La comerciante de libros
Capítulo XX
A la hechicera no la dejarás con vida.
Éxodo, 12:18
Gabriel respiró hondo, llenándose los pulmones con el aire frío de la mañana. La lluvia de la noche había limpiado las cloacas que fluían a ambos lados de los adoquines. Una brisa suave hacía temblar las hojas amontonadas en la esquina de la plaza por los barrenderos, y luego las dispersaba a los pies de Gabriel como monedas de plata. Un día glorioso.
No encontraba ninguna explicación lógica para su sensación de euforia. Para empezar, no había dormido nada bien. Después de dar vueltas toda la noche, pensando en la librera y su hijo, y en que dormían bajo el mismo techo, se había levantado de una cama incómoda —aunque hasta entonces no lo hubiera sido, sino todo lo contrario—, y en el momento de salir al sol de la mañana se había encontrado con la sensación de estar más vivo que nunca. O más despierto. Le habría encantado poder parar el tiempo justo entonces; no, no en la plaza soleada, sino la noche anterior, a la suave luz de las velas del espacio íntimo donde por primera vez en su vida adulta había sentido que se le avivaba el alma a causa de la presencia de una mujer.
Ya debería haber emprendido el viaje a París para poner punto final a la misión del arzobispo. Mejor dicho, ya debería haber estado en París, haber concluido la investigación y estar de regreso en Inglaterra para entregarle a Arundel todas las pruebas incriminatorias que hubiera hallado en contra de lord Cobham. De momento no tenía ninguna. Sin embargo, estaba resuelto a no presentar ninguna prueba obtenida de Anna Bookman, aun a riesgo de volver con las manos vacías. No pensaba involucrarla en la conspiración herética. Cogería la traducción del evangelio, la avisaría de que no hiciera ninguna más para nadie y quemaría la suya. La había asustado al hablar de herejías. Se lo había visto en los ojos. Esperó haberle dado bastante miedo como para que no se dedicara a ir por el mundo soltando absurdas parrafadas lolardas.
Miró la plaza pulida por el sol, protegiéndose los ojos con la mano mientras buscaba en su memoria. Sí, ahí estaba, justo al principio de la calle estrecha y sinuosa que llevaba a la rue de Vesle. Junto al poste con franjas rojas del barbero, rechinaba en sus goznes un cartel de carpintero exquisitamente labrado. La puerta estaba abierta. Si se daba prisa, podría volver a la casita antes de que se fuera Anna. Todavía era temprano. En el puesto de libros no había nadie. De hecho, casi no había nadie en toda la plaza, salvo unos cuantos verduleros que formaban grandes montañas de hortalizas en sus puestos y algunos fieles que llegaban tarde a misa en Notre Dame. Verles le dio remordimientos de conciencia. Su primer pensamiento al despertarse no había sido pronunciar el oficio divino, sino aquel encargo. Por lo que parecía, no era la ropa de cura lo único que se había quitado, sino también su identidad como tal. Se prometió confesar su descuido y hacer penitencia lo antes posible.
Al entrar en el taller del carpintero y agacharse para no chocar con el enorme tronco escuadrado que servía de dintel, tuvo un momento de vacilación, mientras se le acostumbraba la vista a la oscuridad. Olía a resina fresca de pino y sus zapatillas de cuero pisaban una capa de virutas de madera recién afeitadas. El tallista, un hombre de cierta edad con un grueso delantal de cuero, apartó la mirada del aprendiz a quien estaba instruyendo en el uso del torno y saludó con un gruñido a su cliente.
—Necesito un tipo especial de carretilla, para que quepa un niño de unos seis años —dijo Gabriel con su francés parsimonioso, indicando con gestos el tamaño y la forma que deseaba.
—Oui, oui.
El carpintero buscó un carboncillo en el bolsillo de su delantal, y al encontrarlo esbozó una versión en miniatura de un carrito de dos ruedas.
—Quatre roues petites —contestó Gabriel, señalando las ruedas y separando las manos para indicar que el carro debía estar más cerca del suelo, y las cuatro ruedas, que no dos, tenían que ser más pequeñas.
Señaló el mango, y como no se acordaba de cómo se decía «timón» explicó con gestos que debía estar hecho para que Anna pudiera arrastrarlo, pero también para poder replegarlo en el carro y engancharlo a las ruedas de delante. Así el pequeño Bek podría guiarse con una mano a la vez que se empujaba con la otra. Gabriel estaba seguro de que aprendería a hacerlo. El niño tenía las extremidades debilitadas por un uso erróneo, pero el ejercicio fortalecería los músculos de la espalda y los brazos. A juzgar por su manera de agitarlos, dando golpes a todo lo que tuviera cerca, era evidente que le sobraba fuerza y energía, aunque también tenía cierto control. Gabriel había observado que no daba golpes en el pecho de Anna cuando estaba sentado en su regazo. Se quedaba tan quieto como un niño la mitad de alto en brazos de su madre. Dentro de aquella cabeza había una inteligencia que pugnaba por salir. De eso estaba convencido. Una inteligencia que quizá pudiera liberarse con los debidos cuidados y atenciones.
