La profecía Romanov
Capítulo 18
Unos dedos helados recorrieron la espina dorsal de Lord.
–No se preocupe. Está bajo mi vigilancia personal. Lo tengo sentado aquí delante -se formó una sonrisa en los labios del ruso-. No entiende una sola palabra de lo que digo.
Hubo una pausa. Luego, Orleg se incorporó en su sillón.
Su mirada se encontró con la de Lord.
–¿Qué? – dijo Orleg-. ¿Habla…?
Lord empujó la pesada mesa metálica con ambas piernas y la proyectó contra Orleg, sobre el suelo de baldosas. La silla del inspector rodó hacia atrás, giró sobre su eje y fue a dar contra la pared, dejándolo a él atrapado. Lord arrancó de la pared el cable del teléfono y salió rápidamente de la habitación, dando un portazo. Luego recorrió el pasillo vacío y bajó por las escaleras saltando los escalones de tres en tres, haciendo de nuevo el camino que lo había llevado al despacho de Orleg, hasta llegar al piso bajo y luego a la calle.
Una vez pudo respirar el aire del frío mediodía, se incorporó a la multitud que ocupaba la acera.
18
12:30
Hayes se bajó del taxi en las Colinas de los Gorriones y pagó al conductor. Era mediodía y el cielo parecía hecho de platino pulido, mientras el sol ponía todo de su parte -como atravesando un cristal helado- para compensar el ligero aire gélido que soplaba. Abajo, el río Moscova trazaba una marcada curva, formando la península en que se alzaba el estadio Luzhniki. En la distancia, hacia el noreste, las cúpulas de las catedrales del Kremlin, de plata y de oro, asomaban por encima de la niebla fría, como tumbas en la niebla. En estas colinas empezaron a desmoronarse los planes de Napoleón y de Hitler. En 1917, entre sus árboles, resguardados de la policía secreta, se reunían los grupos clandestinos de la revolución, conspirando para terminar
con el régimen zarista. Ahora, una nueva generación parecía decidida a hacer lo contrario.
A la derecha de Hayes asomaba, por encima de los árboles, la Universidad de Moscú, con sus imponentes agujas caprichosas, sus laterales ornamentados y sus complicadas florituras. Otro de los grandiosos pasteles de boda en forma de rascacielos que Stalin hizo levantar para asombro del mundo entero. Éste es uno de los mayores, y en su construcción participaron prisioneros de guerra alemanes. Hayes recordó lo que se contaba de un prisionero: que se fabricó un par de alas con madera de desecho y se lanzó al aire desde lo alto, en su ansia por volver a Alemania. Como ésta cayó, igual que su Führer.
Feliks Orleg lo esperaba en un banco, bajo un dosel de hayas. Hayes aún estaba fuera de sus casillas por lo ocurrido dos horas antes, pero se dijo que más le valía medir sus palabras. No estaban en Atlanta. Ni siquiera en Estados Unidos. En Rusia no era sino un miembro más de un amplio equipo. Desgraciadamente, por el momento, el hombre clave.
Tomó asiento en el banco y dijo, en ruso:
–¿Han localizado a Lord?
–Todavía no. ¿Ha llamado?
–¿Lo harías tú, si fueras él? Evidentemente, ya no se fía de mí. Le dije que estaría allí para ayudarle y se encontró con dos asesinos. Ahora, gracias a ti, ya no se fiará de nadie. De lo que se trataba era de eliminar el problema.
Ahora, el problema anda por ahí, paseándose por Moscú.
–¿Por qué es tan importante matar a ese hombre?
Estamos despilfarrando energía.
–Eso no es cosa que tú o yo tengamos que preguntarnos, Orleg. Lo único que nos salva es que no escapó de nuestros asesinos, sino de los que ellos enviaron.
Hubo una ligera ráfaga de viento y se oyó un movimiento de hojas en los árboles. Hayes llevaba un grueso abrigo de
lana y un buen par de guantes, pero, así y todo, el frío se le estaba metiendo en el cuerpo.
–¿Has informado de lo sucedido? – le preguntó Orleg.
No se le escapó a Hayes lo que implicaba el tono de voz de su interlocutor.
–Aún no. Haré lo que pueda. Pero no les va a gustar nada. Cometiste una estupidez poniéndote a hablar por teléfono delante de él.
–¿Cómo iba yo a saber que habla ruso?
Hayes estaba haciendo un gran esfuerzo por no perder el control, pero ese policía arrogante lo había puesto en una situación muy difícil. Miró cara a cara a Orleg:
–Escúchame: tienes que encontrarlo, ya. ¿Comprendes?
Encuéntralo y mátalo. Y hazlo cuanto antes. Sin errores. Sin excusas. Hazlo y punto.
Orleg se puso tenso.
–Ya he recibido suficientes órdenes de ti.
Hayes se puso en pie:
–Eso se lo vas a contar a las personas para quienes trabajamos. Con mucho gusto enviaré un representante, para que puedas depositar tu queja.
El ruso captó el mensaje. Su jefe inmediato era un norteamericano, pero eran rusos quienes llevaban la operación. Rusos muy peligrosos. Gente que había matado a hombres de negocios, ministros del gobierno, mandos del ejército, extranjeros. A todo el que les había creado algún problema.
A cualquier inspector de policía incompetente, por ejemplo.
Orleg se levantó también.
–Encontraré al chornye y lo mataré. Luego, a lo mejor te mato a ti también.
Hayes no se dejó impresionar por la bravata del ruso:
–Coge número, Orleg. Tienes un montón de gente por delante.
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