La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 6 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo V

[Indulgencia:] Remisión de la pena temporal

correspondiente a los pecados ya perdonados,

en virtud de los méritos de Cristo y de los

santos.

Diccionario Oxford de la Iglesia cristiana

 

El hermano Gabriel miró las casas abombadas que languidecían a lo largo de Bankside Street. No había salido de la reunión en el palacio de Lambeth con el propósito de tomar aquel camino, cruzando Southwark y Bankside, pero le arrastraba la memoria; la memoria o su desagrado por cómo se había desarrollado la reunión. Necesitaba que le recordasen de dónde venía y qué había sido antes de ser salvado por el hermano Francis.

¡Él, que ya creía resuelto su futuro! Padre, hermano: dos ocupaciones que aceptaba de todo corazón. Lo que no le entusiasmaba tanto era el encargo de vender indulgencias papales, sobre todo porque aquel servicio a la Iglesia parecía suplantar los otros dos. Y ahora su arzobispo decretaba que añadiese el espionaje a sus actividades. Pero ¿de dónde venía aquella misión? Claro que cuestionarla habría equivalido a cuestionar la propia institución que le había aportado los medios para salvarse; medios que seguían siendo los únicos posibles, que él supiera...

Salió de sus dudas y cavilaciones (dudas sobre sí mismo, con seguridad, pues de su Iglesia no podía dudar) para observar lo que le rodeaba desde lo alto del caballo que le había facilitado precisamente aquella Iglesia. Era como si ahí, en aquellos olores, en aquel coro de blasfemias, ladridos de perros atacando a osos y regateos, no resonasen sus recuerdos de infancia, sino un sueño medio olvidado. Seis años: ésa era su edad al ser rescatado por el hermano Francis de aquella cloaca, pues Southwark no era otra cosa.

¿Seguiría donde siempre el burdel? Donde su madre, siendo poco más que una niña, había empezado a ejercer su oficio... Aprendiz de puta a los doce años, puta a los catorce y madre a los dieciséis. Gabriel había resultado un feto pertinaz, que no quería desprenderse ni con la fricción de una cuerda con nudos. «Marcado por Dios —decía el hermano Francis—; un niño protegido en el seno materno para obrar por él.»

A pesar de los pesares, se aferraba a la endeble certeza de que su madre le había querido. El burdel donde vivía ella, más generoso que otros, le concedía medio día libre al mes, y ni un solo mes había dejado de cubrir a pie los ocho kilómetros de distancia hasta el priorato. Ni un solo mes había dejado de traerle caramelos, ni de jugar a tirarle la pelota en los jardines de la abadía. Y siempre, mes a mes, a la hora de la despedida, le aplastaba contra ella, presionando su cara en el canalillo del escote y asfixiándole con el olor a almizcle de su sudor mezclado con efluvios de mujer, todo bajo una capa de perfume viejo, aceite de rosa damascena, gentileza de la casa (deducido, eso sí, de su sueldo).

—Mi querubín rubito y guapo... —le llamaba—. Mi dulce Gabriel...

Cada mes, durante dos años. La última vez —que él no había sabido que sería la última; de lo contrario, ¡qué distinta habría sido su actitud!— los ojos de su madre brillaban de humedad mientras sus brazos reposaban en una barriga alta y pronunciada. Gabriel se había dado cuenta de lo que significaba y se había avergonzado. De ella y de sí mismo. Por eso se había zafado del abrazo final, negándose a mirarla.

Su madre no había vuelto nunca más.

Miró la calle, tratando de reconocer la casa que guardaba en el recuerdo.

Ahí estaba. La del tejado podrido. No, demasiado estrecha. ¿La que se inclinaba hacia la calle? No, que no tenía una ventana grande, y él se acordaba de un gran asiento junto a la ventana donde de niño le dejaban jugar. Aunque sólo de día. De noche, tenía que dormir en un armario, desde cuya estrechez y oscuridad a veces oía gemir o gritar a su madre, y temía por ella. Por ella y por sí mismo. Pero su madre le había pedido que nunca saliese del armario hasta que fuera ella quien abriese la puerta, y él nunca le había desobedecido.