El carpintero se rascó la cabeza, consternado.
—S'il vous plait —dijo Gabriel, cogiendo el papel para encargarse él mismo del dibujo.
El carpintero dejó de rascarse la cabeza y entornó un poco los ojos.
—Oui, je vois —dijo—. Après-demain.
«Pasado mañana.»
—Après-demain —repitió Gabriel—. Merci.
No se acordó hasta después de salir de la carpintería de que ¡ni siquiera le había preguntado el precio! Pero al cuerno con el precio. A fin de cuentas, el carro era un acto de caridad para un niño enfermo. Un niño a quien Dios había puesto en su camino.
«¿Y qué me dices de Anna Bookman, fray Gabriel? ¿También la ha puesto Dios en tu camino? ¿Para que la salves de la herejía? ¿No será para poner a prueba tu firmeza?» Pero no; a pesar de su conversación con el padre Francis, él estaba resuelto a no ser como tantos (demasiados) de sus hermanos. Él no sucumbiría a las tentaciones carnales del diablo. Había hecho un voto sagrado y pensaba mantenerlo.
Ya se había resistido a otras mujeres, empezando por la coqueta del barco de Inglaterra a Francia y siguiendo por todas las que en Reims miraban de soslayo su roja túnica de mercader. Anna Bookman era una mujer muy guapa, pero de mujeres guapas Reims estaba llena. No; si Dios había puesto en su camino a Anna Bookman, Gabriel estaba seguro de que era para salvarla del herético camino que había elegido. Tal vez no pudiera cambiar la teología de la joven, pero como mínimo podía protegerla de la hoguera; si no por otra cosa, por el bien de su hijo.
* * * * *
Justo cuando Anna empezaba a pensar en recoger la mercancía e irse a casa, a su nuevo alojamiento, oyó un tumulto de gritos y voces que llegaba del río. Estaba en la plaza desde media mañana, pero sólo había tenido un cliente. El mercado estaba prácticamente vacío. Ya hacía tiempo que se habían ido los verduleros, tan madrugadores como prestos en marcharse. La sombra de la catedral ya se cernía sobre la segunda marca situada a la derecha del punto más alto del reloj de sol. Sin embargo, a pesar de la mala marcha del negocio, Anna se había quedado con la esperanza de que VanClef pasara por el puesto. Pensaba decirle que el pequeño Bek no era hijo suyo, que sólo se lo cuidaba a una peregrina que tardaría poco tiempo en irse. Por la noche, después de que VanClef saliera de la habitación, se había quedado despierta mucho tiempo, pensando en cómo decírselo. Era sencillo y era la verdad.
Eran gritos lejanos, como si llegaran de la puerta de Marte, la antigua ruina romana donde jugaban los niños a corre que te pillo en las tardes de sol. Anna aguzó la vista.
En aquel momento, las únicas que se perseguían eran unas cuantas hojas secas, empujadas por el mismo vientecillo que le ponía la carne de gallina bajo las mangas de su fina capa. Con el calor de agosto no le había parecido que valiera la pena cargar con su pesada capa de lana, y se la había dejado en Praga junto al resto de sus pertenencias. En fin, no era el momento de pensarlo. Prefirió acordarse del cuartito de la rue de Saint Luc, con su acogedor brasero. Cuartito que ahora era el suyo... Si no perdía más tiempo, aún encontraría sol en la ventana y dispondría de bastante luz para seguir traduciendo el evangelio para VanClef, suponiendo que él aún lo quisiera; en caso contrario, ya saldría algún otro comprador.
Decidió pasar por el aprestador. Se acordaba de haber visto uno al llegar a la ciudad, a la orilla del río Vesle, el mismo día de su visita a la abadía de Saint Rémi, para preguntar si el abad necesitaba los servicios de una copista. Era lo que habría hecho su abuelo. Lástima que se hubiera topado con el prior y con su seca respuesta de que los encargos del abad los hacían los monjes en el scriptorium...
De todos modos, el viaje no había sido en balde. Resultaba que cerca del scriptorium había una tienda donde vendían pergaminos y papeles a bajo precio, usados aquella misma noche para falsificar la autorización del gremio. También encontró otra cosa: un taller de aprestador. Quedaba a menos de un kilómetro de la catedral, cerca de la rue de Vesle. Seguro que encontraba alguna capa barata pero respetable, dejada y no recuperada por algún peregrino para que le quitasen la pelusa. El aprestador se la vendería barata. Quizá no tuviera una capucha bonita con forro de piel, ni la calidad a la que Anna estaba —o había estado acostumbrada, pero la abrigaría durante el invierno, y así no tendría que recurrir a sus reservas de dinero para el viaje.
