La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 34 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo XXXIII

La dignidad de Papa no tiene igual, tras él

viene siempre un emperador, un rey es correspondiente,

le sigue indignidad un alto cardenal

[...], después un príncipe, un arzobispo

es su igual...

John Russell (siglo XIV)

 

—¿Qué pruebas tenéis de que decís la verdad?

Sonaba frío, pero fue lo único que se le ocurrió decir a Gabriel a la desconocida que acababa de servirle una tartaleta de manzana seca con canela. En un momento de más calma quizá se le hubiera ocurrido preguntarse de dónde sacaba una especia tan cara o si se reservaba el dinero para aquella ocasión, pero estaba demasiado nervioso para detenerse en aquellos detalles.

Lo que acababa de contarle la señora Clare socavaba los cimientos de todo lo que creía: que le había elegido y ungido Dios, que su salvador era el hermano Francis y su refugio de la Santa Iglesia. Si era cierto lo que decía aquella mujer, no sólo era hijo bastardo de un cura libertino, sino que tanto él como su madre habían sido cruelmente explotados para satisfacer los deseos, caprichos y ambiciones de un hombre cuyo corazón Gabriel siempre había identificado con el del mismísimo Jesucristo. No, tenía que haber otra respuesta.

Él nunca había presenciado ninguna muestra de intimidad espiritual o emocional entre el hermano Francís y la mujer a quien llamaba señora Clare. De hecho, más de una vez su mentor había calificado de acto de caridad el hecho de tenerla a su servicio. Por si fuera poco, aquella mujer fría y reservada no se parecía en nada a la mujer guapa y afectuosa que Gabriel guardaba en su memoria. ¿Cómo podía..., cómo podían haber vivido así si era verdad lo que decía ella?

La señora Clare se levantó de la mesa y se agachó para avivar el triste fuego del hogar.

—Empiezo a tener miedo de que él te enfriara el corazón —dijo con una tristeza que emocionó a Gabriel—. La prueba que buscas está dentro de ti.

—Lo siento. Es que sois tan distinta de...

—Del burdel de Bankside Street... —Siguió atizando el fuego, hasta que sus esfuerzos se vieron recompensados por la aparición de una minúscula llama naranja. Después se giró a mirarle con aquella expresión recelosa e inescrutable que él tan bien recordaba—. ¿Tienes algún recuerdo de Bankside Street?

Gabriel volvió a ver la salita con la ventana llena de mugre y la escalera al infierno de arriba. «Si tiene debilidad por las Janes, seré su Jane, padre.» Le hizo a la señora Clare una señal de que siguiera.

Ella dejó el atizador de hierro y se acercó a la ventanita acristalada —su único lujo, le había dicho orgullosa al enseñarle la casa, pequeña y pulcra— para contemplar el páramo.

—Tú y yo vivíamos con las demás en el primer piso. En nuestra habitación había un armario pequeño. Cada vez..., cada vez... —Respiró hondo. Por lo visto era un recuerdo tan doloroso para ella como para él—. Siempre insistía en que te encerrase en el armario antes de su llegada.

Hablaba tan bajo que Gabriel tenía que esforzarse para entenderla.

—A ti no te gustaba nada; decías que estaba demasiado oscuro, pero yo nunca cerraba con llave, como quería él. Nunca hizo falta. Siempre fuiste un niño tan bueno... Nunca salías hasta que se había ido. Pero a veces te oía llorar.

Agitó en el aire una mano larga y delgada, con unos huesos bien formados, a pesar de lo curtido de la piel. Era un gesto de futilidad, un gesto conocido: el mismo del día en que, tras abrazar a Gabriel, él le había dado la espalda, malhumorado por el abrazo y enfadado con ella por venir tan pocas veces y por estar embarazada. No se habían vuelto a ver. Según el hermano Francis, ella le había abandonado.

Dentro de la casita parecía que costara respirar. El olor a canela y manzana se mezclaba hasta extremos asfixiantes con el humo de la chimenea. Gabriel acababa de pedir pruebas. Pues ahí las tenía. ¿O no?

La señora Clare estaba de espaldas a él mirando por la ventana. Gabriel no pudo ver cómo agitaba su mano ante sus ojos, pero sí percibir un leve movimiento de sus hombros.

