La comerciante de libros

Brenda Rickman Vantrease · Capítulo 11 de 45

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La comerciante de libros

Capítulo X

¿Quién al señor distinguirá del siervo

(aunque su amigo fuera en vida)

al ver su carne a huesos reducida

y a gusanos comiéndose su cuerpo?

Cristianos, judíos y paganos, todos sirven

a aquel que nutre a maravilla a cuanto vive.

Walter Von Der Vogelweide (siglo XIII)

 

Anna se despertó. Una punzada de pánico.

Aquellos gritos, aquel bek, bek, bek, ¿eran los alaridos de las almas de los condenados? Abrió despacio los ojos. Aquella luz, aquel resplandor rojo en una especie de cueva, ¿era el reflejo de las calderas del diablo? ¿Tendrían razón desde el principio los curas de sotana negra que amonestaban a los fieles sobre la perdición de las almas inconfesas? ¿Estaban ahorcando su cuerpo y llevándolo a rastras por las calles en castigo por el suicidio al tiempo que su alma se despertaba en el infierno?

No. Algo más que su alma. Sentía su cuerpo físico. Le dolía. Pero ¿cómo podía no dolerle en el tormento eterno? Al menos era lo que habrían dicho los doctos frailes.

De todos modos, si se trataba del infierno no olía a azufre. Ni por asomo. En eso se habían equivocado. A lo que olía era a fritura. Se oía un silbido de grasa muy caliente. No era un olor desagradable. Olía como a... ¿panceta? La incongruente imagen de un diablo con cuernos aguantando la horquilla sobre el fuego como si fuera un espetón la habría hecho reír, si hubiera tenido aliento para risas. O gritar de miedo, si hubiera tenido aliento para gritos.

Abrió la boca e intentó respirar profundamente, pero se atragantó de aire demasiado caliente y empezó a toser y escupir. Se incorporó, presa del pánico. La luz roja parpadeaba y ondulaba al fondo de un espacio pequeño y alargado, con la fuerza de una cortina de ascuas. Con el siguiente hilillo de aire, sus pulmones temblorosos volvieron a sofocarla. La cortina se abrió. El movimiento provocó un chisporroteo, un estremecimiento de brasas.

Apareció una anciana, de rostro moreno y arrugado, y recio pelo gris. ¿Un secuaz del demonio que venía a atormentarla? ¿A roerle el hígado o a retorcerle las carnes con pinzas al rojo vivo, como en los relieves de las puertas de las catedrales?

—Bebe, niña.

Unos ojos extraños se movían rápidos como luciérnagas sobre una mano con aspecto de garra, que le tendía un vaso de metal. ¿Un vaso de agua en el infierno? No, a menos que aquel ser viniera a tentarla, como a Tántalo...

Anna cogió el recipiente metálico y lo sujetó con ambas manos, pero sin beber. Tosió otra vez, con menos fuerza. Los espasmos del pecho se estaban suavizando. Empezaba a acordarse.

Y el pánico comenzaba a remitir.

Levantó la cabeza con cuidado, sintiéndola pesada, abotargada, a pesar de lo cual pudo examinar con calma lo que la rodeaba. Estaba tumbada en un suelo de madera, sobre un montón de mantas. El techo era semicircular. Había ventanas en los lados, con telas tupidas que filtraban la fuerte luz del sol. La cortina de brasas del fondo estaba hecha de hileras de cuentas de colores vivos. La vieja con el vaso, las manos como garras... Era la vieja de debajo del puente.

Algo intentaba despuntar: un recuerdo, como de algo soñado; el recuerdo de ser sacada del agua, golpeada, vapuleada, llevada medio a rastras y, por último, levantada por muchas manos (bajo ojos negros de mirada escrutadora y rostros llenos de curiosidad) a donde estaba ahora. Era una especie de carro, no del todo distinto a los suntuosos carruajes en que se desplazaba la nobleza, pero más pequeño y de peores materiales.