Cuando entró en la rue de Vesle, el gentío le impidió ver las tiendas. De ahí llegaban los gritos. Se había formado una multitud en la orilla del río. El ambiente era de gran agitación y, a juzgar por las voces, de enfado.
Buscó la entrada de la tienda, pero no se podía ver ninguna. Reconoció a la multitud. No era la primera vez que veía su feo rostro ni que oía sus abucheos. Conocía la escena. Demasiado. Y convenía evitarla.
Al otro lado de la muchedumbre que invadía su orilla, el río Vesle fluía tranquila y sinuosamente entre colinas cubiertas de viñas. Los reflejos del sol jugaban en sus aguas de la misma manera que en las del Vltava el día en que Anna se había encontrado con una masa humana semejante. Se le apareció fugazmente la cabeza de Martin clavada en una pica, con el cielo azul de fondo. Parpadeó para ahuyentar la imagen, decidida a refugiarse corriendo en su cuartito de la rue de Saint-Luc. Ya no se acordaba del recado. Sin embargo, era como si sus piernas tuvieran voluntad propia, porque la llevaron hacia la multitud.
Más cerca.
Cada vez más cerca.
Hasta los bordes del gentío que la succionaba hacia su centro, donde el ajo y el sudor creaban un ambiente casi irrespirable.
Una voz masculina le gritó al oído por detrás:
—C'est une vieille sorcière!
La multitud lo repitió como estribillo: «Sorciére, sorcière...».
Bruja, bruja.
Sólo la rodeaban puños en alto, alientos calientes en su nuca y su cara. No podía respirar de tanta furia y tanta indignación. Tan cerca del río no podía respirar.
«Faites flotter la sorcière!» Haced flotar a la bruja. «Faites flotter la sorcière!»
Se internó por el coro de voces hasta que, sin saber cómo, logró salir al espacio vacío que había entre la gente y la orilla. Dos hombres altos y fornidos, de ropa sencilla y aspecto campesino, empujaban a una vieja y le pasaban por el cuerpo una cuerda de cáñamo para atarle los brazos. Había gente que le tiraba puñados de barro: hombres, mujeres y hasta algunos niños.
El cántico ganó en intensidad. Se hizo más rápido y más exigente. Un coro. «¡Le fleuve, le fleuve!» ¡El río, el río!
Anna no veía la cara de la vieja, pero su ropa de colores vivos, el pañuelo que cubría sus greñas grises y los aros que pendían de sus orejas le eran más familiares de lo que habría querido.
Se acercó hasta colocarse entre la multitud y el río, situación que casi le dio tanto miedo como reconocer de golpe a la vieja.
Quien estaba entre los dos jayanes era Jetta, con la mirada perdida, mascullando a las voces de su mente, como si ni siquiera oyese los gritos amenazadores que llovían sobre ella. Y quien se aferraba a su ropa, quien chillaba con voz penetrante, era el pequeño Bek.
Señalando al pequeño, un hombre gritó:
—Il est le familier de son diable!
El pequeño Bek, familiar de un diablo! ¡Si nunca había existido ser humano con menos de diablo!
Anna corrió y se giró hacia la muchedumbre, gritando:
—Non, non!
Buscó las palabras en francés, buscó la manera de decir lo que fuese para que se dieran cuenta de que la mujer a quien tomaban por una bruja era una simple e inofensiva anciana. Al ver a Anna, que corría hacia ellos, el pequeño Bek cambió sus gritos por una exclamación más conocida, pero no menos aterrada:
—¡An-na, An-na!
Ella le cogió en brazos y le limpió la cara de barro. Jetta hablaba sola. Estaba farfullando sus tonterías de siempre. Cosas de su cabeza. Cuanto más murmuraba, más se enardecía la multitud.
—¡No, no! —exclamó Anna, olvidándose del francés—. No es ninguna bruja. Es una cristiana, como vosotros. ¡Sólo es una peregrina cristiana! Demuéstraselo, Jetta. ¡Rézales el padrenuestro! Reza el Paternoster. Dilo en latín.
La anciana, sin embargo, siguió mascullando las mismas insensateces que hasta entonces, como si no la oyera. Como si Anna no estuviera delante.
—¡Faites flotter la sorcière! Jetez les trois dans le fleuve!
¿A los tres? ¡Pensaban tirarlos a los tres!
«Cállate, Anna», se dijo; «salva al niño». Bajó los brazos para pegarle a su cuerpo. Al buscar algún rostro compasivo entre la multitud u otear alguna vía de escapatoria, reconoció la tienda que había estado buscando, con la puerta abierta, sin nadie en ella. Se acercó despacio, sin soltar al pequeño Bek.
