La comerciante de libros
Capítulo XXVII
Y ahora estoy sola. Mi cintura
no puedo ya, por desventura,
con cinto retener,
los bellos frutos del amor
ya no se pueden esconder.
Los bellos frutos del amor
(poema francés del siglo XII)
En la casita de invitados de la abadía, el hermano Gabriel comía sin hambre el capón asado que había encima de la mesa a la que estaban sentados frente a frente él y el comisionado Flemmynge. Vio con asco que el clérigo arrastraba una manga muy plisada por el pecho del ave, para estirar con los dedos grasientos una pata y ofrecérsela sin gran entusiasmo a su comensal. El hermano Gabriel la rechazó. Últimamente no tenía mucho apetito. Todo arrancaba de su partida de la abadía de Battle y de su conversación con la señora Clare.
—Me alegro del encuentro —dijo el visitante, entre ruidos sonoros de lengua y labios—. El arzobispo me pidió que pasara a veros. Está preocupado por vuestra salud desde el fallecimiento de vuestro padre confesor.
Gabriel creyó percibir cierto énfasis en la palabra «padre», a menos que fueran imaginaciones suyas... ¿Sería el último en saber que era el hijo bastardo del hermano Francis? No, no era el último en saberlo. Saberlo, no lo sabía nadie. No había nada que saber, porque eran simples chismorreos nacidos en la mente de una criada amargada. Sólo de pensarlo, se le apareció de nuevo la mandíbula tensa de la señora Clare al pronunciar las palabras «sois su hijo natural».
Pero ¿cómo estar seguro de que era mentira? Recordó el consejo del padre Francis respecto a sus urgencias carnales, y el dolor de cadera le hizo cambiar de postura en la silla.
—La muerte del hermano Francis fue una gran pérdida —dijo finalmente—. No era un simple confesor, sino mi padre espiritual. —Cambió de tema—. ¿Oísteis que su eminencia manifestaba de viva voz su preocupación por mí?
—Si no me equivoco, sus palabras exactas fueron que no le gustaba nada ver perder de vista su misión a un hombre con una carrera tan prometedora dentro de la Iglesia.
Flemmynge se relamió como si degustase algo más que el sabor del ave asada.
—¿Especificó alguna omisión del deber en apoyo de su consideración de que yo estaba «perdiendo de vista mi misión»?
—Tras mucho tiempo en Francia y mucho dinero gastado, apenas habéis descubierto pruebas sobre el origen de los manuscritos heréticos que difunde lord Cobham.
Gabriel no se llevó ninguna sorpresa. Ya se lo había dicho el arzobispo. Su respuesta fue la misma que entonces.
—Al no encontrar ninguna fuente que pudiera suministrar una cantidad tan grande como la que necesitaría sir John para sus exportaciones al continente, descarté a los copistas franceses.
—Razón de más para buscar más cerca.
«Que es por lo que has venido», pensó Gabriel. Se medraba menos condenando a herejes muertos como Wycliffe que quemando a herejes vivos.
Flemmynge rebañó el pan en la salsa que había debajo de la carcasa del capón. Cuando se le cayeron algunas gotas en el cuello de encaje, se las limpió con uno de sus dedos, cargados de anillos.
—¿Debo entender que habéis terminado con vuestras pesquisas en Francia? ¿Pensáis regresar?
—No tengo ningún motivo para volver a Francia.
—Pues entonces habrá que registrar la campiña de nuestro país en busca de copistas herejes. —Flemmynge se sacó un trozo de tendón de entre los dientes y lo dejó sobre la tela que cubría la plancha de madera—. Lo lógico sería empezar por aquí mismo, mañana por la mañana. Si es cierto lo que me ha dicho esa monja gorda y vieja, es posible que encontremos un par de textos de contrabando. Sería una fuente lógica, ¿no? Aquí, tan cerca de sir John...
Gabriel sacudió la cabeza.
