La profecía Romanov
*
Filip Vitenko se abrió paso hasta Orleg.
–Le he dicho, inspector, que este hombre no volvería a ser objeto de violencia.
–Y yo le he dicho a usted, señor diplomático, que no se meta en lo que no le importa.
–Su señor Zubarev se ha marchado. Aquí, la máxima autoridad soy yo. Acabo de hablar con Moscú y me han dicho que obre según mi parecer.
Orleg empuñó al enviado por las solapas de la chaqueta y lo estampó contra la pared.
–¡Xaver! – gritó Vitenko.
Lord oyó que alguien corría por el pasillo adelante.
Luego, un individuo más fuerte que un roble se lanzó contra Orleg. Aprovechando el segundo de conmoción, Lord pudo meterle el codo en el estómago a Párpado Gacho. El hombre poseía una musculatura lisa y fuerte, pero Lord le localizó el hueco de las costillas y empujó con todas sus fuerzas hacia arriba.
Párpado Gacho perdió todo el aire en un fuoh.
Lord agarró la mano que empuñaba la navaja. El hombretón que debatía con Orleg percibió el ataque y puso su atención en Párpado Gacho, abalanzándose sobre él.
Lord se lanzó hacia la puerta de salida. Vitenko se interpuso entre él y Orleg por un segundo, y ello le permitió situarse de un salto junto al automóvil. Vio que éste estaba vacío y se apresuró a ocupar el asiento del conductor. Metió la marcha y aplastó el acelerador contra el suelo del coche.
Los neumáticos se agarraron al pavimento y el coche salió proyectado hacia delante, mientras las puertas traseras se cerraban solas, por la inercia.
Enfrente había una cancela de hierro, abierta.
La atravesó a toda velocidad.
Una vez en la calle, giró a la derecha y pisó a fondo.
*
–Ya vale -dijo Hayes.
Párpado Gacho, Orleg, Vitenko y el ayudante dejaron de pelearse.
En el pasillo estaban Zubarev y Hayes.
–Muy bueno el número, señores.
–Ahora -dijo Hayes-, vamos a ver si no le perdemos la pista al hijo de puta ese y nos enteramos por fin de qué va todo esto.
39
Lord tomó una curva más, a toda pastilla, y luego aminoró la marcha. No vio en el retrovisor ningún coche que lo siguiera, y lo que menos le apetecía en el mundo era llamar la atención de la policía. El reloj del salpicadero señalaba las cinco y media. Aún disponía de media hora para acudir a su cita. Estaba tratando de recordar la topografía local. El zoo estaba al sur del centro, junto al océano, cerca de la Universidad Estatal de San Francisco. El lago Merced estaba también por los alrededores. Allí estuvo, pescando truchas, en un viaje anterior.
Le pareció que de ello hacía una eternidad. En los tiempos en que sólo era un asociado más, entre muchos, de un bufete enorme, cuando los únicos que se interesaban en sus idas y venidas eran la secretaria y su supervisor.
Resultaba difícil creer que todo aquello había empezado con una simple comida en un restaurante de Moscú. Artemy Bely se empeñó en pagar él, diciendo que la próxima vez le tocaría a Lord. Éste aceptó la cortesía, aun sabiendo que el abogado ruso ganaba menos en un año que él en tres meses. Le había caído bien Bely, que le pareció un joven muy preparado y muy fácil de tratar. Y, sin embargo, lo único que ahora recordaba era el cadáver de Bely, acribillado a balazos, tendido en la acera. Y Orleg diciéndole que había demasiados muertos como para preocuparse de uno en concreto.
Hijo de puta.
Tomó por la bocacalle siguiente, en dirección sur, alejándose del Golden Gate Bridge, hacia el lado oceánico de la península. Le fue útil que no tardaran en aparecer carteles indicadores del zoo, que fue siguiendo entre el tráfico vespertino. Pronto dejó atrás la congestión de la comercialidad para adentrarse en las tranquilas colinas y los árboles del St. Francis Wood, con sus casas alejadas de la carretera, casi todas con cancela de hierro y fuentes.
Le sorprendía ser capaz de conducir, pero el aluvión de adrenalina que acababa de recorrerle el cuerpo le había cambiado los sentidos. Aún le dolían los músculos, por las descargas eléctricas, y respiraba con dificultad como consecuencia de los repetidos estrangulamientos, pero estaba empezando a sentirse vivo otra vez.
–Lo que hace falta es que Akilina esté ahí esperándome.