—¿Qué pasaba, que no me quería ver? ¿Por eso os pedía que me encerraseis? — preguntó Gabriel.

La señora Clare se giró para mirarle. Su cara era el espejo de la amargura de su corazón.

—¡No te quería ver! No le interesabas. No quería que le recordasen tu existencia, hasta que una vez vino por la mañana y te vio jugando en el cuarto de abajo. Los días de sol siempre jugabas al lado de la ventana. —Se le suavizó la expresión—. Tenías un caballito de peluche. Al verte jugar, se dio cuenta de lo guapo y listo que eras. Te inventabas juegos con el caballo, juegos complicados, con varias voces. Yo vi que te observaba y le dije: «Es tu hijo». Quería que te quisiera. ¡Qué tonta era! ¡Qué boba!

»¡Cuando dijo que se te llevaría, lo primero que sentí, aunque parezca mentira, fue alivio! Tenía tantas ganas de darte una vida mejor, Gabriel... ¿Sabes que el nombre te lo puse yo? Cuando te daba la luz en el pelo, parecías un ángel.

La mujer taciturna, en cuya boca Gabriel nunca había oído más de una o dos frases, parecía un manantial de palabras. Tuvo ganas de poder apagarlo. Tenía demasiadas palabras chocando dentro de su cráneo. Necesitaba pensar, pero ella seguía hablando.

—Al principio, después de que se te llevara, me dejaba visitarte; pocas veces, pero me dejaba. Yo fui viendo que te convertía en una versión joven de sí mismo. Jane Paul se moría un poco cada día.

Gabriel recuperó la voz.

—Ya no seguisteis visitándome en la abadía. ¿Por qué dejasteis de venir?

Tenía un vago miedo a la respuesta. De niño ya se había arrepentido de su odioso rechazo.

—Porque me lo prohibió.

—¿Y vos lo aceptasteis?

—Al principio no. Primero discutí y después supliqué. Entonces estaba embarazada de su segundo hijo. Él dijo que era indigna de ser tu madre. Dijo que la única madre que necesitarías era la Santa Iglesia. Me llamó puta, a pesar de que yo nunca me había acostado con ningún otro hombre. Es necesario que sepas que tu madre no era una puta. Yo le fui tan fiel como a un marido, pero él dijo que te avergonzaría con mi presencia.

—¿Y el segundo hijo? ¿Tengo un hermano o una hermana?

La señora Clare sonrió con una mueca amarga.

—Era una niña perfecta. Muerta al nacer.

—¿Cómo llegasteis a vivir con él?

—Me acogió por caridad, como me recordaba a menudo. No era un mal hombre, aunque sí ciego, víctima de su propia ambición. Yo, que no tenía adónde ir, le prometí que no sabrías que tu madre era yo y que no intentaría verte.

Gabriel trató de acordarse de la primera vez que había visto a la señora Clare. Siempre era el hermano Francis quien iba a verle a la abadía dominicana, nunca al revés. Gabriel sólo había empezado a visitarle mucho después de volver de sus estudios en Roma. Se acordó de la mirada de la señora Clare, eternamente escrutadora. Siempre lo había interpretado como antipatía.

Ella se giró para mirar por la ventana. La luz del crepúsculo resaltaba las burbujas de los pequeños cristales rodeados de plomo. Era una silueta, una mujer desconocida, una persona sin nada especial. Era su madre.

—La puta era mi padre —dijo Gabriel suavemente a la espalda de la silueta (o a sí mismo).

Todo mentira, hasta el menor detalle. A Gabriel no le había llamado Dios, sino su padre, y no al servicio de Cristo, sino al servicio de vanidosas ambiciones eclesiásticas. Ahora su padre se había llevado al purgatorio los guiñapos de su ambición.

¿Y el hijo? ¿Qué había hecho al servicio de aquella ambición?

El hijo había delatado a un hombre justo a las autoridades, y a la mujer a quien amaba la había lanzado de lleno al peligro. Si el padre estaba en el purgatorio, el hijo estaba en el infierno. Oyó sollozos en la habitación y se dio cuenta de que era él. La silueta se apartó de la ventana y se acercó.

Sintió en la cara el tacto tibio de las manos de su madre.