Trató de devolver el vaso de hojalata.

—Creo que ya he tragado bastante agua en un día.

La vieja se negó, moviendo con fuerza la cabeza.

—No, agua no, medicina. Tate shilalyi. Caliente-frío. Protege de la fiebre y el paludismo del río. Bebe.

Anna pensó que lo mejor era fingir que se lo bebía para no ofenderla. A fin de cuentas era quien la había sacado del río. Se llevó el vaso a los labios y arrugó la nariz al olerlo.

—¿Qué lleva?

—Polvo de pulmones e hígados de rana —dijo la vieja sin mirar el vaso.

Su mirada inquieta se había posado en la cabeza de Anna con una expresión casi voraz.

Tal vez sí que fuera el infierno.

—Entonces no me conviene beberlo —dijo Anna, buscando alguna excusa que no molestara a la vieja—. Es que una vez bebí algo con... partes de rana y se me... hinchó la lengua. Me encuentro mucho mejor, de verdad.

Volvió a tender el vaso, aguantándose un ataque de tos. Esta vez la vieja lo cogió, lo dejó en el suelo sin mirarlo y acercó la mano al pelo de Anna para acariciarlo, sin apartar ni un solo instante la mirada de su rostro. Sintiendo el esfuerzo de los dedos huesudos por peinarla, Anna intentó no encogerse. A fin de cuentas aquel ser de aspecto tan extraño le había salvado la vida. Supuso que era una suerte. Una uña mellada se enredó en los tirabuzones. Anna no pudo contener un grito. Se le había apelmazado el pelo al secarse, y debía de parecer una salvaje. Lo verdaderamente raro era que la vieja no tuviera miedo.

—Rawnie bal —susurró la mujer, palpando el pelo de Anna como si fuera de oro.

—¿Qué habéis dicho?

No era el idioma de Bohemia. Tampoco alemán. Anna estaba segura.

—Pelo de dama. Pelo rojo. Muy buena suerte.

La vieja lo soltó con un suspiro, como si apartase los dedos de un tesoro. ¿Sería la razón de que su benefactora la hubiera sacado del río? ¿Por ser pelirroja?

—Pues está claro que a mí no me ha dado suerte. ¿Dónde estoy? —preguntó Anna para distraer a la vieja, que a juzgar por su expresión podía cortarle los rizos en cualquier momento (y, dadas las circunstancias, Anna se resistía un poco a desprenderse de ellos, pese a ser tan rebeldes)—. ¿Y vos? ¿Quién sois?

—Soy Jetta —dijo la arpía, apartando la mirada (y los dedos) de la pelambrera de Anna—. Soy roma. Estás con los romanís, a salvo.

—¿Roma?

Era la primera vez que Anna oía la palabra, aunque Martin le había comentado que al cruzar Hradcany por el espolón que dominaba el río Vltava se había encontrado con un extraño grupo de peregrinos. Estaban acampados junto al río. Anna había visto el campamento desde el puente.

—Somos peregrinos cristianos, egipcios que no lucharon cuando los sarracenos entraron en Egipto, y ahora, como penitencia, debemos vagar durante siete años por el mundo para agradar a nuestro Señor.

Lo dijo como si fuera una letanía aprendida de memoria.

Pues era la peregrina más rara que había visto Anna en toda su vida, sin bastón, capa ni cédula de peregrino, y con el pelo recogido en un triste pañuelo. Se adornaba el cuello con grandes aros de colores, hechos de alambre y metal. Llevaba una falda larga hecha jirones y una camisa suelta. En cuanto al carro de techo curvo, con sus finas cortinas, sus cuentas y sus colorines, parecía una especie de vivienda permanente. No se veía ningún altar o estatua de la Virgen. Las partes del suelo y de los lados que no estaban tapadas con telas de colores parecían de madera, a base de listones muy finos.

Anna tampoco supo qué pensar de los extraños gritos, cada vez más fuertes.