El día en que se lo había llevado el hermano Francis, su madre lloraba, pero lo que para ella era un motivo de dolor había demostrado ser la salvación de Gabriel y un golpe de suerte singular. Él, hijo bastardo de una ramera, había estado en Roma y había besado el anillo del Papa. El hermano Gabriel era un hombre destinado a la grandeza. Así lo había dicho y repetido el hermano Francis, conque debía ser cierto.

El caballo avanzaba cautelosamente. Todo Southwark era un barrizal hediondo. Daba lo mismo que no lloviese desde hacía muchos días y que la ola de calor se prolongase hasta mucho después de ser bien recibida. Los peces muertos y las carcasas podridas del muelle añadían acritud al aire.

Justo cuando pensaba que habría sido infinitamente preferible coger la barca, vio la casa.

Un reconocimiento brusco. Un destello en la memoria. Su corazón latió al ritmo desenfrenado del niño encerrado en el armario. Lo mejor era irse enseguida y dejarlo todo sepultado para siempre en el montón de escoria del arrepentimiento y la vergüenza.

Bajó del caballo.

En la entrada había un chico de unos doce años apoyado en la pared, arrancándose costras del brazo. Debía de ser un empleado o un fruto de la casa, hijo de algún caballero, por no decir retoño del mismísimo lord alcalde. ¿Quién podía saberlo? Nadie, y menos el muchacho, que hizo el ademán de coger las riendas. Gabriel pensó que podía ser él a los doce años, sin la gracia de Dios. Y sin el hermano Francis.

—Por aquí, padre. —Le abrió la puerta y se apartó con una sonrisita que le pasó medio desapercibida—. Sólo tiene que llamar al timbre, para que sepa que está aquí.

El hermano Gabriel levantó la mano hacia la campanilla. El badajo estaba dentro de la falda acampanada de una mujer pintada obscenamente con ropa de prostituta. Su tintineo resonó de forma lastimosa en el pasillo vacío. Un sonido familiar. Un lugar familiar.

Sobre él se cernían la entrada estrecha y el techo bajo que a la izquierda se abría a un saloncito donde apenas cabía un alfiler; el mismo salón donde él jugaba en las horas diurnas, simulando el galope de un caballo de juguete con las manos en el frío suelo. Estaba igual que entonces. Una luz desvaída se filtraba por la ventana grande y sucia de la calle. También olía igual, con un olor indescriptible a levadura y moho; olor a vino rancio y a rescoldos apagados, ya que sólo encendían la chimenea y las lámparas de noche, por muy frío y lluvioso que hubiera amanecido el día.

Le superaba estar tan cerca. Su corazón latía contra el pecho. El ruido de una puerta en el piso de arriba le hizo girarse para huir, pero justo entonces percibió de nuevo la fragancia del aceite de rosa damascena, como si se hubiera materializado la memoria. Y sin embargo no era la memoria lo que se contoneaba escaleras abajo, a su encuentro.

—Pasad, padre. Me llamo Mary, como la madre de nuestro Señor.

La blasfemia le dejó casi sin respiración.

—Esa cara de preocupación puedo borrársela yo —dijo ella.

Los restos de un morado en el cuello... El hermano Gabriel se preguntó si sería un recuerdo de su último cliente. La mirada de la mujer bajó por la sotana y volvió a subir. Después, a guisa de saludo, su boca dibujó una sonrisa picara. Se pasó afectadamente los dedos por el pelo, echando la cabeza hacia atrás y arqueando la espalda. Llevaba un corpiño tan fino que se le veían los pezones.

—Las más jóvenes aún están en la cama. —Media risita—. Durmiendo. Para nosotras es temprano. La mayoría de los clientes vienen de noche.

