La profecía Romanov
Primera Parte
Sus ojos la dejaban atrás, muy lejos.
–Habré de dejar este mundo antes del año nuevo.
Acuérdate, Mamá: Si me matan vulgares homicidas, el Zar no tendrá nada que temer. Seguirá en su trono y no habréis de preocuparos por vuestros descendientes. Reinarán por muchos siglos. Pero, Mamá, si son los boyardos quienes me matan, mi sangre manchará las manos de vuestros hijos por espacio de veinticinco años. Saldrán de Rusia. El hermano se levantará contra el hermano, y se matarán entre ellos, llevados por el odio. No habrá nobles en todo el país.
Alejandra estaba aterrorizada:
–Padre, ¿por qué hablas así?
Sus ojos regresaron de la lejanía y se concentraron en ella.
–Si es un pariente del Zar quien me mata, ningún miembro de tu familia vivirá más de dos años. A todos ellos les dará muerte el pueblo ruso. Ocúpate de tu propia salvación y explica a tus familiares que yo he pagado por ellos con mi vida.
–Padre, lo que dices carece de sentido.
–Es una visión, y la he tenido más de una vez. Oscurece la noche por el sufrimiento que nos aguarda. Yo no lo veré.
Mi hora se acerca, pero, por amarga que sea, no tengo miedo.
Se puso de nuevo a temblar.
–Oh Señor Tan grande es el mal, que el hambre y la enfermedad asolarán la tierra. La Madre Rusia estará perdida.
Ella volvió a sacudirlo.
–Padre, no debes hablar así. Alexis te necesita.
La calma lo invadió.
–No temas, Mamá. Hay otra visión. Salvadora. Es la primera vez que me sobreviene. Oh, qué profecía. La veo con toda claridad.
PRIMERA PARTE
1
Moscú, Época Actual
Martes, 12 de octubre
13:24
En quince segundos, la vida de Miles Lord cambió para siempre.
Primero vio el automóvil. Una ranchera Volvo azul oscuro, de un color tan profundo que parecía negro a la resplandeciente luz del mediodía. Luego se fijó en los neumáticos delanteros abriéndose camino en línea recta por entre el tráfico, en la muy transitada Nikolskaya Prospekt.
Luego, la ventanilla trasera, reflectante como un espejo, descendió, y el distorsionado reflejo de los edificios circundantes quedó reemplazado por un rectángulo que el cañón de un arma perforaba.
Explotaron las balas en la pistola.
Se lanzó al suelo. Se alzaron alaridos a su alrededor mientras caía de bruces en la acera grasienta. La calle estaba llena de compradores vespertinos, turistas y trabajadores, todos ellos poniéndose a cubierto, ahora, mientras el plomo dibujaba su huella en la gastada piedra de aquellos edificios de la era estalinista.
Se dio la vuelta en el suelo y buscó con la mirada a Artemy Bely, su compañero de almuerzo. Había conocido al ruso dos días antes, tomándolo por un abogado joven y amigable, al servicio del Ministerio de Justicia. Entre compañeros, habían cenado juntos la noche anterior y habían desayunado juntos aquella misma mañana, hablando de la nueva Rusia y de los grandes cambios que se aproximaban, maravillados, uno y otro, de estar participando en la Historia. Abrió la boca para gritar, pero antes de que pudiera emitir sonido entró en erupción el pecho de Bely: su sangre y sus vísceras salpicaron el escaparate que tenía detrás.
El fuego automático llegó con un ra-ta-ta-ta constante que le recordó las antiguas películas de gángsters. El cristal del escaparate se vino abajo y cayó en añicos irregulares sobre la acera. Hecho un ovillo, el cuerpo de Bely quedó encima del suyo. De sus heridas abiertas se desprendía un olor a azufre. Se desembarazó del exánime ruso, disgustándose al comprobar que una marea roja había inundado su traje y goteaba de sus manos. Apenas si conocía a Bely. ¿No sería seropositivo?
El Volvo frenó, haciendo chirriar las ruedas. Lord miró a la izquierda.
Se abrieron las puertas del coche y salieron dos hombres, ambos con armas automáticas en la mano. Llevaban el uniforme azul y gris, con las solapas rojas, de la militsya, la policía. Ninguno de los dos, sin embargo, llevaba puesta la gorra reglamentaria, gris con visera roja. El individuo del asiento delantero tenía la frente muy inclinada, el pelo en pequeños rizos apretados y la nariz abultada de un hombre de Cromañón. El que se bajó de la parte trasera era bajo y fornido, con marcas en la cara y el pelo peinado hacia atrás.