Más tarde se dio cuenta de que había visto algo con los ojos, pero no con el cerebro. Si su cerebro hubiera constatado la presencia de VanClef a cierta distancia de la multitud, le habría llamado para pedirle ayuda, pero no ocurrió lo uno ni lo otro. Todos sus sentidos estaban centrados en Jetta y en sujetar al pequeño Bek mientras le acariciaba la cabeza y procuraba mantener la calma necesaria para pensar. Mientras tanto, los dos hombres levantaron a la anciana, que seguía mascullando para sus adentros, y la arrojaron al río de cabeza, como un tronco.
Todo el mundo dejó de respirar mientras el cuerpo de la anciana se retorcía por los aires como una gaviota a punto de zambullirse y luego hacía trizas la superficie del agua.
Jetta se hundió como una piedra en las gélidas aguas de noviembre.
Seguía sin respirar nadie. Todos estaban pendientes de si flotaría una bruja o se ahogaría una inocente. Anna pensó que esperaban lo primero. Así se alargaría la emoción. Se oyó a sí misma pronunciar en voz alta el nombre de Jetta, la misma Jetta que la había salvado a ella del río.
El río olía a muerte, por los troncos mojados y los montones de pútridos residuos que se acumulaban en sus dos orillas. A ello se añadía el olor acre del miedo.
Pasaron segundos. Horas.
Anna rezó para que ocurriera algún milagro y Jetta sobreviviese, para que Dios mandase a un ángel que la salvara de ahogarse, como había enviado a Jetta para salvarla a ella. «Pero que no sea yo», rezó al acordarse del peso del agua en su piel y de cómo había encerrado el aliento en su cuerpo. Se avergonzó de ser tan cobarde. Despegando de sus faldas al pequeño Bek, se acercó un poco más a la orilla del río.
Hizo lo mismo que todos los demás, contemplar la superficie plácida del agua.
No había ni una sola onda.
A sus espaldas quedaba una sola voz, un himno agudo, dulce y algo tembloroso:
—An-na. An-na. An-na.
Ella dio un paso hacia delante.
—Lástima —masculló el hombre a quien tenía más cerca, uno de los que habían arrojado a la vieja—. No te tires al agua, que si ella era inocente, tú también. —La retuvieron unos brazos, los mismos que acababan de lanzar a Jetta al Vesle—. La corriente es muy rápida y el agua está helada. También te ahogarías. Es la voluntad de Dios.
Si momentos atrás las voces exclamaban «¡bruja, bruja!», ahora su tono era de preocupación, para no agravar la culpa de su injusta persecución. Una ordalía. Juzgar por el diablo, no al diablo.
Anna trató de soltarse mientras seguía mirando fijamente la superficie del agua por si aparecía Jetta. Pero nada, ni rastro, ni la menor señal. La prueba de su inocencia, una inocencia que le concedía morir en el agua y no en el fuego.
Apenas reparó conscientemente en que algo más lejos, junto al río, un hombre separado de la multitud se desvestía hasta quedarse en calzoncillos, dejando amontonados en la orilla su túnica y su capa rojas. Sólo sintió el sobresalto de reconocerle cuando le vio saltar hacia la helada corriente.
¡VanClef!
Cuando la piel del mercader entró en contacto con las frías aguas, el corazón de Anna dejó de latir.
El pañero nadó hacia el centro del río.
Mientras sus músculos luchaban contra la corriente, los de Anna se tensaron.
La cabeza rubia de VanClef desapareció una, dos y tres veces bajo el agua. Los pulmones de Anna se paralizaron. Transcurrió una eternidad. Sin aire. Vacía.
De pronto, se agitó la superficie. Era él, y arrastraba algo. Anna volvió a respirar. Echó a correr hacia la orilla, al encuentro de VanClef, resbalando dos veces en el barro. Su corazón latía con tal fuerza que parecía capaz de romper su jaula de huesos. En su garganta se agolpaban ráfagas breves y convulsas de aire.
El mercader nadó con todas sus fuerzas hacia la orilla, arrastrando a Jetta. Anna ya estaba bastante cerca para ver cómo empezaba a levantar el cuerpo por el margen del río. Era un cuerpo tan flácido que parecía que no tuviera huesos. Un cuerpo inmóvil. Lo único que se movía eran los chorros de agua que se derramaban por su chal y por su pelo gris, antes de correr por el suelo.
—An-na, An-na.
Más pura y tranquila la voz, sin perder dulzura ni agudeza. Anna se giró para comprobar que el niño estuviera bien. Cuando volvió a mirar hacia delante, VanClef aún no había conseguido liberarse por completo del río. Era como si el Vesle se aferrase a él con dedos de hierro, reacio a soltarle.
La gente se fue dispersando, hasta que no quedó nadie para ayudar al mercader flamenco a sacar el cadáver del río. Nadie, excepto Anna. Esta vez no había bajado ningún ángel. El río se había apoderado de la vida que se le debía.
