La comerciante de libros
Capítulo XXIX
Aunque tengas los bolsillos llenos de indulgencias
[...], aunque se te halle en la fraternidad
de todas las cuatro órdenes, aunque tengas
doble bula [...], ¡yo no doy ni una higa por
todas tus patentes e indulgencias!
William Langland, Piers Plowman (siglo XIV)
La abadesa estaba tan acostumbrada a ver las caras a través de su fino velo negro que para ella todos los seres humanos guardaban un parecido sorprendente en color y tez. Sin embargo, la trama sutil del velo no le impidió apreciar algo distinto en la joven que había al otro lado de la mesa.
—Abadesa, os traigo un regalo. —Sir John pasó una mano por los hombros de la joven, empujándola con suavidad—. Os presento a Anna Bookman. Viene de Praga, donde trabajaba con su esposo, mártir de la causa que servimos vos y yo. Ha tenido el valor de acudir a nosotros en busca de refugio y trabajo.
Era el pelo. Ahí estaba la diferencia. La abadesa se levantó casi maquinalmente el velo, para ver mejor a la joven. En toda su vida sólo había conocido a una persona con un pelo así. Se puso de pie en respuesta a la presentación. La joven tenía su misma estatura. Se miraron con los ojos a la misma altura, sin nada entre las dos salvo la mesa. La abadesa palpó la pluma de su mano izquierda, llena de cicatrices. Lo hizo para evitar que se elevara por su propio impulso y empezara a acariciar aquellos tirabuzones cobrizos, que sólo retenía un poquito de encaje. La joven levantó una mano y se puso recto el pañuelo en un gesto reflejo.
—Refugio por supuesto que sí —dijo la abadesa—, y con mucho gusto, pero ¿qué trabajo puede desempeñar entre unas monjas que lo hacen todo por sí mismas, incluidas las tareas más viles?
La mirada de los ojos azules de la joven se mantuvo franca y firme. Apenas hubo un pequeño parpadeo de asombro en el momento en que la madre superiora se levantó el velo, dejando a la vista las cicatrices de su rostro. No se giró, incómoda, como hacían tantos en las pocas ocasiones en las que Kathryn se levantaba el velo. Incluso sir John habló con la mirada fija en un lugar indeterminado, por encima del hombro de la abadesa, que se bajó el velo para no incomodarle más. Él volvió a mirarla a la cara.
—Anna es muy buena copista. Copiaba las Sagradas Escrituras con su marido. Sabe traducir del latín al inglés y al checo. Ha trabajado con los seguidores de Jan Hus en la Universidad de Praga.
La abadesa conocía a Hus de nombre y sabía que, con él de cabecilla, con sus encendidas prédicas, la doctrina lolarda había adquirido mucha fuerza en Bohemia. También sabía que Praga era el destino final de muchas de las copias inglesas de las enseñanzas de Wycliffe que producía la abadía. Si era cierto que la joven sabía traducir directamente al checo, se ahorrarían un paso. No podía negarse que era una bendición.
—¿Es consciente del peligro? —Su confianza en sir John eran tan grande que no se le pasó por la cabeza que pudiera ser una espía—. ¿Es consciente de que estas traducciones son ilegales y de que se castigan con las penas más duras?
—Lo sabe de sobra. Por eso mataron a su marido y a ella la echaron de su casa. Ha pasado muchas penurias para llegar hasta aquí. Fue lo último que le pidió su marido.
La mirada de la joven ya no era tan firme. Se estaba mirando las manos. Seguro que era el nerviosismo de acordarse de su esposo.
—¿Es verdad, señora Bookman?
—Sí. —Respiró hondo y alzó la vista—. Es verdad. Soy copista y estaré encantada de traducir las Escrituras para vos. También es verdad que comparto vuestra creencia en que la santa palabra de Dios debería estar al alcance de todos los que puedan leerla en su propio idioma.
El azul de sus ojos era espectacular.
—Pues entonces, señora Bookman, sois más que bienvenida, y...