—Esta abadía es demasiado pequeña. No descarto que hayan copiado por encargo algún que otro salterio en inglés, pero dadme el nombre de un scriptorium que no lo haya hecho... Es una de las razones de que viniera, pero no he encontrado nada sospechoso. De todos modos, lo podréis comprobar vos mismo por la mañana.
Gabriel cambió de postura, para que no le doliese tanto la cadera. Era como un hilo de fuego que cruzaba toda su pierna izquierda.
—Siempre y cuando no los hayan escondido todos... De una mujer que se tapa la cara con un velo, yo no me fío nada. Además, la monja vieja ha dicho que...
—¿La hermana Agatha? Sólo busca atención. Os aseguro que aquí no hay nada, Flemmynge. La abadesa siempre va con velo para taparse antiguas cicatrices. Además, por muy erguida que camine, ya está vieja, demasiado para dirigir una fábrica de herejías. Todas las hermanas son devotas. Dejadlas con sus rezos y sus garabatos. No perdáis el tiempo cazando un conejo en su madriguera.
—Entonces, ¿por qué habéis vuelto?
—Porque es lo más cerca que puedo estar de sir John sin alojarme en el castillo de Cooling, donde, por otro lado, no me quiere lady Joan... Y a decir verdad, desde que...
No podía decir «desde que seduje y abandoné a una mujer», aunque el término más indicado fuera aquél, «abandonar», puesto que ya sabía que no regresaría a Francia... ¡Qué egoístas eran sus sueños de VanClef y su amante! Estaba decidido a no seguir los pasos de su padre, engendrando a un hijo bastardo a expensas de una mujer inocente. Al menos después de la primera vez había tenido la prudencia de retirarse en el momento decisivo. Tampoco pensaba negarle al verdadero esposo que encontraría en otro hombre, más merecedor de ello.
—Desde que se murió el hermano Francis, estar aquí, entre las hermanas, me procura un consuelo difícil de explicar —dijo, levantándose—. Y ahora, si me perdonáis... —Señaló con la cabeza el camastro del rincón—. Espero que durmáis bien. Yo trataré de conciliar el sueño por mi cuenta.
Flemmynge frunció el entrecejo.
—No es que sea el colmo del lujo.
—No, pero comprobaréis que están limpias las sábanas y el colchón bien aireado. La abadesa es una buena administradora, a pesar de su edad. Desayunaremos juntos después de laudes y os acompañaré al scriptorium, donde veréis que todo está en orden.
* * * * *
Durante otra noche de vueltas insomnes en su catre, interrumpida en más de una ocasión por la disciplina de su pequeño látigo de nudos —aunque el dolor de cadera ya debería haberle procurado disciplina—, el hermano Gabriel se extrañó de haber intervenido para dar tiempo a la abadesa de esconder sus textos, intervenido e incluso mentido para protegerla... ¿Qué mosca le había picado? Durante sus merodeos nocturnos, mientras dormía la gente de bien, Gabriel había visto brillar la luz de una vela en la ventana de la celda de la abadesa. Oyó el tañido familiar de las campanas que llamaban a maitines, seguido por el ruido de los pies de las hermanas al cruzar el claustro para rezar con voces soñolientas en la fría capilla.
Nada, que no se dormía.
Tenía la cabeza llena de preguntas y de ansias en torno a dos mujeres. Dos caras se pintaban en sus párpados cerrados: una enmarcada por cabellos dorados y la otra por cabellos pelirrojos. Una borrosa y fantasmal, como un recuerdo lejano, sin facciones claras que pudieran componer un retrato; la otra tan nítida como los sueños inquietos de la noche anterior y con un brillo de lágrimas no vertidas en los ojos. Una de ellas, el ansia de su corazón, y la otra, un ansia en lo más hondo de su alma.
Al menos una de las dos estaba sana y salva en la casita de la rue de Saint Luc. Tarde o temprano olvidaría al mercader de Flandes.
En cuanto a la otra... «Jane Paul está muerta», había dicho la señora Clare. Aún veía el brillo de certeza en sus ojos al decirlo.