* * * * *
Por la noche, Anna lloró. Era la primera vez en mucho tiempo. Fue después de enviar a VanClef al campamento romaní y de que viniese Bera a buscar el cadáver; después de bañar y dar de comer al pequeño Bek, y de acostarle en la cama. Tapado con el cubrecama de plumas de Anna, rubio, con las pestañas claras, largas y brillantes, y el blanco lechoso de sus mejillas, parecía un ángel.
Cuando llegó Bera en busca del cuerpo de Jetta, Bek se aferró tanto a Anna que ella no tuvo fuerzas para mandarle al campamento. Nunca le había cuidado nadie aparte de ella y Jetta. Para los otros era gadje. Era mahrime. Cuánta inocencia en el mundo. Cuánto dolor.
Pero no fue entonces cuando se le saltaron las lágrimas.
—¿Quién es toda esa gente? —preguntó VanClef al volver del campamento en compañía de Bera, después de que los gitanos se llevaran el cadáver de Jetta en una camilla hecha con dos arbolitos y una tela de seda.
Detrás iba una docena de personas, la «familia»: hombres y mujeres del campamento que expresaban su luto con fuertes alaridos y grandes aspavientos en honor de la muerta, para que no se sintiese ofendida y se les apareciera.
—Son mis amigos —se limitó a decir Anna.
Entonces sí empezó a llorar.
Al principio era un riachuelo, pero tardó muy poco en convertirse en un torrente. Era como si los dos ríos, el Vesle y el Vltava, le hubiesen abierto un manantial en las entrañas.
—Calma, que os pondréis enferma —dijo VanClef, pero Anna no podía parar.
Entonces él la rodeó con sus brazos y se la llevó en silencio de la habitación donde dormía el niño, para que no le despertase con su llanto. Se la llevó a su habitación y se quedaron sentados en la cama hasta que cayó la oscuridad. En vez de levantarse para encender una vela, VanClef siguió estrechándola entre sus brazos mientras el río interior se salía de su cauce. De lo contrario, seguro que Anna se habría roto en pedazos y sus restos se habrían dispersado en la corriente.
El mercader no hizo nada para contener su llanto. Sólo la retuvo entre sus brazos, mientras en su rostro se reflejaba una especie de consternación ante el hecho de que la muerte de un ser tan estrafalario dejase a Anna en un estado de tal desolación.
—Era una mujer buena y amable. No tenía ningún trato con el demonio. Sólo se ganaba la vida adivinando el futuro.
Más que palabras, eran sollozos que no le dejaban respirar.
Él le dio una copa de vino caliente aromatizado con clavo y valeriana.
—Esto os tranquilizará —dijo.
Después de bebérselo, Anna, exhausta, apoyó su cabeza en el pecho de VanClef y cerró los ojos.
Al sentir sus labios en la coronilla, volvió a ser una niña con fiebre, acunada en el hueco de los brazos de Dĕdeček.
* * * * *
Anna se despertó de un sueño inquieto en plena noche. Al principio no sabía dónde estaba. Se habían tumbado los dos en la cama, que era estrecha. VanClef tenía el brazo doblado, con la cabeza de Anna encima, y la mano debajo de la camisa de ella. Su aliento, cálido y húmedo en su cuello, musitaba su nombre. Una luna en tres cuartos daba un lustre de luz a la cama —con tamaño para una sola persona—, resaltando la silueta del cuerpo del mercader bajo la manta. Su mano acariciaba suavemente el pecho de Anna.
«Debería impedírselo —pensó ella—. No es mi marido.» Pero no lo hizo. La niebla de la pena y del vino enturbiaba su cerebro. No tuvo fuerza de voluntad para mover sus brazos y apartarlo. Se le apagó en los labios la protesta que debería haber elevado, reducida a un suspiro.
—Anna... —dijo él, respirando en su cuello—. Anna...
Había tanta necesidad, tanta urgencia en su voz... A ella le encantó oír su nombre en sus labios, henchidos de su aliento. Las manos de VanClef le estiraron la falda con urgencia y se la arremangaron. El mercader cambió un poco de postura, pegando suavemente su cuerpo al de Anna, y empezó a acariciarla, a la vez que le cubría de besos la garganta. Después de toda el agua de sus lágrimas, lo previsible, para ella, habría sido que su cuerpo no guardara ni rastro de humedad.
Se equivocaba.
Cerró los ojos, sucumbiendo al calor y al embotamiento de su cerebro, mientras esperaba como si su espíritu asistiera desde lejos a la traición de su cuerpo. De pronto sintió un cambio brusco en el peso del cuerpo de VanClef, un movimiento del aire, y donde había calor pasó a haber ausencia de calor. Abrió los ojos para mirarle.
Estaba sentado en la cama, con la cabeza entre las manos. Anna tuvo un escalofrío e intentó llamarle por su nombre, para que no se fuera. Ante la falta de respuesta, su brazo se tendió con voluntad propia para atraer de nuevo el calor del cuerpo del mercader.