—Llamadme Anna, por favor.
—Vos podéis llamarme «madre».
La muchacha tragó saliva con dificultad y asintió.
—Sí..., madre. —Fue poco más que un susurro—. Gracias por acogernos — añadió.
—¿Acogernos?
Sir John carraspeó.
—Tengo otra cosa que deciros. Hay otra persona, un niño enfermo. Pero si la abadía no puede darle cobijo...
—¿Qué edad tiene?
La abadesa se lo preguntó a la joven.
—Entre seis y ocho años. No lo sé de cierto, porque le abandonaron a causa de su enfermedad.
Anna volvió a estirarse el pañuelo de encaje y se metió un rizo por debajo.
—¿Le cuidáis sola?
—Sí..., madre... Había otra persona, pero murió.
—Pues aquí tendréis ayuda. El pequeño gozará del amor de las hermanas.
Por primera vez desde el principio de la entrevista, las arrugas del rostro de la joven se relajaron, aunque la abadesa observó que mantenía rígidos los hombros.
—Queda algo más —dijo Anna—. Va a haber otro.
—¿Otro?
Se puso un brazo en la barriga, en un movimiento protector.
—Ah, ya entiendo... —dijo la abadesa.
—Fue antes de..., de que mataran a Martin.
La abadesa se fijó en sir John, cuya mirada parecía haber sucumbido de nuevo a la fascinación de la pared del fondo. Tenía la cara muy roja.
—Bueno, sir John, parece que en el día de hoy no nos habéis traído un solo regalo, sino tres. A Anna podéis dejarla conmigo. Nos ocuparemos de su alojamiento esta misma noche. Una vez que hayamos tenido la oportunidad de conocernos (creo que entre hoy y mañana habrá margen de sobra), podréis traer al niño. Si os parece bien, por supuesto...
Él sonrió de oreja a oreja, mientras su tercera papada pasaba del color rojo al rosa.
—Me parece perfecto. Mañana vendremos el pequeño Bek y yo. Le he dejado jugando con un silbato de hojalata, más feliz que un cerdo en el barro.
—Creo que sir John está contento de poder abandonar estas conversaciones de mujeres. —La abadesa se rió—. Sentaos, que ahora mismo pido un refrigerio. Así podremos conocernos mejor. Después os enseñarán dónde dormiréis. Por desgracia, las celdas de invitados están ocupadas por un clérigo, huésped eventual de la casa, pero detrás del refectorio hay dos habitaciones, pequeñas pero no tanto como las celdas de las monjas, donde podréis estar cómodamente vos y vuestros hijos.
Se oyó el monótono tañido de una campana en la torre de la capilla.
—Llaman a oración. Las hermanas estarán ocupadas. Iré yo misma a buscar pan, mantequilla y sidra caliente. Vos limitaos a descansar.
Poco después, cuando la madre superiora volvió con una jarra de loza, se encontró a la joven con la cabeza en el respaldo alto de la silla, los ojos cerrados y un ronquido casi imperceptible que delataba la regularidad de su respiración. Se había quitado el pañuelo, que guardaba en una mano y su pelo caía por los hombros, pero la causa de que el corazón de la abadesa diera un vuelco fue el rizo que cruzaba la ancha frente. Parecía mentira que algo tan trivial, como el color del pelo de alguien, pudiera despertar el recuerdo de una vida olvidada. «Eres una vieja tonta y sentimental», se regañó. Aun así, levantó la mano y apartó el rizo del párpado cerrado de la joven.
En la pequeña chimenea que calentaba el despacho de la madre superiora se movió un trozo de carbón, que provocó una lluvia inversa de chispas. El ritmo de la respiración de la joven no se alteró en lo más mínimo. A pesar del mucho tiempo transcurrido —tanto, que parecía que le hubiera pasado a otra persona—, la abadesa se acordó de su cansancio durante el embarazo. Al dar a luz a sus gemelos, tenía aproximadamente la misma edad que aquella joven, un poco mayor para ser madre primeriza. Suspirando, Kathryn tapó a la muchacha con el chal de lana que tenía ella en el respaldo de su silla y encendió la vela de sebo de la mesa. No se podía saber cuánto dormiría Anna.
