La voz de los valientes
Capítulo 6
Habían viajado hasta Pilsen, en la región de Bohemia, en el oeste de la vecina Checoslovaquia, que desde hacía dos años no existía como país y había sido exitosamente anexionada al Tercer Reich del que, forzosamente o no, cada vez más europeos formaban parte. No estaba lejos de Burg Fallstein y Hilda agradeció salir de aquellas paredes que, cada vez más, sentía convertirse en una prisión. Había sugerido varias veces volver a España, pero Harald no entendía el porqué de su empeño y rápidamente cambiaba de tema. También había escrito a su madre, pero esta, que daba poca importancia a cualquier cosa que no fueran la religión, la familia y los asuntos sociales (fiestas, bodas y chismorreos), le escribía de vuelta haciendo hincapié en lo maravilloso que era que se hubiera casado con un hombre de la estirpe de su marido y la conveniencia de que se quedara embarazada pronto, haciendo caso omiso a las terribles noticias que ella le daba. Porque eran terribles. Porque su marido, como sus compatriotas, parecía cada vez más cegado por la luz de Hitler, que iluminaba tan brillantemente algunas gestas mientras oscurecía y desdibujaba las mayores crueldades.
Les invitaba una rica heredera alemana que ambos conocían y que había asistido pocos años antes a su boda en Barcelona. Sofia Maekelberg pertenecía a una familia industrial vinculada al acero y la maquinaria pesada que había reconvertido, como los Krupp o los Thyssen, todas sus fábricas para soportar el esfuerzo de guerra alemán. Tanto Hilda como Harald sospechaban que Sofia nunca había sabido bien qué era exactamente lo que fabricaba la empresa que había heredado hasta el inicio de la guerra, cuando las cartas del Führer agradeciendo las balas, bombas y torpedos que le proporcionaban se sucedieron cada cierto tiempo. Todo un orgullo, por supuesto, y probablemente también el motivo de la celebración que los
había llevado al palacio que empezaban a vislumbrar al final de una avenida de tilos primorosamente podados. Pasarían allí la noche y al día siguiente celebrarían lo que quiera que Sofia quisiera celebrar.
La noche era cerrada y la única luz que escapaba a su negritud era la de aquella construcción. Lo llamaban Schloss Blank, castillo blanco, y aunque no era un castillo, sino un magnífico palacio de campo, sus paredes sí eran blancas y aquella noche se teñían del dorado de las antorchas que ardían entre ventanal y ventanal. De estilo palladiano, la planta del edificio tenía un gran cuerpo central con frontis clásico sostenido por altas columnas, a partir del cual se elevaba un techo de oscura pizarra que se confundía con el cielo estrellado. A cada lado, dos construcciones más bajas, cubiertas de hiedra, se adelantaban creando una especie de patio que se abría del lado por el que se acercaba el Mercedes que los llevaba. Sobre la puerta principal, a Hilda le decepcionó ver la omnipresente esvástica.
Llegaban muy tarde, pasadas las doce, lo que era atípico en ellos y sumamente descortés, pero el chófer se había extraviado durante horas, haciéndoles perder la paciencia y la energía. Afortunadamente, hacía media hora habían visto un Daimler de grandes dimensiones girar a la izquierda y, seguros de que solo se podía dirigir al mismo lugar que ellos, lo siguieron hasta encontrar el camino en medio de aquel laberinto rural.
Pese a la hora, les pareció que el palacio estaba completamente despierto, pues la luz de numerosas arañas de cristal atravesaba las ventanas y desde el exterior se veía a gente reír y bailar al son de una música animada y perfectamente audible. Hilda no podía creer su mala suerte, pues lo último que esperaba, y lo que menos le apetecía, era tener que festejar una noche antes de lo previsto, máxime cuando el tren de aquella fiesta parecía haber arrancado motores hacía horas.
Nadie salió a recibirlos, así que entraron en el palacio sin esperar, con su chófer cargando sus numerosas maletas como podía.
Pese a su imponente interior, con un hall de triple altura con cariátides sosteniendo los arcos de entrada a los diferentes salones que partían de él, lo que más impresionó al matrimonio no tuvo nada que ver con el edificio.
