La profecía Romanov

Steve Berry · Capítulo 5 de 81

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La profecía Romanov

Capítulo 4

porque los había visto matar a Bely Un testigo, nada más.

Tenía que ser eso. ¿Qué otra cosa podía ser?

–He dejado todos mis bártulos en los archivos. Salí con idea de comer algo y volver en seguida.

–Haré una llamada para que te traigan todo.

–Déjalo. Creo que voy a darme una ducha y recoger yo mis cosas. De todas formas, aún me queda trabajo por delante.

–¿Algo en concreto?

–La verdad, no. Trataba de atar unos cuantos cabos, solamente. Ya te contaré, si saco algo en claro. El trabajo me distraerá.

–Y ¿qué pasa con mañana? ¿Podrás hacer el informe?

Volvió el camarero con un nuevo vaso de vodka.

–Por supuesto.

Hayes sonrió:

–Ésa es la actitud correcta. Ya sabía yo que eras un cabronazo duro de pelar.

4

14:30

Hayes se abría paso entre la multitud de personas que, de vuelta a casa tras la jornada laboral, salían del vagón del metro. En los andenes que un momento antes estaban desiertos aparecían ahora miles de moscovitas, empujándose entre sí para alcanzar alguna de las cuatro escaleras mecánicas que llevaban a la calle, doscientos metros más arriba. Un espectáculo impresionante, pero fue el silencio lo que más le llamó la atención. Como siempre.

Nada más que suelas contra la superficie de piedra y frotar de abrigos con abrigos. De vez en cuando se oía hablar a alguien, pero, en conjunto, la procesión de ocho millones de personas, que cada mañana y cada tarde se trasladaban en el metro más frecuentado del mundo, resultaba bastante apagada y triste.

El metro fue el escaparate de Stalin. Un vano intento, en los años treinta, de celebrar abiertamente los logros socialistas con los túneles más largos y más anchos jamás perforados por el hombre. Las estaciones que sembraban la ciudad se convirtieron en obras de arte con floridos adornos de estuco, andenes de mármol neoclásico, muy elaboradas lámparas colgantes, oro, cristal. Nadie preguntó cuánto había costado, ni cuánto costaría mantenerlo. Y el precio de toda esa estupidez era un sistema de transporte del que no se podía prescindir, en el que había que invertir millones de rublos en mantenimiento, todos los años, y que sólo producía unos pocos kópecs por trayecto.

Tanto Yeltsin como sus sucesores internaron subir las tarifas, pero fue tal la cólera de la gente, que hubieron de echarse atrás. Ése ha sido el problema, pensó Hayes.

Demasiado populismo para un país tan veleidoso como Rusia. Acierta. Equivócate. Pero no dudes. Hayes estaba firmemente convencido de que los rusos habrían respetado más a sus dirigentes si éstos hubieran subido las tarifas y luego la hubiesen emprendido a tiros con todo el que levantara la voz. Ésa era una lección que muchos Zares rusos y primeros ministros soviéticos no llegaron a aprender; y menos que nadie, Nicolás II y Mijaíl Gorbachov.

Dejó la escalera mecánica y salió, como toda aquella multitud, por las estrechas puertas, a una tarde más bien fresca. Se hallaba en la zona centro norte de Moscú, más allá de la sobrecargada autopista de cuatro carriles que rodeaba la ciudad y que llevaba el curioso nombre de Cinturón Jardín. Esta estación de metro, concretamente -un óvalo de losetas y cristal-, estaba muy deteriorada y no era, desde luego, de las mejores que hizo Stalin. De hecho, nada había en esa zona de la ciudad que pudiera incluirse en una guía turística. En la entrada de la estación se alineaba una cáfila de mendigos, hombres y mujeres, demacrados, con el pelo enmarañado y apelmazado, vestidos de harapos apestosos, pignorándolo todo -desde artículos de tocador a

casetes ilegalmente importadas, pasando por pescado seco-, tratando de pillar unos pocos rublos o, mejor aún, dólares norteamericanos. Hayes solía preguntarse si de veras alguien compraría aquellas armazones de pescado reseco y apergaminado, aún más desagradables a la vista que al olfato. La única fuente de pescado que había cerca era el río Moscova, y, sabiendo todo lo que él sabía sobre la gestión de desperdicios en Rusia, como antes en la Unión Soviética, prefería no imaginar qué añadidos vendrían con el pescado.

Se abotonó el abrigo y se abrió paso por una calle atestada, tratando de encajar el cuerpo. En lugar del traje de antes, llevaba unos pantalones de pana verde oliva, una camisa de sarga oscura y unas zapatillas de deporte negras.

Cualquier barrunto de moda occidental eran ganas de buscarse un lío.