Cogió la pluma. Como mínimo podría copiar algunas líneas antes de que se desvaneciera totalmente la luz del día. Por alguna razón, la presencia de la mujer dormida hacía que parecieran menos solitarias las sombras del anochecer. Sintió en su alma una ligereza inexplicable.
* * * * *
A Anna, la estrechez de las habitaciones de la abadía le resultó de lo más acogedora. El día siguiente, cumpliendo su promesa, sir John trajo a Bek. Los dos cabían sin problemas junto a la pequeña chimenea. El día después cayó una lluvia fría que encapsuló la abadía en un mundo gris.
De noche Anna dormía bien, arrullada por la lluvia que goteaba del alero. De día comía vorazmente los platos sencillos pero nutritivos que salían de la cocina de la abadía: sopas espesas a base de cebada hervida, tuétano y tubérculos demasiado secos y arrugados para ser comidos de otra manera, con el invariable acompañamiento de mucho pan fresco y nata del pequeño rebaño de vacas que cuidaban las hermanas.
En el scriptorium le asignaron una mesa con dos tinteros, uno para el rojo y el otro para el negro de agallas, ambos milagrosamente llenos cada mañana, y un taburete alto junto a una monja mayor y muy afable, la hermana Matilde. Las dieciséis copistas formaban hileras de cuatro, separadas por un pasillo que cruzaba una sala larga y rectangular y que a su vez estaba cortado por otro pasillo. Anna supuso que las mesas estaban separadas ex profeso, para evitar chismorreos y — teniendo en cuenta las actividades de la abadía evitar miradas indiscretas. La de Anna era la última, justo al lado de la ventana oeste, para aprovechar la última luz. La abadesa le había explicado que muchas de las copistas también se ocupaban de cocinar y cuidar el jardín. Con todo, Anna se fijó en que su mesa, la de la hermana Matilde y cuatro o cinco más casi nunca estaban desocupadas.
—Debemos ser discretas, querida —le dijo la monja al entregarle un bifolio a medio copiar, una lámina plegada de vitela que formaba dos páginas. Varios bifolio formaban una mano, y varias manos se podían coser para formar un libro. Aquel bifolio era un poema de Cristina de Pisan, destinado a tapar la auténtica labor de Anna cada vez que entrasen visitantes en el scriptorium. En el atril de encima de su mesa, además del delgado volumen de los sermones de John Wycliffe que estaba copiando y traduciendo al idioma checo, también había un libro de Cristina de Pisan.
La hermana Matilde le hizo una demostración de cómo deslizar una lámina debajo de la otra, mientras decía:
—De hecho, hay algunas hermanas que no están al corriente de todo lo que copiamos.
Señaló elocuentemente el fondo del scriptorium con la cabeza. Había una monja de gran corpulencia, que las miraba muy seria.
Aquella semana, sin embargo, Anna no tuvo que poner en práctica sus artes de prestidigitación. La hermana Agatha no se paró en su mesa para hablar con la más nueva de las copistas. Se contentó con lanzar algunas miradas inquisitivas y torvas, mientras sus anchas caderas se bamboleaban pasillo arriba o abajo.
La abadía no recibió visitas. Las lluvias y nieblas invernales mantenían cerca de sus chimeneas a los viajeros. A Anna se le iba el día trabajando en lo que le gustaba. Hasta Bek encontró su vocación. Toleraba los tañidos de la campana de la capilla, que llamaba a rezar a las hermanas, y los seguía entusiasmado. El oficio divino se cantaba con el acompañamiento agudo y estridente del pequeño silbato de hojalata de Bek. Al principio las hermanas no le hacían caso. Después le toleraban, y al final le aceptaron en su mundo. Algunas le saludaban con un guiño y una sonrisa al pasar junto al cojín sobre el que el niño practicaba su música a los pies del taburete de Anna. Ella estaba contenta de que la hermana Matilde le hubiera asegurado que no le molestaba el silbato. El suave aliento de Bek imprimía ligereza y fluidez a las notas, como los colgantes sonoros hechos con conchas que recordaba Anna en su pequeño patio de Praga.