La fiesta se había desatado sin ningún decoro ni educación y, como si de los últimos días del Imperio romano se tratara, la gente se movía a gritos, desordenadamente, borracha, dejando a su paso un rastro de vasos caídos, botellas vacías y desorden generalizado. En los sillones al alcance de su vista, algunas parejas se magreaban, sobre las mesas, otros bailaban y, ajenos a cualquier respeto por la venerable propiedad, un grupo jugaba a los dardos con un retrato de grandes dimensiones como diana. Hilda miró a Harald.
—Cielo santo. Vámonos inmediatamente de aquí.
Por una vez, Harald pareció estar de acuerdo.
—Esto es terrible. ¿Qué tipo de educación tiene esta gente?
Se asomaron a otro salón.
—Por todos los demonios, aquel es el conde Gottfried Meyer. No puede ni andar. —El mencionado conde se apoyó en un jarrón de porcelana que cayó al suelo rompiéndose en mil pedazos.
—Vámonos, Harald. No pintamos nada aquí.
—Desde luego que no. Yo pensaba que esta era otro tipo de residencia.
En ese momento, alguien les pasó el brazo a cada uno por el hombro y se colocó entre ambos. Se giraron. Mirándolos de cerca, sonriente, algo desarreglada y con intenso olor a schnapps pero lúcida, los saludaba Sofia Maekelberg, su anfitriona.
—¡¡Queridos!! Os esperaba para cenar, es una lástima, pero pediré que os preparen algo, si es que en esta casa hay alguien que no esté ebrio... ¡ja!
—Nosotros... estamos algo cansados —intervino Harald—, pero es una gran alegría verte tan...
—Borracha. Borracha. Pero es que son buenos tiempos, querido, para qué negarlo. Tiempos para beber, reír, disfrutar. Y tú, meine liebe —dijo mirando a Hilda—, meine Spanische liebe..., ¿como estás? Pareces algo cansada, pero conociendo a los españoles, con un poco de vino enseguida podrás acompañarnos, ¿no es así?
—Estoy bien, querida, muy contenta de estar en este lugar tan...
divertido —dijo Hilda intentando no mostrar demasiado desagrado.
—Es muy bonito, lo compró mi padre, pero nunca vino. O poco. O no nos lo dijo... Bueno, qué más da. A mí me gusta. Aquí hago lo que quiero.
—Eso parece, Sofia, eso parece —intervino Harald.
—Oh, no seas antiguo, querido. Un poco de alcohol, quizás un poco de alguna cosa más... En el amor, en la fiesta y en la guerra... todo vale.
—En la fiesta...
—En la fiesta también —interrumpió ella—, aunque la sorpresa más agradable vendrá mañana, así que tendréis que esperar. En fin, instalaos y uníos. Pediré que os suban algo a vuestra habitación, pero bajad pronto. No hace falta que os arregléis demasiado, yo misma iría en ropa interior si no fuera porque soy la anfitriona... En fin, otra vez será. —Miró por encima de sus espaldas—. ¡¡Dolph!! ¡¡Dolph!!
Desde el otro extremo del salón, un mayordomo con aspecto de salir de una trinchera recogía unas copas llenas de colillas de encima de una mesa. Al oír a Sofia se acercó presto.
—Dolph, lleve a los Fallstein a su habitación, la que quiera que les haya reservado. Luego lléveles algo de cenar.
—Sofia, quizás sea mejor que nos veamos... —intentó decir Hilda.
—... Ahora —interrumpió Harald mintiendo—. Nos vestiremos y bajaremos.
—Así me gusta. Bajad rápido. Quiero presentaros a mi amante. Es un fornido checo, tan joven que no me atrevo a preguntarle la edad. Es sencillamente maravilloso. Además, apenas habla alemán, oh, oh, oh, ¡qué regalo! —Miró hacia el techo sonriendo con los ojos en blanco unos segundos y los apremió—. ¡Id! ¡Id! ¡Cenad y volved! —Luego se dio la vuelta para ir en busca de otro grupo que bailaba frenéticamente.
—No pienso salir de mi habitación hasta que esta tormenta amaine —
dijo Hilda.
—Yo tampoco, querida —confirmó él— Si quisiera emociones así, iría al frente.
Se acostaron con la sensación de estar rodeados por una jauría a punto de derribar las paredes que los resguardaban, rodeados por los apasionados gritos que provenían de la habitación contigua, la música que sonaba por toda la casa, los correpasillos y todos los extenuantes signos de aquella
bacanal tan sorprendente como inesperada. El sol ya se colaba entre los pesados cortinajes de su habitación cuando el temporal amainó y pudieron, finalmente, descansar.
