La comerciante de libros
Capítulo IX
Adivinos, ventrílocuos y magos que no traen
nada bueno [...], satánicamente incitados a
fingir que predicen lo desconocido...
De un documento bizantino
de principios del siglo XIII
No fue la proximidad del crepúsculo praguense lo que ahuyentó del puente de piedra sobre el río Vltava a la vieja gitana, ni la llegada de la noche, sino los soldados.
—Vete, bruja, si no quieres que encendamos leña por debajo de tus sucias faldas.
Jetta sabía la razón de que hubiera soldados en el puente. Habían ido a llevarse las cabezas de los muertos. Ella sólo había ido a mirar. Se apartó lo justo para que no pudieran cogerla, pero no tanto como para que no se callaran las voces de su cabeza.
Bajo el sol oblicuo relucían tres calaveras, como bolas de marfil, completamente mondas. No habían tardado mucho en estarlo. Jetta había presenciado día a día la limpieza: menos de una semana bajo el sol de verano, una semana de picos afilados picoteando piel, tendones, cartílagos y carroña. Finalmente, hasta los pajaritos llegaban piando a cebarse en los restos dejados por los cuervos de alas negras. Pero así era el mundo. Siempre había depredadores y presas, y nada sabían los pájaros de que la carne que picoteaban hubiese palpitado de vida; ni lo sabían ni les importaba, como no le importaba a la gente que se comía la carne de los pájaros. Así era la naturaleza.
Jetta, sin embargo, no comía carne. Tampoco le daba mucha a su pequeño Bek, porque se lo tenía que dar todo masticado. El estómago del pequeño Bek no soportaba la comida sin triturar, aunque se estaba poniendo más fuerte cada día y pronto sería capaz de masticar por sí solo. En cambio, era posible que no llegase a caminar, ni a hablar. Daba igual. La cabeza de Jetta ya estaba demasiado llena de voces.
Se tapó las orejas, enredando los dedos huesudos en las grises y sucias hebras que colgaban bajo su pañuelo, y movió la cabeza de un lado a otro. No había nada en el mundo que pudiera librarla de las voces demoníacas, ni siquiera una violenta sacudida.
—Jetta mirará, Jetta mirará —murmuró en respuesta a su molesta persistencia.
Uno de los soldados apuntó en su dirección la larga pica con la que estaba bajando las calaveras.
—Mirad —dijo—, es una bruja. Está hablando con su familiar. Vamos a encadenarla al altar de la catedral de San Vito, para que sus orejas de bruja oigan la misa.
—¡Qué va, si no es ninguna bruja! Sólo es la vieja Jetta, está con los peregrinos egipcios vagabundos que acampan a la orilla del río. Es inofensiva. —El otro soldado levantó la voz—. ¡Vete! Vuelve a tu campamento de vagabundos, que aquí no hay nadie a quien dukker con tus predicciones.
Pero Jetta no pensaba huir. No se lo permitían las voces. Corrió hasta el borde del puente, donde aún lo veía y lo oía todo. No había ido a predecir el futuro de nadie. Día tras día acudía al puente de piedra impulsada por los susurros de su cabeza, unos susurros que se convertían en gritos al ser desobedecidos. Al principio se había resistido, tarareando canto llano como los monjes o gimiendo como los violines de las hogueras gitanas, pero las voces no se dejaban ignorar. No dejarían de atormentarla hasta que, atando a su silla al pequeño Bek, Jetta saliera en busca de la chica pelirroja.
Los soldados ya estaban bajando las picas. Uno quitó la calavera del poste del medio y la sopesó.
—Bonito tiesto, sí señor.
Hizo el gesto de tirarla al río, pero se lo impidió su compañero, el que había intercedido por Jetta.
—¿No deberían recibir cristiana sepultura?
—Me parece un entierro más que digno de un hereje.
El soldado volvió a echar el brazo hacia atrás y arrojó al río la lisa y redonda calavera.