Sonaron las campanas de la capilla: tres tañidos para llamar a las hermanas a nona, la última de las «horas menores» de la tarde. Sin hacerse de rogar, las monjas dejaron las plumas en las mesas y se levantaron. Algunas se desperezaban discretamente, mientras que otras se aguantaban un bostezo, contentas, sin duda, de tener un respiro en su tediosa labor de copistas. El niño se puso de pie con esfuerzo, sujetándose en una pata del taburete de Anna y en la mano de la hermana Matilde. Se unieron a la procesión. La hermana Matilde siempre iba la última, a causa de la enfermedad de Bek. De todos modos, Anna consideraba un auténtico milagro que el pequeño pudiera caminar sin la muleta fabricada por VanClef. Aún se le doblaban las piernas, pero al menos aguantaban su peso.
El scriptorium se quedó vacío, a excepción de Anna, excluida de la obligatoriedad de los oficios divinos. Era una exclusión —si podía llamarse así— que, curiosamente, no le dolía como la de las gitanas. Probablemente las hermanas se hubieran alegrado de que participase, pero ella no tenía ganas de entonar el ritual de la oración. Aun así sentía una especie de vínculo con aquellas mujeres, e incluso con sus rezos; era el vínculo de una causa común, aunque ella prefería rezar sola, en una plegaria personal e íntima para dar gracias a Dios por que ella y Bek hubieran hallado finalmente un hogar.
Su abuelo había acertado al enviarla ahí. Debería haberse dado más prisa. Pero no, no pensaba arrepentirse de los días de Reims. ¿Cómo, con el recuerdo de los brazos de VanClef rodeando su cuerpo? Recuerdo del que tal vez tuviera que vivir para siempre, rodeada de mujeres... Por otro lado, ¿cómo arrepentirse de su «extravío pecaminoso», como lo habrían llamado otros, sabiendo que un niño crecía en sus entrañas, un niño al que ya quería? Aun así tuvo un remordimiento de conciencia. Se preguntó qué habría dicho la madre superiora al enterarse de la verdad sobre el hijo de Anna.
Se asomó a la ventana y miró el claustro, con la fuente de tres pisos, en cuyas aguas inmóviles se rompían las gotas de lluvia como lágrimas. Aguas inmóviles como el depósito de lágrimas que llenaba los espacios vacíos de su corazón. Lágrimas por Martin, por su abuelo y por VanClef, que la había abandonado. Pero no todo eran lágrimas amargas. También las había de esperanza. El mercader le había legado una parte secreta de su ser que fomentaba la caridad de Anna, la necesaria para estar convencida de que tarde o temprano él regresaría a la casita de la rue de Saint Luc, como siempre había sido su intención, y que, al no encontrarla en ella, vendría en su busca. El casero le daría el Evangelio según san Juan y la nota con el paradero de Anna. Era una idea que la reconfortaba, como pensar en lo contento que habría estado su abuelo de que cumpliera su promesa y prolongase la obra a la que él había dedicado su vida entera.
Pronto volverían las hermanas y Bek, y de nuevo la sala se llevaría con el susurro de las plumas sobre el pergamino, el chirrido de los cortaplumas contra la carne curada de la vitela y las notas quejumbrosas del canto de Bek. (Ahora ya no repetía «An-na», sino palabras de la misa: el kyrie eleison y Jesús, Jesús).
