La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 25 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo XXIV

Dejemos el celibato a los obispos [...] La

vida más santa es el matrimonio, observado

con pureza y castidad.

Palabras de Erasmo contra el celibato, en

El elogio a la locura

 

El hermano Gabriel estaba cansado de la travesía. Casi no había dormido ni comido desde la recepción del paquete en que el arzobispo Arundel le ponía al corriente del fallecimiento del hermano Francis. Sin embargo, después de que el barco atracase en Dover, de pronto lo único que deseaba era volver, aun a sabiendas de que en la antigua morada del anciano sacerdote no le esperaba ningún amigo. Tras un viaje sin paradas a lomos de un caballo de alquiler, llegó a la abadía de Battle en los últimos estertores del crepúsculo, con una niebla fría pegada a su piel como el manto de los bebés. No sabía qué hora era al ver cernirse sobre él los muros de la abadía, sólo que era tarde. La luna creciente, cuya pálida hoz, velada por las nubes, iluminaba las tierras de la abadía, le recordó su última visita nocturna y con luna, la última vez que había visto con vida al hermano Francis. Se dijo que había hecho mal en ausentarse tanto tiempo, sobre todo sabiendo lo débil de salud que estaba el anciano sacerdote.

—¡Cuidado, rapaz! —exclamó al ver al mozo que apareció frotándose los ojos, soñoliento, justo cuando cruzaba el puesto de guardia, sin dotación desde que ya no había incursiones francesas. Había demasiada poca gente en la abadía para vigilar unos muros tras los que no acechaba ya enemigo alguno. Su población nunca se había recuperado del todo de la peste del siglo anterior, que había asolado Inglaterra.

—Dale un saco de avena. Mañana vendrá a buscarlo un palafrenero de Hastings.

—Sí, padre.

El caballo relinchó al ser llevado al establo por el mozo.

Avena para el caballo, pero nada para el jinete, pensó Gabriel, mirando las ventanas oscuras del refectorio, que llevaba un buen rato vacío, desde la silenciosa cena de los hermanos. También estaría cerrada la cocina, sin una sola miga en las largas mesas de pino.

Dos campanadas.

Noche cerrada. Anna y Bek debían de estar durmiendo en su casita de la rue de Saint Luc. Al oír el repique, los monjes empezaron a arrastrar los pies por los claustros, en respuesta a la convocatoria de maitines. Gabriel decidió unirse a ellos. Ya hacía demasiado tiempo que descuidaba el oficio divino, y además sólo habían pasado tres semanas desde la muerte del prior. Seguro que todavía cantaban el oficio de difuntos.

Se tapó la cara con la capucha, inclinó la cabeza, cruzó los brazos en postura penitencial y se sumó a la fila que entraba en la capilla. Al llegar al coro, que tanto conocía, su mirada se deslizó por las misericordias donde de niño seguía las tallas con los dedos, esperando impaciente el final del oficio. Pocos años después, cuando era el hermano Francis quien decía misa, el joven Gabriel pensaba en la chica a quien había entregado su virginidad. Pensando en el goce carnal, cuando debería haber meditado sobre el misterio que se celebraba ante sus ojos... ¡Los pecados carnales! Ah, también ellos contenían misterio...

Sin dejar de pensar en sus pecados carnales —¡cuánto pesaban!—, cogió el antifonario, aunque no lo necesitase. Se sabía de memoria hasta la última palabra. Había sido una exigencia del hermano Francis a su joven protegido.

—Dirige, Domine, Deus meus.

Entonó la primera antífona, sumando su voz de bajo al coro de la abadía.

Quizá pudiera dormir después del oficio. Llevaba muchas noches sin hacerlo debidamente. Ocuparía un camastro del dormitorio de los monjes, en una compañía tan célibe que seguro que no le asaltaría ningún sueño sobre una mujer pelirroja. Al día siguiente presentaría sus respetos al viejo prior y buscaría al abad para sufragar nuevas misas para el bien de su alma.

Acabada la misa, siguió a la fila de regreso al claustro. Al llegar a la esquina del cuadrángulo, donde todos cambiaron de dirección, echó un vistazo a la casita aislada. Pasó una sombra por una ventana. ¿La sombra inquieta del hermano Francis? Se frotó los ojos, llenos de polvo, y miró otra vez. La silueta ya no estaba.

