La comerciante de libros
Capítulo XVII
En un lugar llamado Lorca, al este de Puente
la Reina, corre un río que se llama arroyo
Salobre [...].
Mucho cuidado con beber de él [...], pues este
río provoca la muerte [...]. En sus orillas dos
navarros [...] afilan sus cuchillos [...] para despellejar
las monturas de los peregrinos que
beben de esta agua y mueren.
Liber Sancti Jacobi , libro V (siglo XII)
Después de una semana en Reims, Gabriel ya había averiguado bastante para saber que los burgueses de la ciudad estaban demasiado enfrascados en las violentas disputas políticas entre los poderosos duques de Borgoña y Orleans para pensar en un peligro menos inmediato como era el de los fuegos del infierno. En las sedes gremiales a las que le daba acceso su rojo atuendo, se hablaba mucho de las levas del rey y nada de la herejía.
Estaba en la lonja, conversando con los mercaderes de tejidos en uno de los bancos pegados a la pared. Los pañeros le habían recibido con los brazos abiertos, hasta el punto de que tenía que esforzarse por no abrir mucho la boca ni bajar la guardia. Al ser preguntado por su origen, masculló:
—Je suis de la Flandre. Un négociant en tissus.
«De Flandes, un mercader de tejidos.» Tras un simple gesto de aquiescencia, los pañeros le dieron una copa de vino tinto y siguieron quejándose de los altos impuestos con que les gravaba el loco del rey para pagar las armas con las que defenderse de las incursiones inglesas.
—Sacrés chiens anglaises.
Los conocimientos de francés de Gabriel eran bastante buenos, bastante cercanos al francés normando que aún se hablaba entre la nobleza más antigua de Inglaterra. De lo que no estaba tan seguro era de su acento. Por eso hablaba con cuidado, para no ser descubierto como uno de los «malditos perros ingleses» contra los que despotricaban los mercaderes por arruinar su economía. Su disfraz de mercader le hacía acreedor a más franqueza de la que habría conseguido con su sotana de cura. Preguntado por Gabriel acerca de la Iglesia, un miembro del gremio puso los ojos en blanco y se quejó de la corrupción, el vicio y hasta el Concilio de Pisa, que en vez de cumplir su presunto objetivo (librarles del Papa sobrante) había impuesto a otro pontífice italiano. Como el primer Papa italiano se negaba a renunciar a su Sede y el de Aviñón se negaba a abdicar de la suya, el cisma paría a otro.
Cuando, como quien no quiere la cosa, preguntó por la proliferación de herejías ligadas a Wycliffe o Hus, un tapicero de París se encogió de hombros y le dijo que si le interesaba la religión tenía que ir a Aviñón, pero que tenía más probabilidades de encontrar un opulento nido de aves de espléndido plumaje que cuervos negros y curas pobres.
—¿Se os grava en exceso para costear el lujo de las cortes papales? ¿El pueblo no se queja? —preguntó Gabriel con su medido francés, en una tentativa de poner en evidencia a los disconformes.
—Se queja más de lo que cuesta el delfín que el Papa. Y de los gastos bélicos contra Inglaterra. Al menos la Iglesia se gasta el dinero para mantener con todo el boato a sus cardenales y obispos. —El tapicero guiñó un ojo—. Más vale piel francesa en la capa pluvial de Su Santidad que cuero italiano en sus zapatillas. En cuanto a los más pobres, supongo que se sienten más próximos al cielo teniendo al Papa cerca.
«Pero si es un impostor, no el Papa...» Gabriel se calló la réplica justo a tiempo y, levantando la copa en falso brindis por la opinión de su compañero, paladeó un sorbo de buen vino francés. Demasiado fácil de beber, pensó al apurar la copa. Tenía que darse prisa en su misión, por el bien de su alma. Ya se estaba acostumbrando demasiado al sabor del vino francés en su lengua y al tacto de la buena seda sobre su piel. Hasta se le estaban curando las ampollas de la espalda.