Poco antes de mediodía, Harald y Hilda descendían los peldaños de una imponente escalera de mármol hasta el piso inferior, donde un lacayo les indicó la zona en la que se serviría el desayuno. El palacio parecía otro y no había atisbo de las lujuriosas escenas que había presenciado pocas horas antes. Todo resplandecía y no solo las cómodas, suelos, lámparas y mesas, sino también los invitados mostraban un aspecto limpio y sereno.
Cualquiera habría pensado que se trataba de otras personas, distintas a las que pocas horas antes se habían mostrado impúdicas y alocadas, pues aquella mañana todos se trataban con la cordialidad y los modales contenidos en los que habían sido educados. Comentaban la noche anterior sin entrar en detalles, sin aludir a nada que los hubiera sorprendido, firmantes todos de un pacto tácito que parecía asegurar que lo que pasaba en las fiestas del Schloss Blank se quedaba entre sus paredes. Se movían entre el comedor, en el que se había instalado un opíparo bufé con embutidos, quesos, panes y todo lo que a cualquiera se le pudiera antojar, y la terraza a la que la estancia se abría, donde los invitados que habían amanecido comían apoyados en la balaustrada que los separaba del jardín o en pequeñas mesitas cara al sol. En una esquina, Sofia los reclamó con la mano desde el balancín en el que se relajaba fumando. Llevaba grandes gafas de sol y un pañuelo cubriéndole el cabello, del que se escapaban por los lados bucles rubios enmarcando su tez clara sobre la que también destacaban sus carnosos labios pintados de rojo intenso.
—¡Queridos! ¡Oh, queridos, qué bien lo pasamos anoche! ¿No es así?
Estaba segura de que lo pasaríais bien —dijo evidenciando que el exceso de alcohol le había escondido muchos de los detalles de la noche—. ¿Os acostasteis muy tarde?
—No, no mucho —apuntó Harald—. Pero lo pasamos muy bien —dijo dando por hecho que ella creía que habían estado en la fiesta.
—Eso me gusta, tenéis que reservaros para esta noche. Será la noche grande. Además, hemos preparado una pequeña excursión. Gottfried Meyer ha comprado la finca de al lado. Nos la quiere enseñar. Está realmente
ilusionado y a mí también me alegra que se instale en Bohemia. Deberíais comprar algo también vosotros, hay muchas oportunidades.
—Es una zona preciosa —intervino Hilda hablando por hablar.
—Lo es. Cada vez más. Es como una casa, de vez en cuando hay que despejarla de las cosas inútiles y feas que se acumulan con el tiempo para que todo vuelva a estar bonito y agradable. Eso estamos haciendo los alemanes..., limpiando y limpiando. —Miró hacia el jardín, un prado largo y verde intenso salpicado de cedros al final del cual un grupo de sauces llorones mojaba sus ramas en las aguas de un gran estanque. En la orilla opuesta, un gran bosque se perdía en el horizonte—. Hof Wiesner —
continuó— está detrás del bosque, que ya pertenece a su finca, a quince kilómetros. Si os fijáis, podréis ver una de las agujas del tejado. Le cambiarán el nombre, claro, creo que Greta Meyer quiere llamarle Schloss Greta, la muy osada, pero supongo que es lo que podemos esperar de alguien así... Esa tipa es una advenediza de la que nadie sabe nada. ¿Sabes algo de ella, querido? —Y señaló a la mujer a la que se refería sin disimulo.
La aludida la miró y saludó desde donde estaba, sonriendo. Sofia le devolvió la sonrisa mascullando entre dientes—: Una advenediza, queridos, se la ve a la legua.
Tras el desayuno, recuperada la compostura y vestidos para montar a caballo, la mayoría de los invitados se unió a la excursión para conocer la propiedad que los Meyer habían adquirido. A Hilda y Harald les gustaba montar, pero su castillo estaba tan encajonado entre rocas y acantilados que nunca tenían la oportunidad de disfrutar de un paseo como el que la propiedad que los acogía hacía posible. Galopando a toda velocidad, el sonido de los cascos quedaba amortiguado por la hierba fresca y mullida de aquel prado; el aire limpio, el sol, todo hacía de la experiencia algo agradable y divertido. Ellos y un grupo de quince invitados más seguían a su anfitriona, que galopaba en un caballo tordo como si estuviera cargando contra el enemigo en una batalla medieval. El conjunto ofrecía una estampa digna de verse, parecida a la que a veces se plasmaba en los grabados de la caza del zorro o de las carreras de campo, con los fulares y las melenas de las mujeres ondeando al viento, los caballeros con chaquetas de tweed oscuras y los perros en extenuante esfuerzo por acompañar a sus amos.
