La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 40 de 81

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La profecía Romanov

Quien Resista Hasta el Fin se Salvará.

En lo alto, la negrura del cielo presagiaba nuevas lluvias. No había ninguna clase de valla que marcase los límites, ni puerta que indicase la entrada: el camino, sencillamente, desaparecía al alcanzar las primeras lápidas. Lord imaginó un cortejo fúnebre en pos de un sacerdote solemnemente vestido de negro, avanzando por el camino, llevando un sencillo ataúd de madera, mientras una fosa abierta en la tierra negra los aguardaba.

Una pasada de la linterna puso de manifiesto que todas las tumbas estaban prácticamente cubiertas de matorrales.

Había de trecho en trecho algún mojón de piedras apiladas, y de casi todos los túmulos brotaban malas hierbas y plantas espinosas. Alumbró las lápidas con la linterna. Había fechas que se remontaban a más de dos siglos antes.

–Maks dijo que la tumba era la más alejada a la izquierda, mirando desde el camino -dijo, adentrándose en el cementerio; Akilina le seguía los pasos.

El suelo estaba esponjoso, por la lluvia que no había cesado hasta primeras horas de la tarde. Lord pensó que así resultaría más fácil el trabajo de exhumación.

Encontraron la tumba.

Lord leyó las palabras cinceladas bajo el nombre KOLYA MAKS.

QUIEN RESISTA HASTA EL FIN

SE SALVARÁ.

Akilina se descolgó el fusil del hombro.

–Parece que estamos en el buen camino -dijo.

Lord le tendió una de las palas:

–Vamos a comprobarlo.

La tierra se aterronaba, blanda, y de ella se desprendía un fuerte olor a turba. Vassily les había advertido que el ataúd no estaría muy profundo. Los rusos tendían a enterrar así a sus muertos, de modo que a Lord sólo le cabía esperar que el anciano no se hubiese equivocado.

Akilina trabajaba junto a la lapida, mientras el cavaba a los pies de la tumba. Decidió cavar directamente hacia abajo, para comprobar cuánto tendrían que profundizar.

Había ahondado un metro cuando su pala tropezó con algo duro. Apartó la tierra húmeda, dejando al descubierto madera podrida y astillada.

–El estado en que se encuentra el ataúd no nos va a permitir sacarlo -dijo.

–Pues a ver cómo está el cuerpo.

Siguieron cavando. Tras veinte minutos de apartar capas de barro, quedó trazado un rectángulo negro.

Lord lo alumbró con la linterna.

La tapa del ataúd, rota, permitía ver el cuerpo. Lord, con la pala, limpió lo que quedaba de madera y Kolya Maks quedó al descubierto.

Llevaba uniforme de guardia palaciego. El recorrido de la linterna levantaba esporádicos toques de color. Rojos apagados, azules oscuros y lo que alguna vez debió de ser blanco y ahora era del color del carbón, como la tierra.

Habían sobrevivido unos cuantos botones de latón, y también la hebilla del cinturón, pero de la guerrera y los pantalones apenas quedaba nada, salvo unos cuantos harapos y las correas de cuero.

El tiempo no había sido clemente con el cadáver, tampoco. La carne había desaparecido de la cara y las manos. No quedaba ningún rasgo, aparte de las órbitas y la fosa nasal; los dientes y la mandíbula, apretados, trazaban un gesto mortal. Tal como su hijo les había dicho, en lo que quedaba del pecho de Kolya Maks había depositada una caja de metal, entre las costillas que sobresalían en extraños ángulos y los restos de los brazos cruzados.

Lord había dado por supuesto que del cadáver se desprendería alguna pestilencia, pero sólo le llegó un olor a liquen y moho. Utilizó la pala para apartar lo que quedaba de los brazos. Un pequeño fragmento de manga se vino abajo. Un par de gusanos recorrieron la tapa de la caja.

Akilina la sacó y la puso en el suelo con toda delicadeza.

Estaba sucia, pero intacta. Lord pensó que sería de bronce, seguramente, para preservar el contenido de la humedad.

Observó que en la parte anterior había un candado. – Pesa mucho -dijo Akilina.

Lord se arrodilló para sopesar la caja. Akilina tenía razón.