Jetta la vio subir muy alto y rebotar una sola vez antes de ser capturada por los torbellinos de la corriente: un destello de hueso muy blanco, un brillo de sol en el agua, y desapareció. La misma suerte corrieron las de los otros postes, que se hundieron sin ceremonias al pie del puente, en las aguas negras.
A continuación, el mismo soldado cogió un ramillete de flores frescas de la base de la pica: acianos rosas y morados atados con una cinta azul.
—Ahí va eso —dijo, tirándolas al río.
—Nada. Ya no queda nada. Se lo han tragado todo los espíritus del río. Ahora ya no volverá —se lamentó Jetta, hablando con sus voces—. Dejad descansar a Jetta. Dejad que vuelva a cuidar al pequeño Bek. El pequeño Bek necesita a Jetta.
Sin embargo, sabía que las voces demoníacas la seguirían atormentando hasta ver cumplido su objetivo. Igual que la otra vez, al encontrar a Bek en un lecho de harapos, abandonado al borde del puente, dando manotazos en las duras piedras y agitando sus piernas torcidas como un pescado desechado, peligrosamente cerca del agua. Le había puesto Bek porque era el único ruido que hacía, gritos como de pájaro herido, bek, bek, bek; gritos que se hicieron más fuertes cuando Jetta le cargó en su encorvada espalda y le llevó al campamento con las piernas esqueléticas colgando, a punto de rozar el suelo.
Los soldados ya no estaban. Habían dejado las picas erguidas y desnudas en el puente, en espera de su próximo adorno.
El sol poniente teñía el río de color de sangre. Hoy no vendría la joven. Jetta sabía que ya había estado allí porque las flores que se llevaba la corriente eran frescas. Siempre que la pelirroja llegaba al puente con paso vacilante y dejaba su ofrenda al pie de la pica, las voces prácticamente se callaban.
Jetta, que ya la había visto varias veces, siempre se preguntaba qué demonios la traían al puente. A veces lloraba y tiraba piedras a los pájaros; otras se limitaba a mirar con ojos grandes, sumidos en un rostro que habría sido bello sin la mueca de dolor. En esas ocasiones, Jetta, que le leía el pensamiento, temblaba por ella y tenía ganas de abordarla.
«Espera —le decían las voces—. Ahora no.»
Y Jetta se extrañaba de que la empujasen hasta allí sólo para presenciar en silencio el dolor ajeno.
Ya no estaban los soldados. Tampoco hablaban las voces.
Jetta fue al final del puente y se giró a mirar el gran crucifijo de bronce de la otra punta. También reflejaba el sol agonizante y se había teñido de sangre.
Se atrevió a dar algunos pasos. Silencio. Entonces, recogiéndose el faldón hecho jirones, corrió como si la distancia entre ella y el puente pudiera enmudecerlos. A esas horas Bek ya debía de tener sus pobres puños azules de tanto golpear los lados de la silla, y estaría hambriento. Habría sido un acto de misericordia dejar que se cayera al río, pero las voces no se lo permitían.
En la superficie del agua flotaba la corteza de un sol naranja. Pronto sería de noche; a Jetta no le gustaba ir de noche por las calles, pero aún tenía que pasar por Celetná, la calle del panadero, para comprar calty. Y sin dinero, ni para la más pequeña hogaza... Buscó rápidamente con la vista su víctima gorgios. Ahí, justo a la entrada de la calle.
Un rico mercader.
—Dukkeripen —susurró con voz ronca, brindándose a decirle el porvenir, y antes de que pudiera girarse añadió en un tono grave y ominoso—: Has estado tres veces en peligro de muerte.
Eso siempre les llamaba la atención, porque era cierto. ¿Qué alma no vivía rodeada por la muerte?
El mercader paseó a su alrededor una mirada furtiva, antes de darle a Jetta su moneda de plata y tenderle la palma de la mano. Ella se guardó rápidamente la moneda en el mandil, mirando de reojo a uno de los soldados que la habían ahuyentado del puente. Después murmuró la letanía de siempre: un largo viaje para huir del peligro, un encuentro fortuito con una mujer hermosa... También el gorgios vio al soldado, que se había parado a la entrada de la tienda de velas, como si los observase.