A la salida de la casa gremial, preguntó por los carruajes con destino a París.
—Demain à une heure de l'aprés-midi. —El cochero limpió la espuma de sus caballos, a la vez que repetía—: Demain.
Pues nada, mañana tendría que ser. A menos que contratase un transporte privado... No, demasiado caro. Ya tenía la sensación de estar gastando mucho dinero por los pocos resultados que obtenía en su misión. Su esperanza era encontrar pruebas en París, donde estaba la sede del mayor gremio de libreros y escribanos. De algún sitio tenía que sacar sus copias lord Cobham...
Sin servicio de carruaje hasta el día siguiente, le quedaba el resto del día por matar. La tarde ya estaba bastante avanzada, una tarde de sol que derramaba una luz dorada y otoñal en la plaza de la catedral de Nuestra Señora de Reims. El templo presentaba un aspecto frío y solitario, con el rígido remate de una gorguera de encaje pétreo. Al verlo por primera vez le había conmovido su belleza, pero en aquel momento le sedujo más la propia plaza, soleada y llena de gente, colores y sonidos. Un barrendero con zuecos altos de madera, para protegerse de la inmundicia que dirigía hacia las cloacas, chocó con Gabriel y estuvo a punto de pisarle sus lujosos zapatos de piel, pero no pudo con su buen humor. El sol de otoño le calentaba la piel y el vino de los mercaderes la barriga. Por si fuera poco, cada vez se daba más cuenta de las miradas de interés que le lanzaban las damas con buen mantón de piel mientras pisaban delicadamente las piedras más limpias del pavimento y esquivaban las demás.
Alrededor de Gabriel se mezclaban las voces: francés, alemán, de vez en cuando unas palabras en inglés... Las voces del mercado, con sus vendedores pregonando toda clase de artículos. Se paró a reflexionar. Le sobraba tiempo y no tenía que ir a ningún sitio. ¿La cavernosa penumbra de la catedral, para ponerse de rodillas frente a un altar lleno de cirios y elevar su oración hacia Dios? No, aprendería más visitando algunos de los puestos de la plaza. ¿No era a lo que venía?
Fue entonces, sopesando alternativas, cuando la vio.
Lo primero que le llamó la atención fue el pelo, un halo luminoso de cobre, una masa de reflejos en torno al óvalo perfecto de un rostro cuyos ojos tenían la pureza del cristal de Murano. La mirada de Gabriel resbaló desde el pelo hacia el resto del cuerpo, opulento, de mujer, no de muchacha, pero bien formado, con una cintura que podía medirse con dos manos de varón. No, no dejaría que sus pensamientos errasen hacia aquel lugar prohibido.
Cuando estaba a punto de volverse hacia la catedral, reparó en que la mujer parecía vender algo. Estaba girando las páginas de un códice. Era librera. Convenía investigarlo. A eso había venido, ¿no? A investigar, a prestar oídos en el mercado.
La joven sacudió la cabeza. Sus brillantes rizos pugnaban por salir de una toca descolorida de terciopelo, que, más que retenerlos, los adornaba. Se giró hacia el cliente señalando una parte del libro y sonrió al recibir sus ducados a cambio de un códice pequeño y burdamente encuadernado. Al inclinarse, sus pechos tensaron la batista del corpiño y se le marcó el surco. «El libro, Gabriel; te interesa el libro, no la mujer.»
Estaba tan concentrada en el cliente que no se dio cuenta de que él se acercaba, o no lo demostró. Justo detrás de la mujer, en un lecho de harapos, había un niño rubio que la miraba, con las piernas esqueléticas y la cabeza demasiado grande no sólo para el resto del cuerpo (que era escuálido), sino para sus facciones de gnomo y sus muñecas de palo que daban manotazos en el aire. Sus ojos eran dos lagos en calma, la única calma de aquel cuerpo que no se estaba quieto ni un segundo. Se sobresaltó al oír las rotundas campanadas de la catedral y, con un parpadeo de sus grandes ojos grises, rompió a sollozar. Era un sonido desconcertante por motivos que Gabriel tardó un poco en comprender: su tono se ajustaba con total precisión al de la campana, con una afinación perfecta, aunque dos octavas por encima. Era como si las campanadas, con sus notas plañideras, se hubieran encarnado bruscamente en la voz aguda y quejumbrosa del pequeño. Se le puso la piel de gallina.
