La comerciante de libros
Capítulo XIX
[Nuestro] humilde autor proseguirá la historia con sir John en ella,
[...] en la que (por lo que yo sé) Falstaff morirá de fiebres, [...] pues Oldcastle murió mártir, y no es el mismo hombre.
William Shakespeare , Enrique IV, segunda parte (epílogo)
—¡Ah, sir John! A fe que sois un bálsamo de miel para estos ojos viejos y cansados. ¡Pasad, pasad!
Entre risas, sir John mantuvo a raya con los brazos a la tabernera, que, rubicunda y ancha de caderas, se disponía a abrazarle con todo su cuerpo.
—Tate, tate, Nell, nada de eso, que a mi dama no le parecería bien. ¿Sabes que me he casado desde nuestro último encuentro?
Nell le dio un golpe en el brazo, no del todo en broma, y se metió en la gorra de paño un mechón salpicado de canas.
—Sí, sí que lo sabía. Vino a contármelo Doll, que estaba destrozada. Como la mitad de las putas de Eastcheap. Parecía que se hubiera muerto alguien.
Le observó atentamente sin soltarle.
—Pero ¿qué os trae por aquí? ¡No os habréis cansado tan deprisa de vuestra nueva y noble esposa! En fin, me alegro mucho de veros. Ya no es como en los viejos tiempos, Jack. No tiene nada que ver con entonces.
—Todo pasa, Nell. El mundo cambia. ¿Cómo está Pistol?
—Tan inútil como siempre.
—Si mal no recuerdo, no te lo parecía tanto en la época en que le perseguías...
—Ya, pero eso era antes de pillarle.
Un suspiro descompuso las facciones de la mujer. Sir John vio que le habían salido patas de gallo en los ojos. La mano de Nell toqueteó con cierto apuro el delantal manchado.
—Desde que os fuistes ha bajado mucho el negocio —dijo—. Al necio de Pistol se le ha ocurrido el disparate de hacerse trapero. Ha conseguido una carreta rota y va por los callejones recogiendo los harapos infestados de pulgas que tiran los nobles. — Apartó la vista—. Vamos tirando. Al menos los vecinos ya no se quejan tanto del ruido desde que se acabaron las pendencias que armabais con el príncipe Hal, Pistol y Bardolph. —Sonrió, en un intento de recuperar su buen humor—. Ahora casi nunca tengo que llamar al alguacil. Bueno, cuando le llamo tampoco viene...
Sir John contempló la sala principal del Boar's Head, que tanto conocía. No recordaba que tuviera tan pésimo aspecto. Los juncos del suelo pedían a gritos ser cambiados, y en las ventanas, todas rotas, había mugre y restos del contenido de los orinales que arrojaban con poca puntería los vecinos de arriba hacia las cloacas. La roña daba un tinte verdoso a la luz vespertina que se filtraba por ella. La señora Quickly siempre había tenido limpia su taberna. Sir John se preguntó qué habría pensado Joan de un lugar así. No, en realidad no se lo preguntó, porque ya lo sabía.
En un rincón había un par de zascandiles tramando alguna ignominia, con una jarra de cerveza en medio. Sir John se palpó los bolsillos de su sobreveste para verificar que el monedero siguiera en su sitio. Al lado de la chimenea colmada de ceniza, en una esquina, dormitaba un viejo borracho, mientras el fuego moría entre sus propios residuos.
—Aún me acuerdo de la última vez que llamaste al alguacil por mi culpa. ¿Llegué a pagarte la deuda de diez libras que me demandabas?
Justo cuando se palpaba el monedero, se dio cuenta de que los dos granujas del fondo de la sala le miraban, callados. Se apartó un poco para esconder la transacción con su voluminoso cuerpo sin tener que darles la espalda.
—Pero, Jack, no hace falta que...
—Hay que sumar los intereses de la deuda. En estos cinco años deben de haber acumulado otra libra.
Sacó los once soberanos de oro, aliviando bastante el peso de la bolsa.
Nell miró con avidez las monedas de su mano.
