, su intimidad sin tensiones, su muda comunicación... Sin embargo, estar en presencia de ambos le había hecho acusar intensamente su propia soledad, y estaba contento de irse. No conseguía borrar de su cabeza lo que había estado a punto de ver en el bosque, por mucho entusiasmo que pusiera en pellizcarse el muslo o tensar su cilicio. Justo cuando se disponía a salir de la maleza tras ver cómo sir John cavaba con las manos bajo la cascada y adivinar su objetivo de desviarla, había visto cómo la pareja, con la inocencia de los niños, penetraba en el bosque, y nada más comprender sus intenciones había dado media vuelta para huir.
Pero había visto lo suficiente para que su imaginación hiciera de las suyas.
El antiguo deseo que creía dominado se había vuelto a despertar, y de poco servía el agnocasto tomado de la enfermería de la abadía.
Al acercarse a Rochester, hizo que su caballo abandonase la vía principal en dirección a Boley Hill y se metió en el núcleo de los edificios eclesiásticos hasta dejar atrás la gran catedral, el monasterio y el palacio episcopal. Era su primera meta: el estrecho Paso de los Peregrinos que llevaba al sepulcro de san Guillermo de Perth, un santuario que en la vía de los peregrinos rivalizaba con la tumba de Tomas Becket.
Desmontó y dejó su caballo al cuidado de un mozo. Después metió la mano en su bolsa de terciopelo y sacó la bula con el sello del papa Gregorio XII; no el sello falsificado de uno de los antipapas de Aviñón o Pisa, sino la auténtica marca de Roma, el sello del verdadero descendiente del Pescador, entregado personalmente al hermano Gabriel: la marca que le designaba como proveedor oficial de gracia divina tomada del tesoro de perdón acumulado por las obras de los santos.
Al desenrollar el documento y extenderlo con cuidado en la mesa que tenía reservada en la boca del Paso de los Peregrinos, no sintió el estremecimiento de euforia que solía despertar la simple manipulación del pergamino. Tampoco estaba muy ilusionado con un nuevo día de prédicas y dispensas de gracia a la larga fila de peregrinos que pugnaba por entrar en el estrecho pasillo. Esperaban pacientemente, como la clientela de un puesto de feria. Gabriel era un mercader más. Más perfidias mentales del diablo, se dijo, poniendo manos a la obra.
—Con vuestro donativo para reconstruir la basílica de Roma, alcanzaréis el perdón de vuestros pecados —recitó.
«Pero ¿la gracia no debería ser gratuita por naturaleza?», insistió en su cabeza alguna voz lolarda. Gabriel se encogió de hombros, como si quisiera sacudirse de encima aquella idea herética, a la vez que aliviar un poco los roces en su espalda, pero el gesto no consiguió ni lo uno ni lo otro.
—Si no podéis ir a Roma, vuestros ducados y marcos peregrinarán por vosotros hasta la Ciudad Santa. Es Su Santidad en persona quien os garantiza que vuestra penitencia será oída.
«Pero ¿eso no lo había garantizado ya Cristo con su muerte y resurrección? Si para asegurarse el perdón sólo hace falta un soborno, ¿por qué llevas el cilicio que te raspa la piel hasta dejarla como una enorme llaga?»
¡El argumento del mismísimo diablo, a qué dudarlo, y estaba ahí, dentro de su cabeza! Gabriel podía nombrar el pecado que abría las puertas al demonio, pero ¿cómo librarse de él?
De joven, en plena e impetuosa avidez sexual, había acudido en busca de consejo al hermano Francis. «Disciplina», había dicho su mentor al entregarle un pequeño látigo con nudos y enseñarle a usarlo hasta que las ronchas de su espalda quemaran como el fuego. «Piensa en nuestro Señor. Piensa en sus ronchas —le había dicho el hermano Francis—. Tu celibato es el regalo que le haces. Con los años, tu sangre se apaciguará y tu deseo animal irá disminuyendo.» El primer peregrino de la fila, una mujer, metió la mano en su bolsa y sacó una moneda.
