La profecía Romanov
Capítulo 22
ahora va a alcanzar su culminación, gracias, en parte, a la ayuda de ustedes dos.
Lord miró a Akilina. Su nombre y la relación establecida entre ambos podían ser pura coincidencia. Pero el caso era que esa coincidencia llevaba años gestándose. Sólo un cuervo y un águila pueden tener éxito cuando todo se viene abajo. ¿Qué era lo que estaba pasando?
–Stefan Baklanov no es digno de regir los destinos de este país -dijo Pashenko-. Es un tonto lleno de petulancia, sin capacidad alguna para gobernar. Es elegible sólo por una serie de muertes casuales. Lo manipularán con mucha facilidad, y me temo que la Comisión del Zar piensa investirlo de un poder sin límites, un regalo que la Duma no podrá sino confirmar. El pueblo quiere un Zar, no una figura decorativa.
Pashenko bajó los ojos para ponerlos en Lord.
–Señor Lord, soy consciente de que su tarea consiste en apoyar las aspiraciones de Baklanov. Pero creo firmemente que hay, en alguna parte, un heredero directo de Nicolás II.
Dónde exactamente, no tengo ni idea. Sólo usted y la señorita Petrovna pueden averiguarlo.
Lord suspiró:
–Es demasiado, profesor. Esto ya es demasiado.
Una ligera sonrisa se dibujó en los labios del viejo.
–Lo comprendo. Pero antes de contarles nada más a ustedes, voy un momento a la cocina, para ocuparme de la cena. ¿Por qué no lo hablan a solas? Tienen que tomar una decisión.
–¿Sobre qué?
Pashenko se levantó del sillón:
–Su futuro. Y el de Rusia.
22
20:40
Hayes se tendió de espaldas y asió la barra de hierro que había más arriba de su cabeza. Alzó las pesas, las separó de
su base e hizo diez levantamientos, sudando copiosamente: sus bíceps y sus hombros acusaron dolorosamente el esfuerzo. Le encantaba que el Voljov dispusiera de gimnasio. Andaba ya cerca de los sesenta años, pero no estaba dispuesto a tolerar que el tiempo lo derrotara. Nada le impedía vivir otros cuarenta años. Y necesitaba ese tiempo. Había tanto que hacer, y sólo ahora estaba en condiciones de tener éxito. Tras la coronación de Stefan Baklanov, podría trabajar a gusto y hacer lo que quisiera. Le tenía puesto el ojo a un espléndido chalé en los Alpes austríacos, un sitio donde podía disfrutar del aire libre, la caza y la pesca, y ser dueño de su propia casa solariega. La mera idea lo embriagaba de placer. Motivación más que suficiente para seguir adelante, fuera cual fuera la tarea.
Concluyó otra sesión de levantamientos, cogió una toalla y se enjugó el sudor de la frente. A continuación abandonó la sala de ejercicios y se encaminó hacia los ascensores.
¿Dónde podía estar Lord? ¿Por qué no había llamado? Le había dicho a Orleg, antes, que bien podía ser que Lord ya no confiara en él. Pero no estaba convencido. También era posible que Lord diera por supuesto que los teléfonos del hotel estaban pinchados. Lord conocía lo suficientemente bien la paranoia rusa como para saber lo fácil que le resultaría al gobierno -o a cualquier agrupación privada-aplicar ese control. Ello podría explicar por qué no había tenido noticias de Lord desde su apresurada salida del despacho de Feliks Orleg. Pero podría haber llamado por teléfono a Atlanta, a la compañía, para que alguien concertase desde allí un encuentro entre los dos. Lo había comprobado hacía un par de horas, sin embargo, y nadie había recibido ninguna llamada.
Qué lío.
Miles Lord se estaba convirtiendo en un auténtico problema.
Salió del ascensor a un vestíbulo con las paredes forradas de madera, en el sexto piso. Había uno en cada
pasillo, una zona para sentarse a leer periódicos y revistas.
Dos de los sillones estaban ocupados por Brezhnev y Stalin.
Hayes tenía cita con ellos y con los demás miembros de la Cancillería Secreta dentro de dos horas, en un palacete del sur de la ciudad, de modo que le sorprendió su presencia en aquel momento.
–Caballeros, ¿a qué debo el honor?
Stalin se puso en pie.
–Hay un problema que requiere acción. Tenemos que hablar, y no hemos podido localizarlo por teléfono.
–Como pueden ver, estaba haciendo un poco de ejercicio.
–¿Podemos ir a su habitación? – preguntó Brezhnev.
Hayes fue delante de ellos y pasaron junto a la dezhurnaya, que ni siquiera apartó la mirada de la revista que estaba leyendo. Una vez dentro de la habitación, con el cierre de la puerta echado, Stalin dijo:
–El señor Lord fue localizado hace unas horas, en el circo.
Nuestros hombres trataron de interceptarlo. A uno de ellos lo inutilizó Lord, del otro se ocuparon dos hombres que, aparentemente, también buscaban a Lord. Nuestro hombre tuvo que matar a su captor para escapar.
–¿Quién interfirió?
–Ahí está el problema. Ha llegado el momento de que sepa usted ciertas cosas. – Brezhnev se inclinó hacia delante en su sillón-. Se ha estado especulando con la posibilidad de que algún miembro de la familia real sobreviviera a la pena de muerte que los soviéticos impusieron a los Romanov en 1918. Su señor Lord ha descubierto material interesante en Documentos Protegidos, pero son papeles a los que no hemos tenido acceso. Al principio pensamos que el asunto era grave, pero controlable. Ahora no es así. El hombre con que Lord se ha puesto en contacto en Moscú es Semyon Pashenko, profesor de Historia de la universidad. Pero también lidera una agrupación consagrada a la restauración del zarismo.
