La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 14 de 81

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La profecía Romanov

Capítulo 12

Moscú, 20:30

A Lord le inquietaba que Hayes hubiera salido de la ciudad tan súbitamente. Se sentía más a gusto teniendo a su jefe cerca. Seguía muy nervioso por lo del día anterior, y resultaba que Ilya Zinov se había ido a dormir a casa, prometiéndole, eso sí, que estaría esperándolo en el vestíbulo del Voljov a las siete en punto de la mañana siguiente. Lord se había hecho a la idea de permanecer en su habitación, pero estaba muy inquieto y acabó bajando al bar a tomarse una copa.

Como de costumbre, había una mujer de edad sentada tras un mostrador de madera falsa, al final del pasillo del tercer piso: era imposible entrar o salir del ascensor sin pasar junto a ella. Era una dezhurnaya. Otra reliquia de tiempos de la Unión Soviética, cuando en cada planta de cada hotel había una mujer, perteneciente a la plantilla del KGB, que se ocupaba de facilitar el control de los huéspedes extranjeros. Ahora no pasaban de camareras complicadas.

–¿Sale usted, señor Lord?

–Sólo voy al bar.

–¿Asistió hoy a la reunión de la comisión?

Lord no había hecho ningún secreto de sus actividades en la comisión: todos los días salía y entraba con la credencial prendida de la solapa.

Dijo que sí con la cabeza.

–¿Van a conseguirnos un nuevo Zar?

–¿Es eso lo que usted quiere?

–Con todas mis ganas. Este país necesita un retorno a sus raíces. Ahí está el problema.

Había despertado la curiosidad de Lord.

–Estamos en un sitio enorme, con una facilidad extraordinaria para olvidar su pasado. El Zar, un Romanov, nos devolverá a nuestras raíces.

Por sus palabras, parecía orgullosa de sí misma.

–¿Y si el que eligen no es un Romanov?

–No saldrá bien -declaró ella-. Dígales que ni se les pase por la cabeza. El pueblo quiere un Romanov. Lo más cerca posible de Nicolás II.

Charlaron un rato más, y Lord, antes de meterse en el ascensor, prometió a la mujer que transmitiría su punto de vista a la comisión.

Una vez abajo, se encaminó hacia el mismo salón en que se habían refugiado Hayes y él la tarde anterior, después de la agresión. Pasaba frente a uno de los restaurantes cuando vio un rostro conocido. Era el hombre de los archivos, con otras tres personas.

–Buenas noches, profesor Pashenko -dijo Lord en ruso, atrayéndose la atención del viejo.

–¡Señor Lord! ¡Qué coincidencia! ¿Viene usted a cenar?

–Vivo en este hotel.

–Estoy con unos amigos. Cenamos aquí con frecuencia. El restaurante es muy bueno.

Pashenko presentó a sus acompañantes. Tras una breve charla, Lord se excusó:

–Me ha alegrado mucho volverlo a ver, profesor -dio un paso adelante, como para seguir su camino-. Iba a tomar una copa rápida antes de irme a dormir.

–¿Puedo acompañarlo? – preguntó Pashenko-. Lo pasé tan bien charlando con usted…

Lord dudó un momento y luego dijo:

–Si le apetece… Siempre es de agradecer un poco de compañía.

Pashenko dio las buenas noches a sus amigos y entró con Lord en el salón. Un ligero popurrí de piezas de piano flotaba en el ambiente. Sólo la mitad de las mesas estaban ocupadas. Tomaron asiento, y Lord pidió al camarero que les trajese una jarrita de vodka.

–Desapareció usted de pronto, ayer -dijo Lord.

–Vi que estaba usted ocupado. Y ya le había hecho perder bastante tiempo.

Llegó el camarero con la vodka, y Pashenko se adelantó a pagar, sin darle tiempo a Lord de sacar la cartera. El norteamericano, recordando las palabras de la mujer del pasillo, dijo:

–¿Puedo preguntarle una cosa, profesor?

–Por supuesto.

–Si a la comisión le diese por elegir a alguien que no fuera un Romanov, ¿cuál sería el efecto?

Pashenko sirvió vodka en ambos vasos.

–Sería un error. El trono pertenecía a la familia Romanov cuando llegó la revolución.

–Hay quien podría decir que Nicolás renunció al trono con su abdicación de marzo de 1917.

Pashenko se rió.

–Con una pistola en la sien. A nadie se le ocurriría alegar en serio que renunció libremente al trono y a la sucesión.

–¿Quién cree usted que está más legitimado?

El ruso levantó una ceja.

–Difícil pregunta. ¿Conoce usted la ley sucesoria rusa?

Lord asintió con la cabeza.

–La instituyó el emperador Pablo, en 1797. Se establecieron cinco criterios. El sucesor ha de ser varón, siempre que haya alguno entre los posibles, herederos. Será de religión ortodoxa. Su madre y su mujer han de ser ortodoxas. Sólo podrá contraer matrimonio con una mujer de igual rango, perteneciente a una familia reinante. Y

necesitará permiso del Zar para casarse. Si no cumples cualquiera de estos requisitos, puedes darte por eliminado.