A Lord le llamó la atención su ojo derecho. La distancia entre la pupila y la ceja era muy amplia, dando lugar a una notable caída del párpado: era como si llevase un ojo cerrado y el otro abierto, y el detalle ponía una nota de emoción en un rostro, por lo demás, totalmente inexpresivo.
Párpado Gacho le dijo a Cromañón, en ruso:
–El puñetero chornye ha sobrevivido.
¿Había oído bien?
Chornye.
El equivalente ruso de negro asqueroso.
Desde su llegada a Moscú, ocho semanas atrás, no había visto más cara negra que la suya, de modo que se hizo a la idea de que estaba en apuros. Recordó algo que había leído en un libro ruso de viajes, hacía unos meses. Cualquiera que tenga la piel oscura debe dar por sentado que despertará cierto grado de curiosidad. Qué corta se quedaba la frase.
Cromañón recibió el comentario diciendo que si con la cabeza. Ambos hombres se hallaban a unos treinta metros, y Lord no pensaba esperarlos para averiguar qué querían.
Se puso en pie y corrió en dirección opuesta. Un rápido vistazo por encima del hombro le permitió ver que ambos individuos se agachaban para adoptar la posición de tiro.
Tenía por delante un cruce de calles, y salvó de un brinco la distancia que le faltaba, justo cuando detrás de él empezaban a sonar los disparos.
Las balas desportillaron la piedra, lanzando nubes de polvo al aire helado.
Otras personas se echaron al suelo para ponerse a salvo.
Se bajó de la acera y se encontró frente a un tolkuchki -
mercado callejero- que se extendía por aquella calle hasta más allá de donde le alcanzaba la vista.
–¡Pistoleros! ¡Corran! – vociferó en ruso.
Una bobushka que vendía muñecas lo comprendió inmediatamente y buscó refugio en el portal contiguo, anudándose un pañuelo en torno al curtido rostro. Media docena de niños, vendedores de periódicos y Pepsi-Cola, se metieron corriendo en una tienda de ultramarinos. Los vendedores abandonaron sus puestos y se dispersaron como cucarachas. La aparición de la mafiya no era insólita.
Lord sabía que más de cien bandas operaban por todo Moscú. Los tiros, las puñaladas, los bombazos, se habían hecho tan normales y corrientes como un atasco de tráfico, eran un riesgo inherente al hecho de trabajar en la calle.
Se lanzó directamente a la abarrotada prospekt, pasando a centímetros de los coches, que empezaban a detenerse ante la alarma general. Bramó una bocina y un taxi frenó a muy corta distancia de Lord, que hubo de apoyar ambas ensangrentadas manos en el capó, con fuerza. El conductor seguía tocando la bocina. Lord miró hacia atrás y vio que los dos hombres doblaban la esquina. La gente se apartó, lo cual facilitaba la puntería. Se lanzó detrás del taxi, mientras
las balas arrasaban la franja escaqueada del lado del conductor.
La bocina dejó de sonar.
Lord se puso en pie y vio la cara del taxista, llena de sangre, aplastada contra la ventanilla de la derecha, con un párpado levantado, el cristal manchado de color carmesí.
Los individuos aquellos estaban ya a cincuenta metros, en la acera de enfrente de la congestionada prospekt. Lord observó los escaparates de ambos lados de la calzada y vio que había un salón de modas masculino, una boutique de ropa para niños, y varias tiendas de antigüedades. Tras su búsqueda de un sitio en que desaparecer, eligió el McDonald’s. Por alguna razón, los arcos dorados le transmitían seguridad.
Corrió por la acera y empujó las puertas de cristal. Varios cientos de personas se amontonaban en mesas altas y cabinas. Lord se puso en la cola. Recordó que este restaurante fue tenido, en cierto momento, por el más frecuentado del mundo.
Tenía la respiración acelerada, y un olor a hamburguesa, patatas fritas y tabaco se le metía en los pulmones con cada bocanada. Seguía con la ropa y las manos manchadas de sangre. Varias mujeres pensaron que estaba herido y rompieron a gritar. El pánico se adueñó de la joven concurrencia, y se produjo una enloquecida avalancha hacia la salida. Lord metió el hombro para incorporarse a la turbamulta, y en seguida se dio cuenta de que acababa de cometer un error. Se abrió paso por el comedor, hacia las escaleras de bajada a los servicios. Logró escabullirse de la multitud presa del pánico y bajó las escaleras de tres en tres peldaños: su mano derecha, la ensangrentada, se fue deslizando por el resbaladizo pasamanos de hierro.
–Atrás. Aléjense. Atrás -ordenaban, en ruso, profundas voces de bajo.
Ruido de disparos.
Más griterío, pasos precipitados.
