La comerciante de libros
Capítulo XL
Me sujeto a ti en vasallaje para guardarte
fidelidad de vida, miembros y adoración
terrena contra todos los hombres [...],
exceptuando la fe de mi señor Enrique, rey de
Inglaterra, y de sus herederos.
Juramento de vasallaje de un
manual inglés del siglo XIII
El rey no había dormido bien. Amanecía finalmente el día tan temido desde hacía una semana: el 23 de septiembre del año de Nuestro Señor 1413. Era la fecha escrita en la real orden, la fecha en que sir John Oldcastle, señor de Cobham, debía entregarse a la guardia del rey.
Mientras Harry, nervioso, se asomaba a la ventana de su habitación, una parte de su ser albergaba el secreto deseo de que su antiguo amigo eludiese el arresto, de la misma manera que había burlado la orden de registro del arzobispo. Pero ¿cómo eludir una orden firmada de propio puño por el rey para que se entregase?
Entró el gran chambelán, seguido por un ujier que llevaba una pesada bandeja.
—Una loncha de panceta y unas cuantas peras cocidas, tal como habíais pedido.
Dejaron la tabla cerca del hogar, ya que el frío de la mañana aún no se había despegado de los muros del castillo.
—Hay un mercader que pide ser resarcido, el fraile dominico de siempre y...
—Despedidlos a todos. Hoy no recibimos peticiones —dijo Harry.
Masticó sin ganas la panceta, mientras el chambelán calentaba sus sábanas al fuego. Después les hizo señas de que se marcharan. El ruido del ujier al recoger las cosas no le impidió percatarse del chirrido del rastrillo. Corrió a la ventana. Sólo eran unos cuantos carreteros, con el reparto diario.
—Que se nos informe sin dilación de cualquier visitante noble —le dijo al chambelán.
—Sí, majestad. —El camarlengo le tendió el jubón—. ¿Os traigo el arpa?
Harry sacudió la cabeza. No estaba de humor.
—Quizá algo para escribir... —dijo mientras el hombre le ayudaba a atarse las botas.
A mediodía volvieron el chambelán y el ujier con otra bandeja.
Harry dejó la pluma en la mesa y contempló con mala cara los versos que acababa de tachar. Después levantó la tela que cubría la bandeja y miró con recelo el caldo de anguila y el pastel de pescado.
—Hoy no es viernes. Llevaos esto y traedme un pastel de ternera y un poco de sopa de guisantes.
El chambelán le hizo señas al copero.
—Ya has oído al rey —dijo con tono brusco, dándole la bandeja—. Majestad, está aquí fuera el canciller.
Harry suspiró.
—Que pase.
Beaufort se deshizo en reverencias al entrar en la sala. Hablaron sobre impuestos y campañas contra los franceses.
—Hoy os veo preocupado, majestad —observó Beaufort al terminar.
—¿Ya se ha entregado lord Cobham?
Beaufort frunció el entrecejo.
—No. Ya se os informará, excelencia.
Se bebieron una jarra de hipocrás entre los dos. Después el tío del rey se fue murmurando entre dientes.
Harry volvió a oír el rastrillo y se asomó otra vez a la ventana. Desde donde estaba veía el Támesis y todo Londres esparcido al otro lado del muelle. Sólo era un arriero con algunas cabezas de ganado, que cruzaba el foso para ir a la carnicería del castillo. Las pezuñas de los animales resonaron en el puente levadizo de madera. Harry pensó distraídamente que al día siguiente habría lomo de ternera.
Mandó que le trajeran el laúd, pero la musa persistía en no acudir.
Cuando volvió a mirar por la ventana, el rastrillo estaba abierto, pero no había nadie en la puerta.
Por la tarde se presentó otra vez Beaufort, para darle a firmar unos papeles.
—¿Aún no se sabe nada, tío?
—Se os informará, excelencia —repitió el canciller con su habitual tono de resignación.
Recogió los papeles y se fue, musitando de nuevo.