La palma del mercader, cuya línea de la vida siguió Jetta con una uña mellada, tembló de nerviosismo y quiso retirarse, pero ella la retuvo un segundo por pura diversión, a la vez que murmuraba:
—Te rodea el peligro.
La mano, regordeta y cargada de anillos (el mayor de ellos un sello, imposible de robar porque le iba tan pequeño que se le marcaba en la carne), se desprendió con una sacudida, y Jetta se rió al ver que el mercader se limpiaba la palma de la mano en su espléndida capa, lanzando miradas furtivas al soldado. Después se alejó, simulando despreocupación. Sus tentativas de conocer el futuro a través de adivinos y gitanas podían acarrearle una multa o algo peor. Para los curas, cualquier forma de adivinación y magia era asunto del diablo.
Manoseando la moneda de plata, Jetta pensó que daba igual. Protegiéndose a sí mismos, los gorgios protegían a los gitanos. Se fue sin perder tiempo a la panadería, no sin antes agitar el puño hacia el soldado. Ya había conseguido su moneda. El pequeño Bek tenía su pan asegurado y se le iluminarían los ojos de alegría al verla.
* * * * *
Las voces enmudecieron hasta el siguiente mediodía. Jetta estaba cantándole al pequeño Bek y disfrutando de su manera de seguir la melodía: el mismo bek, bek de siempre, pero con variaciones en su dulce tono al compás de las notas.
Bek también estaba aprendiendo a masticar. Se quedaba un trozo de pan en la boca hasta ablandarlo con la saliva (salvo cuando lo rumiaba con la dentadura, copiando el movimiento de las mandíbulas de Jetta), y al final se lo tragaba. Sólo se había atragantado una vez, pero no fue nada grave. En ésas estaba, tosiendo, cuando empezaron los susurros dentro de la cabeza de Jetta.
«Ve al puente, que está a punto de llegar la chica pelirroja. Ve ahora mismo. Ahora. Ahora. Ahora.»
—Ahora no —murmuró Jetta—. Ahora no.
El pequeño Bek la miró sorprendido y empezó a dar golpes en el suelo del carro con sus puños amoratados. Sabía lo que se avecinaba. Jetta aborrecía la situación, pero cuanto más se resistiera más empeorarían las voces, hasta darle dolor de cabeza con su estridencia. De todos modos no tendría más remedio que ir.
—Sólo es un momentito, Bek. Quédate tranquilo. Si quieres, canta hasta que vuelva —dijo, atándole a la silla.
Él manoteó en señal de protesta: bek, bek, bek... Ya no eran notas dulces, sino gritos. Daba unos golpes tan fuertes en los lados de la silla que Jetta (obligada a esquivar más de una vez sus puñetazos al aire) tuvo miedo de que se le partieran sus frágiles muñecas. El pánico de Bek y su aversión a ser atado le daban ganas de llorar, pero no tenía elección. La única vez que no le había atado, Bek había conseguido llegar al borde del carro y se había caído, a pleno sol y cuando no había nadie en todo el campamento. Jetta le había encontrado exhausto y lleno de polvo, con el culo en carne viva de tanto arrastrarse.
Esquivó un puño y le dio una muñequita.
—Toma, cántale a la muñeca hasta que vuelva Jetta.
Entonó la cantinela que acababa de enseñarle y, para su asombro, Bek dejó de gritar y de dar golpes, y empezó a canturrear, apretando la muñeca contra el pecho.
«Vete ahora que está tranquilo el niño —dijeron las voces—. Ve ahora, ve hora veahora veahora veahora vea hora AHOR AHOR HOR.»
Jetta se tapó las orejas y corrió hasta salir del campamento, hacia el gran puente de piedra.
