La profecía Romanov
Capítulo 5
–Quizá. Lo haré. Pero, por ahora, asegúrate de que esos idiotas no intervengan. Ya han tenido su oportunidad. No quiero otro ataque. Y si no acatan esta orden, convéncelos de que no les va a gustar nada la gente que sus jefes les enviarán de visita.
El inspector negó con la cabeza.
–Cuando era un muchacho, perseguíamos a los ricos y los torturábamos. Ahora nos pagan por protegerlos.
Escupió en el suelo y prosiguió:
–Todo esto me pone enfermo.
–¿Quién ha hablado de ricos?
–¿Crees que no sé lo que está ocurriendo aquí?
Hayes se inclinó hacia delante, acercándosele.
–Ni puta idea tienes, Orleg. Hazte un favor a ti mismo y no te plantees demasiadas preguntas. Limítate a cumplir las órdenes, que va a ser mucho mejor para tu salud.
–Puñetero americano. El mundo entero está patas para arriba. Aún recuerdo los tiempos en que lo que os preocupaba era saber si os dejaríamos salir del país. Ahora os pertenecemos.
–Atente a lo programado. Los tiempos están cambiando.
Es a elegir: o cumples con tu cometido, o te quitas de en medio. ¿Querías participar? Pues participa. Para eso hace falta obedecer.
–No te preocupes por mí, letrado. Pero ¿qué pasa con el problema de Lord?
–No te inquietes por eso. Ya me ocuparé yo.
5
15:35
Lord estaba de vuelta en los archivos rusos, un lóbrego edificio de granito que en tiempos había sido sede del Instituto Marxista-Leninista. Ahora era el Centro de Conservación y Estudio de Documentos Históricos Contemporáneos -una prueba más de la proclividad rusa a los títulos superfluos.
En el transcurso de su primera visita lo sorprendió encontrar imágenes de Marx, Lenin y Engels todavía en pie sobre sus correspondientes pedestales, frente a la entrada principal, junto con la invocación ADELANTE HACIA LA VICTORIA DEL COMUNISMO. Casi todo lo que pudiera recordar a la Unión Soviética había sido retirado en todas las poblaciones, calles y edificios del país, sustituido por el águila bicéfala que la dinastía Romanov desplegó durante trescientos años. Le habían contado que la estatua de granito rojo de Lenin era una de las pocas que seguían en pie en toda Rusia.
Se había tranquilizado tras la ducha caliente y, luego, más vodka. Llevaba puesto el otro traje que se había traído de Atlanta, gris marengo con una pálida rayita blanca. Iba a tener que visitar pronto algún establecimiento moscovita, para comprarse otro traje, porque con uno no le iba a bastar durante las ajetreadas semanas que le aguardaban.
Antes de la caída del comunismo, se consideraba que los archivos eran demasiado heréticos para el público en general, y sólo eran accesibles a los comunistas más incondicionales. La distinción, en parte, seguía en pie. Lord aún no había logrado entender por qué. Lo que llenaba las estanterías era, en su mayor parte, un montón de documentos personales carentes de sentido -libros, cartas, diarios, documentos oficiales y otros textos sin publicar-: datos inocuos, sin la menor relevancia histórica. Para hacer las cosas aún más difíciles, no había ni barrunto de indexación, clasificación por año, persona o región geográfica. Todo al azar, algo establecido así, sin duda, mucho más para confundir que para aclarar nada a nadie.
Como sí nadie quisiera escarbar en el pasado, lo cual era, por otra parte, lo más probable.
Y había muy poca colaboración.
Los empleados del archivo eran sobrevivientes del régimen soviético, de la jerarquía del Partido, y en tiempos habían gozado de privilegios fuera del alcance de los
moscovitas de a pie. Ya no estaba el Partido, pero ahí permanecía un cuadro de mujeres de avanzada edad, muchas de las cuales, pensaba Lord, lo que deseaban con todas sus fuerzas era el regreso del totalitarismo. La falta de colaboración fue la razón de que solicitara a Artemy Bely como ayudante: gracias a él, había adelantado más en los últimos días que en todas las semanas previas.
Sólo unos cuantos ociosos remoloneaban por entre las estanterías metálicas. Casi todas las carpetas, en especial si en ellas se hacía mención de Lenin, estuvieron una vez encerradas, tras barrotes de acero, en bóvedas subterráneas. Yeltsin puso fin al secreto, dando orden de que todo saliera a la luz, abriendo el edificio a estudiosos y periodistas.
Pero no por completo.
Una amplia sección seguía cerrada: los denominados Documentos Protegidos, con el mismo resultado que el sello TOP SECRET tiene en la Libertad de Información, en el país de Lord. Pero él tenía credenciales de la Comisión del Zar que le permitían eludir todo secretismo en el acceso a antiguos documentos de Estado. Su pase, que le había conseguido Hayes, suponía una autorización del gobierno para mirar donde quisiera, incluidos los Documentos Protegidos. Tomó asiento ante su mesa reservada y se obligó a concentrarse en las páginas que tenía delante. Su tarea consistía en hallar fundamento a las aspiraciones al trono ruso de Stefan Baklanov.
Éste, Romanov de nacimiento, era el candidato con más posibilidades de salir elegido por la Comisión del Zar, pero también mantenía muy estrechas relaciones con compañías occidentales, muchas de las cuales eran clientes de Pridgen Woodworth, de modo que Hayes había enviado a Lord a los archivos para asegurarse de que no hubiera nada en ellos que pudiera poner en peligro la candidatura de Baklanov al poder. Lo último que le convenía a nadie era que apareciese allí alguna investigación estatal, o datos que pudieran