—Ahora que estamos en paz, ¿qué me dices de una jarra de tu mejor jerez?
Rehuyendo la mirada de sir John, la mujer se guardó el dinero bajo el delantal, en una bolsa. Después le sonrió.
—Aún tengo vuestra jarra favorita, la que tiene forma de mujer con un buen par de...
Hizo el movimiento de sopesar sus propios pechos, también voluminosos.
Mientras Nell llenaba el obsceno recipiente, sir John acomodó su corpachón en uno de los bancos.
—¿Os quedaréis hasta que llegue Pistol?
—Si no vuelve muy tarde... Vengo a ver a alguien, un pergaminero de Smithfield que se llama William Fisher. ¿Ha preguntado por mí?
Los dos granujas de la mesa de la esquina pusieron fin a sus maquinaciones y, tras una última y furtiva mirada hacia sir John —como si deliberasen si atreverse con semejante mole humana—, decidieron que no y se acercaron furtivamente a la puerta, donde se cruzaron con alguien que intentaba entrar.
—¿Qué aspecto tiene maese Fisher?
Sir John dejó deslizarse el jerez por su garganta, con una sonrisa de satisfacción.
—No lo sé —dijo, limpiándose la espuma del bigote—. Nunca le he visto, pero según el mensajero era urgente.
La silueta del recién llegado se recortaba en la puerta, con el sol detrás.
—Parece que tenéis un nuevo cliente, señora Quickly —dijo sir John a la silueta.
El hombre entró, saliendo de la luz, y se quitó la capucha.
—¿Qué hay que hacer para beber algo en esta casa? —dijo.
—Alteza... —masculló la tabernera, haciendo una torpe reverencia, antes de que sir John se hubiera repuesto de la impresión del reconocimiento.
—Os equivocáis, señora. Me llamo William Fisher y soy de Smithfield. Vengo a ver a lord Cobham.
Era una voz grave, mesurada... y familiar.
La sonrisa de Nell se deshizo en una mueca de pena. Su mirada de reojo a sir John contenía la pregunta de si era otra de las bromas complicadas por las que se les conocía años atrás. Sir John respondió a la mirada con un encogimiento de hombros. Ella se fue a servir las bebidas, tras otra reverencia a medias.
—Maese Fisher, ¿verdad? —dijo sir John, mientras tomaba asiento con el visitante al pie de la ventana rota.
Nell dejó las jarras en la mesa y se fue, descontenta, lanzando a sir John un gesto inquisitivo de sus cejas.
—Es sorprendente cuánto os parecéis a un viejo amigo con quien nos divertíamos mucho. Se llamaba Hal, pero ahora que lo pienso tenía más de joven imberbe que de hombre. Eso sí, recuerdo que bebía como un hombre.
Sir John sonrió con la esperanza de que sus palabras despertasen una chispa en los ojos (conocidos) de quien tenía delante, pero no apareció ninguna.
—Yo, lord Cobham, me llamo William, no Hal, y repito que soy un pergaminero de Smithfield.
En fin, si a eso quería jugar su joven amigo, sir John le seguiría la corriente.
—¿De Smithfield, decís? ¿Y en qué puedo ayudaros, señor... Fisher?
—Soy yo quien puedo ayudaros.
—¿Qué necesidad tengo yo de un pergaminero, si no es indiscreción?
—Corren rumores de que sois un gran consumidor de pergamino, mi señor. Y un comprador asiduo de plumas y tinta. Corren rumores de que os dedicáis a la exportación de libros.
Sir John meditó su respuesta.
—De modo, William, que es una visita de trabajo... Venís a venderme pergamino —dijo maliciosamente, curioso por lo que sucedería después, pero dispuesto a ir adónde le llevase el juego.