Al fondo de aquella avenida de naturaleza domesticada, en la orilla opuesta del lago al que se acercaban, empezaba la finca que querían visitar.
Al llegar al lago se pusieron al paso y acercaron a los caballos a beber de las aguas, un espejo perfecto en el que se reflejaba la naturaleza circundante y el cielo azul; todos reían tras la carrera y, de haber podido, muchos se habrían lanzado al agua para sofocar el calor.
En aquel punto, Gottfried Meyer se puso a la cabeza de la expedición para adentrarse en su propiedad. A los que tenía cerca les señalaba de vez en cuando algún elemento del paisaje y se disculpó varias veces del estado en el que advertía que encontrarían el castillo.
—Estamos en plenas obras. Cambiando muchas cosas. Calculo que en un año estará ya listo para recibirnos. Probablemente la guerra haya acabado ya, así que será una doble celebración.
Cuando llegaron, sobre las vetustas paredes de un castillo con aspecto defensivo, oscuro y fuerte, un hombre trabajaba la fachada con martillo y cincel subido a una escalera. Hilda preguntó curiosa.
—Gottfried, ¿está arreglando el friso ese hombre?
Él miró hacia arriba y sonrió.
—En realidad, está quitando algunos elementos. Pero, bueno, sí, podría decirse que lo está arreglando..., limpiándolo de lo que no interesa.
En eso estamos todos, querida.
Al pasar bajo la puerta y fijarse más, Hilda pudo ver que el hombre se esforzaba en eliminar a golpes una estrella de David de la escena que presidía la fachada.
En el interior, Greta Meyer se cogió del brazo de su marido mientras este explicaba las obras que pensaban acometer. Resultaban una pareja atípica: él, algo grueso y de movimientos lentos, y ella, más alta y espigada, con el pelo teñido de rojo, las piernas largas y la camisa quizás demasiado abierta. Era la segunda mujer de Gottfried Meyer y parecía claro que el hombre había buscado en ella todo aquello de lo que su anterior mujer, una discreta duquesa prusiana, adolecía.
—La escalera va fuera —dijo señalando a un grupo de obreros que trabajaba a golpes en su demolición—. Greta se ha encaprichado con que la nueva sea igual a la del palacio de Esterhazy de Viena y yo..., qué les voy a
contar, esta mujer me va a volver loco con sus ideas, pero a mí siempre me gustó esa escalera imponente. Por suerte, el castillo ha sido una ganga, eso ya se lo imaginan.
Ni Harold ni Hilda sabían por qué, tampoco la mayoría de los invitados, pero Sofia, que conocía bien la historia, la comentó jocosa.
—Eso es porque eres un zorro, querido vecino. —Miró a quienes los acompañaban—. Digamos que Gottfried supo aprovechar las circunstancias, el inicio de la buena época que se abre para todos los habitantes de nuestro hermoso Reich.
El aludido intervino.
—Había venido un par de veces a ver el castillo. Siempre nos gustó, especialmente a Greta, que se había encaprichado de él..., pero los propietarios eran unos usureros judíos de la peor calaña, que, con fingida amabilidad, reían ante mis ofertas y me enseñaban la puerta al poco de que yo renunciara a compartir el té que me ofrecían. Llevaban aquí varios siglos, así que imagínense lo que han tenido que sufrir los bohemios viendo durante años a estos intrusos copar unas tierras tan magníficas. El caso es que cuando anexionamos el país, supe que mi oportunidad había llegado, pero esperé un poco más. —En sus ojos había emoción, igual que en los de todos los que le escuchaban, menos en los de Hilda, que contenía las ganas de llorar.
—Yo te ayudé. ¡Exijo que me lo reconozcas! —intervino Sofia.