–¿Qué amenaza puede representar para nuestros propósitos? – preguntó Hayes.
Brezhnev se recostó en su sillón y Hayes se dispuso a escucharlo.
Vladimir Kulikov representaba a una amplia coalición de los nuevos ricos del país, los pocos afortunados que se las habían apañado para obtener tremendas ganancias tras la caída de la Unión Soviética. Un hombre de baja estatura, muy serio, con la cara curtida como un campesino -le parecía a Hayes, que lo había pensado en más de una ocasión-, con la nariz ganchuda y el pelo corto, ralo y gris.
De él se desprendía un aire de superioridad que solía poner furiosos a los demás integrantes de la Cancillería Secreta.
Los nuevos ricos no les caían especialmente bien a los militares que ocupaban el gobierno. Casi todos ellos eran antiguos miembros del Partido que disfrutaban de toda una red de relaciones; hombres listos, que habían sabido manipular el caos para sacarle provecho. Ninguno de ellos trabajaba gran cosa. Y contaban con el apoyo de muchos de los hombres de negocios norteamericanos que Hayes representaba.
–Hasta su muerte -dijo Brezhnev-, Lenin estuvo siempre muy interesado por lo ocurrido en Ekaterimburgo. A Stalin también le inquietaba grandemente el asunto. Tanto, que precintó todos los documentos de los archivos estatales en que se mencionaba a los Romanov. Luego hizo matar o encerró en campos de deportación a todo el que sabía algo.
Su fanatismo es una de las razones de que resulte tan difícil averiguar algo de primera mano. A Stalin le preocupaba que hubiese un sobreviviente de los Romanov, pero veinte millones de muertes pueden provocar un caos tremendo, y quienes se le oponían nunca lograron organizarse. La agrupación de Pashenko está relacionada, de algún modo, con la posibilidad de que haya uno o más sobrevivientes de los Romanov. Cómo, no lo sabemos. Pero hace decenios que
circulan rumores de que hay un Romanov escondido, hasta que llegue el momento adecuado para revelar su paradero.
–Sabemos que sólo dos de los hijos pudieron sobrevivir: Alexis y Anastasia, cuyos cadáveres nunca fueron encontrados. Ni que decir tiene que si cualquiera de los dos hubiera sobrevivido a la matanza, ahora llevaría mucho tiempo muerto, especialmente el chico, por su hemofilia. De modo que estamos hablando de hijos o nietos, si de veras los hay. En tal caso, serían Romanov en línea directa. La candidatura de Baklanov perdería todo sentido.
Hayes vio preocupación en los ojos de Stalin, pero no lograba creer lo que estaba oyendo.
–Es de todo punto imposible que esas personas sobrevivieran. Les dispararon a bocajarro, y luego los remataron a golpe de bayoneta.
Stalin recorrió las tallas del sillón de madera con la mano.
–Ya se lo dije a usted durante nuestra última reunión: a los norteamericanos les cuesta mucho comprender lo sensibles que somos los rusos al destino. Ahí va un ejemplo.
Hay documentos soviéticos que yo mismo he visto donde se recogen interrogatorios del KGB sobre el asunto. Rasputín predijo que la sangre de los Romanov resucitaría.
Supuestamente, dijo que un águila y un cuervo llevarían a cabo la resurrección. El señor Lord encontró un escrito que confirma esta predicción -se inclinó hacia delante-. ¿Cómo negar que el señor Lord lo tiene todo para ser el cuervo?
–¿Por ser negro?
Stalin se encogió de hombros.
–Es una razón tan válida como cualquier otra.
No podía creer que un hombre de la reputación de Stalin estuviera tratando de convencerlo de que un labriego bribón de principios del siglo xx había predicho el retorno de la dinastía de los Romanov. Y, lo que era aún peor, que un afroamericano de Carolina del Sur tenía algo que ver con el asunto.
–Puede que no comprenda lo sensibles que son ustedes al destino, pero lo que sí entiendo, sin duda de ninguna clase, es el sentido común. Todo eso es una sarta de sandeces.
–Semyon Pashenko no lo cree así -se dio prisa Brezhnev en contestar-. Si puso hombres en el circo, fue por alguna razón, y además acertó: Lord apareció por allí. Según informaron nuestros hombres, en el tren, anoche, viajaba una artista de circo, una mujer, Akilina Petrovna. Incluso llegaron a hablar con ella y no les llamó especialmente la atención en aquel momento, pero el caso es que salió del circo con Lord y que a ambos se los llevaron los hombres de Pashenko. ¿Por qué, si todo esto no es más que invención?
Buena pregunta, reconoció Hayes, sin decirlo.
Stalin se había puesto muy serio:
-Akilina significa «águila» en ruso antiguo. Usted, que habla nuestra lengua, ¿lo sabía?
Hayes negó con la cabeza.
–Esto es grave -dijo Stalin-. Están pasando cosas que no alcanzamos a comprender. Hasta hace unos meses, antes del referéndum, nadie consideraba posible el retorno de los Zares, y mucho menos que pudiera utilizarse para obtener posiciones políticas ventajosas. Pero ahora ambas cosas son posibles. Tenemos que poner fin a lo que está ocurriendo, sea lo que sea, inmediatamente, antes de que dé origen a algo peor. Utilice el número de teléfono que le hemos proporcionado, reúna a unos cuantos hombres y encuentre al señor Lord.
–Ya está haciéndose.
–Pues haga más.
–¿Por qué no se ocupa usted mismo?
–Porque usted tiene una libertad de movimientos de que ninguno de nosotros disfruta. Esta tarea le toca a usted.
Puede incluso que el asunto rebase las fronteras nacionales.
–Orleg está buscando a Lord en este mismo momento.