La comerciante de libros
Capítulo I
Praga, Bohemia
Julio de 1412
Al Severn corre el Avon,
fluye el Avon al mar,
y el polvo dispersado de Wycliffe
adonde vaya el agua llegará.
Daniel Webster, Discurso a los hijos
de New Hampshire (1849)
Anna nunca iba al hrad, el gran castillo que hundía sus murallas en la colina del oeste de Praga, agazapado en la otra orilla del Vltava, a un mundo de distancia; tampoco iba a la gran catedral que custodiaba el castillo, por miedo a encontrarse con el temido arzobispo Zybnek, el quemador de libros.
Anna iba a misa en la iglesia de Tyn, o se juntaba con el resto de los disidentes de Praga en la capilla de Belén. Después de la gran pira hecha por Zybnek con los tratados de Wycliffe y sus traducciones de los Evangelios (textos lolardos, como los llamaba la Iglesia; textos heréticos porque cargaban contra la corrupción papal y ponían en entredicho la autoridad de los sacerdotes), Hus había formulado una advertencia a sus fieles, cada vez más numerosos: «Tened por cierto que llegará el día en que los prelados de Roma no se conformen con quemar la Palabra, y en que para nutrir sus hogueras busquen a quienes desean llevar la Palabra al pueblo. Debemos rezar para tener la fuerza de defender nuestras creencias. Debemos hacer acopio de valor para cuando llegue ese día».
También Finn, el abuelo de Anna, había puesto en guardia a su pequeño grupo de eruditos y traductores, reprendiéndoles por su celo imprudente.
¡Menudo era él para hablar!
A fin de cuentas era Finn el Iluminador, Finn el copista lolardo, quien, juntamente con maese Jerome, había iniciado en Praga la secreta empresa de divulgar las traducciones prohibidas. A su regreso de Oxford (de donde le traía un programa de intercambio de estudiantes), el joven Jerome había introducido los textos lolardos en su patria checa: el Trialogus y De Ecclesia, de John Wycliffe; y los textos de Wycliffe, prohibidos en Inglaterra, habían hallado nueva vida en la nueva universidad de Praga, cuyo rector, Jan Hus, podía jactarse de haber traducido al checo tanto los textos condenados como buena parte de los Evangelios. En cuanto al abuelo de Anna, refugiado de antiguos escarceos con los lolardos ingleses, ya hacía varios años que reunía en su pequeña casa de la ciudad a un venero de disidentes universitarios que copiaban las páginas prohibidas, todo ello en las mismísimas narices del arzobispo.
Anna echó una ojeada al castillo y a las torres de la catedral de San Vito que montaban guardia tras él, y a pesar del calor del verano tuvo un escalofrío; pero no, se negaba a pensar en el monstruo de la colina, y menos en un día así, en que la luz del sol sembraba el agua de diamantes danzarines, y en que ningún olor a quemado contaminaba el aire; no en un día en que los pájaros trazaban sus círculos alegres sobre el río, coqueteando las puntas de sus alas con nubes de algodón.
No en un día en que vería a Martin.
Dando la espalda al castillo, miró el río, y divisó a lo lejos una especie de campamento. Debían de ser peregrinos que recorrían el mundo cristiano en penitencia para llegar a alguno de los santos lugares, entre los que ostentaba la primacía Jerusalén. Era lo que hacían los pecadores, al menos los que no tenían medios para comprarle a la Iglesia la expiación...
Reconoció a la figura que se acercaba por la izquierda, donde se agolpaban las casas de Praga. No era quien esperaba.
—¡Maese Jerome! Creía que vendría Martin —dijo, disimulando tan poco su decepción que al darse cuenta se ruborizó.
—Parece que Martin tiene otras cosas que hacer —murmuró con fatiga el maestro de pelo gris, entregándole la bolsa que contenía los textos traducidos que había que copiar en la siguiente reunión—. Gracias por hacerme la colada, señora —dijo en voz alta.
No fueran a tener ojos y oídos las carpas del río, o a ser un espía del arzobispo el leñador que arrastraba su carreta por el puente de piedra... Anna se tragó su sarcasmo. No pensaba despreciar a maese Jerome por un exceso de cautela. Le respetaba demasiado por todo lo que había hecho.
Cogió la «colada» del profesor universitario, y justo cuando se iba a despedir, oyó acercarse veloces unos pasos desde el otro lado del puente. Al girarse, vio una silueta que corría en solitario en dirección a ellos, como alma que llevase el diablo. Al cabo de unos segundos, Martin se reunió con ellos a la sombra protectora de la torre de entrada, congestionado y jadeante, con un gran mechón negro en la frente.
—Lo siento, maese Jerome. Me han entretenido y...
—¿No has tenido tiempo de ponerte la gorra?
Anna le apartó el mechón de la frente, un simple truco para acariciarle la cara.
—La he perdido, pero ha sido por una buena causa —dijo Martin sin aliento. Se llenó los pulmones, guiñando un ojo a Anna, y bajó la voz—. En la reunión os enseñaré... No, no puedo esperar tanto. Os lo tengo que enseñar ahora mismo.