Lo hacía bien el chico, había que reconocerlo. Claro que Hal siempre había sido un maestro del disfraz. Sir John se acordó de cuando, más por diversión que por ganancia, apostaban el precio de lo que bebieran durante la noche a cambio de quitarle la bolsa a algún patán. Usando su ingenio como arco, Hal hacía cantar al pobre tonto a su son como si fuera un violín. Después se acercaba sir John, en calidad de cómplice, para «rematar la faena». De vez en cuando se intercambiaban los papeles, por puro aburrimiento. Pues bien, fuera cual fuese aquella nueva broma, sir John se prestaría a ella en honor de los viejos tiempos. Eligió una táctica que usaba mucho en los juegos de naipes, la del farol.
—Veréis, maese Fisher, a veces los rumores son ciertos y otras no. Vuestro informador os ha mentido. Yo no soy un erudito, ni tampoco un hombre de libros. No necesito pergamino. Habéis hecho el viaje desde Smithfield en balde.
Cogió su obscena jarra con las dos manos y acarició las protuberancias rosadas con los pulgares en espera de que su acompañante hiciera algún comentario procaz en señal de que lo reconocía. Vio con el rabillo del ojo que la tabernera los observaba desde el otro lado del largo mostrador, mientras limpiaba las jarras con su delantal sucio, aplicando todavía más mugre a unos recipientes que ya andaban más que sobrados de ella.
—No he venido a venderos pergamino.
El Hal que no era Hal se inclinó en actitud conspiradora y apoyó ambas palmas en la mesa, levantándose un poco del banco. Sir John se acordaba muy bien de la postura. La había visto más veces de la cuenta, siempre que el genio vivo de Hal, aliado al exceso de jerez, podían más que su razón.
—Vengo con un mensaje del príncipe Harry, que me ha pedido que os lo entregue en honor del buen concepto en el que antaño os tuvo.
—¿Antaño?
El brillo acerado de la mirada y la firmeza de la mandíbula tenían algo que sir John no recordaba haber visto en el muchacho.
No era ninguna broma.
Dejó la jarra. De repente tenía ganas de estar en otra parte. Aquella mugre, aquel olor a cerveza rancia y ceniza vieja se parecían muy poco a la taberna donde tan feliz se había considerado en otros tiempos. A aquellas horas finales de la tarde, Joan debía de estar en la rosaleda, bordando o leyendo su Biblia en inglés. Deseó estar sentado con ella en el banco de tepe, respirando la fragancia de la rosa recién cortada que seguro que llevaba en el escote del corpiño.
—Decidme, os lo ruego, ¿de qué mensaje se trata? —preguntó al desconocido sentado frente a él—. En vuestra nota ponía que era urgente.
—Urgente para quien valore su vida.
Los mismos ojos hundidos, la misma boca de expresión ligeramente desdeñosa en el labio inferior y el mismo pelo castaño, antes rizado y largo hasta los hombros, siguiendo el dictado de la moda, y ahora cortado por encima de las orejas, en redondo, como un clérigo, pero sin la tonsura.
—El príncipe desea que sepáis que el rey y el arzobispo están resueltos a quemar cualquier mancha de herejía que encuentren. Y que las están buscando con diligencia.
Una pausa después de cada palabra. Ronco, grave y amenazador el tono.
Las mismas cejas arqueadas, los mismos pómulos salidos... Todo igual, pero sin serlo.
—Siempre han buscado lo mismo —dijo sir John, adoptando en su tono una mesura equivalente a la del príncipe—, y sólo su calumnia puede igualar a su diligencia, pero ¿qué tiene que ver conmigo?
—Están levantando hasta la última piedra, incluidos los castillos de la nobleza, y no buscan a ciegas: tienen informadores. Están recogiendo pruebas contra cualquier persona que propague escritos heréticos, sea en Inglaterra o en el extranjero.
Tampoco era ninguna novedad. Saber no era lo mismo que demostrar, y si necesitaban algo para acusar a un miembro del Parlamento, amigo del rey, por añadidura, eran pruebas.
—¿Y el príncipe Harry? —preguntó sir John—. Corren rumores de que Henry Bolingbroke está en su lecho de muerte. Pronto el príncipe Harry será el único soberano de toda Inglaterra. ¿Es que este príncipe no tiene lazos de lealtad con un antiguo amigo a quien llegó a llamar «hermano»?
