La profecía Romanov
Capítulo 44
ocurrió?
Thorn asintió.
–Sí, sí. Claro que lo contó.
44
Kolya Maks regresó a Ekaterimburgo a eso de las doce del mediodía. Antes había dejado a salvo a Alexis y Anastasia, en una casa de los alrededores, y había conseguido regresar sin que nadie se hubiera percatado de sus idas y venidas. Le dijeron que Yurovsky también había vuelto a Ekaterimburgo, y que había comunicado al Soviet Regional del Ural el cumplimiento de las ejecuciones. El comité recibió con agrado la noticia y la cursó a Moscú, con detalle del éxito.
Pero los hombres a quienes Yurovsky había ahuyentado de la mina de los Cuatro Hermanos, la noche antes, los hombres mandados por Peter Ermakov le estaban contando a todo el mundo dónde se hallaban los cadáveres de la familia real. Se hablaba de los corpiños de joyas y se decía que muchos hombres estaban dispuestos a aventurarse de nuevo en los bosques. Nada de ello era sorprendente: en la ocultación de los cuerpos había participado demasiada gente como para que hubiera la menor posibilidad de secreto.
Maks se presentó a Yurovsky a media tarde. Él y otros tres hombres habían recibido instrucciones de acudir al pueblo y ponerse a las órdenes del comandante.
-Van a volver allí -les dijo Yurovsky-. Ermakov está dispuesto a salirse con la suya.
Se oía en la distancia el cañoneo de la artillería.
-Los Blancos están a unos días de aquí. Puede que sea cuestión de horas, incluso. Tenemos que sacar esos cuerpos de la mina -a Yurovsky se le estrecharon los ojos-. Sobre todo, teniendo en cuenta el problema numérico que tenemos.
Maks y los otros tres comprendieron lo que quería decir.
Nueve cadáveres, en lugar de los once previstos.
Yurovsky encargó a dos de los hombres que requisaran queroseno y ácido sulfúrico del primer vendedor que los tuviera disponibles. Maks recibió orden de subirse al coche y Yurovsky y él salieron de la localidad por la carretera de Moscú. La tarde había refrescado y estaba algo lúgubre, oculto el sol, que lució por la mañana, tras una densa nube del mismo color gris de las pistolas.
-Tengo entendido que al oeste de aquí hay minas inundadas de agua -dijo Yurovsky, durante el viaje-. A ellas arrojaremos los cadáveres, con piedras atadas a los pies, para que se hundan. Pero antes los quemaremos y los desfiguraremos con ácido. Aunque los encuentren, nadie podrá identificarlos. En estos parajes, no hay agujero donde no se tropiece uno con un par de cadáveres.
A Maks no le encantaba la idea de extraer nueve cadáveres ensangrentados del fondo de la mina de los Cuatro Hermanos. Recordó que Yurovsky había lanzado granadas de mano por el pozo abajo, y un escalofrío le recorrió la espina dorsal, ante la perspectiva de lo que podían encontrarse allí.
A veintitantos kilómetros al oeste de Ekaterimburgo se les averió el coche. Yurovsky, tras soltar unas cuantas imprecaciones contra el motor, echó a andar el primero. A siete u ocho kilómetros encontraron tres pozos profundos, los tres llenos de agua. Eran las ocho de la tarde cuando regresaron al pueblo, habiendo hecho una parte del viaje a pie y otra a lomos de cabalgaduras proporcionadas por un campesino. A la mina de los Cuatro Hermanos no volvieron hasta poco después de las doce de la noche del 18 de julio, transcurridas veinticuatro horas de la debacle de la noche anterior.
Les llevó varias horas iluminar el profundo pozo y prepararse. Maks permaneció a la escucha mientras cada uno de los tres hombres que habían venido con Yurovsky
expresaba su deseo de que no fuera a él a quien le tocara bajar. Cuando todo estuvo en orden, Yurovsky dijo:
-Kolya, baja tú a buscarlos.