—¿Tenéis pájaros en el campamento? —preguntó, intentando no temblar al acordarse de los carroñeros alados del puente y de cómo había acabado ella en el río.

—Pájaros no; el pequeño Bek, mi niño. Como no habla, cuando quiere algo hace este ruido. Es impaciente. Huele la panceta que te ha traído Bera.

—¿Bera?

—El rey romaní.

—¿Por qué iba a traerme panceta?

—Porque le gustan las mujeres guapas o por el pelo rojo. Da buena suerte ponerse un amuleto de pelo rojo en la barriga durante el parto. La mujer de Bera, Lela, está casi a punto.

—Pues que se lleve un rizo para su mujer, que tengo de sobra. Es lo mínimo que puedo hacer en pago de mi deuda. —Cada vez olía más a panceta, y Anna tenía hambre—. Cuidado con la carne, que se os puede quemar si no la vigiláis. Me encuentro mucho mejor. Ahora mismo me levanto y os acompaño. Puedo cuidar al niño mientras cocináis.

Anna se quitó de encima la manta de colores vivos, pero volvió a taparse enseguida.

Estaba desnuda de pies a cabeza.

—¡Mi ropa! ¿Dónde está mi ropa?

—La hemos lavado. Aún se está secando. También te hemos lavado a ti, para que no estés mahrime, contaminada. Por el agua sucia del río.

La imagen mental de todos los ojos que la habían escrutado hizo que a Anna se le subieran de golpe los colores.

—¿Quién me ha quitado la ropa?

—Yo, con la ayuda de Lela. —Jetta descolgó un blusón y una falda rojos de un gancho—. Bera ha traído esto para que te lo pongas hasta que se seque tu ropa.

Anna cogió las extrañas prendas. Parecían nuevas, aparte de muy holgadas (y no porque fueran demasiado grandes).

Una cuerda de seda servía de cinturón y la falda dejaba los tobillos a la vista. O se las ponía o se quedaba desnuda debajo de la manta. Se la aguantó con una mano en el pecho, mientras cogía la camisa con la otra. Justo cuando pensaba que no parecía haber ropa interior, Jetta sacó una enagua de un armario. Era de hilo sin blanquear, más amplia de lo que ella necesitaba y demasiado corta. Aun así la aceptó, agradecida, y se la pasó por la cabeza.

* * * * *

Cuando Anna salió por la parte trasera del carro, dos brazos fuertes, con fino vello negro, se elevaron a su encuentro para ayudarla a bajar. Los brazos confluían en un torso ataviado con una blusa roja no muy distinta de la que llevaba ella, con la diferencia de que no era de hilo, sino de seda, detalle en el que Anna reparó al tener la camisa a la altura de los ojos, a la vez que la faja, también roja y de seda, que sujetaba los pantalones. Un hombre aproximadamente de la edad de Martin, aunque como mínimo ocho centímetros más bajo, le mostró una dentadura grande y blanca, antes de dejarla en el suelo con una profunda reverencia.

—Bienvenida a nuestro humilde campamento —dijo—. Soy Bera, rey de los roma y jefe de este grupo de peregrinos.

A pesar de su corta estatura, era el hombre más atractivo que había visto Anna en su vida: pecho amplio, cintura estrecha y unos ojos tan negros como el pelo, que era como el carbón.

—Hemos venido a ofrecerte nuestra hospitalidad y a celebrar que te rescatamos del río.

Con otra reverencia, que más que un simple gesto parecía un paso de baile, señaló a un pequeño grupo de hombres y mujeres distribuidos alrededor de una hoguera de carbón. Encima del fuego había una sartén enorme. Varios carros de colores y con la cubierta redondeada formaban un círculo a su alrededor. Sin embargo, a Anna le bastó un rápido vistazo para darse cuenta de que no todos tenían ganas de celebrar su presencia. Una mujer más joven que ella, también baja y algo rechoncha (aunque en el fondo era una injusticia pronunciarse en ese sentido por el leve abultamiento de su barriga) la miraba con recelo. Estaba un poco apartada del resto del grupo, cuyas expresiones, aunque amistosas, no disimulaban su curiosidad.