Encontró el club de que le habían hablado. Estaba en mitad de una manzana venida a menos, entre una panadería, una heladería, una tienda de ultramarinos y otra de discos. No había rótulo que indicase la presencia del club: sólo un cartelito que tentaba a los visitantes, en caracteres cirílicos, con la promesa de excitantes diversiones.

El interior era un rectángulo escasamente iluminado. Un vano intento de crear ambiente irradiaba de los paneles de nogal barato. Una neblina azul trazaba volutas en el aire.

Dominaba el centro de la estancia un enorme laberinto de madera contrachapada. Hayes ya había visto antes esta novedad, en la zona centro, en los locales más postineros de los nuevos ricos. Allí eran monstruosidades de neón, creadas a base de losetas y mármol. Ésta era una versión para pobres, hecha a base de placas lisas y con lámparas fluorescentes que arrojaban destellos de un azul muy crudo.

Había mucha gente en torno a aquel montaje. No era el tipo de individuos que se juntan en los sitios más refinados, masticando salmón, arenques y ensalada de remolacha, con

vigilantes armados a la puerta, mientras en una sala contigua se jugaban miles de dólares a la ruleta y al blackjack. Podía costar doscientos rublos sólo cruzar la puerta de aquellos locales. Para los aquí presentes -

trabajadores manuales de las fábricas y fundiciones localizadas en las cercanías-, doscientos dólares eran seis meses de salario.

–Ya iba siendo hora -dijo Feliks Orleg, en ruso.

Hayes no había visto acercarse al inspector de policía.

Tenía la atención puesta en el laberinto. Dio un paso hacia la pifia de gente y preguntó en ruso:

–¿De qué va la atracción?

–Ya verás.

Se acercó más y pudo ver que lo que en principio le había parecido un laberinto eran en realidad tres distintos, conectados entre sí. Por unas trampillas del fondo salieron tres ratas. Los roedores daban la impresión de saber lo que se esperaba de ellos y se lanzaron hacia delante, mientras el público profería gritos y chillidos. Uno de los espectadores alargó un brazo para golpear el costado de la caja, y un hombre fornido, con brazos de campeón de lucha libre, surgió de no se sabía dónde y lo contuvo.

–La versión moscovita del Derby de Kentucky -dijo Orleg.

–¿Están así todo el día?

Las ratas tomaban a plena marcha las curvas y las vueltas.

–Todo el puto día. Lo poco que ganan, aquí se lo dejan.

Una de las ratas alcanzó la línea de llegada, y varios de los asistentes prorrumpieron en gritos de alegría. Hayes se preguntó a cuánto pagarían el boleto acertado, pero decidió que era mejor no perderse en divagaciones.

–Quiero saber qué ha pasado hoy.

–El chornye era igual que una rata. Corría que se las pelaba.

–No habría debido dejársele oportunidad de correr.

Orleg echó un trago de un vaso que sostenía en la mano; era un líquido incoloro.

–Parece ser que los tiradores fallaron.

La gente empezaba a tranquilizarse, en espera de la carrera siguiente. Hayes echó a andar hacia una mesa rinconera, llevándose a Orleg en pos.

–No tengo ganas de chorradas, Orleg. La idea era matarlo. ¿Tan difícil era?

Orleg saboreó el trago siguiente, antes de echárselo al coleto.

–Como ya te he dicho, los muy gilipollas fallaron. Cuando intentaron cazarlo, tu señor Lord logró escapar. Con mucha inventiva, según me han dicho. Me costó un trabajo enorme limpiar esa zona de policía durante unos pocos minutos.

Tendría que haberles sido fácil. Pero lo que hicieron fue matar a tres ciudadanos rusos.

–Estaba en la idea de que esos tipos eran profesionales.

Orleg se echó a reír.

–Unos perfectos hijos de puta, sí. ¿Profesionales? No creo. Eran gángsters. ¿Qué esperabas? – Vació el vaso-.

¿Quieres que vuelva a intentarse?

–No, joder. De hecho, no quiero que se le toque un pelo de la cabeza a Lord.

Orleg no dijo nada, pero sus ojos expresaban a las claras su disgusto ante el hecho de que un extranjero le estuviese dando órdenes.

–Dejadlo en paz. No era una buena idea, desde el principio. Lord piensa que la cosa iba contra Bely. Que lo piense. No podemos permitirnos llamar tanto la atención.

–Los pistoleros dicen que su abogado se comportó como un auténtico profesional.

–Practicó mucho el deporte en sus tiempos de universidad. Fútbol americano y atletismo. Pero con dos Kaláshnikovs tendría que haber bastado para impedirle que recurriera a sus facultades. Orleg se echó hacia atrás en su silla. – La próxima vez te ocupas tú mismo.