La señora Clare. Se había olvidado de ella. A esas alturas, lo lógico sería que se hubiera ido. Se preguntó sin especial curiosidad qué haría después de haberse quedado sin trabajo. También se preguntó si tenía parientes que pudieran acogerla.

En fin, no era de su incumbencia.

* * * * *

El desayuno era sencillo: un pan basto, con mucha corteza y sabor a levadura, que aún conservaba el calor de la cocina, y gachas, con una tira de panceta reservada para el cura visitante, el quaestor que tenía la llave del tesoro de gracia. Gabriel, primero de la fila, llenó su cuenco de madera y se sentó frente a la mesa de caballete, seguido rápidamente por los demás hermanos. Los monjes se pasaron el pan. Cada uno partía un trozo y se lo daba al monje de al lado, en un silencio sólo interrumpido por la lectura de los Salmos, desgranados arriba, en el púlpito.

Gabriel escuchaba a medias los Salmos Penitenciales. Era una elección lógica: formaban parte del oficio de difuntos y, al igual que la misa, habían sido elegidos en honor del hermano Francis. La monotonía de la voz y los sonidos de los monjes al tragar —parecía mentira que un par de docenas de hombres masticando bajo la regla de silencio pudieran ser tan ruidosos e irritantes para los sentidos—, no bastaron para que dejara de pensar en su agarrotamiento tras haber dormido sobre un duro catre. Ni la cantidad ni la calidad de su sueño habían sido reparadoras. Le dolía la articulación de la cadera. Lógico.

Había vuelto a soñar con Anna. Esta vez adoptaba la forma del ángel que luchaba con Jacob al pie de la escalera de oro. En el sueño, Gabriel, como Jacob, se enfrentaba al ser alado en un feroz combate, digno de tan celeste enemigo. Sujetaba al ángel con todas sus fuerzas, igual que Jacob en el libro del Génesis, y sólo su insistencia en aferrarse al ángel impedía a este último escaparse al paraíso por la escalera celestial. Sin embargo, en el sueño el vencido acababa siendo Gabriel, y no el ángel; Gabriel, derribado por el poder de las alas cuyo batir le magullaba la cadera y le cortaba la respiración.

Por mucho que intentara gritar, durante el sueño no le salía la voz (seguía notando el nudo al tragar). La lucha terminaba con Gabriel inmóvil y vencido, cerrados los ojos, desnudo y frío el cuerpo, encogido en el suelo como un niño, pero el ángel aún no se daba por satisfecho y seguía cerniéndose sobre su cuerpo hasta que él percibía su aroma, dulce y conocido: a jazmín. Entonces abría los ojos y miraba al ser a la cara.

No era un rostro de varón, como el del contrincante de Jacob; ni tan siquiera un ser andrógino, como siempre había imaginado a los ángeles, sino una cara de mujer: la de Anna, con un nimbo de cabellos encendidos que ardía sin consumirse como la zarza de Moisés. Volvió a sentir su calor en la piel. Lo reavivó el recuerdo —incluso ahí, en el frío y silencioso refectorio de la abadía— del rostro perfecto de Anna. En sus ojos, muy azules, temblaban sin derramarse unas lágrimas de ángel cuyo brillo tenía la fuerza del diamante.

En aquel momento deseó de todo corazón que aún estuviera vivo el hermano Francis para que interpretara su sueño. Y sin embargo, una parte secreta de su ser, un yo perverso y secreto, se alegraba de no tener que aguantar sus recriminaciones.

Domine, ne in furore tuo arguas me... Las palabras del salmo llegaban flotando desde las alturas, filtrándose en el sueño recordado de Gabriel. «Señor, no me corrijas en tu cólera, en tu furor no me castigues.»

Recibió el codazo suave de un hermano, que le instaba a coger el pan. La garganta de Gabriel se rebeló, amenazando con rechazar la cucharada de gachas que acababa de meterse en la boca. Sacudió la cabeza. El monje frunció el ceño y pasó el pan al siguiente hermano, mientras Gabriel saltaba por encima del banco y salía deprisa de la sala.