Lela, la mujer de Bera, pensó Anna. Evidentemente, había algo que no acababa de gustarle. Su mirada fija hizo que Anna se diera cuenta de lo mal que le sentaba la ropa prestada. Probablemente fuera de Lela, la mejor que guardaba en espera de poder ponérsela otra vez. Era lógico que la mirase con resentimiento. Anna intentó sonreír, pero la expresión de la joven siguió siendo igual de hostil.

Bera cogió la mano de Anna para llevarla al interior del círculo que formaban los demás, cruzados de piernas en el suelo, a distancia prudencial del calor del fuego.

—Hemos preparado una fiesta en tu honor.

El amplio gesto de su mano señalaba la panceta, pero también una mesa con hogazas de pan oscuro, trozos de queso y cebolla y un melón recién cortado, con gotas de condensación en su piel verde, así como una carne rosada que rezumaba jugo en el calor del mediodía.

—¡Qué amables! —balbuceó Anna—. ¿Cómo os lo podría...?

—Las buenas obras son su propia recompensa. —Bera sonrió—. Naturalmente, siempre agradecemos que se corresponda con amabilidad a la amabilidad.

Lo que quería decir estaba claro. Se esperaba alguna muestra de gratitud. Anna pensó en la escasez de sus recursos, en los pocos florines que escondía en su casa, pequeño tesoro que ya había menguado desde la muerte de Dĕdeček, y que al consumirse la dejaría sin nada. De pronto su corazón dio un vuelco. ¡No pensarían pedir un rescate por ella!

—Desgraciadamente, no soy rica, sino una huérfana soltera, que sólo posee unos cuantos muebles. —Un círculo de ojos la miraba, esperando—. Sólo tengo una cama, un par de sillas y la ropa que veis secándose a vuestras espaldas, sobre los arbustos.

Lo último era una mentira que la sonrojó. Dĕdeček siempre la había vestido lo mejor que permitían las leyes suntuarias.

Bera se encogió de hombros. Su decepción era palpable. Fue como si languideciera todo el grupo, excepto Lela, que por alguna razón se alegraba de que no hubieran pescado a una esposa o viuda rica.

Bera se recuperó con elegancia.

—No esperamos ningún pago —dijo—; ahora bien, tal vez tengas algún talento con el que quieras contribuir a nuestra celebración. ¿Sabes cantar?

Oyendo la palabra «cantar», un niño de unos siete u ocho años (no era fácil calcular su edad, debido a la malformación que sufría) se adelantó sobre unas piernas esqueléticas, demasiado pequeñas para el resto de su cuerpo, y empezó a canturrear una especie de media melodía, con voz aguda y bien timbrada.

Bera se rió.

—No, Bek, tú no. Ya oímos bastante tus graznidos.

Lo dijo sin mala intención. El niño movió la cabezota en señal de asentimiento, como si lo entendiera. Después la giró hacia Anna, como el resto del grupo, y todos se quedaron a la expectativa.

—Lo siento —dijo ella, avergonzada—. No tengo talento para el canto, y me he quedado ronca por la tos.

Bera sonrió y dio un salto acompañado por medio giro, cruzando en tijera sus piernas bien formadas.

—Me temo que tampoco bailo —dijo Anna—. Ni toco ningún instrumento — añadió al ver un dúlcemele con cuerdas al lado del pan y del queso.

Vio de reojo que Lela sonreía por primera vez, pero no había calidez en su sonrisa. Anna buscó alguna manera de agradarles, de agradecerles lo que habían hecho. Se acordó de repente.

—Habéis dicho que sois peregrinos cristianos. Tengo algo que os podría interesar.

—¿Una santa reliquia?

Bera sonrió educadamente, mostrando unos dientes de una blancura pasmosa, pero el temblor de una de sus comisuras demostraba que era una sonrisa forzada.