Ante el esplendor de aquel día de septiembre, Harry calibró la posibilidad de mandar que el halconero sacase su halcón peregrino, pero su ausencia podía coincidir con la llegada de sir John. Se dejó caer en la silla, cavilando sobre la mejor manera de perseguir a su vasallo si éste se negaba a entregarse. El mejor punto de partida era la marca de Gales; por desgracia había un millón de escondrijos, todos los cuales conocía Merry Jack.
Empezó a caer la oscuridad, y sobre Harry, el miedo.
Al atardecer oyó las notas de la trompeta de un heraldo y vio por la ventana que sobre la hierba se habían juntado unas cuantas personas que señalaban y hablaban en voz muy alta.
Jinetes. Cincuenta o sesenta, con yelmo y armadura, se acercaban galopando en una nube de polvo por el puente levadizo. ¡Un ataque por sorpresa! No, imposible, eran muy pocos. Harry miró el horizonte. No había máquinas de guerra rechinando al oeste, ni arqueros formando al este. Tampoco barcazas en el Támesis. Justo cuando hacía un recuento rápido de los soldados que estaban de guardia —tenía que haber como mínimo seiscientos, pero a algunos los había mandado a Calais—, vio aparecer un heraldo con los colores que tanto conocía.
Gules y una cruz de plata. Una cruz plateada sobre fondo rojo.
El penacho ondeaba arrogante en la brisa.
Conque al final sí venía Cobham, con un séquito armado, pero lejos de los cien con los que previamente había propuesto defender su fe en un juicio por combate... Enrique V seguía los pasos de Enrique IV: tendría que enfrentarse con sus propios nobles. ¡Por la sangre de Cristo! Era lo que se temía. ¡Y que entre todos sus barones fuera sir John quien se alzase en armas contra él! Maldijo entre dientes a Arundel.
—¡Bajad el rastrillo! —exclamó el alguacil cuando se acercó el fragor de los jinetes—. ¡Dad la alarma! Un campesino corrió hacia el campanario.
Harry reconoció a quien iba en cabeza, justo detrás del heraldo: era sir John. El rastrillo empezó a crujir y rechinar, pero el mecanismo era demasiado lento. Los jinetes tardarían pocos segundos en acceder al patio, subir por la escalera y penetrar en la estancia del rey.
Sin embargo, justo en el momento en que sir John debería haber entrado al frente de sus caballeros, tiró de las riendas, se quitó el yelmo y se lo puso debajo del brazo. Después miró hacia arriba, protegiéndose los ojos del reflejo del sol en la muralla, y dio la impresión de escrutar las ventanas de la Torre Blanca en busca del apartamento real. A continuación levantó el brazo de la espada... y saludó.
«¡Maldito seas, Jack! Esto no es ningún juego. Esta vez, si pierdes, te esperará la hoguera.»
—¡Detened el rastrillo, que es un vasallo del rey! —exclamó el alguacil.
«¡No, tonto, que es una trampa!» Pero antes de que Harry pudiera alertar a gritos al alguacil, Oldcastle se giró e indicó por señas a su séquito que se retirase. A su pesar, el monarca sintió respeto (así corno bastante alivio) al ver que su vasallo entregaba la espada al alguacil y cruzaba a solas el rastrillo.
Se rió en voz alta. ¡Qué gesto tan propio de Merry Jack! Como diciendo: «Es un gesto de cortesía, para ahorrarte la molestia y la vergüenza de tener que perseguirme». Seguro que sir John era consciente del mal trago que supondría el desafío de uno de los nobles del rey cuando el reinado acababa de empezar.
Pero se le borro rápidamente la sonrisa. Al día siguiente se celebraría el juicio. Harry había visto las pruebas de Arundel, y no pintaba nada bien para sir John.
* * * * *
Al rayar el alba, Gabriel se puso por última vez su hábito de sacerdote y salió de su alojamiento en Lambeth para ir a Blackfriars. En la oscuridad que antecede al amanecer, rezó su oración de Getsemaní, sabedor, sin embargo, de que aquel cáliz no se alejaría hasta haber bebido de él. Su única esperanza era no tener que apurarlo.
