La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 13 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo XII

Que [los monjes] se encierren entre los muros

del claustro [...] porque el mundo está [...]

tan ensuciado por la contaminación de tantos

crímenes que por el mero hecho de pensar

en ellos se corrompe cualquier mente virtuosa...

Pedro Damian (siglo XI)

 

Gabriel estaba cansado de tanto viajar: dos semanas de patios de castillos, mercados rurales, iglesias y cruces de término entre Maidstone y el castillo de Bodiam, y en todas partes sed de «gracia». Con cierta frecuencia se le pasaba por la cabeza que apenas era más que un simple calderero con su fardo, pero después se recordaba que el fardo contenía la gracia de Dios y que era una blasfemia pensar así.

Finalmente llegó a Hastings cuando ya era septiembre. Caía una lluvia fría. Pensó en buscar cobijo, pero se sabía cerca de su meta, en Hastings Fields. Senlac: el antiguo nombre normando significaba lago de sangre. Realmente, la tierra empapada parecía sudar sangre. Los lugareños decían que era un lugar embrujado desde la antigua batalla en que el normando Guillermo había matado al rey Harold. En una tarde tan encapotada, con nieblas que llegaban desde el mar y que mezclaban su olor a sal con los de la tierra y el musgo, Gabriel estuvo a punto de creérselo.

Vio alzarse sobre la colina el dormitorio de piedra gris de la abadía de Saint Martin, donde, como bien sabía, estaba el hermano Francis. La compañía del anciano le reconfortaría. Y le absolvería. Llevaba demasiado tiempo sin confesarse, y le pesaba el alma por el ansia de algo tan esquivo que ni siquiera podía nombrarlo. Se ajustó la capucha para protegerse la cara de la lluvia y espoleó a su caballo para que empezara a subir por la colina, entre charcos rojos que burbujeaban como la sangre.

* * * * *

—¿Ya habéis terminado, hermano Francis?

La señora Clare sintió tensarse de irritación la piel de su rostro anguloso y reducirse su boca a una simple línea en un gesto de reproche. Con lo que comía aquel viejo no habría sobrevivido ni un cuco. ¡Ya podía ella, ya, cortar en trocitos la carne de buey, con los tobillos hinchados de tanto estar de pie! Y eso después de haberle limpiado el orinal, barrido las cenizas del hogar, planchado la camisa y rascado el estiércol de sus botas; sin olvidar el baño, hecho con el máximo cuidado para que no se agrietara la piel de crespón del hermano. Dado que el carácter de la señora Clare ya había perdido tiempo atrás cualquier asomo de dulzura, el hecho de que la piel de los brazos del hermano Francis no ostentase ni una sola de las manchas violáceas a las que era propenso era un testimonio de pura testarudez. A la señora Clare sólo le faltaba masticarle la comida, como una madre (o una abuela, que era lo que le correspondía por edad). Pero el hermano Francis no era hijo suyo.

La cerveza tampoco la había tocado. En otros tiempos habría repetido incluso dos veces de lo uno y de lo otro.

La señora Clare le miró asombrada. Nunca dejaba de sorprenderle, como si en algún sitio, dentro de las mejillas arrugadas y de los ojos hundidos que escrutaban sin descanso la penumbra circunstante, pudiera hallar agazapado al hombre vital de antaño.

—¿Llamo a alguno de vuestros novicios para que os lea?

Ella nunca había aprendido a leer. «¿De qué le sirven las letras a una criada?» Era lo que decía el hermano Francis siempre que se lo comentaba, acompañando su respuesta con una mirada de incomprensión que no era crueldad, sino perplejidad sincera, como si le sorprendiese lo inoportuno de la solicitud.

Esta vez no respondió. Se limitó a encogerse tiritando bajo su manta de lana.

—¿Tenéis frío? ¿Pongo más turba en el fuego?

El hermano Francis cerró sus ojos acuosos, y al sacudir la cabeza le recordó una tortuga metida en su concha.

—Saldría más humo —dijo—, y el humo me da tos.

Tosió, como si decirlo lo hiciera realidad: una tos húmeda y llena de flema que debilitó su cuerpo huesudo y lo dejó temblando. La señora Clare cogió la cuchara de cuerno, vertió en la garganta del anciano unas cuantas gotas de un concentrado de hojas de consuelda y recogió con la cuchara la baba que caía, para introducirla de nuevo por el mismo sitio.

Fuera, la lluvia chorreaba en hilos por una ventana de cristales negros. Dentro, el anciano tosía.