Anna sospechó que ya había visto demasiadas y que sabía lo fácil que era fabricarlas. Hasta era posible que él mismo hubiera vendido alguna que otra falsa reliquia. Según Martin, era un grupo extraño que vivía de su ingenio.

—No es exactamente una reliquia, sino algo mejor: un libro.

Bera se rió.

—¡Pero si los romanís no sabemos leer! No le damos valor a... ¿Has dicho un libro?

Anna se dio cuenta demasiado tarde de que empezaba a hacer cábalas:

—No podríais venderlo —se apresuró a añadir—, pero es muy especial. Se trata de la palabra escrita de nuestro Señor, un libro hermosísimo. La próxima vez que venga lo traeré para que lo veáis.

—Pero si tienes un libro así, ¿por qué no puedes venderlo? Entonces ya no serías pobre.

«Porque me lo prohibió mi abuelo. Es lo único suyo que me queda.»

—Tiene demasiado valor personal; además, si las autoridades se enterasen de que existe, lo confiscarían y lo quemarían. Va contra la ley tener un libro así.

Sus propias palabras le hicieron darse cuenta de que era una imprudencia mencionar el libro, aunque su abuelo nunca lo hubiera guardado en secreto; de hecho, se lo enseñaba a todos los que pedían verlo. «¡A todos los que podían leer el texto, tonta!», se regañó.

Mientras tanto, Jetta había retirado la sartén del fuego para ponerla encima de la mesa, y los demás se disponían a rebañar la grasa con pan y cortar trozos de panceta y queso. La vieja cogió un trocito de panceta, lo deshizo con las manos y empezó a dárselo al pequeño Bek. Bera partió un trozo de pan y se lo tendió al niño, que asintió sonriendo. Su cabeza subía y bajaba como una flor muy grande en la punta de un tallo demasiado frágil.

—Al final de la fiesta —dijo Bera— te llevaré a tu casa y podrás enseñarme el libro con las palabras de nuestro señor Jesús.

—Ahora que lo pienso, probablemente no os interese. Está escrito en inglés, no en el idioma de Bohemia.

—El idioma no tiene importancia, porque yo no sé leer. —Bera lo dijo con orgullo—. Es la palabra del Señor. Puedes leérmela y podré tocarla. Me dará buena suerte.

Anna oyó algo a sus espaldas, una palabra en romaní que sonaba como gadje, y aunque ignorase su significado, supo que se la habían escupido a ella y que no era un cumplido. Al girarse vio que Lela se iba del círculo y subía trabajosamente al carro de colores más chillones. Después corrió la cortina de la entrada.

A Anna, el susurro le sonó como un portazo.

* * * * *

Anna ya no iba al río Vltava, pero sí al camposanto de Tyn, donde cada día hablaba en voz alta con su abuelo, como si la oyera. «Sí, sí que me acuerdo del nombre: sir John Oldcastle. Ya sé que te lo prometí, pero ¿cómo quieres que viaje sola? No sería seguro.»

Su abuelo nunca contestaba.

Estaban a mediados de agosto. Habían pasado dos semanas desde el encuentro con el río. Pese a no dejarse acompañar por Bera hasta su casa, Anna había dejado un mensaje para Jetta, prometiendo que pronto los visitaría, y a decir verdad nunca dejaba de pensar en la excursión al pequeño campamento de la orilla del río, que le serviría para devolver la falda y la blusa rojas de Lela (limpias y dobladas). De mañana no pasa, se había dicho; pero a lo largo de la noche había llovido bastante para humedecer la tierra y refrescar el aire, circunstancia que le sugería otra tarea más urgente.

Mientras sembraba hierba en la tumba recién tapada, consultó la altura del sol y pensó que probablemente fuera demasiado tarde para ir. Aquello era más importante. Ya que no podía cumplir su promesa, al menos podía cuidar su tumba. La tierra ya sobresalía un poco menos. Algún día se hundiría, como las que la rodeaban, más antiguas; tumbas descuidadas, sin nadie para cuidarlas. Echó unas cuantas semillas de flores silvestres y las regó con la jarrita de hojalata que había llevado.