Cabalgó por East Cheap y, al subir por High Street, rumbo a Ludgate Hill, vio la carreta de la cárcel. Se le hizo un nudo en la garganta al reconocer a su único ocupante. ¡Sir John! Lo llevaban a un juicio por herejía en una simple carreta, paseándolo por las calles a la vista de todos como un vulgar delincuente... Gabriel no se esperaba un tratamiento tan ignominioso para un aristócrata. Sin embargo, se dijo que era como trataba Arundel a sus enemigos y que pronto él podría figurar entre ellos.
A aquellas horas de la mañana, casi toda la chusma estaba en la cama. Sólo un bergante que volvía a su casa dando tumbos desde la taberna gritó sin dirigirse a nadie en concreto:
—¡Esta noche, a ahorcar tocan! —Y procedió a cantar con voz de borracho—: ¡Esta noche, esta noche!
La gente de bien que había por la calle a aquellas horas se apartó para evitar al borracho, que hacía eses entre las cunetas hasta que se cayó en una de ellas.
Gabriel se paró para dejar pasar el carro. Sir John le miró a la cara. Al principio su expresión fue de sorpresa y después de decepción. Gabriel tuvo ganas de darle palabras de ánimo y de hacerle saber que el fraile de hábito negro a quien tenía delante no era ningún Judas, pero no era el momento ni el lugar de decirlo.
Pasó la carreta. El caballo de Gabriel relinchó y sacudió la cabeza, haciendo sonar las campanitas de plata del arnés. Muy afectado por la mirada acusadora de sir John, apartó la vista para no presenciar su humillación, pero no había nada que temer: el maduro guerrero la llevaba como una armadura de acero, y su actitud era tan orgullosa y desafiante como si fuera él quien montase un buen caballo y Gabriel el preso de la carreta. Hizo girar al caballo para seguir un camino alternativo hacia Ludgate Hill.
Pocos minutos después entró en Blackfriars Hall y ocupó su asiento a la derecha del consejo, frente a sir John, que estaba en el banquillo de los acusados, entre un sargento y un ujier. En comparación con el intenso sol de septiembre, la gran sala parecía oscura. Gabriel forzó la vista para observar a los presentes —casi todos religiosos, así como algunos cortesanos y curiosos—, buscando al rey. Era su última esperanza, Enrique V. Desde la noticia de la orden de arresto contra sir John, Gabriel había tratado por todos los medios de acceder al monarca, pero siempre le habían denegado audiencia. El único presente en representación de la Corona era Henry Beaufort, el canciller.
En una punta de la sala había un estrado con tres jueces. El primero por la izquierda llevaba el hábito dominico.
Gabriel reconoció al prior de Blackfriars, uno de los asistentes en su ordenación. También reconoció al clérigo de la derecha, casi oculto tras lo ostentoso de sus larguísimas mangas: el comisionado Flemmynge, ufano de participar en tan magnífica misión, señal de que cada vez gozaba más del favor de Arundel.
Un tribunal amañado, qué duda cabía, pero que, a pesar de todo su poder eclesiástico, no podría apartarse demasiado de la justicia inglesa si pretendía que la Corona diera cumplimiento a una sentencia de ejecución. No podía ocuparse personalmente de la quema. Ecclesia non novit sanguinem. La Iglesia no derrama sangre. Obstáculo muy fácil de burlar, puesto que desde 1184, con el papa Lucio III, los tribunales eclesiásticos entregaban a sus condenados a las autoridades seculares... Sin embargo, necesitarían a testigos poderosos para convencer a un rey reacio. Gabriel sintió todo el peso de su responsabilidad. Al someterse a la voluntad de Dios, Cristo no tenía esposa ni hijo. ¿Qué les pasaría a Anna y al bebé?
Sentado en el centro estaba Thomas Arundel, el arzobispo de Canterbury, con una expresión satisfecha en un rostro avinagrado que flotaba como un óvalo blanquecino sobre su capa de pieles y su brillante pectoral. Su voz era tan rala como su barba.
—¿Sabéis por qué se os ha convocado ante este tribunal eclesiástico, lord Cobham?
La de sir John era profunda y sonora.
—Algo sé, y no es una acusación digna de que responda a ella, salvo que me lo pida mi rey. Soy un súbdito fiel. De lo contrario, no estaría aquí perdiendo el tiempo. Tengo cosas más importantes de las que ocuparme y reuniones más santas a las que acudir.