Mejor ir al lavabo antes de que volvieran las hermanas. Últimamente parecía que los dictados de su vejiga siguiesen la frecuencia de las horas divinas. No le gustaba dejar solo a Bek para no dar la sensación de aprovecharse. Se puso el manto con capucha que tenía colgado al lado del taburete, en un gancho, y buscó el poema en francés. Al encontrarlo, lo puso con cuidado encima del pergamino, dejando la pluma sobre las últimas palabras, inacabadas, como si se hubiese parado a media frase para ausentarse un momento de su escritorio. A continuación puso el libro de poemas sobre el texto de Wycliffe, hecho lo cual se dirigió al necessarium, detrás del priorato.
Se puso la capucha para taparse el pelo y cerró la puerta. No hacía falta echar el pestillo. Las hermanas nunca lo echaban para irse a rezar. Además, ¿quién podía salir con aquel tiempo para curiosear por una inocente abadía llena de mujeres?
* * * * *
Para el hermano Gabriel fue un alivio sentarse delante de la pequeña chimenea de la celda de invitados y frotarse la pantorrilla, haciendo muecas al poner los dedos donde más le dolía. El viaje de vuelta de Canterbury hasta la abadía bajo la lluvia no había mejorado su situación, sino todo lo contrario. ¿Qué había dicho la señora Clare sobre el dolor de pierna del hermano Francis? ¿Que empeoraba con la lluvia? Gabriel notaba una especie de hilo de fuego que iba desde su tobillo hasta su cadera. Se acercó al pequeño armario de madera y sacó un frasco comprado a un boticario de Londres. Se puso un poco de líquido en la mano y se frotó con precaución la pierna, llenando la habitación de olor a menta.
Seguro que era obra del demonio, que infligía aquel dolor a los ungidos de Dios. A menos que lo infligiese el propio Dios, a fin de castigar a sus ungidos... Era el mismo castigo que se había cebado en el hermano Francis en el ecuador de su vida. Después de haber tenido conocimiento carnal de una virgen. Después de haberle robado un niño y de haberla echado.
«Vuestra madre no era ninguna prostituta. Cuando el hermano Francis la conoció, era virgen.» Aún resonaban en su mente las notas de condena de la señora Clare y la inflexión en la palabra «conoció», que apenas permitía interpretarla en otro sentido que el bíblico. Al menos Gabriel creía que Anna era viuda en el momento de hacerle el amor por primera vez. A quien le daba igual era a VanClef, cuyas intenciones respecto a la joven, sin embargo, eran mucho más puras que las de Gabriel. ¡Qué ingenuidad la de VanClef en la pureza de sus intenciones! ¡Y qué falsedad la del hermano Gabriel! ¿Dónde empezaba el uno y dónde acababa el otro? ¿Aquel dolor de pierna se lo enviaba Dios o el diablo? A menos que sólo fuera algo heredado de su padre... «Los padres comieron el agraz y los dientes de los hijos sufren la dentera.» Los pecados del padre.
Dejó el frasco de aceite de menta y se levantó con cuidado, haciendo una mueca en el momento en que el pie recibió todo su peso. Aunque ya no existiera VanClef, Anna Bookman persistía en los pensamientos del hermano Gabriel. Estaba loco por aquella mujer, incapaz de disciplinar sus pensamientos, como la pobre víctima de un cuento de los griegos. En todas partes veía a su hechicera.
Su imagen se imprimía en sus párpados cerrados, como un bello tapiz; su rostro se superponía a los de los santos de las pinturas; el halo luminoso de su pelo rielaba en el inmóvil vino de las copas. Hacía dos semanas, su imaginación la había invocado en la persona de la pupila de los Cobham, instalada en el estrado junto a lady Joan. ¡Qué ridículo, Dios santo! Se había dejado vencer por la emoción hasta el extremo de que al día siguiente, al ser llamado para acompañar hasta Canterbury al arzobispo, apenas le sostenían las rodillas.
El viaje a Canterbury había sido suficiente para empeorar el dolor de la pierna. Tres pasajeros en la intimidad de un carruaje densamente cubierto de cortinas —el hermano Gabriel, el comisionado Flemmynge y el arzobispo Arundel—, mientras el adulador de Flemmynge despotricaba contra los herejes. Con los ojos cerrados, apoyada la cabeza en la tabla de madera del carruaje, Gabriel esperaba que sus acompañantes le creyeran dormido, pero ¿cómo dormir con Anna en el umbral de la casita de Reims, como en su despedida, brillantes los ojos de lágrimas sin verter?
