La profecía Romanov
Credit Mercantile Bank Of San Francisco
CREDIT MERCANTILE BANK OF
SAN FRANCISCO
TRADICIÓN LOCAL DESDE 1884
–¿Qué dice? – le preguntó Akilina en ruso.
Él se lo dijo, luego buscó la llave que tenía en el bolsillo, para mirar de nuevo las iniciales grabadas: C.M.B.
–Creo que esta llave es de una caja del Credit Mercantile Bank. Ya existía en tiempos de Nicolás II.
–¿Cómo puedes estar seguro de que éste es el sitio?
–No lo estoy.
–Y ¿cómo lo averiguamos?
–Buena pregunta. Habrá que contarles una buena historia para que nos permitan el acceso. No creo que el banco nos deje entrar tan tranquilos y abrir una caja con una llave que tiene decenas de años encima. Nos harán preguntas.
Su mente de abogado se puso en marcha.
–Pero creo que conozco el modo de solucionarlo.
El taxi tardó media hora en llevarlos al centro. Lord había elegido un hotel de la cadena Marriott situado en las cercanías del barrio financiero. El edificio acristalado, gigantesco, parecía una especie de jukebox. Su elección no se debía sólo a la proximidad con el barrio financiero, sino también a que era un centro de negocios bien equipado.
Tras haber dejado las mochilas en la habitación, bajaron al vestíbulo. En uno de los procesadores de texto Lord escribió el epígrafe OFICINA DE AUTENTICACIÓN DEL
CONDADO DE FULTON. Habiendo trabajado en la sección de autenticaciones de un bufete durante su último año de facultad, conocía bien la legislación testamentaria: un tribunal podía legitimar de oficio la actuación de un albacea en representación de un fallecido que lo hubiera nombrado por testamento epistolar. Él mismo había escrito unos cuantos oficios así, pero prefirió asegurarse, y entró en
internet. La Red estaba repleta de bufetes ofreciendo de todo, desde la última jurisprudencia en materia de sucesiones, hasta plantillas válidas para los más intrincados documentos. Había un sitio, en el servidor de la Emory University de Atlanta, que Lord solía utilizar por costumbre.
Allí encontró el modo adecuado de redactar un falso testamento epistolar.
Cuando la impresora terminó de imprimir, le enseñó el documento a Akilina.
–Eres hija de una tal Zaneta Ludmilla. Tu madre acaba de morir y te ha dejado la llave de su caja de seguridad. La Oficina de Autenticación del Condado de Fulton, Georgia, ha confirmado que tú eres la albacea testamentaria. Y yo soy tu abogado. Como no hablas bien inglés, estoy aquí para facilitarte las cosas. Como albacea, tienes la obligación de levantar inventario de todos los bienes de tu madre, incluido lo que sea que haya en esa caja.
Akilina sonrió.
–Igual que en Rusia: papeles falsificados. El único modo de conseguir las cosas.
En contra de lo que hacía suponer su publicidad, el Credit Mercantile Bank no tenía su sede en un edificio neoclásico de granito, sino en una de las más modernas estructuras metálicas del barrio financiero. Lord conocía el nombre de las elevadas construcciones que había alrededor. El Embarcadero Center, el edificio Russ y la fácilmente identificable Torre de Transamérica. Conocía bien la historia del barrio. Predominaban los bancos y las compañías de seguros, haciendo honor a la denominación de la Wall Street del Oeste. Pero también abundaban las petroleras, los gigantes de la comunicación, las compañías de ingeniería y los conglomerados del sector de la confección. El barrio tuvo origen en el oro de California, pero ahora mantenía su puesto en el mundo financiero norteamericano gracias a la plata de Nevada.
El interior del Credit Mercantile Bank era una moderna combinación de madera contrachapada, terrazo y cristal.
Las cajas personales de seguridad estaban en la tercera planta, y allí, detrás del mostrador, les aguardaba una mujer con el pelo dorado. Lord le mostró la llave, los documentos oficiales falsos y su tarjeta de identificación del colegio de abogados de Georgia. Lo hizo a fuerza de sonrisas y simpatía, esperando que no hubiera demasiadas preguntas.
Pero la expresión de curiosidad que pudo percibir en el rostro de la mujer no era precisamente alentadora.
–No tenemos ninguna caja con ese número -puso en conocimiento de Akilina y Lord, con toda frialdad, sosteniendo la llave en una mano.
Lord hizo un gesto para que se fijara en las letras grabadas:
–C.M.B. Es su banco, ¿no?
–Son nuestras iniciales -concedió ella, como haciendo un esfuerzo.
Lord decidió probar con un tono más firme.