La mujer movió un brazo hacia atrás, sin interrumpir su conversación con el cliente (un peregrino, a juzgar por la capa y el bastón, y alemán, si no mentía el fuerte acento con que hablaba en francés), y acarició dulcemente el pelo rubio del niño hasta que dejaron de doblar las campanas. Por alguna razón que se le escapaba, el gesto provocó un escozor tras los párpados de Gabriel. También apaciguó al pequeño.
—El libro se titula Liber Sancti Jacobi y es una guía perfecta si estáis haciendo el Camino de Santiago —dijo la librera. Tenía una voz agradable y bien modulada, de mujer culta—. Está en latín, pero he puesto al lado la traducción al inglés y un resumen en francés como apéndice, aunque probablemente mi francés sea rudimentario. No es un idioma que domine —se disculpó—. Siento no tenerlo en alemán. Sé un poco, pero no me atrevería a traducirlo.
—Yo sé leer en inglés y en francés —dijo el cliente, esta vez en inglés—. En cuanto al latín, confieso que, aunque sea el idioma en el que rezo, desconozco el sentido de las palabras.
Gabriel aguzó el oído. ¿Que sabía inglés? ¿Hasta qué punto? ¿Dónde lo había aprendido? ¿Tal vez de una Biblia en inglés? Los dos podían ser sospechosos por saber tantos idiomas, la librera y su cliente. De todos modos, se recordó que lo que vendía no era una Biblia, sino una simple guía de peregrinos.
El niño ya no lloraba. La mujer le quitó la mano de la cabeza para girar las páginas del libro.
—Prestad especial atención al libro quinto —dijo—. Es una advertencia que vale la pena seguir. Si os dirigís al sur, deberéis cruzar un riachuelo cuyas aguas pueden matar al ser bebidas.
La librera se quedó callada, mirando el bullicio de la plaza mientras el cliente examinaba la página en cuestión. Su rostro perdió vivacidad y ganó sosiego.
—Me gustaría poder poner un letrero a la orilla del río en todos los idiomas del mundo —dijo— para alertar del peligro a los viajeros. —Un suspiro hinchó su pecho. Gabriel casi sintió el soplo de su aliento en la piel—. Pero sospecho que lo arrancarían los hombres malos que acechan en la orilla.
La fatiga de sus últimas palabras revelaba un conocimiento directo de la maldad. Gabriel se preguntó cuál sería su historia. El peregrino le dio las gracias por la advertencia y se guardó la compra en el bolso. Ella deslizó las monedas dentro de una redecilla que colgaba de su cinturón, oculta entre los pliegues de la falda. Concluida su compra, el alemán se fue mientras inspeccionaba las páginas de su hallazgo. Gabriel se acercó un poco más, fingiendo echar un vistazo a lo que estaba en venta.
—Bonjour, monsieur.
La miró por encima de la mesa que los separaba.
Se le formó un nudo en la garganta. Ojos del más puro azul de Murano, más azules aún por el contraste con una piel blanca y un pelo de vivos colores. Le recordó una imagen de la Magdalena vista en Roma, pero en más inocente. Y más sabia, aunque sólo fuera por la sufrida franqueza de su mirada. Si Gabriel hubiera sido pintor, la habría pintado así, rodeada de sus libros. Pero no lo era; él era, se recordó, un religioso disfrazado de mercader.
—Hola —dijo en inglés, temeroso de que el dominio del francés y el alemán de la librera fuera muy superior al suyo y reconociese la impostura—. Me alegro de que habléis inglés. Yo comercio mucho con los ingleses y siempre me gusta poder practicarlo.