* * * * *
Anna siempre esperaba a que el reloj de doble esfera del otro lado de Staroméstké radnice diera las doce del mediodía, momento en que el calor que desprendía el empedrado bajo el sol hacía refugiarse a la gente en la penumbra de las casas y las callejuelas. Llevaba toda una semana haciendo el esfuerzo diario de levantarse de la cama (sin acordarse casi nunca de peinarse los tirabuzones enredados). A veces se vestía, pero lo más habitual era que se quedara dormida con la ropa puesta, y que sólo se cambiara al darse cuenta de lo apestosa y arrugada que la tenía.
En esas ocasiones se despertaba como de un sueño, recordando lo escrupuloso que era su abuelo en sus hábitos personales, y acordándose también de su infancia, cuando él se esmeraba en convertirle el pelo en una perfecta corona de trenzas. Eran los tiempos en que vivían en Gante, antes de que empezara la mala época de la ciudad, de que los ingleses comenzaran a fabricar los tejidos por los que había sido famosa Flandes y de que los grandes mercaderes de paños se volvieran demasiado pobres para comprar libros.
Aunque Anna se hubiera marchado de Gante a los seis años, aún se acordaba del nombre de la calle donde vivían: Sint Veerleplein. A veces soñaba con ella, sobre todo por la mañana, cuando su cerebro ya había dormido bastante pero su voluntad se negaba a despertar. A mediodía, cuando el sol calentaba la cara este de su dormitorio, sacándola del olvido del sueño y forzándola a salir del lecho, Anna esperaba despertarse en aquel lugar de su infancia.
Hasta que se acordaba.
Y el tuétano se le volvía plomo y la dejaba con unos brazos y unas piernas demasiado pesados para moverse. Dĕdeček no estaba. Dormía en el camposanto, detrás de la iglesia de Tyn. Se había quedado totalmente sola. Y Martin... Cuando pensaba en Martin, con su sonrisa traviesa y la luz de sus ojos, la abrumaba el dolor hasta el punto de que gritaba en voz alta y aporreaba las paredes de su cuarto, pero lo único que conseguía era magullarse las manos tanto como el corazón.
Ni siquiera estaba maese Jerome. Le habían detenido tres días después del entierro del abuelo de Anna. La noticia se la había dado Jan Hus, junto con el consejo de vender sus pertenencias e irse a vivir con sus parientes. Incluso le había ofrecido la ayuda de un diácono de la capilla de Belén, pero Anna había declinado amablemente la propuesta.
Después se había acostado tras apagar la luz.
¿Cómo podía irse y dejar a Dĕdeček durmiendo solo en el cementerio de Tyn? Le había prometido buscar refugio en el castillo de sir John Oldcastle; tenía escrito el nombre en el cerebro, pero seguro que su abuelo no pretendía que emprendiera el viaje en solitario, y ahora ya no había nadie que pudiera acompañarla.
Muy de vez en cuando, avergonzada por el recuerdo de la escrupulosidad de su abuelo, Anna se peinaba, se cambiaba de vestido y de camisa, y barría la ceniza del hogar, donde no había lumbre encendida para cocinar. Incluso había veces en que engullía una galleta fría. Después entraba en el cuarto de su abuelo y buscaba su presencia con el sigilo de un fantasma, para no turbar el aire. Si se sentaba en la silla de Dĕdeček y se quedaba muy quieta, quizá él sintiera su dolor y apareciese. Pero nunca lo hacía.
Siempre se iba del cuarto con el mismo sigilo que al entrar, de puntillas, para no dejar ni siquiera el sonido de las pisadas en el suelo. Después se iba a comprar dos ramilletes a las floristas de la plaza.
Uno para el camposanto.
Otro para el puente.
Cada día lo mismo.
El viejo florista se compadecía de ella. Anna se lo veía en los ojos, aunque ella nunca le hubiera dicho para qué eran las flores.
—Dos al precio de uno —le decía—. De todos modos se marchitarían pronto.
Anna siempre intentaba darle las gracias, pero no le salían las palabras.