La gente murmuró y hubo algunos que se rieron. Sobre estos últimos, Gabriel tuvo la certeza de que, si no aplaudían, era sólo porque no se atrevían.
Arundel tartamudeó de rabia.
—Haréis bien en no fiar demasiado en vuestra antigua relación con el rey, señor mío. Su majestad no pasará por alto vuestro desprecio a este tribunal y a vuestra Iglesia. —Desenrolló un pergamino y recitó—: Se os acusa de difundir los sermones heréticos de John Wycliffe, de celebrar reuniones lolardas y de transportar y difundir las traducciones prohibidas al inglés de la Biblia tanto en Inglaterra como en el extranjero.
—¿Tenéis algún testigo que pueda demostrarlo? —preguntó sir John, mirando directamente a Gabriel como debió de mirar Jesucristo a Judas durante la Última Cena.
—Ha aparecido un texto de las Sagradas Escrituras en inglés en Paternoster Row, que contenía un recibo extendido a vuestro nombre. ¿Queréis explicarnos de dónde sacasteis ese texto blasfemo?
A Gabriel, las palabras del arzobispo le sentaron como una bofetada. Desconocía aquella prueba, suficiente para condenar al acusado. Se dijo que sería una insensatez sacrificar su integridad, la de Anna y la de Finn por alguien que ya estaba sentenciado.
—Desconocía la existencia del libro al que os referís —contestó lord Cobham—. Yo compro libros de muchas procedencias. En mi casa se valoran los libros.
Gabriel bendijo la valentía de sir John, que estaba protegiendo a la abadesa y también a Anna.
Arundel sonrió.
—A veces se puede avivar una memoria recalcitrante para que sea más... fructífera.
Más susurros.
El arzobispo siguió hablando.
—En este tribunal hay alguien que atestiguará que habéis organizado grandes reuniones de herejes lolardos en las que se leían los sermones de Wycliffe, que habéis profanado la misa leyendo las Escrituras en inglés y que habéis negado públicamente el milagro de la eucaristía. Por favor, hermano Gabriel, decidnos qué observasteis en el castillo de Cooling.
Ahora sí. Era el momento decisivo. Gabriel se mareó un poco al levantarse y dar un paso al frente. ¿Qué clase de hombre era? ¿Hasta dónde llegaría al servicio de la verdad? ¿A cuánto renunciaría? Abrió la boca sin estar seguro de qué palabras saldrían de ella.
—Observe..., observé... que tanto lord Cobham como lady Cobham... velaban por la nobleza de su casa, excelencia —dijo con bastante fuerza como para que le oyeran todos—, dando ejemplo de la hospitalidad cristiana por la que se les conoce en todas partes.
Arundel puso cara de irritación.
—Sí, sí, fray Gabriel, pero aquí no se trata de hospitalidad.
Gabriel parecía haber hecho su elección, si es que alguna vez había tenido la oportunidad de tal cosa.
—Entonces debo estar confundido, excelencia —dijo sin alterarse—. Creía que la hospitalidad de lord Cobham era precisamente la cuestión que tratábamos. Decís que se le acusa de alojar a curas lolardos. Yo nunca he visto cerradas para nadie las puertas del castillo de Cooling.
—¿Es decir, que visteis a curas lolardos?
—Vi a muchos curas. Yo mismo he comido muchas veces en la mesa de lord Cobham, como lo ha hecho también alguna vez vuestra excelencia, si no yerro...
—No os burléis del tribunal, fraile, os lo advierto. —Arundel levantó un poco la voz y pronunció despacio las siguientes palabras—: ¿Habéis presenciado alguna vez una reunión de curas lolardos oficiando una misa lolarda y leyendo las Escrituras en inglés en presencia de lord Cobham?
Gabriel oyó las palabras como si su origen estuviera fuera de su cabeza: «Lo único que tienes que hacer es decir la verdad. Así de sencillo».
Al responder, se sorprendió de que no le temblase la voz.
