La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 34 de 81

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La profecía Romanov

*

primero hay que hacerles una foto para enviarla a Moscú y que se convenzan de que siguen vivos y en buena salud.

Les dice a todos dónde tienen que ponerse. Pero no hay foto. Unos cuantos hombres armados invaden la habitación y alguien le dice al Zar que él y su familia van a ser ejecutados. A continuación, Yurovsky apunta con su arma.

El anciano hizo una pausa y negó con la cabeza.

–Más vale que prepare la comida. Luego les contaré a ustedes lo que ocurrió en Ekaterimburgo aquella noche de julio.

*

Yurovsky accionó su revólver Colt y la cabeza de Nicolás II, Zar de Todas las Rusias, se trocó en un estallido de sangre. El Zar cayó de espaldas, hacia su hijo. Alejandra empezaba a persignarse cuando los demás ejecutores abrieron fuego. Varios proyectiles hicieron impacto en la Zarina, derribándola de su asiento. Yurovsky había asignado una víctima para cada verdugo, ordenando a éstos que apuntaran al corazón, para reducir al mínimo el derramamiento de sangre. Pero una furiosa sucesión de impactos hizo saltar el cuerpo de Nicolás, cuando los otros once ejecutores decidieron tomar por blanco a quien una vez había sido su gobernante por la gracia de Dios.

Los integrantes del pelotón fueron dispuestos enfilas de tres. Los de segunda y tercera fila disparaban por encima del hombro de los de primera, tan cerca, que muchos de los situados delante sufrieron quemaduras por el calor de los cañones. Kolya Maks estaba en primera fila, y le quemaron el cuello por dos veces. Le habían ordenado que disparase contra Olga, la hija mayor, pero no pudo obligarse a hacerlo.

Lo habían enviado a Ekaterimburgo a organizar la fuga de la familia imperial y llevaba allí tres días, pero los acontecimientos se habían precipitado de un modo incontrolable.

Los guardias fueron convocados al despacho de Yurovsky a primera hora de la mañana. El jefe les dijo:

-Hoy vamos a ejecutar a toda la familia real, junto con el médico y los criados que tienen a su servicio. Adviertan al destacamento, no sea que se alarmen cuando oigan tiros.

Eligieron a once hombres, Maks entre ellos. Fue un golpe de suerte que lo eligieran, pero venía fuertemente recomendado por el Soviet del Ural, como persona en quien se podía confiar plenamente a la hora de ejecutar una orden, y Yurovsky, al parecer, andaba necesitado de lealtad.

A renglón seguido, dos letones dijeron con rotundidad que ellos no abrirían fuego contra mujeres. A Maks le sorprendió que unos individuos tan brutales pudieran tener algún tipo de conciencia. Yurovsky no les puso ninguna objeción y los sustituyó por dos voluntarios que dieron un paso al frente y que, lejos de poner pegas, parecían encantados. Al final, integraban el pelotón seis lituanos y cinco rusos, más Yurovsky. Hombres muy endurecidos, con nombres como Nikulin, Ermakov, Medvedev (dos) y Pavel.

Nombres que Kolya Maks nunca olvidaría.

Aparcaron un camión en el exterior y pusieron el motor al máximo, para que el ruido no dejase oír los disparos, que en seguida se convirtieron en una verdadera descarga de fusilería. El humo de las pistolas envolvía la escena en una niebla espesa, sobrecogedora. Cada vez resultaba más difícil ver algo, saber quién disparaba a quién. Maks pensó que todo el mundo había estado horas bebiendo a destajo y que allí el único que no estaba borracho era él, y quizá Yurovsky. En general, sólo recordarían haber disparado a diestro y siniestro. Él había tenido mucho cuidado con el alcohol, porque sabía que iba a necesitar la cabeza.

