La comerciante de libros
Capítulo XXXVIII
[...] seducir a una mujer con palabras;
de matrimonio hacer falsa promesa
sólo para poder yacer con ella;
con ese engaño la haces acceder,
y en grande apuro a ambos recaer.
Robert Manning, Handlyng Synne
El hermano Gabriel no fue a la capilla a pesar de que Anna se quedó hasta vísperas. «¡Qué tonta has sido sólo de pensarlo!» Sin embargo, tenía demasiado que hacer para darle muchas vueltas. Ni tan siquiera los nervios que le provocaba la simple mención del nombre del fraile podían atenuar su dicha. No estaba sola. Tenía una abuela. Una abadesa. Una mujer de prestigio y con cierto poder. También — alegaba la prudencia— una mujer bajo sospecha por su asociación con sir John. Una mujer tan enferma, tan débil, que podía dormirse y no volver a despertar.
—Hiciste mal en dejar que se fuera, abuela.
Lo musitó como una oración. ¡Qué diferentes habrían sido las vidas de todos! Sólo de pensarlo, sentía una pena tan aguda como si acabara de perder a un ser querido, pero ¿cómo podía estar tan segura? «Piensa en todo lo que hicieron cada uno por su lado en bien de la causa, Anna; piensa en los libros que han copiado y en las almas a las que han llegado.»
Cuando llamaron a vísperas las violentas campanas y las monjas desfilaron arrastrando los pies para entonar sus oraciones, Anna salió de la capilla y se fue a su habitación, cruzando el jardín en penumbra. Al llegar a la puerta de la madre superiora (su abuela), se paró a escuchar. No se oía nada. Abrió sin hacer ruido y se asomó. La abadesa estaba en la cama, inmóvil como una estatua. Una estatua o un cadáver. «No, por favor, Jesús; ahora que acabo de encontrarla, no.» Le alivió apreciar un ligero movimiento en el pecho de la anciana. Se apartó de puntillas del umbral y cerró la puerta sigilosamente.
Echó un vistazo a las celdas de invitados. Otra puerta cerrada. La habitación del hermano Gabriel parecía desocupada, con el oscuro brillo del cristal de su única ventana, como un ojo de cíclope gigante. ¿Por qué, si Anna había tenido la sensatez de no fiarse de él, se le helaba un poco el corazón ante la idea de que pudiera haber vuelto a abandonarla?
¿No eran sinceras las palabras que había dicho en la celda de la torre? ¿Sería todo un truco? A menos que fuese la lengua viperina de Anna la que le hubiera disuadido de una decisión no demasiado firme... Qué endebles, entonces, toda su retórica inquebrantable y sus protestas de amor... La quema de las indulgencias había sido puro teatro. Probablemente ya las hubiese sustituido. Bien pensado, Anna no había llegado a ver el texto de los papeles.
También era posible que se hubiera asustado al enterarse a través de la abadesa de que su prometida tenía una gota de sangre judía en las venas. «Pues entonces no eres un hombre como lo fue mi abuelo —pensó Anna—, y yo no me conformo con menos.»
Cuando llamaron a la puerta, sólo llevaba el camisón. Pronto habría que retocar las costuras del vestido, a pesar de la moda de la cintura alta. Le dio un respingo el corazón, pero seguro que Gabriel no vendría a su cuarto. No era decoroso.
—Señora Anna, tengo un paquete para usted.
Era la novicia joven.
—¿Quién me lo envía? ¿Lo sabes? —preguntó al cogerlo.
—No. Lo ha traído del castillo un joven paje.
Lady Joan siempre la trataba tan bien... Seguro que sabía que a Anna se le estaba quedando pequeña la ropa, y a pesar de su honda preocupación por sir John, tenía presentes sus necesidades.
Se apresuró a tender el vestido en la cama. En efecto, era bastante más holgado, incluso en el corpiño. Estaba hecho de un damasco azul exquisito, con cintas de un azul más oscuro y mangas muy largas con el revés de raso color crema. Anna nunca había visto un vestido tan bonito.