–Mire usted, señora: la señorita Ludmilla, aquí presente, está deseando organizar la herencia de su madre, cuya muerte le ha resultado especialmente dolorosa. Tenemos razones para creer que esta caja tiene que ser muy antigua.
¿No mantiene el banco las cajas durante un largo período de tiempo? Según consta en su publicidad, esta institución bancaria lleva en funcionamiento desde 1884.
–Quizá si se lo digo más despacio me entenderá usted mejor, señor Lord.
El tono era cada vez más preocupante.
–En este banco no hay ninguna caja con el número 716.
No coincide con nuestro sistema de numeración. Siempre hemos utilizado una combinación de letras y números.
Lord, dirigiéndose a Akilina, le dijo en ruso:
–No va a decirnos nada. Asegura que el banco no tiene el número 716.
–¿Qué está usted diciendo? – le preguntó la mujer.
Lord volvió a dirigirse a ella.
–Le estoy diciendo que tendrá que sobrellevar su dolor durante algo más de tiempo, porque aquí no podremos aclarar nada.
Lord miró de nuevo a Akilina:
–Pon cara de mucha tristeza. A ver si puedes llorar un poco.
–Soy acróbata, no actriz.
Él la asió de las manos y la miró con aire muy comprensivo. Luego le dijo, en ruso:
–Inténtalo, que puede servirnos.
Akilina miró a la mujer y, por un momento, logró expresar una gran preocupación.
–Mire -dijo la mujer, devolviéndole la llave a Lord-, ¿por qué no lo intentan en el Commerce Merchants Bank? Está en esta misma calle, a tres manzanas de aquí.
–¿Ha funcionado? – pregunto AKilina.
–¿Qué dice? – quiso saber la mujer.
–Que le traduzca lo que usted acaba de decir.
Dirigiéndose a Akilina, le dijo, en ruso:
–Puede que esta hija de perra tenga su corazoncito, después de todo.
Pasó al inglés para decirle a la mujer:
–¿Sabe usted desde cuándo lleva en funcionamiento ese otro banco?
–Igual que nosotros. Desde el principio de los tiempos.
Mil ochocientos noventa y tantos, creo.
El Commerce Merchants Bank era un monolito ancho con la base de granito, el exterior de mármol y la fachada de columnas corintias. Contrastaba fuertemente con el Credit Mercantile Bank y con los demás rascacielos que lo rodeaban, cuyos acristalamientos plateados y cuadrículas de metal evidenciaban un origen más reciente.
Lord quedó impresionado nada más entrar. El vestíbulo tenía todas las características de los viejos tiempos bancarios, con columnas de falso mármol, suelo de mármol
y ventanillas de caja -reliquias de una época en que las rejas de hierro decorativas desempeñaban la función que ahora corresponde a las medidas de seguridad de alta tecnología.
Los dirigieron al despacho en que se llevaba el control del acceso a la cámara de cajas de seguridad, situada, según les dijo un vigilante de uniforme, un piso más abajo, en el sótano.
Los recibió un hombre negro de cabello canoso. Llevaba chaqueta y corbata, con un reloj de oro cuya cadena le cruzaba el pecho, justo por encima de la incipiente barriga.
Dijo llamarse Randall Maddox James y parecía muy orgulloso de que su nombre tuviera tres componentes.
Lord le mostró los documentos de autenticación y la llave. No hubo comentarios negativos ni más allá de unas cuantas preguntas superficiales. James no tardó en conducirlos al intrincado sótano, pasando antes por el vestíbulo. Las cajas de seguridad se repartían en varias salas, todas ellas con las paredes cubiertas de puertecillas de acero inoxidable. Al final llegaron a una fila de cajas antiguas, con el exterior de un color verde sin lustre y las cerraduras negras.
–Éstas son las más antiguas que conservamos -dijo James-. Ya estaban aquí cuando el terremoto de 1906.
Quedan muy pocos dinosaurios como éstos. Muchas veces nos preguntamos si alguna vez reclamará alguien su contenido.
–¿No lo comprueban ustedes, transcurrido un tiempo? –
preguntó Lord.
–No lo permite la ley. Mientras sigan pagando el alquiler de la caja…
Mantuvo la llave en alto.
–¿Me está usted diciendo que el alquiler de esta caja viene pagándose desde los años veinte?
–Exactamente. De no ser así, la habríamos declarado inactiva y habríamos perforado la cerradura. Es evidente
que su difunta tomó las medidas necesarias para que no fuera ése el caso.
Lord se corrigió de inmediato.
–Por supuesto, claro que sí.
James señaló la caja 716. Estaba a media altura de la pared y la puerta de acceso tenía unos treinta centímetros en diagonal y veinticinco de alto.
–Si necesitan ustedes algo, señor Lord, estoy en mi despacho.
Lord esperó a que James los dejara solos, cerrando la reja al salir. Luego introdujo la llave en la cerradura y abrió.
