La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 19 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo XVIII

Para franceses se hace casi cualquier cosa,

mas ¿qué ha de ser del hombre que en francés no glosa?

Muy pocas alabanzas a la lengua inglesa

nacer se han visto en Francia, con certeza.

De Cursor Mundi, siglo XIV, autor desconocido

 

Resultó que sí, que al dueño de la casita de adobe y cañas de la rue de Saint Luc le quedaba una habitación por alquilar. Anna le echó un vistazo a instancias de VanClef —y de la lluvia, que se había vuelto torrencial—, y era limpia y acogedora. Había una cama de madera con un auténtico colchón de plumas, un banco con arcón incorporado y el respaldo bordado de vivos colores, y un tocador con una jofaina de metal para lavarse, rematado por un espejito de bronce pulido. También había una ventana de pequeños recuadros emplomados que daba a un jardincito. La habitación se calentaba con un brasero de carbón.

Anna la miró con ansia, resistiendo un brusco ataque de nostalgia. Se parecía tanto a la bonita habitación que había dejado en la casita del centro de Praga, al final de la escalera de caracol...

—No puedo permitirme tanto lujo —dijo, sacudiendo la cabeza.

VanClef se rió.

—Ni siquiera habéis preguntado cuánto cuesta. ¿Cómo sabéis que no os la podéis permitir? Queda muy cerca. El negocio que hagáis durante las horas que habríais empleado en caminar probablemente sea suficiente para pagar el alquiler. ¿Qué dijisteis? ¿Seis estadios? ¿Ocho? Por otro lado, estoy seguro de que el casero ofrecerá las mejores condiciones a una viuda joven con un niño.

Abarcó en una rápida mirada al hombrecillo barrigón que escrutaba al pequeño Bek con ojos de miope.

Anna se reprendió por no haber dicho a VanClef el primer día que el pequeño Bek no era hijo suyo, pero en aquel momento la falsa percepción había servido para reforzar el invento de su viudez, una historia que tenía el mismo objetivo que los documentos fraudulentos: vender libros en la plaza con autorización. A esas alturas ya sería difícil explicarse. Además, por muy bondadoso que se hubiera mostrado con ellos aquel desconocido flamenco, ¿cómo saber que no la denunciaría por no ser lo que decía, una viuda que daba continuidad al negocio legítimo de su marido? En todo caso, VanClef se iría pronto. Había dicho que más o menos en una semana.

—¿Quel est le prix de cette chambre?

El hombrecito rechoncho levantó un dedo corto y grueso, contrayendo los párpados.

—Un écu par semaine.

Media corona. Cinco chelines por semana. Anna ya los ganaba los jueves de mercado, aunque también había que contar los gastos de comida, ropa de cama y colada, y de velas, porque a pesar de la prohibición del maestre del gremio, ella debía trabajar a la luz de las velas para ganarse la vida. Por otra parte, pronto no tendría más remedio que buscar alojamiento. Bera hablaba sin descanso de peregrinar a España. Era simple cuestión de días que se fueran los gitanos, y ella, con el invierno a punto de llegar, no podía emprender por sí sola el viaje a Inglaterra.

VanClef metió la mano en su bolsa y puso unas monedas de plata en la mano del casero.

—Nous prenons cette chambre —dijo.

—Non...

—Sólo es un adelanto por vuestro trabajo en el libro. Con esta lluvia no podéis volver. Os sería imposible llegar tan lejos con el niño a cuestas. Pasad la noche aquí. Mañana mandaremos a buscar vuestras pertenencias.

Fuera, la lluvia golpeaba los cristales. Dentro, el calor la invitaba a quedarse. El pequeño Bek les sonreía con una sonrisa grande y babosa, ladeando su cabezota, que se balanceaba sobre su fino tallo como un payaso en una caja de resorte. Anna se sentó en el colchón, cuyas plumas suspiraron al recibir su peso. Al niño le gusta, pensó. Y le gusta estar con un hombre.