Llegó al zoológico y se metió en el aparcamiento alumbrado. Dejó las llaves puestas y se acercó a la taquilla, compró un tique y entró. El empleado le advirtió que faltaba algo menos de una hora para el cierre.
Tenía la pechera del jersey empapada de agua, por los remojones de Orleg: era como ir cubierto con una toalla húmeda, en el frescor de la tarde. Le dolía la cara, por los golpes, y pensó que, seguramente, la tendría desfigurada.
Daría gusto verlo.
Siguió al trote por el camino de cemento con alumbrado de luces ambarinas. Aún había unos cuantos visitantes paseando, pero casi todos ellos iban en dirección opuesta, buscando la salida. Pasó junto a una zona de primates y un sector de elefantes; siguiendo las señales, continuó su camino hacia la Casa de los Leones.
Su reloj señalaba las seis de la tarde.
La oscuridad había ya iniciado su conquista del cielo. Los ruidos de los animales, amortiguados por los espesos muros, eran lo único que alteraba el tranquilo paraje. El aire olía a pellejo y a comida. Entró en la Casa de los Leones por una doble puerta de cristal.
Akilina estaba delante de un tigre que iba de un lado a otro. Lord sintió simpatía por aquel animal enjaulado, cuyo padecimiento era el mismo que él acababa de experimentar durante una tarde entera.
El rostro de Akilina expresó alivio y alegría. La chica corrió hacia Lord y ambos se abrazaron, ella con desesperada fuerza. Lord la retuvo en sus brazos mientras temblaba.
–Estaba a punto de marcharme -dijo Akilina, tocándole levemente con la mano la mandíbula hinchada y el ojo dañado-. ¿Qué ha pasado?
–Resultó que me estaba esperando Orleg con uno de los que vienen persiguiéndome desde hace tiempo. Están aquí.
–Te oí gritar por el teléfono.
Akilina le contó a Lord su conversación telefónica con el hombre que se había puesto al teléfono cuando llamó.
–El ruso que estaba al mando dijo llamarse Zubarev. En el consulado tiene que haber otros que los ayudan, aparte de Vitenko. Pero no creo que entre ellos se encuentre el propio Vitenko. Si no hubiera sido por él, no estaría aquí ahora -contó lo ocurrido unos minutos antes-. Estuve vigilando durante todo el camino, y no me ha seguido nadie.
Se fijó en la bolsa que ella llevaba en bandolera.
–¿Qué es eso?
–No quise dejar todo esto en el hotel. Me pareció mejor llevarlo encima.
Lord decidió no decirle que había cometido un error tonto.
–Nos largamos de aquí. En cuanto estemos a salvo llamaré a Taylor Hayes para que nos ayude. La situación está completamente fuera de control.
–Qué alegría que estés bien.
Lord, de pronto, se dio cuenta de que seguían abrazados y se apartó un poco para poder mirarla.
–Está bien -dijo ella.
–¿Qué quieres decir?
–Puedes besarme.
–¿Cómo sabes que quiero besarte?
–Lo sé.
Lord le rozó los labios con los labios, y en seguida se separó.
–Esto es muy raro.
Uno de los leones que había en el recinto de exposición al público lanzó un rugido.
–¿Será que les parece bien? – dijo Lord, con una sonrisa esbozándosele en la cara.
–¿Y a ti?
–A mí me parece estupendamente. Pero hay que irse de aquí. He utilizado uno de sus automóviles para cruzar la ciudad. No creo que sea buena idea seguir utilizándolo. Lo mismo denuncian el robo y meten a la policía local en el asunto. Vamos a coger un taxi. Al entrar vi que había una parada delante. Volvemos al hotel que has encontrado tú y mañana por la mañana alquilamos un coche. No creo que sea buena idea presentarnos en el aeropuerto, ni en una estación de autobuses.
Lord recogió la bolsa del hombro de Akilina y se la colgó él. Notó el peso de las dos barras de oro. Asió de la mano a la chica y ambos salieron de la Casa de los Leones, pasando junto a un grupo de adolescentes que se dirigían a echar una última mirada a los félidos.
A unos cien metros, bajo una de las luces que alumbraba el camino, vio que Orleg y Párpado Gacho se acercaban a toda marcha.
Madre de Dios. ¿Cómo habían podido localizarlos?
Agarró a Akilina, y echaron a correr en la dirección opuesta, más allá de la Casa de los Leones, hacia un edificio cuyo rótulo decía CENTRO DE OBSERVACIÓN DE PRIMATES.