* * * * *

No había mucho que registrar en la pequeña habitación y la minúscula antesala que compartían Bek y Anna: dos camastros pequeños, con las mantas bien metidas, un armario esquinero muy estrecho, de brillo intenso contra las paredes desnudas y encaladas, y una jofaina con su jarra. A cada lado del aguamanil había dos ganchos de madera clavados a la pared, donde estaban las otras dos prendas de Anna, una de color cinabrio y la otra gris claro, regalos de lady Cobham, así como la capa forrada de piel de ardilla.

El otro gancho servía para aguantar la muda de Bek: una camisa, unos pantalones y un jubón de lana. Los soldados ya habían vaciado la cajita del niño, y el silbato de hojalata había quedado tirado por el suelo. Anna se alegró de haberle enviado con la hermana Matilde, para que no lo viera. Se mordió el labio por dentro, tragándose la rabia y sin decir nada mientras el sargento frotaba la magnífica lana inglesa de la capa con sus manos sucias.

—Aquí no hay nada, excelencia.

Todo el registro lo hacía el sargento, en presencia de la abadesa y el arzobispo, tan próximos a Anna que casi veía las pupilas de los ojos de la madre superiora a través de la fina gasa del velo. Oyó los murmullos y las risas roncas de los soldados que esperaban fuera.

—¿Qué hay allá dentro?

El arzobispo se aguantó un eructo, a la vez que señalaba un arcón de madera tallada puesto al pie del camastro de Anna.

La abadesa, hasta entonces más quieta que una estatua, no dio tiempo de responder a Anna.

—Ilustrísima, ¿os parece decoroso que vuestros hombres registren la ropa interior de una mujer?

—Pues entonces hacedlo vos.

El sargento se apartó. La abadesa se puso de rodillas y abrió el arcón. Fue sacando una por una las enaguas y camisas de Anna, que dejó pulcramente amontonadas en la cama. Después de terminar, lo único que quedaba en el fondo del arcón era una especie de collar.

—¿Qué es eso? —preguntó el arzobispo.

—Mi cruz. Era de mi padre. Es una herencia de familia.

—Entonces, ¿por qué no la lleváis? —dijo con malicia—. ¿Porque compartís la opinión de los lolardos de que llevar y usar este tipo de iconos es una mera «superstición»?

Acarició su pectoral de oro, reluciente de perlas y rubíes que lanzaban destellos incluso en la luz difusa y escasa del pergamino engrasado que servía de cristal en la ventana.

—Está rota la cadena de plata y no tenía medios para repararla.

La abadesa se agachó para coger la cruz, pero el arzobispo ya tenía en sus manos el collar. Después de examinarlo con atención, se limitó a encogerse de hombros y a dejarlo de cualquier manera sobre la montaña de ropa. Después miró fijamente el arcón, con los párpados contraídos y la boca torcida.

Dio un golpe de cabeza hacia el arcón y le dijo al sargento:

—Levántalo y gíralo, que sospecho que contiene algo más.

El sargento levantó el arcón y lo dejó al revés sobre la cama para examinarlo detenidamente.

—Suena macizo —dijo, dándole unos golpes.

—Como debería sonar —dijo Arundel— si contuviese algo sólido, como, por ejemplo..., no sé..., ¿ladrillos? —Miró taimadamente a Anna, como un zorro oliendo una presa—. ¿O... libros?

Se agachó, pasó los dedos cargados de anillos por las tallas y se paró en las dos rosas de la esquina. Al presionar los centros con los pulgares, saltó una tapa. La sonrisa del arzobispo se comunicó a sus ojos.

Anna se quedó completamente inmóvil. No pensaba darle la satisfacción de mostrarse asustada.

—Muy inteligente —dijo. Clavó la vista en el arcón—. ¿Qué es todo esto?

—Soy copista —dijo—. Son mis propios libros. Los tengo aquí dentro para que no les pase nada.

—Sacadlos, para que podamos examinar estos volúmenes a los que tan poco valor da nuestra copista. Los tiene escondidos como si fueran una especie de tesoro secreto, cuando la mayoría de los de su clase hacen ostentación de sus riquezas.

El sargento cogió los dos libros y los puso uno al lado del otro encima de la cama, junto a la ropa interior limpia de Anna: primero el códice más pequeño, el de la encuadernación de piel con las piedras preciosas arrancadas, y después el más grande, la Biblia de Wycliffe. El arzobispo apartó al sargento para abrir el libro grande por su página tapiz, exquisitamente coloreada y miniada, único adorno del texto; la página que con tanto amor había coloreado Finn el Iluminador.