Abrió la puerta del refectorio, y al salir al huerto, sin nada de verdor, se alegró del aire frío y de no tener que seguir con los hermanos, que deglutían incesantemente como cerdos en el comedero. De lo que más se alegraba, sin embargo, era de alejarse de la voz y del salmo que rogaba misericordia por los muertos, a la vez que se burlaba de los pecados de los vivos: el perdón de sus pecados que imploraba David, cuyo pecado carnal con Betsabé no era, en suma, muy distinto del de Gabriel...

Domine, ne in furore arguas me. Aún oía recitar el salmo. Arrastró los pies en dirección a la capilla. También persistía la visión del ángel frente a él, el ángel con el rostro de Anna.

El cadáver del hermano Francis fue enterrado en la capilla de San Martín, un receso circular situado a la izquierda del presbiterio. Levantaron la lápida del suelo y depositaron el cuerpo del prior envuelto en su sudario, en el nicho más cercano al altar de San Martín. Todo un honor, ya que una vez que el sepulcro —por algunos llamado «el comedor de carne»— hubiera cumplido su tarea, los huesos del hermano Francis no serían trasladados al osario, sino que permanecerían en proximidad del santo. Desde aquel lugar privilegiado, el alma del anciano prior podría cruzar con más facilidad el purgatorio. La mayoría de los peregrinos que acudían a venerar al santo se dignarían pronunciar una oración por el prior enterrado justo al lado. Gracia derramada.

La luz de la mañana entraba por la vidriera donde estaba representado san Martín con media capa, en el momento de poner la otra mitad sobre los hombros y los brazos de un mendigo vestido con harapos. Al fondo, una oca (su emblema) contemplaba el episodio con aprobación, proclamando su pico muy abierto la caridad del humilde santo.

Gabriel se arrodilló en el suelo y pasó la mano por la grieta que había dejado el cambio de losas al lado del altar. Aunque dentro de la capilla reinase la penumbra, vio que el mortero era fresco. Siguió con un dedo las letras recién grabadas del nombre del hermano Francis, toscas pero legibles sobre la lápida. Después se inclinó para besar la fría piedra. Una oleada de remordimientos y añoranza acompañó sus esfuerzos por recordar con exactitud sus últimas palabras a aquel hombre que había sido como un padre. ¿Expresaban afecto? ¿Expresaban gratitud? De todos modos, aunque no contuvieran ni lo uno ni lo otro, seguro que el anciano se daba cuenta de lo mucho que le quería Gabriel...

—Lo último que salió de sus labios fue vuestro nombre.

Era una voz de mujer, a la vez conocida y desconocida, que no acababa de identificar. Levantó la cabeza para ver quién le hablaba desde la puerta: una mujer delgada, en los últimos años de la madurez, que llevaba una capa con capucha, bajo la que asomaban hebras de pelo gris.

La señora Clare.

Seguro que venía con alguna mezquina petición sobre las pertenencias del anciano sacerdote.

Gabriel intentó no delatar en su voz la irritación provocada por aquella intrusión en algo tan íntimo como su dolor. La señora Clare había servido fielmente al hermano Francis. Supuso que a algo tenía derecho.

—Estoy de luto. Ya os atenderé más tarde —dijo, sin despegar las rodillas de delante de la tumba.

Su tono reverberó con cierta dureza en las piedras de la pared de la capilla.

La señora Clare se movía tan poco como la estatua de la hornacina.

—Más tarde ya no estaré aquí. He venido a despedirme. Os he esperado desde que le enterraron.

Irritado por el tono —parecía que la señora Clare se considerase con cierto derecho a ser oída—, Gabriel estuvo a punto de exigirle que le dejara llevar su luto en soledad, pero aquella mujer se merecía un mínimo de educación en pago de sus desvelos. Seguro que también querría alguna remuneración más tangible. Para eso tendría que remitirla al abad, a menos, naturalmente, que ella ya hubiera agotado aquella vía... Al ponerse de pie, sintió un dolor frío en lo más profundo de la pierna, un dolor que arrancaba de la articulación de la cadera y seguía hasta la planta del pie.

—Os iría muy bien un emplasto caliente —dijo ella—. Al hermano Francis le pasaba lo mismo.

Pronunció la última frase como si el dolor de Gabriel le produjese una especie de satisfacción íntima, lo que le dejó sorprendido y perplejo. A pesar de la distancia con que siempre le había tratado la señora Clare, no imaginaba que sintiera tanta antipatía por él.

—Es la primera vez que me pasa. Será el viaje tan largo desde la costa.

