La profecía Romanov
Capítulo 3
Orleg lo miró con intención, pero Lord no supo si estaba o no estaba de acuerdo con él.
–Aún no ha contestado usted a ninguna de mis preguntas. ¿Por qué lo perseguían?
Volvió a oír lo que dijo Párpado Gacho al salir del Volvo. El puñetero chornye ha sobrevivido. ¿Debía contárselo a Orleg? Había algo en el inspector que no acababa de gustarle. Pero su paranoia bien podía ser efecto de lo que acababa de ocurrir. Ahora, lo que le hacía falta era volver al hotel y hablar de todo esto con Taylor Hayes.
–No tengo ni idea. Lo único que sé es que los vi muy bien. Mire, ya ha visto usted mi permiso de seguridad, y ya sabe dónde encontrarme. Estoy calado hasta los huesos, tengo un frío del carajo y lo que queda de mi ropa está impregnado de sangre. Me gustaría cambiarme. ¿Hay alguno de sus hombres que pueda llevarme al Voljov?
El inspector no contestó en seguida. Se le quedó mirando con una expresión comedida que Lord consideró intencionada.
Orleg le devolvió la tarjeta de seguridad.
–Por supuesto, señor letrado de la comisión. Lo que usted diga. Dispongo de un coche.
3
Un coche patrulla condujo a Lord hasta la entrada del Voljov. El portero le dio paso sin decir palabra. Se le había echado a perder la tarjeta del hotel, pero no le hizo falta identificarse. Era el único huésped de raza negra y, por tanto, instantáneamente identificable, aunque no por ello dejaron de observar con cara de extrañeza los destrozos que había sufrido su ropa.
El Voljov es un hotel de antes de la revolución, construido a principios del siglo xx. Está cerca del centro, al noroeste del Kremlin y de la Plaza Roja, con el Teatro Bolshoi enfrente, al otro lado de una concurrida plaza, en diagonal.
En tiempos de la Unión Soviética, la maciza mole del Museo
Lenin y el monumento a Karl Marx eran plenamente visibles desde las habitaciones que daban a la calle. Ninguno de los dos existía ya. Merced a una coalición de inversores europeos y norteamericanos, durante la última década se ha devuelto el hotel a su antiguo esplendor. El vestíbulo y los opulentos salones, con sus murales y sus arañas de cristal, generan una atmósfera zarista de fausto y privilegios. Pero los cuadros de las paredes -todos de pintores rusos- eran ahora un buen reflejo del capitalismo, porque todos llevaban la indicación de estar a la venta.
Asimismo, la adición de un moderno centro de negocios, un gimnasio y una piscina interior, proyectaba aún más hacia el nuevo milenio aquella venerable institución hotelera.
Fue directamente a conserjería y preguntó si Taylor Hayes estaba en su habitación. El conserje puso en su conocimiento que Taylor Hayes estaba en el centro de negocios. No sabía si cambiarse antes de ropa, pero llegó a la conclusión de que no podía esperar. Tras cruzar el vestíbulo, localizó a Hayes al otro lado de una pared de cristal, sentado delante de un terminal de ordenador.
Hayes era uno de los cuatro socios principales de Pridgen Woodworth. La firma tenía bajo contrato a unos doscientos abogados, lo cual la convertía en una de las mayores factorías legales del sudeste de Estados Unidos. Algunos de los más importantes bancos, compañías de seguros y corporaciones mantenían igualas mensuales con el bufete.
Sus oficinas de Atlanta dominaban dos plantas de un elegante rascacielos azulado.
Hayes era licenciado en Derecho y había obtenido un máster en Gestión Comercial, de modo que tenía reputación de ser un excelente practicante de la economía global y del Derecho Internacional. Gozaba de la bendición de poseer un cuerpo atlético y delgado, y su madurez se reflejaba en unas cuantas canas que le añadían toques grises al pelo castaño. Solía participar en programas de la CNN, como comentarista, y proyectaba una fuerte presencia televisiva:
sus ojos entre grises y azules destellaban una personalidad que a Lord se le antojaba de showman, de matón y de profesor, todo al mismo tiempo.
Su mentor rara vez hacía aparición en los tribunales, y más infrecuente aún era que participara en las reuniones semanales de las cuatro decenas largas de abogados -Lord incluido- que llevaban la División Internacional del bufete.
Lord había trabajado directamente con Hayes varias veces, acompañándolo a Europa y Canadá, ocupándose de las investigaciones necesarias y proponiendo la acción a seguir en las cuestiones que se le encomendaban. Nunca habían estado juntos durante un prolongado espacio de tiempo, salvo en las últimas semanas, en que su relación había pasado del usted al tú.