VanClef volvió a meter la mano en la bolsa. Esta vez sacó una moneda de plata para el posadero.

—De la viande, du pain et du fromage, s'il vous plait.

Cinco chelines más para carne, pan y queso. Sólo de pensar en comida, a Anna le gruñó el estómago. No había comido nada desde por la mañana, antes de salir del carro romaní, aunque a Bek le había comprado galletas y grasa para untar. El posadero asintió con la cabeza y se fue, cerrando la puerta. De pronto, a Anna le incomodó la intimidad de su entorno, pero ¿qué reputación podía perder ella, una desconocida en una ciudad desconocida? Un trueno lejano se añadió al ritmo de la lluvia.

VanClef se quitó la capa roja y la tendió en el suelo para sentarse al lado del pequeño Bek.

—Cuando vuelva el casero, haremos una comida campestre —dijo, sonriéndole como si creyese que el niño idiota lo entendía todo—. Haremos como si el suelo fuera un prado sembrado de flores y las gotas de lluvia fueran rayos de sol.

—Vuestra capa...

—Ya la cepillaré.

Metió la mano en la cesta de Anna y sacó la piedra en forma de huevo de petirrojo. Primero la hizo girar con rapidez entre sus dedos y después enseñó al niño las dos manos cerradas.

—¿Cuál? —preguntó.

Para sorpresa de Anna, el niño tocó al azar la mano que contenía la piedra. ¿Pura casualidad? Ni siquiera ella, que tenía buena vista, había estado segura de en qué mano estaba. Sin embargo, el niño tocó varias veces seguidas la mano correcta. Nunca fallaba. Ni una sola vez. Al final, Anna se cansó de intentar seguir los movimientos veloces de las manos y se dedicó a observar cómo a VanClef se le formaban arruguitas en las comisuras de los párpados al reír y cómo se le rizaba el pelo rubio por debajo de la gorra cuadrada y plana. Le recordaba las bufandas de seda, líquidas como la nata, en que el rabino de Judenstadt envolvía sus rollos de la Torá para que las palabras sagradas no fuesen profanadas por manos impuras. Pero ¿por qué pensaba en esas cosas? Por segunda vez, sintió crecer en su interior una oleada de nostalgia.

Se preguntó qué opinión habría tenido Dĕdeček sobre VanClef. Otro trueno. Golpes en la puerta.

—Entrez —dijo el mercader.

Cuando se abrió la puerta, la habitación se llenó de olor a carne asada y pan con levadura.

* * * * *

Minutos después, tras dejar el festín sobre el mantel improvisado, el casero se quedó un momento al lado de la puerta para oír sus risas. Extraño trío... De todos modos, pensó que era un placer tener gente feliz en la casa. Era bueno para el negocio.

En cuanto a lo que sucediese a puerta cerrada, no era de su incumbencia. En absoluto.

Al ver que Anna y el pequeño Bek no volvían al campamento, Jetta empezó a preocuparse. Pensó en salir a buscarlos. Conocía el lugar en el que la joven desplegaba su mesa de libros, a la sombra de la gran catedral, pero sólo había ido una vez y la había echado el alguacil por tratar de dukker a los gorgios de la plaza. El alguacil le había dicho algo feo. Jetta no entendía su idioma, pero sí la amenaza, y no tenía ningunas ganas de volver.

Fue a consultar a Bera si no convenía que alguien saliera en busca de Anna y el pequeño Bek. Él dijo que probablemente la joven se hubiera resguardado de la lluvia y siguió haciendo saltar a su hijo en el hombro. Sonrió de oreja a oreja cuando por fin le oyó eructar. Lela, que se estaba atando los cordones de la blusa con el aspecto satisfecho de un gato que acaba de tomarse todo un cuenco de nata, le dijo a Jetta que no se preocupase.