Dentro había otra caja de metal. Le llamó la atención, al extraerla, lo mucho que pesaba. Depositó el receptáculo en una mesa de madera de nogal que había al lado.
Contenía tres bolsas de terciopelo, en mucho mejor estado de conservación que la custodiada por Kolya Maks hasta la muerte. También había un periódico de Berna, doblado por la mitad. Era del 25 de septiembre de 1920. El papel se había vuelto quebradizo, pero seguía entero. Lord sacó con mucho cuidado la bolsa de encima y notó, al palparla, que dentro había varios objetos. La abrió rápidamente y vio que contenía dos barras de oro, idénticas a la que habían dejado en el aeropuerto de Kiev. Ambas llevaban estampadas en la cara anterior las letras NR y el águila bicéfala. A continuación alcanzo la otra bolsa, que era mucho más gruesa, casi redonda. Aflojó las cintas de cuero.
Lo que había dentro lo dejó muy sorprendido.
Era un huevo esmaltado de color rosa translúcido sobre campo de guillochis, sujeto sobre unas patas verdes con torcedura que, vistas de cerca, eran de hecho una serie de hojas imbricadas y con adornos que parecían diamantes de color rosa. En lo alto lucía una diminuta corona imperial con dos lazos y adornada también de diamantes de color rosa.
El conjunto del óvalo presentaba cuatro partes, señaladas por cuatro hileras de diamantes y lirios blancos, más lo que parecía ser un exquisito rubí, también con hojas de esmalte
translúcido, verdes sobre oro. El huevo tenía unos quince centímetros de altura, contando desde la base.
Y Lord lo había visto antes.
–Es un Fabergé -dijo-. Es un huevo de pascua imperial.
–Lo sé -dijo Akilina-. Los he visto en la Armería del Kremlin.
–Éste se llamaba Lirios del Valle. Se lo regalaron a la Emperatriz Viuda, María Feodorovna, madre de Nicolás II, en 1898. Pero hay un problema. Este huevo pertenecía a una colección privada, la del millonario norteamericano Malcolm Forbes, que adquirió doce de los cincuenta y cuatro huevos cuya existencia se conocía. Su colección era más amplia que la de la Armería del Kremlin. Este huevo, exactamente, lo he visto yo expuesto en Nueva York…
Se oyó el ruido de la reja metálica al otro extremo de la sala. Lord miró en esa dirección y vio a James acercarse entre cajas plateadas. Rápidamente volvió a meter el huevo en la bolsa y tiró de las cintas de cuero para cerrarla. Las barras de oro seguían dentro de su bolsa.
–¿Va todo bien? – preguntó el hombre mientras se aproximaba.
–Muy bien -dijo Lord-. ¿Tendría usted por casualidad una caja de cartón o una bolsa de papel en que podamos llevarnos estos objetos?
El hombre echó un vistazo a la mesa.
–Por supuesto, señor Lord. El banco está a su disposición.
Lord deseaba examinar el resto del contenido de la caja, pero pensó que sería más prudente salir antes del banco.
Randall Maddox James era un poquitín demasiado curioso, al menos para su nivel actual de paranoia. Una paranoia perfectamente comprensible, teniendo en cuenta las pruebas por las que acababa de pasar en los últimos días.
Metieron sus nuevas posesiones en una bolsa de papel del Commerce Merchants Bank, con asas de cordel y salieron a la calle. Una vez allí, tomaron un taxi que los llevara a la Biblioteca Pública. Lord recordaba el edificio, de
una visita anterior: un majestuoso edificio de tres pisos, que había sobrevivido a los dos terremotos, el de 1906 y el de 1989. A un lado se alzaba el nuevo edificio, y allí los encaminó la señorita de información. Antes de volver a pensar en los objetos que contenía la bolsa, Lord localizó varios libros sobre Fabergé y, entre ellos, un catálogo de todos los huevos imperiales de pascua conocidos.
En un salón de lectura, con la llave echada, Lord distribuyó el contenido de la caja de seguridad encima de la mesa. Abrió entonces uno de los libros y leyó que en 1885
Carl Fabergé fabricó cincuenta y seis huevos por encargo del Zar Alejandro III. Un regalo de Pascua para su mujer. Tan santo día era la fiesta más importante de la Iglesia Ortodoxa Rusa. Tradicionalmente se celebraba con un intercambio de huevos y tres besos. Las alhajas fueron tan bien recibidas, que el Zar continuó encargando una todos los años, por Pascua. Nicolás II, el hijo de Alejandro que heredó el trono en 1894, siguió la tradición, pero modificándola en el sentido de encargar dos, para su madre y para su mujer, en vez de un solo huevo.