¡Por todos los santos! ¿Cómo lo aguantaba? Las dos cosas o cualquiera de las dos. Le dolían los oídos por la tos de perro del hermano y los huesos por la humedad que se filtraba por los muros de piedra vista.

La señora Clare compartía el pequeño apartamento con el hermano Francis, si se le podía llamar compartir. El viejo sacerdote vivía más en su cabeza que en el mundo real. Al menos eso no había cambiado. La mayoría de las veces ni siquiera era consciente de su presencia. Ella era un mueble más, como las velas, la silla donde descansaba, y la cama donde dormía; algo viejo y desgastado por el uso. Entre las dos habitaciones, ambas conectadas al dormitorio de los monjes (pero cada una con su propio acceso), había una cortina de lana. El cuarto de la señora Clare hacía las veces de pequeña despensa, donde preparaba las comidas del hermano Francis. Antes este hermano comía en el refectorio, con los monjes, pero ahora casi nunca se apartaba del minúsculo brasero sobre el que pasaba las horas desplomado. A veces venían a verle los monjes u otros visitantes, ya que era un hombre muy respetado, y entonces la señora Clare no tenía más remedio que servirles también a ellos.

Él no siempre había sido así. Antaño era todo un hombretón, de barba recia y gran fuerza, tanto física como espiritual. Ahora había veces en que la miraba como si casi no la conociera, escrutando sus facciones con unos ojos medio ciegos; mientras ladeaba la cabeza como si buscara verla, por la periferia de su visión se perdía.

—Sois la señora Clare —decía entonces, como si fuera una simple visita y no quien llevaba doce años atendiendo día y noche sus necesidades.

—No, hermano Francis, soy dama de honor de su majestad la reina de Inglaterra. —Arrepentida de inmediato, la mujer hacía un esfuerzo por endulzar su voz, a la vez que le daba unas palmadas en la espalda—. Pues claro que soy la señora Clare, padre, y así nos pintan las cosas.

Cogió el cuenco de sopa y la cerveza intacta, abrió la puerta, y al arrojarlo todo a la lluvia estuvo a punto de alcanzar a un jinete que se disponía a bajar de su caballo. Llevaba tan baja la capucha de clérigo que no se le veía la cara, pero ella habría reconocido en cualquier parte su bien proporcionado cuerpo.

—Mejor que esperéis hasta mañana por la mañana. Estaba a punto de acostar al hermano. Esta noche, lo más probable es que ni siquiera os reconociese.

El jinete asintió en silencio con la cabeza y se giró hacia la hospedería.

La señora Clare se quedó en el umbral, ajena a las ráfagas de lluvia que entraban por la puerta, mojando su falda y su delantal manchado. Apretó con tanta fuerza el vaso y el cuenco vacíos que sus nudillos, grandes y desnudos, pasaron de rojos a blancos. Si hubieran estado hechos de un material más noble, sin duda ambos utensilios se habrían hecho pedazos.

Sólo cerró la puerta a la lluvia y el viento cuando oyó que la llamaba el anciano sacerdote. Entonces, penetrando en el vacío abarrotado de la habitación del hermano Francis, se quedó mucho tiempo a oscuras acostada en su jergón, viendo reptar la lluvia por la ventana oscura, como lágrimas de viuda. Justo antes de que el gallo saludara el alba, se deslizó en un sueño turbio y agitado.

* * * * *

El hermano Gabriel se despertó con las campanas que tocaban a vigilia antes del alba. Opus Dei: la obra de Dios. Prestó atención al ruido de pasos en la escalera del dormitorio, y cuando lo sustituyeron las primeras y tenues notas del canto llano, se levantó de la cama con la intención de unirse a sus hermanos en el coro. Mientras iba por el claustro (que quedaba más cerca de su celda de huésped), oyó un ruidito. Al principio pensó que era algún animalillo nocturno en su perpetua búsqueda de sustento, pero el susurro creció hasta convertirse en el roce de unos pies en el suelo, acompañado por un sonido como de sorberse la nariz. Los animales nocturnos no se sorbían la nariz.

Volvió a oírlo. Esta vez era inconfundible.

Creyó ver una mancha oscura en la intersección del banco y la pared, una especie de mero adensamiento en la trama de la noche, que tembló y se refugió contra el muro. Adoptando la postura de un monje contemplativo de camino a la oración (cabeza gacha, brazos juntos), Gabriel procedió por el pasillo. Al acercarse a la esquina del banco, dejó de oír el ruido de la nariz.

Caminó más despacio.