—Flemmynge considera que deberíamos centrar nuestros esfuerzos en la abadía.
Tras un momento de silencio, Gabriel se dio cuenta de que el arzobispo se lo decía a él, y abrió los ojos.
—¿Perdonad, excelencia?
—He dicho que deberíamos centrar nuestros esfuerzos en la abadía. ¿Ya la habéis registrado?
La voz del arzobispo subía y bajaba con el balanceo del carruaje, agitado por los típicos baches del invierno.
—He estado muchas veces en el scriptorium cuando trabajaban las hermanas. La última vez estuve con Flemmynge —contestó, mirando directamente al obispo, que estaba sentado en el mismo banco del carruaje que el arzobispo (para poder hacerle susurros confidenciales, pensó Gabriel).
—Pues entonces, quizá haya que registrarlo cuando esté vacío —dijo Arundel maliciosamente.
Flemmynge se sonrió.
El arzobispo siguió hablando.
—Oldcastle será convocado para justificar sus actos durante la celebración de santo Tomás Becket.
—¿Por qué?, ¿qué hizo? —preguntó Gabriel.
Las arrugas semicirculares que enmarcaban el rostro de Arundel se pronunciaron.
—El príncipe Harry le ordenó suministrar una guardia que se apostase en el camino procesional de la santa cruz.
—¿Y él se negó? —preguntó Gabriel.
—Peor. Cuando pasaba la cruz procesional, todos los vasallos armados de sir John, con su librea, dieron la espalda al sagrado crucifijo que contenía la imagen de nuestro Señor bendito.
El hermano se quedó sin aliento. Era un gesto muy atrevido, incluso para sir John. Atrevido y temerario. Un desafío sin ambages, no sólo a la Iglesia, sino al príncipe que le había ordenado contribuir a la procesión. No había más remedio que admirar su valor. O lamentar su insensatez.
Flemmynge alteró su sonrisa para hacer un comentario.
—El príncipe Harry está disgustado. Oldcastle debe comparecer el día antes de la Candelaria para responder de su blasfemia.
La Candelaria. Una fecha bien calculada para resaltar las tendencias heréticas de sir John. La bendición de las velas era uno de los muchos rituales despreciados por los lolardos.
—¿Le anunciasteis a sir John la citación al aceptar su hospitalidad? —preguntó Gabriel, sin poder disimular el sarcasmo.
Antes de responder, el arzobispo soltó un eructo y frunció el entrecejo, señal de que lo había notado.
—No, es mejor que crea que saldrá impune, mientras acumulamos nuevas pruebas contra él. Vos debéis regresar a la abadía a finales de esta semana; así tendréis tiempo de ofrecer indulgencias en Canterbury a los valientes peregrinos que tienen el arrojo de viajar con este tiempo. A vuestro regreso, haced un registro exhaustivo del scriptorium, pero esta vez sin que estén presentes las hermanas.
Dispondréis de dos semanas antes de la citación, a fin de poder aportar nuevas pruebas.
Dos semanas, había dicho el arzobispo. Contando desde hoy.
Cuando las campanas de la abadía llamaron a nona, Gabriel dejó el linimento en el armario y se puso la bota en la pantorrilla que le dolía con mucho cuidado. A continuación se puso la capucha y cruzó la puerta de la casita de invitados. El oficio de nona era uno de los más cortos, pero se podía contar con que no hubiera nadie en el scriptorium durante unos quince minutos. Tendría tiempo de empezar.
* * * * *
Cuando Anna volvió del necessarium, las monjas ya empezaban a salir de la capilla en una larga fila que recorría el claustro como una cuerda de seda negra. Cortó en diagonal por el recuadro del jardín, y al abrir la puerta del extremo más cercano a su mesa, le sorprendió descubrir que no era la primera que volvía. En la otra punta de la sala, larga y rectangular, había alguien encorvado sobre una de las mesas inclinadas.