—Sí, o el tiempo —dijo ella.

Él se sentó en el único banco que había en la capilla de San Martín, para uso de los penitentes. Un rayo de luz de la vidriera pintaba la otra punta del banco con todos los colores del arco iris.

—Sentaos aquí y hablaremos de vuestras pretensiones —dijo Gabriel.

Cuando la señora Clare se sentó a su lado, de pronto lo que era un simple vestido marrón se llenó de colores, y el rojo de la vidriera sonrosó su piel. El fraile vio que en su juventud tenía que haber sido guapa, y cayó en la cuenta de lo poco que la conocía, pese a tantos años de presencia en segundo plano. Intentó acordarse de cuándo la había visto por primera vez. Recién terminados sus estudios en Roma, cuando apenas podía ser llamado hombre, ella ya estaba. El hermano Francis se la había presentado como la señora Clare. Después, como era su costumbre, ella había desaparecido en las sombras.

—Yo no tengo ninguna pretensión. —Lo dijo con cierta indignación, como si Gabriel insinuase algo ofensivo—. Quería contaros cómo murió y que supierais que el cuerpo de vuestro padre recibió los debidos cuidados antes de su sepultura.

—Sois muy amable —dijo él, yendo a tientas porque aún no estaba seguro de qué quería de él.

Se frotó la pierna para aliviar el dolor, agudizado por el duro banco.

—Preparaos un baño caliente para la cadera —dijo ella—. Se os pasará un poco el dolor.

—Gracias por el consejo. —Gabriel buscó algo más que decir, y al final preguntó —: ¿Murió en paz?

—Murió durmiendo.

—Yo le veía como un padre.

—Con razón. Era vuestro padre.

—Sí, mi padre espiritual, pero no me refiero sólo a eso. En realidad, es el único padre que he tenido.

—Exacto. Por eso me he quedado. Me ha parecido que teníais que saberlo. Él, en vida, lo prohibía.

Gabriel estaba pensando en lo bien que hablaba para ser una vulgar criada. Ni rastro del marcado acento sajón que habría sido de esperar en una mujer de su clase. Debía de haber adoptado la forma de hablar y el vocabulario de la clase superior para la que trabajaba.

—Disculpadme, os lo ruego. Creo que me distrae el dolor de la pierna. —Se frotó la espinilla—. ¿Qué decíais del hermano Francis y de una prohibición?

—Me tenía prohibido deciros que era vuestro padre natural.

Pasó una nube por delante del sol. La luz rosada se volvió más gris, igualando el color de la piel de la señora Clare con el de la pared de piedra de detrás.

¿Había oído bien? Por un brevísimo instante, Gabriel deseó que fuera posible, pero no, aquella mujer se limitaba a repetir un simple rumor. El hermano Francis la había tomado como criada cuando ya era un hombre mayor. Era imposible que hablase con conocimiento de causa. No hacía más que reproducir lo que decía alguna lengua viperina, seguramente porque se había quedado sin ingresos y quería adquirir algún ascendiente sobre Gabriel.

—Os equivocáis. Cuando el hermano Francis me tomó como pupilo de la Iglesia, yo tenía seis años. —No fue capaz de decir que su madre era una prostituta—. Era huérfano.

—No, no erais huérfano. Erais su hijo natural. El hermano Francis os sacó de un burdel de Southwark. Os separó de vuestra madre y os trajo aquí para educaros.

—¿Cómo os atrevéis a repetir rumores sin fundamento? Me...

—Cuando erais pequeño, de vez en cuando venía a veros vuestra madre, hasta que él se lo impidió. En sus planes para vos no había lugar para una mujer de su clase. —La señora Clare lo dijo con amargura, y añadió en voz baja—: ¿Os acordáis? ¿Os acordáis de sus visitas?

De repente, Gabriel tenía ocho años y su madre le estaba dando un beso de despedida. Con los ojos llorosos.

Se acordaba de eso, aunque no de su cara. Era rubia, eso sí, con un rizo saliendo de su toca de terciopelo verde con un poco de encaje en la barbilla. El encaje y el rizo rozaban la mejilla de Gabriel, que no le devolvía el beso.

—Siempre olía a algo...

Casi no tuvo aliento para formar las palabras. No estaba seguro de haberlas dicho en voz alta.