La joven se puso bruscamente a la defensiva.
—¿Sois concejal, señor? Si venís a ver mi permiso, lo llevo aquí dentro.
Se inclinó para meter la mano en la cesta que tenía a sus pies, lo que permitió a Gabriel apreciar la curva bien torneada de sus caderas. Desvió la mirada hacia una gárgola de la catedral.
—Mi marido, Martin, era editor en Praga. Yo, como viuda, he heredado sus derechos gremiales y he obtenido la autorización para vender dentro de esta ciudad.
Desenrolló un pergamino y se lo tendió.
Gabriel echó un vistazo al sello de aspecto oficial que figuraba bajo las palabras femme sole y el nombre: Anna Bookman, de Praga.
Praga. El foco de la herejía. El destino final del reguero de herejías de lord Cobham.
—¿Anna sois vos?
Ella asintió con la cabeza, a la vez que aguantaba la respiración. El aire de más hizo que su pecho presionase los cordeles del corpiño. Gabriel fijó la mirada en el niño de detrás, quien se la sostuvo inexpresivamente, sin pestañear. El resto del cuerpo del pequeño temblaba y se agitaba sin descanso. Viuda, había dicho...
—Mi más sincero pésame. ¿Fue hace poco?
—¿No están en regla mis documentos? Veréis que estoy autorizada a vender en el mercado siempre y cuando no establezca un puesto permanente de librero.
El nerviosismo redujo sus labios carnosos a una simple línea, a la vez que ahondaba las ligeras arrugas que cruzaban su frente.
Gabriel se arrepintió enseguida de ponerla nerviosa. ¿Qué le importaba a él la autenticidad del permiso? Enrolló el pergamino, y antes de devolverlo lo ató con el hilo de seda que había aflojado ella. El mero hecho de ser de Praga no bastaba para convertirla en sospechosa. De todos modos, tal vez pudiera facilitarle alguna información.
—Vuestra documentación me parece perfectamente en regla, aunque no soy quién para decirlo. También estoy de visita en la ciudad. Sólo me he acercado a vuestro puesto para comprar un libro. —Hojeó dos de los cinco libros expuestos: guías de peregrinación encuadernadas de manera muy sencilla con un punzón y tiras de cuero, pero transcritas con excelente caligrafía—. ¿Las traducciones son vuestras o de vuestro marido?
—Son mías —contestó ella con orgullo—. Las de Martin... las he vendido todas —se apresuró a añadir.
—Sois muy buena copista —dijo él sinceramente. Algunas copias contenían incluso dibujos de peregrinos, y la inicial de la primera página estaba dibujada con una riqueza de detalles asombrosa—. Me gustaría comprar éste. —El siguiente comentario revistió la apariencia de un simple momento de curiosidad—. También me interesan otras traducciones al inglés de tipo religioso. ¿Podéis ofrecerme alguna? ¿No tendréis los escritos de un maestro llamado John Wycliffe o las obras anteriores de Guillermo de Ockham?
—No, eso no lo vendo. Está prohibido por la Iglesia —dijo ella rápidamente.
Quizá demasiado.
—¿Y las Escrituras en inglés?
—Sólo tengo el Evangelio según san Juan en el latín de la Vulgata. —Gabriel vio que se quedaba pensativa, observando la riqueza de la ropa de su cliente mientras sopesaba por un lado el riesgo y por el otro las necesidades de su hijo—. Quizá pudiera transcribir para vos una traducción rudimentaria, pero tengo la obligación de advertiros que su posesión va o podría ir en contra de las leyes francesas. No estoy segura. En Bohemia estaba duramente penado.
