La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 48 de 81

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La profecía Romanov

*

Vitenko se sacó del bolsillo una tarjeta de visita.

–Comprendo su renuencia, señor Lord. Aquí puede usted localizarme. Cualquier taxista lo llevará al consulado ruso. El representante de Moscú llamará por teléfono a las dos y media de la tarde, hora de San Francisco. Si quiere usted hablar con él, pásese por mi despacho. Si no quiere, no volverá a tener noticias nuestras.

Lord aceptó la tarjeta y miró fijamente el rostro del enviado, no muy seguro de qué era lo que al final haría.

*

Akilina miraba a Lord, y Lord se paseaba de arriba abajo por la habitación del hotel. Habían pasado la mañana en la Biblioteca Pública, revisando periódicos antiguos. Así habían localizado un par de notas sobre la estancia del coronel Nicolás F. Romanov en San Francisco durante el otoño de 1919. No gran cosa: cotilleos y notas de sociedad, sobre todo; y Akilina veía que Lord cada vez estaba más frustrado.

También había comprobado que el Lirios del Valle seguía formando parte de una colección privada, lo cual contribuía en poco a explicar que ellos tuvieran en sus manos una copia, exacta en todo menos en las fotos.

Habían regresado al hotel, tras haber comido algo en la terraza de un café. Lord aún no había dicho una palabra sobre la aparición de Vitenko ni sobre la posibilidad de acudir al consulado ruso. Akilina había puesto mucha atención en el enviado mientras ambos hombres hablaban, tratando de medir su grado de sinceridad, pero le resultaba difícil llegar a ninguna conclusión.

Miró a Lord. Era un hombre guapo. El hecho de que fuera

«de color», como le habían enseñado a pensar, carecía de importancia para ella. Parecía un hombre muy auténtico y muy franco, metido en una situación extraordinaria. Habían pasado ya cinco noches juntas y en ningún momento había hecho o siquiera insinuado nada que la hiciera sentirse incómoda. Lo cual era insólito para ella, porque sus

compañeros del circo y los pocos hombres de otro ambiente con quien tenía contacto parecían todos unos obsesos sexuales.

–Akilina.

Miró a Lord.

–¿Dónde estabas? – le preguntó él.

No quiso contarle lo que de veras estaba pensando, de modo que le dijo:

–Filip Vitenko parecía estar diciendo la verdad.

–Sí. Pero eso no significa gran cosa.

Lord estaba sentado en el borde de la cama, con el Fabergé en las manos.

–Tiene que estársenos escapando algo. Parte del secreto se ha perdido. Estamos claramente en un callejón sin salida.

Akilina comprendió lo que de veras quería decir.

–¿Piensas ir al consulado?

Él la miró.

–Me parece que no tengo elección. Si alguien está intentando manipular la comisión, tengo que contribuir a impedirlo.

–No puedes dar nada por seguro.

–Tengo curiosidad por averiguar qué puede contarme el representante de Moscú. La información puede serle útil a la persona para quien trabajo. No olvides que mi objetivo primordial consistía en poner todos los medios para que saliera elegido Baklanov. Tengo que hacer mi trabajo.

–Bueno, pues vamos los dos.

–No. Bien está que me arriesgue yo, pero no hagamos tonterías. Quiero que cojas todo esto y te metas en otro hotel. Sal por el aparcamiento, no por la parte delantera, ni por el vestíbulo. Podría haber alguien vigilando. Por si te siguen, da un rodeo antes de entrar en el nuevo hotel. Ve en autobús, en metro, quizá en taxi. Pasa un par de horas dando vueltas por ahí. Yo iré al consulado a las dos y media.

Llámame a las tres y media. Utiliza un teléfono público. Si

no contesto, o te dicen que no puedo ponerme, o que ya me he ido, quítate de en medio.

–No me gusta nada la cosa.

Lord se puso en pie y se acercó a la mesa de pared sobre la cual habían puesto la bolsa de terciopelo. Metió el huevo en su interior.

–A mí tampoco, Akilina. Pero no tengo elección. Si hay un heredero directo de los Romanov que aún esté con vida, el gobierno ruso tiene que saberlo. No podemos ajustar nuestras vidas a lo que fuera que dijese Rasputín hace un montón de años.

–Pero es que no sabemos ni por dónde empezar.

–La publicidad del caso puede hacer que salgan al descubierto todos los posibles herederos de Anastasia y Alexis que haya por ahí. Y las pruebas de ADN pueden eliminar cualquier intento de fraude.

–Nos dijeron que hiciésemos esto solos.

–Pero nosotros somos el Águila y el Cuervo, ¿verdad?

Podemos establecer nuestras propias reglas.

–No lo creo. Creo que tenemos que encontrar a los herederos del Zar respetando las instrucciones del starets.

Lord se apoyó contra la mesa.

–El pueblo ruso necesita la verdad. ¿Por qué será que las nociones de limpieza y honradez no acaban de metérseles en la cabeza? Creo que debemos dejar esto en manos del gobierno ruso y del Departamento de Estado. Voy a contarle todo al representante de Moscú.

Akilina no se sentía nada tranquila con la vía de acción que pensaba emprender Lord. Ella prefería el anonimato, la protección que podía proporcionarles una ciudad de cientos de miles de habitantes. Pero quizá tuviera razón él. Quizá se pudiera alertar a las autoridades competentes que hicieran algo antes de que la Comisión del Zar eligiera a Stefan Baklanov, o a cualquier otro, como próximo Zar de Todas las Rusias.