Les hizo entrar aún más en la oscuridad del hueco de la torre, y sacó de su simple jubón marrón de estudiante un paquete de terciopelo azul. Llevaba impresa una cruz de Jerusalén.
—¡Escóndelo! —susurró Jerome—. ¿Cómo lo has conseguido?
—¿Es lo que creo? —preguntó Anna, sin acordarse de bajar la voz—. Nunca he visto ninguno. ¿Me lo dejas?
El rostro de Jerome reflejó alarma.
—¡Aquí no, Martin! ¿No habrás...?
—No, al buldero no le hemos hecho daño. Ni un rasguño. Bueno, puede que un par de... Me entendéis, ¿no? Unos moraditos de nada. Estaba montando el tenderete frente a la catedral de San Vito. Stasik le ha dado una patada en la espinilla, y a él se le han caído los «recibos de gracia». Mientras se frotaba la pierna (hasta las palabrotas las dice en latín), nosotros hemos huido por el callejón del Codo. Stasik se ha ido hacia la Ciudad Nueva, y yo hacia la Vieja. Ha sido tan fácil como quitarle unos céntimos a un mendigo ciego.
«Tú, a un mendigo ciego, los céntimos más bien se los darías», pensó Anna, pero guardó silencio, dejando que Martin se recrease en su protagonismo.
Martin sonreía de oreja a oreja, entre miradas furtivas al puente para cerciorarse de que no le habían seguido.
Aparte del leñador que se alejaba por el otro extremo y de un mendigo sentado en la puerta del otro lado del río, el puente estaba tan desierto como de costumbre a aquellas horas de la tarde y con aquel calor.
Por la expresión malhumorada de Jerome, Anna supo que no estaba muy contento con Martin.
—¡Tonto! ¿Qué quieres, que se nos eche encima el arzobispo? ¡Ya verás cuando se entere Finn! Nosotros no hacemos estas cosas.
Arrebató a Martin el pequeño paquete de indulgencias papales y lo escondió rápidamente en su camisa.
Oyendo el nombre del abuelo de Anna, la actitud de Martin se volvió menos desafiante.
Las cejas grises de Jerome se juntaron.
—Dudo que este tipo de hazañas pese mucho a tu favor cuando el iluminador quiera casar a su nieta.
Nunca se andaba con rodeos.
La sonrisa de Martin se esfumó de golpe.
—Quiero ver una, maese Jerome —dijo Anna—. Llevo toda la vida oyéndoos despotricar a vos y a mi abuelo contra la venta de indulgencias que hace el Papa para financiar sus guerras, como si las escribiera el mismísimo diablo, pero nunca he visto ninguna.
El viejo la miró y sacudió la cabeza.
—Eres tan tonta como tu pretendiente. Estáis hechos el uno para el otro. Ya podéis rezar para que no me detengan antes de haber podido deshacerme de ellas.
—Por favor, maese Jerome... Traedlas a la próxima reunión, para que todos veamos qué es lo que queremos borrar de la faz de la tierra a tan alto riesgo. Ya las quemaréis más tarde. Así tendremos nuestra propia hoguerita.
Anna le obsequió con su mejor sonrisa de engatusadora, la que usaba con su abuelo desde niña para despejar la nube de melancolía que a veces se posaba en su casita de la plaza mayor de la ciudad.
—Por favor, un fueguecito de nuestra propia cosecha... Una dulce venganza, para animar a nuestras tropas.
—Sospecho que si algo no les falta a nuestras tropas son ánimos.
Con esa pulla se despidió el maestro, aunque ya no fruncía tanto el ceño.
—Las traerá —dijo Anna, viendo cómo se alejaba.
—Pues claro. ¿Cómo se iba a resistir a esos mohines? Yo sería incapaz.
Martin levantó una mano y tocó los labios de Anna con la yema de un dedo, a la vez que se inclinaba como si quisiera darle un beso.
Ella se apartó.
—Aquí no, Martin. Nos verían. Además, aún no estamos prometidos. Todavía no. Mientras Dĕdeček no dé su consentimiento...
—Sí —dijo él, dejando caer los brazos—. Tu abuelo. No hay rosa sin espinas.
Esta vez el mohín fue él quien lo hizo, y Anna quien resistió el impulso de quitárselo a besos.
—Me parece que no le caigo demasiado bien —dijo él.
Tenía los labios carnosos, rojos y plenos.
—No digas tonterías. Claro que le caes bien, Martin; lo que ocurre es que te considera un poco testarudo. Además, se cree que nadie puede cuidarme tan bien como él.
—Pues a fe mía que meterte cada dos semanas en una reunión de herejes no es cuidarte muy bien... Oye, ¿por qué le llamas Dĕdeček? Creía que los dos erais ingleses.
Anna le cogió la mano.