Una sombra pasó por su cara. El recuerdo de algún dolor hizo temblar sus labios. En Bohemia, la pena contra los herejes había sido muy dura. Incluso habían sido ejecutados unos cuantos. Tal vez fuera una fugitiva... Gabriel podía dejar las cosas como estaban; podía irse y buscar en otra parte la información. Si era verdad lo que pensaba, aquella mujer ya había sufrido bastante. Dios la había castigado con la pérdida de su marido, a lo cual se añadía otro castigo, el de un hijo idiota.
Pero no se fue.
—No estamos en Bohemia —dijo—, sino en Francia. A los franceses les interesa más la moda y el buen vino de Borgoña que las herejías. No necesito todo el libro, sólo uno o dos capítulos; los tres primeros, creo.
—¿Cuánto tiempo pensáis quedaros?
Demain, había dicho el cochero.
—La duración de mi estancia depende de muchos factores. ¿En una semana tendríais tiempo para copiar uno o dos capítulos?
En ese momento sonaron de nuevo las campanas de la catedral y el niño volvió a entonar sus quejidos tonales. La librera se giró para abrazarle.
—Me lo pensaré —dijo por encima del hombro.
—Pues entonces volveré mañana para saber la respuesta.
Gabriel se alejó con la cabeza palpitante, preguntándose qué semillas acababa de sembrar para alguna futura cosecha. No se le ocurrió reflexionar sobre si quien recogería dicha cosecha sería el fraile espía, con su hábito negro, o el mundano mercader, con su capa roja.
* * * * *
El niño odiaba las campanas de la catedral. El ruido atronador de las campanas (otras, pero las mismas) no había cesado ni un momento de tañer en su cabeza desde el día en que su tío le había abandonado al borde del puente. Él ya sabía que no volvería. Lo sabía por los ruidos roncos de su garganta y por sus pasos arrastrados, que se iban alejando, primero lentos y después rápidos: pum, pum, pum...
El clamor de las campanas: miedo, miedo, miedo. Una vez más, la sensación de su cuerpo cada vez más cerca, cada vez más cerca, el roce de su piel en los adoquines calientes, sus pies colgando en el vacío... Y a cada campanada, el río más cerca. Cada vez más cerca. No podía parar. No podía parar los movimientos espasmódicos de su cuerpo. No podía parar las campanas.
Su tío no volvería.
Otros pasos en el puente. Más lentos. Una pausa. Y luego, pum, pum, pum. Más campanadas, pero en otro tono.
«Para. Ayúdame.» Los gritos que salían de su cuello agarrotado. Bek, bek, bek. Cuanto más se esforzaba por calmar las sacudidas de sus brazos y sus piernas, más cerca temblaban del borde del puente. Bek, bek, ayúdame.
Ondas en el agua. Cuenta las ondas, una, dos y tres. Cuenta las campanadas, una, dos y tres. Cada vez más cerca.
Una mano huesuda le había apartado del borde.
Ahora otra mano, suave, le acariciaba el pelo, amortiguando el eco de las campanadas.
Ahora le cuidaban dos. Un uno y un dos. Uno. Dos. Como los primeros dos dedos de su mano. Uno. Dos. Como las piedras lisas de su bolsillo. La mano huesuda le había quitado las piedras. «No. No. Bek. Bek.» Y Anna (sabía su nombre; un acento al final: An-na), Anna se las había devuelto. Sus piedras. Dos piedras. Estaba buscando la tercera.
Dos piedras. Una plana. Una redonda. Dos manos. Una suave, de tacto leve y dulce. Polvo en verano del barro del río. Una rugosa como arena basta.
Dos voces. Una voz grave y gutural. Como el croar nocturno de las ranas del río. Su tío le dejó en el puente para que buscara bajo los troncos caídos anguilas y peces. Una voz como el canto del pájaro, de grave entonación. Tonos subiendo y bajando, una melodía de medios tonos. La voz con que cantaba él.
La vieja, su vejez en la piel suelta de las manos, le abandonaba. Atado a la silla, atado a su llanto: bek, bek, bek. Su piel frotaba las correas hasta llagarse. Lo rojo salía de su piel. Salía. Manaba. Salía. Manaba. Y él no podía pararlo.