Para ellos era muy fácil decirlo. No habían rescatado del río al niño y la mujer. Muy fácil, sí; a ellos no les empujaban las voces.

Sin embargo, como a Jetta no le hacía falta ninguna voz para darse cuenta de que no encajaba en aquella escena familiar e íntima, volvió a la humedad de su vardo, a roer una corteza de queso y pan seco. Para cenar no habría nada caliente, ya que la lluvia había sofocado las hogueras. Tampoco baile, ni música. Ni risas.

Esperó que la mujer pelirroja y el niño corrieran mejor suerte. Sin ellos, el carro parecía vacío, solitario, como el cielo desolado que derramaba sus lágrimas sobre su techo semicircular. Tumbada boca arriba en una oscuridad cada vez más densa, con la mirada clavada en el techo, Jetta se aprestó a oír las voces de su cabeza, las que le dirían qué hacer, pero en vista de que no se pronunciaban, se cubrió con una manta de caballo hecha de lana rasposa y se fue quedando dormida.

Sólo el tamborileo de la lluvia turbaba un silencio muy profundo.

Cuando Anna se despertó, el sol entraba a raudales por los gruesos recuadros emplomados de la ventana. Su corazón dio un salto. Por un instante creyó estar de regreso en el pequeño dormitorio de Praga, el de la escalera de caracol, pero el llanto del pequeño Bek la devolvió a la realidad de sopetón.

Seguro que estaba mojado y que había que cambiarle. Anna esperó que la humedad no se hubiera filtrado por los calzoncillos de lona engrasada que Jetta le había cosido al niño. A ninguna de las dos se le había ocurrido que fuera posible enseñarle a no mojarse encima, pese a haber reparado en lo bien que controlaba su vejiga, toda una bendición para alguien que tan poco control parecía tener sobre su cuerpo. Bek aborrecía estar mojado. Lloraba siempre que se manchaba, pero nunca las había despertado de noche.

Anna lo comprobó rápidamente. Tenía el relleno empapado, pero no se había mojado los pantalones ni las sábanas. Hurgó en su cesto, segura de haber usado los últimos trapos limpios para recoger los restos del festín de la noche anterior. Mientras intentaba tranquilizar a Bek y pensaba en qué usar, oyó golpes suaves en la puerta.

Reconoció la voz del casero.

—Pardon, madame, s'il vous plaít...

Y después, en un inglés vacilante:

—De monsieur VanClef. Para el niño.

El robusto patrón tenía en una mano una pila de ropa de cama limpia y en la otra, un cubo de agua y una cesta.

Anna abrió la puerta y le alivió ver que el casero rellenaba el agua de la jofaina y dejaba las sábanas.

—¿Y monsieur VanClef? ¿Ha salido? —preguntó en su correcto francés.

Él sonrió de alivio.

—Oui. —Le dio una nota, junto con una cesta de manzanas—. Bonjour, madame. Avez-vous besoin de quelque chose d'autre?

—Non, merci. Merci beaucoup.

Al quedarse sola, Anna cerró la puerta y leyó rápidamente la nota. Sólo ponía que VanClef esperaba que lo encontrase todo de su gusto y que hubiera dormido bien. También ponía que volvería dentro de poco para ayudarla con la mudanza.

Sin embargo, Anna no tenía la menor intención de dejarse acompañar al campamento gitano. Por alguna razón, VanClef seguía sin inspirarle una confianza absoluta. Y no era por falta de ganas... Pero ¿qué motivos podían inspirar a un mercader, a todas luces rico, un interés tan súbito por el bienestar de una mujer a quien no conocía?