—Por supuesto. Sofia me ayudó. Desde el Schloss Blank vigilaron los movimientos de sus vecinos. Cuando comenzó la limpieza..., la deportación de los judíos al este, supe que había llegado el momento. Volví aquí, pero encontré a otras personas..., digamos que su orgullo se había disipado finalmente. Frente a la puerta estaban cargando varios coches con pesados baúles. Sabían que les quedaba poco tiempo, que sus días de abuso habían acabado. Me dijeron enseguida que aceptaban mi anterior oferta, pero les ofrecí una nueva. Mejor. Más beneficiosa para mí, nada menos que una décima parte de la cantidad anterior, e incluí en la compra todo el mobiliario. Esos bastardos tenían buen gusto. Hay buenas cómodas, vajillas, plata y lámparas, pero lo extraordinario son los cuadros. Tenían un Rubens magnífico que ahora les mostraré y un retrato de familia de sus antepasados,
de Winterhalter, en el que ni siquiera parecen judíos. ¡Realmente ese sí era un magnífico artista! ¡Pienso decir que es mi propia familia, así que guárdenme el secreto!
Todos rieron, Harald incluido. Hilda se había quedado helada.
Estuvieron hasta pasado el mediodía en el castillo, recorriendo una a una las habitaciones, que estaban intactas, con las pertenencias de los anteriores dueños, infinitamente más elegantes que los Meyer.
Ya de vuelta en el Schloss Blank, tras la comida, solos en su habitación, Hilda intentó convencer a su marido para que se fueran cuanto antes.
—Harald, mi amor, dime que todo esto no te parece bien.
Harald la miró y esbozó un gesto de ternura. Luego se colocó junto a ella, que le miraba sentada en el borde de la cama, y le cogió la mano.
—Claro que no, meine liebe. Este es un lugar horrible y me he arrepentido de venir desde el momento que llegamos. Esta gente... No es lo que la raza aria representa. Son todos lascivos e hipócritas, faltos de toda dignidad. Cómo iba a olvidar lo que presenciamos a la llegada... Pero respecto a Sofia..., no olvides lo mucho que su empresa está contribuyendo al esfuerzo bélico del Reich. A veces hay que pasar por alto algunos detalles, algunas debilidades humanas, y recordar lo importante. Se rumorea que es amante del Führer... Tonterías, probablemente.
—¿Y qué me dices de los Meyer? —dijo tratando de que el foco de la conversación se dirigiera a ellos.
—Ah, bueno, ellos son lo peor. Tú no conociste a Angela, la anterior mujer de Gottfried. Era todo lo contrario a la de ahora. Bastante fea, pero una mujer de valores, de una de las mejores familias de Königsberg. Nada que ver con la tal Greta, que es guapa y probablemente una artista en la cama, pero un completo desastre social. Es tremendo tener que compartir espacio con gente de tan bajo nivel. La pobre Angela se estará revolviendo en su tumba al ver lo que Gottfried está haciendo con su vida... y con su fortuna. Aunque lo del castillo que han comprado, y cuya reforma probablemente marque un hito en el mal gusto europeo, parece buen negocio.
—¿Buen negocio? ¡Ese hombre ha robado el castillo familiar a esas pobres personas! —exclamó Hilda sin poder evitar desenmascararse.
—Judíos —dijo seco y frío Harald mirándola fijamente como si aquella palabra descartase toda humanidad—, eran judíos, Hilda.
—Era su casa. Me da igual de qué raza fueran —replicó ella llena de ira.
Harald se puso de pie frente a ella. La miró unos segundos intentando controlar su humor. Luego, como un resorte, acercó la mano a la cara de su mujer y la cogió por el mentón obligándola a mirarle.
—Judíos. Nada de lo que esa gente tiene fue adquirido sin robar, sin sangrar a la tierra y las gentes de los lugares que han ocupado. Tenlo muy claro y ten mucho cuidado. Hay que saber lo que uno dice antes de hablar, por muy española y por muy preciosa que una sea. No toleraré ninguna flaqueza en ese sentido. Estamos en un momento clave de nuestra historia y todos debemos empujar para conseguir la sociedad que queremos, la sociedad que merecemos. Si no estás dispuesta a esto... —Hilda deseó que dijera que se podía volver a España—. Si vas a arrugarte con este tipo de cosas, te quedarás en Burg Fallstein hasta que tengas todo más claro. No puedo ir por ahí con una mujer que cuestiona a nuestro Führer. Ahora eres alemana, este es tu país —dijo Harald como leyéndole el pensamiento—, y lo verás cambiar para mejor. Estamos creando un mundo de verdad para nuestros hijos.
Hilda no pudo evitar cerrar los ojos y, desesperada, derramó un solo lagrimón de cada uno de ellos.