Todas estas joyas únicas eran de oro esmaltado y piedras preciosas, y llevaban en su interior una sorpresa: un diminuto carruaje de coronación, una réplica del yate real, un tren, animalitos de cuerda, o alguna otra intrincada miniatura mecánica. Se conocían cuarenta y siete de los cincuenta y seis huevos originales, y en los pies de las fotos se especificaba la situación de cada uno de ellos. Los otros nueve no se habían vuelto a localizar desde la revolución bolchevique.
Encontró una foto a toda página del huevo llamado Lirios del Valle. El texto de acompañamiento decía: El maestro Michael Perchin, del taller de Fabergé, creó esta maravilla. Su sorpresa consistía en tres pequeños marcos ovalados con los retratos del Zar, las grandes duquesas Olga y Tatiana, las dos hijas mayores de la casa
imperial. Ahora pertenece a una colección privada. Nueva York.
El libro mostraba una foto a color, tamaño natural, o casi, de la pieza. En la parte de arriba se desplegaba un trébol de miniaturas, rematadas por la corona real de diamante, con el rubí. Los óvalos tenían el respaldo de oro y el marco de diamantes rosa. En la foto del centro se veía a Nicolás II de uniforme, con barba y con las hombreras y la parte superior del pecho claramente visibles. A su izquierda estaba Olga, la primogénita, con su angelical carita de tres años nimbada de rizos rubios. A la derecha, la infanta Tatiana, que aún no había cumplido un año en aquella fecha. Todos los retratos llevaban al dorso la inscripción 5 de abril de 1898.
Lord colocó el huevo de la caja al lado de la foto.
–Son idénticos -dijo.
–Pero el nuestro no lleva fotos -dijo Akilina.
Lord volvió a mirar el libro y leyó que un mecanismo de resortes permitía desplegar los retratos. Haciendo girar una perla montada en oro que había a un lado de la pieza se activaba el resorte.
Miró con atención el huevo de la caja de seguridad y vio una perla montada en oro. Colocó la pieza sobre las patas, encima de la mesa, e hizo girar la perla. Poco a poco, la corona tachonada de diamantes rosa se fue alzando. Debajo surgió el retrato de Nicolás II, idéntico al del Lirios del Valle.
Y luego otros dos retratos más pequeños, el de un varón joven a la izquierda, el de una chica a la derecha.
Lord llegó al tope del mecanismo y dejó de hacer girar la perla.
Miró los retratos e identificó ambos rostros. Uno era el de Alexis, el otro el de Anastasia. Se acercó uno de los libros y estuvo buscando entre sus páginas hasta localizar una foto de los hijos del Zar tomada en 1916, antes del cautiverio.
No se había equivocado en la identificación, pero las fotos del Fabergé eran, sin duda alguna, más recientes. Ambos llevaban ropa occidental. El zarevich, lo que parecía ser un
traje de franela. Anastasia, una blusa de color ligero. Al dorso de ambos marcos ovalados de oro y diamantes había una inscripción: 5 de abril de 1920.
–Aquí están con más años -dijo Lord-. Sí que sobrevivieron.
Cogió el periódico amarillento y lo desplegó. Leía razonablemente bien el alemán de Suiza, de modo que no tardó en localizar una noticia de la parte inferior de la página y que, seguramente, era el motivo de que aquel ejemplar del diario estuviese en la caja de seguridad. El titular era HA FALLECIDO EL JOYERO FABERGÉ. En el texto se daba noticia de la muerte de Carl Fabergé, el día anterior, en el hotel Bellevue de Lausana. Acababa de llegar de Alemania, donde había buscado refugio tras la revolución bolchevique de 1917. Luego se contaba que la Casa Fabergé, que Carl Fabergé presidió durante cuarenta y siete años, vio su fin tras la caída de los Romanov. Los soviéticos se habían apoderado de todo para en seguida cerrar el negocio, tras un vano intento de mantener la empresa en funcionamiento bajo el nombre, más políticamente correcto, de «Comité de Empleados de la Compañía Fabergé». El redactor señalaba que la falta de patrocinio de la Casa Imperial no había sido la única causa del fracaso. La primera guerra mundial había vaciado los recursos de la rica clientela a que Fabergé servía. El artículo terminaba diciendo que los privilegios de un sector de la sociedad rusa parecían erradicados para siempre. La foto que acompañaba el artículo era de Fabergé en sus tiempos de ruina.
–Han metido el periódico en la caja como prueba de autenticidad -dijo Lord.
Dio la vuelta al huevo y encontró la marca del artesano que lo hizo: HW. Hojeó uno de los libros hasta encontrar la sección en que se enumeraban los diferentes artesanos que trabajaron para Fabergé. Le constaba que de las manos del propio Fabergé no había salido ninguno de los huevos. Él no