Era otro día como los demás, con el sol cerca del horizonte, cuando Anna salió del camposanto en dirección al puente. En la tierra de la nueva sepultura, endurecida por el sol, ya se empezaban a juntar las sombras. Cuando llegó al puente, la sombra del hrad de la colina se recostaba en el río.
Tenía en la mano izquierda el ramillete y en la derecha un puñado de piedras recogidas en la orilla del río. El primer día ya había empezado a gritar y a tirar piedras a los pájaros carroñeros, con tal éxito que éstos se habían dispersado entre batir de alas y graznidos, formando círculos en el cielo profundamente azul hasta posarse como gárgolas sobre la balaustrada de la entrada del puente. Sin embargo, Anna era consciente de que sólo esperaban a que se fuese para regresar. Aquel día sólo pensaba en proteger los cráneos, como Rizpah en la Biblia hebrea iluminada por Dĕdeček; Rizpah, que se pasaba meses acampando al pie de los cadáveres ahorcados de sus hijos para evitar su profanación. También Anna se había quedado agazapada durante horas en la base de las picas, lanzando gritos y piedras a las aves.
Pero sin mirar la cabeza de Martin.
No soportaba la idea de que el grotesco objeto clavado en la pica hubiera sido la hermosa cabeza de Martin. Prefería mirar las otras dos por si los pájaros daban señales de volver, porque siempre volvían. Entonces sacudía las picas y gritaba, tirando sus piedras a los cuervos hasta que llegaban soldados para echarla. Y así, día tras día, se iba temblando de alivio de que la expulsaran, pero llena de lágrimas y de reproches a sí misma por no tener la valentía de Rizpah.
Un día más, al acercarse al puente, hizo el esfuerzo de mirar hacia arriba, temiendo lo que pudiera encontrar, pero esta vez no había pájaros encaramados a la lisa calavera, ni uno solo.
El puente estaba vacío.
También lo estaban las orillas, a excepción de una vieja encogida al pie de un sauce, justo al borde del agua. La vieja murmuraba y sacudía la cabeza. El pavimento de piedra del puente irradiaba olas de calor y luz. En la parte central del puente montaban guardia las picas. ¿Era un efecto de luz o estaban vacías? ¿Había roído el duro hueso algún carroñero, algún ave del diablo salida del infierno con la misión de que su pico de hierro devorase aquel último vestigio?
Anna apartó la vista de la pica para contemplar el sol poniente, como si la respuesta pudiera estar grabada en su sangrienta faz. Un gran pájaro de alas negras flotaba por delante del hinchado orbe, en perezosos círculos. Anna volvió a mirar las picas. Tres postes, negros contra el sol, ninguno de ellos con adorno en la punta.
Soltó las piedras y, recogiéndose el vestido con la mano libre (la que no sujetaba las flores), corrió hacia el centro del puente. Ya no se oían los murmullos de la vieja. Anna estaba sola en el puente, corriendo por un mundo suspendido en el calor y el silencio. Las flores se balanceaban, sembrando esquirlas de color por las losas grises del suelo.
Se paró en seco en el centro del puente y miró hacia arriba. No, no era un efecto de la luz. Las picas estaban vacías. Las calaveras habían desaparecido.
Se quedó petrificada, con la mirada en lo alto y los músculos de la nuca agarrotados, y en aquel momento no se le apareció la cabeza de Martin en la pica central, sino otra: sus propios rizos claros, su propia boca muy abierta, morada de avispas y moscas. Gritó un poco y parpadeó con fuerza.
Después cerró los ojos, pero la imagen también se había pintado en sus párpados.
Sacudió intensamente la cabeza para ahuyentar la horripilante visión. Después abrió los ojos. Las picas volvían a estar vacías, aunque parecía que oscilasen un poco. A menos que fuese ella la que se balanceaba... Bajó la cabeza.
No era normal tanto silencio en el puente al cabo del día. Era como si hubiera vuelto Jesucristo en busca de sus santos, y sólo ella hubiese quedado abandonada y sola sobre el puente, sola en un mundo donde hasta el propio sol se había vuelto de sangre; ella y la vieja encogida al pie del puente, a la orilla del río, mirando a Anna como si todo fuera una gran pantomima...