Pashenko sonrió.

–Conoce usted bien nuestra historia. ¿Y qué pasa con el divorcio?

–Eso es algo que nunca preocupó a los rusos. No es extraordinario que una divorciada pase a formar parte de la familia real. Siempre me pareció interesante esa actitud.

Devoción casi fanática por la religión ortodoxa, pero, al

mismo tiempo, aceptación de las razones prácticas, en nombre de la política.

–¿Es usted consciente de que no puede garantizarse que la Comisión del Zar cumpla la Ley de Sucesión?

–Estoy en el convencimiento de que no les queda otro remedio. La ley nunca fue derogada, salvo por decretos comunistas a los que nadie otorga validez en este momento.

Pashenko ladeó la cabeza.

–Pero la aplicación de los cinco requisitos excluiría literalmente a todos los pretendientes.

Ése era el punto que habían estado discutiendo Lord y Hayes. Aquel hombre tenía razón, la ley sucesoria planteaba un problema. Y los pocos Romanov que sobrevivieron a la revolución no estaban facilitando las cosas. Se habían escindido en cinco clanes bien diferenciados, sólo dos de los cuales -los Mijailovichi y los Vladimirovichi- poseían los vínculos genéticos suficientes como para competir por el trono.

–Es un verdadero dilema -dijo el profesor-. Pero la situación que se da aquí es muy insólita. Toda una familia reinante fue eliminada. Es fácil comprender que haya confusión en lo tocante a la sucesión. La comisión tendrá que resolver el rompecabezas y elegir un Zar válido que el pueblo pueda aceptar.

–Me preocupa el proceso. Baklanov asegura que varios de los Vladimirovichi son unos traidores. Me han dicho que se propone presentar pruebas que demuestren esta acusación, si alguno de sus nombres aparece entre los candidatos.

–Y ¿le preocupa a usted Baklanov?

–Mucho.

–¿Ha descubierto usted algo que pueda poner en peligro su candidatura?

Lord negó con la cabeza.

–Nada que guarde relación con él. Es un Mijailovichi, el más cercano, por linaje, a Nicolás II. Es nieto de Xenia, hermana de Nicolás. Huyeron de Rusia a Dinamarca en 1917, cuando los bolcheviques se hicieron con el poder. Los siete hijos se criaron en Occidente, y acabaron dispersándose. Los padres de Baklanov vivieron en Alemania y en Francia. Él fue a los mejores colegios, pero no entro en la línea directa hasta las prematuras muertes de sus primos. Ahora es el varón de más edad. Aún no he encontrado nada que pueda perjudicarle.

Si quitamos, pensó, la posibilidad de que un descendiente directo de Nicolás y Alejandra ande por ahí dando vueltas. Pero ésa era una idea demasiado fantástica como para tenerla en consideración.

O, al menos, hasta ayer, eso parecía.

Pashenko se acercó el vaso de vodka al curtido rostro.

–Conozco bien a Baklanov. Su único problema puede ser su mujer. Es ortodoxa, con un toque de sangre real. Pero, por supuesto, no pertenece a ninguna casa reinante. ¿Cómo iba a pertenecer? Quedan tan pocas. Seguramente, los Vladimirovichi dirán que eso la descalifica, pero, a mi modo de ver, la comisión no tendrá más remedio que obviar ese requisito. Me temo que nadie lo cumple. Y, desde luego, ninguno de los descendientes que aún viven puede aducir que el Zar autorizó su matrimonio, porque llevamos decenios sin Zar.

Lord ya había llegado, él también, a esa conclusión.

–No creo que el pueblo ruso tenga en cuenta la cuestión del matrimonio -prosiguió Pashenko-. Tendrá muchísima más importancia lo que el nuevo Zar y la Zarina hagan después.

Estos sobrevivientes de los Romanov pueden ser bastante mezquinos. Tienen antecedentes de conflictos internos. Algo que no puede tolerarse, y menos en público, en la comisión.

Recordando de nuevo la nota de Lenin y el mensaje de Alejandra, Lord decidió comprobar hasta dónde sabía Pashenko.

–¿Ha vuelto usted a pensar en lo que le enseñé el otro día, en los archivos?

El profesor sonrió.

–Entiendo su preocupación. ¿Qué pasa si hay un descendiente directo de Nicolás II que aún esté con vida?

Con ello quedarían invalidadas las aspiraciones de todos los Romanov, excepto el descendiente directo. ¿No irá usted a creer, señor Lord, que alguien sobrevivió a la matanza de Ekaterimburgo?

–No sé qué creer. Pero no, si los relatos en que se describe la matanza son correctos, no hubo sobrevivientes.

El caso, no obstante, es que Lenin parece poner en duda los informes. Y, bueno, el tal Yurovsky en ningún caso habría informado a Moscú, si le hubieran faltado dos cadáveres.