Maks vio que el cuerpo de Olga se encogía tras recibir otro balazo en la cabeza. Los ejecutores apuntaban al corazón de sus víctimas, pero algo raro ocurría. Los proyectiles rebotaban en el pecho de las mujeres y recorrían la habitación como exhalaciones. Uno de los

lituanos masculló que Dios las protegía. Otro preguntó en voz alta si todo aquello no sería una insensatez.

Maks vio que las grandes duquesas Tatiana y María trataban de hacerse pequeñas en un rincón y ponían las manos por delante, en un intento de protegerse. Las balas impactaban en sus jóvenes cuerpos, unas rebotaban, otras penetraban. Dos hombres rompieron la formación y se aproximaron a ellas, para a continuación asestarle un tiro en la cabeza a cada una.

El ayuda de cámara, el cocinero y el médico fueron ejecutados en el sitio. Sus cuerpos cayeron como blancos en un puesto de feria. La doncella era la loca. Echó a correr como una fiera enjaulada por toda la habitación, aullando, tratando de escudarse tras una almohada. Varios de los ejecutores ajustaron el tiro y dispararon directamente contra la almohada. Las balas se acumularon en ella. Era algo espantoso. ¿Qué protección tenía aquella pobre gente?

La cabeza de la doncella cedió al fin ante una bala y cesaron sus gritos.

–¡Alto el fuego! – vociferó Yurovsky.

La habitación quedó en silencio.

-Los tiros se oirán desde la calle. Rematadlos a la bayoneta.

Los ejecutores enfundaron los revólveres y echaron mano de sus Winchester norteamericanos, avanzando todos a la vez hacia el centro de la habitación.

La doncella, sabe Dios cómo, había sobrevivido al tiro en la cabeza. Se puso en pie y echó a andar sobre los cuerpos ensangrentados, gimiendo débilmente. Se le acercaron dos de los lituanos y hundieron sus armas en la almohada que la chica seguía aferrando. Las hojas no tenían punta y no se clavaron. Ella agarró una de las bayonetas y se puso a chillar. Ambos hombres se le acercaron. Uno de ellos le dio un culatazo en la cabeza. El lastimero grito que siguió hizo pensar a Maks en un animal herido. Hubo a continuación más culatazos y los gritos cesaron. Maks perdió la cuenta de

las veces que aquellos hombres le hincaron las bayonetas en el cuerpo, como tratando de expulsarse los demonios de dentro.

Maks se aproximó al Zar. La sangre le fluía, espesa, por los faldones de la camisa y por el pantalón. Los demás concentraban sus bayonetas en la doncella y en una de las grandes duquesas. Un humo acre llenaba la estancia y le dificultaba la respiración. Yurovsky examinaba a la Zarina.

Maks se agachó y dio la vuelta al cuerpo del Zar. Debajo estaba el zarevich, con el mismo uniforme militar de su padre, camisa, pantalón, botas y gorra que muchas veces les había visto puestos. Sabía que a ambos les gustaba vestirse igual.

El chico abrió los ojos. La mirada era de terror. Maks le tapó inmediatamente la boca con una mano. Luego se llevó un dedo a los labios.

-Quieto. Haceos el muerto.

Los ojos del chico se cerraron.

Maks se incorporó y luego hizo fuego con su pistola, apuntando a escasos centímetros de la cabeza del zarevich.

La bala se incrustó en el suelo y el cuerpo de Alexis sufrió una sacudida. Maks volvió a disparar, esta vez al otro lado, esperando que nadie observara el sobresalto del chico, pero todos parecían absorbidos en sus respectivas carnicerías.

Once víctimas, doce verdugos, muy poco espacio, muy poco tiempo.

–¿Seguía vivo el zarevich? – le preguntó Yurovsky, entre el humo.

-Ya no -respondió Maks.

La respuesta pareció satisfacer al jefe.