¡Qué generosidad! Pero no era en absoluto lo que necesitaba. ¿Cuándo se iba a poner ella una prenda tan lujosa? No era un vestido para una humilde copista, ni siquiera para la mujer de un clérigo que hubiera colgado los hábitos, pensó amargamente.
Dentro había una guirnalda trenzada con cintas de raso color crema, muguete y rosas secas. Parecía una guirnalda de novia.
La cogió con cuidado, se quitó la toca y se puso la guirnalda en la cabeza. En ese momento se cayó una nota al suelo. La recogió y leyó febrilmente su contenido.
Anna de Praga, acepta este vestido y llévalo en la capilla el día de Pascua
por la mañana, el día de la resurrección de nuestro Señor, el día en que todo
se renueva y se redime el mundo. Después de la misa pascual, me reuniré
contigo en los escalones de la capilla, y en presencia de lady Cobham, varios
testigos y un sacerdote que sin la menor duda será de tu agrado, te convertiré
en mi esposa. El hecho de llevar este vestido será la señal de tu
consentimiento. Mi corazón anhela vértelo puesto. Haremos frente juntos a lo
que nos depare el futuro y juntos daremos la bienvenida al mundo a nuestro
hijo. Con el paso del tiempo recuperaré la confianza que ya no tienes en mí.
La nota estaba firmada «Gabriel», con fuerza y de corrido.
Anna, con la guirnalda en la cabeza, se acercó al cristal de la ventana para intentar ver su reflejo a la luz de la vela. Pensó que la mujer que la miraba no tenía nada de judía: ojos azules y una melena pelirroja coronada por una guirnalda de flores. «Parezco una novia, una novia cristiana.» Sin embargo, el resplandor de la vela resaltó las perlas de la cruz del collar. Ahora que conocía su presencia, nunca volvería a mirar la cruz sin ver la estrella.
Se sentó en la cama, cogió la carta de Gabriel y la releyó. Dos veces. Tampoco sabía cómo interpretarla. ¿Era otra farsa, una nueva trampa tendida por un espía de Roma? No, no le creía capaz de tanto. O no quería creerlo. Y sin embargo... ¿podía salir algo bueno de aquel nido romano de falsa religión y de avaricia? Lo dudó. ¿Y si Gabriel estaba tan confuso como ella, igual de desesperado y de solo? ¿Sería posible que tuviese más de VanClef que de fraile dominico?
—Dime qué hacer, Dĕdeček...
Pero no apareció ningún fantasma que la reconfortase.
Se tumbó en la cama, contenta de que no estuviera Bek para oírla llorar y sollozó con la cara en la almohada. Se le torció la guirnalda de flores y una de sus frágiles rosas se deshizo. En el suelo se formó una montañita de pétalos secos, una marchita montañita de polvo.
* * * * *
El hermano Gabriel volvió de noche a la abadía. Dejó el caballo en el establo y cruzó el claustro. En la habitación de Anna no había luz. Su intención había sido volver de día, ir a buscarla a la capilla y sonsacarle una respuesta, pero le había entretenido el cura lolardo, reacio a dejarse convencer de que no estaba frente al típico fraile lujurioso y corrupto con intenciones de engañar a una pobre ingenua mediante un matrimonio clandestino para después abandonarla.
Gabriel se había sometido a sus preguntas durante dos horas, en una situación cuya ironía no se le escapaba. ¡Cómo habían cambiado las cosas! Un fraile dominico, de una orden que había dirigido la Inquisición y que llevaba siglos sacando a los herejes de sus madrigueras, llamado a defender su fe ante un cura lego... Y sin poder hacerlo. Con la única herramienta de las propias palabras de Wycliffe, el cura había ido desmontando pieza a pieza la estructura teológica cuyo aprendizaje había ocupado toda la juventud de Gabriel, a la vez que subrayaba los abusos del clero: la venta de lo que debería ser gratuito, el énfasis en la peregrinación y las reliquias santas, la negación del vaso sacramental a quien no fuera «digno» de ello por haber sido ordenado... ¿Quién, de todos los frailes y curas conocidos por Gabriel, era digno? ¿El arzobispo, que tramaba la caza y captura de un hombre bueno? No, ni tampoco el hermano Francis, cuya vida había sido una gran mentira, y mucho menos él. Nadie era digno. A todos les hacía dignos la sangre de Cristo.
