La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 67 de 81

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La profecía Romanov

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Thorn asintió.

–Ambos se pagan mediante giros automáticos contra unas cuentas corrientes abiertas hace muchos años, con nombres ficticios. No necesito decirte que tuvimos problemas cuando cambió la ley y se hizo necesario incluir el número de la Seguridad Social en todas las cuentas corrientes. Pero conseguí utilizar los nombres y números de un par de clientes fallecidos. Temí que investigaran, pero lo cierto es que nunca consideré peligrosa mi situación. Bueno, hasta anoche.

–Te aseguro, Michael, que la amenaza es cierta. Pero Taylor Hayes nos protegerá. No te pasará nada. Sólo él sabe dónde estamos. Eso puedo asegurártelo.

*

Hayes se bajó del coche y le dio las gracias al colaborador de Pridgen Woodworth que había acudido a recibirlo al aeropuerto de Atlanta. Había llamado antes de salir, pidiéndole a su secretaria que enviara a alguien, y con tres docenas de abogados en su división, sin contar a otros tantos pasantes, no tenía que haber sido muy difícil encontrar algún voluntario.

Párpado Gacho y Orleg habían viajado con él desde California, y también ellos salían del coche ahora, en la nublada mañana. Ninguno de los dos rusos había dicho una sola palabra desde el aeropuerto.

La casa de Hayes era una monstruosidad de estilo tudor, edificada con piedra y ladrillo. Estaba en un terreno arbolado de algo más de una hectárea, al norte de Atlanta.

Hayes no tenía mujer. Hacía cosa de diez años que se había divorciado. Por fortuna para la pareja, no tenían hijos. Y no habría más matrimonios. Hayes no sentía el menor deseo de compartir nada con nadie, y menos aún con alguna ambiciosa que luego intentaría quedarse con buena parte de sus propiedades, en compensación por el privilegio de haber compartido su vida con él.

Llamó desde el coche para pedirle a la gobernanta que tuviera dispuesto algo de comer. Quería lavarse un poco, comer y ponerse en marcha. Tenía cosas que hacer a pocas horas de distancia, en los montes de Carolina del Norte.

Cosas de las que dependía su futuro. Personas de mucha consideración tenían puesta su confianza en él. Y eran personas a las que no podía fallarles. Khrushchev, en principio, tuvo intención de acompañarle, pero Hayes se opuso. Bastante estorbo representaban ya aquellos dos fortachones rusos, a quienes no habrían venido nada mal unas cuantas lecciones de urbanidad.

Párpado Gacho, Orleg y Hayes entraron por una cancela de hierro forjado. Las hojas corrían sobre el suelo de ladrillos, a lomos de la húmeda brisa matinal. Una vez dentro de la casa, Hayes pudo comprobar que la gobernanta había seguido sus instrucciones y preparado un almuerzo frío a base de fiambres, queso y pan.

Mientras sus dos compinches rusos se ponían ciegos en la cocina, Hayes entró en su cuarto de trofeos de caza y abrió uno de los varios estuches de escopeta alineados contra las paredes de madera. Eligió dos rifles de gran potencia y tres pistolas. Los dos rifles llevaban silenciadores

-que se solían utilizar en las partidas de caza cuando había mucha nieve, para evitar el riesgo de avalanchas-. Descorrió los cerrojos y miró por el cañón de ambas armas. Comprobó el visor telescópico y el punto de mira. Todo parecía en orden. Las pistolas eran de diez tiros, todas ellas armas de competición, marca Glock 17L. Las había comprado durante una cacería en Austria, hacía unos años. Seguro que Párpado Gacho y Orleg nunca habían alcanzado la categoría suficiente como para empuñar semejantes armas.

Fue a un armario que había al otro lado de la sala, para proveerse de munición, y luego se trasladó a la cocina. Los dos rusos seguían comiendo. Hayes vio que habían abierto unas latas de cerveza.