—Esencia de rosa damascena. Era su favorita.

—Se llamaba Jane, Jane Paul.

Se le formó un nudo en la garganta, un nudo de vergüenza, de añoranza y de una especie de rabia: contra el hermano Francis por la enormidad de su mentira —aunque Gabriel supiera que había sido por su bien— y contra la señora Clare por habérselo revelado. También contra el niño pequeño que no había sabido despedirse por última vez de su madre con un beso ni con un simple adiós.

—¿Cómo lo sabéis? —preguntó.

—Cuando se sirve tanto tiempo a un hombre, como yo a vuestro padre, tarde o temprano se entera una de todo. Si todavía tenéis dudas sobre lo que digo, bastará con que os miréis al espejo. Fijaos en la pequeña arruga que se os empieza a formar desde la sien hasta la barbilla, cruzando la mejilla. Acabará siendo tan profunda como la de él. Vuestra barbilla pronunciada, el hoyuelo que se os forma a la izquierda cuando sonreís, hasta el dolor de la pierna izquierda... Todo es herencia de vuestro padre. También vuestra inteligencia, por supuesto, y vuestra fuerza física.

La luz multicolor se había movido. Ahora ya no caía sobre el rostro de la señora Clare, sino en las manos que cubrían sus rodillas, cada una de un color. Tenía los dedos largos; un dedos que habían sido bonitos, pero que ahora estaban rojos y encallecidos. La forma, sin embargo, recordó a Gabriel los de su madre, calientes y suaves al tacto, tal como los conservaba en la memoria. Tiempo atrás, aquellos dedos habían acariciado su mejilla. A menos que no fuera un recuerdo, sino el anhelo, el sueño de un niño...

No, era todo mentira, un truco. Seguro que la señora Clare estaba a punto de pedirle dinero a cambio de su silencio. Sería la demostración de que todo era una mentira vil y egoísta.

—A mí nunca me había dolido la pierna. Es que esta noche he dormido mal.

—Tenéis más o menos la misma edad que vuestro padre cuando empezó a dolerle la suya.

Gabriel pensó que nunca le había oído quejarse. De repente, se le apareció la imagen del hermano Francis frotándose el muslo. ¿Puras imaginaciones? ¿Sugestión, una vez más? Sin embargo, su memoria —o su imaginación— también evocó alguna que otra mueca de dolor y las veces —pocas— en que su confesor cojeaba.

Fue como si la señora Clare le leyera el pensamiento, porque dijo:

—No era un dolor constante. Se lo provocaba el mal tiempo.

—Él tiene..., tenía el pelo casi negro.

—Pero vuestra madre era rubia.

También eso era cierto.

—¿Conocisteis a mi madre? ¿Conocisteis a Jane Paul?

—La conocía, sí.

—¿«Conocía»? ¿Dónde está?

Gabriel esperó la respuesta sin darse cuenta de que no respiraba. Quería saberlo, y a la vez no quería.

Ella cerró los ojos como si le molestara la luz, a pesar de que no le daba en la cara.

—Jane Paul está muerta —dijo.

Gabriel respiró.

—¿Por qué me lo decís ahora?

—Porque hasta hoy lo tenía prohibido.

—¿En qué puede beneficiarme saberlo?

—Me ha parecido que os lo tenía que decir, para que el hijo no repitiera los pecados del padre.

—¿Pecados? ¿Acaso le juzgáis?

—Será Dios quien le juzgue. Supongo que no era mal hombre. Es posible que hubiera podido ser mejor. Hizo un voto y lo infringió. Vuestro padre daba más importancia a un alto cargo que a las personas, y os ha puesto a vos en el mismo camino. Quería que conocierais sus errores antes de empezar a copiarle. Nada más. También quería que supierais que no sois un bastardo engendrado por algún patán borracho en un burdel de Londres. Vuestra madre no era ninguna prostituta. El hermano Francis se la llevó cuando era muy joven. Nunca conoció a otros hombres. Tal vez...

En ese momento, algo se movió en el presbiterio. Se oyeron pasos rápidos. Tras un discreto carraspeo, Gabriel levantó la cabeza y vio a un novicio.

—Disculpad, padre, pero me han mandado a buscaros. El arzobispo está con el abad y quiere veros.

La señora Clare se levantó.