* * * * *
—Eres de los nuestros. Por fin estás en casa —dijo sir John cuando Anna le explicó su largo viaje después de la persecución en Praga, la promesa a su abuelo en el lecho de muerte y la muerte de Martin, a quien todavía llamaba su esposo. (Se había acostumbrado tanto a la mentira de su viudez, que aún se aferraba a ella.)
—Yo sólo conocía a tu abuelo por su reputación, pero a juzgar por ella sirvió bien a la causa de nuestro Señor. Tú y tu hijo os quedaréis aquí todo el tiempo que queráis, aunque temo que tu abuelo sobrestimase la tolerancia de Inglaterra a la causa.
Lady Joan frunció el entrecejo.
—Posiblemente no sea el único en sobrestimarla.
Había atendido en silencio a las explicaciones sin dejar de mirar a Bek, que desde que volvía a estar con Anna parecía conformarse con estar sentado junto al fuego en un camastro, moviendo un poco los brazos y las piernas, y canturreando en voz baja mientras daba golpecitos en el suelo con los dedos. La mirada de lady Joan se posó en Anna.
—¿Tu hijo ya nació con esta dolencia?
—No le parí yo. Le adopté..., le adoptamos. Le habían abandonado.
Bastaba con una mentira. ¿Para qué otra?
—Me alegro de que no le parieses tú. Debe de ser una gran carga para una mujer sola. Tu caridad merece todos los elogios.
—No es ninguna carga. Me siento bien cuidándole, y ya que Dios le puso a mi cuidado, es tan hijo mío como si le hubiera dado a luz.
Las cejas de lady Cobham se arquearon.
—No quería ofenderte. Según John, tengo tendencia a ser demasiado directa. Lo decía porque, teniendo en cuenta tu estado, podrías preocuparte más por el hijo que llevas en tus entrañas en caso de que su hermano...
Abrió mucho los ojos, y después de mirar algunas veces a sir John y Anna, esbozó una sonrisa.
—Ah, pero ¿no lo sabes? John, creo que nuestra joven viuda no sabe que su marido le dejó algo más que un recuerdo.
—No entiendo lo que... ¿Un hijo? No, imposible...
Y, sin embargo, en el mismo momento de decirlo Anna ya supo que no era imposible, sino un temor presente con insidia en sus pensamientos, pero al que no sabía enfrentarse, y que por ello no había hecho nada más que silenciar. Todo aquel cansancio, las náuseas al despertar, que últimamente no se le pasaban, los dos meses seguidos sin regla... Vio copiados los síntomas en una página de La enfermedad de las mujeres. Sin embargo, en el manual también ponía que en períodos de hambre, adversidad o pena, las reglas podían ser irregulares, y ella, como mínimo, podía alegar lo tercero.
¡Menos mal que les había dicho que era viuda! ¿La habrían echado si supieran la verdad: que había yacido con un hombre fuera del matrimonio y que era muy posible que llevara su simiente en las entrañas?
—¿Cuándo dices que mataron a tu marido?
Hizo un cálculo mental rápido. Julio. Seis meses. Para entonces ya se le notaría muchísimo.
—En octubre —volvió a mentir.
Ella y VanClef habían estado juntos por primera vez a principios de noviembre, en el cuartito de la rue de Saint Luc. Tres meses. No les había contado nada sobre el interludio de Reims. Creerían que el viaje que había tardado seis meses en hacer se podía cumplir en tres. En principio, Anna tenía que estar de tres meses. En realidad, no habían pasado ni siquiera dos meses desde su primera noche con VanClef. Siempre y cuando fuera cierto... Dios, por favor, que no lo fuera... Por el bien del niño... Pero una parte de ella deseaba que fuera verdad. Más de lo que había deseado nada en toda su vida. ¡Qué insensatez!
—Huí de Praga dos semanas después de su muerte —explicó, diciéndose que al menos eso no era mentira.
Sir John se rió entre dientes, mirándose con lady Joan.
A Anna aún le daba vueltas la cabeza por el esfuerzo de calcular tan deprisa.