La sacudió un par de veces. Algo denso se deslizó en su interior. Lord volvió a depositar la caja en el suelo y asió la pala.

–Apártate.

Golpeó el cierre con la punta de la pala. Tuvo que hacerlo tres veces para que saltara el candado. Estaba a punto de agacharse y levantar la tapa cuando una serie de destellos recorrió los troncos de los árboles. Lord volvió la cabeza y vio cuatro puntos de luz en la distancia: los faros de dos coches que se acercaban por el camino abajo. Las luces se apagaron cerca del sitio donde Akilina y él habían aparcado.

–Apaga la linterna -dijo-. Y vámonos.

Dejó la pala para recoger la caja. Akilina se colocó el fusil en posición de disparo.

Se adentró en los árboles y, esquivando matorrales, se alejó suficientemente de la tumba como para no correr riesgos. La humedad de la vegetación no tardó en mojarle la ropa, y puso especial cuidado en que no se le cayera la caja al suelo, porque no sabía hasta qué punto podía ser frágil el contenido. Empezó a desplazarse lentamente en dirección al coche, siguiendo una trayectoria sinuosa a través del cementerio, para regresar al sitio en que habían dejado el vehículo. El viento se hizo más frío, adaptándose ahora al sonoro ritmo de las ramas.

Dos linternas se encendieron en la distancia.

Agachado, Lord se fue desplazando hacia el claro del bosque y se detuvo de pronto, antes de salir de los árboles.

Cuatro siluetas oscuras aparecieron al final del camino y se adentraron en el cementerio. Tres de ellas eran de buena estatura y caminaban con decisión. La cuarta iba inclinada

hacia delante y se movía más despacio. A la luz de una de las linternas reconoció la jeta de Párpado Gacho. La otra alumbró los abultados rasgos del inspector Feliks Orleg.

Cuando se acercaron un poco más, Lord pudo darse cuenta de que el otro hombre era Cromañón. La silueta que venía detrás era la de Vassily Maks.

–Señor Lord -gritó Orleg en ruso-, sabemos que está usted aquí. Vamos a hacer las cosas fáciles, por favor.

–¿Quién es? – le susurró Akilina al oído.

–Un problema -le contesto el.

–Uno de ellos venía en el tren -volvió a susurrar ella.

–Los dos de las linternas venían en el tren. – Lord puso los ojos en el fusil que ella llevaba-. Menos mal que vamos armados.

Miró por entre las hojas del matorral que tenía delante y las cortezas veteadas de los árboles: las cuatro siluetas se aproximaban a la tumba abierta, con la luz de las linternas por delante.

–¿Es aquí donde está enterrado su padre? – oyó preguntar a Orleg.

Vassily Maks se acercó a la lápida que alumbraba una de las linternas. El viento sofocó momentáneamente las voces y Lord no pudo oír lo que decía el anciano. Pero sí que oyó a Orleg vociferar en ruso:

–¡Lord! ¡O sale usted, o mato a este hombre! ¡Lo dejo a su elección!

Le vinieron ganas de quitarle el fusil a Akilina y lanzarse al ataque, pero los otros tres hombres debían de ir armados, y no cabía esperar que no supieran manejar sus armas. Y él estaba muerto de miedo, allí, jugándose la vida por la profecía de un charlatán muerto hacía un siglo. Pero antes de que pudiera tomar ninguna decisión, Vassily Maks la tomó por él.

–No se preocupe por mí, Cuervo. Estoy preparado.

Maks, apartándose de la tumba de su padre, echó a correr en dirección a los coches. Los otros tres

permanecieron inmóviles, pero Lord pudo ver que Párpado Gacho levantaba el brazo y que en su mano se perfilaba una pistola.

–¡Por si me oyes, Cuervo! – gritó Maks-. ¡La Montaña de los Rusos!

Un disparo restalló en la noche, y el anciano se desplomó.

Lord se quedó sin respiración y notó que Akilina se ponía rígida. Vieron a Cromañón acercarse tranquilamente y arrastrar el cuerpo del anciano hasta la tumba, para luego arrojarlo a la fosa.

–Hay que irse de aquí -susurró Lord al oído de Akilina.

Ella no le llevó la contraria.

Atravesaron el bosque arrastrándose de árbol en árbol, hasta llegar al espacio abierto en que estaban aparcados los tres coches.