Maks volvió a situar el ensangrentado cuerpo de Nicolás II encima de su hijo. Pudo ver que uno de los lituanos se aproximaba a la hija más joven, Anastasia, que había caído en la tanda inicial y estaba postrada en el suelo, en un charco de sangre que iba adensándose. La muchacha gemía y Maks se preguntó si alguna de las balas habría dado en el

blanco. El lituano estaba levantando su fusil para rematarla, cuando Maks lo detuvo.

-Déjame a mí-dijo-. No he tenido el placer.

El hombre, sonriendo, se apartó. Maks miró a la chica. El pecho se le hinchaba en el penoso esfuerzo de respirar y de su ropa manaba sangre, pero resultaba difícil saber si era de ella o del cuerpo de su hermana, que estaba al lado.

Que Dios lo perdonara.

Acercó la culata del fusil a la cabeza de la muchacha y la situó en un ángulo que bastase para hacerla perder el sentido, sin quitarle la vida.

-Yo la remato -dijo Maks, dando vuelta al fusil para utilizar la bayoneta.

Afortunadamente, el lituano pasó a ocuparse de otro cuerpo, sin discutir nada.

– ¡Alto! - vociferó Yurovsky.

La habitación quedó en una extraña quietud. Cesó el destrozo de carne humana. Cesaron los disparos. Cesaron los ayes. Quedaron doce siluetas de hombre en el humo denso, y la lámpara eléctrica que colgaba del techo parecía el sol en una tempestad.

– Abrid las ventanas para que se disperse el humo - dijo Yurovsky -. No se ve ni puñetas. Luego tenéis que comprobarles el pulso a todos e informarme.

Maks se dirigió directamente a Anastasia. Tenía pulso, ligero y débil.

– ¡Gran duquesa Anastasia! – gritó -. ¡Muerta!

Otros guardias informaron de otras muertes. Maks se acercó al zarevich y apartó a Nicolás. Le encontró el pulso al muchacho. Latía con fuerza. Puso en duda que le hubiera acertado algún disparo.

– ¡Zarevich! ¡Muerto!

– ¡Hasta nunca, hijoputa! - dijo uno de los lituanos.

– Tenemos que deshacernos rápidamente de los cadáveres - dijo Yurovsky-. La habitación tiene que estar limpia antes de que amanezca.

El jefe se plantó ante uno de los rusos.

– Ve al piso de arriba y tráete unas sábanas - le dijo; y, tras darle la espalda, prosiguió-: Empezad a sacar los cuerpos.

Maks vio que un lituano agarraba a una de las grandes duquesas. No supo bien cuál de ellas.

– Mirad - dijo aquel hombre.

La atención de todos se concentró en el cuerpo ensangrentado de la muchacha. Maks se acercó, como hicieron los demás. Acudió Yurovsky. Un diamante resplandecía por entre los jirones del corsé. El jefe se inclinó y llevó los dedos a la joya. Luego, agarró una bayoneta e hizo una incisión en el corsé, para luego apartar la prenda del torso. Cayeron más joyas, que quedaron varadas en la sangre del suelo.

– Las joyas las protegían de las balas - dijo Yurovsky-.

Estas hijas de puta se las habían cosido a la ropa.

Varios de los hombres, percatándose de que una verdadera fortuna yacía a sus pies, hicieron amago de acercarse a las mujeres.

–¡No! – gritó Yurovsky-. Luego. Pero tenéis que hacerme entrega de todo lo que se encuentre. Es propiedad del Estado. Al que se quede con un solo botón le pego un tiro.

¿Está claro?

Nadie dijo una palabra.

Llegó el ruso con las sábanas. Maks sabía que Yurovsky tenía prisa en extraer los cadáveres de la casa. Acababa de dejarlo muy claro. Sólo faltaban unas horas para que amaneciese, y el Ejército Blanco estaba en las afueras de la ciudad, acercándose a toda prisa.

El primer cadáver que envolvieron fue el del Zar. Lo llevaron al camión que aguardaba fuera.

Una de las grandes duquesas fue arrojada a una camilla.