—Esperaba ganarme la vida con la pluma —dijo—. Soy buena copista. He copiado muchos textos en latín, en inglés y hasta en checo para mi abuelo. Conozco bien los textos de Wycliffe. Algunos los puedo escribir de memoria.
—¡Conque sabes leer y escribir!
—Hasta un poco de alemán y francés. Copiábamos para todo tipo de gente.
Sir John silbó por lo bajo y miró a su mujer.
—Parece, esposa mía, que el Señor nos ha enviado la respuesta a nuestras oraciones. —Volvió a mirar a Anna—. Mañana te llevaré a una abadía de los alrededores, donde es posible que estés más segura que con nosotros. —Frunció el ceño, convirtiendo sus cejas en signos de interrogación peludos—. La abadesa es una adepta de la verdadera fe. Tú estarás fuera de peligro y ella orientará tu labor para que sea del máximo provecho.
—¡Mañana! Ni hablar. No saldrá hasta haber descansado. Está exhausta de tanto llorar, sufrir y viajar. ¡Y no hablemos de cuidarle a él!
Lady Joan sonrió tímidamente a Bek, incómoda (como tanta gente en su presencia, pensó Anna). El niño le devolvió efusivamente la sonrisa, mientras su cabeza oscilaba como una flor al viento.
—Os entiende. No es sordo. Le caéis bien, y está agradecido por vuestra hospitalidad. Igual que yo.
—Ya... Bueno, a mí también me cae bien —dijo lady Cobham con un tono tan forzado que estuvo a punto de hacer reír a Anna.
Después le acarició el pelo rubio, como si llevase una corona de acebo lleno de pinchos.
—Seguro que nos haremos muy amigos. —Indicó a su marido que la siguiera—. Bueno, os dejamos descansar, pero no te preocupes, que estás en tu casa. Cuando estés bastante fuerte, te llevaremos a la abadía. Te gustará la abadesa. Según mi marido, es una auténtica santa. Y una mujer instruida, como tú.
Anna sólo se dio cuenta de la suntuosidad de la habitación de lady Cobham después de que se fueran ella y su marido. La bondad de la dama era mayor de lo que traslucían sus modales.
—¿Lo has oído, Bek? Ha dicho lady Cobham que estamos en nuestra casa.
—Casa, casa, An-na, casa.
En su camastro, frente a la chimenea, Bek canturreaba en voz baja y musical, adormeciendo a Anna con una especie de canción de cuna, pero ella no se sentía en casa. Lord Cobham acababa de decir que se los llevaría a una abadía. Se preguntó si esperarían que llamase «madre» a la abadesa. Era una palabra que jamás había usado.
* * * * *
—Hoy no, John —decía lady Joan cada mañana que sir John asomaba su cabeza en el dormitorio de la señora del castillo, donde las dos mujeres picaban galletas de miel mientras hablaban del pasado de Anna.
Lady Cobham tenía muchísimas preguntas sobre Praga y el movimiento lolardo en aquella ciudad. Su cara había reflejado una gran inquietud al enterarse por boca de Anna de que habían decapitado a varios estudiantes por quemar la bula papal que otorgaba el derecho de vender indulgencias.
—Anna se tiene que recuperar del viaje, y además estoy disfrutando de un poco de compañía femenina. Venga, vete a tus justas, a tu caza o a lo que hagas cuando me abandonas. ¡Ah!, y encárgate de que el niño esté alimentado y acompañado.
Sir John puso mala cara, pero le dio un beso en la mejilla. Anna se ruborizó al darse cuenta de que pellizcaba discretamente el trasero a su mujer, deslizando la mano por debajo de la sobreveste. Otra cosa que tampoco se le pasó por alto fueron las miradas cómplices del matrimonio, como una conversación sin palabras. Envidió su intimidad. Sus pensamientos le tendieron una trampa, sustituyendo la cara redonda de sir John por la de VanClef.