Sin embargo, no era la hermosa página tapiz lo que miraba el arzobispo. Anna siguió la dirección de su mirada, cuyo destino era la página del título. Arundel se encogió como si hubiera visto una víbora.

Leyó en voz alta, con voz ronca de odio:

—«La Santa Biblia: una traducción de las Sagradas Escrituras al idioma de Inglaterra.»

—Oh, Anna... —musitó la abadesa con tono de decepción.

Al tratar de proteger a la abadesa, la joven había puesto en manos del arzobispo justo la prueba que buscaba él; prueba que, sin la confesión de Anna, tal vez nunca hubiera aparecido.

—Son mis propios libros. La abadesa no sabía que existían. Desde mi llegada han estado dentro del arcón, tal como los habéis encontrado. No los había sacado nadie hasta ahora.

Era como si el arzobispo no la oyera. Giró las páginas de la Biblia. Anna tuvo ganas de gritarle que no la tocase con sus dedos huesudos, arrugados y sobrecargados de anillos. No era digno de tocar unas páginas copiadas con tanto amor. Empezó a tener la sensación de que se movían las paredes. En ese momento apareció a su lado la madre superiora, que le prestó el apoyo de sus brazos.

—Ven, Anna, siéntate antes de que te caigas.

La llevó hasta la silla.

—Le conviene estar sentada para oír lo que voy a decirle —dijo el arzobispo—. Señora, ¿habéis oído hablar de una ley llamada De haeretico comburendo? Anna oyó que la abadesa contenía un grito y sintió que sus brazos se ponían rígidos.

—Ilustrísima, seguro que no es aplicable a una extranjera, a una mujer que no podía tener conocimiento de las leyes inglesas. Seguro que la simple posesión de un libro no puede penarse con un castigo tan severo, y menos teniendo en cuenta que el libro es una herencia familiar y que la señora Bookman no podía saber que el mero hecho de su pertenencia era ilegal...

El arzobispo ahuyentó sus palabras con la mano, como si matara mosquitos, y se despachó con un simple comentario entre dientes.

—La ignorancia de la ley no es ninguna excusa. Si no, cualquier patán y mentiroso del país alegaría ignorancia. En cuanto a su condición de extranjera, las leyes y creencias de la Santa Iglesia son universales. —Se inclinó un poco (no era alto), hasta que Anna tuvo tan cerca su cara que percibió su mal aliento—. Señora, De haeretico comburendo se puede traducir como «De la quema de los herejes». Estipula que la simple posesión de una Biblia en inglés basta para que el pecador sea condenado a muerte.

—¡Ilustrísima! —dijo la madre superiora sin aliento—. Por favor... Mostrad la misericordia que querría que mostraseis nuestro Señor. Esta muchacha es inocente. Además, debéis saber que con vuestras palabras no estáis amenazando una sola vida, sino dos. La señora Bookman está embarazada.

—Tráeme el otro libro —ordenó Arundel al sargento, que estaba mirando el menor de los dos volúmenes con cara de sorpresa.

—Está en un idioma raro. No es inglés, ni la lengua de la Santa Iglesia.

El sargento se lo tendió al arzobispo, que se lo arrancó de las manos.

—Está en hebreo. Yo no lo entiendo, pero no es la primera vez que veo estos garabatos demoníacos. —Lo hojeó y lo giró en varios sentidos—, Mmm... —Sus ojos se redujeron a dos ranuras—. Sargento, parece que podríamos tener entre manos algo más que una hereje. Podríamos haber cogido a una bruja.

«Faites flotter la sorcière!» Anna lo oyó otra vez en su cabeza, a la vez que veía sacar del río el cuerpo sin vida de Jetta. «Faites flotter la sorcière!»

Notó que le subía a la garganta la sopa de puerro que había comido al mediodía. Intentó tragársela otra vez, pero tuvo una arcada. La madre superiora le puso las manos delante.

—Aquí, Anna. No pasa nada.

Vomitó en las manos de la abadesa, antes de apoyar la cabeza en las rodillas.