Hace un mes podría haberlas regado con lágrimas, pensó; sin embargo, desde su rescate del río por la arpía gitana, le dolía menos el corazón, como si al fin y al cabo las aguas del Vltava le hubieran otorgado una especie de bautismo. El dolor seguía en su sitio, como una herida en proceso de cicatrizar, pero una parte de la rabia se estaba diluyendo, sustituida por una ira más sorda, un hervor en lo más profundo de los huesos.

Se había fijado en que últimamente, cuando iba a ver la tumba de su abuelo, en vez de aquel hervor, se apoderaba de ella una paz muy especial, como si Dĕdeček aún estuviera cerca, y algunos días la paz la acompañaba a casa y se quedaba con ella hasta que, consumida su cena solitaria, Anna se preparaba para acostarse, quitándose la túnica y doblándola bien, como le habría gustado a Dĕdeček. A veces, mientras cepillaba el caos de sus rizos y lo ordenaba en trenzas, se sorprendía hablando con él, hasta el extremo de que en una ocasión, al quitar los pelos de las cerdas y dejar boca abajo el cepillo con dorso de plata que Dĕdeček le había regalado para su cumpleaños (de la misma manera que lo hacía él cuando entraba en el cuarto de su nieta), se le escapó una carcajada. «Ya ves que me acuerdo, Dĕdeček. De todo. De todo lo que me enseñaste.»

Esta vez fue distinto. Esta vez, tras regar las semillas y arrancar las malas hierbas en torno a la cruz de piedra en la que se había gastado algunos de sus inestimables florines, la paz no la acompañó durante el camino de vuelta. Tampoco la esperaba en su casita.

En la puerta había una mujer ancha de caderas, con la mandíbula muy pronunciada y una cofia blanca de encaje que enmarcaba un rostro muy poco sonriente.

—¡Señora Kremensky! ¿Ha..., ha pasado algo? —preguntó Anna, intentando acordarse de si había ordenado las habitaciones de la planta baja antes de irse al cementerio.

La puerta estaba abierta, pero la ocupaba por entero la señora Kremensky, sin moverse, cerrando el paso y retorciéndose las manos con nerviosismo.

—Es que quería...

Anna se puso de puntillas para mirar por encima del hombro de su casera, pero sólo vio una pluma de ganso flotando en el aire.

—Un momento... No...

—La verdad es que he perdido mucho como ama de casa desde que... Prometo mejorar.

Anna intentó entrar, pero la señora Kremensky seguía obstruyendo el paso. Ya no se retorcía las manos. Ahora sacudía la cabeza, en señal de que no era un problema de orden doméstico. Anna nunca la había visto tan agitada.

—Lo siento, Anna —dijo finalmente—. No he podido impedírselo. Me han amenazado. Decían que...

Dejó la frase a medias y se miró los pies, eludiendo la mirada de la chica.

Anna tocó el hombro de su casera y lo sacudió con suavidad, como si pudiera hacer caer las palabras de sus labios.

—¿Impedir qué a quién, señora Kremensky? ¿A quién ha intentado impedirle algo? ¿Por qué está tan disgustada?

Eran los gitanos. Había sido un error no devolverles la falda roja. Así tenían una excusa para ir a su casa. Le extrañó que hubieran conseguido localizarla.

—Los soldados. Acaban de irse.

—¡Soldados!

Anna apartó a la señora Kremensky y penetró en el caos de la planta baja.

Se le cortó la respiración. El suelo estaba lleno de papeles, y la silla de sauce al revés, con el cojín cortado. Los cojines del banco de trabajo de su abuelo también tenían cortes. En la mesa de la cocina había un vaso de leche al revés, pero lo que hizo empañarse los ojos de Anna fue ver que, en la mesa de trabajo de su abuelo (cuidada por ella como un relicario), las pinturas, los pinceles y las plumas estaban desperdigados y rotos.