—No, excelencia. Cualquier prueba que pudiera dar a ese respecto sería un rumor, y estoy seguro de que el tribunal eclesiástico no condenaría a un noble del reino por un rumor.
Arundel parecía a punto de sufrir un ataque.
En la cara de sir John se dibujó una gran sonrisa.
—Hermano Gabriel, ¿habéis visto alguna vez una copia de la traducción de Wycliffe de la Biblia en el castillo de Cooling? —preguntó Arundel, con una voz cada vez más estridente.
«¡Ah! Tan sencillo no es, al fin y al cabo. He aquí una verdad que va en contra de la justicia.»
Gabriel abrió la boca sin saber muy bien qué decir, mientras se preguntaba cómo servir al mismo tiempo a la verdad y a la justicia.
—Pues...
—Naturalmente que sí, excelencia —tronó lord Cobham—. Nunca he pretendido ocultarla. La Biblia de Wycliffe está en mi solana, sobre una mesa, junto a la traducción latina de la Vulgata, para que todos puedan leer las palabras de Nuestro Señor. No es necesario que interroguéis a este hermano. Os confesaré yo mismo mi fe. No tengo nada que esconder.
Su respuesta llenó a Gabriel de una mezcla de alarma y gratitud.
Sir John siguió hablando.
—Creo en que la salvación procede únicamente de Cristo, sin intermediarios.
Arundel se puso nervioso. De momento sir John se ajustaba a la doctrina católica.
—Prudente respuesta, sir John, pero ¿no es cierto que negáis el milagro de la misa y la necesidad del confesionario?
—Yo no niego el milagro de la misa. —El acusado hizo una pausa, como si sopesara en su propia balanza el coste de la verdad. Después sacó la barbilla y dijo con bastante fuerza como para ser oído fuera de la sala—: Niego que el pan se convierta literalmente en el cuerpo de Cristo dentro de la boca. Niego que el vino se convierta literalmente en su sangre. Simbolizan el sacrificio de nuestro Señor. El milagro de la misa no reside en trozos de carne y sangre, ni en las buenas artes del panadero y del vinatero, sino en la gracia salvadora de Nuestro Señor Jesucristo.
Arundel se apoyó en el respaldo, sonriendo.
—¿Y el confesionario?
—Los sacerdotes son simples facilitadores de la confesión. Cualquier hombre o mujer puede confesarse a Jesucristo sin la mediación de un sacerdote.
La sonrisa de Arundel se ensanchó.
—¿Y el Santo Padre? ¿Y las sagradas reliquias? Es de dominio público que disteis la espalda a la cruz durante la procesión de Semana Santa.
La aguda voz del arzobispo casi se había reducido a un susurro.
Gabriel cerró los ojos y esperó lo inevitable.
—Creo que depositar esperanzas, fe o confianza en imágenes es el gran pecado de la idolatría. Un Papa que autoriza la venta de reliquias e indulgencias es para mí el Anticristo. Estas prácticas no contribuyen a impartir la gracia a quienes pecan sin querer. Sólo sirven para engrosar las bolsas de los bulderos sin escrúpulos y el tesoro romano, a la vez que mandan al infierno a los pecadores con sus engaños. — Sir John repitió en voz más alta, por si alguien de la sala no le había oído—: Un Papa que autoriza la venta de reliquias e indulgencias es para mí el Anticristo.
Los espectadores se quedaron sin aliento todos a la vez. Se oyeron algunas exclamaciones entre los bulderos y los frailes: «¡Hereje! ¡Que quemen al hereje!». Algunos que ya habían oído bastante empezaron a ir hacia la puerta. El ambiente estaba muy alterado, pero sir John guardaba una calma extraña. Gabriel se la envidió, porque a él de repente le atenazaba el miedo y la seguridad de que era inminente su propio arresto, al que seguiría la tortura hasta que confesase su herejía.
Buscó con la mirada una salida.
Arundel ya no sonreía. Ahora estaba lívido de rabia. Dio un golpe en la mesa con el mazo.
—Vuestras propias palabras os condenan como hereje, lord Cobham. No necesitamos ningún otro testimonio. —Departió un momento con los otros dos—. Si confesáis y os sometéis, seréis absuelto.
