La profecía Romanov
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turístico descargaba sus pasajeros, y Lord se incorporó a una fila de japoneses que se iban metiendo en el local brillantemente iluminado. Miró de nuevo hacia atrás y no vio al policía.
Podían haber sido imaginaciones suyas.
Mirando al suelo, fue en pos de la bulliciosa muchedumbre. Pagó sus diez rublos en taquilla y entró a toda prisa, en la esperanza de encontrarse con Akilina Petrovna.
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Akilina se puso el vestido. En el camerino común reinaba el habitual bullicio, con los artistas entrando y saliendo todo el tiempo. A nadie se le concedía el lujo de un vestidor privado. Eso era algo que Akilina sólo había visto en las películas norteamericanas, que pintaban un retrato romántico de la vida circense.
Estaba cansada, porque había dormido poco la noche anterior. El viaje de San Petersburgo a Moscú había sido interesante, por no decir otra cosa, y Akilina se había pasado el día pensando en Miles Lord. Le había dicho la verdad. Era el primer hombre de raza negra a quien había visto en aquel tren. Y no, nunca se había asustado ante él.
Podía ser que el miedo de Lord la hubiese desarmado a ella.
Lord no se ajustaba a ninguna de las descripciones estereotipadas que Akilina recordaba de su niñez, cuando los profesores de los colegios estatales deploraban la espantosa maldad de la raza negroide. Recordaba comentarios sobre su inferioridad mental, sus débiles sistemas inmunológicos y su completa incapacidad para gobernarse. En Norteamérica fueron esclavos, circunstancia que los propagandistas martilleaban una y otra vez, para dar énfasis al fracaso del capitalismo. Akilina incluso había visto fotos de linchamientos, donde los blancos vestían de fantasmas con capirotes y se regocijaban en el espectáculo.
Miles, sin embargo, no hacía pensar en nada parecido. Su piel era de color óxido, como la del río Voina, que Akilina recordaba de las visitas al pueblo de su abuela. El pelo, que era castaño oscuro, lo llevaba corto y limpio. Tenía un cuerpo compacto y vigoroso. Tenía pinta de ser serio, pero también afable, y su voz gutural era de las que no se olvidan. Dio la impresión de sorprenderle de veras la propuesta que ella le hizo de pasar la noche en su compartimento, quizá porque no estuviera acostumbrado a tanta desenvoltura en una mujer. Akilina pensó que ojalá fuera todavía más profundo su refinamiento, porque le parecía un hombre interesante.
Al bajarse del tren vio salir de la estación, y subirse a un Volvo de color oscuro que esperaba en la calle, a los tres hombres que perseguían a Lord. Antes había metido el maletín de Lord en su valija, y ahora seguía custodiándolo, en espera de que él acudiese a reclamarlo.
Se había pasado el día preguntándose cómo estaría Lord.
Los hombres no habían desempeñado papeles importantes en su vida de los últimos años. El circo daba función casi todas las noches, doble en verano. Si no estaban en Moscú, la compañía se desplazaba muchísimo. Akilina había estado en casi toda Rusia y en la mayor parte de Europa, e incluso en Nueva York, en el Madison Square Garden. No le quedaba mucho tiempo libre para dedicarlo a los hombres, si no contamos alguna cena ocasional y alguna que otra conversación en los trayectos largos de tren o ferrocarril.
Le faltaba un año para cumplir los treinta y se preguntaba si alguna vez se le presentaría la opción del matrimonio. Su padre siempre había querido que se estableciera en algún sitio, que abandonase el circo y se casara. Pero Akilina había sido testigo de lo que les había ocurrido a muchas amigas suyas. Todo el día trabajando, en una fábrica o en una tienda, para luego volver a casa y ocuparse de las labores del hogar, un día tras otro, sin conclusión posible. No había igualdad entre los hombres y
las mujeres, por más que el régimen soviético hubiera proclamado en su momento, y con mucho orgullo, que las mujeres soviéticas eran las más liberadas del mundo. El matrimonio aportaba muy pocas ventajas. Maridos y mujeres, por lo general, trabajaban cada uno en lo suyo, con horarios distintos, incluso con vacaciones separadas, porque rara vez les coincidían los períodos de asueto. Akilina comprendía perfectamente que uno de cada tres matrimonios terminase en divorcio, y que las parejas, en su mayor parte, sólo tuvieran un hijo. No tenían ni tiempo ni dinero para más. Nunca le había parecido atractivo ese modo de vivir. Como decía su abuela, para conocer a una persona hay que compartir la sal con ella.
Se situó frente al espejo y se roció el pelo con agua, para luego hacerse un moño con las trenzas húmedas. No se ponía mucho maquillaje para salir a escena, lo justo para resistir los duros focos azules y blancos. Era de tez pálida -
porque había heredado una casi total carencia de pigmentación-, rubia, con los ojos azules, como su madre eslava. El oficio le venía de su padre, que había sido acróbata durante decenios. Afortunadamente, su buen hacer les valió un apartamento más grande, más raciones alimenticias y mejor presupuesto para vestir. Gracias a Dios, el arte siempre fue un componente importante de la propaganda comunista. El circo, junto con el ballet y la ópera, había estado años exportándose, en un intento por mostrar al mundo que Hollywood no poseía el monopolio del espectáculo.
Ahora, toda la troupe estaba ahí para hacer dinero. El circo pertenecía a un conglomerado de empresas moscovitas que seguía paseando el espectáculo por todo el planeta, con la diferencia de que ahora no se hacía con fines propagandísticos, sino por obtener dinero. De hecho, Akilina ganaba un buen sueldo, para vivir en la Rusia postsoviética.
Pero en el momento mismo en que ya no fuera capaz de fascinar al público desde la barra de equilibrio pasaría a