Uno solo, y Anna, pese a haber crecido entre algodones, ya sabía cuál. Por otro lado, debía admitir que de momento VanClef no había hecho ningún avance indecoroso ni le había faltado al respeto. Al final de su cena compartida, se había limitado a ayudarla a recoger, antes de retirarse a su propia habitación, con el recado de que si necesitaba algo sólo tenía que llamar a su puerta. Si Anna le estaba agradecida por su ayuda, aún lo estaba más por la bondad que mostraba hacia el pequeño. Lo cual, por otra parte, era lo más raro de todo... ¿Cómo explicarse la atracción del mercader hacia un niño retrasado a quien todos rehuían, receptor de miradas fugaces que, cuando no delataban una curiosidad grosera, resbalaban por él como si ni tan siquiera existiese?

No, no estaba dispuesta a bajar la guardia. Se arriesgaba a que VanClef averiguase que en realidad no era una viuda ejerciendo el negocio de su difunto esposo, ni gozando de la protección del gremio de los libreros. De todos modos, después de haberlo consultado con la almohada, no se arrepentía de haber dado el paso. Estaba bien tener la decisión a sus espaldas. Estaba bien saber que el día en que se fueran los roma ella tendría un techo bajo el que cobijarse. Por otro lado, sin nadie más que sí misma a quien mantener, no debería ser difícil ahorrar lo necesario para viajar a Inglaterra en primavera.

«Sir John Oldcastle.» En los últimos meses había pronunciado muchas veces aquel nombre para recordarse su promesa. Sir John Oldcastle, lord Cobham. Su abuelo le había dicho: «Ve con lord Cobham y estarás a salvo». Sentirse a salvo era lo que más quería Anna en el mundo, y desde la ejecución de Martin lo más parecido a sentirse a salvo que había experimentado era la noche anterior en la pequeña habitación de la rue de Saint Luc. Resultaba tan tentador fiarse del mercader de Flandes... De hecho, había estado a punto de decirle la verdad, mientras disfrutaban entre risas de su pequeña cena en la acogedora habitación. Una simple confidencia. ¿Qué daño podía hacer? Dentro de pocos días, VanClef se iría a su país y no volverían a verse. Algo, sin embargo, la retenía, y ahora que entraba por la ventana el riguroso sol de un día de invierno, se alegró de no haberlo hecho.

—Toma, pequeño Bek, cómete tu manzana —dijo, cortándola en bocados pequeños—. Después te llevaré con Jetta y ya no habrá campanas que te asusten.

Pero el pequeño Bek no quería la manzana. La escupió y empezó a cantar. Anna tuvo la impresión, aunque no podía afirmarlo, de que cantaba su nombre.

—No te preocupes, que con Jetta estarás muy bien. Te cuidarán los roma y conocerás España. Te gustará. En el libro pone que en España siempre hace sol. Y calor. No como aquí.

La lluvia de la noche había traído un día claro, pero con el frío cortante del invierno.

Anna se estremeció sólo de pensar en las noches largas y oscuras que tenía por delante.

* * * * *

—Te echaremos de menos, Anna de Praga —dijo Bera cuando ella le comunicó que se iba—, pero ya que no puedes venir con nosotros a Santiago de Compostela, me alegro de que hayas encontrado alojamiento. Nuestra partida es inminente.

El rey gitano exhibió su deslumbrante sonrisa. «Inminente.» La palabra era nueva para él. Coleccionaba palabras como coleccionaba trucos ingeniosos, presumiendo de ambas cosas a la menor ocasión.

—¡Has encontrado a un hombre! Lo sabía —chilló Lela—. Pronto harás saltar a tu propio bebé.

Hizo saltar al suyo contra un hombro, llena de entusiasmo, como si quisiera enseñarle cómo se hacía. Después le pasó el bebé a Bera, que le hizo dar unos brincos aún más fuertes. Con tantos zarandeos, lo milagroso era que el niño no escupiera mantequilla.

—¡No, Lela, no he encontrado a ningún hombre! VanClef sólo es un señor amable que, sin conocernos, se compadeció de nosotros durante una tormenta. Se irá pronto.