—Ven, acompáñame hasta mi puerta —dijo, empezando a caminar—. Le he llamado así desde pequeña, cuando llegamos a Praga. Además, yo no me siento inglesa, aunque mi abuela también fuera de Inglaterra. Era una dama de postín, que vivía en una gran casa solariega, pero a mí no me gustaría. No me imagino vivir en otra parte que no sea aquí, contigo y Dĕdeček.
Martin alzó la vista hacia el castillo de la colina, abriendo los ojos con fingido horror.
—¡No me digas que al casarme me llevaré a la cama a una dama de sangre azul!
—Mi abuela era de la baja nobleza, pero ya hace tiempo que hemos descendido de esos montes. Si te quedas conmigo, tendrás por esposa a la nieta de un humilde artesano... con una dote acorde.
—Ah, pues me alivias. La parte de la dote quizá no tanto... —Sonrió, burlón—. ¿La conociste?
—¿A mi abuela inglesa? Sólo de nombre, Kathryn. No era la mujer de Dĕdeček. Su mujer se llamaba Rebekka, y murió de parto al dar a luz a mi madre. Kathryn era la madre de mi padre, pero ella y Dĕdeček se conocían. Yo creo que eran amantes. Dĕdeček casi nunca habla de ella, aunque creo que la quiso mucho. Murió cuando yo casi era un bebé. Tengo un recuerdo muy vago (más un sueño que un recuerdo) de ella cantándome. Me llamaba «tesoro», o algo así. Y me llevó a ver a Dĕdeček, que estaba encerrado en una especie de castillo.
Anna miró el hrad con un escalofrío. Tras una de las nubes de algodón se había puesto el sol, que la teñía de gris por debajo. Sin sol, el castillo aún parecía más amenazador.
—Un castillo en una colina, como éste, pero más... fortificado. Lo llamaban «la prisión del castillo». Siempre que pienso en Inglaterra, se me aparece aquel sitio tan horrible.
—¿Y a tus padres? ¿Los conociste?
Anna sacudió la cabeza.
—Mi madre no sobrevivió al parto, y mi padre murió antes de que yo aprendiera a andar.
—¿En combate?
Lamentó que Martin hubiera sacado el tema. Era algo en lo que no le gustaba pensar, aunque supuso que si iban a casarse tenía derecho a estar en antecedentes.
—Pereció en la causa lolarda, a manos de los soldados del arzobispo. Kathryn murió en una revuelta campesina, cuando incendiaron su mansión. La Iglesia echó la culpa del levantamiento a los lolardos, y mataron a todos los que pudieron encontrar. Mi abuelo y yo huimos de Inglaterra.
Martin silbó entre dientes.
—O sea, que procedes de un linaje de herejes. Y tu abuelo sigue fiel a la causa. Me extraña que nunca haya vuelto a Inglaterra. El viejo Jerome dice que en Inglaterra una parte de la nobleza ha abrazado la idea de la reforma. Tal vez allá fuera más fácil.
—Mi abuelo dice que lo único que tiene en Inglaterra son recuerdos penosos. ¿Por qué se iba a ir de Praga? Aquí hemos sido felices. Tiene su arte y a sus amigos de la universidad. Y yo aquí también tengo amigos.
Intentó adoptar un tono socarrón y lúdico, pero tanto hablar de muertes la había puesto de mal humor. Cuando ya estaban cerca de la plaza, Martin pasó un brazo por su cintura y la arrastró de nuevo hacia la protección de la calle sinuosa. Ella sacudió la cabeza, señalando el gran reloj astronómico de doble esfera.
—Deprisa, Martin. Mira, casi son las tres. Seguro que mi abuelo está preocupado, y cuando se preocupa, se enfada. Además, aún tengo que hacerle la cena. Tendrá que ser pescado. Ya no queda tiempo para nada más.
El sol no volvió a salir de detrás de la nube. De pronto a Anna le pareció que el día había perdido toda su alegría, igual que se había quedado sin sol.
—No me acompañes el resto del camino. Mi abuelo podría echarte la culpa de tener que cenar pescado en vez de un buen asado.
—Es verdad. Con lo que tengo que pedirle, prefiero que esté de buen humor — dijo Martin—. ¿Por qué no se lo pido ahora, antes de que se entere de lo del pescado?
Anna miró al otro lado de la calle, a su casita de ladrillos y madera, cuya puerta, muy bien tallada, daba a la plaza, y estaba abierta. A esas horas su abuelo habría acabado de trabajar y, tras limpiar los pinceles y alinear con pulcritud los potes de pintura a lo ancho del alféizar, estaría dormitando en su silla.
—No, Martin, ahora no. Dame la oportunidad de prepararle.
Él frunció el entrecejo.
—Dijiste lo mismo la semana pasada, Anna. ¿Cuánto tiempo quieres que espere?
—Sólo unos días. Te lo prometo.
Anna volvió a apartarle el pelo de los ojos, unos ojos que brillaban de contrariedad cuando Martin se giró para irse.
«Ahora estarán enfadados los dos. Yo que quería complacer a ambos, y al final no complazco a ninguno...» Suspiró al levantarse la falda para ir a ver al pescadero antes de que cerrase la tienda hasta el día siguiente.