Suerte que le precedía el vestido, regalo de lady Cobham...Gabriel se había brindado a pagarlo, pero no dejaba de aliviarle que ella se hubiese negado, alegando que era su regalo de bodas. ¿De qué caudal disponía él para comprar un vestido de novia? Pese a toda su riqueza, la regla dominica no permitía la propiedad individual. Por mucho que todos los curas «pobres» tuvieran buenos caballos y bebieran vino francés, personalmente carecían de cualquier pertenencia. Hasta el último penique que gastaba Gabriel, hasta el último bocado que se metía en la boca eran de la orden. Todo pertenecía a la institución a la que estaba renunciando. No sería un vínculo fácil de romper.
La importancia del paso que estaba a punto de dar le oprimía el pecho como un terrible peso. Casi no podía respirar. ¿Cómo alimentaría a una mujer y un hijo? O dos, puesto que al fin y al cabo era como si Bek fuese hijo de Anna... Así se lo había expresado a lady Cobham al agradecerle el regalo del vestido.
—Sois un hombre culto, Gabriel. También lo es vuestra prometida. Ya encontraréis una manera... ¡sin vender el alma!
Era la primera que le llamaba «Gabriel» después de la señora Clare, su madre; hasta la propia Anna, tras verle quemar las indulgencias, y oírle anunciar su intención de renunciar al hábito y casarse con ella, seguía llamándole «hermano» con tono despectivo.
¿Estaría en la capilla la mañana siguiente? ¿Llevaría el vestido nupcial?
Se quitó el hábito negro y el escapulario, seguidos por la túnica blanca de excelente tela, y tras doblarlo todo pulcramente lo guardó en un arcón. Después sacó las vestiduras del armario, se llevó a los labios el amito y la estola, los dobló con reverencia y los dejó encima del resto. Era la última vez. La próxima que los llevara, sería como disfraz.
Según Anna, tenía facilidad para los disfraces. ¿Sería verdad? En el fondo, ¿qué había debajo de la piel de Gabriel? ¿Un hombre con creencias, valentía y honor? ¿O un simple actor de pantomima, que adoptaba la forma y pronunciaba las palabras que le dictaba su disfraz? De joven, cuando vivía en el mundo aislado del monasterio, había adoptado las creencias de sus habitantes, creyéndolas suyas; pero la fe, a diferencia de las cucharas de plata y los libros de valor, no era algo que pudiera heredarse. Una fe así, en el crisol de la vida, se deshacía en cenizas con la misma facilidad que sus indulgencias de papel.
¿Cómo podía ser tan fuerte la fe de Anna? Por no hablar del cura lolardo que le había echado un sermón... ¡Y qué decir de sir John y lady Joan, y de la anciana abadesa! ¿Dónde encontraban todos la valentía moral de cuestionar la autoridad ordenada de siglos de sabiduría recibida?
En el fondo del arcón estaban el cilicio y la «disciplina». Cogió el pequeño látigo y se azotó la palma de una mano. Su disciplina mental era tan fuerte que apenas sintió la punzada. Aun así le dejó un verdugón, que le recordó al sinfín de peregrinos, de flagelantes sin dinero para pagarse la penitencia, que cruzaban descalzos los pueblos y ciudades, azotándose la espalda hasta sangrar, mientras las mujeres corrían a recoger su sangre y a embadurnarse con ella la cara porque alguien les había dicho que era sagrada.