A Maks se le pasó por la cabeza objetar algo, pero con ello no haría sino manifestar debilidad, y eso era lo último que debía hacer en presencia de aquellos hombres. Se había ganado su confianza. Y, lo que era aún más importante: se había ganado la confianza de Yurovsky, y eso era algo que le iba a hacer falta en los días venideros. Sin decir palabra, se ató un cabo a la cintura y dos hombres lo fueron bajando por el pozo. La arcilla negra era aceitosa al tacto. El aire estaba impregnado de un olor bituminoso, con mezcla de moho y liquen. Pero también había otro olor, más penetrante y más asqueroso. Una pestilencia que ya antes había percibido. El olor de la carne pudriéndose.
A unos cinco metros de profundidad, el haz de su linterna alumbró una charca. En la temblorosa luz vio un brazo, una pierna, la parte trasera de una cabeza. Pidió a los de arriba que dejasen de bajarlo. Ya estaba muy cerca del fondo.
-Un poco más. ¡Basta! – gritó.
Su bota derecha hizo contacto, luego se sumergió. El agua estaba helada. Le recorrió el cuerpo un escalofrío, cuando se le fueron hundiendo las piernas.
Afortunadamente, el agua sólo le llegaba a la cintura.
Permaneció de pie, entre escalofrío y escalofrío, y volvió a pedir a sus compañeros que dejaran de bajarlo.
De pronto cayó otra cuerda desde arriba. En seguida comprendió para qué era. Alargó el brazo y la agarró por el extremo. Las granadas de Yurovsky, al parecer, no habían hecho demasiados estragos. Asió el trozo que tenía más cercano y se encontró tirando de carne humana. Era Nicolás. Maks se quedó mirando al mutilado Zar, cuyo rostro apenas resultaba reconocible. Recordó a aquel hombre como era. Esbelto de cuerpo, con la mandíbula cuadrada, con una barba impresionante, con los ojos muy expresivos.
Ató el cuerpo con la cuerda e hizo señal de que lo izaran.
Pero la tierra no parecía dispuesta a soltar su presa. Salió agua a borbotones de aquel cascarón vacío. Cedieron los músculos y la carne. Y Nicolás II volvió a caer en la charca.
El agua helada empapaba el rostro y el cabello de Maks.
La otra soga volvió a bajar. Maks acercó el cadáver y esta vez apretó más firmemente la atadura, contra la carne del torso que se desgarraba.
Sólo al tercer intento lograron sacar al Zar del pozo.
Luchando contra las náuseas, Maks repitió la operación otras ocho veces. Les llevó horas terminar, con el frío, la oscuridad y la podredumbre haciéndolo todo más difícil.
Hubo de volver tres veces a la superficie, para calentarse un poco junto al fuego, porque estaba helado hasta los huesos.
Cuando lo izaron, la última vez, el sol ya estaba alto en el horizonte y había nueve cuerpos mutilados sobre la hierba húmeda.
Un compañero le pasó una manta a Maks. Olía a buey, pero le vino muy bien.
-Vamos a enterrarlos aquí mismo -dijo uno de los soldados.
Yurovsky negó con la cabeza.
-No en este barro. Se descubriría con mucha facilidad el lugar de enterramiento. Tenemos que llevarlos a otro sitio. A estos malditos demonios hay que taparlos para siempre.
Estoy harto de verles la puñetera cara. Acercad los carros.
Vamos a llevarlos a otro sitio.
Trajeron las endebles carretas de madera desde donde las habían dejado. Las ruedas rebotaban en el suelo de barro endurecido. Maks permaneció envuelto en la manta, junto a Yurovsky, esperando que se acercaran los demás con las carretas.
Yurovsky no movía un músculo, ni apartaba la vista de los hinchados cuerpos.
–¿Dónde podrán estar los dos que faltan?
-Aquí, desde luego, no -dijo Maks.