—VanClef. ¡Uau! ¡Qué nombre más elegante! Pues este VanClef se va a enamorar locamente de ti. Hace una semana te preparé un encantamiento de amor. No se te podrá resistir, Anna de Praga. Ya verás. Pero no hace falta que me des las gracias, porque has sido amiga mía y también te echaré de menos.

Lela saltó de su montón de cojines y abrazó con entusiasmo a Anna, que intentó devolverle el abrazo, reprochándose no saber perdonar. Aunque hubiera preferido olvidarlo, seguía acordándose de que la había denunciado a las autoridades de Praga. El olor de Lela era el mismo que el de su bebé, un olor agrio de leche que despertaba en ella unas ansias tan fuertes que casi le daban vértigo.

La joven romaní, a quien Anna sacaba media cabeza, levantó los brazos y le arrancó un pelo rojo con la rapidez de una víbora al ataque.

Estuvo a punto de lanzar un grito de protesta, pero Lela se rió.

—Rawnie bal— dijo—. No lo echarás de menos. Con tantos como te quedan...

Lo enroscó, formando una pulsera, y se la puso en el brazo al bebé. Viendo que el círculo compuesto por su pelo encajaba en la arruga de la muñeca del niño, como una mancha de color de herrumbre junto a la pulsera roja, Anna deseó sinceramente que no hiciera falta nada más para garantizar la felicidad de aquella criatura, pero el mundo era cruel y peligroso con los niños, y contra el mal que había visto ella no había hechizos ni conjuros que valieran.

«Echaré de menos a esta gente y sus ridículas supersticiones», pensó, girándose hacia Jetta, que estaba sentada en un rincón, con las piernas cruzadas y el pequeño Bek encima, marcando un ritmo sincopado con la piedra azul en los finos tablones del suelo. Desde el anuncio de Anna de que se separaba definitivamente de ellos, la anciana no había dicho nada.

—A ti te echaré de menos más que a nadie, Jetta.

Bera dejó al bebé en brazos de Lela, levantó el arcón de Anna y lo cargó sobre los hombros con un gruñido.

—Pesa tanto por la Biblia en inglés —dijo Anna, temerosa de que el rey gitano, sospechando que pudiera haber crecido su pequeña reserva de ducados y nobles, intentara exprimirle alguna última moneda.

Jetta se quitó suavemente de las piernas al pequeño Bek y se levantó. En vez de abrazar a Anna, como Lela, le cogió la mano y le puso la palma hacia arriba.

—¿Qué ves, Jetta? —dijo Lela—. ¿Verdad que el hombre de su vida se queda? ¿Una boda? ¿Hijos?

Anna se soltó la mano.

—Yo no creo en adivinaciones, Jetta. Ya lo sabes. Creo que nuestro destino lo determinan nuestros actos y la voluntad de Dios cuando solicitamos que intervenga en nuestros asuntos. Y él no nos escribe el futuro en las palmas.

¿Qué daño hacía Jetta leyéndole la mano, si le apetecía? ¿No sería que Anna tenía miedo de lo que pudiera decir la anciana?

La mujer entornó mucho los ojos y la miró con su sonrisa ladina de siempre.

—Estás a punto de emprender un largo viaje. Te lo he visto en la palma de la mano antes de que la retirases.

Anna se rió.

—Es lo que les dices a todos los que dukker.

Jetta se encogió de hombros, haciendo oscilar los aros de sus orejas.

—No quiere decir que no sea verdad. La vida es un largo viaje. ¿No estás de acuerdo, Anna de Praga?

—Supongo que sí. Supongo que sí.

Lela hizo un mohín.

—Yo quería saber algo de su enamorado...

La media sonrisa sardónica de Jetta se borró.

—Ten cuidado, Anna. Tanto si crees que está escrito en la palma de tu mano como si no, te esperan peligros. Ve con mucho cuidado en tu viaje.