Era la única oportunidad de escapar de Gabriel, mientras la ira de Arundel fuese tan abrasadora que le impidiera pensar en algo más que en encender el fuego a los pies de su enemigo. Algunos frailes dominicos del público se habían adelantado. Gabriel se acercó al borde de la multitud, se puso la capucha y miró hacia atrás.
Una de las franjas de luz que entraban por las ventanas cruzó el rostro de sir John, que al levantar las manos (atadas) para protegerse la vista se pareció a los santos de los textos miniados.
—No pienso confesar ante vosotros —dijo—. Mis pecados, que son muchos, sólo se los confieso a Dios. Podréis condenar mi cuerpo, pero nada podréis contra mi alma.
Arundel ya no sonreía.
—En tal caso, lord Cobham, no tenemos más remedio que condenaros por herejía y entregaros a los hombres del rey para que seáis ejecutado. Que Dios, con quien decís tener tal familiaridad, se apiade de vuestra alma.
Dio otro golpe con el mazo.
Era el momento tan esperado por los asistentes. En el tumulto general, Gabriel se escapó por el arco que daba al refectorio, pensando en Anna, en el hijo de ambos y en la furia que había desatado sobre sus cabezas.
* * * * *
Anna vigilaba a diario el camino entre Appledore y la casa de su suegra, y cada día veía lo mismo. Por el camino del pueblo no venía nadie. Pensó en lo triste que sería pasar ahí el invierno, pero a la señora Clare no se lo parecía, por lo visto... Su actitud severa no impedía que a veces Anna la oyera canturrear mientras hacía las tareas domésticas. Hoy el camino estaba cubierto de niebla. El cielo gris se fundía con el mar hasta el punto de que resultaba difícil determinar si era el cielo el que engullía al mar o el mar el que engullía al cielo. Todo era un gran vacío.
—Tienes que ser paciente —dijo la señora Clare.
Anna no acababa de verla como la madre de Gabriel. El único parecido que observaba eran las manos, bonitas y bien constituidas a pesar de lo enrojecido y agrietado de la piel. Se había fijado en ellas por primera vez al ver en los hombros de Gabriel al pequeño Bek, con unas manos bien formadas sujetando sus raquíticas rodillas.
—Cuesta... —dijo Anna— no saber.
—Vendrá —respondió la taciturna mujer.
En los ojos de la señora Clare había una fuerza dura y resuelta que a Anna le recordaba al hermano Gabriel. Era una mirada que sólo había visto una vez en VanClef: el día de la discusión sobre las indulgencias.
El bebé se despertó y empezó a llorar, pero se calló cuando Anna movió un poco la cuna, regalo de sir John y lady Joan.
«Hice mal en dejar que me trajera aquí, a este sitio donde sopla el viento todo el día —se dijo Anna—. Debería haberme quedado con la madre superiora y Bek. Al menos allá habría tenido noticias.»
—Me voy al pueblo —dijo mientras se envolvía con un chal, y se agachaba para coger al niño dormido.
—Ya le vigilo yo.
—Gracias. —Alisó la manta y le arrebujó un poco más en ella, pensando en lo pequeño y frágil que se le veía—. No tardaré mucho.
El pueblo sólo quedaba a unos cuantos estadios. Entró en la primera tienda, que era la del fabricante de velas, y compró unas cuantas de sebo.
—¿Hay noticias de Londres? —preguntó como si careciera de importancia—. ¿Algo nuevo de la corte del rey?
Como si fuera una simple comadre en busca de chismes.
—Acaba de subir el precio de la cera de abeja. Un nuevo impuesto para las nuevas guerras del rey en Francia —rezongó el velero—. Ayer pasaron unos peregrinos de Canterbury y dijeron que el arzobispo juzgará por herejía a sir John Oldcastle. Mal asunto. Lo más probable es que le quemen.
Anna vio mentalmente a su bebé, plácidamente dormido en la cuna (regalo de sir John) como si no estuviera rodeado de un mundo enloquecido de hombres feroces e iracundos que usaban la palabra de Dios como una excusa para matar y mutilar.