Casi sentía una presencia al acecho, de aliento contenido; probablemente alguno de los infantes, de los oblatos, saltándose el rezo de las horas. Pero ¿qué interés tenían para un niño el frío y la humedad? A menos que fuera un fugitivo... Lo cual entristecería profundamente a algún señor que hubiera pagado generosamente a la Iglesia a cambio de la educación, y subsiguiente vocación, de su hijo. Aun así, por un momento Gabriel simpatizó con el ansia de libertad del pequeño. También él la había sentido en muchos momentos de su niñez, con la diferencia de que no tenía adónde huir.

Cuando tuvo un pie junto al banco, adelantó la pierna, inmovilizando contra la pared a la persona o ser de quien se tratase. Después se agachó, levantó al niño (que temblaba) y le arrastró hacia la luz de una linterna que parpadeaba fuera de la sala capitular. Las sombras empezaron a dar brincos. A cualquier niño tenía que darle miedo el claustro de noche. Gabriel se acordaba perfectamente. Quizá hubiera que atribuir a aquel recuerdo lo bruscas que fueron sus palabras.

—Déjame que te vea —dijo, sujetando al niño, que se resistía a quedarse debajo de la luz.

Sólo tenía unos seis años, la edad de Gabriel cuando el hermano Francis se lo había llevado a vivir con los monjes.

—¿Vais a pegarme?

Era una voz aguda pero valerosa, casi desafiante, que exigía saber lo peor. Para un niño en un monasterio no era bueno ser desafiante. También de eso se acordaba.

—¿Debería pegarte? ¿Te pega alguien?

—El hermano Bartholomew.

—¿Y por qué te pega el hermano Bartholomew?

—Porque no voy al coro.

—¿Por qué no vas al coro? ¡A ver si serás un dormilón!

Gabriel despeinó los abundantes rizos del pequeño. La luz inestable de la lámpara cayó en su rostro, acentuando sus largas pestañas, que apuntaban hacia abajo. El tono de la respuesta ya no tuvo nada de desafiante.

—Tengo miedo.

—¿De qué tienes miedo?

De pronto se acordó del gran crucifijo tallado que presidía la capilla. Recordó que de niño, cuando los hermanos cantaban el kyrie, él siempre tenía miedo de que el Cristo de madera se despertase de su agonía y empezara a sangrar y derramara grandes gotas rojas sobre su cabeza. Por eso cantaba en voz baja, temeroso de añadir su voz a las demás. Después se avergonzaba de haber tenido miedo de la sangre, la sangre salvadora. Nunca le había contado a nadie sus temores. Seguro que era un pecado mortal tener miedo de la sangre del Salvador.

Con el paso del tiempo había aprendido a no mirar el crucifijo al entrar en el coro.

—Tengo miedo de los demonios que hay en el coro —susurró la vocecita.

—¿Demonios? ¿Qué demonios?

—Los demonios tallados en las misericordias.

Misericordia, de miserere, ser compasivo. De niño, antes de aprender latín, Gabriel creía que el nombre de las tallas procedía de miseria. Quizá el tallista creyera lo mismo, porque poca misericordia se advertía en las figuras. Se acordó de haber seguido con los dedos la forma de los diablos con cuernos y de las gárgolas grotescas talladas en los goznes de los asientos del coro.

Se apartó un poco sin soltar al niño, obligándole a mirar hacia arriba, para verle la cara.

—¡No te estarás escapando!

—No, sólo me escondía del hermano Bartholomew. No se le ocurriría buscarme aquí de noche. —En su voz se insinuó una nota de esperanza y hasta de desafío—. Por la mañana se le habrá olvidado.

Gabriel se prometió hablar con el hermano Bartholomew.

—Oye..., ¿cómo te llamas?

—Andrew.

Oyó débilmente el canto llano en la capilla. Pronto se acabaría la vigilia

—Oye, Andrew, ven conmigo al refectorio, que buscaremos un poco de pan con queso y te enseñaré a no tener miedo de una figura tallada en la madera. Te enseñaré a tallarlas tú mismo.

El niño encajó su manita en la de Gabriel, que sintió un nudo en el corazón.

—¿Y las sombras de la noche? También me dan miedo.

—A las sombras, Andrew, tenemos que acostumbrarnos todos; todos tenemos que aprender a enfrentarnos con ellas a nuestra manera, pero tú eres un valiente y sabrás hacerlo. Es como se vuelven más fuertes los valientes.

—¿Es como te haces un hombre?

—Sí, supongo que sí, Andrew. Supongo que sí.