—Creo que iría siendo hora de bajar el ramo de los druidas. Rompe tu sortilegio de brujas. Si no, ¿cómo quieres que me vaya?
—Lo quitaré el día de Reyes. Cualquier otra cosa traería mala suerte. Y ahora vete.
Anna se ruborizó otra vez. Lady Joan ya le había explicado la función del ramillete de muérdago que estaba colgado encima de la cama. Desde la segunda noche, Anna dormía en otro cuarto, pequeño y muy bonito, pero bastante cerca para oír de vez en cuando risas y gemidos cuando todos dormían en el castillo.
—Es un simple cuarto de criadas, pero cómodo. Te quiero cerca.
«Para tenerme vigilada», pensó Anna, aunque enseguida se sintió culpable por pensar que lady Cobham no se fiaba del todo de ella. Quizá fuera el recuerdo de Lela, que le hacía ver celos bajo las largas pestañas de la dama, en sus ojos de gata.
—Bueno, señora mía —dijo lady Joan cuando acabó por irse sir John—, vamos a buscarte ropa para la fiesta de esta noche.
Era la noche de Reyes. Ya estaban montadas las tablas en el gran salón, no sólo para los habitantes del castillo de Cooling, sino para visitantes del clero y la nobleza. Anna no sabía muy bien qué esperar. ¿Clero lolardo o romano? Porque seguro que sir John no tenía el atrevimiento de mezclarlos... En cuanto a la nobleza, era un concepto completamente ajeno a la educación igualitaria de Anna.
Lo más cerca que habían estado ella y su abuelo de recibir a dignatarios había sido la visita de Jan Hus. Sin embargo, aunque por aquel entonces el rector de la Universidad de Praga predicase cada domingo ante miles de personas en Betlémská kaple, su presencia en la sala de estar de la casita de Dĕdeček le convertía en uno más. Todos eran iguales en las reuniones de la plaza de la Ciudad Vieja, y si a algunos, como Hus, Finn el Iluminador o maese Jerome, se les respetaba más, era porque se lo habían ganado.
No como en el castillo. Anna desconocía las leyes de un lugar donde algunas personas nacían para dirigir y otras no, donde algunas recibían homenajes no merecidos y otras de mayor valía los rendían. En Cooling, Anna sentía una gran incomodidad social.
—Mi señora... —le parecía tan poco natural decirlo... ¿Por qué no «señora Joan» a secas?—, si a vos no os importa, preferiría no asistir a la fiesta.
—¿«Preferirías»?
¿Por qué temblaban las comisuras de la boca de lady Joan como si Anna fuera una niña o una tonta sin derecho a expresar preferencias?
—Pues sí que me importa. Quiero presumir de lo guapa que es mi pupila, porque es como te llamaré, pupila. Así podrás sentarte en el estrado por encima de la sal, y nadie se atreverá a poner en duda tus derechos. Gozarás de la protección de sir John Oldcastle, lord Cobham... —Y añadió en voz baja—: Aunque esa protección pueda acabar siendo un escudo con muy poco de infalible.
Anna supo que se refería a la causa lolarda. En eso su abuelo, a quien siempre había considerado el hombre más sabio de la tierra, se equivocaba. Inglaterra no era más segura que Praga para el movimiento lolardo. Tal vez lo contrario.
Joan abrió el arcón de madera y sacó una hopalanda de damasco de color crema claro. Sacudió con energía la falda de cola, haciendo caer al suelo trocitos de lavanda. Después frunció el entrecejo y tiró la prenda al suelo.
—No, creo que es mejor este otro.
La sobreveste era de un brocado verde muy suntuoso. Metió las manos en el arcón y sacó un corpiño de terciopelo verde con mangas muy largas y lazos.
—Se le tendrán que hacer unos arreglos. Tienes el pecho más pequeño que yo y el trasero también. Quizá haya que bajar el dobladillo. ¡Hüda, ve a buscar hilo y aguja! —le dijo a la criada. Puso en la cabeza de su pupila una toca con cuernos y un velo de gasa, pero al final, para alivio de Anna, prefirió una diadema pequeña de metal—. Con tanto pelo no te hace falta casi nada en la cabeza. Oye, ¿de dónde te viene ser tan pelirroja?