De pronto, la chica se incorporó y se puso a gritar. El horror se apoderó de todos. Se habría dicho que el cielo se les enfrentaba. Ahora estaban abiertas las puertas y las

ventanas de la casa, de modo que no cabía utilizar las armas de fuego. Yurovsky cogió uno de los rifles, se apoyó la culata en la palma de la mano y hundió la bayoneta en el cuerpo de la chica. La hoja apenas penetró. Yurovsky le dio la vuelta al fusil y lo utilizó por la culata. Maks oyó el ruido del cráneo al quebrarse. A continuación, el jefe hundió la bayoneta en el cuello de la chica y hurgó en la herida. Hubo un gorgoteo y por el desgarrón manó la sangre. Luego cesó todo movimiento.

-Sacad a estas brujas de aquí -masculló Yurovsky-. Están poseídas.

Maks se acercó a Anastasia y la envolvió en una de las sábanas. Un estrépito llegó del zaguán. Había vuelto a la vida otra de las grandes duquesas, y Maks vio con el rabillo del ojo que varios hombres se ensañaban con ella, a culatazos y cuchilladas. Aprovechó la distracción para trasladar al zarevich, que aún yacía sobre la sangre de sus padres.

Se agachó para acercarle los labios:

-Pequeño.

El chico abrió los ojos.

– No hagáis ruido alguno. Tengo que llevaros al camión.

¿Comprendido?

Una leve seña de asentimiento.

-No hagáis ningún ruido, no os mováis, si no queréis que os hagan pedazos.

Envolvió al chico en la sábana y los sacó a ambos, Anastasia y él, a la calle, llevando a cada uno en un hombro.

Tenía la esperanza de que la gran duquesa no despertara de su desmayo. También de que nadie le tomara el pulso. Una vez fuera, pudo comprobar que a los guardas les interesaba mucho más lo que iban encontrando en los cadáveres.

Relojes, anillos, brazaletes, pitilleras y joyas.

-Repito -dijo Yurovsky-. O lo devolvéis todo, u os pego un tiro. Abajo había un reloj que ha desaparecido. Voy a buscar

el último cuerpo. Cuando vuelva, el reloj tiene que haber aparecido.

Nadie puso en duda lo que ocurriría, en caso contrario, y uno de los lituanos se sacó el reloj del bolsillo y lo arrojó a la pila que formaba el resto del botín.

Yurovsky volvió con el último cadáver. Lo arrojaron a la trasera del camión. El jefe traía una gorra militar en la mano.

-Es la del Zar -dijo, encasquetándosela a uno de los ejecutores-. Te queda estupendamente.

Los demás se echaron a reír.

-Les costó trabajo morirse -dijo uno de los lituanos.

– No es fácil matar a la gente -contestó Yurovsky, con la mirada puesta en el camión.

Tendieron una lona sobre la trasera del camión, ocultando los cuerpos, tras haberles colocado debajo unas cuantas sábanas que empaparan la sangre. Yurovsky designó a cuatro de sus hombres para que fueran con el camión; luego se acercó él a la cabina y se subió. Los restantes miembros del pelotón de ejecución se fueron dispersando, cada uno a su puesto asignado. Maks no estuvo entre los elegidos para subir a la trasera del camión, de manera que se acercó a la ventanilla del lado del pasajero.

-Camarada Yurovsky, ¿puedo ir también? Me gustaría contribuir a que todo esto terminara.

Yurovsky giró el corto cuello. De noche parecía aún más oscuro. Barba negra. Pelo negro. Chaqueta negra de cuero.

Lo único que Maks alcanzaba a verle era el blanco de los ojos, tras una mirada escalofriante.

–¿Por qué no? Sube con los otros.

El camión salió de la casa de Ipatiev por la puerta del patio delantero. Uno de los otros hombres cantó la hora: las tres de la madrugada. Tendrían que darse prisa. Alguien sacó dos botellas de vodka y las puso en circulación entre

los hombres que iban en la trasera del camión, con los cadáveres. Maks sólo tomó unos pequeños tragos.