Un ruido de pasos a la carrera se iba acercando desde el cementerio.

Sólo de una persona.

Akilina y Lord se agazaparon detrás de un matorral, justo al borde del embarrado camino.

Llegó Párpado Gacho con una linterna en la mano.

Sonaron las llaves en la oscuridad y se abrió el maletero de uno de los dos coches. Lord salió de su escondite a toda velocidad. Párpado Gacho debió de oír sus pasos, porque sacó la cabeza del maletero. Lord bajó éste con todas sus fuerzas, aplicándole un tremendo golpe en el cráneo.

Párpado Gacho se derrumbó.

Lord miró al suelo, contento de que el hombre hubiera perdido el conocimiento. Luego puso la mirada en el interior del maletero. La débil luz iluminó los ojos sin vida de Iosif Maks.

¿Qué era lo que había dicho Rasputín? Doce deben morir para que la resurrección sea completa. Madre de Dios.

Acababan de caer otros dos.

Akilina acudió corriendo y vio el cuerpo.

–¡Oh, no! – murmuró-. ¿Los dos?

–No tenemos tiempo para esto. Sube al coche.

Lord le dio las llaves.

–Pero no hagas ruido al cerrar la puerta. No pongas en marcha el motor hasta que yo te lo diga.

Le pasó la caja y se hizo cargo del fusil.

El cementerio estaba a sus buenos cincuenta metros de la carretera, por un camino blando y lleno de barro. Un recorrido nada fácil de hacer, sobre todo en la oscuridad.

Cromañón y Orleg estarían, seguramente, buscando por el bosque, tras haber enviado a Párpado Gacho a recoger el otro cadáver y arrojarlo al sitio ideal a tal efecto, es decir la fosa. Incluso disponían de las dos palas que Lord había dejado allí. Pero no pasaría mucho tiempo antes de que echaran en falta a su compinche.

Cargó el fusil y apuntó a la rueda trasera derecha de uno de los coches. Volvió a cargar y reventó la rueda delantera izquierda del otro. Luego corrió hacia su coche y se subió.

–Ya. Vámonos.

Akilina hizo girar la llave y metió primera de un golpe.

Las ruedas derraparon cuando viró violentamente a la derecha para tomar el angosto camino.

Pisó a fondo el acelerador y salieron disparados en la oscuridad.

Al llegar a la carretera principal siguieron hacia el sur.

Transcurrió una hora sin que ninguno de los dos dijera nada: la excitación del momento se les había pasado al darse cuenta de que habían muerto dos hombres.

Empezó a llover. El propio cielo parecía compartir su dolor.

–No puedo creer que esté pasando esto -dijo Lord, más para sus adentros que para Akilina.

–Debe de ser cierto lo que dijo el profesor Pashenko.

No era exactamente lo que Lord quería oír.

–Para. Ahí.

Alrededor sólo tenían campos oscuros y bosques densos.

Lord llevaba kilómetros sin ver una casa. Tampoco había hecho aparición ningún coche que les fuera en pos, y sólo tres habían pasado en la dirección contraria.

Akilina giró el volante a la izquierda.

–¿Qué estamos haciendo?

Lord recogió la caja metálica del asiento trasero.

–Comprobar que todo esto ha valido la pena.

Se colocó la caja en el regazo. El cierre estaba roto, por efecto de la pala, y en el fondo se veía la marca del golpe aplicado a Párpado Gacho. Lord acabó de soltar el candado, levantó lentamente la tapa y alumbró el interior con la linterna.

Lo primero que vio fue el resplandor del oro.

Sacó el lingote, del tamaño de una barra de chocolate Hershey. Los treinta años bajo tierra no le habían mermado el brillo. En la cara anterior llevaba estampado un número, así como las letras NR, con el águila bicéfala de los Romanov en medio. El sello de Nicolás II. Lord lo había visto muchas veces en fotografía. El lingote pesaba bastante, quizá dos kilos y medio. Unos treinta mil dólares, en números redondos, si no recordaba mal la cotización.

–Es del tesoro real -dijo.

–¿Cómo lo sabes?

–Lo se.