—Chiss, Anna, sigue durmiendo.
Era una voz grave, casi malhumorada. VanClef le alisó la falda y la tapó con una manta. Ella cerró los ojos.
Al alba, al despertarse, vio que dormía en una silla, al lado de la cama. La luz gris del amanecer daba un aspecto demacrado y pálido a su cara. Anna se levantó y salió de puntillas para no despertarle ni avivar su dolor de cabeza. En ese momento tuvo la duda de si haber yacido junto a él era un sueño causado por el vino y la fiebre. Sólo de pensarlo le ardió la cara. Volvió a sentir su aliento en la nuca y tuvo la certeza de que no era un sueño, sino un recuerdo.
—Sois un buen hombre, VanClef —dijo Anna al ver que traía el carrito.
Ambos sabían que se refería a algo más que a su caridad hacia el niño. Queriendo rebajar la tensión, añadió:
—Para ser papista.
Lo dijo riendo, para atenuar la crítica.
Él no se rió. Ni siquiera sonrió.
—No haber corrompido a una mujer ebria de dolor y vino no me convierte en un buen hombre.
Se agachó para subir a Bek al carro, mientras su mirada, rehuyendo la de Anna, se posaba en el niño.
—¿Y qué me decís de haber arriesgado la vida para salvar a una anciana? ¿Y de...? —Señaló al pequeño, que se mecía entre carcajadas dentro del carro, transmitiendo el mismo movimiento de vaivén a un puño levantado—. Sois un buen hombre porque tenéis buen corazón. «Dejad que los niños se acerquen a mí.»
—Pero ¿es que citáis las Escrituras inglesas en cualquier ocasión? —preguntó él, trasluciendo rencor en su tono.
—¿Sería más verdadero, más consolador para mí y menos incómodo para vos si las citara en latín?
—En efecto.
A ella no le gustó su mueca de enfado.
—¿Por qué no os gusta que os llamen bueno?
—No sabéis lo cerca que he estado de no ser un buen hombre, Anna.
Esta vez fue ella quien apartó la vista, sintiendo un calor en la nuca.
—¿Creéis que aprenderá a llevarlo? —preguntó, señalando el carrito.
—Sí. —¿Qué había sido eso? ¿Un susurro de alivio por el cambio de tema?—. Si es la voluntad de Dios.
—¿Por qué no iba a ser la voluntad de un Dios de amor? ¿Por qué no iba a querer que sean felices sus hijos?
—En efecto, ¿por qué? —dijo él, pero ella tuvo la impresión de que se refería a algo totalmente distinto.
Anna acostó temprano al pequeño Bek. Estaba agotado de jugar con su nuevo carrito, y como todavía no lo dominaba y chocaba con las cosas, tenía el cuerpo lleno de morados. También ella estaba agotada. Por eso, cuando se presentó VanClef en su puerta con un pastel de carne y sidra, su intención inicial fue decir que no.
—Bek ya se ha dormido —susurró.
—Pues entonces venid a mi cuarto.
—No sé si es buena idea...
—Necesitáis comer y yo también, conque más vale que comamos juntos. Tenemos que hablar de cómo manteneros fuera del peligro, vos y vuestro hijo.
—Pero ¿esta vez sin vino?
—No, vino no, sólo sidra.
El mercader levantó la jarra para demostrárselo.
—¿Dejaréis la puerta abierta?
—La dejaremos abierta, para que todo el mundo vea lo inocente que es nuestra conversación.
* * * * *
Mientras discutían sobre la doctrina de la transustanciación —según la herética postura de Anna, el pan y el vino sólo eran simbólicos, no la sangre ni el cuerpo literales de Cristo—, la mano de VanClef saltó airadamente por los aires y chocó con la de ella. Tenía tan cerca a Anna que sentía el olor de su pelo, la misma exótica fragancia, olorosa a jazmín, que asociaba con toda su persona. Aquel perfume, el contacto de las pieles y el tono apasionado de la joven tuvieron un efecto tan abrumador en sus sentidos que anularon su raciocinio, y no pudo replicar con ningún argumento sólido. Ya no podía pensar. Sólo podía sentir.
¡Qué arrogancia, qué orgullo, qué insensatez la suya al suponerse capaz de resistir aquella tentación! Lo mejor era decirle que se fuera, pero se le antojaba insoportable. Si Anna se iba, se llevaría el mundo con ella.
Le dio un beso.
Como ella no oponía resistencia, levantó una mano para desatarle el corpiño. Con la otra cerró la puerta.
* * * * *
Al oír el brusco cese de sus voces estridentes, el casero, bajito y rechoncho, se asomó con disimulo al pasillo, y al ver la puerta cerrada se encogió un poco de hombros antes de reanudar la partida de ajedrez. Pensó que no tardarían mucho tiempo en compartir habitación, dejándole un dormitorio por alquilar. Sin embargo, la idea de que estuvieran juntos le hizo sonreír. Sabía que era inevitable desde que los había visto. Estaban hechos el uno para el otro. Era como tenía que ser.