La tarde transcurrió en medio de tensos silencios e infelicidad entre los Fallstein, que sentían cómo se alejaban el uno de otro sin remedio cada vez que la situación de su país en guerra se ponía sobre la mesa. Harald paseó por el jardín malhumorado, sin comprender por qué su mujer no compartía el entusiasmo del que él se había contagiado tanto como todos sus compatriotas. Hilda, al verse en el espejo demacrada por la desesperación, decidió no salir de su habitación hasta la hora de la cena.
A las ocho, sobreponiéndose a su enfado, ambos descendieron las escaleras para el ágape. Su anfitriona había creado muchas expectativas respecto a aquella noche y, aunque el comedor, iluminado por candelabros
majestuosos, relucientes dorados y elaborada mise en place era sin duda espectacular, habituados como estaban a ese tipo de cenas, supusieron que debía tenerles algo más excepcional preparado. Los hombres llevaban frac o uniforme de gala de la Wehrmacht, las mujeres, traje largo y sus mejores alhajas. Tanto Hilda como Harald se sorprendieron del rango militar de muchos de los asistentes. Con todo, pese a la rigidez que se les adjudicaba a los nazis, Hilda notó enseguida que el espíritu festivo del grupo volvería a desatarse aquella noche y, pese a que no era ese el tipo de festejo que los atraía ni a ella ni a Harald, deseosos como estaban de olvidar su discusión, bebieron a mayor ritmo del que acostumbraban. A su alrededor, las voces, risas y ánimos se elevaban minuto a minuto, plato a plato.
Tras el postre, pasaron al salón, donde nadie pidió té sino copas, y enseguida la noche encaró el camino sin retorno hacia la bacanal. Hilda no era una bebedora habitual, pero siempre había disfrutado del champán, por lo que pidió una copa y siguió bebiendo hasta que su cabeza se concentró en la música y las risas que la rodeaban. También Harald parecía animado y reía al lado de Sofia, sentada junto a él en un canapé de terciopelo, sin duda criticando a Greta Meyer, a quien el alcohol traicionaba mostrándola como la recién llegada a aquella sociedad que realmente era.
A medianoche, todos bailaban y la escena empezaba a recordar en mucho a la que los Fallstein habían presenciado con estupefacción al llegar al Schloss Blank, solo que en aquella ocasión ellos mismos participaban de la parte más convencional de la celebración, intentando a la vez no mirar demasiado a los lugares en los que el recato se empezaba a perder. En un rincón, Hilda observó a un grupo de invitados aspirar unos polvos por la nariz; en otro, a una pareja, cuya relación desconocía, besarse apasionadamente intentando en vano ocultarse tras la cortina. Venció su momentáneo arrebato de tristeza y sus ganas de salir corriendo de allí, cerró los ojos y bailó un buen rato más, hasta que la anfitriona bajó la música y se subió a una mesa para hablarles. Estaba ebria, como todos, y contenía un ataque de risa como podía, dirigiéndose a ellos desde arriba, vestida con un traje largo de lentejuelas y estrechos tirantes que insinuaba las formas de su cuerpo alargado y anguloso. Sobre la frente, tapada a los lados por su pelo rubio y ondulado, se había colocado un collar de esmeraldas a modo de
diadema. Sus ojos azules y su mirada algo maléfica se acentuaban bajo el maquillaje azulado de sus párpados y la longitud exagerada de sus pestañas negras. Cualquiera que no la conociera habría sabido al momento que aquella era una mujer mimada por la vida, caprichosa, segura de sí misma y poco piadosa que hacía siempre exactamente lo que quería. Intentó ponerse seria y, gesticulando de manera teatral con sus brazos enguantados en satén blanco, desveló la sorpresa.
—Queridos amigos. Esta noche he preparado un juego emocionante y especial. Un pequeño concurso. He hecho dos equipos, así que, por favor, colocaos con el que os haya adjudicado.
Sofia Maekelberg disfrutaba de la compañía de gente variada, pero, clasista al máximo, solo se acercaba a los que consideraba de su alcurnia.