Al llegar al final de la escalera se encontró ante tres puertas cerradas. Una llevaba al servicio de señoras, otra al de hombres. Abrió la tercera. Quedó ante sus ojos un amplio almacén con las paredes cubiertas de azulejos blancos, resplandecientes, similares a los que había en el resto del local. En un rincón se encontraban tres personas, apiñadas en torno a una mesa, fumando. Le llamaron la atención sus camisetas blancas: el rostro de Lenin sobre los arcos dorados de McDonald’s. Sus miradas tropezaron.
–Pistoleros. Quítense de en medio -les dijo Lord, en ruso.
Sin decir palabra, los tres se apartaron de la mesa y echaron a correr hacia el fondo de la muy iluminada habitación. El que llevaba la delantera abrió de golpe una puerta, y todos ellos desaparecieron en el exterior. Lord se detuvo un instante a cerrar la puerta por la que había entrado y echar el cerrojo por dentro; luego, fue en pos de los huidos.
Se encontró de pronto a la fría intemperie de la tarde, en un callejón situado a espaldas del edificio de muchas plantas que albergaba el local. No le habría sorprendido mucho encontrarse, allí instalados, unos cuantos gitanos, o veteranos de guerra, con sus medallas puestas. No había rincón oculto ni escondrijo de Moscú que no sirviera de refugio a algún grupo social en situación de desamparo.
Los edificios del entorno -hechos de piedra groseramente tallada estaban todos sucios, ennegrecidos por décadas de escapes automovilísticos incontrolados. Lord se preguntaba a menudo cuál sería su efecto en los pulmones. Intentó situarse. Se encontraba unos cien metros al norte de la Plaza Roja. ¿Dónde estaba la estación de metro más cercana? Podría ser su mejor medio de fuga. En las estaciones siempre había policías. Pero es que eran precisamente policías quienes le iban detrás. ¿O no lo eran?
En algún sitio había leído que la mafiya utilizaba con cierta frecuencia algún uniforme de las fuerzas de seguridad.
Durante la mayor parte del tiempo las calles estaban
atestadas de policías -demasiados-, todos ellos con porras y con armas automáticas. Pero hoy no había visto ninguno.
Del interior del edificio le llegó un ruido sordo.
Giró la cabeza en todas direcciones.
Estaban forzando la puerta del otro extremo del almacén, la que daba a los cuartos de baño. Echó a correr en dirección a la calle principal, justo cuando empezaron a oírse tiros en el interior.
Al llegar a la acera torció a la derecha, a toda la velocidad que le permitía el traje. Se llevó la mano al cuello de la camisa, se lo desabrochó y se aflojó la corbata. Ahora, al menos, podía respirar. Solo faltaban unos instantes para que sus perseguidores doblasen la esquina. Viró rápidamente a la derecha y saltó por encima de una cerca de tela metálica que le llegaba a la cadera y que rodeaba uno e los innumerables aparcamientos que salpican el anillo interior de Moscú.
Pasó al trote corto y proyectó la mirada a izquierda y derecha. El aparcamiento estaba lleno de Ladas, Chaikas y Volgas. Algún que otro Ford. Varios automóviles de fabricación alemana. Casi todos ellos llenos de porquería y de golpes, por mala conducción propia y ajena. Miró atrás.
Los dos hombres habían surgido de detrás de la esquina, a unos doscientos metros, y ahora se acercaban a él a toda prisa.
Corrió sobre la hierba del aparcamiento, hacia el centro.
A su derecha, las balas rebotaban en los automóviles. Se metió a toda prisa detrás de un Mitsubishi de color oscuro y se asomó a mirar por la parte del parachoques trasero. Los dos hombres estaban situados al otro lado de la cerca.
Cromañón con la pistola al frente, quieto; Párpado Gancho corriendo aún hacia la cerca.
Oyó el acelerón de un motor de coche.
Salía humo por el tubo de escape. Encendidas las luces de freno.
Era un Lada color crema que estaba aparcado en el lado opuesto del carril central. Salió rápidamente de su espacio.
Lord vio miedo en el rostro del conductor. Seguramente había oído los disparos y había decidido largarse cuanto antes. Párpado Gacho saltó la valla.
Lord salió corriendo de su escondite y saltó sobre el capó del Lada, agarrándose con ambas manos a los limpiaparabrisas. Menos mal que aquel automóvil los tenía.
Muchos conductores los guardaban en la guantera cuando dejaban el coche aparcado, para que no se los robasen. El conductor del Lada lo miró con sorpresa, pero siguió llevando el coche hacia el bullicioso bulevar. Por la ventanilla trasera, Lord vio que Párpado Gacho estaba a unos cincuenta metros, agachándose para disparar, mientras Cromañón franqueaba la valla. Recordando lo ocurrido al taxista, pensó que no era justo meter al conductor del Lada en el lío. En cuanto llegaron a la avenida de seis carriles, se dejó caer rodando del capó a la acera.