Oyó verter agua en la jofaina. Era un sonido tan lejano como la voz de la madre superiora.

—Sólo es un libro.

Oyó que se lavaba las manos. Después la abadesa le dio un trapo mojado para que se limpiara la cara.

—¡Sólo un libro, abadesa! Es un libro de conjuros judíos, un libro para invocar a los ángeles.

Señaló el diagrama de una estrella de seis puntas.

—Pero es que Anna trata con libros... Puede que sólo lo comprase por el pergamino.

—Ya la interrogaremos. Si es inocente, su inocencia quedará de manifiesto a los interrogadores.

—Tened algo de compasión, arzobispo Arundel —suplicó la madre superiora—. ¿Y el niño?

—Que lo tenga en la torre. Cuando nazca, será entregado a un monasterio. Al menos habrá un alma que se salve.

Anna se levantó de un salto. La habitación daba vueltas. Fijó la vista en la lámpara de aceite de encima del armario. Las cosas dejaron de girar. La lámpara se centró, pero la rabia contenida mientras hurgaban en sus pertenencias y profanaban su sagrado libro fue más fuerte que su sentido común. Se plantó ante el arzobispo, percibiendo el olor de su sudor, de sus dientes podridos y el hedor de su alma anquilosada.

Sintió en la oreja el aliento de la madre superiora y la oyó susurrar:

—Tranquila, Anna. Piensa en el niño. Todo irá bien.

«Ya estoy pensando en el niño —se dijo ella—. No me queda nada en que pensar, excepto el niño. ¿Cómo puedo estar tranquila, cuando la rabia me desbarajusta las ideas?» Echó la cabeza hacia atrás y soltó una risa histérica, salvaje, que al convertirse en grito reverberó entre las paredes, asustándola incluso a ella.

El arzobispo retrocedió un paso.

—Está poseída.

Terminado el espasmo, Anna se tranquilizó de golpe. Se sentía sin fuerzas.

Lo siguiente que dijo fue en voz baja, sin alterarse.

—Si intentas quitarme a mi hijo, viejo, tú y yo nos veremos en el infierno.

Casi no oyó acercarse al sargento por detrás. Se quedó rígida, mirando al arzobispo, que se obstinaba en no mirarla a ella. El sargento le cogió las manos y empezó a atarle las muñecas con una tira de cuero.

—No tan fuerte —protestó la abadesa, con bastante firmeza para que la joven sintiera aflojarse la correa—. Tranquila, Anna, que no pasará nada. Rezaremos por ti y por el bebé.

La abadesa la envolvió en su capa y se la abrochó debajo de la barbilla.

—Madre, ¿creéis de verdad que alguien oirá vuestros rezos?

—Pues claro que sí, Anna. Dios siempre escucha. No pierdas la fe. Necesitas tu fe para superar este trance. ¡Todo irá bien!

«Todo irá bien», la frase de Juliana de Norwich que la abadesa siempre repetía a las hermanas. ¿Cuántas veces había oído lo mismo en boca de su abuelo? ¿Y dónde estaba ahora Dĕdeček? No, Anna dudó que fuera todo bien, pero no lo dijo. Que la abadesa conservara la fe. La necesitaría. Quizá pudiera tener bastante para las dos, como Finn el Iluminador.

El sargento la ayudó a subir al palafrén en el que la montaron.

—Lo siento, madre —dijo Anna, pero sin mirarla.

Su vista estaba fija en el ribete de armiño de la capa del arzobispo, que se arrastraba por el barro, trocado su blanco por un sucio gris.

* * * * *

Desde el campanario, Bek vio irse a Anna con los hombres.

Supo que era ella por el color de su vestido. Pero volvería.

Nunca se iría sin decírselo.

En vez de buscar a la hermana Matilde, como le había dicho Anna, había arrastrado sus piernas esqueléticas por la escalera del campanario de la capilla. No quería estar sentado con las monjas en el scriptorium. No quería esperar a que Matilde le ayudase a subir los escalones de madera. ¿Y si empezaban a sonar las campanas antes de que llegase? Tenía su muleta. No era la primera vez que se iba solo al campanario, aunque la hermana Matilde siempre le regañase y le dijese que se le clavarían astillas de madera en las piernas. La hermana Agatha decía que se desgarraría el pantalón, pero Bek tenía los brazos fuertes. Con la muleta no tenía que arrastrarse.