Era el discurso más largo que Anna le había oído a la taciturna anciana, salvo cuando murmuraba para sus adentros.

—Ve con cuidado también tú, Jetta. Sabes que siempre te estaré agradecida.

—No hay de qué. Tu destino no era morir en el río aquel día.

Anna recordó de nuevo el beso del agua en su rostro y su paz al envolverla. De no ser por aquella anciana, su vida habría concluido ahí. Pensó que quizá hubiera sido mejor, preferible terminar en las aguas frías y límpidas del río Vltava, llevada hacia la eternidad por la corriente. Junto con Dĕdeček y Martin. Sin embargo, en la luz de aquel día despejado, de aires limpios y frescos, rodeada por aquel grupo de amigos de lo más inverosímil, se alegró de que no fuera así.

Bera ya estaba bajando del carro. Anna se agachó para darle un beso al pequeño Bek en el pelo rubio y fino de su coronilla. Después, parpadeando para aguantarse las lágrimas, se giró para seguir al rey gitano. Tras ella, el pequeño Bek empezó a gemir:

—An-na, An-na...

—Cállate, niño —dijo Jetta—, que a Anna pronto la verás otra vez. Ya la verás. Pronto.

Una promesa vacía para tranquilizar a un niño, pensó Anna, esperando que el pequeño Bek se olvidara rápidamente de ella y no pasara penas. Tenía pocos amigos en el mundo.

«Como yo —pensó al seguir al rey de los gitanos fuera del campamento que había sido su hogar durante meses—. Como yo.»

* * * * *

Ya era tarde cuando Bera dejó el arcón de Anna en casa del patrón y se marchó. Anna se alegró de que no estuviera VanClef. No quería que se llevara una falsa impresión al ver al gitano, aunque se arrepintió enseguida de la idea. ¿Qué más le daba a ella lo que pensase? Sólo era un cliente que la había tratado con amabilidad. Se iría y no volverían a verse.

—Te acompaño hasta el centro de la ciudad, Bera. Quizá pase por alguno de los puestos y compre pan y queso para la cena. Ahora que me quedo sola...

Él la miró serenamente, sin asomo de la sonrisa que usaba para seducir y engañar a sus víctimas gorgios. Anna nunca le había visto tan serio.

—Aún no es demasiado tarde para pensártelo, Anna de Praga. Puedes venir con nosotros a España.

—No, Bera. Te lo agradezco, de verdad. No sé qué habría hecho sin ti, sin Jetta... y sin Lela, pero es mejor así. Mi peregrinación es hacia el oeste.

Sin embargo, cuando le vio irse, tuvo un momento de pánico y se aguantó las ganas de llamarle.

A saber qué la esperaba en Inglaterra... ¿Y si el tal lord Cobham no quería recibirla? Se acordó del hrad que dominaba el Vltava desde la colina y se estremeció por dentro al pensar en la idea de acercarse a un castillo parecido. ¿Y si...? «Pues entonces, como mínimo habrás cumplido tu promesa. En Inglaterra puedes ganarte la vida con tu pluma. Dale gracias a Dios por haber recibido esta facultad.» Al parecer no era Jetta la única que oía voces dentro de su cabeza, pensó Anna con sarcasmo.

* * * * *

El día se hizo más lúgubre al oscurecer. Las campanas llamaron a vísperas. En el momento de pasar frente a las grandes puertas de la catedral, Anna, que ya se había comprado el pan y el queso, vio un brillo carmesí con el rabillo del ojo, e incluso de espaldas reconoció la silueta que entraba en el templo. Sí, estaba segura. Lo veía en la manera de caminar y en el porte.

Aja. Conque era devoto. Y practicaba la religión romana. Fue una decepción. Había pensado que podían ser almas gemelas. A fin de cuentas le había pedido un evangelio en inglés... ¿Por qué encargárselo si no buscaba una verdad mayor que la que enseñaba la Iglesia? Sin embargo, como no se cansaba de recordarse, en el fondo VanClef no tenía ninguna importancia para ella.