Hayes andaba siempre de viaje, un mínimo de tres semanas al mes, al servicio de los muchos y diversos clientes internacionales a quienes no les parecía mal pagar 450 dólares la hora para que el abogado los atendiese a domicilio. Lord le cayó bien a Hayes desde el primer momento, cuando se incorporó al bufete, doce años atrás.
Según más tarde le contó, él mismo había solicitado específicamente que lo pasaran a Internacional. Desde luego que su licenciatura con honores por la Facultad de Derecho de Virginia, el máster en Historia de Europa por la Universidad de Emory y su dominio de las lenguas eran ya suficiente mérito. Pero Hayes empezó a enviarlo a toda Europa, especialmente al bloque Oriental. Pridgen Woodworth representaba una considerable cartera de clientes con grandes inversiones en la República Checa, Polonia, Hungría, los estados bálticos y Rusia. Lord, poco a poco, había ido ascendiendo en el bufete, hasta su actual posición de asociado principal, para, a no mucho tardar -
eso, al menos, esperaba él-, convertirse en socio principal.
Bien podía ser que algún día llegara a Director de Internacional.
Suponiendo, claro, que viviese para verlo.
Abrió la puerta de cristal y entró en el centro de negocios. Hayes levantó la vista del ordenador.
–¿Qué demonios te ha ocurrido?
–No aquí.
Había una docena de hombres desperdigados por la sala.
Su jefe pareció hacerse cargo de la situación, inmediatamente, sin decir más, de modo que se trasladaron a uno de los numerosos salones que había en la planta baja del hotel, el que lucía una impresionante vidriera en el techo y una fuente de mármol rosa. A lo largo de las últimas semanas, sus mesas se habían convertido en lugar de reunión de Hayes y Lord.
Se metieron en un reservado.
Lord atrajo la atención de un camarero y se dio un golpecito en la garganta, para indicarle que le trajera vodka.
De hecho, lo necesitaba.
–Cuéntame lo que sea, Miles -dijo Hayes.
Lord le contó lo ocurrido. Todo. Incluido el comentario que hizo uno de los pistoleros, y también la especulación del inspector Orleg en el sentido de que el ataque iba dirigido a Bely y el Ministerio de Justicia. Luego dijo:
–Yo creo que iba a por mí, Taylor.
Hayes negó con la cabeza.
–Eso no lo sabes. Puede que te quisieran eliminar porque les habías visto claramente el rostro y no querían testigos.
Dio la casualidad de que tú eras el único negro a la vista.
Había cientos de personas en la calle. ¿Por qué elegirme a mí?
–Porque estabas con Bely. El inspector tiene razón. La cosa puede haber sido contra Bely Quizá llevaran todo el día al acecho, esperando el momento oportuno. Tal como lo cuentas, eso es lo que me parece a mí.
–No lo sabemos.
–Miles, hace un par de días que conociste a Bely. No sabes de qué iba. Anda que no muere gente aquí, y no precisamente de muerte natural.
Lord se miró los oscuros chafarrinones de la ropa y volvió a pensar en el sida. Llegó el camarero con la vodka. Hayes le tendió unos cuantos rublos. Lord tomó aire y echó un largo trago, con intención de que la fuerza del alcohol le calmara los nervios. Siempre le había gustado la vodka rusa. Era, ciertamente, la mejor del mundo.
–Lo que espero de verdad es que el hombre no fuera seropositivo. Aún tengo su sangre encima -depositó el vaso en la mesa-. ¿Crees que debería abandonar el país?
–¿Tú quieres abandonarlo?
–Mierda, no. Estamos a punto de hacer historia, aquí. No quiero desentenderme y largarme. Esto es algo que les podré contar a mis nietos. Yo estaba allí cuando al Zar de Rusia le devolvieron el trono.
–Pues no te vayas.
Nuevo sorbo de vodka.
–Pero también quiero estar allí para conocer a mis nietos.
–¿Cómo escapaste?
–Corriendo como alma que lleva el diablo. Fue extraño, pero pensé en mi abuelo y en las cacerías de mapaches para no venirme abajo.
Una extraña expresión se hizo visible en el rostro de Hayes.
–El deporte de los sureños racistas y pobres en los años cuarenta. Soltar a un negro asqueroso en el bosque, hacer que los perros lo huelan bien, y darle media hora de adelanto.
Nuevo trago de vodka.
–Los gilipollas esos jamás agarraron a mi abuelo.
–¿Quieres que se te ponga protección? – preguntó Hayes-. ¿Un guardaespaldas?
–Pues sí, creo que no sería mala idea.
–Quiero tenerte aquí en Moscú. El asunto podría ponerse feo, y me haces falta.
Y Lord quería quedarse. De modo que trató de convencerse: Párpado Gacho y Cromañón fueron por él