La primera que lo había llevado a ver las campanas fue Anna, y le había enseñado a hacerlas cantar o callar. «Domesticar a la bestia», decía ella, y funcionaba, a condición de que Bek estuviera allí arriba, en el campanario, cuando empezaran a doblar. A veces las monjas subían sin él. Algunas decían que era demasiado lento. En cambio, si Bek ya estaba arriba, hasta la hermana Agatha le dejaba estirar la cuerda que hacía sonar la campana.

Se quedó esperando en un rincón del campanario, abrigándose bien con su jubón para protegerse del frío de la mañana, mientras miraba el reloj de sol del centro. Pronto vendría alguna de las hermanas, que le dejaría tocar la campana de tercia.

Esperó.

Una ráfaga de viento movió los hilos sueltos de la cuerda de la campana. Bek tuvo un escalofrío. Cantó un poco entre dientes. Pronto volvería Anna. No le abandonaría. An-na, An-na. La sombra fue arrastrándose despacio por la parte superior derecha del cuadrante. Tercia pasada.

Llegó volando un carrizo, que se metió en el nido que tenía entre las vigas. Seguía sin venir nadie. Se habían olvidado de las campanas. Seguramente había sido alguna de las jóvenes. Sin embargo, era poco probable que se olvidara de la siguiente. Alguien vendría a tocar la sexta. Bek pensaba esperar.

Sacó las tres piedras de la bolsita de cuero que tenía atada al jubón, y dio golpes en el suelo. Un, dos, tres; un, dos, tres; un, dos, tres. Clac. Clac.

El carrizo salió del nido para regañarle, haciendo llover paja sobre la campana más alta.

La sombra se fue acercando a la sexta. Alguien vendría. Alguien se daría cuenta de que no tañían las campanas y de que se habían saltado las «horas menores». Era imposible que se olvidaran de las campanas.

Tres campanas, cada una en su robusto armazón. La más difícil de estirar era la grande, la larga, que tenía las bisagras rígidas por el paso del tiempo y la falta de cuidados. Las monjas nunca la hacían tañer. Bek tenía los brazos fuertes. Si le dejaban, él sí podía estirarla. Las campanas más nuevas, la nola para el coro y la squilla para el refectorio, eran más cortas y más fáciles de hacer sonar. Cada campana tenía una voz diferente, para que las monjas supieran lo que significaba cada una. Bek, sin embargo, no las llamaba por sus nombres, sino que les ponía números. A la pesada y larga la llamaba número uno; a la mediana, la nola, la llamaba número dos, y la tercera, la squilla, ancha de boca, era la número tres.

Un. Dos. Tres. Clac. Clac. Clac.

La sombra del reloj de sol se acercó a tres marcas. Era el momento de tocar la campana número tres. Por el sol, y también por su barriga.

Sin embargo, la sombra cruzó la sexta y no vino nadie a tocar las campanas.

Forzó la vista para mirar el techo del campanario, que ahora estaba muy oscuro. Contó las manchas negras de las vigas. Según Anna, eran murciélagos. Cuatro murciélagos.

¿Por qué no venía nadie a buscarle? Anna se había ido. ¿También se habrían ido todas las monjas? Hacía horas que no se movía nada en el claustro, excepto el agua de la fuente del jardín.

Pensó que estaba todo el mundo dormido. Pues ya tocaría él las campanas. Las tocaría todas, para que se despertasen. Lo planificó mentalmente. Primero la número uno, después la número dos, la nola, y luego la squilla, la número tres.

Repasó las secuencias numéricas en su cabeza: tres dos-uno, uno-dos-tres, dos-tres-uno, uno-tres-dos... ¡Con cuatro campanas habría podido seguir eternamente!

Estiró la cuerda deshilachada de la campana larga y estrecha, pero su bisagra tiesa apenas se movió. Entonces empujó la campana con las dos manos y separó los pies del suelo para hacerla bascular un poco. La bisagra rechinó, bastante para mover el badajo. Una vez más, y la campana dio medio tono. Después un tono entero. Uno, dos, tres... Todo el campanario vibraba. Era un sonido glorioso, lleno de júbilo. Tan, tan, tan... Todas las monjas salieron corriendo de la capilla, donde habían hecho vigilia en el altar, y miraron el campanario gritando y señalando.

