La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 46 de 81

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La profecía Romanov

F. Y.

era sino el genial presidente de un conglomerado empresarial que, en su apogeo, fabricó algunas de las joyas más hermosas jamás creadas, pero quienes de hecho concebían y creaban las piezas eran sus artesanos. El libro decía que Michael Perchin, el artesano jefe que creó el Lirios del Valle, murió en 1903. Su sucesor fue Henrik Wigström, que llevó las riendas de la casa hasta que se produjo la bancarrota. Wigström murió en 1923, un año antes que Fabergé. El libro traía también una reproducción fotográfica de la marca de Wigström -HW-, y Lord la comparó con la del huevo.

Eran idénticas.

Vio que Akilina tenía en las manos el contenido de la tercera bolsa de terciopelo: otra hoja de oro con un texto en caracteres cirílicos. Se acercó a leerlo. Le costó trabajo, pero lo consiguió:

Al Cuervo y el Águila. Este país resultó ser el remanso de paz que dice ser. La sangre del cuerpo imperial está a salvo, esperando vuestra llegada. El Zar reina, pero no gobierna.

Tenéis que poner remedio a tal situación. Los herederos legítimos permanecerán en silencio para siempre, hasta que vosotros reavivéis su espíritu. Lo que les deseo a los déspotas que destruyeron nuestra nación quedó mejor expresado en las palabras que Radishchev pronunció hace ya más de cien años: «No, no seréis perdonados. Malditos seáis por todos los tiempos. La sangre inunde vuestras cunas, entre himnos y gritos de batalla. Que os desploméis en vuestras tumbas empapados de sangre.» Poned los medios.

F. Y.

–¿Eso es todo? – dijo Lord-. Pues estamos como al principio. ¿Qué pasa con la Campana del Infierno? El último grabado de la tumba de Maks sólo decía que la Campana del Infierno puede indicarnos el camino hacia la próxima puerta. Aquí no dice nada de la Campana del Infierno.

Asió el huevo y lo sacudió. Macizo. No se oyó nada en el interior. Escudriñó cuidadosamente el exterior, sin hallar líneas de separación ni aperturas de ninguna clase.

–Evidentemente, en este momento tendríamos que saber más de lo que sabemos. Pashenko dijo que parte del secreto se había perdido con el paso del tiempo. Quizá nos hayamos saltado algún paso, el que nos podría haber indicado la localización de la Campana del Infierno.

Se acercó más el huevo y examinó las tres pequeñas fotos que se desplegaban en la parte superior.

–Alexis y Anastasia se salvaron. Estuvieron aquí, en este país.

Ambos hace mucho que murieron, aunque tal vez haya aún descendientes suyos. Estamos muy cerca de encontrarlos, pero lo único que en realidad tenemos es un poco de oro y un Fabergé que vale una fortuna.

Hizo un gesto de negación con la cabeza.

–Yusúpov se esforzó considerablemente. Incluso metió a Fabergé en el asunto, a él o al último de sus artesanos, para que fabricara esta pieza.

–¿Qué sabemos? – preguntó Akilina.

Lord volvió a sentarse y ponderó la pregunta. Quería ofrecer alguna esperanza, o una respuesta, pero acabó diciendo la verdad:

–No tengo la menor idea.

34

Moscú

Martes, 19 de octubre

07:00

Hayes acudió corriendo al teléfono que sonaba en su mesilla de noche. Acababa de ducharse y afeitarse, en preparación para una nueva sesión diaria de la comisión. Un día de crucial importancia, porque iba a decidirse la terna de candidatos que participarían en la votación final. No cabía la menor duda de que uno de los tres sería Baklanov:

la Cancillería Secreta había confirmado la noche antes que los diecisiete miembros de la comisión estaban comprados.

Incluido el hijoputa que le había estado dando la lata a Baklanov durante su última comparecencia. Ya habían acordado un precio.

Contestó el teléfono al cuarto timbrazo y reconoció inmediatamente la voz de Khrushchev.

–Hace un cuarto de hora que han llamado del consulado ruso en San Francisco. Su señor Lord y la señorita Petrovna están allí.

Hayes se sorprendió muchísimo.

–¿Qué están haciendo allí?

–Se presentaron en un banco con la llave de una caja de seguridad. Parece ser que eso es lo que recogieron de la tumba de Kolya Maks. El Commerce Merchants Bank es una de las varias instituciones del mundo entero que los soviéticos se pasaron años controlando. El KGB estaba obsesionado con la idea de localizar la fortuna zarista.

Estaban convencidos de que había un montón de lingotes de oro en algún sótano bancario, escondido desde antes de la revolución. Algo de cierto había en ello, porque a partir de 1917 se localizaron varios millones en diversas cuentas.

–¿Me está usted diciendo que siguen controlando bancos con la esperanza de localizar un dinero que lleva ahí más de cien años? No me extraña que su gobierno esté en la bancarrota. Tienen ustedes que pasar página y seguir adelante.

–¿Usted cree? Mire lo que está pasando. Puede que no seamos tan tontos como usted cree. Pero tiene usted razón, en parte. Tras la caída del comunismo, los objetivos de este tipo se consideraron imposibles de cumplir. Pero yo tuve la previsión de volver a cultivar antiguos contactos cuando se constituyó nuestra asociación secreta. Nuestro consulado de San Francisco viene manteniendo discretas relaciones con ambos bancos desde hace decenios. Ambos funcionaron como depositarios de los bienes manejados por los agentes