–Estoy de acuerdo. Aunque ahora hay pruebas evidentes de que así ocurrió. Los huesos de Alexis y Anastasia se han esfumado.

Lord recordó que habían sido Alexander Audonin, geólogo retirado, y Geli Ryabov, cineasta, quienes en 1979

localizaron el sitio en que Yurovsky y sus esbirros habían enterrado a la familia imperial. Se pasaron meses entrevistando a familiares de los guardias y de miembros del Soviet del Ural y recuperando documentos y libros desaparecidos: uno de ellos era un manuscrito del propio Yurovsky, y lo consiguieron por mediación del primogénito del ejecutor; este texto llenó muchas lagunas y aportó detalles exactos de dónde estaban enterrados los cuerpos.

Pero el clima político soviético hizo entonces que nadie se atreviera a revelar lo descubierto, y mucho menos a buscar los cuerpos. Audonin y Ryabov no siguieron sus propias pistas y exhumaron los esqueletos hasta 1991 -caído ya el régimen comunista-. Luego se procedió a su identificación positiva mediante análisis del ADN. Pashenko tenía razón: de la tierra sólo se extrajeron nueve esqueletos. En años posteriores hubo rigurosas búsquedas en la tumba, pero los

restos de los dos hijos menores de Nicolás II nunca aparecieron.

–Puede que los enterraran en otro sitio, sencillamente -

señaló Pashenko.

–Pero ¿a qué se refiere Lenin cuando dice que los informes sobre lo sucedido en Ekaterimburgo no son enteramente ciertos?

–Es difícil saberlo. Lenin era un tipo muy complicado. No cabe dudar de que fue él quien ordenó la ejecución de toda la familia. Los documentos demuestran fehacientemente que las órdenes llegaron de Moscú y que llevaban la aprobación personal de Lenin. Lo que menos le convenía en este mundo era que el Ejército Blanco liberara al Zar. Los Blancos no eran monárquicos, pero aquella acción podría haber ofrecido un punto de unión a partir del cual se produjera el fin de la revolución.

–¿A qué cree usted que se refería al escribir: la información relativa a Félix Yusúpov corrobora la aparente falsedad de los informes sobre Ekaterimburgo?

-Eso, desde luego, es interesante. He estado dándole vueltas, junto a lo que cuenta Alejandra que le dijo Rasputín. Son datos nuevos, señor Lord. Me considero bastante informado en lo tocante a la historia de los Zares, pero nunca había leído nada que relacionase a Yusúpov con la familia real después de 1918.

Se llenó de nuevo el vaso.

–Yusúpov mató a Rasputín. No faltan quienes dicen que ello aceleró la caída de la monarquía. Ambos, Nicolás y Alejandra, odiaban a Yusúpov por lo que había hecho.

–Lo cual contribuye al misterio. ¿Por qué iba la familia real a querer relacionarse con él?

–Si no me engaña la memoria, los duques y las duquesas, en su mayor parte, aplaudieron la decisión de matar al starets.

–Muy cierto. Y ése fue, quizá, el peor daño que hizo Rasputín: dividir a la familia real en dos facciones, Nicolás y

Alejandra contra todos los demás.

–Rasputín es un enigma -dijo Lord-. Un campesino de Siberia capaz de influir directamente en el Zar de Todas las Rusias. Un charlatán dotado de poder imperial.

–Muchos pondrían en duda que fuese un charlatán. Gran cantidad de sus profecías se ha cumplido. Dijo que el zarevich no moriría de hemofilia, y no fue de eso de lo que murió. Predijo que la emperatriz Alejandra vería el sitio en que él nació, en Siberia, y lo vio, camino de Tobolsk, prisionera. También dijo que si un miembro de la familia real le daba muerte la familia real no sobreviviría dos años.

Yusúpov se casó con una sobrina de los Zares, mató al starets en diciembre de 1916, y la familia Romanov fue ejecutada diecinueve meses después. No está nada mal para un charlatán.

A Lord no le impresionaban los santos varones en conexión directa con Dios. Su padre pretendió ser uno de ellos. Miles de personas se amontonaban en los servicios que dirigía, para oírlo predicar a gritos la palabra y verlo curar a los enfermos. Ni que decir tiene que todo ello quedaba olvidado unas horas después, cuando una de las mujeres del coro llegaba a su habitación. Había leído mucho sobre Rasputín y cómo seducía a las mujeres por el mismo método.

Se desprendió de todo pensamiento relativo a su padre y dijo:

–No se ha demostrado que ninguna de las predicciones de Rasputín se pusiera por escrito estando él en vida. Casi todas ellas proceden de una época posterior, de su hija, que parecía convencida de que su destino en la vida consistía en limpiar la memoria de su padre. He leído el libro que escribió.

–Eso puede haber sido cierto hasta ahora.

–¿Qué quiere usted decir?

–Alejandra menciona lo de que la familia real moriría antes de transcurrir dos años. La fecha que hay en el papel