* * * * *
Anna sintió una brusca punzada de dolor que la sobresaltó. Después le vino a la memoria que en el libro de Gilberto, La enfermedad de las mujeres, ponía que la primera vez dolía y que había sangre. La vería el casero al cambiar las sábanas y sabría lo que había hecho VanClef. Lo que habían hecho los dos. Se sonrojó de vergüenza. «Deberías habérselo impedido, Anna. Deberías habérselo impedido. Deberías haberte ido después del beso.» A continuación volvió a pronunciar el nombre de VanClef, pero esta vez sonó como una plegaria, colmada de profunda tristeza.
Él se puso de lado, obligando a Anna a arrimarse a la pared. Volvió a murmurar su nombre, en un simple susurro contra su mejilla. Lágrimas calientes quemaron los párpados de Anna. ¿Qué le diría? ¿Cómo podría mirarle a los ojos y ver el reflejo de su vergüenza? Ni siquiera tenía la excusa de una borrachera para su promiscuidad. Tampoco la de que el mercader se hubiera aprovechado de ella. ¡Si ni siquiera se había resistido!
Cuando le oyó roncar —ronquidos suaves y rítmicos—, pensó en apartarle, pero sólo serviría para que se despertara, y entonces ella no tendría más remedio que hacer frente a su vergüenza. Por otro lado, curiosamente, la solidez del cuerpo que la pegaba a la pared era reconfortante, pensó Anna en la cama, preguntándose qué hacer.
«¿Es como habría sido con Martin?», se preguntó, sintiéndose culpable de inmediato, como si hubiera cometido una especie de traición, y no sólo con su cuerpo, ya que nunca se había sentido tan unida a Martin como a aquel hombre a quien apenas conocía. «Bueno, sí que le conozco —pensó—. Conozco su alma, porque he visto su bondad. Le he visto con el pequeño Bek. Le he visto jugarse la vida por Jetta.»
Contempló su cuerpo, memorizando la línea de sus hombros, su cintura y sus caderas. A la luz de la luna, su pelo parecía más plateado que dorado. En la coronilla había un círculo perfecto de pelos más cortos que el resto, recién crecidos. Le pareció curioso, pero no le dio importancia. Ya le preguntaría sobre ello cuando estuviera despierto. «¿Cómo es posible que esté aquí desnudo, a mi lado? ¿Cómo ha podido pasar?»
Aguantó la respiración, ajustándola inconscientemente a la de su amante. Su amante... Una mujer soltera como ella, y ahora tenía un amante. Gravísimo pecado. Oyó algo fuera. ¿El canto de un pájaro nocturno? ¿O el pequeño Bek, despierto y asustado...? Volvió a prestar oídos. No, sólo era un búho.
Mal presagio, habría dicho Jetta. Jetta... Cerró los ojos y esperó que rebrotasen las lágrimas, pero no.
Cuando se despertó, el sol entraba de lleno por la ventana abierta, y en la cama de VanClef sólo estaba ella. Se levantó con cuidado y retiró el cobertor. La sábana tenía una manchita roja, poco mayor que una lágrima. Se giró la camisa para inspeccionar la parte trasera. Había una mancha más grande, que ya estaba seca y rígida.
La prueba de que ya no era virgen. Una prueba que podía pedirle cualquier futuro esposo. La prueba, también, de que la virgen finalmente se había hecho mujer, una mujer cargada de arrepentimientos.
¿Cómo era posible que hubiera entregado su virginidad con tan pocos escrúpulos? ¡Y encima a un hombre a quien apenas conocía! Un hombre que podía estar perfectamente casado. Y tener hijos. Qué tonta, qué imprudente... Esperó con vehemencia tener tiempo de lavarse antes de que volviera VanClef. Bastante embarazoso era tener que verle. Lo mínimo era estar vestida. Corrió hacia la puerta, se quitó la camisa manchada y la enrolló. En la jofaina había agua limpia y en el suelo un cubo lleno.
Mojó un trapo y se lo pasó deprisa por la cara y el cuerpo, con una brusquedad innecesaria. Olía a los trocitos de lavanda que flotaban en el agua. Después se lo pasó entre las piernas, al principio con cuidado («¿por qué, Anna, si lo que debería estar intacto ya se ha roto?») y después más a fondo, metiendo bien el agua para limpiar dentro de lo posible la fuerza vital que se había derramado en su interior.
¿Qué decía el libro de Gilberto sobre la primera vez? ¿No era más difícil quedarse encinta la primera vez? Por favor, Dios, que así fuera...
Volvió a mojar el trapo para frotar la manchita de la sábana, que se hizo más ancha y más difusa, con un color que podía ser de cerveza derramada, atenuando las pruebas de su virginidad mancillada.