Hubo un momento de silencio, como si la respuesta, antes de ser pronunciada, se estuviera fraguando despacio en la mente de quien debía darla; algo ciertamente impropio de Hal, que siempre había sido de respuestas rápidas y de ingenio aguzado como un estoque. Al final, el supuesto William respondió:
—Me ha pedido el príncipe que os avise de que su deber es para con Inglaterra y su Iglesia. Con esta advertencia queda disuelta cualquier deuda de lealtad que pudiera tener contraída con vos.
La respuesta de sir John fue más veloz. Brotó en un acceso de ira, que inevitablemente se transmitió a su tono.
—Comunicadle al joven príncipe Harry mi gratitud por su preocupación y decidle que puede estar tranquilo, ya que sus temores son infundados. Por otro lado, deseo que le digáis que sir John también sabe a quién debe lealtad y que la mantendrá. Al precio que sea.
William Fisher bajó la cabeza y movió un dedo por la mesa, siguiendo los anillos de humedad dejados en la madera por una infinidad de jarras, en una infinidad de antiguas francachelas. Cuando alzó la vista, la máscara había desaparecido y sir John se encontró frente al rostro del príncipe Hal.
Éste empujó hacia el centro de la mesa la jarra que no había tocado y se levantó para inclinarse hacia sir John. Había crecido durante los últimos años, años cuyo peso sir John sintió en su corazón. Hal le tocó el hombro. Fue un contacto suave, tierno como el de una mujer.
—Jack, los gordos arden mejor que nadie.
La broma, suponiendo que lo fuera, fue pronunciada en un susurro ronco, sin alegría pero sin malevolencia.
William Fischer se puso la capucha y se dirigió a la puerta sin saludar a la tabernera, que pasaba el trapo por el mostrador con fingido desinterés.
Por la ventana sucia ya no entraba el rayo de sol de antes. La taberna estaba oscura.
—Maese Fisher, sí que necesitaré pergamino en algún momento. Quizá podamos vernos otra vez —dijo sir John a la franja de sol que se clavaba a través de la puerta en la penumbra, pero la única respuesta fueron los ronquidos del borracho que dormía en el rincón.
Sacó una moneda de seis peniques de su monedero y la dejó sobre la mesa.
—Tienes razón, Nell, no es como antes.
—Pistol lamentará no haberos visto —oyó decir a la mujer mientras cerraba la puerta, pero no se giró.
* * * * *
Will Jaggers sólo llevaba dos noches en Londres cuando llegó a la conclusión de que ser cura pobre no era una ocupación lucrativa. Por los caminos y andurriales, donde los campesinos le llamaban «padre» y le daban pan y cerveza sin pedir nada a cambio, no había estado mal, pero en la ciudad podía acabar siendo incluso más peligroso que su antigua profesión de ladrón. Por robar sólo te daban latigazos o te ponían en el cepo. Desde que estaba en Londres, Will había oído historias de curas pobres acusados de herejía y encerrados en la Torre Blanca hasta que se borraba cualquier recuerdo de ellos. Por eso, en cuanto encontró unos pantalones de abrigo y una túnica de lana oreándose detrás de una casa de Merchant's Row, sobre un arbusto, sacó provecho de la inesperada munificencia.
Su reticencia a prescindir del calor que le brindaba la buena lana del hábito — empezaba a hacer frío por la noche, y un hábito de sacerdote le abrigaría cuando durmiese bajo las estrellas en algún almiar— le hizo doblarlo y guardarlo en el hato donde aún llevaba el libro recibido en la asamblea de sir John, pero no cabía. Imposible. La tela de lana podía darle cobijo durante las noches de invierno, mientras que el libro ni siquiera podía leerlo. Recordó haber pasado junto a una librería en Paternoster Row. Era un texto sagrado. Seguro que le daban como mínimo para una jarra de cerveza.
* * * * *
Como faltaba poco para el anochecer y aún no había vuelto sir John, lady Cobham mandó que encendiesen más antorchas en el patio para recibirle. Un ruido de cascos la hizo mirar por la ventana de su habitación. Vio un caballo fragmentado en rombos de cristal ondulado. Su jinete era inconfundible, incluso a la vaga luz de las antorchas.