¿El clérigo «huésped eventual de la casa» a quien se había referido la abadesa? Pero ¿qué podía hacer en la mesa de la hermana Agatha y por qué salía corriendo como un conejillo asustado? Probablemente nada. Aun así, se lo comentaría a la abadesa la próxima vez que se vieran. Anna se sentó en el taburete, soplándose los dedos ateridos, y apoyó sus pies helados en los ladrillos calientes, que le supieron a gloria —y que, al igual que los tinteros, se rellenaban cada día, como por milagro—. Colocó la lámina externa de la mano que contenía las páginas uno y dos debajo de las cuerdas con pesos, para aguantarlas en su sitio. Después se puso en una mano el cortaplumas para raspar errores y en la otra la pluma y empezó a trabajar.
Sólo levantó la cabeza para sonreír a Bek, que se sentó a sus pies.
El fraile fisgón salió de su cabeza con la misma facilidad que del scriptorium.
* * * * *
El hermano Gabriel aguardó dos días antes de la segunda tentativa de registro. Estaba seguro de que la joven postulante —se le veía en la forma de vestir que no era una de las hermanas propiamente dichas— habría informado a la abadesa de sus curioseos. Había sido mala idea intentar registrar el scriptorium durante las «horas pequeñas», debería haberse imaginado que no tendría tiempo.
Pensó que la explicación era tan sencilla como que no ponía el corazón en su trabajo. Por eso estaba siendo tan mal espía. Últimamente, empezaba a preguntarse por qué las personas a quienes más admiraba siempre parecían estar del lado equivocado. Por ejemplo, sir John. Había que reconocerle el valor de sus convicciones. Y la abadesa. Algo había en su espíritu que al hermano Gabriel le daba ganas de bañar en él su alma herida. Sin olvidar, naturalmente, a Anna, que despreciaba el propio concepto de una gracia dispensada por curas, frailes y bulderos. No entendían la fragilidad del espíritu humano. Era lo que habría dicho el hermano Francis. No entendían que una sola alma carecía de la fuerza y la pureza necesarias para presentarse ante Dios sin la muleta de quienes habían recibido órdenes divinas.
Las llaves del reino no eran de cualquiera que las reclamase. Eso Gabriel lo sabía en lo más íntimo. Aun así, su espíritu se ponía de parte de los herejes, o como mínimo, empezaba a entender que pudieran llegar a sus heréticas ideas.
En vista de que no le llamaba la abadesa, llegó a la conclusión de que una nueva tentativa no entrañaba peligro. De todos modos, decidió esperar a vísperas. Después de vísperas era cuando las monjas celebraban la última comida del día, con lo cual dispondría de tiempo suficiente para un registro a fondo.
Pero ¿qué hacer si hallaba algo? He ahí la siguiente pregunta. Denunciarlas, por supuesto. ¿Qué otra cosa podía hacer un hijo fiel de la Iglesia?
Al oír que las campanas tocaban a vísperas, esperó hasta que se apagasen los últimos pasos para encender una pequeña lámpara y salir al claustro. Tendría todo el tiempo que le hiciera falta. Las ventanas del scriptorium ya estaban oscuras. Las hermanas no volverían en toda la noche.
* * * * *
Más tarde, Anna se preguntaría cuáles habrían sido las consecuencias de no haber hecho caso omiso de la llama que parpadeaba en las ventanas del scriptorium, brillando primero en una y después en otra como una luciérnaga espectral en pleno invierno. Se dijo que probablemente fuera una de las hermanas que volvía de vísperas para llenar los tinteros en previsión del trabajo del día siguiente y para recoger las copias terminadas. No le dio más vueltas. Estaba invitada a cenar con Bek en los aposentos de la abadesa. Cada vez valoraba más los momentos de intimidad con la abadesa y no quería llegar tarde.