En cambio, la joven le llevaba consigo. Le sentaba tras ella en el pequeño puesto del mercado. Su gran falda azul, su horizonte borroso... A veces, mirando más allá de ese horizonte, él veía moverse a las personas ante su débil vista, como palos anchos, finos, bajos, altos; desfile de colores, melodía oculta de notas en su conversación queda o a gritos. Él identificaba los tonos de las voces que le gustaban y los hilvanaba como si fueran cuentas y cantaba sus melodías dentro de su cabeza. Por ella intentaba no mover los brazos ni las piernas; Anna: An-na, An-na... Cantaba su nombre sin descanso en medios tonos para calmar su agitado cuerpo, y lo lograba, aunque no podía parar el temblor de sus piernas. Lo lograba incluso cuando ladraban los perros y se cerraban las puertas bruscamente. An-na. An-na. Pero no cuando tañían las campanas.
Ahora estaba demasiado débil para cantar el An-na en su cabeza. Toda la música dispersa. Cuentas por el suelo. Prestó atención, en un esfuerzo por juntar nuevamente las notas. Ahí estaba. Una nota de bajo. Un principio. Había oído la misma voz, la misma nota, una nota de bajo (una nota baja) sobre la que erigir su melodía. Llevaba oyéndola los últimos cinco días. Cinco días. Como los dedos de una mano si contaba el pequeño. ¿O eran seis? A veces el corto temblaba tanto que lo contaba dos veces.
La nota de bajo habló de nuevo. El niño forcejeó con la tela azul de su horizonte para ver al cantante. Un palo alto, vestido del color de la sangre dentro de su piel. Salía desde dentro hacia fuera. Cantó para sí mismo. Después siguió escuchando.
Una nueva melodía en su cabeza. Los tonos medios de An-na en contrapunto con las notas graves. Le gustó cómo sonaban las notas al unísono.
Eran tonos perfectamente acordes.
* * * * *
Cuando Anna enseñó el primer capítulo del encargo al mercader de Flandes, su corazón latía muy deprisa. El mercader pasaba a diario por el puesto de libros, para inquirir por el estado del manuscrito y practicar su inglés; eso decía, aunque su inglés era perfecto. Tras la segunda visita, Anna se sorprendió buscándole, escrutando la plaza en busca de la capa roja y admitiendo su decepción cada vez que alguna capa resultaba no ser la suya.
Las túnicas rojas parecían tan en boga entre los mercaderes ricos como entre los cardenales romanos.
Al principio no se fiaba del mercader de Flandes (VanClef, como dijo llamarse el primer día). Sus preguntas por los textos heréticos parecían de una espontaneidad demasiado estudiada, pero a cada visita se hacía más estrecha su amistad, y si algo necesitaba Anna, era un amigo. Pronto se irían los gitanos y se quedaría sola. Si aquel hombre de Flandes tenía ganas de ser su amigo, aunque sólo fuera durante unos días, ¿qué podía pasarle de malo en el mercado? Además, disfrutaba de su compañía.
La poca desconfianza que pudiera quedar se borró con la sexta visita.
El sol de finales de otoño había dejado paso a nubes bajas. Amenazaba con caer una fría llovizna. Anna vio al mercader al otro lado de la plaza. Parecía mirarla. Apartó la vista, avergonzada. Cuando volvió a mirar, ya no estaba.
Sin embargo, una hora después (según el pregonero), justo cuando pensaba que tenía que llevarse a Bek al carro de Jetta antes de que la lluvia atravesara las mantas que insistían en quitarse de encima los incansables brazos y piernas del pequeño, vio otra vez al mercader. Se acercaba al puesto rápidamente, casi corriendo, seguido por un muchacho que llevaba dos palos y un toldo.
Cuando Anna dijo que no podía permitirse el lujo, el mercader la hizo callar con una mano y pagó al mozo de su propia bolsa.
—Si así consigo reteneros y gozar media hora de vuestra compañía, será una miseria —dijo.