La mirada del judío se posó en él con la velocidad y la puntería de un proyectil:
-Esperemos que esto no acabe creándonos algún problema.
Maks sopesó la posibilidad de que aquel hombre de cuello corto, embutido en una chaqueta de cuero negro, pudiera saber más de lo debido. En seguida lo descartó.
Esos dos cadáveres desaparecidos bien podían costarle la vida a Yurovsky. No era cosa que pudiera pasar por alto.
-No veo por qué -dijo Maks-. Están muertos, ¿no? Eso es lo que cuenta. Los cadáveres no harían más que confirmarlo.
El comandante se acercó a una de las mujeres muertas.
-Me temo que esto no es lo último que vamos a saber de los Romanov.
Maks no dijo nada. El comentario no requería respuesta.
Los nueve cuerpos fueron arrojados a las carretas. Luego los cubrieron con una manta, que ataron por debajo. Luego, todos descansaron unas horas y comieron pan negro con jamón de ajo. Era ya media tarde cuando salieron con rumbo al nuevo sitio. El camino era una masa de barro informe, con las rodadas desmoronadas. El día antes había corrido la voz de que el Ejército Blanco se escondía en los bosques. Había expedicionarios rojos registrando la zona, con instrucciones de matar a cualquier lugareño con que tropezasen en la zona restringida. La esperanza era que la gente, ante ese peligro, prefiriera quedarse en casa, dejándolos a ellos terminar su trabajo.
No habían recorrido tres kilómetros cuando se le rompió el eje a una de las carretas. Yurovsky, que iba detrás, en coche, dio orden de que se detuviera la procesión.
Las otras dos carretas no estaban en mejor estado.
-Quedaos aquí y vigilad -ordenó Yurovsky-. Voy a ir al pueblo a conseguir una camioneta.
La oscuridad los envolvía ya cuando regresó el comandante. Trasladaron los cadáveres a la camioneta y
reanudaron el viaje. El vehículo tenía un faro averiado, y el otro apenas si llegaba a perforar la negrura total de la noche. Las ruedas no lograban evitar ni un solo bache del camino enlodado. En diversas ocasiones tuvieron que situar planchas de madera en el suelo, para poder seguir adelante, y ello hizo aún más lenta la marcha. Cuatro veces se atascaron en el barro, y cuatro veces tuvieron que sacar la camioneta a costa de penosísimos esfuerzos.
Hicieron un alto de una hora para descansar.
El 17 de julio se convirtió en 18 de julio.
Estaban a punto de dar las cinco de la mañana cuando las ruedas volvieron a atascarse en el barro, esta vez sin remedio. No hubo esfuerzo humano que lograra aflojar la presa de la tierra. Tampoco los ayudó mucho el extremado cansancio de que todos eran víctimas, por los esfuerzos de las cuarenta y ocho horas anteriores.
-Esta camioneta ya anduvo todo lo que tenía que andar -
dijo al fin uno de los soldados.
Yurovsky miró al cielo. No faltaba mucho para que amaneciera.
-Llevo tres días conviviendo con los cadáveres de sus apestosas majestades. Ya está bien. Los enterraremos aquí mismo.
–¿En el camino?-preguntó uno de ellos.
-Exactamente. Es el sitio ideal. Con todo este barro, nadie podrá percatarse de los hoyos que hagamos.
Sacaron las palas y cavaron una fosa común de unos tres por tres metros, por dos de profundidad. A ella arrojaron los cuerpos, quemándoles antes las caras con ácido sulfúrico, para evitar toda posterior identificación. Rellenaron la fosa con ramas, cal y planchas de madera. Luego liberaron la camioneta de su atasco y la hicieron pasar varias veces sobre el lugar de enterramiento. Cuando por fin terminaron, había desaparecido toda huella de la fosa.
-Estamos a unos veinte kilómetros al noroeste de Ekaterimburgo -dijo Yurovsky. – Desde el punto en que el