Después de cenar y de copiar una página, casi no le quedaba nada de las velas que con tanto celo había ido guardando. Fuera del círculo de luz amarilla se cernía la oscuridad, dando un aire más solitario a la habitación. Anna no había oído pasos en el corredor. VanClef debía de haberse quedado un buen rato después de los rezos. Su puerta estaba cerca. Le habría oído volver. De todos modos, ¿qué le importaba a ella? Ni siquiera sabía por qué escuchaba.

Justo cuando pensaba en acostarse —sería un derroche encender otra vela—, oyó golpes suaves en la puerta. Al principio la abrió con cautela: sólo una rendija, que después se ensanchó.

VanClef ocupaba la poca anchura del marco, reflejando en su pelo corto y rubio la luz vacilante de la antorcha de la pared.

—Espero que aún no os hubierais acostado. No quería despertaros, pero es que me ha parecido ver un poco de luz debajo de la puerta.

—No, estaba...

Una mirada por encima del hombro de Anna tomó nota de las plumas, el papel y el libro abierto encima de la cama.

—Estáis trabajando. ¿Puedo pasar? Prometo no despertar a vuestro hijo —dijo en voz baja, mirando el montón de mantas que había al lado de la cama de Anna, sobre el pequeño camastro.

Ella aún no las había recogido y, con aquella penumbra, la caída del cobertor podía ser interpretada como que debajo había un niño. Estuvo a punto de explicarlo, pero ¿qué podía decir? Estaba demasiado cansada para entrar en detalles sobre su vida y para decidir hasta qué punto podía confiar en él.

—Es tarde, y el patrón...

VanClef se rió.

—El patrón es francés y no se fija.

Sus palabras ruborizaron a Anna, que esperó disimularlo gracias a la poca luz.

Él levantó un paquetito bien envuelto.

—Os he traído velas.

Su tono marrullero le recordó a Martin. ¿Serían iguales todos los hombres? A Anna siempre le habían encantado los coqueteos de Martin, pero él estaba enamorado de ella, y a aquel hombre prácticamente no le conocía.

—Por favor, señor... Sois muy generoso, pero es que estoy...

Sólo se había apartado un poquito. Aun así, VanClef se abrió paso y entró en la habitación.

—Ya veo qué estáis haciendo: leer la Biblia en inglés.

El tono duro y la ceja arqueada parecían señales de desaprobación.

—No la leo, la copio. Para vos. El Evangelio según san Juan, ¿os acordáis?

Anna lo dijo en voz baja, cómplice con la suposición del niño dormido.

—Sí que me acuerdo. ¿Puedo ver la Biblia?

De hecho, no esperó a que le diera permiso. Ya había empezado a hojear el libro. Su actitud irritó a Anna.

Supuso que como rico mercader estaba acostumbrado a salirse con la suya.

—Creía que habíais dicho que erais una viuda pobre. Este libro es de gran calidad y muy caro.

Cada vez la irritaba más. Su visita a la catedral no había tenido ningún efecto beneficioso sobre su talante. Parecía menos afable y más autoritario. A menos que fueran simples imaginaciones de Anna, que buscaba cualquier pretexto sólo por haberle visto entrar en la catedral... Lo que no podía, de ninguna manera, era mandarle que saliera de una habitación pagada gracias a su generosidad, salvo que su comportamiento tuviera algo deshonesto, naturalmente... Había hecho mal en aceptar regalos de un desconocido.

—Pues es lo que soy, una viuda pobre —dijo, molesta por tener que repetir la mentira—. El libro era de mi abuelo. Es obra suya. Era escribano y un iluminador de renombre.

A juzgar por lo hostil de la mirada de VanClef, el libro no debía de ser de tan «gran calidad» como había dicho. Parecía que le ofendiese, aunque probablemente también fueran imaginaciones suyas. A fin de cuentas le había encargado una copia.