El impulso de Anna fue negarse.
—Así el niño no se mojará los días de lluvia —dijo él— y estará protegido del sol cuando haga buen tiempo. Además, pensad en mi lujosa túnica. Sabéis muy bien que un hombre de mi categoría no puede pavonearse por la plaza con seda mojada por la lluvia. No sería bueno para el negocio de paños.
Esto último lo dijo riéndose, como si se burlara de sí mismo, cuando en realidad lo que hacía era facilitarle a Anna la aceptación del regalo. Por otro lado, ¿cómo no aceptarlo? Era por el bien del pequeño Bek, sin olvidar la mercancía, que se veía obligada a proteger constantemente con lonas y a desenvolver cada vez que se acercaba un posible cliente.
—Pues entonces lo consideraré un préstamo —dijo Anna, mientras el chico golpeaba los palos con un mazo para clavarlos en el borde de tierra de la plaza adoquinada—. Hasta que haya terminado el evangelio. ¿Queréis ver cómo avanza?
El mercader se encogió de hombros.
—Si estáis dispuesta a enseñarlo...
Anna sacó las páginas sueltas de un cesto que tenía a sus pies, contenta de que hubiera un toldo para protegerlas.
—Siento que sea un trabajo lento, pero es que los días cada vez son más cortos y el gremio de los libreros tiene una norma contra el trabajo a la luz de las velas. Dicen que los resultados son inferiores.
—Aquí no hay nada inferior —dijo el mercader, hojeando rápidamente las páginas.
Anna se llevó una decepción. Casi no se fijaba en su labor, en la que tanto se había esmerado.
—Hoy el pequeño Bek está muy callado —dijo el mercader al devolverle las páginas.
—Es que nos escucha.
—¿Y nos entiende?
—Es difícil decirlo. No sabe hablar. Yo creo que sólo le gusta cómo suenan nuestras voces. También le gusta la música. Cuando más feliz se siente, es cuando pasa el organillero. Ya me he gastado todos mis medios peniques en un par de melodías, pero después se pasa horas tarareándolas, feliz y ocupado. Las palabras que canta son un galimatías, como si fuera el lenguaje de las hadas, pero en cambio forma melodías perfectas a partir de las notas que toma del organillero.
—Lo que no le gusta son las campanas.
—Creo que es porque suenan demasiado fuerte. Los ruidos fuertes le dan miedo, probablemente porque no ve bien. No sabe de dónde proceden.
VanClef metió la mano en el bolsillo de su túnica.
—Le he traído algo —dijo—. ¿Se lo puedo dar?
No esperó la respuesta. Ya había empezado a rodear la mesa donde estaban expuestos los libros de Anna. Se puso en cuclillas junto al niño y abrió la palma. A continuación puso la mano de Bek sobre una piedra lisa y elíptica, de un tamaño, forma y color muy parecidos a los de un huevo de petirrojo.
En el rostro del pequeño apareció una gran sonrisa, tan rebosante de alegría que a Anna casi se le partió el corazón. El pequeño Bek cogió la piedra y dio tres golpes con ella en la tela de su camastro. Un hilo de baba cayó de sus labios sonrientes y aterrizó en la manga de VanClef.
—Cuánto lo siento —dijo Anna, quitando la saliva con un trapo limpio de su cesto—. ¡Una túnica tan buena!
—Me importa un bledo. Sólo es tela. Ya se ha mojado otras veces. —VanClef cogió el trapo de la mano de Anna y lo pasó suavemente por la cara del niño—. Lo que no se va es la sonrisa —dijo con tono de satisfacción.
Se levantó y devolvió el trapo.
—Pero ¿cómo lo sabíais?
—He visto que jugaba con piedras y he pensado que podía gustarle tener otra. Tres es un número más perfecto. —Tras una pausa dedicada a contemplar al niño, miró a Anna—. ¿Ya os habéis dado cuenta de que sabe contar?
