La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 66 de 81

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La profecía Romanov

Anna Thorn

terreno, y de él partían ramales hacia los rincones más alejados del camposanto.

–La sociedad histórica de nuestra localidad se ocupa del mantenimiento de las tumbas. Lo hacen muy bien. Esto lleva siendo un cementerio desde tiempos de la guerra civil.

Thorn los condujo a una de las zonas más exteriores de la pradera de hierba. A no más de veinte metros se alzaba una hilera de árboles de la princesa, cargados de muy coloridas bayas.

Lord miró las lápidas de piedra, todas ellas marcadas con el signo de la cruz.

ANNA THORN

NACIDA EL 18 DE JUNIO DE 1901

FALLECIDA EL 7 DE OCTUBRE DE

1922

PAUL THORN

NACIDO EL 12 DE AGOSTO DE

1904

FALLECIDO EL 26 DE MAYO DE

1925

–Es curioso que pusieran las verdaderas fechas de nacimiento -dijo-. ¿No les pareció un poco imprudente?

–No, la verdad. Nadie sabía quiénes eran.

En ambas tumbas se podía leer el mismo epitafio: QUIEN

RESISTA HASTA EL FIN SE SALVARA.

Lord dijo, refiriéndose a aquella frase:

–¿Un último mensaje de Yusúpov?

–Siempre me pareció adecuado. A juzgar por lo que me contaron, ambos fueron personas excepcionales. Si hubieran seguido siendo el zarevich y la gran duquesa, quizá hubieran acabado por corromperse. Pero no eran más que Paul y Anna.

–¿Qué aspecto tenía ella? – preguntó Akilina.

Una sonrisa ocupó el rostro de Thorn.

–Maduró maravillosamente. De adolescente, Anastasia estaba algo gordita y era una arrogante. Pero aquí adelgazó y, según me dicen, era una belleza, como su madre a la misma edad. Cojeaba al caminar y tenía unas cuantas cicatrices, pero ninguna en la cara. Mi padre puso especial interés en contarme todo lo que Yusúpov le había dicho de ella.

Thorn se aproximó a un banco de piedra y tomó asiento.

Se oía en la distancia el ronco graznido de los cuervos.

–Ella era nuestra esperanza, aunque siempre existía el riesgo de que transmitiera la hemofilia a algún hijo varón.

Nadie creía en serio que Alexis fuera a vivir lo suficiente como para encontrar esposa y tener hijos. Ya fue un verdadero milagro que saliera de Ekaterimburgo sin sufrir ningún ataque. Aquí tuvo muchos. Pero un médico del pueblo obtuvo algún resultado positivo con sus tratamientos. Alexis aprendió a confiar en él, como en Rasputín. Y al final fue una vulgar gripe lo que le costó la vida, no su sangre defectuosa. También en eso acertó Rasputín. Fue él quien predijo que la hemofilia no sería la causa de la muerte del heredero.

Thorn puso los ojos en las lejanas montañas.

–Mi padre tenía un año cuando murió Alexis. Mi abuela vivió hasta los años setenta. Era una persona maravillosa.

–¿Sabía quién era Alexis?

Thorn asintió.

–Era rusa de nacimiento, y noble por sangre. Su familia escapó del país cuando Lenin consiguió el poder. Lo sabía todo. Los males físicos de Alexis eran imposibles de ocultar.

Sólo vivieron tres años juntos, pero oyéndola hablar nadie habría pensado que fueron tan pocos. Amaba a Alexis Nicolaevich.

Akilina se aproximó a la tumba y se arrodilló en la hierba.

Lord la miró mientras hacía la señal de la cruz y rezaba una oración. Le había contado su experiencia en la iglesia de San Francisco, y ahora se daba cuenta de que la joven rusa

era mucho más religiosa de lo que él había percibido en principio. A él también lo emocionaba aquel tranquilo escenario, sólo alterado por el ruido que hacían las ardillas en los árboles de la princesa.

–Vengo aquí con frecuencia -dijo Thorn. Señaló otras tres sepulturas, que estaban de espaldas a ellos-: Mi padre y mi madre y mi abuela están enterrados aquí.

–¿Por qué no está aquí tu abuela, con su marido? –

preguntó Akilina.

–Se negó. Dijo que hermano y hermana debían estar enterrados juntos. Ellos son divinos, de sangre real, y nadie debe alterar su descanso. Insistió mucho en ello.

No dijeron palabra durante el viaje de regreso a Génesis, y Lord se dirigió directamente al bufete de Thorn. Una vez en el interior, se fijó en las fotos de una mujer con dos hombres jóvenes que había encima de un aparador cubierto de polvo. La mujer era atractiva, con el pelo oscuro y una sonrisa que transmitía cordialidad. Los hijos de Thorn eran ambos guapos, también morenos de piel, con los rasgos muy marcados y con los pómulos altos característicos de los eslavos. Eran Romanov. En una cuarta parte. Descendientes directos de Nicolás II. Se preguntó cómo reaccionarían los hermanos cuando les comunicasen que formaban parte de la nobleza.

Lord se había traído de San Francisco la bolsa de viaje y la había colocado encima de una mesa de madera. Luego, con los nervios del momento, se le había olvidado enseñarle el Fabergé a Thorn. Ahora sacó con mucho cuidado el baqueteado tesoro y le mostró los dos minúsculos retratos de Alexis y Anastasia. Thorn los miró con mucha atención.

–Nunca vi qué aspecto tenían una vez instalados aquí. No se hicieron más fotos. Mi abuelo me habló de éstas. Las tomaron en la cabaña, no lejos de aquí.

La mirada de Lord volvió a posarse en las fotos de la familia Thorn que había encima del aparador.

–¿Y tu mujer?

–Anoche no le dije nada. Cuando llegue tu jefe y nos pongamos de acuerdo en cuál es el paso siguiente, hablaré con ella. Va a pasar el día fuera. En Asheville, haciéndole una visita a su hermana. Así tendré tiempo de pensar.

–¿De qué familia es?

–Lo que me estás preguntando es si cumple con los requisitos para ser Zarina.

–Es algo que hay que tener en cuenta. La Ley de Sucesión sigue vigente, la comisión tenía intención de aplicarla con todo el rigor posible.

–Margaret es ortodoxa de origen, con algo de sangre rusa, todo lo que podía encontrarse en Estados Unidos hace veinticinco años. De la búsqueda de candidatas se ocupó personalmente mi padre.

–Lo dices de un modo muy impersonal -dijo Akilina.

–No era ésa mi intención. Pero mi padre era muy consciente del alcance de nuestra responsabilidad. Se hizo todo lo posible por mantener la continuidad con el pasado.

–¿Es norteamericana? – preguntó Lord.

–De Virginia. Con lo cual ya son dos los norteamericanos que los rusos tendrán que aceptar.

Había otra cosa que Lord deseaba saber:

–El hombre que nos envió aquí nos dijo algo sobre una fortuna zarista que aún podría seguir en los bancos. ¿Estás al corriente de este dato?

Thorn colocó las fotos de sus antepasados junto a los pedazos de lo que una vez fuera un huevo Fabergé.

–Me dieron la llave de una caja de seguridad y me indicaron adonde acudir cuando llegara el momento. Y creo que ha llegado. Doy por supuesto que la información está en la caja. No debía intentar el acceso mientras no aparecierais vosotros. Nuestra primera parada tiene que ser Nueva York.

–¿Estás seguro de que la caja sigue existiendo?

–Todos los años pago el alquiler.

–¿Pagaste también el de San Francisco?