—Peniques por penitencia —le ofreció Gabriel.
Iba acompañada por otra. Con la ayuda de su maldita imaginación, Gabriel podía adivinar sus provocativas formas femeninas bajo las capas de peregrino.
¿Cuántos peniques por la paz?, se preguntó. ¿Cuántas ronchas harían falta para ahuyentar de su cabeza al demonio?
* * * * *
Sir John escuchaba al predicador situado frente a la congregación de hermanos. Estaban sentados en bancos hechos de troncos —cortados y puestos en hileras por el propio sir John y sus criados—, pendientes sus ojos y oídos del hermano que se dirigía a ellos. En cambio, los ojos y los oídos de sir John estaban pendientes de otro sonido: cascos de caballos. Los hombres del arzobispo. Soldados levantando a su presa.
—Estamos aquí reunidos, bajo el dosel azul del cielo, en esta catedral fabricada por la propia mano de Dios, para celebrar el gran amor y sacrificio hecho para nosotros por el único Hijo de Dios —proclamó el sacerdote de sencilla sotana marrón, en voz bastante alta para molestar a los grajos que anidaban muy por encima de sus cabezas.
»Lo que estamos haciendo ahora, Roma lo llama herejía; niega nuestra verdad para afirmar su falsedad. Son el Papa y sus secuaces quienes adoran como adoraban los paganos. Son el Papa y sus secuaces los que se arrodillan ante reliquias en cofres de oro incrustados con joyas para practicar su idolatría. Son el Papa y sus secuaces quienes se arrodillan en grandes catedrales de piedra construidas con dinero de los pobres. Venden las mentiras del diablo y comercian con falso perdón. Vosotros, hermanos míos, iréis por el mundo predicando la verdad. La gracia es gratuita. La gracia no exige ninguna moneda, excepto la obediencia. Nosotros no adoramos una cruz de oro. Adorarnos al Señor que murió en esa cruz, y no era de oro, sino de madera. Además, él ya no cuelga de ese árbol, sino que ha resucitado.
Los soldados más fieles de sir John montaban guardia bien armados en el borde del círculo, mirando hacia fuera para proteger a la congregación de adoradores. Si llegaba al castillo de Cooling algún destacamento de la Corona o de la Iglesia en busca de sir John, Joan tenía instrucciones de decirles que se había ido con sus hombres a Herefordshire, a una asamblea. Seguro que tomarían aquel derrotero con la certeza de atraparle ahí. Sir John sabía que podía contar con su mujer para quitárselos de encima. Como último recurso, Joan había dicho que alegaría alguna enfermedad, la sospecha de la peste, al tiempo que simularía brindarles hospitalidad. Así aceleraría su partida. Otra posibilidad —había dicho con los ojos chispeantes, mientras inspeccionaba las morcillas y las empanadas para los huéspedes— era decirles simplemente que estaba «dando de comer a los leprosos como penitencia», e invitarlos a quedarse.
En caso de que no hubiera peligro, al final del servicio Joan mandaría a un criado para convocarlos a todos a la sala principal, donde se darían un festín a base de capón asado y natillas. Quizá también hubiera tartaletas de manzana hechas al baño María, bajo montañas de nata...
Hacía muy mal en no atender al sermón.
—Todos nosotros, todos los de aquí, confesamos directamente nuestros pecados a Dios. No farfullamos oraciones en latín que no entendemos. Leemos a solas su palabra en nuestro propio idioma, y partiremos de este lugar para liberar a la gente de la calumnia de un Papa apóstata que pone en peligro las almas del pueblo de Dios con cadenas hechas de superstición, forjadas en la hoguera de la avaricia.
Uno de los sacerdotes llevó a la piscina bautismal a una pareja de conversos, un campesino libre y su mujer, aproximadamente de la edad de sir John. La brisa del crepúsculo les hacía tiritar. La cascada ya estaba represada y el lago reflejaba el añil del cielo. Ya había aparecido la primera estrella, junto un pálido cuarto de luna.