Al verle encorvado de hombros y serio de cara, supo que no había tenido un buen día. Su forma brusca de desmontar y darle las riendas al palafrenero hablaba de malas noticias, que probablemente no contara a su esposa. Era el único defecto de sir John: el deseo de protegerla de las malas noticias, como si no decírselo la protegiese de las inevitables consecuencias. Tonta idea en quien, por lo demás, era un hombre de gran inteligencia. Lo único que lograba guardándose las cosas era dejarla sin los medios para protegerse a sí misma, y tal vez a él. De todos modos, lady Cobham ya sabía que no servía de nada pedir cuentas. Tendría que sonsacarle con medios más sutiles la causa de su evidente angustia.
Dudó que fuera por las cuentas de la propiedad. Ella ya no se ocupaba directamente de ellas. Esa tarea se la había dejado a los mayordomos y a John, pero sabía bastante para darse cuenta de cuándo iban mal las cosas, y el castillo de Cooling y sus alrededores respiraban prosperidad. La cosecha había sido buena. Las despensas y las tabernas rebosaban de provisiones para el invierno, y a los siervos y los campesinos se les veía bastante contentos. Tampoco habían llegado noticias de ninguna calamidad en las tierras de John en Hereford. De hecho, se había ido de bastante buen humor a Londres, para hablar con un pergaminero. Por lo tanto, sólo quedaba una posibilidad.
La empresa lolarda no iba bien.
A veces lady Cobham deseaba no haber implicado a su esposo en los problemas del castillo de Cooling con el arzobispo. Antes de que contrajeran matrimonio, sobre las tierras de ella ya pesaba un entredicho por albergar a sacerdotes lolardos, y no era una censura que le quitara el sueño, pese a haber pronunciado en el momento oportuno las debidas, que no sinceras, palabras de arrepentimiento, a fin de ganar tiempo y espacio para la práctica libre y secreta de su fe. Lady Cobham no creía en el poder del Papa de denegar u otorgar el derecho a la Sagrada Eucaristía. Ese derecho lo otorgaba Dios. Ni papas, ni curas, ni obispos podían privarla de una gracia derramada a manos llenas sobre ella por su Salvador. Lo decía la Biblia en inglés.
—Da igual, esposo mío, no hagas caso —le había dicho a sir John al explicarle por primera vez el interdicto.
Pero en los ojos de él había inquietud, y la expresión de su rostro quebraba la dulzura de haber hecho el amor mientras yacían como dos cucharas en una cama pequeña, hecha para una sola persona. Era el segundo día de su luna de miel en la casita de Gales. Sir John la había llevado al valle de Olchon para enseñarle dónde había ganado el favor del príncipe por luchar contra los señores de la frontera galesa. Y también para mostrarle el lugar de su bautizo, en un estanque al pie de una cascada, en lo más hondo y escondido de un frondoso valle, como el que acababa de recrear en los terrenos del castillo de Cooling.
—A la gente sencilla que busca protección en mí, su señor, no le da igual —dijo, indignado—. Cada vez que se les niega la eucaristía por su vinculación a las tierras de los Cobham, se creen que irán al infierno.
—Pues entonces haz que tengan un sacerdote lolardo para comulgar. Yo es lo que siempre he hecho y les satisface. De hecho, hay algunos que comparten nuestro punto de vista, y cada vez son más. Cuando sean bastantes, dará estrictamente lo mismo.
En los ojos de sir John brilló una determinación que asustó a su mujer.
—¿Y los demás? Es abominable que vivan con miedo a que algún cura romano disoluto les niegue el derecho al cielo sólo porque no le gusta el idioma en el que rezan sus señores o, peor aún, porque no disponen del precio de una oración.