Lo habían enviado a Ekaterimburgo a organizar la fuga.

Entre los generales del Estado Mayor del Zar los había que se tomaban en serio su juramento de fidelidad a la Corona.

Llevaban meses circulando rumores de que la suerte de la familia imperial estaba echada. Pero hasta el último día no había comprendido Maks la frase en todo su alcance.

Puso la mirada en el montón de cadáveres que había bajo la lona. Había colocado al chico y a su hermana casi en lo alto del todo, debajo de su madre. Se preguntó si el zarevich lo habría reconocido. Quizá fuera por eso por lo que se había quedado quieto.

El camión pasó junto al hipódromo de las afueras de la ciudad. Dejó atrás ciénagas, pozos, minas abandonadas.

Más allá de la fábrica del Alto Isetsk, una vez cruzada la vía del tren, la carretera se adentraba en un espeso bosque.

Tres kilómetros más tarde volvió a verse la vía del tren. Las únicas construcciones a la vista eran las casetas atendidas por los ferroviarios, que a aquella hora dormían todos.

Maks se dio cuenta de que la carretera se convertía en barro. El camión patinó un poco cuando las ruedas entraron en contacto con la tierra resbaladiza. Las ruedas traseras se atascaron en un hoyo, girando libremente, y el conductor intentó, en vano, seguir adelante. Nubes de vapor empezaron a salir del capó. El conductor apagó el motor, antes de que se recalentara, y Yurovsky se bajó de la cabina, señaló la caseta ferroviaria que acabábamos de dejar atrás y le dijo al conductor:

-Ve a despertar al encargado y que nos traiga agua.

Se dirigió a la trasera del camión.

-Buscad madera para sacar las ruedas de esta mierda. Yo seguiré andando, para encontrarme con Ermakov y su gente.

Dos de los soldados estaban ya fuera de juego, por la borrachera. Otros dos saltaron de la trasera del camión y

desaparecieron en la oscuridad. Maks se hizo el borracho y se quedó quieto donde estaba.

Vio que el conductor deshacía lo andado hasta llegar a la caseta, cuya puerta aporreó. Se vio parpadear una luz y la puerta se abrió. Maks oyó que el conductor le explicaba al ferroviario que necesitaban agua. Hubo discusión, y Maks oyó a los dos guardas gritar que habían encontrado madera.

Tenía que ser en ese mismo momento.

Se arrastró hasta la lona y la fue levantando lentamente.

El olor le revolvió el estómago. Apartó el cuerpo de la Zarina y agarró el bulto en cuyo interior estaba el zarevich.

– Soy yo, Pequeño. Estaos callado y quieto. El chico dijo algo que Maks no logró entender.

Bajó el cuerpo de la trasera del camión y lo depositó en el bosque, a unos metros del camino.

– No os mováis - repitió.

Regresó a toda prisa y cogió en brazos el bulto que contenía a Anastasia. La puso en el suelo del camión para volver a colocar la lona en su sitio. Luego la llevó al bosque y la depositó junto a su hermano. Tras haber aflojado las sábanas que los amortajaban, les tomó el pulso a ambos.

Débil, pero ahí estaba.

Alexis lo miró.

– Sé que es horrible, pero tenéis que permanecer aquí.

Cuidad de vuestra hermana. No os mováis. Yo volveré, pero no sé cuándo. ¿Comprendéis?

El chico dijo que sí con la cabeza.

– ¿Os acordáis de mí, verdad?

El chico volvió a asentir.

– Pues tened confianza en mí, Pequeño.

El joven se aferró a él en un abrazo desesperado, que le desgarró el corazón.

– Dormid ahora. Volveré cuanto antes.