Monos arrancados de su hábitat natural. Se adentraron en el complejo siguiendo un camino pavimentado, luego torcieron en ángulo recto hacia la izquierda. Ante ellos se desplegaba una ambientación natural, con luz artificial, rocas y árboles,
además de una fosa de cemento armado que aislaba el conjunto. Había en aquel símil de bosque varios gorilas: una pareja de adultos y tres crías.
Sin dejar de correr, Lord tomó instantánea nota de que el camino se bifurcaba, lo que quería decir, dado el aislamiento del islote, que circundaba éste en su totalidad, hasta volver al punto de partida. A la izquierda había una valla alta, y más lejos, a la derecha, una zona abierta cuyo nombre era BUEY ALMIZCLERO. Había unas diez personas en atenta contemplación de los gorilas, que, mientras, daban buena cuenta de un gigantesco montón de fruta, en el centro de su área.
–No tenemos dónde ir -dijo Lord, con desesperación en la voz.
Tenía que hacer algo.
Luego observó que en una lejana roca del recinto de los gorilas había una puerta. Miró a ver qué hacían los animales. Quizá fuera donde se refugiaban para pasar la noche. Cabía la posibilidad de que Akilina y él lograsen llegar a aquella puerta sin llamar la atención de los gorilas.
Cualquier posibilidad era mejor que la de quedarse allí esperando a Orleg y Párpado Gacho, que corrían hacia ellos.
Sabía muy bien de qué eran capaces aquellos dos sádicos, y prefirió correr el riesgo con los monos. Tras la entrada abierta en la roca se veía otra puerta, con luces. Había movimiento en el interior. Algún empleado, tal vez.
Y tal vez una salida al exterior.
Lanzó la bolsa de viaje al recinto de los gorilas. Fue a caer, pesadamente, junto a un montón de fruta. Los animales reaccionaron a la intrusión emitiendo un sonido, y a continuación se pusieron en movimiento, para investigar.
–Vamos allá.
Se plantó de un salto en el muro de circunvalación. Los demás visitantes lo miraron, extrañados. Akilina lo siguió. El foso tenía algo más de tres metros de anchura, y la pared no llegaba a cincuenta centímetros de espesor. Lord tomó
carrerilla y saltó, proyectando su fornido cuerpo por el aire y rezando por que la caída fuese en terreno firme, al otro lado.
Al hacer impacto en el suelo sintió los dolores de la tortura en las piernas y en los muslos. Rodó una vez hacia delante y echó la vista atrás en el preciso momento en que Akilina aterrizaba a su lado, de pie.
Párpado Gacho y Orleg aparecieron tras el muro de separación.
Lord había dado por sentado que no los seguirían ni utilizarían sus armas, habiendo gente alrededor. Uno de los espectadores lanzó un grito, y otro empezó a dar voces llamando a la policía.
Párpado Gacho se encaramó al muro. Iba a saltar cuando uno de los gorilas adultos dio una carrera y se situó al borde de la fosa. El animal se levantó sobre las patas y lanzó un bramido. Párpado Gacho se echó atrás.
Lord recuperó la vertical y le hizo seña a Akilina de dirigirse hacia la puerta. El macho avanzaba pesadamente hacia ellos. El imponente animal iba a cuatro patas, apoyándose en el duro suelo con las plantas de los pies y los nudillos de las manos. Por su aspecto y comportamiento, Lord llegó a la conclusión de que se trataba de un macho.
Tenía la pelambre entre marrón y gris, satinada, y esos tonos contrastaban fuertemente con la negrura del pecho, de las palmas y del rostro; un abultamiento plateado le coronaba la espalda. El animal se puso en pie, con las ventanas de la nariz muy ensanchadas, agitando los abultados brazos. Cuando lanzó un rugido, Lord permaneció completamente inmóvil.
El gorila más pequeño, que era de color marrón rojizo (una hembra, seguramente) se había aproximado a Akilina y estaba ahora plantada ante ella, desafiándola. A Lord le habría encantado ayudar, pero también él tenía sus problemas. Esperó que fuera cierto todo lo que había aprendido sobre los gorilas en el Discovery Channel. Se
suponía que eran más ladradores que mordedores y que sus alardes físicos eran más bien para provocar una reacción en sus oponentes, quizá hasta el punto de meterles el miedo en el cuerpo y provocar su huida o, por lo menos, que se distrajeran.
Por el rabillo del ojo vio que Orleg y Párpado Gacho se mantenían a la expectativa. Luego vio que daban media vuelta y se marchaban por donde habían venido. Quizá estuvieran ya hartos del espectáculo.