Las balas llegaron un segundo después.
El Lada giró violentamente a la izquierda y aceleró su huida. Lord siguió rodando hasta llegar a la calzada, en la esperanza de que una ligera depresión que había junto a la acera bastase para ocultarle el ángulo de tiro a Párpado Gacho.
Las balas se clavaban en el cemento y la tierra.
Se disperso una pequeña multitud de gente que esperaba el autobús.
Miró hacia la izquierda. Había, a unos quince metros, un autobús que se le acercaba. Ruido de frenos. Chirrido de neumáticos. La pestilencia de las emanaciones sulfurosas era casi asfixiante. Lord se dio media vuelta para meterse más en la calzada, mientras el autobús se detenía con otro chirrido. El vehículo se interponía ahora entre los pistoleros y él. Gracias a Dios, no venía ningún coche por el carril más exterior de la avenida.
Se puso en pie y emprendió a todo correr el cruce de los seis carriles de la avenida. El tráfico procedía todo de la misma dirección, del norte. Mientras iba dejando atrás los carriles, procuraba mantener una posición perpendicular al autobús. A medio camino tuvo que detenerse para dejar pasar una fila de coches. En pocos instantes, los pistoleros contornearían el autobús. Aprovechó un hueco del tráfico y terminó de cruzar los dos últimos carriles, saltó el bordillo y se plantó en la acera.
Enfrente vio una obra con mucha actividad. Las vigas desnudas, hasta una altura de cuatro pisos, se recortaban contra un cielo que iba encapotándose rápidamente. Lord no había visto aún ni un solo policía, quitados los dos que lo perseguían. Al rumor del tráfico se imponía el rugido de las grúas y las hormigoneras. Aquí no era como en Atlanta, donde Lord vivía; aquí no había ninguna clase de valla que delimitase la zona de peligro.
Entró a trote ligero en el solar y echó la vista atrás: los dos pistoleros emprendían en aquel momento su propia bisección del congestionado bulevar, esquivando coches, levantando bocinazos de protesta. Los obreros se afanaban en sus tareas, prestándole poca atención a Lord, a quien le habría gustado saber cuántos negros con la ropa llena de sangre entraban corriendo en el tajo todos los días. Pero todo ello era parte del nuevo Moscú. Lo más seguro era no meterse en nada.
Detrás, los dos pistoleros alcanzaron la acera. Ya estaban a menos de cincuenta metros.
Frente a él, una hormigonera revolvía mortero gris en su barril de acero, mientras un obrero con casco controlaba la marcha de la operación. El barril estaba sobre una gruesa plataforma de madera encadenada a un cable procedente de cuatro pisos más arriba, de una grúa de techo. El obrero que cuidaba de la mezcla dio un paso atrás y todo el conjunto empezó a separarse del suelo.
Lord decidió que ir hacia arriba era una opción tan buena como cualquier otra y corrió en dirección a la plataforma ascendente, dio un salto hacia delante y se aferró al borde inferior. El cemento cuajado que había en la superficie de la plataforma dificultaba el agarre, pero le bastó con pensar en Párpado Gacho y su compinche para no permitir que se le soltaran los dedos.
Mientras la plataforma seguía elevándose, Lord logró auparse a ella.
El movimiento provocó un balanceo, en tanto que el peso añadido hacía rechinar las cadenas de sujeción, pero consiguió situarse, pegando el cuerpo contra el barril. El peso añadido y el movimiento hicieron que el conjunto se inclinara hacia él, y le cayó cemento encima.
Miró a un lado, hacia abajo.
Los dos pistoleros lo habían visto saltar. Estaba a unos quince metros de altura, y seguía subiendo. Los individuos aquellos dejaron de correr y apuntaron sus armas. Lord tanteó la madera con incrustaciones de cemento que tenía bajo los pies y miró el barril de acero.
No había elección.
Se introdujo rápidamente en el barril, haciendo que el mortero rebosara por los bordes. Se encontró envuelto en lodo frío, que le hizo sentir un estremecimiento más en el ya agitado cuerpo.
Empezaron los disparos.
Las balas atravesaban el suelo de madera y hacían impacto en el barril. Se agachó más en el cemento y oyó el rebote del plomo en el acero.
De pronto, sirenas.
Acercándose.
Cesaron los disparos.
Sacó la cabeza del barril para inspeccionar el bulevar: tres coches de policía venían a toda velocidad en dirección sur, hacia donde él estaba. Aparentemente, los pistoleros también habían oído las sirenas y se retiraban a toda prisa.