Quizá en otros tiempos su sonrisa, que mostraba los huecos de la dentadura, hubiera sido bella. Difícil saberlo.

—Yo la falta de juventud la puedo compensar con experiencia. He aprendido un par de trucos que seguro que os darán placer. —Y añadió, mientras buscaba la mano del hermano Gabriel—: También sé ser discreta.

¿Le habría enseñado la experiencia que el hábito dominico no protegía del comercio carnal? Tampoco a él le protegía, pensó el hermano Gabriel al sentir una tensión involuntaria en la entrepierna. Juntó las manos para no ser tocado... y para que no temblasen. Le daba asco la respuesta traicionera de su cuerpo a la lasciva promesa de la mujer.

—Os engañáis —dijo.

La edad de aquella mujer era un misterio. De todos modos, a pesar de los estragos del tiempo, el hermano Gabriel supuso que no era mayor que la suya. Menos de cuarenta. Demasiado joven para ser su madre.

—Me traen otros asuntos —dijo, con una grandilocuencia y un tono de superioridad moral que incluso sus propios oídos acusaron—. Estoy investigando (para un feligrés) si hay aquí una joven..., una mujer... que se hace llamar Jane, Jane Paul.

—¿Ah, conque Jane? Bueno, si tiene debilidad por las Janes seré su Jane, padre.

Esta vez fue su corazón el que le traicionó. La desesperación de los ojos hundidos de la prostituta y su vehemencia le conmovieron, y despertaron en él más compasión de la que probablemente debiera sentir por alguien que se lanzaba de tan buen grado al pecado.

—Quizá en otra ocasión —dijo, reprochándose su cobardía por haber dejado que la compasión se sobrepusiera al buen nombre del clero.

Trató de sonreír a la mujer, pero dejó borrarse la sonrisa de inmediato. Ella no la habría interpretado como compasión, sino como una invitación.

—Hoy tengo que encontrar a Jane Paul —dijo, carraspeando.

—Aquí no hay nadie que se llame así.

La expresión de la mujer se endureció y su tono perdió expresividad.

Le dio la espalda para subir por la escalera con postura rígida y pasos estudiados, como si pudiera aparentar dignidad a puro golpe de tesón. El alivio invadió al hermano Gabriel, provocando flojera en sus rodillas. ¿Qué insensatez le había llevado a hacer preguntas en un lugar semejante? Oyó un portazo muy brusco. ¿Qué habría dicho, qué habría hecho, en caso de que ella respondiese que sí, que conocía a su madre, y le facilitase alguna dirección? O, peor aún, que Jane Paul dormía en el piso de arriba...

El chico le tendió las riendas del caballo.

—¿Le pasa algo, padre? Tiene mala cara.

Enmudecido por el nudo en la garganta, el hermano Gabriel le despidió con una señal de la cabeza y subió a su caballo para irse a toda prisa, no fuera a hacer un mal papel vomitando en plena calle...

No pensó en el muchacho hasta después de haber consumado la huida. Debería haberle dado algo. Aún podía.

Vaciló, pero no tuvo fuerzas para volver.

* * * * *

Anna vigilaba el reloj astronómico por la puerta abierta, a la vez que ponía la mesa con platos de peltre, pan, queso y uvas. A esas alturas, en la cazuela de barro rodeada de brasas ya debía de estarse separando de los huesos la carne de pichón. La había puesto al fuego antes de salir para Judenstadt. En un cuarto de hora llegarían los estudiantes. Había tinteros llenos, hojas en blanco para copiar, plumas nuevas y la Biblia de Wycliffe, lista para que la leyera su abuelo en voz alta. La mayoría, siendo como eran universitarios, prestarían gran atención al inglés. Después Jerome leería la traducción de Jan Hus. Tras avisar a Dĕdeček y asegurarse de que estuviera bien despierto, Anna quizá tuviera tiempo de cepillarse el pelo y cambiarse el delantal.