Tiró el látigo a la otra punta de la habitación. La tira de cuero trenzado, con trocitos de hueso a guisa de garras, hizo un ruido sibilante al caer entre los juncos. ¿En qué pasaje de la Biblia ponía que Cristo y los apóstoles mutilasen su propio cuerpo? ¿No se habían encargado de ello otras personas? ¿No había siempre otras personas dispuestas a tratar del mismo modo al hombre o la mujer que buscasen el camino estrecho?
Gabriel era capaz de citar páginas enteras del catecismo en latín y de leer en griego a los filósofos antiguos, pero no podía evocar ni un solo versículo de la palabra de Cristo que le reconfortase. En sus prédicas se había explayado sobre el fuego del infierno y la condenación, a la vez que ofrecía la gracia a las pobres almas que se debatían en el cieno de los pecados propios y ajenos. Algo sobre lo que nunca había predicado, pero que necesitaba ahora intensamente, era un Dios personal; necesitaba intensamente una presencia que le acompañase como un amigo, un Espíritu Santo que reconfortase de veras, no algún mágico encantamiento en latín, o letanía piadosa, o papelito decorado con el sello del Papa. ¿Existía realmente un ser así? Y, en caso afirmativo, ¿cómo encontrarlo?
Se acostó atravesado en la cama y cerró los ojos. Una de dos: o Anna venía por la mañana —Anna o alguna parte de ella que acudiese reticente— o no venía. En ambos casos, el Gabriel que saliera del convento no sería el mismo Gabriel. Para el hijo de Jane Paul, de Southwark, la mañana de Pascua sería un nuevo principio.
* * * * *
A media mañana, el padre Gabriel esperaba a solas en la pequeña capilla del castillo de Cobham, reflexionando aún sobre lo hecho y lo a punto de hacerse. Pero no estuvo solo mucho tiempo.
—¿Estabais en el servicio del alba? —preguntó lady Joan al entrar, cargada con más ramas floridas de manzano y con una especie de prenda. Dejó las ramas al lado del cáliz y los candeleras, sobre una tela morada—. No os he visto, pero la verdad es que ahora mismo casi no os reconocía. Con esas calzas y ese simple jubón, pasáis desapercibido entre la multitud.
—Estoy buscando al hombre sencillo que llevo dentro —dijo él.
—¡Pero si es el día de vuestra boda! No dejéis que sea demasiado sencilla. Tened. —Lady Joan le tendió la prenda—. Os he traído esta sobreveste. Es una de las de John. Anoche le metió las costuras la costurera.
Gabriel se lo puso, encogiéndose de hombros. Lady Joan alisó el ribete de armiño y retrocedió para estudiar el resultado.
—Todavía cuelga un poco, pero es digno de un novio.
—Os lo agradezco, lady Cobham. Aparte del hábito eclesiástico, la única ropa que tengo son estas calzas y esta túnica que compré anoche.
—Pues os sientan muy bien, mejor que el hábito negro.
En ese momento apareció en la puerta abierta una silueta, que apagó un poco la luz de la sala. Al alzar la mirada, Gabriel vio a un ángel de espesa y rizada cabellera que caía por su espalda y sus hombros. Llevaba cubierta la cabeza con un velo de gasa, sujeto con una pequeña corona de flores. El vestido era el de brocado azul.
«Señor, que nunca me olvide de haberla visto así en toda mi vida.»
Era la primera vez que Gabriel rezaba en inglés, y le sorprendió lo fácilmente que se formaban las palabras dentro de su pensamiento.
* * * * *
—Lo siento. Creía que no habría nadie en la capilla...
Anna forzó la vista para ver en la penumbra.
—¡Estás guapísima!
Reconoció la voz de lady Cobham, pero estaba con alguien más, alguien a quien la oscuridad hacía difícil reconocer. Tal vez un campesino. Hasta los curas lolardos llevaban hábitos.
—Ya me temía que no vendrías.
Era la voz de VanClef. O del hermano Gabriel. Ni la una ni la otra. O las dos a la vez.
La vista de Anna se acostumbró a la oscuridad. Gabriel llevaba ropa laica.
—Ya es bastante duro abrirse camino en el mundo. Mi hijo no entrará en él con la vergüenza de ser bastardo.