—¿Por qué os lo parece?
—¿No habéis visto su manera de dar golpes en el suelo? Tres veces. Fijaos, además, en que las ha alineado.
Por alguna razón, la compasión serena del pañero (a menos que fueran sus dobles facultades de observación y razonamiento) le recordó a su abuelo. Anna parpadeó para contener unas lágrimas inesperadas, confiando en que VanClef no se diera cuenta.
—Algo de inteligencia hay aquí —dijo él—. He leído sobre otros niños como él dotados de unas facultades muy superiores a las que tenemos los demás. Una especie de don divino que les compensa.
Anna tuvo ganas de darle un abrazo, no sólo por su bondad, sino por confirmarle algo que sospechaba desde hacía tiempo, y se lo habría dado si hubieran estado en la casita de Praga de su abuelo, en lugar de en la plaza de una ciudad de un país extranjero, y él hubiera sido uno de los estudiantes que iban a estudiar y traducir los textos de Wycliffe; pero ni estaban en la casa, ni él era un estudiante. VanClef era un desconocido en país extranjero, y Anna había visto bastante mundo desde su salida de Praga para no confiar en los desconocidos.
El toldo protector bajo el que estaban, cerca el uno del otro, rodeados de nubes y de niebla, creaba un espacio reducido e íntimo. Anna tuvo que aguantarse las ganas de tocar la manga roja de VanClef y palpar el brazo que había debajo. Arqueó inconscientemente la espalda y se alisó el pelo con las manos, como si quisiera domarlo. Algo se agitaba en sus partes de mujer, algo acerado, veloz como el relámpago, casi como un dolor. Giró su rostro encendido para no mirar al mercader, fingiendo ordenar los libros y los opúsculos de la mesa.
—¿Tenéis hijos, monsieur VanClef?
Seguro que un hombre así tenía mujer e hijos, hijos fuertes que pudieran continuar el negocio.
—No, estoy... solo... Soy soltero.
—Lástima —murmuró ella, tratando de que no se rebelaran los latidos de su corazón—. Quiero decir que... da la impresión de que os gustan los niños.
—«Dejad que los niños se acerquen a mí», dijo nuestro Señor. —VanClef sonrió —. A él también le gustaban.
Detrás de Anna, el pequeño Bek daba golpes en el suelo con las piedras. Uno, dos, tres golpes sordos contra el camastro. La niebla se hizo lluvia y las gotas empezaron a caer por el borde del toldo.
—Espero que viváis cerca de aquí... —Nada más decirlo, Anna se ruborizó, temiendo ser malinterpretada—. Sólo lo digo porque no me gustaría que se os mojara una ropa tan buena dos veces en un día.
Él se rió.
—Tengo una habitación al otro lado de la catedral, en la rue de Saint Luc. ¿Vos vivís aquí cerca?
—Viajo con un grupo de... peregrinos, pero pronto se irán. Mis planes son quedarme todo el invierno en Reims. Aquí hay una buena clientela.
—Donde me alojo es posible que queden habitaciones.
—Soy una simple viuda, una librera pobre. No podría permitirme lo mismo que un rico mercader.
—Es una casa sencilla, pero limpia, y con precios razonables. Si queréis, estaré encantado de preguntárselo al casero.
Mientras Anna vacilaba, sin saber qué responder, él añadió:
—Si dejáis que os ayude a recoger los libros, podemos ir ahora mismo. Si intentáis hacerlo sola, con el niño, acabaréis los dos empapados.
Antes de que Anna pudiera protestar, VanClef metió los libros en la cesta y cogió en brazos al pequeño Bek.
—Tened —dijo, entregándole el cesto—. Corramos. Es la segunda casa al otro lado de la catedral.
En cuanto salió de su boca la última palabra, el pañero echó a correr por la plaza, con el pequeño Bek envuelto en su capa forrada de piel.
Lo único que pudo hacer Anna fue envolverse con el chal el pelo, que se estaba encrespando, y seguirle.