Vació la jofaina de agua sucia en el orinal que había debajo de la cama, sin hacer caso a los requerimientos de su vejiga. Estaba impaciente por irse antes de que regresara el mercader. La próxima vez que se vieran, quería que fuese en una situación más habitual y en un terreno más neutral. Tal vez él lo hubiera intuido. A menos que también se arrepintiera de lo sucedido entre los dos y ya estuviera confesando sus pecados a un cura... Como mínimo fornicio, y según cómo, adulterio (Dios no lo quisiera). No, eso no podía ni pensarlo. VanClef había dicho que no estaba casado. Pero ¿y si era mentira? ¿No saber que era casado la convertía igualmente en adúltera? Sólo de pensar que él pudiera estar en un confesionario, formando su nombre con los labios —los mismos que lo habían susurrado durante la noche, musitándolo en su pelo y su cuello—, se ponía enferma. Pensar que el cura pudiera oír su nombre e imaginarlos juntos la hacía sentirse sucia. «Dios te ha visto, Anna.» Pero él lo entendería. Y lo perdonaría. Quien no lo entendería, quien sería incapaz de perdonárselo, sería un sacerdote. Y sin embargo VanClef creería dejar atrás su pecado en el confesionario. Eso Anna casi se lo envidiaba.
Al salir al pasillo, prestó atención por si oía al pequeño Bek. A aquellas horas ya estaría despierto, queriendo que Anna le ayudase a subir al orinal. Otra rama de culpabilidad se añadió a un atado que ya pesaba bastante. Bek se ponía muy nervioso cuando se mojaba.
¡Por el cielo y todos los santos! ¡Cuánto había cambiado su vida en un abrir y cerrar de ojos! Dos breves días atrás aún era virgen, de camino, eso sí, a quedarse para tía, pero sin sobrinos, ni nadie a quien cuidar salvo ella misma. Ahora ya no era virgen, sino una mujer caída, con un niño pequeño a su cargo. Y no precisamente un niño normal... Pero ¿qué otra cosa podía haber hecho? El niño se lo había dado Dios. Se lo había dado a ella porque con la muerte de Jetta no quedaba nadie más para cuidarle. De hecho, incluso en vida de la anciana quien más cuidaba al niño había sido Anna. Además, sabía que cuando los romanís prosiguieran su viaje abandonarían al niño en Reims, donde engrosaría la multitud de mendigos (leprosos, tullidos mugrientos y toda suerte de almas heridas) que languidecían en la puerta de las limosnas del priorato, aullando sus miserias a los transeúntes.
Se paró en la puerta a escuchar. No se oía ningún lloro, ni siquiera el movimiento inquieto de los brazos de Bek contra la cama, un ruido al que Anna se había acostumbrado tanto que ya no lo oía.
—Pequeño Bek... —dijo en voz baja, abriendo la puerta.
El sol llenaba de una cálida luz la bonita y pequeña habitación, proyectando una franja en la cama vacía. Había hecho mal en dejarle sobre ella. Era previsible que se cayera.
—¿Dónde estás, pequeño Bek? Contesta, que no es un juego.
Un rápido examen de la habitación reveló que no había nadie, ni en el camastro ni en el suelo. En la jofaina del rincón había una taza de leche medio vacía, y señales de haberse lavado. Sólo existía una respuesta posible. El niño se había quejado tanto que había acudido en su ayuda el casero. Hasta era posible que se lo hubiera llevado al jardín. Un vistazo por la ventana dio como único resultado una hoja roja que bajaba flotando hacia una alfombra marrón, última rezagada del otoño. Una cosa estaba clara: que Bek no había salido solo de la habitación. Seguro que estaba con una persona de bien. ¿Quién sino se habría molestado por un niño así? A menos que hubiese bajado el ángel Gabriel a llevárselo como por arte de magia... En todo caso, Anna no podía salir en su busca antes de hacer sus necesidades naturales y de encontrar una camisa limpia.
Mientras se ataba los cordones de la camisa, oyó un gran alboroto fuera de la habitación. Era la voz aguda del pequeño Bek dando gritos de alegría. Cuando se abrió la puerta y Anna giró la cabeza, vio a VanClef con el niño en hombros, agachándose como un payaso para tratar de entrar sin que el pequeño se diera un golpe en la cabeza con aquel dintel tan bajo.
—Espero que no te molestes, Anna —dijo con una gran sonrisa, como si fuera lo más normal del mundo, como si la última noche no existiese y el mundo de Anna no estuviera patas arriba—. Es que todavía dormías y Bek tenía pipí. Me lo he llevado fuera y le enseñado a ser un niño mayor.
—¡Mayor! —La cabezota del pequeño Bek osciló en señal de afirmación sobre su fino cuello—. ¡Mayor!
—Bueno, a ver si encontramos algo de comer, que me muero de hambre —dijo el mercader.