La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 70 de 81

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La profecía Romanov

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Lord pasó junto a un puesto ambulante donde vendían manzanas de la tierra y vio el coche patrulla. El automóvil de color marrón y blanco estaba aparcado en el arcén y de él se había apeado un policía, que hablaba con un hombre vestido con ropa de trabajo, ambos de pie junto a una camioneta. Pudo ver, por el retrovisor, que el policía se precipitaba hacia su coche y arrancaba a toda velocidad.

–Tenemos compañía -dijo Lord.

Akilina miró hacia atrás. También Thorn volvió la cabeza, y el perro, que iba en el asiento trasero, no sabía si mirar hacia delante o hacia atrás. Thorn emitió una orden y el animal se quitó de la vista, agazapándose en el suelo del coche.

Lord pisó el acelerador, pero el vehículo era sólo de seis cilindros, y el trazado ondulante de la carretera restaba poderío a sus caballos. Aun así, iban a más de ciento diez kilómetros por hora por una carretera estrecha, entre taludes arbolados. La parte trasera del coche que los precedía se les acercaba rápidamente. Lord dio un volantazo a la izquierda y se puso a adelantar al vehículo más lento en el preciso instante en que aparecía otro por el carril contrario, a la salida de una curva. Por un momento tuvo la esperanza de que el trazado no le permitiera al policía hacer lo mismo, pero en seguida vio aparecer en el retrovisor la luz azul del coche patrulla, que persistía en la persecución.

–Es un coche más potente que el nuestro -dijo-. Sólo tardará unos segundos en cogernos. Y además tiene radio.

–¿Por qué corremos? – preguntó Akilina.

Tenía razón. No había motivo alguno para escapar de la policía. Orleg y Párpado Gacho estaban a sesenta kilómetros al sur, allá en Génesis. Lo que tenían que hacer era detenerse y explicar la situación. La búsqueda había

terminado. Ya no hacía falta guardar el secreto. La policía, seguramente, podría serles de ayuda.

Redujo la velocidad, frenó y se metió en el arcén. Un segundo más tarde hizo lo mismo el coche patrulla. Lord abrió la puerta. El policía ya se había bajado y utilizaba la puerta del coche a modo de escudo, mientras los apuntaba con la pistola.

–Al suelo. Ya -gritó el policía.

Otros coches pasaban junto a ellos, como trombas.

–He dicho que al suelo.

–Mire, tengo que hablar con usted.

–Si no se pone usted con el culo mirando al cielo en tres segundos, le pego un tiro.

Akilina se había bajado del coche.

–Al suelo, señora -gritó el policía.

–No entiende lo que usted le dice -gritó Lord-.

Necesitamos su ayuda, agente.

–¿Dónde está Thorn?

Se abrió la puerta trasera y Thorn bajó del coche.

–Venga usted hacia mí, señor Thorn -vociferó el policía, superando el ruido del tráfico, y sin bajar la pistola.

–¿Qué está pasando? – preguntó Thorn en voz baja.

–No lo sé -dijo Lord-. ¿Conoce usted a ese policía?

–La cara no me resulta familiar.

–Señor Thorn, por favor, acérquese.

Fue Lord quien se acercó un paso. El policía estiró aún más el brazo con la pistola. Thorn se situó delante de Lord.

–¡Agáchese, señor Thorn, agáchese! Ese hijo de puta ha matado a un compañero mío.

Lord se preguntó si no lo estarían engañando sus oídos:

¿él había matado a un policía?

Lord no se movió. La pistola seguía desplazándose, mientras su dueño buscaba un buen ángulo de tiro.

–¡Échense al suelo!

-Alexis. Sal del coche -dijo Thorn sin levantar la voz.