Lord en modo alguno quería un nuevo encuentro con sus perseguidores rusos, pero el caso es que tampoco le apetecía mucho dar explicaciones a la policía. Y lo más probable era que ya estuviese avisada.
Tenían que acercarse a la puerta. Pero el macho, plantado ante él, se puso a golpearse el pecho.
La hembra que se ocupaba de Akilina empezó a retroceder, y Akilina aprovechó el momento para acercarse un poco a Lord. Pero la hembra volvió a moverse hacia delante, y Akilina se subió de un brinco a la rama abajera de uno de los álamos salpicados por el recinto. En seguida ganó altura y cambió de rama, dando cumplida muestra de su acrobática agilidad. La gorila pareció asombrarse muchísimo ante semejante acción, y se puso a trepar ella también. Lord observó que la expresión de la hembra se había ablandado, como si de pronto hubiera llegado a la conclusión de que todo era un juego. Los árboles del recinto estaban muy entrelazados, con la probable intención de conferir más naturalidad al hábitat de los gorilas. De lo cual se benefició Akilina para evadirse de su perseguidora.
El macho situado frente a Lord cesó en su tamboreo y se puso sobre las cuatro extremidades.
Lord oyó una voz femenina que le susurraba al oído, desde detrás:
–Óigame usted. Soy la cuidadora. Le sugiero firmemente que permanezca totalmente inmóvil.
–Tenga usted por seguro que no pienso mover un dedo -
contestó Lord, también en voz muy baja.
El mono lo miraba de hito en hito, con la cabeza ladeada en un gesto de curiosidad.
–Estoy en el interior del muro de roca. Pasada la puerta -
dijo la incorpórea voz-. Aquí es donde pasan la noche. Pero no vendrán hasta que no hayan despachado toda la comida… Le presento a Rey Arturo. No es muy dado a hacer amigos. Voy a distraerlo para que pueda usted meterse aquí.
–Mi amiga también está en apuros.
–Ya lo he visto. Pero vayamos por partes.
Rey Arturo emprendió una lenta retirada, dirigiéndose a la bolsa de viaje. Lord, que en modo alguno podía marcharse sin la bolsa, trató de alcanzarla. El mono se lanzó hacia delante, con un tremendo grito, como ordenando a Lord que se quedara quieto.
Y él obedeció.
–No lo desafíe -dijo la voz.
El gorila enseñó los colmillos. Lord no se vio con ganas de ponerlos a prueba. Se puso a observar la competencia que mantenían Akilina y la hembra, de rama en rama. No daba la impresión de que Akilina estuviera en peligro: manteniéndose fuera del alcance del animal, más arriba o más abajo, acabó utilizando una rama gruesa para dar una voltereta y aterrizar en el suelo. La gorila trató de imitarla, pero su gran tamaño la hizo estamparse contra la tierra, tras haber trazado un arco en el aire con su caída. Akilina aprovechó la ocasión para meterse a toda prisa en el portal.
Ahora le tocaba a él.
Rey Arturo agarró la bolsa de viaje y se puso a manosearla, tratando de averiguar su contenido. Lord se acercó a quitársela, esperando hacerlo con la rapidez suficiente para echársela al hombro y salir corriendo hacia la abertura de la roca. Pero Rey Arturo tampoco era manco, en cuanto a rapidez: alargó el brazo y cogió un buen puñado
del jersey de Lord. Éste trató de apartarse, pero el gorila lo tenía bien agarrado. El jersey, poco a poco, fue rompiéndose. Rey Arturo quedó con la bolsa en una mano y un buen trozo de jersey en la otra.
Lord no se movió.
El gorila arrojó el jersey al suelo y prosiguió en su empeño de registrar la bolsa.
–Tiene usted que meterse aquí -dijo la voz femenina.
–No sin la bolsa.
El mono manoseaba la bolsa, tratando de abrirla por las costuras, llegando en un par de ocasiones a hincarle los colmillos. La bolsa era de tela muy gruesa y aguantó. El gorila, evidentemente frustrado, la estampó contra la pared de roca.
Y volvió a estamparla inmediatamente, como con prisa.
Lord arrugó el ceño.
El huevo Fabergé no podría soportar esos malos tratos.