Sir John rezó su oración personal de gratitud, mientras la comunidad de hermanos recitaba el padrenuestro. Lo hicieron en lenguaje llano, un lenguaje de hombres, que entendería un Dios a cuya imagen habían sido creados. El Dios de sir John no pendía ensangrentado y derrotado encima del altar, como un ídolo muerto y cautivo, sino que suspiraba en el viento, rugía en el trueno y se reía en el fragor del mar. Sir John tuvo la esperanza de que en aquel momento les estuviera viendo. Que así sea, rezó en silencio. Del beneplácito de Dios dependían muchas cosas para todos. Arriba, en la copa de los árboles, las hojas murmuraban. ¿Un susurro de Dios? «Liberad mi Iglesia», decía.
¿O eran imaginaciones suyas? ¿Tendría que aguzar más el oído y esperar más tiempo de rodillas hasta oír una voz queda?
* * * * *
Al día siguiente, después de que el último hermano recibiera su paquete de comida para el viaje en la generosa cocina del castillo de Cooling y de que los Cobham se retirasen a sus aposentos, sir John miró a su mujer, que se estaba cepillando su melena castaña frente al espejo de cuerpo entero.
—¿Y bien, señor mío? ¿Satisfecho con la asamblea? —preguntó ella.
—Muy satisfecho, mi señora. Todo ha salido como estaba planeado. Ha sido una buena reunión. Hemos repartido hasta la última de las traducciones.
—Dame el recibo para la abadesa, que me encargaré de que se pague lo antes posible. El presupuesto de la abadía es muy ajustado.
Sir John se acordó demasiado tarde. Soltó un gemido.
Ella dejó el cepillo y se giró a mirarle.
—¿Qué pasa, marido? Ya te dije que no te comieras el último trozo de...
—Hasta el último. Hemos repartido absolutamente todos. Y el recibo estaba en el último.
Esta vez el gemido fue de lady Joan.
—¿La abadesa pone tu nombre en los recibos?
—Siempre. Insisto en que lo haga, para protegerla. Sólo escribe «Evangelios copiados». No pone «Evangelios ingleses».
—Pero, John, si lo encuentran con el libro...
—Ya es demasiado tarde para preocuparse. De todos modos, el hermano que se haya quedado con el libro verá el recibo y lo destruirá. Y si no... Tampoco es que nuestras actividades sean secretas. El hermano Gabriel ya vio la Biblia de Wycliffe en nuestra solana.
—Ya, pero una cosa es que se tolere tenerla —dijo ella y otra que se tolere difundirla. —Hizo una pausa con la mano en el cepillo, pero no volvió a cogerlo—. Como mínimo, tendrás que hacer otro viaje a la abadía para preguntarle a la abadesa cuánto se le debe.
Sir John asintió con la cabeza.
—Probablemente no sepamos nada más del tema. Lo más seguro es que se haya perdido o que lo hayan tirado. No tiene importancia, a menos que lo encuentren con el libro.
Ni él mismo, sin embargo, encontró convincentes sus palabras.
Lady Joan se acercó para darle un besito en la mejilla.
—A lo hecho, pecho. No le demos más vueltas —dijo, cogiendo otra vez el cepillo.
Al sentir el suave roce de sus labios en la piel, sir John se estremeció por el recuerdo de un hermano nervioso que se había dormido durante la lectura de la Biblia y que devoraba la comida como un lobo. Pero ¡qué demonios! Sólo era un papelito.
—¿Ha quedado alguna tartaleta de manzana? —preguntó.
—Eres un hombre de apetitos insaciables, marido mío.
Lady Joan se rió e hizo chasquear la lengua, a la vez que pasaba el cepillo por su pelo suelto.
—Ya lo sé —dijo él, cogiéndola por la cintura y guiando manos para que dejara el cepillo.