—Nuestro hijo, Anna.
—Tengo que ir a ver si ya están listos los preparativos para el convite —murmuró lady Cobham, y cruzó la puerta antes de que Anna pudiera protestar.
—Bueno —dijo la joven, rompiendo un silencio incómodo—, deduzco de vuestro modo de vestir que no ha sido invitado el arzobispo.
Le salió un tono más malévolo de lo que pretendía.
—De momento es necesario mantener en secreto nuestro matrimonio, para protegeros a ti y al bebé de los enemigos que me ganaré con esta acción, pero nuestros votos serán presenciados por los campesinos y el séquito de lord Cobham. Habrá una misa nupcial. Ha accedido a casarnos un cura lolardo. Así te sentirás vinculada por la promesa.
—Sí, pero ¿y a vos?
—Yo mi promesa te la hago a ti en presencia de Dios y de nuestros testigos.
Anna entró un poco más en la capilla para verle la cara.
—Bien dicho, pero tengo que decirte algo, herma... Gabriel, algo que quizá te haga retirar el juramento que hiciste por desconocimiento, pero que no puedo callar porque sería una vileza. Es mejor que nuestro hijo sea bastardo que darle una madre sin honor.
Oyéndose, le sorprendió hasta qué punto el pequeño discurso podía haber sido pronunciado por su abuelo.
Se tocó la cruz del collar, palpando las puntas de la estrella. ¿Se fiaba bastante de Gabriel para decírselo? Su orden había perseguido a los judíos durante mucho tiempo. El simple hecho de tener sangre judía la exponía a ser expulsada de Inglaterra, su único hogar. Sin embargo, ¿cómo podía casarse con Gabriel llevando en la conciencia un secreto de aquellas características? Sería pecar de hipócrita, ella que le había censurado a él por su engaño... Casi deseó que la abadesa no se lo hubiera contado.
—Mi abuela era judía.
Observó atentamente a Gabriel, por si se delataba frunciendo el entrecejo o arrugando la frente, pero lo único que vio fue un levísimo temblor en un párpado. Su mirada se mantuvo igual de firme, directa y franca.
—Mi madre era prostituta y mi padre un fraile corrupto, incluso para los criterios de la propia Iglesia. ¿Qué tienen que ver con nosotros?
—Tienen mucho que ver con nosotros —contestó ella serenamente. Sus palabras estaban limpias de amargura, a causa de la prontitud de la respuesta de Gabriel—. Tenemos que entender de dónde venimos para saber adónde vamos.
—Entonces, ¿se lo dirás a nuestro hijo? ¿Le dirás que tiene sangre judía?
De repente, Anna volvió a ver al niño judío junto a la muralla de Judenstadt, con su ridículo sombrero y con sus lágrimas. También oyó las burlas de los otros niños.
—No..., no lo sé. Duele tanto saberlo...
—Lo decidiremos juntos —dijo él.
«Juntos.» ¡Qué ganas de creérselo!
—Tú no te fías de mí —dijo Gabriel—, te lo veo en la cara. Pero te ruego que recuerdes que no era yo el único disfrazado, Anna. Tú no eras viuda. Lo que tomé aquella noche, en nuestro pequeño nido de amor de la rue de Saint Luc, fue la virtud de una doncella.
Anna quiso explicarse, pero él levantó una mano.
—Soy consciente de que entre tú y yo deben pasar muchas cosas antes de que pueda nacer la confianza. Ya te prometí que no exigiré el pago de la deuda matrimonial, ni seré yo quien la pague antes de que haya vuelto a instalarse la confianza entre los dos.
Toda la capilla olía a flores de manzano. Anna se sentó al lado de Gabriel, en el único banco.
—Yo no tengo dote —dijo.
Él se rió.
—Ni yo otras riquezas que ofrecerte que lo que hay dentro de mi corazón, mi mano y mi cabeza. Lo único que aporto al matrimonio es la ropa que llevo puesta, y la compró la Iglesia que tanto desprecio te merece.