—Me extraña que no os preocupe el bienestar de vuestro abuelo. Deberías tener más cuidado. La posesión de una Biblia así es ilegal.

—Mi abuelo está muerto, y en el lugar de donde vengo hay mucha gente que lee la Palabra por su cuenta.

La vela empezó a chisporrotear. VanClef abrió el paquete y encendió otra para sustituirla. Después se sentó en la cama con la misma naturalidad que si lo hiciera por invitación de Anna, la cual permaneció de pie.

—Es muy peligroso llevar esto encima. Lo condena la Iglesia.

—Pero si vos...

—No es lo mismo. Yo tengo mi influencia. Vos sois una mujer sola.

Anna se sintió montar en cólera.

—¿Sabéis por qué lo condena la Iglesia? Pues os lo voy a decir: porque las personas que lo lean pueden descubrir que lo que predican los frailes no es más que una sarta de mentiras nacidas de la avaricia y el ansia de poder.

Viendo tensarse la mandíbula de VanClef, se dio cuenta de que le había ofendido, pero ya no podía parar. Por esa verdad otros habían muerto. Ella no podía quedarse callada para complacer a un hombre que la había tratado bien y menos cuando lo que decía era la pura verdad.

Señaló la Biblia.

—La doctrina del Purgatorio. A ver, decidme, ¿en qué pasaje de la Biblia se menciona ese lugar? ¡No podríais, porque es ficticio! ¿Y la venta de indulgencias? — Se rió de la credulidad de VanClef. ¡Un hombre bastante listo para triunfar en los negocios, y no veía más allá de sus narices!—. Si la gente descubriese que la gracia de Dios y la salvación son gratis, ¿por qué iban a pagar?

Su comentario debió de dar en alguna llaga, porque esta vez fue el mercader quien levantó la voz.

—¿Qué os creéis, que cualquier campesino es bastante culto para interpretar por sí solo la Escritura? —Soltó una risita burlona—. La mayoría ni siquiera sabe descifrar una carta de platos. ¡No hablemos ya de las Sagradas Escrituras!

Dio un puñetazo en la Biblia. El golpe hizo estremecerse a Anna. ¿Cómo podía haberle considerado un hombre tan dulce?

—Sé de qué hablo. Conozco a esa gente por mis viajes y he visto... —Hizo una pausa, como si se lo repensara—. Un mercader ve a muchos ignorantes.

Anna no estaba dispuesta a ceder ni a dejarse intimidar por las pretensiones de VanClef de que su posición social le hacía mejor conocedor del mundo.

—Pues entonces dad derecho a todos esos campesinos ignorantes a elegir quién interpreta por ellos las Sagradas Escrituras. Tal vez os sorprendiera la sabiduría que reside hasta en los más incultos.

—Veo que estás muy encasillada en tus ideas —dijo él en voz baja.

—Y yo veo que no las compartís, a pesar de vuestra curiosidad por la Biblia en inglés. Os he visto entrar en la catedral a la hora de las vísperas.

VanClef se levantó al tiempo que cerraba el libro de golpe.

—Tened cuidado, Anna. No estamos en Bohemia. La acusación de herejía es peligrosa, y la Iglesia... He oído que la Iglesia está organizando una campaña para erradicarla. Debéis pensar en el pequeño. —Echó un vistazo al bulto del suelo—. Me despido, antes de que le despertemos con nuestras discusiones.

—Hacéis bien. Gracias por la advertencia. Tendré cuidado —dijo rígidamente Anna—. Y gracias por las velas.

—No hay de qué en ninguno de ambos casos —dijo él.

Sin embargo, ya no quedaba ni rastro de su afable campechanía.

Cuando se cerró la puerta, Anna se preguntó si en el siguiente encuentro recibiría algo más que un saludo fugaz de VanClef.