Sin pensárselo por un segundo, Lord se lanzó hacia delante cuando la bolsa cayó al suelo, tras el tercer golpe. Rey Arturo se le acercó, pero Lord levantó la bolsa del suelo y se la echó inmediatamente al hombro. En ese momento se acercó la hembra y se interpuso entre Lord y el macho, tratando de hacerse ella con la bolsa. No obstante, Rey Arturo agarró fuertemente por el cuello a la hembra, que era más pequeña que él, haciéndola eructar y gruñir.
Mientras el macho la alejaba de su lado, Lord aprovechó para buscar el refugio del portal abierto.
Pero Rey Arturo le cerró el camino cuando le faltaban unos pasos para ponerse a salvo.
El primate se hallaba frente a él, a poco más de un metro de distancia, apestándolo con su nauseabundo olor. Tras una intensa mirada vino un gruñido en tono bajo. El gorila tenía el labio superior hinchado y abría la boca para mostrar unos colmillos tan largos como los dedos de Lord. Extendió el brazo lentamente hasta tocar la bolsa, como en una caricia.
Lord se quedó muy quieto.
El gorila le tocó el pecho con el dedo. No llegó a hacerle daño, pero hizo contacto con la piel de Lord. Era un gesto casi humano. Por un momento, Lord perdió un poco el miedo. Clavó la mirada en los brillantes ojos del animal y comprendió que ya no estaba en peligro.
Rey Arturo retiró el dedo y se alejó un poco.
También la hembra se había quitado de en medio, tras la reprimenda que acababa de ganarse.
El gran primate siguió apartándose, hasta dejar libre el camino que llevaba al portal. Lord se metió a rastras y la puerta metálica se cerró tras él.
–Nunca había visto reaccionar así a Rey Arturo -dijo la cuidadora, mientras echaba el cierre-. Es muy agresivo.
Lord, por entre los barrotes de la puerta, observó al gorila, que había vuelto a apoderarse del jersey. Al final, acabó perdiendo el interés y se alejó camino de un montón de fruta.
–Ahora, ¿harán ustedes el favor de explicarme qué hacen aquí?
–¿Hay salida?
–No tan de prisa. Hay que esperar a que llegue la policía.
Lord pensó que eso no iba a ser posible. No había modo de saber hasta dónde alcanzaba la influencia de sus perseguidores. Vio que había una puerta de salida, cerrada, y más allá un vestíbulo visible a través de un cristal reforzado con alambre. Asió del brazo a Akilina y ambos echaron a andar en esa dirección.
–He dicho que vamos a esperar a la policía.
La mujer de uniforme les cortó el paso.
–Mire, estamos pasándolas muy mal. Unos cuantos hombres intentan matarnos y hace un rato he tenido que mirarle a los ojos a un gorila de ciento cincuenta kilos.
Comprenderá que no me apetezca nada discutir.
La cuidadora, aún dubitativa, se apartó.
–Buena elección. Ahora, ¿dónde está la llave de esa puerta?
La empleada se buscó en el bolsillo y le entregó a Lord una arandela con una sola llave colgando. Akilina y Lord salieron de aquella habitación. Lord echó la llave a la puerta.
No tardaron en encontrar una salida que daba más allá de la zona de visita, hacia dos grandes cobertizos llenos de herramientas. Más adelante había un aparcamiento vacío.
Según un cartel, todo aquello era zona reservada al personal del zoo. Sabiendo que no podían volver a la entrada principal, Lord se dirigió hacia el océano y la avenida que corría paralela a la costa. Quería salir de aquellos parajes cuanto antes, y se llevó una alegría al ver que se acercaba un taxi. Pararon el vehículo y se subieron.
El conductor los dejó en el Golden Gate Park al cabo de diez minutos.
Entraron en el parque.
Frente a ellos se veía un campo de fútbol sin iluminar, con un pequeño estanque a la derecha. El parque se extendía varios kilómetros en todas direcciones. Los árboles y las praderas estaban en la sombra y no se percibían sus detalles. Se sentaron en un banco. Lord tenía los nervios destrozados. No sabía cuánto más podría soportar. Akilina le pasó el brazo por detrás y apoyó la cabeza en su hombro.
–Qué sorprendente, lo que hiciste con el gorila. Eres una trepadora nata.
–No creo que hubiera llegado a hacerme daño.
–Comprendo lo que quieres decir. También el macho podría haber pasado al ataque, pero no lo hizo. Llegó incluso a evitar que la hembra se lanzase.
Lord recordó los golpes de la bolsa contra la pared de piedra. La recogió del suelo húmedo. La farola que había sobre sus cabezas proporcionaba un resplandor naranja. No había nadie a la vista. Soplaba un aire frío, y Lord echó de menos su jersey.