—Ya me voy. Sólo quería que lo supierais. Quizá sea instructivo, como un espejo en vuestro camino.

Gabriel también se levantó, tan preocupado por la citación —«¡Me están llamando para que presente mi informe! ¡Justo ahora!»— que a duras penas vio cómo se giraba y se iba la señora Clare.

Tardaría mucho tiempo en caer en la cuenta de que no debería haber dejado que se fuera sin averiguar su paradero.

* * * * *

El martes de la semana siguiente, Anna estaba otra vez en su puesto del mercado, con Bek a sus pies. Había salido el sol, pero hacía frío y viento. Pasaban muy pocos clientes.

La vieja que vendía caldo la había avisado de que no volverían hasta la primavera, cuando empezaban a circular los peregrinos de santuario en santuario, y tenía razón. Los únicos que desafiaban el mal tiempo eran ella, Anna y un solo vendedor de carbón. Compradores de sopa y de carbón, alguno había. De libros, ninguno.

—Frío, An-na. Bek frío —se quejó el niño a sus espaldas—. Ir.

Era difícil refutar su lógica, no habiendo vendido un solo libro en todo el día.

Mientras desmontaba el toldo y llenaba la cesta, llegó un hombre con un manto de piel, señal de que era una persona de posibles.

—¿Tan pronto lo dejáis? —preguntó.

—Sois inglés. Da gusto oír hablar inglés —dijo ella, plegando el toldo.

—Ah, pero ¿también sois inglesa?

—No. Bueno... He vivido toda la vida en el continente, pero mi abuelo era inglés.

Era un hombre aproximadamente de la edad de su abuelo, con una mirada bondadosa y la barba muy bien recortada. Hojeó una de las guías de Anna.

—Tenéis buena mano. Lástima que no viváis en Inglaterra. Yo soy maestro escribano en la aduana de Londres. Podría daros trabajo como oficial durante vuestra temporada baja; claro que al ser mujer no perteneceríais de pleno derecho al gremio...

—Ir. Frío.

El tono de Bek era inflexible.

Al escribano se le había unido una mujer. Tenía un tazón de sopa caliente entre las manos. Se lo ofreció a su marido, que sacudió la cabeza.

—Es mi mujer, que ha insistido en acompañarme porque no conocía París. Ahora ya estamos en el viaje de vuelta.

Dejó el libro. Anna se disponía a tratar de interesarle por algún otro, pero se dio cuenta de que era inútil. No se le puede vender pan a un panadero.

—Creo que se alegrará de volver a Londres —dijo el hombre—. Reims le parece menos atractivo que París.

—Salimos el viernes —dijo la mujer, poniendo los ojos en blanco—. Para mí, cuanto antes mejor.

Bebió un poco de sopa.

—¡Ir! ¡An-na!

Anna miró la plaza vacía. No había ganado ni un céntimo en dos semanas. Tampoco tenía noticias de VanClef. Seguro que había vuelto con su esposa o a su vida anterior. Probablemente se le hubiera olvidado la promesa de «alguna solución más permanente». Quizá fuera la única oportunidad para ella.

—Yo también voy a Inglaterra —dijo—, y estaba pensando..., como soy viuda, ¿habría alguna posibilidad...? Quiero decir... ¿Creéis que mi hijo y yo podríamos viajar con vos? Tengo dinero para el pasaje. No seríamos ninguna carga. Es que para una mujer con un niño es peligroso viajar sola. Estaba esperando a un grupo de peregrinos, pero...

El hombre miró por encima del hombro de Anna para ver a Bek, que empezó a tiritar con tanta fuerza que sacudía los brazos.

—Pues... no sé si...

—Naturalmente que podéis —dijo la mujer—, y bienvenida sea la compañía. Saldremos mañana por la mañana. Os recogeremos aquí mismo. Si entonces todavía queréis marcharos, estad preparada.

—¡An-na, ir!

Anna se giró para regañarle.

—Silencio, Bek, que ya nos vamos —dijo, intentando disimular su irritación.

Cuando se volvió otra vez para confirmar la cita, el matrimonio ya estaba en la otra punta de la plaza. La mujer se despidió con la mano.

—¡Hasta mañana! —exclamó Anna.

No consiguió entender la respuesta. El matrimonio parecía en plena discusión.

«Bueno, ¿qué habré perdido si no vuelven?», pensó Anna.