—¡Es el pequeño Bek! —exclamó la vieja—. Nos hemos olvidado del pequeño Bek. Hermana Matilde, subid a buscarle antes de que despierte a los muertos.

El niño oyó los pasos de la hermana Matilde en la escalera. Miró hacia abajo. Para su vista borrosa, parecía una bandada de pájaros negros. Ni un solo pájaro de colores entre ellos.

Pero Anna no le abandonaría.

* * * * *

—Llevaos a Londres a la prisionera, pero alquilad un carro con cochero —dijo el arzobispo durante una parada en High Street—. El caballo lo enviáis otra vez a la abadía.

«Están hablando de mí —pensó Anna, incrédula—. La prisionera soy yo.» En todo caso, agradecía el carro. El viaje a Londres era muy largo para hacerlo a lomos de caballo; largo para una mujer, y aún más para el niño que llevaba dentro.

—Yo me quedo en la catedral para hacerle una visita de cortesía al obispo de Rochester. Hay que informarle de las sospechas que han recaído sobre su diócesis. Aunque dudo que las desconozca...

El sargento levantó las manos para ayudar a Anna a bajar del caballo.

—¿Dejamos a la prisionera en la cárcel de Newgate, excelencia?

El arzobispo la miró con mala cara.

—No, aunque es lo que se merecería esta arpía. Llévatela a la Torre Blanca, por respeto a la abadesa. Newgate no es lugar para una mujer culta ni para una mujer embarazada.

Sin embargo, en su voz no había ninguna compasión. ¿Era mejor la Torre Blanca? ¿Pensaban tratarla con un mínimo de humanidad?

El magnífico corcel blanco del arzobispo resopló de impaciencia, haciendo tintinear en el aire matinal las campanas de su suntuoso arnés de plata. El arzobispo lo dirigió hacia Boley Hill, donde estaba la gran catedral, y la pequeña comitiva carcelaria quedó reducida al sargento y dos hombres. La parte trasera del carro estaba llena de toneles. Anna iba sentada en el suelo, sobre una piel que le había dado el carretero. Este último sacudió las riendas y silbó a los dos caballos que tiraban del vehículo.

—¿Qué es la Torre Blanca? —le preguntó, levantando la voz para ser oída por encima del ruido de cascos.

—Es el palacio real de Londres —contestó el carretero por encima del hombro.

—¿Un palacio real?

—Dudo que en vuestro caso se refieran a los aposentos reales. Lo más probable es que acabéis en las mazmorras.

Anna sabía mucho de mazmorras. Había una en el hrad, el castillo de la colina sobre el río Vltava, y circulaban historias sobre personas encerradas en ella de las que no se había vuelto a saber nada. Un viaje tan largo para acabar en una mazmorra, acusada de herejía y de algo peor... Al menos la muerte de Martin había sido rápida.

—Tranquila, que no estaréis sola. Al contrario. Dice su excelencia que probablemente tengan que construir una torre en Lambeth para todos los lolardos que planea atrapar en sus redes.

Anna cerró los ojos para protegerse del viento de marzo que le azotaba el rostro y le empañaba los ojos. El traqueteo del carro por los baches del camino le provocaba dolores en la base de la espalda. Se apoyó en un tonel. El aro de metal se le clavó en la espalda, pero al menos la aguantaba un poco.

El sargento que iba al trote junto al carro se reía con sus hombres, fijándose muy poco en Anna. El carretero fustigó a los caballos para que fueran más deprisa. ¿Y si se arrojaba a los cascos y las ruedas del carro? Al menos privaría al arzobispo y sus secuaces de la diversión. De todos modos, tenía la muerte asegurada. Sabía muy bien cómo terminaría todo.

«No, Anna, no lo sabes. El único que sabe cómo acabará todo es Dios. Deposita en él tu confianza. Piensa en tu bebé. Todo irá bien.»

No eran palabras suyas, sino de su abuelo. Ella no tenía ni su fe ni su valor.

Se pararon a comer en una posada del camino. No estaba hambrienta, pero tenía la vejiga a reventar.

—El retrete está al fondo.

El carretero le hizo una señal con la cabeza, sin necesidad de que se lo preguntara.

El sargento le desató la correa de las muñecas.