Así, en su equipo quedaron Hilda y Harald, una pareja de príncipes de Dresde, los dos oficiales alemanes de mayor rango, un trío de primos de Stuttgart y otros invitados de mayor abolengo. En el otro equipo, su pareja (aquel formidable checo que no llegaba a los veinte y apenas podía comunicarse en alemán), Greta y Gottfried Meyer y el resto de invitados que consideraba de menor nivel. Cuando los equipos se reunieron, los condujo a la terraza que daba al gran prado por el que habían cabalgado hacía unas horas. Su palacio cerraba aquella extensión por donde estaban y el estanque lo hacía en el otro extremo. A los lados, dos terraplenes empinados delimitaban eficazmente el espacio. Bajo sus pies, bajo la terraza, tras grandes portones que se abrían al prado, había dependencias que supusieron guardaban maquinaria de jardín y aperos.
La anfitriona había organizado el tablero meticulosamente. En el prado, cada cierta distancia y en línea hasta el estanque, había colocado unas antorchas que lo iluminaban en la noche oscura. Además, en la terraza, dos hombres vestidos de caza sostenían un rifle cada uno. Sofia explicó el juego.
—Por favor, que cada equipo se acerque a uno de los secretarios. Los rifles son iguales y ninguno es el mío personal, para que no haya dudas sobre la imparcialidad.
Los dos grupos se colocaron con su secretario respectivo. Nadie estaba completamente serio y, aunque su ebriedad parecía hacerlo imposible, todos prestaron atención.
—Este es un juego de caza. De puntería. Cada antorcha marca veinte metros. La última, ya en la orilla del lago, marca el kilómetro, aunque hasta allí no alcance ningún rifle... El objetivo que sea abatido a más distancia dará más puntos al equipo que haya disparado. Al que lo alcance en la primera antorcha se le otorgarán veinte puntos, que es lo mínimo. Así que el juego es sencillo. Soltaremos a los objetivos, ratas de buen tamaño —todos hicieron una mueca de asco—, para que corran en dirección al estanque y vosotros seréis, en función de la puntería de cada cual, quienes decidáis en qué punto abatirlos. Cuanto más lejos, más difícil y, por tanto, más puntos.
¿Qué os parece?
—Me parece que es imposible que consiga dar a una rata a un centenar de metros y de noche, querida. No podrías pedirle eso ni al arco de Guillermo Tell —dijo Harald.
—Bueno —rio—, estas ratas son bien grandes. Que se prepare el primer tirador del equipo de los Meyer. Yo empezaré en el mío.
Gottfried Meyer cogió el rifle. Sofia se colocó con el suyo. A un lado, un lacayo con trompeta de caza esperaba su señal. En cuanto Sofia asintió con la cabeza, el instrumento sonó estridente y todos esperaron unos segundos a que apareciera el primer objetivo, la primera rata, que habría de salir por alguno de los portones bajo sus pies. Oyeron un chasquido que pareció un fustazo y esperaron al animal. Pero en vez de ratas o jabalíes lo que vieron salir por la puerta fueron dos hombres.
En sus movimientos, en su urgencia, se percibía el pánico, y todos tuvieron que identificar el símbolo y la palabra pintados en su espalda para comprender: la estrella de David y la palabra jude. Sofia, que esperaba la sorpresa, gritó entre carcajadas histéricas:
—¡Son judíos! ¡Ayudemos al Reich y divirtámonos! ¡¡Más puntos para el que abata al suyo más lejos!!
Se apoyó sobre la barandilla y se concentró al apuntar. Durante unos segundos el silencio se apoderó de la terraza, pero, poco después, Gottfried Meyer se colocó también en posición y los gritos y aplausos de su mujer
contagiaron su entusiasmo a los dos equipos. Töte ihn! Töte ihn! , gritaban ambos grupos desgañitándose mientras retomaban sus copas o bebían directamente de la botella y se asomaban a la barandilla expectantes. Hilda creyó que se desmayaría, pero Harald la cogió por la cintura y la acercó a él. Lejos de consolarla, le susurró al oído:
—Por Dios, Hilda, no te descubras ahora. No hagas un número. A mí tampoco me gusta esto, está falto de gusto, es una estupidez de niña mimada, pero somos sus invitados. Dispararás igual que haré yo. Estamos acabando con los judíos en todo el Reich, probablemente de maneras menos rápidas que aquí.
—¿De qué hablas? —dijo ella al borde de las lágrimas.
—Cielo santo, querida, ¿qué crees que hacen con ellos cuando se los llevan al este? ¿En serio eres tan inocente?
—¿Los...?