Fuera se oyeron varias voces, que los llamaban.
Gabriel llevó a Anna hasta los escalones de piedra gris de la capilla, donde pronunciarían los votos matrimoniales antes de volver a entrar para celebrar su primera misa como marido y mujer. Era donde los esperaba el cura lolardo, junto a lady Joan y lord Cobham. También estaba la abadesa, apoyada en el brazo de sir John, con su fino velo negro. Anna no le veía los ojos. El público se reducía a un pequeño grupo de campesinos y labriegos de la zona. Casi todo el mundo estaba viendo los misterios de Pascua interpretados en el salón gremial de Rochester.
El cura carraspeó.
—¿Ya se han hecho públicas las amonestaciones?
Fue lady Cobham quien respondió.
—No ha sido necesario. La novia es extranjera. Podéis empezar, padre.
Pareció que el lolardo fuera a replicar, pero al final se lo pensó mejor.
—En tal caso, ¿hay alguien entre los presentes que vea algún impedimento para este matrimonio?
Ni un solo murmullo.
—Veo que la pareja es mayor de edad —dijo el cura—. ¿Juráis no estar ligados por el grado prohibido de consanguinidad?
—Lo juramos, padre —dijo Gabriel.
—Tú, Anna de Praga, ¿consientes libremente a este matrimonio?
—Sí —asintió ella.
—Tú, Gabriel, hijo de fraile, ¿ingresas libremente y por tu propio albedrío en el lazo sagrado del matrimonio con Anna de Praga?
La mención de Gabriel como hijo de fraile despertó murmullos entre el público de campesinos y criados. En algunas caras se dibujó una sonrisa cómplice, que parecía decir: «Otro».
—Sí —dijo.
—Pues entonces juntad las manos derechas. Gabriel, ¿has traído un anillo en señal de compromiso?
Él mostró el anillo —otro regalo de lady Cobham, que al entregarle la alianza de plata con incrustaciones de granate le había dicho: «Tomad, que necesitaréis un anillo», como si fuera cualquier fruslería—. Se lo dio al cura, que lo levantó antes de deslizarlo por los tres primeros dedos de Anna a la vez que recitaba:
—En nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
Y lo dejó en el tercer dedo de la mano izquierda, que temblaba.
A continuación, el cura pronunció una breve homilía sobre la santidad del matrimonio, pero Anna estaba demasiado nerviosa para prestar atención a sus palabras. No hacía otra cosa que azorarse por tener a un niño creciendo en sus entrañas y por estarse entregando a un desconocido que representaba todo lo que le había enseñado su abuelo a despreciar.
Tuvo ganas de ver la cara de su abuela detrás del velo, pero ¿no cabía interpretar como consentimiento el hecho de que no hubiera hecho nada para detenerla? ¿No era su presencia una señal de aprobación?
Gabriel le sostuvo un poco la mano. Anna se dio cuenta de que tenía la palma sudorosa y le pareció entrañable, sin saber por qué. Levantó la vista para ver su expresión, pero él no miraba a su esposa, sino al cura. Estaba escuchando la homilía.
De repente, ya había terminado todo. Penetraron en la capilla cubierta de flores para arrodillarse ante el altar y comulgar por vez primera como marido y mujer. Cuando el cura le ofreció a Anna no sólo la hostia, sino la copa, Gabriel puso cara de sorpresa y abrió la boca como si quisiera decir algo. Ella tuvo miedo de que opusiera algún reparo. Sabía que la Iglesia romana no daba la copa a los laicos. Eran los sacerdotes los únicos que tenían permiso para beber el vino. Eso en Praga había sido un motivo de grandes discordias. Sin embargo, el novio cerró la boca y no dijo ni una sola palabra mientras Anna bebía la sangre de Cristo.
Al final de la misa, el cura dio la paz a Gabriel con un beso en la mejilla. Él se la dio a su mujer. El roce de sus labios fue tan leve que Anna apenas pudo sentirlo.