La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 75 de 81

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La profecía Romanov

Capítulo 50

Thorn subió al porche y se acercó a la puerta cerrada.

Desde detrás de la cabaña le llegó la voz de alguien que gritaba: «Muy bien, Miles. Parece que ahora me toca a mí cazar un mapache. Espero que no tengas tanta suerte como tu abuelo.»

Akilina se agachó junto a Thorn, con el perro al lado.

Thorn hizo girar el pomo de la puerta y abrió ésta de golpe. El interior estaba en la oscuridad. Sólo se veían las brasas de la chimenea. Thorn entró en la casa y fue directamente a un armario, de uno de cuyos cajones extrajo una pistola.

–Vamos -dijo.

Akilina lo siguió a la cocina. La puerta al exterior estaba abierta de par en par. Observó que Alexis olfateaba el suelo.

Al agacharse, vio un reguero de manchas oscuras procedente del salón.

El perro estaba concentrado en ellas.

Thorn se inclinó.

–Hay alguien herido -dijo en voz muy baja-. Alexis. Huele.

Adelante.

El perro olisqueó intensamente una de las manchas.

Luego levantó la cabeza, como para indicar que ya estaba listo.

–Busca -le dijo Thorn.

El perro salió a la carrera, por la puerta.

50

Lord oyó las palabras de Hayes y recordó la conversación que ambos habían tenido en el hotel Voljov nueve días antes.

Parecía haber pasado mucho más tiempo.

Su abuelo le había contado lo que sucedía cuando los blancos de clase baja descargaban su cólera en los negros.

Al tío abuelo de un amigo suyo lo sacaron a rastras de su casa y lo colgaron, sólo porque alguien había sospechado de él en un caso de robo. Sin arresto legal, sin imputarle nada,

sin juicio. Lord se preguntaba a veces cómo era posible tanto odio. Una cosa que su padre siempre había hecho era procurar que ni los blancos ni los negros olvidaran nunca el pasado. Había quien lo consideraba populismo. Otros pensaban que con ello no hacía más que reafirmar los prejuicios. Grover Lord solía decir que era un amistoso recordatorio del Hombre de Ahí Arriba, a través de su representante. Ahora era él, Lord, quien corría por los montes de Carolina, con un hombre siguiéndolo, dispuesto a impedir que viese la luz del nuevo día.

El paño de cocina que se había atado al hombro le servía de alguna ayuda, pero el continuo roce con ramas y arbustos le estaba haciendo daño. No tenía la menor idea de adonde iba. Según recordaba, Thorn había dicho que el vecino más próximo estaba a varios kilómetros. Con Hayes, Párpado Gacho y Orleg persiguiéndolo, no cabía suponer que tuviese muchas posibilidades. Seguía resonándole en la cabeza el disparo que Hayes había hecho antes de acercarse a él. Se le ocurrió dar media vuelta y acudir en busca de Akilina y Thorn, pero comprendió la futilidad de tal esfuerzo. Lo más probable era que ambos estuviesen muertos. Más le valía perderse en la noche, salvarse para contarle al mundo lo que sabía. Era lo menos que les debía a Semyon Pashenko y la Santa Agrupación, sobre todo a quienes habían perdido sus vidas en el empeño. Como Iosif y Vassily Maks.

Detuvo su avance. Cada vez que respiraba, era una corta entrada de aire que, luego, al exhalarla se evaporaba ante sus ojos. Tenía la garganta seca y no lograba orientarse. El sudor le cubría el rostro y el pecho. Le vinieron ganas de quitarse el jersey, pero no era pensable que su hombro pudiera tolerar semejante esfuerzo. Estaba mareado. La pérdida de sangre estaba empezando a afectarle, y la altitud tampoco contribuía a que se encontrase mejor.

Oyó ruidos a su espalda.