Debajo había una bolsa de paño, deteriorada por el paso del tiempo. Lord la rozó con el dedo y llegó a la conclusión de que en origen había sido de terciopelo. A la débil luz de la linterna le pareció azul oscuro, o quizá púrpura. Dentro había un objeto duro, y otro más pequeño. Le pasó la linterna a Akilina y utilizó ambas manos para rasgar la bolsa podrida.

Apareció una hoja de oro con un texto grabado en ella, y también una llave de latón. Ésta llevaba la inscripción C.M.B. 716. El texto de la hoja iba en caracteres cirílicos. Lo leyó en voz alta:

El oro es para vuestro uso. Pueden hacer falta fondos, y vuestro Zar comprendió cuál era su deber. Esta hoja también debe fundirse, para convertirla en dinero. Utilizad la llave para acceder a la próxima puerta. Su localización ya debería estar clara. Si no, vuestro camino termina aquí, necesariamente. Sólo la Campana del Infierno puede mostrar la vía a seguir. Si sois Cuervo y Águila, mucha suerte, y que Dios os acompañe. Si sois intrusos, sea el demonio vuestro compañero eterno.

–Pero no sabemos cuál es la próxima puerta -dijo Akilina.

–Puede que, sí.

Ella lo miró.

Resonaban aún en los oídos de Lord las palabras que Vassily Maks había gritado antes de morir.

La Montaña de los Rusos.

Su mente pasó rápida revista a todo lo leído en los últimos años. Durante la guerra civil rusa que asoló el país entre 1918 y 1920, las fuerzas del Ejército Blanco estuvieron financiadas en gran parte por intereses norteamericanos, británicos y japoneses. Los bolcheviques rojos eran considerados un grave peligro, de modo que grandes cantidades de oro, municiones y otros bastimentos llegaron al continente ruso por la frontera de Vladivostok, a orillas del Pacífico. Maks les había dicho antes que los dos jóvenes Romanov fueron conducidos al este, lejos del Ejército Rojo.

El punto más oriental de Rusia es Vladivostok. Miles de refugiados rusos habían seguido el mismo camino, unos huyendo de los soviéticos, otros con la esperanza de empezar de nuevo, otros en pura y simple huida. La Costa Oeste de Estados Unidos se convirtió en un imán no sólo para los refugiados, sino también para los fondos destinados al Ejército Blanco, que pasaba por momentos muy difíciles y que al final fue derrotado por Lenin y los Rojos.

Lord oyó de nuevo el grito de Vassily Maks.

North Beach quedaba al este. Nob Hill, al sur. Viejas mansiones, muy bellas, cafés y tiendas nada

convencionales cubrían su cima y sus laderas. Era la zona de moda de una ciudad de moda. Pero a principios del siglo xix fue allí donde recibió sepultura un grupo de rusos comerciantes de pieles. Por aquel entonces, los únicos pobladores de aquella costa rocosa y aquel territorio abrupto eran los indios Miwok y los Ohlone. Tuvieron que pasar decenios para que el hombre blanco impusiera su dominio. La leyenda de los rusos sepultados allí dio nombre al territorio.

La Montaña de los Rusos.

San Francisco, California.

Estados Unidos.

Allí era adonde habían llevado a los dos Romanov.

Le comunicó a Akilina sus conclusiones.

–Todo encaja. Estados Unidos es muy grande. Allí es fácil que dos adolescentes lleguen a escamotearse, sin que nadie tenga idea de quiénes pueden ser. Los norteamericanos no sabían gran cosa de la familia imperial.

Ni les importaba un pimiento. Si Yusúpov era tan listo como está pareciéndome, la jugada era ésa.

Se acercó la llave y observó las iniciales que llevaba grabadas: C.M.B. 716.

–¿Sabes lo que pienso? Que esta llave es de una caja privada de un banco de San Francisco. Tendremos que descubrir qué banco, y esperar que siga existiendo.

–¿Podría ser?

Lord se encogió de hombros.

–San Francisco tiene antigüedad en el campo de las finanzas. Hay posibilidades. Puede, incluso, que el banco haya desaparecido, pero que las cajas estén aún depositadas en otra institución. Es práctica común -hizo una pausa-. Vassily nos dijo que pensaba comunicarnos otra cosa cuando regresáramos del cementerio. Apuesto lo que sea a que San Francisco es la próxima rama del viaje.

–Dijo que no sabían adonde habían llevado a los chicos.