—Según mi abuelo, de un tío, junto a lo que él llamaba «un carácter a veces un poco tumultuoso».
Casi oyó la voz de Dĕdeček. El recuerdo le hizo un nudo en la garganta.
Una vez que el vestido cumplió los exigentes requisitos de lady Joan, Anna se puso delante del espejo de cuerpo entero de la habitación. Se sentía incómoda y demasiado engalanada con tantas capas de la mejor tela. En cambio, quien estaba claro que disfrutaba era lady Joan, que se dejó caer en el banco más próximo, sobre un montón de cojines, y le hizo señas de que diera una vuelta completa.
—Así está bien —dijo.
Una vez más se le contrajeron las comisuras de la boca en una sonrisa irreprimible, medio de diversión, medio de burla.
Mientras Anna se deshacía los lazos y salía de la pesada hopalanda de brocado, sintió el calor del examen de lady Joan.
—Una última cosa antes de vestirte. Toma.
Lady Joan le tendió un vasito casi transparente. Anna nunca había visto nada igual fuera de los altares. Tenía más de cuenco que de vaso, con la boca ancha.
Lo miró sin entender.
—No es para beber. Es para hacer pipí.
¿Oía bien?
—Queréis decir...
—Ve al retrete y haz pipí en este vaso. Es para saber si mantendrás tu cinturita o no.
Anna sintió que se ruborizaba. Llevaba unos días muy recuperada. Casi no tenía mareos, excepto al despertar. Estaba segura o casi. Cada día, cada hora, cada minuto, rezaba para que así fuera, y le prometía a Dios vivir castamente el resto de su vida.
—Pero si me siento muy bien de salud...
—¿Has vuelto a sangrar?
—No, eso no, pero tampoco llevo la cuenta...
La boca de lady Joan se contrajo otra vez.
—Coge el vaso.
—Pero ¿cómo...?
—¿Nunca has oído hablar de los «profetas del pis»?
—¿Gente que adivina el futuro mirando la orina?
—Más o menos. En todo caso tu futuro. Algunos médicos dicen poder averiguar el estado del cuerpo de las personas a partir del olor, el aspecto y hasta el sabor de su orina.
—¿Queréis decir que es posible...?
—Antes de que naciera mi último hijo, un médico miró mi orina y predijo que estaba embarazada.
—Pero nosotras... ¿Vos podéis leerlo?
—Me fijé. Siempre me fijo en todo. —Lady Joan cogió la mano de Anna y se la puso alrededor del cuenco—. Toma. Ahora lo veremos.
Al coger el vasito, Anna pensó que se parecía mucho al cáliz, la gran copa que se había convertido en el símbolo del movimiento lolardo en Bohemia, como señal del derecho que tenían todos (no sólo los curas) de coger el vaso de la sangre de Cristo. Ahuyentó la imagen para no profanar la copa mental, aun sabiendo que sólo era una imagen y que las imágenes carecían de cualquier santidad. A pesar de todo, se sonrojó al llevarse la copa al retrete. De momento albergaba preocupaciones más alarmantes que el buen y mal uso de los iconos sagrados. Gilberto no hacía ningún comentario sobre que la orina de las embarazadas fuera distinta.
Una vez cumplida la tarea, devolvió el vaso a lady Joan, que tuvo cuidado de no verter su contenido al examinarlo.
—No pensaréis...
—¿Probarla? No.
Mientras miraba y esperaba, Anna elevó mentalmente súplicas al cielo, invocando por enésima vez sus votos de castidad y sintiéndose ridícula.
Al parecer Dios no estaba de humor para pactos.
—Color limón claro, tirando a blanquecino y turbio por encima —recitó lady Joan.
Anna se olvidó de respirar.
—Pues sí, querida, parece que tu marido te dejó algo más que su recuerdo.