—Dĕdeček, ¿ya te has levantado de la siesta? Casi es la hora —voceó al pie de la escalera.

—Déjale dormir.

Era una voz conocida, procedente de una silueta recortada en la puerta.

Jerome llegaba temprano. Anna ya no podría adecentarse el pelo ni cambiarse el delantal.

—Pasad. Estaba a punto de despertar a mi abuelo.

Jerome cruzó el umbral, bajando la cabeza para no chocar con el dintel.

—Que duerma. Las malas noticias pueden esperar hasta que se despierte. He venido a deciros que esta noche no habrá reunión.

Estaba muy serio.

—¿Que no habrá reunión? ¿Tampoco vendrá Martin?

Se sonrojó por lo transparente de la pregunta. Naturalmente que no vendría Martin si tampoco venían los demás.

Sin embargo, el anciano no se dio cuenta, o lo pasó por alto.

—No, Anna, tampoco vendrá Martin. Ha sido detenido, junto a Stasek y Jan.

—¡Detenido! ¿Por qué?

En realidad, ya lo sabía. Le dio vueltas la cabeza. «Dios, por favor, que no abra la boca. Por pavor, por favor, que no mencione a Finn el Iluminador.»

—¿Jan Hus también? —preguntó.

¡Muy inculpatorias tenían que ser las pruebas si habían prendido a Jan Hus!

—No, a Jan del trívium; tantos conocimientos de retórica y dialéctica le han metido en líos, pero el próximo será Jan Hus. Los obispos están empezando por los peces chicos. La culpa es sólo mía. —Hacía tanto calor que Jerome se quitó el sombrero y lo retorció entre las manos—. Jamás debería haber traído de Oxford las obras de Wycliffe.

—No, maese Jerome, no es culpa vuestra. No hicisteis más que obrar como considerabais correcto. Además, no sois el único que las trajo.

Anna trataba de tranquilizarle, pero por dentro ella era un hervidero. ¿Quién sería el siguiente? ¿Su abuelo? No, seguro que no molestarían a un anciano que no hacía más que estudiar la Biblia en su casa. Estaba prohibido, ciertamente, pero la Biblia vernácula era lectura común. El edicto se incumplía sin disimulo. Mucho más difíciles de justificar serían los textos lolardos, las traducciones de Wycliffe.

—¿Qué causa le han dado al obispo? ¿Ha descubierto las reuniones?

Jerome sacudió la cabeza, exasperado.

—¡Los muy insensatos han ido a misa en la iglesia de Tyn y han quemado las indulgencias en el altar! Había espías del arzobispo, como siempre.

—¡Las indulgencias! Pero... ¡creía que os las habíais quedado vos!

—Martin me convenció de que se las devolviera. Dijo que no me convenía poner en peligro a mi familia llevándolas encima y que me vigilaban los hombres del arzobispo. Me prometió quemarlas. —Se rió amargamente—. Y sí que las ha quemado, sí...

A Anna se le salía el corazón por la boca. Vio a Martin, arengando con arrojo y fervor en la mirada. Ya le había oído perorar sobre el tema: «Los santos padres venden perdones como si fueran los guardianes del mismísimo infierno, lo cual les convertiría a ellos en esbirros del diablo, ¿no?». ¡Qué insensatez llevar sus argumentos a un lugar tan público! ¿Por qué no dejaban las cosas como estaban? ¡Si de todos modos la gente ya iba a la capilla de Belén! Aquella precipitación daría a la Iglesia la excusa que necesitaba para actuar. ¡Martin, tan dulce y tan impaciente! La necesitaba casi tanto como Dĕdeček. El uno demasiado viejo para atender a razones, y el otro demasiado joven para entenderlas. Y ella, Anna, atrapada entre los dos...