—¿Era el único? —preguntó, pensando en la abadía y en lady Joan. Pensando también en su marido.
—¿El único?
—Detenido.
Pagó las velas.
—Por lo que se decía, no había ningún otro. —La mirada del velero se volvió interrogante—. ¿No estáis con la mujer mayor que vive en la casa del cabo?
—Sí. Me llamo Anna.
—Pues no hace ni una hora que ha pasado un mensajero con una librea muy elegante preguntando por vos.
Anna aguantó la respiración.
—¿Qué colores llevaba?
El velero se rascó la cabeza.
—Rojo y algo... plateado, creo.
Los colores del castillo de Cooling eran el rojo y el plateado, pero el velero no estaba seguro del segundo. Anna hizo un gran esfuerzo mental para intentar acordarse de los colores del arzobispo.
—¿Le habéis dicho dónde podía encontrarme?
—Sí. Me sorprende que no os hayáis cruzado con él.
Con lo solitario que era el camino de las marismas, seguro que Anna se habría fijado en un jinete, hasta con niebla. ¿Y si era un espía del arzobispo? «Si Arundel se entera de nuestro matrimonio, podría ser peligroso para ti y mi hijo.»
Salió disparada por la puerta, sin despedirse siquiera del velero.
Se ciñó bien el chal y tomó el camino a casa con el corazón alborotado. En medio de la niebla, la casita brillaba como un faro. Hacia ese faro caminaba Anna, encorvada contra el viento que soplaba del norte.
Al acercarse vio la silueta de un caballo atado a un arbolito. Se levantó las faldas y corrió sin respirar, hasta que estuvo bastante cerca para ver el rojo y el plata de la librea de Cobham.
Tiritando de frío y de alivio, se recordó que podía ser una trampa; sin embargo, al entrar vio al guardián del castillo de Cooling, a quien ya conocía, inclinado sobre la cuna y haciendo ruiditos con la lengua a su pequeño ocupante. La señora Clare no se alejaba ni un momento, con el celo vigilante de un petirrojo hembra. El guardián se irguió y entregó a Anna un pergamino enrollado, con el sello de la abadía.
—Es de una de las monjas, señora. Me ha dicho que espere la respuesta.
Anna se apresuró a romper el sello. Reconoció la letra de la hermana Matilde.
—Es mi abuela —le dijo a la señora Clare—. Está muy enferma y quiere verme.
—Pues entonces tienes que ir.
—Pero ¿cómo? A él no me lo puedo llevar. Sería demasiado peligroso. Además, tiene que mamar.
Después de una ausencia tan breve, Anna ya se sentía los pechos muy hinchados.
—No, hay otras maneras; puedo ponerle en la boca un vaso de miel y agua de cebada.
—No sé... Nunca he...
—No le faltará de nada. Era como alimentábamos a mi hermano pequeño cuando mi madre estaba demasiado enferma para darle el pecho, y se hizo tan fuerte que se embarcó a los dieciséis años. No he vuelto a saber nada de él. —La señora Clare miró directamente al mensajero—. ¿La llevaréis vos a la abadía?
—Por eso estaba esperando.
—¿Y la traeréis aquí al final de la visita?
—Sí. Ahora que vuelve a estar fuera lady Joan, en el castillo no hay gran cosa que hacer.
—No sé...
El bebé se despertó y empezó a llorar. Anna quiso cogerlo, pero la señora Clare le puso una mano en el brazo para detenerla.
—No, deja que tenga hambre. Voy a poner a hervir la cebada, y te haré una demostración para que te vayas tranquila.
Dos horas después, Anna quedó asombrada al ver que su hijo de dos meses bebía en abundancia el agua con miel que le ponían en la boca. La siguiente toma fue de pecho, más para alivio de Anna que del bebé.
Al amanecer del día siguiente se fue con el guardián del castillo de Cooling.
—Si no vuelvo cuando aparezca Gabriel, y hay peligro, decidle que se lleve a nuestro hijo a algún lugar seguro. No debería seguirme. Volveré, a menos que...
La señora Clare demostró haberla entendido con un gesto sobrio de la cabeza.
—No dejaremos que le pase nada —dijo.