—Os vigilaremos por la ventana. Ni se os ocurra huir.

Anna miró el camino, donde el atardecer ya convertía los árboles en masas negras de aspecto peligroso. Corría menos peligro en la posada. Al menos el sargento la protegería de los salteadores. Querría entregar la mercancía intacta.

Después de prolongar lo máximo que se atrevió su estancia en el retrete, cuyo olor, por nauseabundo que fuera, prefería a la compañía de unos hombres tan rudos, entró en la sala cargada de humo. Los hombres del sargento no le prestaron atención. Se sentó al lado del carretero, buscando alguna cara amiga. No había ninguna mujer a quien acogerse, ni siquiera una posadera.

—Comed, señora —le dijo el hombre, arrancando la carne de un hueso de pollo —. Yo de vos aprovecharía.

—No tengo dinero —dijo Anna.

Él se rió.

—¿Qué os harán si no podéis pagar, encarcelaros?

Anna sonrió a su pesar.

—Bueno, tampoco tengo hambre —dijo.

Pensó en su hijo. Llevaba todo el día sin comer.

—Pan y queso, por favor.

—Serán dos peniques —dijo el tabernero al ponerle delante la comida.

—Pagará él —dijo Anna, señalando al sargento con la cabeza.

Al ver que daba un mordisco, el carretero le hizo un guiño de aprobación, pero sólo pudo comer un poquito de pan. Arrancó un aviso clavado a la mesa con un clavo, y al ver que estaba relativamente limpio, envolvió deprisa el resto de la comida y se la guardó en el bolsillo. A saber cuándo volvería a comer.

—Será mejor seguir, si queréis estar en Londres al anochecer —dijo el carretero.

El sargento pagó al posadero, y para alivio de Anna no discutió por el precio. Hasta le tendió una mano para ayudarla a subir al carro, donde, ahora que había estirado las piernas y que había hecho sus necesidades, pudo instalarse con más comodidad. Sin embargo, la opresión del crepúsculo despertó una desesperación tan grande que por unos instantes sintió latir el corazón en sus oídos como el día de la muerte de su abuelo. «Tranquila, Anna. Todo irá bien. Confía en Dios.» Oyó tan claramente la voz de Dĕdeček que estiró el brazo para tocarle, pero sólo encontró la madera astillada del gran tonel de cerveza.

Cuando entraron en la ciudad ya era prácticamente de noche y en las ventanas de las casas del puente de Londres parpadeaban luces.

—Aquello es la Torre Blanca, señora —dijo el carretero, señalando a la derecha.

El río estaba a la izquierda. Anna ya no lo veía, pero reconoció el olor de la sal debido al reflujo del mar. Río abajo, vio un gran barco iluminado en medio de la oscuridad y se preguntó quién podía permitirse encender tantas velas. ¿Cómo se mantenían en calor? Ella tenía escalofríos debajo del manto de lana y se encogía detrás de los toneles para protegerse del viento. Miró hacia donde señalaba el carretero. Había una gran muralla, que encerraba varias torres más grises que blancas. Creyó ver alguna que otra vela en lo más alto de ciertas torres, simples parpadeos en las sombras altas. Se oyeron risas en la barcaza del río, acompañadas por música y las cuerdas de un arpa y un laúd.

—Debe de ser la nueva barcaza del rey, que vuelve. A su majestad le gusta llevarse por el río a los dandis de la corte. Hay quien dice que se las da de músico.

—Da la vuelta hasta la entrada del muelle —dijo bruscamente el sargento—. Entraremos por la Puerta de los Traidores.

Un nombre de mal agüero y una visión de mal agüero, pensó Anna al contemplar la gran puerta de hierro, con escalones que bajaban hasta el río.

—¡Eh, celador! —exclamó el sargento—. Os traigo a una prisionera de parte de su ilustrísima Thomas Arundel, arzobispo de Canterbury.

La puerta se abrió rechinando.

El carretero dio unos latigazos al caballo, que se resistía a entrar. Anna tuvo un escalofrío de aprensión que nada tenía que ver con el viento frío de marzo.

Del río llegaban risas, seguidas por la aguda melodía de un caramillo.

—Bienvenida a la Cárcel de la Torre —dijo el celador al levantar las manos para ayudarla a bajar del carro.