No tenían derecho.

En uno de los cojines reventados se estaba secando una mancha de pintura roja. Anna la tocó. Tenía la consistencia de la sangre. Se la quedó mirando hasta limpiarla con la falda, manchada con el barro de la tumba de su abuelo.

¡No tenían derecho!

Sintió que su ira sorda se abría camino desde el tuétano, atravesando el hueso y amenazando con brotar en uno de los devastadores accesos de rabia que Dĕdeček se había pasado toda la vida enseñándole a dominar.

—No se saldrán con la suya. Acudiré a las autoridades. —Anna gritaba sin poderse controlar. Temblaba tanto que tuvo miedo de caerse, y se cruzó fuertemente de brazos para aquietar los movimientos de su cuerpo—. Elevaré una petición al concejal. Haré que...

—Silencio, niña, que las paredes oyen. Repórtate.

—Acudiré a las autoridades...

—Pero ¿no lo entiendes, Anna? Esto lo han hecho las autoridades. Los soldados buscaban algo. Me han enseñado un mandato. Si no, no les habría dejado entrar.

—Pues tiene que ser una equivocación. Yo no tengo nada que...

—Han dicho que buscaban los escritos prohibidos del hereje Wycliffe.

—Pero si yo lo único que tengo es...

La señora Kremensky le tapó suavemente la boca.

—No quiero saber qué tienes, Anna. Siempre le dije a tu abuelo que no quería saber nada. No era de mi incumbencia, pero ahora ha habido ejecuciones por este delito y las autoridades sospechan de ti. La situación tendrá que cambiar. Dudo que hayan encontrado algo. De momento estás a salvo, pero volverán, y no dejarán de venir hasta que encuentren lo que buscan.

Anna casi no escuchaba. Estaba haciendo un rápido inventario visual de la sala. Habían roto la cerradura del pequeño arcón de la cocina. El suelo estaba sembrado de manteles y servilletas, pero el falso fondo parecía intacto. Era donde su abuelo siempre guardaba la Biblia de Wycliffe.

A la señora Kremensky se le movía la boca de emoción.

Sin embargo, se apartó de Anna como quien se aparta del fuego cuando pasa una ráfaga de viento.

—Tienes que irte, por tu bien y por el nuestro. Ya no puedo permitirme que vivas aquí —dijo.

Sus palabras tuvieron el efecto de una bofetada.

No, seguro que lo había entendido mal. La señora Kremensky siempre la había tratado tan bien, desde su infancia... En algunos aspectos con formalidad, pero sin faltar nunca a la bondad. Desde la muerte de su abuelo se mostraba especialmente generosa: le traía comida, le aconsejaba descansar, y una vez hasta la había acompañado a visitar la tumba.

—¿Cómo que tengo que irme? ¿Me estáis echando de mi casa?

Anna ya no hablaba a grito pelado. La llama había tardado tan poco en apagarse como en encenderse, y había dejado un frío entumecedor. La frente de la señora Kremensky estaba sudorosa, pero Anna tiritaba.

—Tienes que entender mi situación...

Su tono era de súplica, al igual que la mirada de sus ojitos grises, que a Anna siempre le habían recordado botones pequeños y brillantes cosidos en el paño de una muñeca con demasiado relleno.

—Tienes que entenderlo. No hay alternativa. Ahora que ya no está tu abuelo, creía que no te molestarían. Una mujer sola... ¿Qué peligro podría representar? Pero parece que por alguna razón se han fijado en ti, aunque en la casa ya no se celebren... reuniones.

La señora Kremensky volvió a retorcerse las manos. Como no se atrevía a mirar a Anna a los ojos, fijó la vista encima de su hombro.

La joven se le puso delante, a la vez que intentaba controlar el miedo que estaba naciendo en su interior.

—Señora Kremensky, si me echa no tendré adónde ir.