—Por supuesto, querida, a los que no valen para el trabajo los exterminan... de forma ordenada y piadosa, pero esa gente, esos judíos maliciosos, han hecho demasiado daño y estamos en una guerra de la que tiene que salir un orden nuevo, un mundo mejor. En eso está el Führer. No hay nadie con su empeño y su dedicación. Nuestro líder está en todo, puede con todo, aunque se le vaya la vida en ello. Acabará con el comunismo, con los judíos y pondrá a nuestra nación en el lugar que la historia le tiene reservado.
Hilda se deshizo del brazo de su marido y se fue a un rincón de la terraza entre arcadas. Allí vomitó sin remedio. Los que la vieron pensaron que había bebido demasiado. Harald se acercó nervioso.
—Me estás dejando en evidencia. Si ven a mi esposa con esta actitud, cualquiera de los oficiales sospechará de mí...
Se oyó un disparo, luego otro y, enseguida, los aplausos. Luego a Sofia gritar:
—¡Ciento cuarenta puntos cada uno! ¡Empate!
Todos celebraron que los dos judíos habían sido alcanzados certeramente. Los ojos de Hilda se llenaron de lágrimas, pero solo Harald se dio cuenta mientras los invitados aplaudían. Luego, sucedió lo inesperado.
Hilda se acercó adonde estaba el fusil de su equipo, lo cogió, colocó la culata del arma en su hombro y apuntó hacia el tablero de aquel juego atroz.
Aún se oían los aplausos de la anterior competición cuando la trompeta volvió a sonar y dos nuevos infelices saltaron al prado, asustados, corriendo por unas vidas, las suyas, en las que tenían nula esperanza. Uno pareció mirarla. Hilda apuntó al que correspondía a su equipo, concentrada. A su alrededor, se oía de nuevo «¡mátalo, mátalo!», como un grito de guerra que retumbaba en su cerebro. «Mata a estos perros nazis, mata a tu marido, mata esta vida y vuelve a España», oía ella. A los pocos segundos, el judío del equipo contrario cayó abatido por Greta, aquella mujer sin categoría, sobre todo humana, pero ella esperó un poco. Cuando supo que el alcance del rifle no daría para mucho más, disparó certera exactamente adonde quería. Limpio, el tiro atravesó el brazo izquierdo de su objetivo. El hombre cayó al suelo, pero enseguida, cogiéndose el brazo, se levantó y siguió corriendo hasta lanzarse al agua y allí esconderse en las aguas oscuras del estanque que separaban Schloss Blank de Schloss Wiesner, o Schloss Greta, como quiera que aquella gente horrible llamase a una propiedad que jamás debería haber llegado a sus manos.
Hilda pensó que había dado una oportunidad a aquel judío, al que no le costaría alcanzar la otra orilla y huir. A la vez, había salvado la situación.
Todos habían visto al judío escapar.
—Le atraparán en mi casa, no tengan duda —aseguró Gottfried Meyer.
Hilda miró a los miembros de su equipo.
—Nunca he tenido buena puntería —dijo encogiéndose de hombros—.
Además, he bebido demasiado. Me derrumbaré si no me retiro ya.
Sofia la miró y la creyó.
—Desde luego, querida. No te preocupes, aún quedan muchos disparos, ganaremos.
—Eso espero. Siento no haber acertado —dijo dándose la vuelta y dirigiéndose al interior del palacio. La trompeta volvió a sonar y todos la olvidaron. Cuando estaba cruzando la puerta, alguien le cogió del brazo.
Era Harald.
—Te crees muy lista, pero a mí no me engañas.
—No sé de lo que hablas —dijo ella zafándose.
—Por supuesto que lo sabes. Has disparado exactamente donde querías. Siempre has tenido una puntería excelente.
Hilda le miró a los ojos desafiante. Le daba igual lo que pudiera hacer con ella.
—Supongo que te seguiré decepcionando. Ve preparándote —le dijo antes de darle la espalda y alejarse.
Subió a su habitación y se tumbó bocarriba en la cama. No lloraba, la ira era mayor que la tristeza. No tenía hijos, su marido era un asesino, la rodeaba una jauría de rabia y maldad y estaba en un país que escondía bajo hermosos castillos y exuberante naturaleza la locura y la crueldad. No tenía nada que perder salvo a sí misma, su bondad, su moral, su determinación.
Decidió que no lo haría. Escuchó cada uno de los tiros, diecinueve disparos a muerte. Vengaría cada uno de ellos.
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