Maks volvió al camión y subió a la trasera. En seguida volvió a situarse como estaba antes, boca abajo junto a los

dos guardas borrachos. Oyó pisadas acercándose en la oscuridad. Lanzando un quejido, empezó a incorporarse.

– Levántate, Kolya. Tienes que ayudarnos - dijo uno de los hombres, al acercarse. - Hemos encontrado leña en la caseta.

Se bajó del camión y ayudó a los otros dos a transportar los troncos por el embarrado camino. El conductor regreso con un cubo de agua para el motor.

Yurovsky apareció unos minutos más tarde.

-Ermakov y su gente están ahí cerca.

El motor volvió a ponerse en marcha, no sin esfuerzo, y las cuñas de madera hicieron posible que las ruedas saliesen del agujero de lodo. A bastante menos de un kilómetro más adelante se encontraron con un grupo que los aguardaba, con antorchas en la mano. A juzgar por sus gritos, era evidente que casi todos estaban borrachos. A la luz de los faros, Maks reconoció a Piotr Ermakov. Yurovsky sólo había recibido orden de cumplir la sentencia.

Deshacerse de los cadáveres era responsabilidad del camarada Ermakov. Era un obrero de la planta del Alto Isetsk a quien le gustaba tanto matar que lo llamaban camarada Máuser.

–¿Por qué no nos los trajisteis vivos? – gritó alguien.

Maks sabía lo que seguramente les habría prometido Ermakov a sus hombres. Sed buenos soviéticos y haced lo que se os diga y os dejaremos hacer lo que queráis con las mujeres, con el papá Zar mirando. La probabilidad de ejercer la lujuria con cuatro vírgenes tenía que haber sido suficiente incentivo para que hiciesen los preparativos necesarios.

Un numeroso grupo se congregó junto a la trasera del camión, mirando la lona, con las antorchas crepitando en la oscuridad. Uno de ellos apartó la cubierta.

-Mierda. Qué peste -exclamó alguno.

-El hedor de la monarquía -añadió otro.

-Trasladad los cadáveres a las carretas -ordenó Yurovsky.

Uno de ellos, en tono de protesta, dijo que se negaba a tocar semejantes porquerías, y Ermakov se subió a la trasera del camión.

-Sacad esos jodidos cadáveres del camión. Sólo queda un par de horas para que amanezca, y hay mucho que hacer.

Maks comprendió que Ermakov no era hombre a quien fuese prudente desafiar. Los hombres empezaron a trasladar los ensangrentados bultos de los cadáveres, dejándolos en droshkis. Sólo había cuatro carretas de madera, y Maks esperaba que nadie contase los cuerpos. El único que conocía su número exacto era Yurovsky, pero el jefe fue a situarse, junto a Ermakov, delante del camión. Los demás hombres que habían participado en la matanza de casa de Ipatiev estaban demasiado borrachos o demasiado cansados para ocuparse de si había nueve o había once cadáveres.

Fueron quitándoles las sábanas según arrojaban los cuerpos a una droshki. Maks vio que varios hombres se ponían a registrar los bolsillos de la ensangrentada ropa.

Uno de los componentes del pelotón de ejecución les habló a los demás de lo que antes habían descubierto.

Hizo aparición Yurovsky y se pudo oír un tiro.

-Nada de eso. Los desnudaremos en donde vayamos a enterrarlos. Tendréis que entregar todo lo que aparezca, si no queréis que os deje secos en el sitio.

Nadie le plantó cara.

Como sólo había cuatro carretas, se tomó la decisión de que el camión seguiría adelante todo lo que fuera posible, con los demás cuerpos, y que los carros lo seguirían. Maks se encaramó al borde de la trasera y observó el lento desplazamiento de los carros siguiendo al camión. Le constaba que en un momento determinado tendrían que parar, salir de la carretera y circular por el bosque. Poco antes había oído que el lugar de enterramiento elegido eran los pozos de una mina abandonada. Alguien dijo que el sitio se llamaba Los Cuatro Hermanos.