—Seguro que puede darte alojamiento algún amigo o pariente.

—Mi único pariente vivo era mi abuelo, y a mis amigos me los ha quitado la Iglesia.

«Alimentando con su carne a los pájaros y reduciendo sus huesos a cenizas.» ¿Cómo hacerle entender que era imposible apartarla de ahí, de su último lazo con la única familia que había conocido?

La casera se puso la mano en la frente, tapándose sus ojos de botón con una palma ancha y cuadrada que torció absurdamente su cofia.

—Lo siento, Anna. Tengo que pensar en mi marido, que no está bien de salud. Esta casa es nuestro único medio de subsistencia, y si permito que te quedes, podrían confiscárnosla.

Se giró para irse. Anna estaba demasiado aturdida para tratar de frenarla.

—Tu abuelo pagó el alquiler hasta final de año. Te devolveré el dinero. Puedes cambiarte de nombre y de ciudad. Si te quedas aquí, todos correremos peligro. Tienes que entenderlo.

Pero ella no entendía nada, salvo que se había quedado sola y que pronto se quedaría sin hogar.

—Por favor, Anna, procura irte mañana... Cuando vuelvan los soldados, tienes que haberte ido, y no quiero saber adónde vas. Lo siento.

Anna no se giró. Oyó cerrarse la puerta a sus espaldas, pero se quedó como una estatua entre los papeles y los manteles arrugados del suelo. Una pluma de ganso levantada por la ráfaga de viento de la puerta flotó hasta posarse en la falda roja plisada de Lela.

* * * * *

En un torbellino de ira y rabia contenida, Anna empezó por la mesa de trabajo de su abuelo, a la que devolvió su orden habitual. Los soldados no habían revuelto los cuartos del piso de arriba. O bien no habían reparado en la puerta que daba a la escalera o bien lo único que les interesaba era la planta baja, donde se celebraban las reuniones bíblicas.

Anna casi ya lo había ordenado todo. Era un paso imprescindible antes de pensar en irse. Ya había enderezado la silla, limpiado la leche derramada y tirado los cojines rotos, sin que las lágrimas dejasen de rodar ni un momento por sus mejillas y sin que ella dejase de musitar rabiosa para sus adentros, actitud que creía haber dejado atrás con su niñez. Mientras ordenaba el contenido del arcón, oyó llamar a la puerta.

¿La señora Kremensky, que venía a decirle que había recapacitado o a rogarle que se quedara...? Como mínimo a darle más tiempo. Anna intentó serenar su expresión. Después de secarse los ojos y de sonarse la nariz, fue a la puerta y quitó la pesada barra. Sus palabras se mezclaron con el chirrido de las bisagras.

—Me alegro tanto de que vengáis...

Pero la silueta recortada en el umbral por la última luz de la tarde no era la de su casera.

—Jetta tenía razón! Por fin te encontramos —dijo el rey de los gitanos—. Vengo a ver el libro santo.

Lo dijo susurrando, mientras le hacía saber a Anna con una sonrisa y un guiño que ya sabía que no era un secreto que se pudiera proclamar por las calles de viva voz.

A principios de la semana siguiente, cuando volvieron los soldados, la casita de Staroméstké náméstí estaba como una patena. No quedaba ni un pote de pintura como testimonio de sus antiguos habitantes.

—Mi inquilina se fue en plena noche. No sé adónde. —La señora Kremensky estaba en medio de la sala, mostrando en su rostro toda la indignación de que era capaz. Alrededor de ella flotaban motas de polvo en un rayo de sol—. Si la encuentran, me debe el alquiler del mes de agosto.

Los soldados se fueron conformes.

* * * * *

Lo único que dejó Anna en la ciudad de Praga fue una corona alrededor de la crucecita de piedra del camposanto de Tyn. Sus flores ya habían empezado a marchitarse cuando el pequeño grupo de peregrinos romanís penetró en la oscuridad del bosque, rumbo al oeste.