«Debería llorar por Martin», pensó: un último reguero de lágrimas por quien habría sido su esposo; un hombre bueno, un hombre de hermoso semblante y de carácter todavía más hermoso. Un hombre que la había amado. Un hombre que habría sido el padre de sus hijos.
Sin embargo, sentía las cuencas de los ojos tan secas como las piedras cuyo ardor traspasaba el cuero de las suelas de sus zapatos. ¿Qué duelo guardar entonces por aquella despedida, la última, si ya no le quedaban lágrimas? Cogió las piedras, lisas y calientes, que había dejado caer cruzando el puente, y formó una cruz al pie de la pica. Después retrocedió para observar el resultado: una forma apenas más sólida que la bella carne desaparecida para alimentar a los pájaros. Sin embargo, la cruz aún marcaría aquel lugar durante un tiempo. Los viajeros que cruzaran el puente no osarían deshacer una cruz.
Miró el ramillete mustio que tenía en la mano, quebrados sus frágiles tallos por la presión del puño. Ya había terminado su vigilia. Ya no habría pájaros que ahuyentar. No más pájaros..., excepto en sueños. ¿Y ahora? ¿Qué hacer? Se apoyó en el pretil y miró el agua. Parecía tan fresca...
¿Adónde se las habían llevado? ¿Dónde estaban las cabezas de los tres jóvenes? Escrutó el agua y sus ondas oscuras a la sombra del puente. ¿Tan malo sería estar allá abajo? Era un sitio fresco, oscuro, hondo... Envidió a Martin por la paz de aquel lugar. No había que huir de nada. No hacía falta esconderse. Aquellas aguas sofocarían la hoguera de un obispo airado. Un bautismo final.
¿Lo que brillaba en el agua era un hueso blanco?
No, sólo era un pez reflejando la luz. Anna se inclinó y, con sensación de vértigo, fue tirando las flores al agua. El calor del puente se elevaba en ondas. Las piedras tórridas del pavimento tenían un olor característico. «¿Qué hacer? Sir John Oldcastle, lord Cobham.» El nombre se repitió por sí solo en su cabeza, pero ¿cómo cruzar el mar hasta Inglaterra? No podía volar, a diferencia de la gran gaviota cuya silueta ascendía contra el sol.
Quedó hipnotizada por las flores que bailaban en el viento y se alejaban flotando por la superficie rizada de las aguas. Tuvo la sensación de flotar junto a ellas.
Y de repente flotaba.
Anna jamás llegaría a saber si había sido un salto o una caída, si el calor, la pena y el esfuerzo hecho en el puente la habían llevado un paso más allá del cansancio, o si era el anhelo de su alma el que había impuesto su voluntad al cuerpo, como un titiritero invisible.
Sólo supo que al zambullirse en el agua fría sintió una repentina ligereza, como si le hubiesen quitado de encima un peso atroz. Levantando sus faldas, el agua la hizo mecerse como un pétalo, una hoja, una libélula flotando en la faz de las aguas.
Libre. Libre de todo su dolor. Libre de su promesa.
Un espíritu que ya no era esclavo de la carne. Después su ropa se empapó y ella se empezó a hundir. No se resistió. Se sumergió sin más en la fresca oscuridad, abrazando a la muerte como si fuera el amante imaginado.
¿Habría sido así con Martin? A menos que no fuera el río, sino Martin, quien la abrazaba, y el río no fuera más que un sueño, y la cabeza de la pica una terrible pesadilla... Se relajó mientras se alejaba despacio de la superficie y de sus ondas. El agua se cerró sobre sus ojos, penetró en su boca y la encerró en su seno, aceptándola como previamente había aceptado las otras ofrendas caídas desde el puente.
En la superficie del agua, un pétalo se enganchó a una pluma errante y flotó suavemente hasta la orilla, donde aguardaba la vieja.