—Jan Hus está intentando liberarlos —dijo Jerome—. Está hablando ahora mismo con Zybnek, pero el asunto acabará mal. Las presiones llegan hasta el propio rey Wenceslao. El monarca siempre ha sido tolerante, pero la cosa se complica en la medida en que una parte del dinero de la venta de indulgencias va a la Corona.

Anna se puso un dedo en los labios, porque oía pasos en la escalera. Si Hus conseguía liberar a los estudiantes, ni siquiera hacía falta que se enterase Dĕdeček. El abuelo de Anna apareció al pie de la estrecha escalera de madera, apoyado en la baranda para no perder el equilibrio. Se le veía frágil, con la piel cenicienta.

Hasta entonces Anna se había negado empecinadamente a plantearse el futuro sin él, pero al verle apoyado en la baranda de madera tallada acudió a su pensamiento el fantasma de la pequeña casa de Staroméstké námésti sin él. El sudor que perlaba el arranque de su pelo se volvió gélido. Dĕdeček era lo único que conocía. Padre, madre, hermana, hermano... Aquel anciano y su pasión por su trabajo habían sido la luz de su vida.

—Dĕdeček, Jerome ha venido a decirnos que hay que posponer la reunión de esta noche.

Se acercó para darle el brazo. Él lo rechazó con suavidad, pero estaba muy serio.

—¿Qué es lo que acabará mal?

—No, nada, lo de siempre, el arzobispo y sus amenazas.

Anna sacudió muy despacio la cabeza (momento en el que su mirada coincidió con la de Jerome), y se afanó en sacar el estofado, escondiendo el rostro para que su abuelo no leyera la mentira en sus ojos.

—Ya tienes la cena preparada. Maese Jerome, ¿verdad que a su mujer no le importará que cenéis con nosotros? Así nos hacéis compañía —imploró, arqueando una ceja.

Su abuelo tomó asiento en el banco, apoyándose en el borde de la mesa.

—¿Y Martin? ¿No va a venir?

Anna sirvió el fragante guiso en los platos con el cucharón.

—No, Dĕdeček, esta noche Martin no vendrá.

* * * * *

Anna durmió mal. Tras la partida de Jerome, su abuelo había sufrido un ataque tremendo de tos. Solía toser cuando llevaba muchas horas trabajando con pinturas y tintas, pero no de esa manera, echando de los pulmones un esputo del color de las cloacas... Anna le había administrado tintura de marrubio con miel y alcoholes destilados, y al final, después de cerciorarse de que tuviera la frente tibia, había apagado el fuego y se había ido a dormir.

Fue una noche calurosa. Anna, despierta, oía entrar a ráfagas por la ventana abierta los sonidos de la noche: chirridos esporádicos de ruedas de madera por el empedrado, el grito de un búho llamando a su pareja, el lejano tañir de las campanas del claustro convocando a vigilias a los monjes de la catedral... Y siempre atenta a los ataques de tos.

Quitándose de encima el cobertor, se preguntó si Martin estaría encerrado en alguna celda irrespirable y si tenía miedo (o si, peor aún, le estaban torturando en las mazmorras del castillo). Justo antes del amanecer cayó en un sueño inquieto.

La despertaron las campanas de la iglesia tocando a prima. El sol ya había posado un sable de luz sobre su cubrecama. Se pasó a toda prisa un peine por el pelo enredado. Después se lo recogió con el pañuelo, se acordonó el corpiño sobre la misma camisa del día anterior (no tenía tiempo de buscar una limpia) y se echó encima el pellote. Corrió a la habitación de Dĕdeček y abrió la puerta, después de llamar suavemente. La cama estaba vacía. Sonrió al ver lo bien que la había hecho. Como siempre. Frente a aquel dechado de orden y de sobriedad, el dormitorio de Anna parecía la apoteosis del descontrol.

La luz de la mañana había devuelto las cosas a su sitio. Probablemente no tardaría mucho en enterarse de que Martin y los demás habían sido liberados con una simple advertencia.