Tanto gesticuló, y con tanta furia, que estuvo a punto de romper una jarra que había al lado de la cama, en una mesa, llena de narcisos y flores de sauce blanco. Se habían casado en primavera. Por eso, cada nueva primavera, al ver hincharse los primeros brotes suaves y grisáceos, lady Cobham revivía la dicha de aquella breve luna de miel en el verde valle galés, una dicha destinada a no durar, a ser sustituida por las preocupaciones, ya que el regreso al castillo de Cooling había marcado el inicio de la campaña de sir John a favor de la causa lolarda, con el mismo celo demostrado en sus campañas para el príncipe Harry. La recompensa acordada por el príncipe a sus servicios militares había sido permitir que se casara con una mujer de la nobleza. No estaba nada claro que aquella nueva campaña le granjease alguna recompensa.
Lady Cobham le oyó responder con un gruñido al saludo del guardián. Bajó corriendo a su encuentro, después de alisarse la toca de lino y pellizcarse las mejillas. Se encontraron en la puerta. Ella le plantó un beso en los labios.
—Buenas noches, esposo. Me alegro de que hayas vuelto a casa —dijo al cogerle de la mano y llevárselo a la solana—. Se están acortando los días. Los hombres tienen que estar en su hogar cuando se pone el sol.
—Cierto, y se agradece —dijo sir John, dejándose caer en el asiento más cercano a la chimenea.
El tono de su saludo no tenía nada de juguetón ni de pícaro.
Lady Joan le ayudó a quitarse la sobreveste, le estiró las botas y le dio la taza de hidromiel que tenía en el fuego del hogar para que John la encontrara caliente. Podría haberlo hecho todo el chambelán, pero sir John prefería que lo hiciera su mujer, y a ella no le importaba. Si así le hacía feliz, no tenía reparos en desempeñar el papel de sirvienta. Se quedó detrás, dándole un masaje en los hombros.
—¿El pergaminero te ha ofrecido un buen precio?
—No. Me temo que el coste es exorbitante.
La respuesta fue precedida por un breve titubeo.
—Pues entonces acudiremos a otro. Seguro que no es el único proveedor de pergaminos —dijo ella, moviendo firmemente el pulgar por la columna vertebral, hasta hundirlo en el cuello.
Sir John movió la cabeza en redondo, aceptando en sus huesos y tendones la presión del pulgar de su esposa.
—Ya, pero es que contaba con éste —dijo inexpresivamente.
En su tono había algo que indicaba que el tema de la conversación era algo más que el simple precio del pergamino. Por mucho que lady Joan clavase sus dedos en la carne, los músculos de los hombros seguían agarrotados y tensos. Prefirió no seguir indagando. No era el momento.
—¿Te has parado a cenar? —preguntó.
—He comido algo en la taberna donde he hablado con maese Fisher. Ya es bastante.
¿Desde cuándo al oso de su marido le bastaba con «comer algo»? ¿Qué le había hecho ese tal maese Fisher para que estuviera de tan mal humor? Lady Joan le quitó la gorra y le pasó los dedos por el pelo ralo. Después se agachó para darle un beso en la coronilla.
—No te preocupes, John. Lo que decidas, bien estará. Me refiero al pergaminero. A menos que quieras explicarme algo más, algo que te preocupe más que el precio del pergamino...
Sir John la cogió y la hizo sentarse en su regazo, pero seguían sin ser gestos insinuantes. Le acarició la cara con el índice, recorriendo su nariz y su barbilla.
—No, amor mío, no hay nada más. Sólo es por los costes. —Se puso la mano en la nuca, cubriendo del todo la de su mujer—. Es posible que tenga que recapacitar sobre el precio.
—Sea cual sea, lo pagaremos juntos —dijo ella, consciente de que no hablaban del pergamino.
—Es lo que más temo —dijo él antes de darle un beso largo, demorado, con más ternura que pasión.
La hizo levantarse suavemente.
—Venga, vamos a la cama, que después de un día así necesito dormir debajo de una colcha de plumas con el cuerpo caliente de mi esposa, para quitarme el frío. Durante el viaje de vuelta he tenido la sensación de que me pisaba los talones el invierno. Me temo que el verano ya está en desbandada.