Dĕdeček había hecho mal en dejarla dormir hasta tan tarde. Debía estar preparando las gachas. Sin embargo, al bajar por la escalera se lo encontró en la puerta, envuelto por la luz del sol. Estaba hablando con la chica que les vendía la leche y los huevos.

—Deberías haberme llamado —dijo Anna.

—Anna —dijo Dĕdeček, ceñudo—, la lechera dice que han detenido a unos cuantos estudiantes por perturbar el servicio dominical.

—Ya lo sé, pero no pasa nada. Fue ayer. Lo más probable es que maese Hus ya haya conseguido liberarlos.

—Deberías habérmelo dicho —respondió su abuelo por encima del hombro, mientras hacía el recuento de monedas para la muchacha.

Cerró la puerta y se giró hacia Anna, muy serio.

—¿Sabías que Martin es uno de los detenidos?

Ella fue a buscar el delantal, colgado al lado del hogar, y cogió el cazo del agua, evitando la mirada de su abuelo.

—Me lo dijo anoche maese Jerome. Es que quería que durmieras bien. Pensaba contártelo esta mañana. No te pongas nervioso, que no es la primera vez que se meten en líos.

Dĕdeček se sentó pesadamente en su banco de trabajo y empezó a toquetear con aire ausente los pinceles pulcramente alineados en un secadero de su propia confección. Anna le observó, preocupada. Era justo el quebradero de cabeza que menos le convenía.

—Deja las gachas, que esta mañana no tengo apetito —dijo él—. Quiero que cruces la plaza y vayas al ayuntamiento a averiguar todo lo que puedas. Si ya los han soltado, ve a la universidad y busca a Martin, que quiero hablar con él.

De repente le dio un ataque de tos que sacudió todo su cuerpo.

—No quiero dejarte solo. —Anna le puso el dorso de la mano en la frente—. Tienes fiebre. Ven, que te ayudo a volver a la cama.

Él le apartó la mano.

—¡Hazme caso, Anna!

Nunca era tan brusco con ella; sólo de niña, cuando jugaba demasiado cerca del fuego o le tocaba las pinturas sin permiso.

Anna nunca le había desobedecido directamente, ni de niña ni de mujer. ¿Sería el momento de empezar a hacerlo?

Dĕdeček le indicó impacientemente que se fuera con una mano, mientras se aguantaba las costillas con la otra, como siempre hacía cuando tosía (costumbre que se remontaba a su estancia en la prisión del castillo). Por débil que fuera su cuerpo, su espíritu y su inteligencia seguían tan fuertes como siempre. Plantarle cara en aquellas circunstancias minaría su fuerza, y entonces sí que sería viejo. El ayuntamiento quedaba justo enfrente, al otro lado de la plaza. No costaba nada ir a ver si seguían reteniendo a los estudiantes. Y hablar tal vez con Martin...

—Bueno, Dĕdeček, ya voy, pero primero déjame ayudarte a volver a la cama.

Él sacudió la cabeza.

—Aquí abajo se está más fresco. —La tos le había dejado carraspera—. Esperaré en mi silla. Deja abierta la puerta, para que te vea ir.

Señaló una silla con muchos cojines, fabricada por él mismo a base de ramas de sauce alabeadas y tiras de cuero.

Anna fue a buscar un cojín de plumas para su cabeza.

Después partió un huevo y lo batió en un vaso de leche con miel, incorporando una rama de canela.

—Bébetelo y me voy.

Esperó a que se pusiera cómodo en la silla para darle la bebida. Él miró el vaso con mala cara, pero se tomó un par de sorbos.

—Acábatelo. Lo necesitas. Además, con este calor se agriará enseguida la leche.

—Ya me lo beberé. Tú vete.

Anna salió al sol de la plaza. El aire estaba muy cargado. Sentía el calor del empedrado a través de las finas suelas de cuero.

La saeta del gran reloj indicaba las siete y media. Ya empezaba a hacer calor.